engendrado la necesidad de buscar modelo para todo lo que se está
ejecutando. Los pintores no dan una pincelada ni los escultores ponen
los dedos sobre el barro sin tener el modelo delante. A su ejemplo, los
novelistas modernos llevan en el bolsillo una cartera para apuntar
cuanto ven y oyen. A todos les parece el colmo de lo absurdo trabajar de
memoria. Y, sin embargo, entre los grandes artistas de los pasados
siglos esto era lo corriente. Rubens no pudo haber tenido modelos para
los millares de figuras que ha pintado. La prueba de que pintaba de
memoria hasta los paisajes es que existe uno suyo en el cual la luz
procede de dos sitios contrarios, lo cual es absurdo. Y sin embargo, el
paisaje es bellísimo. Ni Shakspeare, ni Molière, ni Balzac han
presenciado las escenas que trazan ni conocido los caracteres que
estudian. Schiller confiesa que, dada su vida retirada y trabajosa,
tenía muy pocas ocasiones de observar á los hombres. El modelo será,
pues, necesario, pero confesemos que es signo de impotencia. El pintor,
cuando se llama Rubens, Vinci ó Tiziano, lleva impresa en su cerebro la
naturaleza; le basta haber visto un objeto para poder trazarlo con mano
segura, aunque el tiempo y la distancia se lo oculten. El poeta no
necesita siquiera esta visión. Lleva en sí mismo el alma entera de la
humanidad y un leve signo le basta para adivinar la de cualquier hombre.
En él y en el santo es donde mejor se expresa la profunda identidad de
los seres; por eso ambos conocen intuitiva, directamente, sin necesidad
de experiencia, el corazón de los hombres. «Me ocultáis faltas muy
graves--decía San Juan de la Cruz á sus oyentes.--¿Ignoráis que vuestras
almas forman parte de la mía? Vosotros y yo somos seres distintos en el
mundo: en Dios, nuestro origen común, somos un solo ser y vivimos de una
misma vida.»
Para aquellos novelistas en quien la imaginación no ha llegado á tal
grado supremo de viveza que permita escribir sin la observación atenta
de todos los días, el modelo, el dato real es de absoluta necesidad:
pero como ayuda poderosa para su fantasía, me atrevo á aconsejar el
estudio no práctico, sino contemplativo de las artes plásticas. El
novelista debe frecuentar los museos de pintura y escultura para
acostumbrarse á escribir por medio de imágenes claras y precisas. Además
es una manera de contrarrestrar la funesta manía de los análisis
psicológicos, tan artificiosos como mentidos, que hoy nos domina. Ni
Cervantes, ni Shakspeare, ni Molière han necesitado tanta página larga y
nutrida para hacernos ver un carácter, para presentárnoslo vivo y
grabarlo profundamente en nuestra memoria.
Es de justicia, sin embargo, manifestar que la novela moderna, si bien
ha tropezado en estos fastidiosos análisis que la afean, ha logrado
evitar un escollo en que á menudo se estrellaban los antiguos maestros,
y es el de las _reflexiones_. No hay nada más perjudicial á la belleza
de una novela que esa filosofía vulgar, cuando no pueril, con que muchos
novelistas sazonaban sus producciones. El interpretar á cada paso el
oculto sentido de los sucesos que se narran y desentrañar su
significación es insoportable y choca con los principios fundamentales
del arte. En la novela no es el autor quien debe hablar, sino los hechos
y los caracteres, y si alguna filosofía se desprende de ella, que el
lector la saque por sí mismo. No fiarse de su penetración y dársela
cocida y caliente, como hace Balzac, por ejemplo, es afear las novelas y
exponerse además á que un crítico haya dicho con razón que su filosofía
es la de un viajante de comercio.
Otro mérito grande de la moderna escuela naturalista es, á mi ver, la
importancia que concede á la descripción de la naturaleza, anudando de
este modo el lazo entre el hombre y el mundo exterior, roto durante
tanto tiempo en la literatura. Desde los poemas indios y griegos no se
ha cantado con tanto entusiasmo la belleza objetiva, no se ha pintado el
paisaje con la palabra de un modo tan perfecto como lo hacen hoy los
naturalistas franceses. Han adquirido tal maestría en este género, su
idioma claro y flexible les ofrece tanto recurso, que parece ya
imposible alcanzar una visión más viva y penetrante del mundo que nos
rodea. No se pueden leer las novelas de Flaubert, sobre todo, sin
sentirse subyugado por aquella dicción pura y pintoresca que hace surgir
ante nuestra vista tanta imagen graciosa, tanto cuadro brillante. Sin
embargo, se ha abusado de esta cualidad feliz. Los discípulos de aquel
maestro han llevado su amor por la descripción á tal extremo que los
caracteres y las situaciones apenas pueden verse entre su espeso
follaje. Todas las artes tienen límites trazados por su misma
naturaleza. Cuando se pretende modificar ó ensanchar estos límites,
viene su ruina. El abuso de la descripción en las obras literarias
significa una intrusión de la pintura en los dominios de la poesía.
Nadie ignora lo nocivo que es para las artes estas intrusiones de unas
en otras. Por violentar la escultura y obligarla á expresar lo mismo que
la pintura, se la ha desnaturalizado en los tiempos modernos. Por
obligar á la música á expresar ideas concretas que sólo está reservado
para la poesía, presenciamos con dolor su decadencia. Hay que temer que
la preocupación de _los fondos_ no produzca al cabo también una
literatura débil y amanerada, como ha sucedido en la pintura.
Actualmente en ésta se representan de un modo maravilloso los
pormenores, ropajes, muebles, etc. En cambio, no hay quien pinte bien
las carnes. Los grandes maestros, como Rembrandt, Franz-Hals, Velázquez,
Tiziano, por el contrario, eran sobrios en las ropas y demás accesorios,
y con centraban su atención y sus facultades en aquéllas. Además, la
descripción exagerada significa un predominio de la sensualidad, ó sea
del elemento fisiológico en la poesía, lo mismo que el abuso de la
armonía en la música. Las descripciones brillantes de los naturalistas
lisonjean la imaginación, facilitándole el trabajo, pero sus novelas
rara vez dejan una impresión honda en el espíritu. De igual modo las
sonoridades exquisitas de Wagner y su escuela deleitan el oído, pero no
sacuden nuestra alma como la voz elocuente de Beethoven ni la hacen
pasar alternativamente de la tristeza á la alegría como la musa
encantadora de Haydn.
Para hallar una armonía perfecta entre el fondo y las figuras y en
general entre todos los elementos de la composición es preciso acudir á
los griegos. Sólo ellos han poseído el secreto de producir todas las
bellezas sin dañarse unas á otras, de mostrar la mayor riqueza unida á
la mayor sobriedad, de representar en el arte las profundas armonías que
existen en el mundo real. Lo poco que nos ha llegado de ellos en el
género novelesco es de tan sólido valor como su arquitectura, su
escultura y su tragedia y comedia. Nada hay comparable á la célebre
novela de Longo _Dafnis y Cloe_. En ella pueden verse reunidas todas las
perfecciones del género. Una fábula sencilla, interesante; caracteres
observados con delicadeza y presentados sin artificio; pinturas
exquisitas de la naturaleza; descripciones vivas de las costumbres; un
estilo noble y trasparente. Todo forma en esta admirable creación un
conjunto armónico de encanto irresistible. Cada palabra es una
pincelada, cada oración una imagen, cada página un cuadro brillante que
no se borra jamás de la imaginación. ¡Qué vena, de fácil inspiración
corre por toda ella! ¡Qué frescura y sobriedad en las descripciones!
¡Que naturalidad en la dicción! ¡Cuán lejos nos hallamos del énfasis
moderno! Yo no aspiro á otra gloria en mi arte que á la de llamarme
humilde discípulo de esta obra inmortal.
Quizá parezca ridícula esta aspiración á la crítica moderna ó la juzgue
como una extravagancia. Es posible que las reflexiones que anteceden se
consideren como la expresión de un espíritu incapaz de apreciar ni
comprender siquiera el primor, la pompa, el pensamiento profundo y la
fuerza de la novela contemporánea. Sé que mis humildes observaciones en
nada influirán para modificar el gusto dominante. Nada de esto me
mortifica; primero, porque nunca he aspirado á ejercer el menor influjo
sobre mi época, y segundo, porque para cambiar mis opiniones sería
preciso que se cambiase mi naturaleza, lo que es imposible. Pero nadie
debe extrañar que allá en mis horas de sueño imagine que dentro de
algunos años la Europa, fatigada de tanta exageración, tanta deformidad,
tanta mentida originalidad, volverá sedienta á beber el agua cristalina
del arte heleno. Entonces nuestros alardes de fuerza serán tenidos por
espasmos de un sistema nervioso debilitado, se dirá que nos placíamos en
las pinturas de las enfermedades físicas y morales porque estábamos
enfermos de alma y de cuerpo, que nos sentíamos atraídos hacia lo
deforme y monstruoso porque deforme era nuestro desenvolvimiento, y
amábamos la paradoja porque nuestro ser era paradójico. Y dejando los
sendas tortuosas por donde caminan y abandonando los altares de las
Furias donde ahora sacrifican, los artistas futuros marcharán al cabo
por la vía de la moderación, signo de la fuerza, á depositar los frutos
de su ingenio á los pies de las Gracias. ¡Feliz yo si el cielo me
concede larga vida para ver, aunque sea de lejos, la tierra prometida!
Si así no fuere, todavía me consuela la idea de que alguno habrá que al
leer estos pobres renglones aprobará su espíritu y me otorgará su
simpatía. A ese lector benévolo, después de saludarle cordialmente, le
diré como el sabio Yâjñavalkya á Artabhâga, en el _Brâhmana de los cien
senderos_: «Dame tu mano, amigo; este conocimiento no está hecho más que
para nosotros dos».
I
El viajero.
Sucedía esto allá en Cádiz, en una taberna del Campo del Sur, no lejos
de Capuchinos, frente al mar Océano.
Para entrar en la tienda era menester subir tres escalones. Cerca de la
entrada, á mano izquierda, estaba el mostrador: detrás de él la gran
estantería repleta de botellas. Á un lado toneles y barriles y terciados
sobre éstos varios zaques de vino. En el fondo tres aposentos separados
por sendos tableros pintados de amarillo que no llegaban al suelo. Había
gente bulliciosa en estos cuartos: escuchábase rumor de plática alegre y
chasquido de vasos.
La tienda estaba sola, débilmente esclarecida por una lámpara de
petróleo colgada sobre el mostrador. Sentada detrás de éste y haciendo
calceta se hallaba la tabernera, cuyos ojos grandes, negros,
aterciopelados, no se apartaban de la puerta explorando tenazmente las
tinieblas de la calle. Era una espléndida andaluza de carnes opulentas,
blancas, sonrosadas, de negra y ondeada cabellera y expresión grave y
melancólica, como la de las mujeres árabes. Por la amplitud de sus
formas parecía mujer de treinta años; pero examinando su rostro de cerca
observábase en él la frescura y trasparencia de la infancia. Debía de
ser mucho más joven de lo que aparentaba. Vestía traje sencillo de
percal azul con pañuelo negro de seda anudado á la espalda, los cabellos
sencilla y graciosamente peinados, los brazos un poco más fuertes y
macizos de lo que exigiría un escultor, pero blancos é incitantes de
todos modos, remangados hasta más arriba del codo; la fresca, mantecosa
garganta al aire también. Las líneas suaves de su rostro ovalado, la
pureza de su perfil acusaban alma sencilla y bondadosa; pero en el mirar
fijo de sus ojos profundos había señales evidentes de un carácter
pertinaz. No eran duros aquellos ojos, pero les faltaba poco.
Un caballero subió rápidamente las escaleras y entró en la tienda. Era
un mozo corpulento, de fisonomía dulce y simpática, sobre cuyo labio
superior apenas se distinguía leve bozo rubio.
--¡Soleá!--exclamó al entrar, con visible y placentera emoción
extendiendo sus manos á la tabernera.
Ésta se alzó de la silla y le miró un instante con más sorpresa que
alegría. Era casi tan alta como él y casi tan corpulenta.
--¡Manolo!--dijo al fin bastante fríamente.--¿De dónde sales?
--¿De dónde salgo?... Pues del tren, y antes de una fementida tartana
que me ha desparramao los huesos por el cuerpo... Pero choca, criatura.
¿Es que no quieres darme la mano?--añadió poniéndose serio
repentinamente.
--¿Por qué no?--dijo ella extendiendo su mano regordeta por encima del
mostrador.
Manolo la estrechó con fuerza entre las suyas y la retuvo, mirando á la
joven en silencio con intensa expresión de cariño. Ella apartó los ojos
con señales de malestar y dijo afectando indiferencia:
--¿Y qué dejas por Medina, niño?
Al mismo tiempo tiró suavemente de su mano. Manolo, sin soltarla,
profirió en voz baja con acento apasionado:
--Déjamela siquiera un minuto. ¡Cinco meses hace ya que no la toco!
--¡Un siglo!--exclamó la tabernera con sonrisa apenas perceptible,
echando al mismo tiempo una mirada recelosa á la puerta.
Manolo advirtió esta mirada y, soltando bruscamente la mano, preguntó:
--¿Y Velázquez?
--Tan bueno--respondió poniéndose levemente colorada.
--¿Está fuera?
--Sí, después de almorzar ha salido y aún no ha vuelto.
El joven se sentó en una silla que había delante del mostrador, apoyó el
codo sobre éste y con la mano en la mejilla quedó sombrío y silencioso.
Soledad, al cabo de un rato, le preguntó con amabilidad:
--¿Hace mucho tiempo que no has visto á mi madre?
--No la he visto hace un siglo... ¡ni ganas!--respondió con reprimido
acento de cólera, puestos los ojos en el techo.
Soledad le contempló fija y severamente largo rato; luego, alzando los
hombros, hizo una leve mueca de desdén. Manolo adivinó esta mueca sin
verla y volviendo su rostro turbado:
--Dispensa, hija; no puedo remediarlo... Tu madre me ha hecho mucho
daño.
--¡Qué niño eres, Manolo! La pobrecita de mi madre no se ha metido en
nada. Si hay en lo que ha pasado alguna culpa, toda es mía; no se la
eches á nadie.
--¡Está bien!--exclamó el joven con sonrisa triste.--¡Ni siquiera me
quieres dejar esa ilusión!
La tabernera iba á contestar, movió los labios para hacerlo, pero se
contuvo; hizo un gesto de indiferencia y guardó silencio. Manolo volvió
á su actitud sombría. Al cabo de un rato profirió secamente:
--Dame un _medio_.
La tabernera dejó la media sobre el mostrador, se levantó en silencio y
después de sacar un vaso y fregarlo reposadamente en la pileta, lo llenó
de manzanilla. Manolo lo apuró casi de un tope. Soledad le clavó los
ojos con curiosidad un instante y volvió á sentarse.
Aumentaba el bullicio en los cuartos. Escucháronse las notas dulces de
la guitarra y poco después llegó á sus oídos una _soleá_ entonada á
media voz por un hombre.
--¿Quién está ahí?--preguntó Manolo.
--Los de siempre.
--¿Y quiénes son los de siempre?
--Pues la reunión; ¿no los conoces? Pepe de Chiclana, María-Manuela,
Paca la de la Parra, Antonio, Frasquito y su tío el señor Rafael.
--¿Y en el otro cuarto?
--Marchantes que juegan al rentoy.
Hubo una pausa y Manolo volvió á decir:
--Dame otro _medio_.
Con la misma calma y silencio, Soledad se levantó de nuevo y escanció
otro vaso, que el joven apuró instantáneamente.
--La noche en que murió tu padre--profirió al cabo de largo silencio con
voz poco segura--fuí á despertar á mi pobre madre, que ya dormía; me
senté á su cabecera y llorando como un niño le pinté vuestra situación,
le puse delante el cuadro terrible que acababa de presenciar. ¡Qué
cosas le diría que al poco rato vi rasados sus ojos con lágrimas!...
Aprovechando aquel momento de blandura me puse de rodillas y le
dije:--¡Por Dios, mamá, por los dolores que has pasado para echarme al
mundo, no te opongas más tiempo á mi matrimonio!... Y aquella mujer tan
orgullosa me besó en la frente y me dijo al oído: «Tráela cuando quieras
á casa, hijo mío». Me fuí tambaleando á la cama como un beodo y no pude
dormir. Cuando tuve ocasión para comunicarte la noticia, vi tu semblante
alterado y huiste á ocultarte en tu cuarto. Pensé que la emoción te
ahogaba, cuando era el remordimiento...
Soledad hizo un gesto de impaciencia.
--¡Quién se acuerda ya de esas historias, Manolo! Tú y yo no habíamos
nacido el uno para el otro.
--Cuando volvíamos del entierro--prosiguió el joven como si no hubiese
oído--me emparejé con Velázquez, hablamos de vuestra situación, le di
las gracias por lo que había hecho, considerándome ya de la familia, y
le dije mi proyecto, mejor dicho, mis proyectos, porque le abrí el
corazón por completo y le enteré de todos los pormenores de nuestro
noviazgo. Él aprobaba con la cabeza á todo lo que yo decía, elogiaba mi
conducta y hacía votos por mi felicidad, sonriendo... ¡Sí! le vi sonreir
dos ó tres veces... ¡Qué papel me has hecho representar, Soleá!
Esta bajó la cabeza balbuciendo ruborizada:
--No te acuerdes más de eso.
--No lo traigo á la memoria para echártelo en cara. Lo hago únicamente
para que me perdones lo que he dicho al hablar de tu madre. Aunque me
jures lo contrario, seguiré creyendo que ha tenido la mayor parte de la
culpa.
--Te engañas. Mi madre no ha hecho más que mostrarse agradecida á los
favores que ese hombre nos hizo... Lo demás lo hizo Dios ó el diablo...
--El diablo seguramente, porque me han dicho que te hace muy
desgraciada.
--¡Falso!--profirió la joven vivamente.--Me hace la mujer más feliz de
la tierra.
Manolo cerró los ojos y ahogó un suspiro, ocultando un momento la cara
entre las manos. Luego dijo esforzándose por sonreir:
--Me alegro, me alegro con toda mi alma. Sería un villano si otra cosa
hiciese. Porque yo, al fin, te ofrecía una posición honrosa en el mundo,
mientras él te ha colocado en una situación bien triste...
--Pero si yo me alegro de esa situación--interrumpió Soledad con tonillo
colérico.
--¡Lo sé! ¡lo sé!... No te esfuerces en convencerme--respondió él con
amargura.--Sólo hago constar un hecho. Eres terca, caprichosa y un poco
egoistilla; pero así y todo no mereces que te hagan desgraciada. Con
todos esos defectos te haces, sin embargo, querer. ¿Sabes por qué?...
Por la inocencia... Eres una niña. Tu terquedad, tus caprichos y hasta
tu egoísmo, en vez de inspirar repugnancia, hacen sonreir. Me has hecho
traición, me clavaste el puñal en el pecho y le has dado vueltas cuando
estaba dentro. Pues no te guardo rencor: me has martirizado como los
chicos martirizan á los pájaros, sin saber lo que hacen... Cuando llegó
á mis oídos que no te trataba bien, que te hacía desprecios delante de
la gente, me puse enfermo de rabia, como si fueses cosa propia, como si
jamás me hubieses hecho nada malo. Á pesar de mi resentimiento fuí á ver
á tu madre y por desgracia ésta me confirmó en lo que había oído...
--¡Qué sabe mi madre lo que dice!--exclamó la joven con creciente
irritación.
--Sí; he podido averiguar que no sólo te hacía desprecios, sino que ha
llegado á levantarte la mano...
--¿Ha dicho mi madre eso?--preguntó ella vivamente con el semblante
demudado.
--No, no--se apresuró á responder el joven.--No te dispares, niña. Tu
madre sólo me ha dicho que no eres feliz. Otros pormenores los he sabido
por gente de Medina que ha estado aquí.
--¡Bah!--exclamó ella con una mueca de desprecio.--¡Quién ataja las
malas lenguas!... ¿Sabes lo que es eso, querido?--añadió inclinándose
hacia él y dejando la calceta sobre el mostrador.--Pues es que hay
muchas en Medina á quienes la envidia les come las entrañas.
Manolo la miró fijamente con sorpresa. Luego, sonriendo dijo:
--¡Qué engreída estás, Soleá!
Ésta se ruborizó y volvió á coger la calceta.
--No es nuevo, en ti eso--siguió él.--Lo mismo con amigas que con
novios, siempre has sido propensa á los engreimientos repentinos... Á mí
también me ha tocado mi cachito, ¿verdad?... Pero el de ahora va durando
demasiado...
Soledad guardó silencio. Él también calló. Largo rato escucharon
distraídos, melancólicos, los acordes de la guitarra. Cuanto se hablaba
en el cuarto de la reunión llegaba á sus oídos. Las bromas
desvergonzadas y los dichos agudos con que los alegres compadres
entreveraban las coplas, en vez de hacerles reir, les iba poniendo á
cada instante más serios y reflexivos. Soledad no apartaba los ojos de
los puntos de la calceta. Manolo, con la cabeza echada hacia atrás, los
tenía puestos en el techo. Al fin, haciendo un esfuerzo para sacudir el
letargo y cambiando de postura, dijo resueltamente:
--Échame vino, que me voy.
La tabernera cumplió la orden con igual silencio. Manolo apuró el vaso,
como lo había hecho antes, y puso una moneda sobre el mostrador. Soledad
abrió el cajón, sacó la vuelta y la colocó á su lado.
--Está bien--dijo metiéndola en el bolsillo.--Me voy, hija mía, que me
esperan.
Hizo ademán de levantarse; se inclinó hacia Soledad.
--Hasta la vista, gitana. ¿No me das la mano?
Y así que la tuvo cogida manifestó riendo:
--Dispensa, querida, la matraca que te he dado. Alguna que otra vez me
suelen atacar estos arrechuchos y entonces me pongo insoportable, lo
conozco; pero en seguidita me pasan y entonces no soy mal chico,
¿verdad, tú? Lo único que te pido es que sueltes á escape esa cara de
regidor ofendido y no me la vuelvas á enseñar en la vida. Ríete, lucero,
que cuando tú te ríes me alumbra el sol á la medianoche. Y si otra vez
me pongo guasón, como hace poco, me dices: «Manolo, cierra el pico y
déjame el alma quieta», ó si tú quieres, hija de mi alma, me das un lapo
con esta mano rica que beso con tu permiso... y con el del dueño del
establecimiento.
Y estampó en ella, efectivamente, tres ó cuatro besos. Soledad la retiró
riendo.
--¡Siempre el mismo!
--¡Eso es! ¡Siempre el mismo!--repuso él levantándose.--¡Siempre
queriéndote como un babieca! ¡Para mí, criatura, eres y serás la Virgen
del Carmen y la Santísima Trinidad y el copón y la hostia!...
--¡Calla, Manolo, calla! Habrá que mandarte á la _miga_.
--¡Si fueras tú la maestra!... Adiós, gachona. Soy tu amigo hasta la
muerte. ¿Verdad que soy tu amigo? ¿Verdad que lo soy?... Dí que sí,
manteca de oro... Hasta la vista, ¿eh? ¡Muchos, muchos, muchos besos! Y
á Velázquez... á Velázquez que se lo coman los lobos--añadió soltando
la carcajada y saliendo por la puerta como un huracán.
Al poner el pie en la calle, aquel relámpago de alegría ficticia se
apagó repentinamente. El alma del viajero quedó negra como la noche.
Atravesó el paseo lentamente, apoyó ambos codos en el pretil de la
muralla y contempló con ojos extáticos la inmensidad del mar. La bóveda
del cielo alta y tachonada de estrellas se hundía en las tinieblas del
horizonte. Debajo de ella, las olas inmóviles se extendían como una masa
opaca donde sólo de vez en cuando brillaba la tenue luz fugitiva de un
astro. La brisa húmeda trajo á su nariz los acres olores marinos.
Permaneció así largo rato, abstraído, enteramente emboscado en las
memorias de otros días. Al cabo sacó el pañuelo para secar sus ojos que
la frescura de la brisa, sin duda, había mojado, y murmuró con su
habitual sonrisa bondadosa:
--¡Pensé que estaba curado! ¡Buen chasco!
Y se dispuso á retirarse. Pero cuando hubo avanzado un poco sintió los
pasos de un hombre que venía. Retrocedió nuevamente hasta el pretil para
ocultarse en la oscuridad. Al llegar cerca del farol, lo conoció. El
hombre se detuvo delante de la tienda, subió resueltamente los escalones
y entró en ella. El rostro del joven viajero se contrajo fuertemente.
Miró un instante con fijeza á la puerta iluminada y se alejó á paso
largo.
II
Los majos.
Los grandes ojos negros de la tabernera brillaron.
--¡Cuánto has tardado!--exclamó levantándose.
Sin contestar despojóse el hombre de su capa y se la entregó diciendo:
--Límpiala, que el señor de Roda me la ha llenado de vino.
Tendría treinta y cuatro ó treinta y seis años; bajito, menudo, moreno,
con barba negra sedosa, las facciones correctas, los ojos negros de una
expresión resuelta y altiva. Había en su rostro atractivo. La figura,
aunque exigua, proporcionada, y denotaba agilidad y brío. Vestía
chaqueta corta, sombrero cordobés de alas rectas, pantalón ceñido, faja
de seda encarnada y camisa bordada con botones de diamantes: todo rico
y esmerado, y mostrando no sólo un hombre bien acomodado, sino cuidadoso
de su persona y quizá un poquito pagado de ella.
--¿Y Joselillo?--preguntó.
--Pues se fué hace ya bastante rato por unos frascos de ginebra y aún no
ha venido.
--¡Valiente niño! Me parece que esta noche le voy á mandar calentito á
la cama... Ya van muchas.
Soledad se había acercado á él y daba vueltas en torno suyo,
contemplándole con ojos amorosos, examinando minuciosamente el estado de
su traje, quitándole el polvo con leves palmaditas.
--¿Has caminado mucho?