vuestra cortesía. Al caso, siempre tendremos tiempo mañana para
cortarnos á tajos y estocadas el jubón del padre Adán. Os agradezco
que me permitáis pasar todavía un cuarto de hora agradable. Esperaba
confiadamente tenderos en el arroyo, y llegar aún á tiempo para la
chica, tanto mejor cuanto que es buen tono el hacer aguardar un poco
á las mujeres en semejante caso. Pero tenéis trazas de valiente, y es
más seguro dejar la partida para mañana. Voy, pues, á mi cita, que es á
las siete, ya lo sabéis.--Aquí Febo se rascó la oreja.--¡Ah! ¡cuerno de
Dios! ¡se me olvidaba!, no tengo un sueldo para pagar el desván, y la
vieja marrullera querrá cobrar adelantado; porque no se fía de mí.
--Aquí tenéis con qué pagar.
Febo sintió la mano fría del desconocido poner en la suya una ancha
pieza de moneda. No pudo menos que tomar el dinero y de apretar la mano.
--¡Voto á Dios!, exclamó: ¡que sois un mozo completo!
--Una condición, dijo el hombre. Probadme que no he tenido razón y que
decíais la verdad. Escondedme en cualquier rincón desde donde pueda ver
si la mujer es verdaderamente ésa cuyo nombre habéis dicho.
--¡Oh!, respondió Febo, poco me importa. Tomaremos la alcoba de Santa
Marta; y podréis ver á vuestro gusto desde el zaquizamí que está al
lado.
--Venid, pues, replicó la sombra.
--Á vuestro servicio, dijo el capitán. No sé si sois Don Diablo en
persona; pero seamos buenos amigos por esta noche, mañana os pagaré
todas mis deudas con la bolsa y la espada.
Pusiéronse á andar rápidamente. Pasados algunos minutos, el ruido del
río les anunció que estaban sobre el puente de San Miguel, cubierto en
aquella época de casas.--Voy primero á introduciros, dijo Febo á su
compañero, después iré á buscar la hermosa que debe aguardarme cerca
del Pequeño Châtelet. El compañero no respondió; desde que habían
empezado á andar juntos no había dicho una palabra. Febo se paró
delante de una puerta baja, y llamó con fuerza; una luz apareció en las
rendijas.
--¿Quién está ahí?, gritó una voz desalentada.
--¡Cuerpo de Dios! ¡Cabeza de Dios! ¡Vientre de Dios!, respondió el
capitán. La puerta se abrió al instante, y dejó ver á los recién
llegados una mujer y una candileja, las dos viejas y las dos temblando.
La mujer estaba plegada en dos, vestida de guiñapos, meneando la cabeza
que tenía cubierta de una rodilla, con ojos pequeños, toda arrugada,
manos, cara, y cuello: su boca hundida y todo alrededor de ella unos
manojos de canas que le daban el aspecto bigotudo de un gato. Lo
interior del chiribitil no estaba menos destrozado; paredes de greda,
cuartones negros en el techo, una chimenea desmantelada, telarañas
en todos los rincones; en medio una manada bamboleante de mesas y
escabelos cojos, un chicuelo asqueroso en la ceniza, y en el fondo una
escalera ó más bien una escala de madera que remataba en una trampa
en el lecho. Al penetrar en aquella guarida, el misterioso compañero
de Febo se levantó la capa hasta los ojos. Entretanto el capitán,
jurando como un sarraceno, se apresuró á _hacer brillar la luz en un
escudo_.--¡La alcoba de santa Marta!, dijo.
La vieja le trató de monseñor, y encerró el escudo en una gaveta.
Ésta era la moneda que el hombre de la capa negra había dado á Febo.
Mientras que la mujer volvía la espalda, el muchachillo desgreñado y
desguiñapado, que jugaba con la ceniza, se acercó diestramente á la
gaveta, cogió el escudo, y puso en su lugar una hoja seca que había
arrancado de un haz de leña.
La vieja hizo seña á los dos gentiles-hombres, como ella los llamaba,
de seguirla, y subió por la escala delante de ellos. Llegada al piso
superior, puso la lámpara sobre un cofre, y Febo, como de casa, abrió
una puerta que daba á un zaquizamí oscuro.--Entrad ahí, querido, dijo á
su compañero. El hombre de la capa obedeció sin responder una palabra;
cerróse la puerta tras él; oyó á Febo echar el cerrojo, y un instante
después bajar la escalera con la vieja. La luz había desaparecido.
VIII
Utilidad de las ventanas que dan al río
Claudio Frollo (pues presumimos que el lector, más inteligente
que Febo, no ha visto en toda esta aventura otro fantasma que el
arcediano), Claudio Frollo anduvo á tientas algunos instantes en el
chiribitil tenebroso, donde le había encerrado el capitán; el cual era
uno de esos rincones que dejan los arquitectos en el punto de unión del
tejado y la pared maestra. Cortado verticalmente el zaquizamí, como tan
acertadamente le había llamado Febo, hubiese resultado un triángulo.
Por lo demás, no tenía ni ventana ni lumbrera, y el plano inclinado del
tejado impedía estar de pie. Agachóse, pues, Claudio sobre el polvo y
los yesones que se aplastaban con su peso; tenía la cabeza ardiendo; y
tentando por el suelo, halló un pedazo de vidrio roto, que se aplicó á
la frente y con cuya frescura se alivió algo.
¿Qué pasaba en aquel momento dentro del alma oscura del arcediano? Sólo
Dios y él han podido saberlo.
¿En qué orden fatal colocaba en su mente á la Esmeralda, á Febo, á
Jacobo Charmolue, á su querido hermano, abandonado por él en el lodo,
su sotana de arcediano, su reputación quizás arrastrada en casa de la
Falourdel, todas estas imágenes, todas estas aventuras? Yo no podría
decirlo; pero no hay duda que tales ideas formaban en su espíritu un
grupo horrible.
Sólo un cuarto de hora llevaba de esperar, y le parecía haber pasado
un siglo. De repente oyó crujir los palos de la escalera de madera;
alguien subía. Abrióse la trampa, y apareció una luz. Había en la
puerta carcomida de su cuchitril una hendidura bastante ancha, y pegó
contra ella la cara. De este modo podía ver cuanto pasaba en el cuarto
vecino. La vieja cara de gato salió la primera por la trampa con su
lámpara en la mano; luego Febo, retorciéndose el bigote, luego una
tercera persona, la hermosa y agraciada criatura, la Esmeralda. El
clérigo la vió salir de tierra como una brillante aparición. Tembló
Claudio, corrióse un velo sobre sus ojos, agitábanse con fuerza sus
arterias, zumbábanle los oídos, la cabeza se le iba; y ya ni vió, ni
oyó más nada.
Cuando volvió en sí, estaban sólos Febo y la Esmeralda, sentados sobre
el arcón junto á la lámpara que ofrecía á los ojos del arcediano
aquellas dos figuras frescas, y una miserable tarima en el fondo del
desván.
Al lado de la tarima había una ventana cuya vidriera, desvencijada como
una telaraña sobre la cual acababa de llover, dejaba ver por en medio
de los alambres rotos, un pedazo de cielo y la luna reposando á lo
lejos sobre un grupo de ligeras nubes.
La joven estaba colorada, cortada, palpitante: sus largas pestañas
inclinadas sombreaban sus purpúreas mejillas. El oficial, á quien no
se atrevía á alzar los ojos, brillaba de gozo. Maquinalmente, y con un
ademán de encantador embarazo, trazaba ella con la punta del dedo sobre
el banco líneas incoherentes, y al mismo tiempo miraba su dedo. No se
le veía el pie, que servía de asiento á la cabrita.
El capitán estaba vestido ricamente y llevaba al cuello y en las
muñecas abundancia de abalorios, lo cual era muy elegante en aquella
época.
No consiguió sin trabajo D. Claudio oir lo que se decían,
impidiéndoselo el zumbido de la sangre que le hervía en las sienes.
Cosa trivialísima es por cierto una plática entre enamorados; es
un _yo os amo_ continuo: frase musical muy seca, muy insípida para
los indiferentes que escuchan cuando no está adornada de algunas
_fioriture_; pero Claudio no escuchaba como indiferente.
--¡Oh!, decía la doncella sin levantar los ojos, no me despreciéis
monseñor Febo: conozco que es malo lo que hago.
--¡Despreciaros hermosa niña!, respondía el oficial con una galantería
noble y distinguida! ¡despreciaros yo, ¡Cuerpo de Cristo! ¿y por qué?
--Por haberos seguido.
--En cuanto á eso hermosa mía, no estamos de acuerdo, yo no debía
despreciaros, sino aborreceros.
Miróle la muchacha despavorida.--¡Aborrecerme! ¿pues qué he hecho yo?
--Por haberos hecho rogar tanto.
--¡Ay!, dijo ella... es que quebranto un voto... no hallaré á mis
padres... el amuleto perderá su virtud.--¿Mas qué importa? ¿á qué he
menester ahora padre ni madre?
Mientras hablaba así, tenía clavados en el capitán sus grandes ojos
negros rebosando júbilo y terneza.
--¡El diablo que os entienda!, exclamó Febo.
Quedó un momento silenciosa la Esmeralda, asomó enseguida una lágrima á
sus ojos, y un suspiro á sus labios, y dijo:--¡Oh! monseñor, yo os amo.
Había en torno de la joven tal perfume de castidad, tal hechizo de
virtud, que Febo no se hallaba completamente satisfecho á su lado. Sin
embargo, esta palabra le animó.--¡Me amáis!, dijo enajenado, ciñendo
con el brazo el talle de la egipcia, ocasión única que esperaba.
Viole el clérigo, y probó con la yema del dedo la punta de un puñal que
tenía oculto en el seno.
--Febo, prosiguió la gitana desprendiendo blandamente de su cintura
las tenaces manos del capitán; vos sois bueno, sois generoso, sois
gallardo; me habéis libertado de un mal, á pesar de no ser yo más que
una pobre niña perdida en Bohemia. Mucho tiempo hace que ando soñando
con un oficial que me salve la vida. Con vos soñaba antes de conoceros,
Febo mío; el militar de mi sueño tenía una hermosa librea como vos,
gran presencia, una espada; vos os llamáis Febo, éste es un nombre
hermoso, me gusta vuestro nombre, me agrada vuestra espada. Sacad,
pues, vuestra espada, Febo, que la vea yo.
--¡Qué niña!, dijo el capitán, y desenvainó su tizona sonriéndose. Miró
la egipcia la empuñadura, la hoja, examinó con adorable curiosidad la
cifra de la contera, y besó la espada diciéndole:--Sois la espada de un
valiente: yo amo á mi capitán.
Febo aprovechó aún esta ocasión para aplicar sobre su hermoso cuello
inclinado un beso que hizo levantarse á la doncella encarnada como la
escarlata. El clérigo rechinó los dientes en su oscuro rincón.
--Febo, replicó la egipcia, dejadme hablaros. Andad un poco, que os vea
tan alto como sois, y oiga sonar vuestras espuelas. ¡Qué hermoso sois!
Levantóse el capitán por complacerla, regañándola con una sonrisa
ufana.--¡Qué niña sois!--Pero á propósito, hechicera, ¿me habéis visto
de riguroso uniforme?
--¡Ah! no, respondió ella.
--¡Aquel si que es hermoso!
Fuese Febo á sentar junto á ella, pero mucho más cerca que antes.
--Escuchadme, querida...
Dióle la egipcia unas palmaditas en la boca, con un candor loco,
gracioso y alegre.
--No, no; no os escucho. ¿Me amáis? Quiero que me digáis si me amáis.
--¡Si os amo, ángel de mi vida!, dijo el capitán medio arrodillándose.
Mi cuerpo, mi sangre, mi alma, todo es tuyo, todo es para ti. Te amo, y
jamás he amado sino á ti.
Había el capitán repetido tantas veces esta frase en semejantes
coyunturas, que la enjaretó de una tirada sin cometer una sola falta
de memoria. Al oir tan apasionada declaración, levantó la egipcia al
sucio techo que hacía veces de cielo, una mirada llena de angelical
bienaventuranza.
--¡Oh!, dijo á media voz, ¡éste es el instante en que se debiera morir!
Pareció á Febo el instante bueno para arrebatarle otro beso que fué á
atormentar en su retiro al miserable arcediano.
--¡Morir!, exclamó el enamorado capitán. ¿Qué es lo que decís,
ángel divino? Éste es el caso de vivir, ó Júpiter es un trasto.
¡Morir al comenzar una cosa tan dulce! ¡Cuerno! ¡y qué chanza!--No
tal.--Escuchad, mi querida Similar... Esmenarda... Disimulad mi
torpeza; tenéis un nombre tan prodigiosamente sarraceno, que no puedo
desenredarme de él: es una maleza que no me deja andar.
--¡Dios mío!, dijo la pobre muchacha, ¡yo que tenía mi nombre por lindo
á causa de su singularidad! pero ya que os desagrada, quisiera llamarme
Blasa.
--¡Ah! no lloremos por tan poco, mona mía; es un nombre á que es
preciso acostumbrarse; nada más. Una vez que yo lo sepa de memoria, él
saldrá por sí sólo. Escuchad pues, mi querida Similar: os adoro con
pasión. Es un milagro el amor que os tengo; y conozco yo una chica que
se muere de rabia por eso...
La celosa doncella le interrumpió:
--¿Y quién es?
--¿Qué nos importa?, dijo Febo: ¿me amáis?
--¡Oh!... respondió ella.
--¡Pues bien! eso basta. Veréis como yo también os amo. Permito que
el gran diablo Neptuno me enganche con su tridente si no os hago la
criatura más feliz del mundo. Tendremos en cierta parte un lindo
cuartito. Formaré bajo vuestras ventanas la parada de mis ballesteros;
todos son de á caballo, y hacen burla de los del capitán Guapo. Los
tengo de todas armas; os llevaré á los grandes monstruos de los
parisienses á la Granja de Rully; es lo que hay que ver. Ochenta mil
cabezas armadas; treinta mil arneses blancos; los sesenta y siete
pendones de los gremios, los estandartes del parlamento, del tribunal
de cuentas, del tesoro de los generales, de los oficiales de la casa
de la moneda; ¡un baturrillo en fin de todos los diablos! Os llevaré á
ver los leones del Alcázar del rey que son fieras: á todas las mujeres
gusta eso.
Unos instantes hacía que absorta la doncella en sus encantadoras
ilusiones, sólo soñaba en el metal de la voz de Febo, sin atender al
sentido de sus palabras.
--¡Oh! ¡qué feliz seréis!, continuó aquél, soltando al mismo tiempo con
suavidad la hebilla del cinturón de la egipcia.
--¡Qué hacéis!, dijo ella con viveza. _Esta vía de hecho_ la había
arrancado de su enajenación.
--Nada, respondió Febo; decía solamente que convendrá echar á un lado
este traje de locura y de callejuela cuando estéis conmigo.
--¡Cuando esté contigo, Febo mío!, dijo tiernamente la joven.
Y volvióse á quedar pensativa y silenciosa.
El capitán alentado con su dulzura, la cogió por el talle sin que ella
hiciese resistencia, enseguida se puso á desabrochar con tiento el
justillo de la pobre criatura, y tanto descompuso su gorguerita, que el
clérigo, respirando apenas, vió salir de la gasa los hermosos hombros
de la gitana desnudos, redondos y morenos, como la luna que aparece
entre celajes sobre el horizonte.
La joven no oponía resistencia alguna á Febo, y parecía no advertir lo
que estaba haciendo. Ya centelleaban los ojos del osado capitán, cuando
de repente ella se volvió hacia él:--Febo, le dijo con una expresión de
amor infinito: ¡instrúyeme en tu religión!
--¡Mi religión!, exclamó el capitán riendo á carcajadas. ¡Yo instruiros
en mi religión! ¡Cuerno y trueno! ¿y qué queréis hacer de mi religión?
--Es para casarnos, respondió ella.
Pintóse en el semblante del capitán una expresión de sorpresa, de
desdén, de indiferencia y de pasión libertina.
--¡Ah bah!, dijo, ¿es que uno se casa?
La gitana se puso pálida, y dejó caer tristemente la cabeza sobre su
pecho.--¡Bella enamorada!, prosiguió tiernamente Febo, ¿qué locuras
son ésas? ¡Valiente cosa es el matrimonio! ¿Es uno menos amante por
no haber escupido latín en la tienda de un cura? Hablando así con la
voz más dulce que podía, se iba acercando más y más á la gitana, sus
manos habían ceñido blandamente otra vez aquel fino y delicado talle,
sus ojos se encendían por momentos, y todo anunciaba claramente que el
señor Febo rayaba en uno de aquellos instantes que Júpiter mismo se
olvida hasta tal punto que el buen Homero se ve obligado á llamar una
nube en su ayuda.
D. Claudio entretanto lo estaba viendo todo. La puerta estaba hecha de
duelas podridas, que dejaban entre sí paso franco á su mirar de ave de
rapiña. Este clérigo de color prieto y de anchos hombros, condenado
hasta entonces á la austera virginidad del claustro, se estremecía y
ardía á vista de aquella escena de amor, nocturna y voluptuosa. La
joven y hermosa doncella, entregada con todo abandono al ardoroso
mancebo, hacía correr plomo derretido por sus venas. Sentía movimientos
extraordinarios; sus ojos penetraban con unos celos lascivos por debajo
de todos los alfileres descompuestos. El que hubiese podido ver en
aquel instante la cara del desventurado pegada contra los barrotes
carcomidos, hubiera creído ver una faz de tigre mirando desde una jaula
algún chacal que despedaza una garza. Las niñas de sus ojos parecían
dos candelillas al través de las grietas de la puerta.
En esto Febo arrebata con precipitación la gorguerita de la egipcia.
La pobre niña que había quedado pálida y pensativa, se despertó como
sobresaltada; alejóse azorada del osado oficial, y mirándose sus
hombros y su pecho desnudo, encendida, confusa, y muda de vergüenza,
cruzó sus hermosos brazos sobre el seno para cubrirle. Sin el fuego que
encendía sus mejillas, al verla así silenciosa é inmóvil, se la hubiera
tenido por la estatua del pudor. Sus ojos permanecían bajos.
La violenta acción del capitán había puesto á la vista el amuleto
misterioso que ella llevaba colgado al cuello.
--¿Qué significa esto?, dijo aquél aprovechándose de semejante pretexto
para acercarse á la criatura á quien acababa de espantar.
--¡No lo toquéis!, repuso con viveza, es el ángel de mi guarda; con él
debo hallar mi familia, si sigo siendo digna de ello. ¡Oh! ¡dejadme,
señor capitán! ¡madre mía! ¡pobre madre mía! ¡madre mía! ¿dónde estás?
¡ampárame! ¡Gracia, caballero Febo, volvedme mi gorguera!
Retrocedió Febo, y dijo con un tono frío:--¡Ah! señorita, ¡ya veo que
no me amáis!
--¡No te amo!, exclamó la infeliz niña, colgándose al decir esto del
cuello del capitán, á quien obligó á sentarse junto á ella. ¡Yo no te
amo, Febo mío! ¿Qué te atreves á decir, bribón, para despedazarme el
corazón? ¡Aquí me tienes, tómame, tómalo todo, haz cuanto te plazca de
mí, tuya soy! ¡Qué me importa el amuleto! ¡qué me importa mi madre! ¡tú
eres mi madre, pues que te amo! Febo, mi amado Febo, ¿me estás viendo?
soy yo, mírame; soy la chicuela á quien tienes la bondad de no alejar
de ti, que viene, que viene por sí misma á buscarte. Mi alma, mi vida,
mi cuerpo, mi persona, todo ello es vuestro, capitán mío. Pues bien, no
nos casemos, supuesto que eso te enfada; y al cabo ¿quién soy yo?, una
miserable hija de la nada, en vez que tú, Febo mío, eres un caballero.
¡Bueno estaría por cierto! ¡una saltarina casarse con un señor oficial!
yo estaba loca cuando lo he dicho. No, Febo, no; yo seré tu querida, tu
diversión, tu capricho, cuando quieras una muchacha toda tuya. No he
nacido para otra cosa, amancillada, despreciada, deshonrada, ¡mas qué
importa! siendo querida de Febo. Seré la más orgullosa y la más alegre
de las mujeres. Y cuando fuere vieja ó fea, Febo, cuando ya no fuere
buena para amaros, monseñor, os dignaréis guardarme aún para serviros.
Otras os bordarán las fajas; y yo, vuestra criada, cuidaré de ellas.
¡Me dejaréis limpiar vuestras espuelas, acepillaros la casaca, frotaros
las botas de montar! ¿No es verdad, Febo, que tendréis esta dignación?
Y entretanto, ¡aquí me tienes, Febo, toda yo te pertenezco, no te pido
sino que me ames! Nosotras las egipcias no necesitamos otra cosa, aire
libre y amor.
Al decir esto echó sus brazos al rededor del cuello del oficial;
mirábale de arriba abajo, en ademán suplicante, y con una hermosa
sonrisa mezclada de lágrimas. Su delicado pecho se estregaba contra el
uniforme de paño y los ásperos bordados de Febo, y plegaba sobre las
rodillas de éste su hermoso cuerpo medio desnudo. Embriagado el capitán
llegó sus abrasados labios á aquellos hermosos hombros africanos. La
egipcia echada hacia atrás, con los ojos clavados en el techo, se
estremecía y palpitaba al recibir aquel beso ardiente.
En este momento por encima de la cabeza de Febo, vió otra cabeza; un
rostro lívido, cetrino, convulsivo, con el mirar de un réprobo; junto
á aquel rostro había una mano que alzaba un puñal. Éste era el rostro
y la mano del clérigo; había roto la puerta, y estaba allí. Febo no
podía verle. Quedóse la joven inmóvil, yerta, muda con la espantosa
aparición, como una paloma que levantase la cabeza en el momento en que
el azor mira su nido con sus redondos ojos.
Ni gritar pudo: vió el puñal precipitarse sobre Febo y volver á alzarse
humeante.
--¡Maldición!, dijo el capitán, y cayó.
Ella se desmayó.
En el momento de cerrarse sus ojos, de perder toda sensibilidad, sintió
imprimirse sobre sus labios un contacto de fuego, un beso más abrasador
que el hierro candente del verdugo.
Cuando recobró el sentido, estaba rodeada de soldados de la ronda;
llevábanse al capitán bañado en su sangre, el clérigo había
desaparecido: la ventana del fondo del cuarto que daba al río estaba
abierta de par en par; levantaban del suelo una capa que suponían
pertenecer al oficial, y oyó decir á su lado:--Es una bruja que ha dado
de puñaladas á un capitán.
FIN DEL TOMO PRIMERO