Otras leyendas había escritas, según la costumbre de los herméticos,

en gran número sobre las paredes; unas delineadas con tinta, otras

grabadas con un punzón de metal. Todo ello se reducía á letras góticas,

letras hebraicas, letras griegas y letras romanas, confundidas;

sobresaliendo las inscripciones á la ventura, estas sobre aquellas,

las más recientes borrando las más antiguas, y todas enredándose unas

en otras, como las ramas en una maleza, ó las lanzas en una pelea.

Era aquello, en efecto, una mezcla bastante confusa de todas las

filosofías, de todas las ilusiones, de todas las sabidurías humanas.

Había acá y acullá algunas que resplandecían sobre las otras como

una bandera entre los hierros de lanza. Tal era, por lo común, una

breve divisa latina ó griega, tan bien formulada como solía la Edad

Media: _¿Unde?_ _¿Inde?_--_Homo homini monstrum_,--_Astra, castra,

nomen, numen_,--Μέγα Βιδλίον μέγα χαχόυ,--_Sapere aude_:--_Flat ubi

vult_,--etc.; algunas veces sólo se leía una palabra desnuda de todo

sentido aparente:--'Aναγχοφαία--lo que ocultaba quizá una alusión

amarga al gobierno del claustro; otras en fin, una sencilla máxima de

disciplina clerical dispuesta en hexámetro reglamentario: _Cælestem

dominum, terrestrem dicito domnum_. Había también _passim_ garabatos

hebraicos, de los cuales, Juan, muy poco versado en griego, no

comprendía nada, y todo estaba atravesado con profusión por estrellas,

figuras de hombres ó animales, y triángulos que se intersecaban, lo

cual no contribuía poco á hacer parecerse la pared chafarrinada de la

celda á una hoja de papel sobre la que un mono hubiese paseado una

pluma cargada de tinta.

El conjunto del aposento, por lo demás, presentaba un aspecto general

de descuido y de ruina; y el mal estado de los utensilios dejaba

adivinar que el dueño estaba ya hacía largo tiempo distraído de sus

trabajos por otras preocupaciones.

Este dueño, sin embargo, inclinado sobre un basto manuscrito adornado

de pinturas extravagantes, parecía atormentado por una idea que venía

sin cesar á mezclarse en sus meditaciones. Eso es á lo menos lo que

Juan juzgó, al oirle exclamar con las intermitencias pensativas de un

distraído que sueña de recio.

--¡Sí, Manú lo dice, y Zoroastro lo enseñaba! ¡el sol nace del fuego,

la luna del sol; el fuego es el alma del gran todo; sus átomos

elementales se esparcen y corren incesantemente sobre el universo

por vías infinitas! En los puntos donde estas vías se cruzan en el

cielo, producen la luz; en sus puntos de intersección en la tierra,

producen el oro.--La luz, el oro; ¡todo es lo mismo!--Del fuego al

estado concreto.--La diferencia de lo visible á lo palpable, de lo

fluido á lo sólido por la misma sustancia, del vapor de agua al hielo,

nada más.--Éstos no son sueños,--es la ley general de la naturaleza.

Pero ¿cómo hacer para arrancar á la ciencia el secreto de esta ley

general? ¡Qué! ¡esta luz que inunda mi mano, es oro! esos mismos átomos

dilatados según una ley particular, no se trata sino de condensarlos

según otra ley particular.--¿Cómo hacer?--Algunos han imaginado

enterrar un rayo del sol.--Averroes,--sí, Averroes fué,--Averroes

ha enterrado uno bajo el primer pilar de la izquierda del santuario

del Alcorán en la gran mezquita de Córdoba; pero no podrá abrirse el

sótano, para ver si la operación ha surtido efecto, sino dentro de ocho

mil años.

--¡Diablo!, dijo Juan entre sí, que esto es esperar largo tiempo un

escudo.

--...Otros han pensado, prosiguió el pensativo arcediano, que valía más

obrar sobre un rayo de Sirio. Pero es bien difícil obtener este rayo

puro por la presencia simultánea de las otras estrellas que vienen á

mezclarse con él. Flamel dice que es más sencillo obrar sobre el fuego

terrestre.--¡Flamel! ¡Qué nombre de predestinado!, _¡Fiamma!_--Sí,

el fuego. Aquí está todo.--El diamante está en el carbón, el oro en

el fuego.--Pero ¿cómo arrancarle?--Magistri afirma que hay ciertos

nombres de mujeres de un hechizo tan dulce y tan misterioso que basta

pronunciarlos durante la operación...--Leamos lo que sobre esto dice

Manú: «Donde las mujeres son tratadas con honor, las divinidades se

regocijan; donde son menospreciadas, es inútil rogar á Dios.--La

boca de una mujer siempre está pura, es un agua corriente, es un

rayo de sol.--El nombre de una mujer debe ser agradable, dulce,

imaginario; acabar por vocales largas, y semejarse á palabras de

bendiciones».--...Sí, el sabio tiene razón; en efecto, María, Sofía,

Esmeral... ¡Condenación! ¡siempre este pensamiento!

Y cerró el libro con violencia.

Pasóse la mano por la frente, como para arrojar de ella la idea que le

atormentaba; tomó después de sobre la mesa un clavo y un martillito

cuyo mango estaba curiosamente pintado con letras cabalísticas.

--¡Hace algún tiempo, dijo con un sonreir amargo, son vanos todos mis

experimentos! la idea fija me domina y me trastorna el cerebro como un

hierro ardiendo. Ni aun he podido hallar el secreto de Casiodoro, cuya

lámpara ardía sin mecha y sin aceite. ¡Cosa sencilla, sin embargo!

--¡Chispas!, dijo Juan para su capote.

--...¡Con que basta, prosiguió el clérigo, un miserable pensamiento

para volver á un hombre débil y loco! ¡Oh! ¡cuanto se reiría de mí

Claudia Pernelle, que no pudo desviar un momento á Nicolás Flamel

de la continuación de la grande obra! ¡Qué! ¡tengo en mi mano el

martillo mágico de Zechiele! á cada golpe que el formidable rabino,

desde el fondo de su celda, daba sobre este clavo con este martillo,

el enemigo suyo á quien había condenado, aunque estuviese á dos mil

leguas, se hundía un codo en la tierra que le devoraba. El mismo rey de

Francia, por haber llamado una tarde inconsideradamente á la puerta del

taumaturgo, se hundió en el suelo de París hasta las rodillas.--Esto

ha sucedido no hace tres siglos.--Y bien, yo tengo el martillo y el

clavo, y no son herramientas más formidables en mis manos que un mazo

de madera en las manos de un herrero.--Sin embargo no se trata sino de

hallar la palabra mágica que pronunciaba Zechiele, golpeando sobre su

clavo.

--¡Bagatela!, pensó Juan.

--Veamos, probemos, continuó con viveza el arcediano. Si acierto,

veré la chispa azul salir de la cabeza del clavo.--¡Emen-Hetan!

¡Emen-Hetan!... No es eso.--¡Sigeani! ¡Sigeani!--¡Abra este clavo el

sepulcro á cualquiera que se llame Febo...!--¡Maldición! ¡siempre,

todavía, eternamente la misma idea!

Y arrojó el martillo con furor. Enseguida se hundió de tal suerte

entre el sillón y la mesa, que desapareció tras el gran respaldo á la

vista de Juan, el cual durante algunos minutos no vió más que su puño

convulsivo encogido sobre un libro. De repente D. Claudio se levantó,

tomó un compás y gravó en silencio sobre la pared en letras mayúsculas

esta palabra griega:

A'NAΓKH

--Mi hermano está loco, dijo Juan entre sí; mucho más sencillo hubiera

sido escribir _Fatum_; todo el mundo no está obligado á saber el griego.

El arcediano volvió á sentarse en su sillón y apoyó la cabeza sobre

ambas manos, como hace un enfermo cuya frente está pesada y ardiente.

El estudiante observaba á su hermano con sorpresa. El que ponía su

corazón á descubierto, que no observaba ninguna ley del mundo sino

la sencilla ley de la naturaleza, que dejaba correr sus pasiones

por sus inclinaciones, y en quien el lago de las grandes emociones

estaba siempre seco (tan anchamente hacía en él todos los días nuevas

regueras) no sabía con qué furia fermenta y hierve el mar de las

pasiones humanas, cuando se le niega toda salida; cómo se amontona,

cómo hincha, cómo rebosa, cómo socava el corazón, cómo prorrumpe en

sollozos interiores y en sordas convulsiones, hasta que ha roto sus

diques, y salídose de madre. La capa austera y glacial de Claudio

Frollo, aquella fría superficie de virtud escarpada é inaccesible,

había engañado siempre á Juan. El gozoso estudiante no había pensado

nunca en la lava hirviente, furiosa y profunda que hay bajo la frente

nevada del Etna.

No sabemos si él convino de repente estas ideas; más, á pesar de sus

locuras, comprendió que había visto lo que no hubiera debido ver; que

acababa de sorprender el alma de su hermano primogénito en una de sus

más secretas actitudes, y que era menester que Claudio no lo supiese.

Viendo que el arcediano había vuelto á su primera inmovilidad, sacó

su cabeza con mucho silencio, é hizo algún ruido andando fuera de la

puerta, como cuando alguno se acerca y avisa su llegada.

--¡Entrad!, gritó el arcediano desde adentro, os aguardaba; por eso he

dejado llave puesta; entrad, maestre Jacobo.

El estudiante entró osadamente. El arcediano, á quien semejante

visita embarazaba mucho en un lugar como aquél, se estremeció en su

sillón.--¡Qué! ¿sois vos Juan?

--Siempre es una J, dijo el estudiante con su cara colorada,

desvergonzada y alegre.

La de D. Claudio había tomado de nuevo su expresión severa.--¿Qué venís

á hacer aquí?

--Hermano, respondió el estudiante esforzándose por poner un ademán

decente, lastimoso y modesto, y volteando su bonete en las manos con un

aire de inocencia; venía á pediros...

--¿Qué?

--Un poco de moral de que tengo gran necesidad, Juan no osó añadir en

voz alta: y un poco de dinero, de que tengo mayor necesidad aún. Este

último miembro de su frase quedó inédito.

--Caballero, dijo el arcediano con tono frío, me tenéis muy disgustado.

--¡Ah!, suspiró el estudiante.

D. Claudio hizo describir un cuarto de círculo á su sillón, y miró á

Juan atentamente.--Me alegro mucho de veros.

Éste era un exordio formidable. Juan se preparó á una cruel reprimenda.

--Juan, todos los días me traen quejas de vos. ¿Qué riña es ésa en la

que habéis apaleado á un vizcondesillo llamado Alberto de Ramonchamp?...

--¡Oh!, dijo Juan, ¡gran cosa! ¡un paje malvado que se divertía en

salpicar á los estudiantes, haciendo correr su caballo por el lodo!

--¿Y qué es eso, continuó el arcediano, de un tal Mahiet Fargel, cuya

ropa habéis desgarrado? _Tunicam dechiraverunt_, dice la queja.

--¡Ah! ¡toma! ¡un mal capotillo de Montaigu! ¿os parece?

--La queja dice _tunicam_ y no _cappettam_. ¿Sabéis el latín?

Juan no respondió.

--¡Sí!, prosiguió el clérigo meneando la cabeza. Ved aquí el estado á

que han venido á parar los estudios y las humanidades. La lengua latina

apenas se entiende, la siriaca no se conoce, la griega se odia de tal

suerte que no es ignorancia en los más sabios el saltar una palabra

griega sin leerla, y ya se dice: _Græcum est, non legitur_.

El estudiante levantó resueltamente los ojos.

--Señor hermano, ¿os place que os diga en buen francés esa palabra

griega que está escrita en la pared?

--¿Qué palabra?

--A'NAΓKH.

Un ligero encarnado asomó á las mejillas del arcediano, como la

bocanada de humo que anuncia por fuera las secretas conmociones de un

volcán. El estudiante lo notó apenas.

--¡Y bien! Juan, tartamudeó con esfuerzo el hermano primogénito; ¿qué

quiere decir esa palabra?

--FATALIDAD.

D. Claudio volvió á ponerse pálido, y el estudiante prosiguió con

indiferencia:--Y esa otra que está debajo, grabada por la misma mano,

'Αναγνεία significa _impureza_. Ya veis que se sabe el griego.

El arcediano permanecía callado: esta lección de griego le había

vuelto pensativo. Juanito, que tenía todas las sutilezas de un niño

consentido, juzgó el momento favorable para aventurar su solicitud.

Tomó pues, un acento extraordinariamente dulce, y empezó.

--Mi buen hermano, ¿es que me odiáis hasta el punto de recibirme con

semblante huraño por algunos malos bofetones y puñadas distribuidos

en buena guerra á no sé qué muchachos y muñecos, _quibusdam

marmosetis?_--Ya veis, buen hermano Claudio, que se sabe el latín.

Pero toda esta hipocresía cariñosa no produjo en el severo hermano su

efecto acostumbrado. Cerbero no hincó el diente en el panal de miel.

La frente del arcediano no se desarrugó de un sólo pliegue.--¿Á dónde

queréis ir á parar?, dijo con tono seco.

--¿Sí? ¡pues al caso! ¡Hele aquí!, respondió Juan con valentía:

necesito dinero.

Á esta declaración desvergonzada, la fisonomía del arcediano tomó

enteramente la expresión pedagógica y paternal.

--Ya sabéis, señor Juan, que nuestro feudo de Tirechappe no da,

poniendo por junto el censo y las rentas de las veinte y una casas,

sino treinta y nueve libras, once sueldos y seis dineros parisis. Esto

es una mitad más que en tiempo de los hermanos Paclet, pero no es mucho.

--Tengo necesidad de dinero, dijo estoicamente Juan.

--Ya sabéis que el oficial ha resuelto que nuestras veinte y una casas

pertenecían al feudo entero del obispado, y que no podríamos rescatar

este homenaje si no pagásemos al reverendo obispo dos marcos de plata

clorada del precio de seis libras parisis. Pues, esos dos marcos, no he

podido juntarlos aún. Ya lo sabéis.

--Sé que tengo necesidad de dinero, replicó Juan por la tercera vez.

--Y ¿qué queréis hacer con él?

Esta pregunta hizo brillar un rayo de esperanza á los ojos de Juan, el

cual tomó de nuevo su cara gatuna y melosa.

--Mirad, caro hermano Claudio, yo no me dirigiría á vos si tuviese un

mal proyecto. No se trata de lucirlo en las tabernas con los compinches

ni de pasearme en las calles de París en galápago de brocado de oro con

mi lacayo, _cum meo laquasio_. No, hermano, es para una buena obra.

--¿Qué buena obra?, preguntó Claudio un poco sorprendido.

--Hay dos amigos míos que quisieran comprar una envoltura al hijo de

una pobre viuda haudrieta. Es una obra de caridad. Todo ello costará

tres florines, y yo quisiera poner el mío.

--¿Cómo se llaman vuestros dos amigos?

--Pedro el Aporreador y Bautista Zampaganso.

--¡Hum!, dijo el arcediano; he ahí unos nombres que tan bien sientan á

una buena obra como una bombarda al altar mayor.

Es cierto que Juan había elegido muy mal sus dos nombres de amigos; lo

cual conoció demasiado tarde.

--Además, prosiguió el sagaz Claudio; ¿qué es eso de una envoltura que

debe costar tres florines, y para el hijo de una haudrieta? ¿Desde

cuándo tienen las viudas haudrietas niños en pañales?

Juan se quitó la máscara segunda vez.--Pues bien, sí, tengo necesidad

de dinero para ir á ver esta tarde á Isabeau la Thierrie al Val de Amor.

--¡Miserable impuro!, exclamó el clérigo.

--'Aναγνεία, dijo Juan.

Esta cita que el estudiante tomaba, quizá con malicia, de la pared

de la celda, produjo en D. Claudio un efecto singular, se mordió los

labios, y su cólera se extinguió en su rubor.

--Idos, dijo entonces á Juan. Estoy aguardando á una persona.

El estudiante todavía probó á hacer un esfuerzo.

--Hermano Claudio, dadme á lo menos un parisito para comer.

--¿En qué estáis de las decretales de Graciano?, preguntó D. Claudio.

--He perdido mis cartapacios.

--¿Por dónde vais de humanidades latinas?

--Me han robado mi ejemplar de Horacio.

--¿Á qué tratado habéis llegado de Aristóteles?

--¡Buenos estamos, hermano! ¿quién es, pues, aquel padre de la iglesia

que dice que los errores de los herejes han tenido en todos tiempos

por guarida las malezas de la metafísica de Aristóteles? ¡Maldito sea

Aristóteles!, no quiero rasgar mi religión en su metafísica.

--Joven, replicó el arcediano, en la última entrada del rey había un

hidalgo llamado Felipe de Comines, que llevaba bordada en la mantilla

del caballo su divisa, que os aconsejo meditéis: _Qui non laborat non

manducet_[11].

El estudiante quedó un momento silencioso; el dedo en la oreja, los

ojos clavados en tierra, y la cara enojada. De repente volvióse hacia

Claudio con la viva presteza de un aguza-nieve.

--¿Conque me rehusáis, buen hermano, un sueldo parisis para comprar una

corteza en casa de un panadero?

--_Qui non laborat non manducet._

Á esta respuesta del inflexible arcediano, Juan se escondió la cabeza

entre sus manos, como una mujer que solloza y exclamó con una expresión

de desesperación:--¡Oh τστστστστσῖ!

--¿Qué quiere decir eso, caballero?, preguntó Claudio sorprendido de

este despropósito.

--¡Y bien qué!, dijo el estudiante, y miraba á Claudio con ojos

desvergonzados, los cuales acababa de apretar con sus puños para darles

el encarnado de las lágrimas: ¡esto es griego!, es un anapesto de

Esquines que expresa perfectamente el dolor.

Y aquí dió una carcajada tan burlona y tan violenta que hizo sonreir al

arcediano. La culpa de esto la tenía en efecto Claudio: ¿por qué había

consentido tanto á aquel muchacho?

--¡Oh! buen hermano Claudio, continuó Juan alentado con la sonrisa de

aquél, mirad mis borceguíes rotos. ¿Hay coturno más trágico en el mundo

que unos botines cuya suela saca la lengua?

El arcediano había vuelto pronto á su severidad primera.--Os enviaré

botines nuevos, pero nada de dinero.

--Nada más que un pobre parisito, hermano, prosiguió el suplicante

Juan. Aprenderé de memoria á Graciano, creeré bien en Dios, seré un

verdadero Pitágoras en ciencia y virtud. ¡Pero un parisito, por favor!

¿Queréis que el hambre me muerda con su boca que veo abierta delante

de mí, más negra, más fétida, más profunda que un Tártaro ó que las

narices de un fraile?

Don Claudio meneó su arrugada cabeza.--_Qui non laborat_...

Juan no le dejó acabar.

--¡Pues bien!, gritó, ¡al diablo! ¡viva la gresca! Me iré de taberna en

taberna, me batiré, romperé las ollas, iré á ver las muchachas!

Y enseguida tiró el bonete contra la pared y castañeteó con los dedos.

El arcediano le miró con aire adusto.

--¡Juan, no tenéis alma!

--En ese caso, según Epicuro, carezco de no sé qué hecho de una cosa

que no tiene nombre.

--Juan, es menester tratar seriamente de reformaros.

--¡Hola!, gritó el estudiante mirando sucesivamente á su hermano y los

alambiques de! hornillo, con que aquí todo está torcido, las ideas y

las botellas!

--Juan, os halláis en una pendiente muy resbaladiza. ¿Sabéis á dónde

vais?

--Á la taberna, dijo Juan.

--La taberna conduce á la picota.

--Ésa es una linterna como otra cualquiera; y quizá con ella hubiera

Diógenes hallado al hombre que buscaba.

--La picota conduce á la horca.

--La horca es una balanza que tiene un hombre á un extremo y al otro

toda la tierra. Ser el hombre es hermoso.

--La horca conduce al infierno.

--Ése es un fuego pesado.

--Juan, Juan, el fin será malo.

--El principio habrá sido bueno.

En este momento sonaron pasos en la escalera.

--¡Silencio!, dijo el arcediano poniéndose un dedo en la boca, he aquí

al maestre Jacobo. Escuchad, Juan, añadió en voz baja: guardaos de

hablar jamás de lo que viereis ú oyereis. Escondeos pronto debajo de

este hornillo, y no respiréis.

El estudiante se agazapó debajo del hornillo; aquí le ocurrió una idea

fecunda.

--Á propósito, hermano Claudio, un florín para que no respire.

--¡Silencio!, os lo prometo.

--Es menester dármele.

--¡Toma pues!, dijo el arcediano arrojándole con ira su escarcela. Juan

se escondió en el hornillo, y abrióse la puerta.

NOTAS:

[11] Quien no trabaja no comerá.

V

Los dos hombres vestidos de negro

El personaje que entró tenía un ropaje negro y la cara sombría. Lo

que sobrecogió á primera vista á nuestro amigo Juan (el cual, como se

deja inferir, se había colocado en su rincón de manera que pudiese

ver y oirlo todo á su sabor), fué la completa tristeza del vestido

y de la cara del recién llegado. Había sin embargo cierta dulzura

esparcida sobre aquella cara, pero dulzura de gato ó de juez, una

dulzura empalagosa. Estaba muy cano, arrugado, frisaba en los sesenta

años, guiñaba los ojos, tenía blancas las cejas, el labio caído y manos

gruesas. Cuando Juan vió que no era más que esto, es decir, un médico

sin duda ó un magistrado, y que el tal hombre tenía la nariz muy lejos

de la boca, señal de tontería, se arrinconó en su agujero, desesperado

de tener que pasar un tiempo indefinido en tan molesta postura y en tan

mala compañía.

El arcediano, sin embargo, ni aun se había levantado á la llegada del

personaje. Le había hecho seña de sentarse en un escabelo inmediato á

la puerta, y después de algunos momentos de un silencio que parecía

continuar una meditación anterior, le había dicho con cierto aire de

protección: Buenos días, maestre Jacobo.

--Salve, maestre, había respondido el hombre negro.

En las dos maneras con que fué pronunciado por una parte aquel _maestre

Jacobo_, y por la otra aquel _maestre_ por excelencia, había la

diferencia de monseñor á señor, del _domine_ al _domme_. Era sin duda

la entrevista del doctor y del discípulo.

--¡Y bien!, preguntó el arcediano después de otro momento de silencio

que maestre Jacobo se guardó de interrumpir, ¿lográis algo?

--¡Ah! maestre mío, dijo el otro con una triste sonrisa; no cesó de

soplar. Ceniza cuanta quiero. Pero ni una chispa de oro.

Don Claudio hizo un gesto de impaciencia.

--No os hablo de eso, maestre Jacobo Charraulue, sino del proceso de

nuestro mágico. ¿No se llama Marco Cenaine? ¿El dispensero del Tribunal

de Cuentas? ¿Confiesa su magia? ¿Habéis logrado algo con el tormento?

--¡Ay! no, respondió maestre Jacobo, siempre con su sonrisa triste; no

tenemos ese consuelo. El hombre es un pedernal, le haremos hervir en

el Mercado de los Puercos, antes que diga una palabra. Sin embargo,

nada perdonamos por descubrir la verdad; ya está todo dislocado, porque

hemos puesto en acción todos los resortes: nada surte efecto, ese

hombre es terrible. No sé ya qué hacer.

--¿No habéis hallado nada de nuevo en su casa?

--Sí, dijo maestre Jacobo metiendo la mano en su escarcela: este

pergamino. Hay en él palabras que no comprendemos. El señor abogado de

lo criminal, Felipe Lheulier, sabe sin embargo un poco de hebreo que

ha aprendido en el asunto de los judíos de la calle de Kanterstén en

Bruselas.

Mientras hablaba así, maestre Jacobo desarrollaba un pergamino.

--Dadmele, dijo el arcediano. Y echando los ojos sobre el

cartapacio:--¡Pura magia, exclamó, maestre Jacobo! _¡Emen-Hetan!_

éste es el grito de los vampiros cuando llegan al conventículo. _¡Per

ipsum, et cum ipso, et in ipso!_ ésta es la orden que encadena otra vez

al diablo en el infierno. _¡Hax, pax, max!_ esto es de medicina. Una

fórmula contra la mordedura de los perros rabiosos, maestre Jacobo,

sois fiscal eclesiástico del rey: este pergamino es abominable.

--Pondremos otra vez al hombre en el tormento. Aquí tenéis, añadió

maestre Jacobo registrando de nuevo su bolsa, lo que también hemos

hallado en casa de Marco Cenaine.

Éste era un vaso de la familia de los que cubrían el hornillo de D.

Claudio.--¡Ah!, dijo el arcediano, un crisol de alquimia.

--Os confesaré, replicó maestre Jacobo con su sonrisa tímida y tonta,

que le he probado en el hornillo, pero que no he salido mejor librado

que con el mío.

El arcediano se puso á examinar el vaso.--¿Qué palabra ha grabado en su

crisol? _¡Och! ¡och!_ ¡la palabra que ahuyenta las pulgas! ¡Ese Marco

Cenaine es un ignorante! ¡Ya lo creo, que con esto no haréis oro! esto

es bueno para ponerlo en vuestra alcoba durante el estío, y nada más.

--Ya que hablamos de errores, dijo el fiscal, acabo de estudiar la

portada de abajo antes de subir; ¿vuestra reverencia está bien segura

de que la abertura de la obra de física está figurada del lado del

hospital, y que, de las siete figuras desnudas que están á los pies de

Nuestra Señora, la que tiene alas en los talones es Mercurio?

--Sí, respondió el clérigo; Agustín Nyfo es quien lo escribe, aquel

doctor italiano que tenía un demonio barbudo que le enseñaba todas las

cosas. Además, vamos á bajar, y os explicaré eso en el texto.

--Gracias, maestre, dijo Charmolue, inclinándose hasta el suelo.--¡Á

propósito, se me olvidaba! ¿Cuándo os place que haga prender á la

pequeña mágica?

--¿Qué mágica?

--¡Aquella gitana que sabéis, que viene todos los días á bailar en

el atrio, á pesar de la prohibición del oficial! Anda con una cabra

poseída que tiene unos cuernos del diablo, que lee, escribe, sabe la

matemática como Picatrix, y que bastaría para hacer ahorcar á toda la

Bohemia. ¡El proceso está preparado; y pronto estará hecho, vamos!

¡Hermosa criatura, sobre mi alma, la tal bailadora! ¡los más hermosos

ojos negros! ¡dos carbunclos de Egipto! ¿Cuándo empezamos?

El arcediano estaba excesivamente pálido.

--Ya os avisaré, tartamudeó con una voz apenas articulada; luego

prosiguió con esfuerzo: Ocupaos de Marco Cenaine.

--Descuidad, dijo sonriendo Charmolue: voy, en entrando, á hacerle atar

otra vez sobre la cama de cuero; pero es un diablo de hombre: cansa al

mismo Pierrat Calletuerta, que tiene las manos más gruesas que yo. ¡El

tormento en la cabria! es lo mejor que tenemos. Por él pasará.

Don Claudio parecía absorto en una sombría distracción. Volvióse hacia

Charmolue.

--¡Maestre Pierrat... maestre Jacobo, quiero decir, ocupaos de Marco

Cenaine!

--Sí, sí, D. Claudio. ¡Pobrecito! ¡habrá sufrido como Mummol! ¡Qué idea

también de ir al conventículo! ¡un dispensero del Tribunal de Cuentas!

que debería conocer el texto de Carlo Magno, _¡Stryga vel masca!_--En

cuanto á la pequeña,--Esmeralda, como la llaman ellos,--aguardaré

vuestras órdenes.--¡Ah!, al pasar debajo de la portada, me explicaréis

también lo que quiere decir el hortelano de pintura basta que se ve á

la entrada de la iglesia. ¿No es el sembrador?--¡He! maestre, ¿en qué

pensáis, pues?

Nuestra Señora de París - Tomo 1 (de 2) · 第 18 / 20 段