Observaré que esta tendencia á la dispersión se ha atenuado

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(nota del transcriptor)

LOS

MAJOS DE CÁDIZ

(NOVELA DE COSTUMBRES)

POR

ARMANDO PALACIO VALDÉS

MADRID

TIPOGRAFÍA DE LOS HIJOS DE M. G. HERNÁNDEZ

Libertad, 16 duplicado.

1896

ES PROPIEDAD

PRÓLOGO

Observaciones acerca de la composición en la novela.

I

Para el lector aficionado á razonar el arte y discutir su técnica

escribo estas breves líneas. Páselas por alto quien sólo aspire á

sentirlo, seguro de que nada perderá en ello: mi simpatía, como la de

todo artista, estará siempre con él. Porque sólo una imaginación fresca

exenta de conceptos retóricos puede gozar realmente las obras poéticas,

respirar con libertad en el mundo de la fantasía. Además, dígase lo que

se quiera, á ningún _maese Pedro_ le place mostrar por dentro el retablo

de las figuras con sus jarcias y resortes; y si alguna vez lo hace,

suele ser apretado por el deseo de defenderse de los pecados que le

atribuyen ó de prevenir al público contra los errores de una crítica

precipitada ó desleal. No es esto, sin embargo, lo que me impulsa á

escribir el presente prólogo, como tampoco me ha movido á escribir el

que años ha puse al frente de mi novela _La Hermana San Sulpicio_. En

España, afortunadamente, apenas si existe la crítica, y el autor de

novelas goza de aquella paz profunda, de aquella amable serenidad de que

gozaron en las primeras edades del mundo Valmiky y Homero para escribir

sus inmortales poemas. La única razón que hallo en mi espíritu (aparte

de cierta manía didáctica que me ha quedado de los años de adolescencia,

cuando con mi dedo infalible señalaba á los autores la ruta que debían

seguir) es la contradicción en que me reconozco con los gustos y

tendencias que dominan actualmente lo mismo en las artes plásticas que

en la poesía. Esta contradicción me atormenta sobremanera, porque me

hace dudar de mí mismo. Derramo la vista por Europa y no veo en la

pintura y en la poesía más que escenas lúgubres y prosaicas, no escucho

sino acentos de muerte. De las estepas de la Rusia llegan delirios

místicos que entusiasman al pueblo de Molière, de Rabelais y de

Voltaire. De aquí surgen análisis indigestos, obscenidades escandalosas

que seducen á los hijos de Cervantes; por último, el viento glacial de

la Noruega nos envía en forma dramática aéreos simbolismos que

estremecen de gozo á la Italia, ¡á la Italia, donde han nacido Virgilio

y Petrarca, Rafael y Tiziano! Naturalistas, místicos, decadentistas,

ibsenistas, simbolistas en la poesía; luministas, azulantes, metalistas

en la pintura. El arte se me representa como un inmenso ataque de

nervios, los artistas como locos unas veces, otras como charlatanes que

disfrazan su impotencia con afectaciones monstruosas y se aprovechan

hábilmente de la perversión general del gusto; el público estragado por

ellos y por el utilitarismo reinante, sin criterio para distinguir lo

bello y lo sano de lo feo y absurdo.

Al observar mi naturaleza en contradicción tan radical con el espíritu

de la época me asalta el temor de padecer una aberración mental: hay

momentos en que me figuro ser uno de esos infelices degenerados

incapaces de «adaptarse al medio» que tan bien pintan los modernos

filósofos de la escuela positiva, y me estremezco y me abato, y me

propongo en término no lejano someterme á un tratamiento terapéutico

adecuado. Es posible que con las duchas, la nuez de Kola y el vino

ferruginoso, los dramas noruegos me parezcan tan interesantes como los

de Shakspeare, Calderón ó Schiller, los místicos rusos tan profundos

como Platón y Spinoza, las novelas de la escuela naturalista tan bellas

como las de Longo, Cervantes y Goethe, los cuadros de los decadentistas

franceses mejores que los de Rubens y Velázquez. Pero mientras llega la

hora feliz de regenerarme hasta donde sea posible, pido permiso para

exponer algunas observaciones críticas acerca del arte de escribir

novelas. Voy á aventurar ciertas hipótesis que constituyen el fondo

mismo de mi inspiración, lo que hasta ahora me ha sostenido y consolado

en la ya larga labor que he llevado á término. Absurdas ó verdaderas, yo

las amo. Sólo pido al lector que antes de condenarlas al desprecio las

medite un instante.

II

Dirijamos una mirada á la historia del arte. Hay un hecho que desde

luego llama poderosamente la atención: la fecundidad prodigiosa de

ciertas épocas y la esterilidad de otras. En el período de poco más de

un siglo que media entre Fidias y Praxiteles nacen en el suelo reducido

de la Grecia centenares de escultores, la mayor parte desconocidos para

nosotros, pero cuyas obras, carcomidas y mutiladas como salen de entre

los escombros, nos llenan de admiración y alegría. En un período de

cincuenta ó sesenta años del siglo XV brilla en el país de Flandes

legión numerosa de grandes pintores, cuyos cuadros, si alguien ha

igualado, nadie ha sobrepujado jamás. Apágase momentáneamente la

inspiración de los artistas flamencos en el siglo XVI y se traslada á

Italia, donde viven y trabajan á un mismo tiempo algunas docenas de

genios portentosos, cada uno de los cuales bastaría para ilustrar un

siglo. Torna la mágica fuerza en el siglo XVII á los Países Bajos y

produce esa maravillosa explosión donde los pintores ya no se cuentan

por cientos, sino por millares. Nuestra patria se siente arrastrada por

Italia y por Flandes al cielo de la belleza, y hace brotar de su seno la

famosa escuela española con Zurbarán, Ribera, Velázquez y Murillo. ¿No

es verdad que parece un contagio? De pronto aquel sol esplendoroso se

eclipsa y quedamos dos siglos en oscuridad y tristeza. Sólo tal cual

artista, aproximándose, aunque sin igualar jamás á aquellos genios,

brilla como estrella solitaria y melancólica.

Las explicaciones que los historiadores del arte suelen dar á este hecho

sorprendente nunca me han satisfecho. La aparición del arte como una

consecuencia natural del engrandecimiento material de los países, como

la flor de la civilización, que es la teoría hoy predominante, no hace

más que agregar un hecho á otro hecho sin explicar ninguno de los dos.

Supongamos cierto que el arte se produce necesariamente cuando los

países alcanzan cierto grado de prosperidad, cuando el hombre, después

de haber allanado los obstáculos que la naturaleza le oponía para su

subsistencia, queda desahogado y puede gozar en calma de la vida. Pero

la dificultad queda en pie. ¿Por qué en ciertas épocas de prosperidad

nacen muchos y grandes artistas, y en otras de tanta ó mayor opulencia

no nace ninguno? Nadie puede dudar que en la actualidad existen en el

mundo países ricos y prósperos donde la civilización ha subido á una

altura desconocida en la historia, donde la vida es fácil, segura,

cómoda. Francia, Inglaterra, Alemania, Austria, Bélgica, Holanda y los

Estados Unidos de América son testimonios innegables de esta afirmación.

Además, en ninguna época conocida de la historia los artistas han podido

trabajar con más seguridad ni han encontrado un público tan numeroso ni

tan solícito para recompensarlos. Compárese lo que hoy gana cualquier

pintor, por poco que se distinga, con lo que obtenían por sus obras

Velázquez ó Rembrandt. Compárese la consideración y el respeto de que

hoy gozan los artistas, hasta el punto de formar una aristocracia tan

elevada y orgullosa como la de la sangre, con la protección desdeñosa

que los próceres de otros siglos les dispensaban y el humillante jornal

que algunos reyes solían otorgarles. ¿Qué momento más favorable puede

ofrecerse para que la flor de la poesía abra sus pétalos á la luz y

ostente sus colores más brillantes? Gloria, dinero, seguridad, todo lo

posee hoy el artista que sepa distinguirse. ¡Y, sin embargo, nuestros

pintores y escultores no pueden compararse á los de otras épocas! La

música, que es el arte más moderno, se encuentra hace años ya en

absoluta decadencia; la literatura, como luego demostraré, igualmente.

Existen, dicen los filósofos naturalistas, razones fisiológicas que

explican y determinan este fenómeno, como todos los demás de la vida. No

lo dudo. El hombre se halla enteramente sometido á las fuerzas que obran

en el seno de la naturaleza, las cuales, á par que engendran, limitan el

desarrollo de los individuos y las razas. Pero la acción de tales

fuerzas es tan misteriosa, se ejerce por caminos tan oscuros para

nosotros, que sólo vagamente podemos atribuirles cuanto sucede en el

mundo. Nuestro espíritu exige motivos más cercanos. Voy, pues,

humildemente á proponer una explicación racional del problema, con la

esperanza de que, si no satisface al lector, por lo menos le ayudará á

pensarlo y resolverlo por sí mismo.

Como no hallo razón para que en los cincuenta primeros años de un siglo

nazcan cien artistas de gran mérito y en los cincuenta siguientes

ninguno, me atrevo á sostener que, dadas las mismas condiciones de raza,

de medio, de cultura, de seguridad y de estímulo, los hombres nacen

iguales, ó lo que es igual, en la segunda mitad de un siglo, como no

hayan variado notablemente las circunstancias apuntadas, ven la luz

tantos artistas como en la primera. La diferencia está solamente en que

en la primera mitad los hombres que han nacido con aptitudes para sentir

la belleza y representarla han podido sacar el fruto de ellas, las han

desenvuelto natural y lógicamente, mientras que los segundos, por causas

que ahora voy á indicar, no han podido mostrar al mundo su riqueza

interior.

Atribuyo la decadencia de las bellas artes, cuando no hay razón externa

que la explique, á una perversión del gusto, esto es, á la _falta de una

dirección sana y adecuada para los artistas_. Creo que el gusto es lo

que determina la altura que el pintor, el escultor ó el poeta puede

alcanzar en sus obras. Los artistas de las épocas de decadencia han

nacido tan bien dotados por la naturaleza como los del florecimiento.

Convirtamos los ojos á la época actual. Examinando los cuadros que hoy

se pintan, las estatuas que se esculpen, ó leyendo con atención las

obras poéticas que se publican, nadie puede echar menos con justicia el

ingenio, la invención y el estudio. Si no en la mayor parte, porque la

producción es excesiva, veo detrás de muchas de ellas la mano y la

inteligencia de un hombre superior, perfectamente dotado por la

naturaleza para producir obras bellas y duraderas. ¿Por qué no las

produce? Sólo por un error de su inteligencia, por una torcida

dirección que el momento y el medio en que nació han impreso á su

inspiración, en suma, por la falta de _gusto_. Esto es lo que se observa

hoy, principalmente en el cultivo de las artes; ausencia de gusto. _To

be honest, as this world goes is to be one man pick'd out of ten

thousand_, dice Hamlet. Parodiando estas palabras, bien podemos afirmar

que, tal como hoy van las artes bellas, tener buen gusto equivale á

señalarse, no entre diez mil hombres, sino entre cien mil.

El origen de esta perversión del gusto no debe buscarse en

circunstancias del momento, en defectos de escuela trasmitidos de unos

individuos á otros, en extravíos fortuitos. Su fundamento es más alto á

mi juicio: se halla en el principio mismo que ha engendrado la gran

superioridad artística del Occidente sobre el arte asiático, en el mayor

desarrollo de la energía individual. Tan cierto es que no hay principio

verdadero y fecundo que exagerado no se convierta en error y en

manantial de ruina y que el _nada demasiado_ del oráculo griego es la

mayor verdad que se ha dicho hasta ahora en el mundo.

La mayor energía individual, la afirmación de su independencia frente á

la naturaleza, produciendo la variedad de los caracteres, es lo que ha

elevado al griego sobre el indio y el arte occidental sobre el asiático.

En el mundo oriental sólo existen tipos; de aquí la monotonía, no

privada de belleza y sublimidad muchas veces, de sus monumentos

poéticos. Pero aquel principio fecundo para la civilización, y

singularmente para las artes, que ha engendrado la _Iliada_, el

_Prometeo encadenado_, la _Niobé_ y el _Partenon_, que más tarde creó

las obras portentosas del Renacimiento, exagerado en la Europa moderna,

sacado fuera de sus justos límites, ha traído consigo el desequilibrio y

como resultado la decadencia. La energía individual y la independencia

exageradas se han trasformado en _vanidad_. Este es el gusano que roe y

paraliza la fuerza de los artistas contemporáneos.

Obsérvese el procedimiento de los antiguos y de los que los han imitado

en el período del Renacimiento. Un artista, que por sus obras excelentes

llegaba á merecer el título de maestro, reunía en torno suyo un grupo

más ó menos numeroso de jóvenes á quienes revelaba los secretos del arte

é infundía su propio espíritu, adiestrándolos lentamente para hacerlos

primero sus ayudantes, luego colaboradores de sus obras. El discípulo,

al cabo, se hacía maestro, concluía por separarse, pero seguía

trabajando en la misma dirección y con los mismos procedimientos, y sin

darse quizá cuenta de ello, ni menos proponerse _romper ningún molde_,

por la energía de su personalidad artística producía obras distintas,

tanto ó más bellas que las de su maestro, pero sin que se desatase el

lazo que los unía. Igual fenómeno en la literatura. Homero es el gran

maestro del mundo helénico. Todos los poetas dramáticos, épicos ó

líricos acuden á él para beber su inspiración. Esquilo, Sófocles,

Píndaro y Eurípides confiesan modestamente que viven de las migajas de

su mesa. Más tarde, cuando Roma empuña el cetro de la literatura, sus

poetas más insignes no se desdeñan de llamarse discípulos de los

griegos, los estudian con veneración y los imitan con complacencia. Nada

han desmerecido por eso á los ojos de la posteridad. La _Eneida_ es una

imitación de la _Odisea_, y sin embargo hace veinte siglos que embelesa

al mundo.

Decía Sófocles en los últimos años de su vida que si había logrado

escribir algo bello en su vida, fué renunciando á _la pompa de Esquilo_

y también á los refinamientos de arte á que se sentía demasiado

inclinado. Estas palabras deben dar que pensar á cualquier artista,

porque encierran la más profunda enseñanza. Cuando los ciclos

legendarios de la Grecia habían sido ya desenvueltos de un modo

maravilloso por el genio de Esquilo en trilogías dramáticas que

parecían insuperables, Sófocles logró, sin embargo, aventajarle. No

hubiera conseguido esto, si guiado por el amor propio tratase de

superarle buscando mayores y más vivos efectos, esforzando las galas del

lenguaje. Pero guiado sólo del amor á lo bello y permaneciendo fiel á su

naturaleza, no trató más que de producir obras bellas y perfectas, sin

curarse de competir en ingenio con su glorioso predecesor; y por esta

modestia y esta moderación llegó á ser el más grande de los dramaturgos

que la humanidad ha producido.

¡Cuán distinto lo que hoy sucede! Apenas un joven sabe tener el pincel,

la pluma ó el cincel en la mano, ya se juzga en la necesidad de crear

algo original, cuando no extraño ó inaudito: se creería humillado

siguiendo la inspiración y los procedimientos de otro artista, por

grande que sea. El negocio capital para él no es trabajar bien, sino

trabajar de un modo distinto que los otros; la originalidad le preocupa

mucho más que la belleza. Este anhelo que hoy se ha apoderado de todas

las cabezas, hasta de las más vacías, hace recordar aquel gracioso

epigrama de Goethe á los originales: «Un quídam dice: Yo no pertenezco á

ninguna escuela; no existe maestro vivo de quien reciba lecciones; en

cuanto á los muertos, jamás he aprendido nada de ellos». Lo cual

significa, si no me equivoco: «Soy un majadero por mi propia cuenta».

Este afán desmedido de originalidad ¿qué otra cosa es sinó lo que hemos

dicho, una exageración de la energía individual, un desequilibrio, el

pecado, en fin, de la soberbia? Triste es confesarlo, pero en la torcida

dirección que hoy siguen las artes no debe echarse toda la culpa á los

que las cultivan. El público tiene también una gran parte; el público

que, en vez de pedirles obras bellas, bien meditadas y con destreza

concluídas, les exige solamente que no se parezcan á los demás,

fomentando de esta suerte la excentricidad y el mal gusto, que ha dado

vida en los últimos años á esa nube de obras extravagantes y ridículas,

donde la impotencia marcha unida á la vanidad. A la novela, como género

predominante hoy en la literatura, ha tocado la mayor parte de esta

viciosa corriente.

III

La novela es un género comprensivo que participa de la naturaleza de la

epopeya, de la del drama y que no pocas veces también entra en los

dominios de la poesía lírica. Tal amplitud permite al escritor una

gozosa libertad, que no disfrutan los que cultivan otros géneros más

definidos. No sólo se le exime del lenguaje rítmico, sino de aquellas

otras trabas con que la retórica dogmática ha atormentado hasta ahora á

los poetas épicos y líricos. La novela, en su esencia, rechaza toda

definición: es lo que el novelista quiere que sea. Pero tanta

independencia trae, como es lógico, aparejada una mayor responsabilidad:

ya que tanto se le perdona al novelista, menester es que su invención no

desmaye jamás: de todo se le exime menos del ingenio. El novelista tiene

la obligación ineludible de no fatigar jamás al lector, de mantener su

atención despierta, sujeto su espíritu por lazos invisibles para hacerle

viajar sin sentirlo por el mundo imaginario. ¡Cuán poco nos acordamos

los que escribimos novelas de este primer requisito de toda composición

romancesca! La mayor parte de las veces parece que, en lugar de

interesar al lector y recrear su espíritu, nos proponemos acabar con su

paciencia.

La composición es el escollo en que tropiezan la mayor parte de los

autores de novelas. Hay bastantes capaces de representarse la belleza y

el interés que ofrece la vida con sus contrastes, dotados de rica

fantasía, de penetración y de estilo; pero son á mi juicio muy pocos los

que en la actualidad saben _componer_ un libro. No acontece esto porqué

la cualidad de componer sea superior ó más rara que las otras, sino

porque los autores no fijan en ello la atención como debieran.

Preguntaban á Newton en cierta ocasión: ¿Cómo ha llegado usted á

descubrir la ley de la gravitación? A lo que el sabio respondió

modestamente: «Pensando en ello». Si los novelistas pensasen más en la

perfección de sus obras y menos en ostentar á todo trance las cualidades

de que se creen poseedores, ó en producir ruido, imagino que aquéllas

serían más bellas y duraderas. Para ello lo primero que debieran

representarse es que una novela es una obra de arte; por lo tanto, una

obra donde la armonía es lo esencial. Esta armonía la encuentra

naturalmente el artista que sabe limitar sus concepciones y concentrar

los tesoros de su fantasía exhibiendo de ellos lo que hace falta y nada

más. ¿Excluye tal limitación la riqueza del fondo, la pintura viva de

los pormenores, el sentimiento de los matices, la delicadeza para

apreciar las relaciones más sutiles de la vida? Estoy muy lejos de

pensarlo. Todo eso puede subsistir perfectamente dentro de unos

contornos precisos. Basta que el novelista sienta la necesidad de la

claridad y la medida.

El hombre es un ser limitado y, por lo mismo, todo lo que de él proceda

ha de ser limitado también. Porque el fondo de la obra de arte, que es

la belleza ideal, carezca de límites no debe imaginarse que su expresión

plástica ó conceptiva pueda sustraerse á ellos. La belleza se expresa

eternamente en la naturaleza de un modo definido, claro, concreto. En el

arte debe acaecer lo mismo. Hay muchos artistas que ignoran esta gran

verdad; se figuran que dejando inciertos los contornos de su obra se

emancipan de la limitación que constituye su ser, se aproximan mejor á

la sublimidad y grandeza del ideal. Es un error de óptica por el cual se

engañan á sí mismos y engañan á los demás. Así sucede que cuando aparece

una de esas obras aparatosas, enormes, enfáticas, envueltas de vaguedad

y misterio, con aspiraciones simbólicas y místicas, como muchas de la

escuela romántica pasada y casi todas las de los naturalistas,

simbolistas y decadentistas modernos, el público se estremece, imagina

que detrás de aquellas nieblas hay un inefable misterio, que se va á

descubrir al fin y contemplar el eterno ideal, y corre afanoso á

presenciar el milagro; pero ¡ay! no tarda en volver mustio y

desengañado, porque detrás de tanto aparato no ha visto absolutamente

nada. La obra portentosa se hunde muy pronto en el olvido, mientras la

obra bien definida, clara y armónica, como la _Odisea_, las

_Siracusanas_ de Teócrito, el _Hermann y Dorotea_ de Goethe, sigue por

los siglos de los siglos fresca como una rosa, reflejando la inmortal

belleza del universo.

Tampoco juzgo que esta armonía necesaria en la composición de la novela

sea equivalente de la simplicidad. La novela participa, como ya he

dicho, de la naturaleza del drama y de la de la epopeya, pero más, á mi

juicio, de la última. No es, pues, esencial para ella que la acción

avance rápidamente hacia su fin, sin distraerse jamás como en el drama,

sino que puede marchar con lentitud, deteniéndose á cada instante para

referir episodios ó describir países y costumbres, á semejanza de los

poemas épicos; porque, como expresa profundamente Schiller, la acción

para el poeta dramático es el verdadero fin, mientras para el épico

(digamos novelista en este caso) no es más que un medio para alcanzar un

objeto absoluto y estético. Ahora bien, ¿cuál es este objeto absoluto y

estético que el poeta épico y el novelista persiguen? El mismo Schiller

lo descubre con admirable claridad en otra de sus cartas: «La misión del

poeta épico es hacer que aparezca toda entera la íntima verdad del

asunto: no pinta más que la existencia tranquila de las cosas y el

efecto que naturalmente producen: hé aquí por qué, en vez de correr

impacientemente hacia el término de la narración, nos place detenernos á

cada instante con él». Dejemos, pues, al novelista la libertad de

pararse donde lo tenga á bien, como el poeta épico: si siente amor á la

claridad y á la medida, clara y armónica será su obra, aunque se

distraiga á menudo. Nadie osará negar estas cualidades á la _Odisea_ y

la _Eneida_, ni al _Quijote_ y el _Gil Blas de Santillana_, á pesar de

sus numerosos episodios. Guardémonos de confundir la armonía con la

simplicidad de la acción, ni siquiera con la regularidad de sus partes.

Es algo más profundo y espiritual que surge espontáneamente de la

belleza del asunto y del equilibrio en las facultades del novelista.

No hay para qué advertir que esta libertad se halla subordinada á la

exigencia ineludible de toda obra de arte, que es la de interesar. Los

episodios han de tener, pues, en la novela, como en el poema épico, un

valor absoluto é independiente, ó lo que es igual, han de ejercer sobre

el espíritu la fascinación que produce la belleza. Si no deleitan, deben

suprimirse. Como regla empírica de la composición (pues me parece

impertinente dogmatizar en este punto), añadiré que á mi entender los

episodios deben apartarse lo menos posible de la acción principal y

guardar con ella una relación secreta, si no aparente. Son más

plausibles aquellos que á su belleza absoluta agregan un valor relativo,

como es el de dar mayor relieve al carácter principal de la obra ó

producir lo que hoy se llama _color local_, esto es, descubrir el

misterioso lazo que une al hombre con la naturaleza, á los caracteres

con los sitios en que se ejercita su actividad. Casi todos los del

_Quijote_ cumplen admirablemente con este requisito. Pero los de otros

novelistas españoles, como Mateo Alemán, Vicente Espinel, Vélez de

Guevara; Céspedes, etc., á menudo nos fatigan por lo deshilvanados, ya

que no por lo desabridos... Y lo mismo sucede, á pesar de su excelencia,

con las novelas de algunos escritores extranjeros, como Richardson,

Fielding, Dickens, Juan Pablo Richter, etc.

Observaré que esta tendencia á la dispersión se ha atenuado mucho en los

tiempos presentes. Los actuales novelistas gustan más de recoger una

acción y seguirla sin vacilaciones ni tregua que de entretenerse con

otras narraciones secundarias más ó menos alejadas de la principal, como

hacían los del siglo pasado y los de la primera mitad del presente. En

este punto, no obstante, los escritores de raza latina se señalan más

por su amor á la unidad que los germanos y eslavos, inclinados siempre

con predilección á la variedad. Las obras de estos últimos se

caracterizan por una gran riqueza de ideas y sentimientos: en las de

algunos de ellos hay tal delicadeza de percepción para recoger las

relaciones más sutiles del mundo ideal que nos asombra; pero en general

están peor compuestas que las de los latinos. Voy á presentar un ejemplo

de dos escritores modernos que ya no existen. Dostoievsky, escritor

ruso, y Silvio Pellico, italiano, han narrado ambos la historia de sus

martirios en la prisión donde por causas análogas estuvieron encerrados.

El libro del primero titulado _Recuerdos de la Casa de los Muertos_ es

más original, su sentimiento quizá más profundo, su observación sin

disputa más delicada. En cambio se nota que el autor carece del talento

de la composición: el libro, á pesar de las brillantes cualidades que

posee, no puede leerse sin cierta fatiga. Por el contrario, la obra del

escritor italiano titulada _Mis prisiones_, no tan vigorosa, es más

pura, más fresca, más equilibrada y está tan admirablemente compuesta

que ha logrado ser un libro clásico leído en todos los países con

verdadero encanto.

Relacionado estrechamente con la composición se halla el tamaño que á la

novela debe darse; porque es punto menos que imposible componer bien una

de exageradas dimensiones. Parece á primera vista insensato señalar

límites materiales á una obra poética y aprisionar los vuelos del

artista, pero es más insensato escribir obras descomunales y acusa

generalmente presunción en los autores y, lo que es más grave para

ellos, debilidad. El afán desmedido de escribir _largo_ significa en

muchos casos un deseo pueril de mostrarse fuerte, poderoso, sin

comprender que el verdadero modo de mostrar fuerza es apoderarse del

asunto y dominarlo y dominarse á sí mismo y poseerse enteramente. De

igual modo la exaltación, que da origen en algunas ocasiones á actos de

valor y heroísmo y á rasgos felices en el orden espiritual, no indica,

según los médicos, un sistema de nervios vigoroso, sino débil y enfermo.

El autor que escribe largo debe comprender que todo lo que gane en

extensión su obra lo perderá en intensidad, y que no hay asunto que no

pueda y deba desarrollarse con medida. El _Ramayana_, la _Iliada_ y la

_Odisea_, epopeyas que reflejan civilizaciones enteras, que llevan

dentro de sí un mundo de ideas y costumbres, de sucesos, de noticias

científicas é históricas, no tienen tantas páginas como ciertas novelas

modernas. Además, si desea ser leído no sólo en vida, sino después de su

muerte (y el autor que no aspire á ello debe soltar la pluma), no puede

ocultársele, á no cegarle la vanidad, que para salvarse del olvido no

sólo necesita producir una obra de belleza excepcional, sino procurar

que no sea muy larga. El mundo contiene ya tantas grandes y bellas, que

se necesita una prolongada vida para leerlas todas. Pedir al público,

así que pase la novedad, que lea una producción de exageradas

dimensiones, cuando tantas otras reclaman su atención y su tiempo, me

parece inútil y hasta ridículo. No doy esto como principio absoluto,

porque bien puede aparecer una obra de tan subido mérito que, larga ó

corta, se lea por los siglos de los siglos. Sólo me refiero á la

producción ordinaria. El ejemplo más notable de lo que afirmo se hallará

en el célebre novelista inglés Richardson. El autor de _Clarisa Harlowe_

y de _Pamela_, que á su ingenio admirable, á su exquisita sensibilidad y

penetración añade la circunstancia de ser el padre de la novela moderna,

apenas es hoy leído, á lo menos en los países latinos. Dada la belleza

indisputable de sus obras, no puede achacarse á otra cosa que á su

exagerada amplitud. Y la prueba de ello es que en Francia y España, á

fin de que pudieran ser gustadas, se han publicado algunos epítomes ó

compendios extractando de ellas lo más interesante. Tal proceder me

parece una verdadera profanación; pero á ella se exponen los escritores

que no saben ó no pueden concentrar las grandes facultades con que la

naturaleza les ha favorecido.

Y basta ahora acerca de la estructura ó esqueleto de la novela.

IV

Todo es asunto adecuado para la novela, se dice actualmente; toda parte

de la realidad, toda fracción de la vida reproducida por un escritor

inspirado puede engendrar una novela. Esta afirmación, que considero

exacta en cierto sentido, sacada de sus justos límites y proclamada como

principio absoluto ha dado origen á la literatura trivial y prosaica

que hoy nos ahoga. Verdad que el espíritu humano puede embellecerse al

contacto de toda realidad cuando arroja sobre ella una mirada serena;

pero no es menos cierto que, á más de este elemento puramente subjetivo,

hay en la producción de la belleza otro elemento objetivo que determina

su valor y su fuerza. El placer de Velázquez pintando sus _Borrachos_, ó

el de Rembrandt cuando bosquejaba su célebre _Lección de anatomía_,

debía de ser grande: es siempre un goce contemplar la naturaleza de un

modo desinteresado: mayor aún poseer la facultad de reproducirla con la

exactitud asombrosa de estos maestros. Pero la alegría de Tiziano, de

Corregio y Rafael debía de ser infinitamente más viva, porque estos

grandes artistas no sólo se olvidaban de sí mismos como los otros, no

sólo la reproducían con admirable verdad, sino que vivían en íntima

relación con sus formas más puras y elevadas, aquellas en que ha podido

expresarse con mayor libertad. Y cuando esta naturaleza tropezaba en su

desenvolvimiento con algún obstáculo que la afeaba, estos pintores,

guiados por su instinto, la interpretaban, le arrancaban su secreto

deseo y la ayudaban á expresar claramente lo que sólo torpe y

confusamente balbucía.

No es, pues, indiferente el asunto ó tema en que la pluma de un escritor

se ejercite. Todos son dignos, como los oficios en que el hombre cumple

con la ley del trabajo, pero unos son bajos y otros elevados. Quizá esta

afirmación parezca anticuada á los modernos estéticos, pero la encuentro

exacta. Después de todo, en la mayor parte de estos asuntos á mí me

basta la verdad antigua. El que pinta bien la naturaleza muerta, jamás

será tan gran artista como el que pinta bien la naturaleza viva: quien

reproduzca sólo las formas más groseras de la vida y los movimientos

rudimentarios del espíritu, no alcanzará la gloria del que sabe evocar y

poner en conflicto patético las grandes pasiones del alma humana.

Considero absurda la importancia que hoy se da á los que manejan bien

los accesorios, lo mismo en las artes plásticas que en la poesía. Pintar

bien el fondo de un cuadro, los muebles, los cortinajes no es ser un

pintor en la acepción más completa que nuestra imaginación da á la

palabra. Hacer hablar con propiedad á un rudo gañán, describir con

exactitud las costumbres de un país no basta para merecer el nombre de

insigne novelista. Los griegos se reían de los pintores de bodegones.

Tanto creo en la virtud del tema elegido para la obra, que un asunto

digno y hermoso es el mejor hallazgo que un artista puede tener en su

vida; es un verdadero presente de los dioses. ¡Cuántos grandes poetas

yacen olvidados por no haber gozado de esta felicidad! ¿Qué sería hoy de

Cervantes si su incómoda permanencia en Argamasilla y la relación con

algún tipo original no le hubieran sugerido el carácter de Don Quijote y

el de Sancho Panza? Por el contrario, han existido escritores que, sin

poseer un talento soberano ni alcanzar el grado excelso de la

inspiración poética que se denomina _genio_, lograron inmortalizarse

merced á un hallazgo afortunado. El ejemplo más notable que conozco en

la edad moderna es el del abate Prevost, cuyas facultades creadoras, á

juzgar por las numerosas obras que ha escrito y yacen en el polvo, no

rebasaban mucho de la medianía. Un episodio interesante, tal vez de su

vida ó de la de algún amigo, le ha llevado á la altura de los dioses

mayores de la poesía. La _Manon Lescaut_ es una de las obras más bellas

y mejor sentidas que haya producido el espíritu humano. Acaba de morir

otro escritor cuyo ejemplo es tan decisivo ó más que este. El teatro de

Alejandro Dumas (hijo) se juzga generalmente por los hombres de gusto

como falso, amanerado, abstracto, destinado á perecer cuando el gusto

del público camine por otros derroteros. Sin embargo, en su célebre

drama _La Dama de las Camelias_ se ha elevado sobre sí mismo hasta tocar

en las cimas más altas de la poesía. Es tan bello este drama, tan

original, tan patético, se respira en él tal perfume de poesía mezclado

á un sentimiento tan profundamente cristiano, que dudo mucho que otra

producción dramática de este siglo pueda competir con ella en el aprecio

de los venideros. Semejante distancia entre las obras de un mismo autor

no puede achacarse racionalmente sino á la felicidad de la invención. No

se me oculta, sin embargo, que han existido escritores, como Shakspeare

y Molière, capaces de llegar, no en una, sino en muchas de sus obras, á

un grado supremo de perfección; pero obsérvese que Shakspeare y Molière

no inventaban sus argumentos, los tomaban donde bien les placía. Su

instinto poderoso les hacía comprender lo que acabamos de afirmar, esto

es, que los temas hermosos son raros en la poesía, y que á veces un

escritor mediocre y hasta un tonto puede tropezar con ellos, y que

entonces, por bien de la humanidad, es lícito arrebatárselos.

El procedimiento de los escritores contemporáneos es distinto.

Cabalgando cómodamente sobre la teoría de que toda la vida es digno

argumento para novelar, aceptamos los hechos más insignificantes y

desabridos de la existencia ordinaria, y sobre ellos tejemos cualquier

fábula. Así las novelas ó las obras dramáticas resultan, en la mayor

parte de los casos, sin fuerza y sin interés, por más que los caracteres

estén vigorosamente pintados. Muchísimas veces me ha dolido ver

escritores de gran talento ejercitarlo en asuntos ingratos, y he

deplorado que les hubiese faltado el valor de Shakspeare y Molière para

«tomar su bien donde lo hallaren». Este miserable temor de tratar

asuntos ya tratados no lo conocieron los antiguos. Esquilo, Sófocles y

Eurípides no tuvieron inconveniente en escribir sobre un mismo tema:

sea ejemplo el _Filoctetes_. Pero nuestro amor propio vidrioso, el afán

desaforado de originalidad que nos devora nos hace pensar que

quedaríamos deshonrados aceptando el argumento hallado por cualquier

otro escritor, aunque sepamos sacar de él mejor partido.

Para disimular esta falta de asuntos poéticos que es evidente, y

producir, no obstante, honda impresión, los autores más señalados en la

actualidad apelan á varios recursos que iré examinando, con lo cual daré

idea sucinta de los vicios de que en mi sentir adolece la novela

moderna, vicios casi todos que pudieran desaparecer fácilmente si en vez

de formar principal empeño en mostrar al público la viveza de nuestro

ingenio y la fuerza de nuestra imaginación, lo tuviésemos en escribir

obras sólidas y perfectas. Pienso como el escritor inglés Tomás Carlyle

que la sinceridad es la esencia del hombre superior (_héroe_ como él lo

llama), y que la ausencia de sinceridad, no la de ingenio, es la que ha

producido la decadencia del arte moderno.

Uno de los recursos más socorridos entre los novelistas contemporáneos

es el que llamaré de _acumulación_. Como quiera que la vida ordinaria

ofrece pocas veces temas interesantes para la poesía y su exposición

sencilla precipita á menudo en la trivialidad, como se observa en gran

número de novelas inglesas y alemanas, los novelistas, en vez de esperar

pacientemente que el espectáculo de la vida les depare un asunto

adecuado, prefieren tomar una parte grande de ella y por el sistema de

condensación lograr interés para su obra. Ya no se trata, por regla

general, de narrar con verdad y arte un episodio bello de la historia de

un hombre ó la historia entera de este hombre cuando es interesante,

verbigracia, la de un soldado, un labrador ó un minero, y con este

motivo y como cosa secundaria pintar el medio ó los lugares en que esta

vida se desenvuelve. Los autores ahora se proponen en primer término

pintar la vida de los soldados, de los labradores ó de los mineros, y

como accesorio y pretexto para esta pintura la de cualquier individuo de

la clase. Este procedimiento abstracto no está conforme en mi sentir con

la naturaleza del arte. Y no basta apoyarse en el ejemplo de las

epopeyas que resumen á veces una civilización entera, porque además de

ser contadas las obras que merecen tal nombre, el poeta no ha perseguido

semejante fin general, sino uno limitado é individual. Homero ó los

rápsodas homéricos no se proponen en la _Iliada_ pintar el mundo

helénico antes de la irrupción de los dorios, sino tan sólo la cólera de

Aquiles, ni en la _Odisea_ la civilización occidental, sino los trabajos

de Ulises.

Pero aun suponiendo legítimos estos propósitos, todavía es mas

censurable la manera con que se realizan. En vez de presentar la vida de

tal ó cual país ó clase de la sociedad con serenidad y como se nos

aparece realmente, oprimido el novelista por el deseo de producir fuerte

impresión, exagera, falsea, amontona todos los datos que la realidad le

ofrece dispersos.

Basta arrojar una mirada imparcial sobre algunas recientes y famosas

producciones francesas, en que se describe la vida de los campos y de

las minas, para convencerse de que el escritor no las ha observado y

pintado con sinceridad, sino que ha acumulado con visible artificio en

una comarca todos los crímenes, suciedades y horrores que ha leído en la

prensa de varios años, acaecidos en los distintos departamentos de

Francia. Por el contrario, en otras novelas alemanas, inglesas y

españolas en que se describe la vida de los campesinos no se encuentra

más que honradez, pureza, felicidad. Esto es aún más falso, pues al cabo

los naturalistas se apoyan sobre un dato seguro, á saber, que el interés

y el egoísmo que á la mayoría de los hombres domina se expresa de un

modo más brutal y repugnante entre las clases incultas. Los novelistas

rusos siguen por regla general las huellas de los franceses y aun los

sobrepujan. He leído una producción dramática titulada _El poder de las

tinieblas_ que, en cuanto á horrores condensados, deja atrás á todas las

francesas. La famosa _Sonata de Kreutzer_, del mismo autor, se propone

nada menos que probar que en las relaciones conyugales, tan santas y

dulces en ocasiones, nada existe que no sea triste, venenoso é inmoral.

Con perdón de unos y otros, cuyo grande ingenio no desconozco, sigo

creyendo que no es todo sombra en la vida y que para pintarla como es

realmente precisa arrojar antes la cólera de nuestro corazón, despojarse

de toda inquietud y deseo y contemplarla sin prevenciones.

No sólo por cómodo, pues emancipa al poeta de la dura ley de la

inspiración, sino por nuevo, el procedimiento francés es hoy seguido por

gran número de escritores en toda Europa. La novedad es una de las

necesidades más imperiosas que lo mismo el público que los artistas

sienten en este último tercio del siglo XIX. Pocas tendencias me han

parecido más absurdas y peligrosas para el arte. Aunque sea insensato

vivir en pugna constante con su tiempo, aún lo es más abrazarse á él con

todas las fuerzas del espíritu y no querer gustar ni sentir las obras de

los que nos han precedido. El momento actual es una etapa del largo y

variado desenvolvimiento de la razón humana: tiene importancia capital

para nosotros, aunque comparado con la historia total de ese

desenvolvimiento signifique poco. No debe, pues, el artista despreciar

la época en que ha nacido, sino amarla para poder extraer de ella el

jugo divino de la poesía, que existe en todos los tiempos y todos los

lugares. Pero el que no sepa á la vez unirse con amor á los tesoros de

belleza que nuestros antepasados nos han legado, ése no llegará á

sentarse en la cima sagrada del Olimpo. «Los mejores cantos--dice

Telémaco en la _Odisea_--son siempre los más nuevos.» Si se medita un

poco se comprenderá que las pasiones humanas, primera materia sobre la

cual trabaja el poeta, no cambian, en lo que tienen de fundamental, con

el trascurso de los siglos, y aun en la vida social, si el tiempo y el

espacio establecen diferencias, no son tan grandes como á primera vista

parece. Leemos á Longo, á Teócrito, á Apuleyo y nos asombra el observar

que la vida de aquellos tiempos fuese tan semejante á la nuestra.

Tomamos una novela ó un drama indios, y acaece lo mismo. Pasamos la

vista por la _Celestina_, primer monumento de importancia de nuestra

literatura novelesca, y advertimos que los burdeles que en ella tan

admirablemente se descubren son casi idénticos á los que hoy existen,

que sus personajes piensan, hablan, bromean como los que á todas horas

tropezamos en la calle. En cambio, otras obras más recientes españolas,

como la _Diana_ de Montemayor, _El Español Gerardo_ de Céspedes, las

novelas de Lope y de Montalbán y en general todas nuestras comedias de

capa y espada nos hacen pensar que estamos contemplando un mundo

diferente, que entre el modo de vivir, de pensar y de sentir de aquellos

hombres y el nuestro media un abismo. ¿Qué significa esto? Para mí no

otra cosa sino que los unos reflejan con fidelidad su época, mientras

los otros, no sabiendo extraer de la suya nada interesante, han

preferido fantasearla.

Con esta última observación se enlaza un asunto de capital interés en la

composición de la novela: el de la verosimilitud. Los modernos

novelistas se preocupan mucho, y con razón, de dar verosimilitud á sus

invenciones. Opino, sin embargo, que en este punto hay también exceso, y

que hemos pasado, sin razón, de un extremo á otro, de las aventuras

estupendas, increíbles, con que los antiguos narradores sazonaban sus

creaciones, al insulso prosaísmo que hoy se advierte. La vida es bella;

los hechos tienen un valor absoluto. Son estas verdades á las que rindo

culto lo mismo en teoría que en la práctica. Pero debe tenerse presente

que los hechos sólo tienen valor estético cuando son _reveladores_,

cuando hacen vibrar nuestro espíritu con la emoción de lo bello. El

fenómeno por sí mismo no tiene valor alguno dentro del arte. Pero se me

preguntará: ¿cuál es la diferencia entre los hechos significativos ó

reveladores y los que no lo son? Confieso que no puedo responder á esta

pregunta. Para mí es un misterio. La mayor parte de los hechos de que se

compone la novela de Balzac titulada _Eugenia Grandet_ son corrientes,

vulgarísimos, prosaicos; no obstante, esta novela causa emoción profunda

y puede considerarse como una de las producciones más peregrinas del

ingenio de este siglo. Análogos hechos en otras novelas nos dejan fríos,

si es que no nos producen tedio. Tal misterio los mismos artistas no

pueden explicarlo; lo sienten, lo adivinan, y por eso sus obras son

bellas: con esto basta. Es insensato, pues, dictarles reglas sobre el

particular: tomarán los hechos que les haga falta, y en sus manos

tendrán siempre significación. Pero es necesario protestar contra esa

absurda suposición de que sólo los sucesos corrientes y ordinarios deben

entrar en la novela. Por el contrario, en la vida surgen en raras

ocasiones caracteres y fenómenos de tal valor estético que su

reproducción en el arte no sólo es conveniente, sino necesaria. En este

punto es curioso lo que me ha sucedido y lo que presumo sucederá á todos

los novelistas. Muchas veces he visto tildadas de inverosímiles escenas

ó sucesos que no he hecho más que trasladar de la realidad. En cambio

nadie ha encontrado inverosímiles aquellos que he inventado. Consiste

esto en que cuando he presenciado ú oído narrar cualquier suceso raro,

no he tenido escrúpulo en utilizarlo, fiando en su verdad, al paso que

cuando necesito inventarlos procuro alejarme de todo lo que parezca

extraño é inverosímil.

Lo mismo el público que los críticos viven ahora constantemente alerta

contra la inverosimilitud, y apenas un pobre autor echa el pie fuera del

camino trillado, caen todos sobre él con el dictado de _falso_ en los

labios. Pero, por lo común, sólo contra la inverosimilitud material

dirigen sus tiros. La inverosimilitud moral se les escapa la mayor parte

de las veces. Y sin embargo, para el hombre que tiene buen sentido y

conoce la vida no es menos censurable. Las novelas de ciertos autores

franceses, dedicados á entretener á las clases elevadas, no suelen

contener grandes faltas de inverosimilitud material; en cambio contra la

moral pecan casi constantemente. Los mismos naturalistas son mucho más

severos para aquélla que para ésta. Hasta el mismo Balzac, que tan

profundamente conocía la vida y con tal arte la desmenuzaba, quebranta

no pocas veces la lógica moral. Siempre recordaré el triste efecto que

me causó, en obra tan bella como _Eugenia Grandet_, aquel pasaje en que

el abate Cruchot, momentos después de llegar el primo de París, propone

á boca de jarro á Mme. de Gramins que se deje cortejar por él con objeto

de inutilizarlo. Tan atroz falsedad me causó más repugnancia que las

hazañas de Artagnan en _Los Tres Mosqueteros_, de Alejandro Dumas

(padre).

Vivir mecido en una suave idealidad es lo mejor que el artista puede

hacer. La imaginación es la maga que trasforma el mundo y lo embellece.

Pero debe cuidar al mismo tiempo de bañarse á menudo en la realidad, de

acercarse á cada instante á la tierra: cada vez que toque en ella

sacará, como el gigante Anteo, nuevas fuerzas. El hecho tiene un valor

inapreciable que en vano se buscará en las fuerzas de nuestro espíritu.

Todas las abstracciones desaparecen ante él: él es el verdadero

revelador de la esencia de las cosas, no los conceptos que nuestra razón

extrae de ellas: á él hay que acudir en última instancia para fundar

todos los juicios y recrearse con cualquier belleza. Aplaudo, pues, sin

reserva ese respeto que los buenos novelistas modernos sienten por la

verdad y el cuidado con que evitan el falsearla, aunque sea en los

ínfimos pormenores. Pero creo al mismo tiempo que se concede exagerada

importancia á la exactitud de lo que pudiéramos llamar, á ejemplo de los

pintores, accesorios. No hay que olvidarse de que la verdad moral, la

del sentimiento, la del carácter, es la que se halla plenamente en los

dominios del poeta, y su responsabilidad principal estriba en el uso que

haga de ella. Antiguamente los novelistas tenían licencia para lanzar

toda clase de disparates científicos ó históricos. Se exige hoy, con

razón, que sea instruído y se ajuste á las verdades descubiertas. Pero

hemos pasado á la exageración contraria: con el más insignificante

error, no sólo físico, histórico ó matemáticas, sino de indumentaria ó

arqueología, se nos da en rostro como si fuera un crimen. Se nos pide

que seamos una enciclopedia viva. Por eso muchos escritores que conocen

las manías de la crítica y se esfuerzan en darle gusto, no sólo se

guardan de estos errores, sino que cada vez que tocan algún punto de

política ó administración, de artes, oficios ó modas, endilgan

verdaderos y sapientísimos cursos acerca de ellos. El lector bosteza,

pero ¿qué importa, si el crítico se extasía y se encara con la plebe

ignorante que no sabe divertirse? Sin embargo, piensen estos señores lo

que quieran, la exactitud no es la primera obligación del artista, sino

la de hacer sentir la belleza. Homero no deja de ser el más grande poeta

porque pensase que el río Océano rodeaba á la tierra.

Los majos de Cádiz · 第 1 / 16 段