ya. Charmolue, siguiendo la dirección de su mirada, vió que se había
fijado maquinalmente en la grande telaraña que entapizaba la lumbrera.
En este momento una mosca atolondrada, que buscaba el sol de marzo,
fué á pasar por en medio de aquella red y quedó presa en ella. Al
sacudimiento de su tela, la enorme araña hizo un movimiento repentino
fuera de su celda central, luego de un bote se echó sobre la mosca,
á la que plegó en dos con sus cuernecillos de delante, mientras que
su trompetilla horrible le removía la cabeza.--¡Pobre mosca!, dijo
el fiscal eclesiástico del rey, y levantó la mano para salvarla. El
arcediano, como despertado sobresaltadamente, le contuvo el brazo con
una violencia convulsiva.
--¡Maestre Jacobo, gritó, dejad obrar á la fatalidad!
El fiscal se volvió despavorido, le parecía que unas tenazas de hierro
le habían cogido el brazo. Los ojos del clérigo estaban fijos, hoscos,
centelleantes, y parecían clavados en el grupo horrible de la mosca y
de la araña.
--¡Oh sí, prosiguió el arcediano con una voz que parecía salir de sus
entrañas; he ahí un símbolo de todas las cosas. Vuela, está gozosa,
acaba de nacer; busca la primavera, el aire descubierto, la libertad:
¡oh! sí: ¡pero que choque el rosetón fatal, la araña sale, la araña
horrible! ¡Pobre bailadora! ¡pobre mosca predestinada! ¡maestre
Jacobo, dejad obrar! ¡es la fatalidad!...--¡Ay! ¡Claudio, tú eres la
araña! ¡Claudio, tú eres la mosca también!--Volabas á la ciencia, á
la luz, al sol, no pensabas sino en llegar al aire descubierto, á la
clara luz de la verdad eterna; pero al precipitarse hacia la lumbrera
resplandeciente que da al otro mundo, al mundo de la claridad, de la
inteligencia y de la ciencia, mosca ciega, doctor insensato, ¡no has
visto la sutil telaraña tendida por el destino entre la luz y tú; allí
te has lanzado contra ella con toda tu violencia, miserable loco; y
ahora forcejeas, quebrantada tu cabeza y arrancadas las alas, entre
los cuernecillos de hierro de la fatalidad!--¡maestre Jacobo! ¡maestre
Jacobo! ¡dejad obrar á la araña!
--Os aseguro, dijo Charmolue, que le miraba sin comprender una palabra,
que no la tocaré. Pero ¡dejadme el brazo, maestre, por favor! tenéis
una mano de tenaza.
El arcediano no le oía. ¡Oh! ¡insensato!, prosiguió sin quitar los
ojos de la lumbrera. Y cuando hubieras podido romper esa telaraña
formidable, ¿crees que con tus alas de mosquito, hubieras podido llegar
á la luz? ¡Ay! aquella vidriera que está más lejos, aquel obstáculo
transparente, aquella muralla de cristal más dura que el bronce que
separa todas las filosofías de la verdad, ¿cómo la hubieras podido
traspasar? ¡Oh vanidad de la ciencia! ¿cuántos sabios vienen de bien
lejos revoloteando á romperse en ella la frente? ¿Cuántos sistemas
confundidos se chocan zumbando en esta vida eterna?
Callóse estas últimas ideas, que le habían conducido poco á poco de sí
mismo á la ciencia, parecían haberle tranquilizado. Jacobo Charmolue
le hizo enteramente volver al sentimiento de la realidad, dirigiéndole
esta pregunta:--Vamos, maestre mío, ¿cuándo vendréis á ayudarme para
hacer oro?, se me hace tarde el lograrlo.
El arcediano meneó la cabeza con una amarga sonrisa.--maestre Jacobo,
leed á Miguel Psellus. _Dialogus de energia et operatione dæmonum._
Nuestras operaciones no son enteramente inocentes.
--¡Más bajo, maestre! Yo lo sospecho también, dijo Charmolue. Pero es
menester un poco de hermético cuando no es uno sino fiscal eclesiástico
del rey con treinta escudos torneses por año. Sólo que hablemos bajo.
En este momento un ruido de quijadas y de masticación que salía de
debajo del hornillo vino á herir el oído inquieto de Charmolue.
--¿Qué es eso?, preguntó.
Era el estudiante que, muy incomodado y muy cansado en su escondite,
había llegado á descubrir en él una corteza seca de pan y un triángulo
de queso enmohecido, y se había puesto á comerlo todo sin ceremonia en
guisa de consuelo y de almuerzo. Como tenía mucha hambre, hacía mucho
ruido, y acentuaba fuertemente cada bocado, lo cual había dado la
alerta y la alarma al fiscal.
--Es un gato mío, dijo vivamente el arcediano, que estará comiéndose
algún ratón.
Esta explicación satisfizo á Charmolue.
--En efecto, maestre, respondió con una sonrisa respetuosa, todos los
grandes filósofos han tenido un animal familiar. Ya sabéis lo que dice
Servio: _Nullus enim locus sine genio est_.
Sin embargo, D. Claudio, que temía algún nuevo estrépito de Juan,
recordó á su digno discípulo que tenían que estudiar juntos algunas
figuras de la portada, y ambos salieron de la celda, con gran desahogo
del estudiante, que empezaba á temer seriamente que la barba se le
clavase en la rodilla.
VI
Efecto que pueden producir siete juramentos al aire libre
--_¡Te Deum laudamus!_, exclamó maestre Juan saliendo de su agujero; ya
se marcharon los dos búhos. ¡Och! ¡och! ¡Hax! ¡pax! ¡max! ¡las pulgas!
¡los perros rabiosos! ¡el diablo! ¡basta de su conversación!, la cabeza
me zumba como un campanario. ¡Queso mohoso por remate de cuenta! ¡sus!
¡bajemos, cojamos la escarcela del gran hermano, y convirtamos todas
estas monedas en botellas!
Echó una ojeada de ternura y admiración en el interior de la preciosa
escarcela, arregló su olandilla, limpió sus botines, sacudió el polvo
de sus pobres mangas todas cenicientas, silbó una tonadilla, hizo una
pirueta, examinó si quedaba algo que coger en la celda, rebuscó acá y
acullá sobre el hornillo algún amuleto de abalorios, á propósito para
darle en forma de joya á Isabeau la Thierrie; en fin, tiró de la puerta
que su hermano había dejado abierta, por una última indulgencia, y que
él dejó abierta á su turno por una última malicia, y bajó la escalera
circular saltando como un pájaro.
En medio de las tinieblas del caracol tropezó con los codos en una cosa
que se apartó gruñendo; presumió que era Cuasimodo: parecióle esto tan
gracioso que bajó lo restante de la escalera apretándose los ijares de
risa: al desembocar en la plaza todavía reía. Golpeó con el pie cuando
se halló otra vez en tierra.--¡Oh!, dijo, ¡bueno y honrado empedrado
de París! ¡maldecida escalera, capaz de desalentar á los ángeles de la
escala de Jacobo! ¿En qué estaba yo pensando cuando fuí á encajarme en
esa barrena de piedra que horada el cielo? ¡y todo, para comer queso
con barbas, y ver los campanarios de París por una lumbrera!
Dió algunos pasos, y descubrió á los dos búhos, es decir, á D. Claudio
y á maestre Jacobo Charmolue, en contemplación delante de una escultura
de la portada. Se acercó á ellos de puntillas, y oyó al arcediano que
decía en voz baja á Charmolue:--Guillermo de París fué quien hizo
grabar un Job en esta piedra de lapizlázuli, dorada por los bordes. Job
figura la piedra filosofal, que debe ser probada y martirizada también
para ser perfecta, como dice Raimundo Lulio: _Sub conservatione formæ
specificæ salva anima_.
--Poco me importa, dijo Juan, yo soy quien tiene la bolsa.
En este momento oyó una voz fuerte y sonora articular detrás de sí una
serie formidable de juramentos.--¡Por vida de Dios! ¡voto á Dios! ¡voto
á Crispas! ¡cuerpo de Dios! ¡ombligo de Belcebú! ¡nombre de un papa!
¡cuerno y trueno!
--¡Por vida mía, exclamó Juan; ése no puede ser sino mi amigo el
capitán Febo!
Este nombre de Febo llegó al oído del arcediano en el momento en que
explicaba al fiscal el dragón que esconde su cola en un baño de donde
sale humo y una cabeza de rey. D. Claudio se estremeció, interrumpióse,
con gran asombro de Charmolue, se volvió, y vió á su hermano Juan que
se llegaba á un oficial alto en la puerta de la casa de Gondelaurier.
Era, en efecto, el señor capitán Febo de Chateaupers. Estaba arrimado
de espaldas á la esquina de la casa de su desposada, y juraba como un
pagano.
--¡Á fe mía! capitán Febo, dijo Juan cogiéndole la mano, juráis con un
numen admirable.
--¡Cuerno y trueno!, respondió el capitán.
--¡Cuerno y trueno vos mismo!, replicó el estudiante. Vamos, gentil
capitán, ¿de dónde os viene esa inundación de bellas palabras?
--Disimuladme, buen camarada Juan, exclamó Febo sacudiéndole la mano;
caballo escapado no se para de repente, y yo juraba á todo galope.
Vengo de casa de esas necias; y cuando salgo de ella, tengo siempre la
garganta llena de juramentos; es menester, pues, que los escupa, ó me
ahogaría, ¡vientre y trueno!
--¿Queréis venir á beber?, preguntó el estudiante.
Esta proposición aquietó al capitán.
--¡Corriente!, pero no tengo dinero.
--¡Yo tengo!
--¡Bah! ¿veamos?
Juan presentó la escarcela á los ojos del capitán, con majestad y
sencillez. Entretanto el arcediano, que se había dejado á Charmolue
absorto, había llegado hasta ellos, y se había detenido ó algunos pasos
de distancia, observando á ambos sin que cayesen en ello, tanto los
absorbía la contemplación de la escarcela.
Febo exclamó:--¡Una bolsa en vuestra faltriquera, Juan es la luna en
un cubo de agua!: se ve, pero no está en él. No hay más que su sombra.
¡Pardiez!, apostemos á que son guijarros.
Juan respondió fríamente:--He aquí los guijarros con que empiedro yo mi
bolsillo.
Y, sin añadir una palabra, desocupó la escarcela sobre un marmolillo
inmediato, con el aire de un romano salvando la patria.
--¡Verdadero Dios!, refunfuñó Febo, tarjas, blancas grandes,
blanquitas, meajas de media tornesa, dineros parisis, verdaderos liares
del águila! ¡Esto encanta!
Juan permanecía en ademán digno é impasible. Algunos liares habían
rodado en el lodo; el capitán, en medio de su entusiasmo, se bajó para
recogerles. Juan le detuvo.--Quitad allá, ¡capitán Febo de Chateaupers!
Febo contó el dinero, y volviéndose con solemnidad hacia
Juan:--¡Sabéis, Juan, que hay veintitrés sueldos parisis! ¿á quién
habéis desvalijado esta noche en la calle de Cortagargüero?
Juan echó hacia atrás su rubia y erizada cabeza, y dijo medio cerrando
los ojos con desdén:--Hay un hermano arcediano é imbécil.
--¡Cuerno de Dios!, exclamó Febo, ¡digno hombre!
--Vamos á beber, dijo Juan:
--¿Á dónde?, preguntó Febo; _¿Á la Manzana de Eva?_
--No, capitán, vamos _á la Vieja Ciencia_.
--¡Quitad allá, Juan! el vino es mejor _en la Manzana de Eva_, y luego,
al lado de la puerta hay una parra al sol que me alegra cuando bebo.
--¡Pues bien! va de Eva y su manzana, dijo el estudiante; y tomando
el brazo de Febo:--Á propósito, mi caro capitán, habéis dicho hace un
momento la calle de Cortagargüero. Eso es hablar muy mal; ya no somos
tan bárbaros: se dice la calle de Cortacuello.
Los dos amigos se pusieron en camino hacia _la Manzana de Eva_. Es
inútil decir que antes habían recogido el dinero, y que el arcediano
los seguía.
El arcediano los seguía, adusto y huraño. ¿Era aquél el Febo cuyo
nombre maldito se mezclaba, desde su entrevista con Gringorio, en
todos sus pensamientos? No lo sabía él; pero en fin, era un Febo, y
este nombre mágico bastaba para que el arcediano siguiese con pasos
de lobo á los dos indiferentes compañeros, escuchando sus palabras y
observando sus menores gestos con un ansia atenta. En cuanto á ellos,
nada más fácil que oir todo lo que decían, según lo alto que hablaban,
cuidándose muy poco de que los transeuntes entrasen á la parte en sus
confidencias. Hablaban de desafíos, de muchachas, del jarro, de locuras.
Á la vuelta de una calle, sintieron el ruido de un pandero que venía
de una encrucijada vecina. D. Claudio oyó al oficial que decía al
estudiante:
--¡Voto va!, doblemos el paso.
--¿Por qué, Febo?
--Temo que la gitana me vea.
--¿Qué gitana?
--La chicuela que tiene una cabra.
--¿La Esmeralda?
--Justamente, Juan. Siempre se me olvida su diablo de nombre.
Despachemos, porque me conocería, y no quiero que me hable en la calle.
--Pues ¿qué la conocéis, Febo?
Aquí el arcediano vió á Febo sonreirse con mofa, llegarse al oído de
Juan, decirle algunas palabras en voz baja, y reir después á carcajadas
meneando la cabeza, con aire de triunfo.
--¿De veras?, preguntó Juan.
--¡Por mi vida!, dijo Febo.
--¿Esta noche?
--Esta noche.
--¿Estáis seguro de que ella vendrá?
--¿Y vos estáis loco, Juan? ¿es que se duda de esas cosas?
--Capitán Febo, ¡sois un afortunado gendarme!
El arcediano oyó toda esta conversación. Comenzó á dentellar; un
escalofrío visible corrió por todo su cuerpo; paróse un momento,
apoyóse en una esquina como un hombre embriagado; pero al instante
volvió á seguir la pista de los dos gozosos tunos.
Cuando los alcanzó, habían mudado de conversación, y les oyó cantar á
gritos el viejo estribillo:
Los hijos de los gitanos
Se hacen colgar cual marranos.
VII
El fantasma
La ilustre taberna de _la Manzana de Eva_ estaba situada en la
universidad, á la esquina de la calle de la Rodela y de la del
Bastonero. Era una sala al piso de la calle, bastante grande y muy
baja, con una bóveda cuya caída central se apoyaba sobre un grueso
pilar de madera pintado de amarillo, mesas por todas partes, lucientes
colodras de estaño enganchadas á la pared, numerosos bebedores á todas
horas, muchachas en abundancia, una vidriera hacia la calle, una parra
á la puerta, y encima de la puerta una chilladora plancha de hierro,
con una manzana y una mujer pintadas en ella, mohosa á causa de la
lluvia, y volviéndose según el viento sobre un asador de hierro. Esta
especie de veleta que miraba al suelo era la muestra.
Acercábase la noche; la encrucijada estaba oscura; la taberna llena
de velas de sebo despedía á lo lejos un resplandor semejante al
de una herrería en la sombra: oíase el ruido de los vasos, de las
francachelas, de los juramentos, de las disputas, que se escapaban
por los vidrios rotos. Á través de la niebla que el calor de la
sala difundía sobre la vidriera, se veían hormiguear cien figuras
confusas, y de cuando en cuando salía de ellas una carcajada sonora.
Los transeuntes que iban á sus negocios pasaban cerca de la vidriera
tumultuosa sin mirar. Sólo algún muchacho andrajoso solía llegarse
alzándose sobre las puntas de los pies hasta alcanzar al antepecho de
la ventana, y lanzar en la taberna la vieja y burlona rechifla con que
se perseguía entonces á los borrachos: ¡beodos! ¡beodos! ¡beodos!
Entre tanto paseábase un hombre imperturbablemente delante de la
ruidosa taberna, mirándola sin cesar, y no desviándose más que un
centinela de su garita. Estaba envuelto en una capa hasta las narices.
Esta capa la acababa de comprar al prendero que vivía al lado de _la
Manzana de Eva_, sin duda para preservarse del frío de las noches de
marzo, quizá más bien para ocultar su traje. De vez en cuando se paraba
delante de la vidriera sombreada con botones de plomo, prestaba el
oído, miraba, y pateaba.
En fin abrióse la puerta de la taberna. Esto es lo que él parecía
aguardar. Dos bebedores salieron. El rayo de luz que se escapaba de la
puerta alumbró un momento sus joviales caras. El embozado fué á ponerse
en observación bajo un porche del otro lado de la calle.
--¡Cuerno y trueno!, dijo uno de los dos bebedores. Van á dar las
siete, y es la hora de mi cita.
--Ya os he dicho, respondió su compañero con la lengua pesada, que no
vivo en la calle de las Malas Palabras, _indignus qui intermala verba
habitat_. Vivo calle de Juan Mollete, _in vico Johannis Mollete_.--Sois
más cornudo que un unicornio, si decís lo contrario.--Todos saben que
quien monta una vez sobre un oso jamás tiene miedo; pero tenéis la
nariz puesta en la golosina, como Santiago del Hospital.
--Juan, amigo mío, estáis borracho, decía el compañero.
El otro respondió bamboleándose:--Eso es porque queréis decirlo, Febo,
pero está probado que Platón tenía el perfil de un perro de caza.
El lector ha conocido ya sin duda á nuestros dos honrados amigos, el
capitán y el estudiante. Parece que el hombre que los espiaba á la
sombra los había conocido también, pues seguía á paso lento todas
las eses que el estudiante obligaba á hacer al capitán, el cual,
como bebedor más aguerrido, había conservado toda su serenidad.
Escuchándolos con atención, el hombre de la capa pudo oir enteramente
la interesante conversación que sigue.
--¡Voto á bríos! procurad andar derecho, señor bachiller; ya sabéis que
es menester que os deje. Son las siete y tengo cita con una mujer.
--¡Dejadme en paz! Yo veo estrellas y lanzas de fuego. Sois como el
castillo de Dampmartin que se muere de risa.
--Por las verrugas de mi abuela. Juan, eso es desatinar
furiosamente.--Á propósito Juan, ¿No os queda ya dinero ninguno?
--Señor rector, no tengo culpa, la carnicería pequeña, _parva
boucheria_.
--¡Juan, mi amigo Juan!, ya sabéis que he dado cita á aquella muchacha
al cabo del puente de San Miguel; que no puedo llevarla sino á casa
de la Falourdel, la cortesana del puente, y que será preciso pagar la
alcoba. La vieja bribona de bigotes canos no me dará nada fiado. ¡Juan!
¡por favor! ¡qué! ¿nos hemos bebido toda la escarcela del cura? ¿no
tenéis ya ni un parisis?
--La conciencia de haber invertido bien las demás horas es un justo y
sabroso condimento de la comida.
--¡Vientre y tripas! ¡fuera pamplinas! Decidme, ¡Juan del diablo! ¿os
queda algún dinero? Dadme, ¡cuerpo de Cristo! ¡ó voy á registraros,
aunque fuéseis tan leproso como Job ó tan sarnoso como César!
--Señor, la calle de Galiache es una calle que tiene un cabo en la de
la Vidriería y el otro en la de los Tejedores.
--Bien, ¡sí! mi buen amigo Juan, mi pobre compañero, la calle de
Galiache, está bien, muy bien. Pero, en nombre del cielo, volved en
vos. Yo no necesito más que un sueldo parisis, y ha de ser para las
siete.
--Silencio en el corro, y atención al estribillo:
Mandará en Arras el rey,
Cuando coman pez las ratas;
Y cuando la mar profunda
Por San Juan se viere helada,
Saldrán por cima del hielo
Los que defienden la plaza.
--Pues bien estudiante del Antecristo, ¡despedazado te veas tú y las
tripas de tu madre!, exclamó Febo, y empujó con fuerza al estudiante
borracho, el cual se deslizó contra la pared y cayó blandamente sobre
el empedrado de Felipe Augusto. Por un resto de esa piedad fraternal
que nunca abandona al corazón de un bebedor, Febo llevó rodando á Juan
con el pie hasta ponerle sobre una de aquellas almohadas del pobre que
la providencia tiene dispuestas en todos los rincones de París, y que
los ricos deshonran con menosprecio, dándole el nombre de _basureros_.
El capitán colocó la cabeza de Juan sobre un plano inclinado de
tronchos de coles y en el instante mismo el estudiante se puso á roncar
con un bajo magnífico. Sin embargo, no se hallaba extinguida toda la
rabia en el corazón del capitán.--¡Si la carreta del diablo te recoge
al pasar, tanto peor para ti, dijo al pobre dormido, y se alejó.
El hombre de la capa, que no había cesado de seguirle, se paró un
momento delante del estudiante tendido, como si una indecisión le
agitara; en seguida lanzando un profundo suspiro, se alejó también para
ir en pos del capitán.
Dejaremos, como ellos, á Juan durmiendo bajo la mirada benévola de la
luna, y los seguiremos igualmente, si place al lector.
Al desembocar en la calle de San Andrés de los Arcos, el capitán Febo
advirtió que alguno le seguía; y volviendo por casualidad los ojos, vió
una especie de sombra que andaba tras él pegada á la pared. Paróse él,
y se paró la sombra; volvió él á andar, la sombra hizo lo mismo. Esto
apenas le inquietó.--¡Ah!, se dijo entre sí, no tengo un sueldo.
Al llegar á la fachada del colegio de Autun hizo alto. En este colegio
era donde él había bosquejado lo que llamaba sus estudios, y por una
costumbre de estudiante tacaño, que le había quedado, jamás pasaba
delante de la puerta, sin hacer sufrir á la estatua del cardenal Pedro
Beltrand, esculpida á la derecha de la portada, la especie de afrenta
de que se queja tan amargamente Priapo en la sátira de Horacio. _Olim
truncus eram ficulnus._ Habíalo hecho siempre con tanto empeño que la
inscripción _Eduensis episcopus_ estaba casi borrada. Paróse, pues, en
frente de la estatua como de costumbre. La calle estaba enteramente
desierta. En el momento que se componía holgadamente el vestido, muy
descuidado vió á la sombra que se le acercaba á paso lento, tan lento,
que tuvo el tiempo necesario para observar que la tal sombra tenía una
capa y un sombrero. Llegada cerca de él, se paró y quedó más inmóvil
que la estatua del cardenal Beltrand. Sin embargo clavaba sobre Febo
dos ojos fijos, llenos de aquella luz vaga que sale por la noche de la
niña de un gato.
El capitán era valiente y le hubiera inquietado muy poco un ladrón
con estoque en mano. Pero aquella estatua que andaba, aquel hombre
petrificado, le dejaron yerto. Corrían entonces entre el vulgo no
sé qué cuentos del fantasma que rodaba por la noche las calles de
París, que le vinieron confusamente á la memoria. Quedó algunos
minutos atónito, y rompió al fin el silencio, esforzándose por
reir.--Caballero, si sois un ladrón, según creo, vais á veros como
una garza real que coge una cáscara de nuez. Soy un hijo de familia
arruinado, querido mío; dirigíos pues aquí al lado. En la capilla de
este colegio hay madera de la verdadera cruz que está engastada en
plata.
La mano de la sombra salió de debajo de la capa, y cayó sobre el brazo
de Febo, con la violencia de una garra de águila. Al mismo tiempo la
sombra habló:--¡Capitán Febo de Chateaupers!
--¡Cómo, diablos!, dijo Febo, ¡sabéis mi nombre!
--No sé sólo vuestro nombre, respondió el embozado con una voz
sepulcral. Vos tenéis una cita esta noche.
--Sí, respondió Febo atónito.
--Á las siete.
--Dentro de un cuarto de hora.
--En casa de la Falourdel.
--Justamente.
--La cortesana del puente de San Miguel.
--De San Miguel Arcángel, como dice la oración.
--¡Impío!, refunfuñó el espectro.--¿Con una mujer?
--_Confiteor._
--Que se llama...
--La Esmeralda, dijo alegremente Febo, que había recobrado por grados
toda su indiferencia.
Á este nombre la garra de la sombra sacudió con furor el brazo de
Febo.--Capitán Febo de Chateaupers, ¡mientes!
Cualquiera que hubiese podido ver en este momento la cara inflamada del
capitán, el bote que dió hacia atrás, tan violento que se escapó de la
tenaza que le tenía asido, el soberbio ademán con que echó mano á la
guarnición de su espada, y al par de esta cólera la sombría inmovilidad
del embozado, quien hubiese visto esto, digo, habría quedado aterrado.
Había en ello algo del combate de D. Juan y de la estatua.
--¡Cristo y Satanás!, gritó el capitán. ¡He ahí una palabra, que rara
vez llega al oído de un Chateaupers! ¿te atreverías á repetirla?
--¡Mientes!, dijo fríamente la sombra.
El capitán dentelló. Duende, fantasma, supersticiones, todo lo había
olvidado en este momento. No veía más que un hombre y un insulto.--¡Ah!
¡ahora va bien!, dijo con voz balbuciente y ahogada de rabia. Sacó la
espada, y enseguida tartamudeando, porque la cólera hace temblar como
el miedo, gritó:--¡Venid acá! ¡al instante! ¡sus! ¡las espadas! ¡las
espadas! ¡sangre sobre estas piedras!
Sin embargo, el otro no se movía. Cuando vió á su adversario en
guardia, y dispuesto á plantarse:--Capitán Febo, dijo, y su acento
vibraba con amargura, olvidáis vuestra cita.
Los arrebatos de los hombres como Febo son semejantes á la sopa en
leche, cuyo hervor se apaga con una gota de agua fría. Esta sola
palabra hizo bajar la espada que relumbraba en la mano del capitán.
--Capitán, prosiguió el hombre, mañana, pasado mañana, dentro de un
mes, de diez años, me hallaréis dispuesto á daros una estocada, pero
acudid primero á vuestra cita.
--En efecto, dijo Febo, como tratando de capitular consigo mismo, es
magnífico encontrarse en una cita, una espada y una muchacha; pero no
veo porqué he de perder una por otra, cuando puedo lograr las dos.
Volvió la espada á la vaina.
--Id á vuestra cita, continuó el desconocido.