--Por toas las vereas del universo mundo me ha llevao hoy ese guasón. ¿Y

too pa qué? Pa ver una huerta con algunos árboles tísicos allá donde

Cristo dió las tres voces... ¿Ha venido Espinosa?

--No; ahí no están más que Antonio, Pepe, Frasquito y su tío... ¡Ah!

también acaba de salir Manolo, pero no ha estado en la reunión.

--¿Qué Manolo?

--Manolo Uceda--repuso ella ruborizándose.

Velázquez frunció levemente el entrecejo, y la miró fijamente. Su rostro

adquirió luego una expresión de burla.

--Supongo que te habrá cantado alguna trova nueva y divertida.

--Ni nueva ni divertida. Me ha cantado lo de siempre... Pero me ha

prometido no darme más jaqueca.

--¡Déjalo, hija mía!--exclamó haciendo un gesto desdeñoso.--Déjalo que

se desahogue... ¡Si á mí no me importa!

--Es que, si no te importa á ti, me importa á mí--manifestó ella

secamente, herida por aquel gesto.

--¡Allá tú!--repuso el guapo, disponiéndose á entrar en el cuarto de la

reunión.

Soledad le dejó partir mirándole fijamente, pero antes de llegar á la

puerta le llamó:

--¡Velázquez!

--¿Qué hay?--preguntó él volviendo la cabeza.

--Ven.

El dueño se acercó.

--¿Qué se ofrece?

Soledad le cogió de la mano, le condujo suavemente hasta el ángulo más

oscuro de la tienda y, echándole los brazos al cuello, le dijo:

--Se me ofrece esto.--Y al mismo tiempo cubrió de apasionados besos su

rostro.

El guapo se dejó besar con condescendencia.

--Basta, basta--dijo al cabo apartándola suavemente.--¡Que me vas á

gastar la figura, hija mía!... Ya ves, soy poco y me vas á dejar en

ná--añadió riendo.

--Para mí lo eres todo, la ciudad de Cádiz, el Puerto, San Fernando y el

arsenal no valen lo que este bigotito negro tan suave como la seda.

Y se lo atusaba con la punta de los dedos, clavándole al mismo tiempo

una mirada de adoración infinita.

--¡Quita allá, zalamera!--repuso él dándole una palmadita afectuosa en

la cara y apartándose.

--No entres todavía--respondió ella tirándole de la manga de la

chaqueta.

--¿Va á ser todo ahora? ¡Deja algo para luego!

Y con una leve sacudida se zafó, empujó la puerta y entró en el pequeño

compartimento. Ella, después de permanecer un instante inmóvil, fué á

sentarse detrás del mostrador, cogiendo de nuevo la calceta.

--¡Ole por el patrón de la barca!--gritó uno dentro.

--Á la paz de Dios, señores--dijo Velázquez sentándose en la silla que

le ofrecían.

--¿Y de dónde viene el hombre á estas horas?--preguntó una joven morena,

de facciones abultadas, graciosa y ruda á la vez.

--De la calle.

--¿De veras, chiquillo?

--De veras, María-Manuela.

--Toma una caña por la gracia.

--Venga la caña.

Velázquez echó al aire el contenido, lo recogió con singular destreza y

lo vació después en la boca sin perder una gota.

--¡Eso sabrás tú hacer, desaborío!--exclamó María-Manuela.

--En mis buenos tiempos sabía algunas cosas más--manifestó el majo

limpiándose con calma los labios.

--Pronto has venido á menos.

--Qué quieres, hija; si hubiera llevado tan buena vida como Antonio,

estaría mejor conservado.

Todos los rostros se volvieron sonriendo hacia el aludido. Éste era un

hombre joven aún, pero en el cual la vida crapulosa había dejado tales

huellas que se le tomara por viejo. El cuerpo flaco, el rostro manchado

con abundante cosecha de granos, el pelo ralo y las cejas lo mismo. Sin

turbarse poco ni mucho con las miradas de la reunión, dijo gravemente

tomando una caña:

--Yo siempre fresco como una rosa. ¡Buena suerte tendrá la que goce de

la flor de mi juventud!

--¿Qué dices á eso, María-Manuela?--preguntó riendo el señor Rafael.

--Que tiene muchísima razón. Yo jamás he conocido su juventud.

--María-Manuela y yo--manifestó con la misma gravedad Antonio--nos

hallamos en los primeros tiempos del amor en que se goza con una nada,

en que cualquier friolerilla le levanta á uno hasta el cielo y le hace

soñar toda la noche. Hasta hace dos meses no me atreví á decirle que la

quería sino con los ojos; ya lo habrán ustedes notado. El viernes

pasado me dió un rizo de pelo. Pensé que me volvía loco de alegría...

Fué la tarde en que les pagué á ustedes la merienda y unas cuantas

botellas de amontillado...

--¡Mentira! ¡mentira!--gritaron todos á un tiempo.--¡No has pagado nada!

--¿No?... Pues juraría... Pero, en fin, lo mismo da. De todos modos, yo

estaba muy alegre aquella tarde, y si hubiera tenido ganas de pagarlas y

dinero, seguramente las hubiera pagado. No hay momentos más felices que

estos en que el hombre todavía no ha perdido la timidez. No me da

vergüenza confesarlo. Ayer me concedió por primera vez María-Manuela un

beso.

--¡Oooooh! ¡Uuuuh!--rugieron los alegres compadres.

--¡No hay que asustarse, señores! Fué en la mano solamente. Pero, así y

todo, cuando se lo di, faltó poco para desmayarme. No sé qué influencia

misteriosa ejerce sobre mí esa mujer, que el contacto de un dedo suyo me

hace temblar.

--Oye tú, guasón--interrumpió María-Manuela con acento

irritado,--¿quieres callarte ya ó te estrello este vaso en las narices?

Antonio se detuvo, paseó una mirada en torno y dijo bajando la voz:

--Ya lo ven ustedes, sólo la idea de que se sepa que le he besado la

mano pone fuera de sí á la pobrecilla.

--¡Aguarda, arrastrao!--exclamó exasperada la morena abalanzándose á él.

--¡Socorro!--gritó Antonio haciendo ademán de meterse debajo de la mesa.

Entre Velázquez y Frasquito la sujetaron. No pudiendo echarle mano,

volvió á sentarse y desahogó su cólera en un torrente de palabras feas y

maldiciones que al cabo concluyeron por alterar los nervios de la otra

mujer que allí había.

Era una muchacha de pocas carnes, morena también, de nariz un poco

larga, boca pequeña, ojos negros expresivos y hermosa cabellera, cuyos

rizos le caían por la frente en gracioso desgaire. Á esto contribuía el

que la joven, ó por coquetería ó por distracción, no quitaba la mano de

ellos atusándolos, retorciéndolos, martirizándolos sin tregua, lo mismo

cuando hablaba que cuando escuchaba. Ambas cosas hacía con rara

perfección. Cuando guardaba silencio parecía la estatua de la atención.

Con la cabeza echada hacia atrás, paseaba sus ojos vivos de uno á otro

interlocutor absorbiendo sus palabras, su actitud y sus gestos como si

se tratase de fijarlos en la memoria para siempre. Cuando hablaba, sus

palabras fluían de la boca raudas, interminables, con un dulce acento

persuasivo que cautivaba y adormecía. El gracioso dejo de su charla

andaluza realzado por una voz melodiosa como pocas obligaba á escuchar

con placer las mil sentencias y graves consideraciones en que abundaba

su discurso. Porque Paca la de la Parra (así llamada á causa de una muy

frondosa que había en la casa donde su madre dirigía un establecimiento

de bebidas) no sólo presumía de elevados sentimientos, de gustos

exquisitos, sino de una madurez de juicio superior á la de los sabios de

su tiempo. Por lo cual vivía en el fondo de su alma apartada del mundo

plebeyo que la rodeaba. Encastillada en su grandeza intelectual y

sentimental, contemplaba con benignidad de ordinario, la ruindad de sus

compañeras, y dejaba pasar sin correctivo sus palabras soeces. Pero en

ocasiones como ahora, en que por causas desconocidas se hallaba un poco

nerviosa, no podía menos de atajarlas.

--Vamos, hija, cállate ya, que tienes una lengua más susia que la de lo

tío de la Caleta.

María-Manuela quedó suspensa un instante, pero, revolviéndose colérica

en seguida, exclamó:

--¡Adiós, infanta! Perdone usía que le haya lastimao las orejas. ¿Quiere

usía que hable por lo _finitico?_ ¿Quiere usía un poquito de agua para

quitarse el susto?

Paca alzó los hombros con ademán de lástima.

--¡Siempre has de tomar el rábano por las hojas, mujer! No te he mandado

callar por ofenderte, sino por evitar que piensen de ti lo que no

mereces. La mujer que se pasa la vida diciendo malas expresiones

demuestra que no ha tenido principios, y tú los tienes como los tengo

yo y los tiene toda persona regular que haya tenido crianza. Deja esas

palabras á los hombres, que para ellos se hicieron, y habla bien, que el

hablar bien no cuesta trabajo.

--Mira, Paca, ¿sabes lo que te digo?--profirió María-Manuela afianzando

ambas manos sobre la mesa y encarándose con su amiga.--Que no rajes

tanto y me dejes el alma quieta, ¿estamos?

--Te lo digo, querida, porque tienes principios...

--Pues se me orviaron... ¡Ea ya!... ¿qué hay?

--Eso importa na. Lo peor es que á Joseliyo se le orvió traernos unas

aceitunitas ó unas ruedas de chorizo--apuntó con calma Pepe de Chiclana.

Los compadres rieron.

--¡Ole por Pepe!

--¡Lo mejor que se ha dicho en la tienda desde su fundación!

Pepe de Chiclana, marido de Paca la de la Parra, era un hombre de seis

pies de alto, gordo en proporción, de cuarenta años de edad, cara

redonda, ojos pequeños carnosos, pesado y tardo en sus movimientos como

en sus palabras. Formaba vivo contraste con su exquisita esposa, toda

delicadeza y elocuencia, tan distinguida, tan razonable, tan afluente.

Mas, con existir entre ellos tal desigualdad de humores, vivían en

profunda paz. Pepe adoraba el talento de su mujer, se postraba ante él

rindiéndole homenaje en cuantas ocasiones se ofrecían. Cuando Paca

hablaba, Pepe la escuchaba con la boca abierta pendiente de sus labios

como de un oráculo, obligando á callar á los que pretendían

interrumpirla, dirigiéndoles á menudo guiños expresivos ó diciendo por

lo bajo: «¡Qué pico! ¿eh?... ¡Atiende al golpe!...» Paca no despreciaba

por eso á su marido, como pudiera inferirse; al contrario, estimábalo

como hombre de inteligencia penetrante, ya que había penetrado todo el

mérito que ella poseía y seguía fielmente sus enseñanzas filosóficas.

Hasta le caían en gracia sus chistes insulsos y era la primera en

celebrarlos. Disfrutaba el matrimonio de posición desahogada. Pepe era

chalán, y vestía como tal la chaqueta corta, la faja y el sombrero de

anchas alas que caracteriza á los hombres de su clase. Paca gastaba

ricos mantones de Manila, pendientes de perlas y sortijas de diamantes.

Aquel matrimonio honrado, rico y pacífico se placía, no obstante, en

acudir todas las noches á una reunión de gente demasiado alegre y de

posición equívoca.

Porque Antonio Robledo, administrador de una empresa de diligencias, no

estaba casado con María-Manuela, aunque hacía tres años que vivía

maritalmente con ella, y Velázquez, dueño del establecimiento, tampoco

lo estaba con Soledad. Pero Paca era hija de una tabernera, se había

criado entre el ruido y la alegría, y por más que la altivez de su

temperamento aristocrático la había preservado de los hábitos y las

palabras groseras, sus ojos y sus oídos se habían acostumbrado á la

algazara de estos sitios. Si por cualquier causa pasaba algunos días sin

ir á la reunión, sentía la nostalgia de ella, se ponía de mal humor. Su

marido, que la conocía bien, le decía: «¿No te parece que vayamos hoy á

_cañear_ un poquito á casa de Velázquez?» Ella se resistía, se quejaba

de fatiga, hablaba de los muchos quehaceres de la casa. Si el bueno de

Pepe se dejaba persuadir, ¡desgraciado de él! El humor de su cónyuge se

ennegrecía de tal modo que al día siguiente era imposible sufrirla. Pero

Pepe, aunque no muy avisado, como ya se ha dicho, había descubierto el

secreto y no cejaba en sus ruegos hasta que lograba sacarla de casa.

Paca salía como si la arrastrasen. Una vez fuera, mudábase al instante;

se mostraba viva y jovial y charlaba por los codos.

Además, Paca tenía el secreto deseo de mostrar el poder de su elocuencia

persuadiendo á Velázquez á que se casase con Soledad. En cuanto á

Antonio y María-Manuela, lo había intentado en vano. Ésta era tan

cerrada de entendimiento, tan loca y desbocada que comprendía bien la

repugnancia de su amante á contraer con ella vínculos indisolubles. Lo

mismo uno que otro proyecto eran plausibles y demostraban que Paca se

proponía hacer buen uso de las grandes luces naturales con que la

Providencia se había dignado favorecerla.

Poseía también una voz fresca y suavísima y cantaba y tocaba la guitarra

con tal primor que pocos la aventajaban en el reino de Andalucía. En

Cádiz era conocida y estimada por esta habilidad, aunque pocas veces se

lograba oirla desde que se había casado. Sólo entre amigos y después de

hacerse rogar tomaba entre las manos el guitarrillo y echaba al aire una

copla. Pero, aunque despreciando en la apariencia este arte secundario,

por tener la ambición puesta en el de Cicerón y Bossuet, todavía le

gustaba oir las palmadas, los _oles_ y los requiebros de sus amigos

cuando se decidía á complacerlos.

Velázquez se había levantado y salió á la tienda. A los pocos momentos

volvió á entrar seguido de Joselillo, su criadito, quien soportaba una

gran batea con cañas de manzanilla y algunos platos con rajas de queso,

peje-reyes y camarones.

--Esta convidada va por mí, señores.--dijo con su gravedad habitual.

--Á tu salud y á la de la flamenca que está ahí fuera--respondió

Antoñico en voz alta y apurando una caña.

--Gracias, Antonio, y de salud te sirva--respondió la tabernera, que

había oído el brindis.

--Vive mil años, chiquita, que si tú cierras los ojos se queda Cádiz á

oscuras.

--¡El equinocio, hija!--exclamó María-Manuela sin poder reprimir un

movimiento de celos.--Soleá, no cierres los ojos para que este borracho

pueda llegar á casa.

--¿Tienes celos, María?--preguntó la tabernera.

--¿Yo celos de este tío que ya no puede con la fe de bautismo en

papeles? ¡Sería trabajo! Llévatelo, hija, y ponlo en un cuarto seco para

que no se pudra.

--Soleá, llévame y ponme donde te parezca. Verás si engordo á tu

_vera_--le gritó Antonio.

--¿Y á mí, dónde quieres que me ponga entonces?--preguntó Velázquez

riendo.

Pero, aunque lo dijo en voz más baja, llegó á los oídos de la tabernera,

que exclamó:

--¡Á ti!... ¿Qué te importa á ti que yo te ponga en un sitio ó en otro?

Ya te cuidarías de escapar adonde te viniese bien.

--Con esa verdad te ayude Dios, querida, que nunca jamás la has dicho

mayor--repuso Velázquez con tono fanfarrón y displicente.

Soledad sintió el resquemor de estas palabras y guardó silencio.

--Niño, tráete la mía--gritó reciamente el señor Rafael al criadillo.

No tardó éste en presentarse con otra batea de cañas.

El señor Rafael era un viejo de fuerte complexión, seco, moreno, con los

cabellos blancos, pero sin faltarle uno solo, vivo de ojos y suelto de

ademanes, como un chico de veinte años. Mucho más suelto y mucho más

vivo que su sobrino Frasquito, con el cual se acompañaba aquí y en

todas partes. No sólo se hallaban asociados en un establecimiento de

harinas y salvados que tenían en la calle de Horno Quemado, sino que

habitaban el mismo cuarto; y después de pasar juntos las horas de

trabajo, gustaban también de pasar las que dedicaban al recreo. Ambos

solteros y sin ninguna gana de cambiar de estado, aficionados á las

cañas y al bureo, aunque en este particular y en la esplendidez

característica que el vino andaluz despierta en los naturales, el viejo

sacaba mucha ventaja al joven. De aquí sus eternas y graciosas disputas

así que al señor Rafael se le encaramaba un poco el manzanilla en la

cabeza.

--¡Frasquito, hijo! ¿para qué quieres esas manos? Hace siete cuartos de

hora que no has sonao las parmas--dijo el señor Rafael á su sobrino,

haciendo antes un guiño expresivo á la reunión.

--¿Cómo siete cuartos de hora?--exclamó éste sofocado.--¡Si he pagado la

convidada anterior!

--¡La anterior!... ¡Y tan anterior!--replicó el viejo mirándole con ojos

risueños y provocativos.

La reunión se preparó á gozar de la disputa, como siempre.

--Vamos, tío, usté tiene gana de guasa.

--No, hijo, lo que tengo gana es de vino.

--Pues yo ya le he pagado á usté bastante esta noche.

--¡Ay, qué gracia, que me ha pagado bastante!... ¡Pues yo á ti no!...

Niño, tráete más vino para este gallego...

--¡Tío! No me insulte, que le falto á usté al respeto.

--Pero si lo eres, ¿por qué has de negar la prosapia? Ni en el reino de

Galicia ni en el principado de las Asturias hay un gallego más gallego

que tú...

--¡Tío, cállese usté, que le falto al respeto!

Frasquito estaba encendido y colérico que daba miedo á todos menos á su

tío. Los circunstantes, temiendo algún paso desagradable, atajaron la

disputa rogando al señor Rafael que no le exasperase. Este, vuelto á las

buenas y revistiéndose de gravedad, manifestó que todo era una broma y

que nadie sabía mejor que él que su sobrino era gaditano por los cuatro

costados. Luego, dirigiéndose á éste, comenzó á darle satisfacciones.

--Pero, hijo, ¡quién no ha de reconocer tus buenas cualidades! Eres

honrao y trabajador, y en too Cádiz no hay quien te ponga el pie delante

en sacar una cuenta por el aire. Y eres buen mozo y muy corriente cuando

se ofrece... Pero tienes una enfermedad...

--¿Qué enfermedad?--preguntó Frasquito amoscado, mientras los demás se

disponían á reirse.

--No sé; me parece que se llama reumatismo.

--¿Y por qué dice usté eso?... vamos á ver...

--Porque he notado que siempre que llevas la mano al bolsillo lo haces

con mucho trabajo y la mayor parte de las veces no lo consigues... Eso

no puede ser más que reúma... reúma en el brazo derecho.

--¡Tío! ¡tío!

--No te sofoques, que eso se cura con un poquito de aguardiente

alcanforado.

--¡Qué ha de curarse con eso!--saltó María-Manuela que presumía de

curandera y ensalmadora--Si sientes dolor, Frasquito, se te quitará

untando el brazo con la sangre de una oreja cortada de un gato negro; le

das una friega apretándolo poco á poco, luego doblas _er deo gordo_, y

poniéndolo debajo de la barba abres la boca nueve veces seguidas...

Las carcajadas que la inocencia de la pobre mujer produjo en la reunión

encresparon más y más á Frasquito.

--¡Tío, no hay peor borracho que usté en el mundo!

--Basta ya de medicina--manifestó Antonio--y que Paca nos cante una

_carbonerilla_.

--¡Eso!

Paca, como de costumbre, hizo remilgos. «Ya no estaba para tales bromas;

se le había acabado el humor; parecía mal que una mujer casada...

Además, no se hallaba bien de voz.» Pero, como de costumbre también,

terminó por coger la guitarra y echar al aire su voz dulce y potente de

contralto.

La alegría se apoderó de todas las cabezas. Los ¡oles! y los ¡bravos! y

los requiebros de toda clase resonaron en la taberna. Á la embriaguez

del vino sucedía la del arte, más noble y delicada.

--¡Venga otra, Paquilla! ¡Bendita sea la hora en que tu padre se dió un

coscorrón con la reja de tu madre!

Paca, orgullosa, sonriendo levemente, dejó volar otra copla.

Antonio, loco de entusiasmo, le arrojó el sombrero á los pies, gritando:

--¿Dónde has nacido, Paca?

--¡Qué ocurrencia!--respondió riendo--En la calle de la Verónica.

--¡Falso! Tú has nacido en la alcoba en que durmió María Santísima

cuando pasó por Sanlúcar.

Paca volvió á cantar respondiendo al requiebro:

«¡Qué desgraciada nací,

que en la pila del bautismo

faltó la sal para mí!»

Aquel rasgo gracioso de modestia levantó gran alborozo.

--¡Ole por las mujeres simpáticas!--¡Todo el mundo á quererla!--¡La pura

arropía!...

Y sonaban las palmas, y chocaban los vasos y gritaban como energúmenos

jaleando á la cantaora. Pero aquel entusiasmo se enfrió momentáneamente

porque, Antonio, con uno de sus descompasados ademanes, echó á rodar

una caña y la quebró. María-Manuela, asustada, hizo callar á todos y

declaró que el romperse un vaso es muy malo y anuncia disgustos. La

única manera de evitarlo era recoger todos los pedazos y tirarlos al

pozo. Así comenzó á ejecutarlo con gran solicitud mientras los demás se

reían de su credulidad. Algunos por burla la ayudaban.

--Atiende, María, mira que pedazo grande te has olvidado debajo de

aquella silla. ¡Anda, anda! que si yo no hubiera reparado, ¡qué

cataclismo! ¿verdad tú?

--Vamos, Antonio, déjate de guasa y hazme el favor de recoger esos

cristalillos que están á tu vera.

--Desprécialos, mujer: ya te llevas en el delantal los trabajos

gordos... ¡Qué importa por esos disgustillos!

María-Manuela salió con los cristales del cuarto y fué á arrojarlos al

pozo que había en el patio. Soledad, que seguía tranquilamente haciendo

calceta detrás del mostrador, sonrió.

Siguió la zambra en el aposento.

--Bueno, ahora no falta más que Soledad nos baile una mijita de

tango--manifestó el señor Pepe.

Soledad ni cantaba ni tocaba la guitarra, pero tenía habilidad notoria

para bailar las danzas andaluzas. Mas, contra lo que acaece

generalmente, no gustaba de mostrar su gracia; y aun puede decirse que

desde hacía algún tiempo tenía el baile en aborrecimiento. Por lo cual

sus amigas se abstenían de solicitarla en este particular, sabiendo que

le causaban disgusto.

--No seas pelmazo, hombre; ya sabes que Soledad no se divierte

bailando--dijo Paca á su consorte.

--¿Y por qué no se ha de divertir, haciéndolo con tanto

primor?--insistió el señor Pepe.

--Pues porque no se divierte. ¿Te figuras que va uno á gozar con lo que

á otro se le antoje?

--Bien está; pero aunque no se divierta, Soledad es muy amable y le

gustará que sus amigos se diviertan.

--Vamos, cállate ya. ¡Qué pesadísimo te pone el vino!

Velázquez, que estaba hablando con Frasquito, oyó la disputa de los

esposos y dijo:

--Tiene razón Pepe. Soledad está obligada á dar gusto á la reunión, y

aunque le cueste trabajo lo hará...

Y añadió alzando la voz:

--Soledad, hija mía, haz el favor de venir un momento.

La tabernera apareció en seguida.

--Estos señores desean que bailes un poquito. Á ver si los complaces.

El rostro de Soledad se nubló de repente y respondió con sequedad:

--Estos señores saben que hace ya mucho tiempo que no bailo y me harán

el favor de dispensarme.

--¿Y por qué no has de bailar?

--Pues porque no tengo gana.

--Pues bailarás aunque no tengas gana--dijo él embraveciéndose.

--Pues no bailaré--replicó con firmeza ella.

--Vamos, Velázquez, déjala--interrumpió Pepe de Chiclana, avergonzado

por haber sido causa de aquella disputa.

--¡Déjala! ¡déjala!--dijeron todos á un tiempo.

--He dicho que baila, y bailará--profirió Velázquez alzándose de la

silla en actitud soberbia y provocativa.

Soledad se puso pálida; quedó un instante suspensa y dijo al cabo

humildemente:

--Está bien; no te incomodes. Haré lo que tu quieras.

--Paca, puedes principiar--dijo el guapo sentándose de nuevo.

--No quiero--replicó ésta.--¡Vaya una simpleza, hacer bailar á una mujer

á la fuerza!

--Vamos, Velázquez, déjala. Otro día será--manifestó el señor Pepe.

Y todos los demás unieron sus ruegos á éste.

Pero el tabernero, cada vez más colérico, exclamó:

--¡He dicho que bailará esta noche, y ha de bailar con los santos óleos

puestos!... ¿No quieres tocar?... Pues tocaré yo.

Y arrebatando á Paca la guitarra, comenzó á rasguearla diciendo

imperiosamente:

--Á empezar.

Soledad avanzó hasta el medio del cuarto y dió comienzo al baile. Estaba

pálida. Los movimientos reprimidos, voluptuosos del tango ofrecían ahora

un carácter lúgubre; parecía el baile de la viuda india en torno de la

hoguera donde va á ser sepultada.

Los tertulios se callaban; estaban inquietos y tristes y sacudían la

cabeza deplorando la escena. Al cabo dos lágrimas se desprendieron de

los hermosos ojos de la bailadora y resbalaron lentamente por sus

mejillas. Verlas Velázquez y colocar la guitarra sobre la mesa fué todo

uno.

--¡Ea!--dijo levantándose con calma amenazadora.--Ya se ha concluído.

Y cogiendo á la joven por un brazo:

--Anda, anda, guasona... ¡Maldita sea tu estampa!

Y la arrojó á empellones del cuarto, cerrando la puerta después.

Los tertulios se lo recriminaron sin excepción.

--No hay razón para eso, Velázquez. Para bailar se necesita el humor. No

todos los días nos pide el cuerpo juerga.

--¡Dejarme; ya tengo esa niña sentada en la boca del estómago!--exclamó

el majo apurando una caña.

--¿Lo ves, Joseliyo, lo ves cómo toda la vida has de meter la

pata?--dijo Paca con enojo á su consorte.

--Pues bien claro estaba que habíamos de tener un disgusto, después que

Antonio rompió el vaso--manifestó María-Manuela con un acento de

seguridad que hizo volver la alegría á la reunión.

III

Soledad.

Los majos de Cádiz · 第 3 / 16 段