llama en el hornillo ó recibirla del cielo, que llevar gatos por las
calles. Así es, que cuando me habéis apostrofado, me he quedado tan
tonto como un asno delante de un asador. Pero, ¿qué queréis señor? Es
menester vivir todos los días, y los más hermosos versos alejandrinos
no valen debajo de los dientes un pedazo de queso de Brie. Yo he hecho
para la señora Margarita de Flandes el famoso epitalamio que sabéis, y
la ciudad no me lo paga, so pretexto de que no es excelente; como si
se pudiera dar por cuatro escudos una tragedia de Sófocles. Me iba,
pues, á morir de hambre. Por fortuna he hallado un poco de fuerza en
mi quijada, y he dicho á esta quijada: haz habilidades de fuerza y de
equilibrio; aliméntate tú misma. _Ale te ipsam._ Un hato de miserables,
que se han hecho mis buenos amigos, me han enseñado veinte clases de
pruebas hercúleas, y ahora doy todas las noches á mis dientes el pan
que han ganado durante el día con el sudor de mi frente. Por último,
concedo que éste es un triste uso de mis facultades intelectuales, y
que el hombre no ha sido hecho para pasar su vida en tamborilear y
morder sillas; pero, reverendo señor, no basta con pasar la vida, es
menester ganarla.
Don Claudio escuchaba en silencio. De repente sus hundidos ojos tomaron
una expresión tan sagaz y penetrante, que Gringorio se sintió, por
decirlo así, escudriñado hasta el fondo del alma con aquella mirada.
--Muy bien, maestre Pedro, pero ¿de dónde os viene el estar ahora en
compañía de esa bailadora de Egipto?
--¡Pardiez!, dijo Gringorio; es que ella es mi mujer, y yo soy su
marido.
Los tenebrosos ojos del clérigo se inflamaron.
--¿Habrías hecho eso, miserable?, exclamó cogiendo con furor el brazo
de Gringorio; ¿habrías estado tan dejado de la mano de Dios, que
hubieras puesto la tuya en esa moza?
--Por mi parte de paraíso, monseñor, respondió Gringorio temblando
de pies á cabeza, os juro que no la he tocado, si es eso lo que os
inquieta.
--¿Qué estás diciendo, pues, de marido y mujer? preguntó el clérigo?
Gringorio se dió prisa á contarle lo más sucintamente posible todo lo
que el lector sabe ya; su aventura de la corte de los milagros y su
casamiento de cántaro roto. Parece por lo demás que este casamiento
no había tenido todavía resulta alguna, y que cada noche la gitana,
le birlaba la de bodas como el día primero.--Es un sinsabor, dijo al
acabar; pero consiste en que he tenido la desgracia de casarme con una
virgen.
--¿Qué queréis decir?, preguntó el arcediano, que se había sosegado por
grados al oir la relación.
--Es bastante difícil de explicar, respondió el poeta. Es una
superstición. Mi mujer es, según lo que me ha dicho un viejo chocho
que se llama entre nosotros el duque de Egipto, una niña expósita ó
perdida, que es lo mismo. Lleva al cuello un amuleto que, se asegura,
le hará un día encontrar á sus padres, pero que perdería su virtud,
si la moza perdiera la suya. De donde se sigue que vivimos ambos muy
virtuosos.
--¿Con que creéis, maestre Pedro, prosiguió Claudio, cuya frente se
serenaba cada vez más, que ningún hombre se ha acercado á esta criatura?
--¿Qué queréis, D. Claudio, que un hombre haga á una superstición? Ella
tiene metido eso en su cabeza. Considero que es seguramente una cosa
rara esa gazmoñería de monja que se mantiene huraña en medio de esas
mozas gitanas, tan fácilmente conquistadas. Pero tiene para protegerse
tres cosas: el duque de Egipto, que la ha tomado bajo su salvaguardia,
contando quizá venderla á algún señor abad; toda su tribu, que la tiene
en veneración singular, como á una virgen santísima; y cierto puñal
lindo, que la bribonzuela le lleva siempre consigo en un escondite,
á pesar de las ordenanzas del preboste, y que se le hace salir á las
manos en apretándole el talle. ¡Es una maldita avispa, andad!
El arcediano abrumó á Gringorio á preguntas.
La Esmeralda era, á juicio de Gringorio, una criatura inocente y linda,
bonita, excepto en una mueca que le era particular, una muchacha
sencilla y apasionada; ignorante de todo, y entusiasta de todo; no
sabiendo la diferencia de una mujer á un hombre, ni aún en sueños de
esta especie; loca sobre todo por el baile, el ruido, la libertad; una
especie de mujer abeja, con alas invisibles en los pies, y viviendo
en un torbellino. Debía esta naturaleza á la vida errante que había
llevado siempre. Gringorio había llegado á saber que, desde niña, había
corrido España y la Cataluña hasta la Sicilia; creía que había sido
robada por la caravana de los zingaris, de que hacía parte, en el reino
de Argel, país situado en Acaya, la cual Acaya confina por un lado con
Albania y Grecia, y por el otro con el mar de las Sicilias, que es el
camino de Constantinopla. Los gitanos, decía Gringorio, eran vasallos
del rey de Argel en su calidad de jefe de la nación de los moros
Blancos Lo cierto es, que la Esmeralda había llegado á Francia, todavía
muy joven, por Hungría. De todos estos países había recogido la moza
trozos de dialectos raros, ideas y cantos extranjeros, que hacían de su
lenguaje un conjunto tan abigarrado como su traje, mitad parisiense,
mitad africano. Por lo demás, el pueblo de los barrios que frecuentaba
la quería por su buen humor, sus maneras vivas, sus bailes y sus
canciones. En toda la ciudad no se creía aborrecida más que de dos
personas, de quienes hablaba muchas veces con espanto. La saquita de la
Torre de Rolando, una indigna reclusa que tenía no se sabe qué rencor
contra las gitanas, y que maldecía á la pobre bailadora siempre que
pasaba por delante de su lumbrera; y un clérigo que no la encontraba
jamás sin lanzarle miradas y palabras que le hacían miedo. Esta
última circunstancia turbó bastante al arcediano, sin que Gringorio
atendiese mucho á esta turbación; de tal manera habían bastado dos
meses para hacer olvidar al indiferente poeta los pormenores singulares
de aquella noche en que había tenido el encuentro de la gitana, y la
presencia del arcediano en medio de él. Por lo demás la bailadorcilla
no temía nada; no decía la buena ventura, lo cual la ponía al abrigo
de aquellos procesos de magia, tan frecuentemente formados á las
gitanas. Y después, Gringorio le servía de hermano, ya que no de
marido. Finalmente, el filósofo toleraba muy pacientemente esta especie
de casamiento platónico. Al fin, tenía un albergue y pan. Todas las
mañanas salía de la truhanería por lo común con la gitana; la ayudaba
á coger en las encrucijadas su cosecha de tarjas y blancas; todas las
noches volvía á entrar con ella bajo el mismo techo, la dejaba cerrarse
con cerrojo en su cuartito, y él dormía con el sueño del justo.
Existencia muy dulce por último resultado, decía, y muy propia para la
fantasía. Y después, en su alma y conciencia, el filósofo no estaba muy
seguro de estar perdidamente enamorado de la gitana. Quería casi tanto
como á ella á su cabra. Era un lindo animal, amable, inteligente, fino,
una cabra docta. Nada más común en la Edad Media que estos animales
que maravillaban mucho, y que llevaban frecuentemente á sus maestres á
la hoguera. Con todo, las hechicerías de la cabra de las patas doradas
eran malicias muy inocentes. Gringorio las explicó al arcediano, á
quien estas particularidades parecían interesar vivamente. Bastaba la
mayor parte de las veces presentar el tamboril á la cabra de tal ó
tal modo, para lograr de ella la momería que se deseaba. Había sido
enseñada por la gitana, la cual tenía en estas habilidades un talento
tan raro, que le habían bastado dos meses para enseñar á la cabra á
escribir con letras móviles la palabra _Febo_.
--_¡Febo!_, dijo el clérigo, ¿y por qué _Febo_?
--No sé, respondió Gringorio. Quizá sea ésta una voz que ella cree
dotada de alguna virtud mágica y secreta. Ella la repite muchas veces á
media voz cuando se cree sola.
--¿Estáis cierto, preguntó Claudio con su mirada penetrante, que eso es
sólo una voz y no un nombre?
--¿Nombre de quién?, dijo el poeta.
--¿Qué sé yo?, replicó el clérigo.
--Ved aquí lo que me imagino, señor. Estos gitanos son un poco
zoroastrianos y adoran al sol. De ahí sin duda Febo.
--No me parece eso tan claro como á vos, maestre Pedro.
--Sea lo que quiera, no me importa. Que pronuncie á sus anchuras su
Febo. Lo cierto es que Djali me quiere ya casi tanto como ella.
--¿Quién es Djali?
--La cabra.
El arcediano se llevó la mano á la barba, y pareció un instante
pensativo. De repente se volvió con precipitación hacia Gringorio.
--¿Y me juras que no la has tocado?
--¿Á quién?, dijo Gringorio; ¿á la cabra?
--No, á esa mujer.
--¿Á mi mujer?, os juro que no.
--¿Y estás á menudo solo con ella?
--Todas las noches, una hora larga.
Don Claudio frunció las cejas.
--¡Oh! ¡oh! _Solus cum sola non cogitabuntur orore Pater noster._
--Sobre mi palabra, podría decir el _Pater_, y el _Ave María_ y el
_Credo in Deum patrem omnipotentem_, sin que parase más atención en mí
que una gallina en una iglesia.
--Júrame por el vientre de tu madre, repitió el arcediano con
violencia, que no has tocado á esa criatura ni con la punta de los
dedos.
--Lo juraría también por la cabeza de mi padre, pues las dos cosas
tienen más de una relación entre sí. Pero, mi reverendo señor,
permitidme á mi vez una pregunta.
--Hablad, señor.
--¿Qué os importa todo ello?
El pálido rostro del arcediano se puso rojo como las mejillas de una
joven. Quedóse un momento sin responder, después con un embarazo
visible:
--Escuchad, maestre Pedro Gringorio. Todavía no estáis condenado, que
yo sepa. Me intereso por vos, y os quiero bien. Sabed, pues, que el
menor contacto con esa gitana os haría vasallo de Satanás. No ignoráis
que siempre es el cuerpo el que pierde al alma. ¡Desdichado de vos si
os acercaseis á esa mujer! He aquí cuanto tengo que deciros.
--Ya lo he intentado una vez, dijo Gringorio rascándose la oreja; era
el primer día: pero me quemé.
--¿Habéis tenido semejante desvergüenza, maestre Pedro?, y oscurecióse
la frente del clérigo.
--Otra vez, prosiguió el poeta sonriéndose, me puse á mirar antes de
acostarme por el agujero de la cerradura, y vi sin disputa la mujer más
preciosa en camisa que jamás ha hecho chillar las correas de una cama
bajo de su pie desnudo.
--¡Vete al infierno!, gritó el clérigo con una mirada terrible; y
empujando por los hombros á Gringorio maravillado, se entró á largos
pasos bajo las más sombrías bóvedas de la catedral.
III
Las campanas
Después de la mañana de la picota, los vecinos de Nuestra Señora
habían creído observar que el ardor repicador de Cuasimodo se había
resfriado mucho, antes todo era repiques por cualquier cosa, largas
alboradas que duraban desde Prima á Completas, vuelos de campana para
una misa mayor, ricos diapasones corridos sobre las campanillas para un
casamiento ó un bautismo, y que se mezclaban en el aire como un bordado
de toda clase de sonidos deliciosos. La anciana iglesia, toda vibrante
y sonora, estaba en un perpetuo gozo de campanas. Sentíase sin cesar
en ella la presencia de un espíritu de ruido y de capricho que cantaba
por todas aquellas bocas de metal. Ahora este espíritu parecía haber
desaparecido; la catedral parecía amarrida y guardar voluntariamente
el silencio; las fiestas y los entierros tenían su simple campaneo,
seco y desnudo, lo que exigía el ritual, nada más; del doble ruido
que hace una iglesia, el órgano adentro y la campana por fuera, no
quedaba más que el órgano. Hubiérase dicho que ya no había músico en
los campanarios. Cuasimodo, sin embargo, permanecía siempre en ellos;
¿pues qué le había, pasado? ¿Era que la vergüenza y la desesperación de
la picota duraban todavía en el fondo de su corazón, que los azotes del
atormentador se repercutían, sin fin en su alma, y que la tristeza de
un tratamiento semejante lo había apagado todo en él, hasta su pasión
por las campanas? ¿ó bien era que María tenía una rival en el corazón
del campanero de Nuestra Señora, y la campana mayor y sus catorce
hermanas estaban olvidadas por otra cosa más amable y más hermosa que
ellas?
Sucedió que en el año de gracia de 1482, la Anunciación cayó en martes,
25 de marzo. El día era tan puro y tan ligero, que Cuasimodo sintió
renacer en sí algún amor á sus campanas. Subió, pues, á la torre
setentrional, mientras que abajo el pertiguero abría de par en par las
puertas de la iglesia, las cuales entonces eran unos enormes tableros
de madera gruesa cubierta de cuero, orlados de clavos de hierro y
puestos en un marco de esculturas «muy artificialmente elaboradas».
Llegado al alto casco del campanario, Cuasimodo consideró algún
tiempo con un triste movimiento de cabeza las seis campanillas, como
si gimiera porque alguna cosa extraña se hubiese interpuesto en su
corazón entre ellas y él. Mas cuando las hubo comenzado á voltear;
cuando sintió aquel racimo de campanas removerse bajo su mano; cuando
vió, pues no la oía, la octava palpitante ascender y descender sobre
aquella escala sonora como un ave que salta de rama en rama; cuando el
diablo Música, aquel demonio que sacude un manojo de gorjeos, trinados
y arpegios, se hubo apoderado del pobre sordo, entonces volvió á ser
dichoso, lo olvidó todo, y su corazón dilatado hizo regocijarse su
semblante.
Iba y venía, palmoteaba, corría de una cuerda á otra, animaba los
seis cantores con la voz y el gesto, como un director de orquesta que
espolea á virtuosos inteligentes.
--Ve, decía, ve, Gabriela, esparce todo tu ruido en la plaza, hoy
es fiesta.--Thibauld, fuera pereza, tú te duermes; ve, ve pues; ¿es
que te has enmohecido, haragán?--¡Bien! ¡aprisa! ¡aprisa! que no
se vea el badajo. Déjalos á todos sordos como yo.--¡Ve Thibauld,
bravo!--¡Guillermo! ¡Guillermo!, tú eres el más grande, y Pasquier
el más pequeño, y va mejor Pasquier. Apostemos á que los que oyen,
le oyen más que á ti. ¡Bien! ¡bien! ¡mi Gabriela!, ¡fuerte!, ¡más
fuerte!--¡Eh! ¿y qué hacéis ahí en lo alto vosotras dos, Gorriones?,
yo no os veo hacer el menor ruido.--¿Qué picos de cobre son ésos que
parecen bostezar cuando es menester cantar?--¡Hola!, á trabajar:
es la Anunciación; hace un sol hermoso; es preciso un hermoso
repique.--¡Pobre Guillermo! ¿ya estás todo desalentado, gordo de mi
alma?
Hallábase completamente afanado por estimular sus seis campanas que
todas saltaban á porfía, y sacudían sus grupas lucientes como un
ruidoso tiro de mulas españolas aguijoneadas acá y acullá por los
apostrofes del zagal.
De repente, al dejar caer una mirada por entre las anchas aberturas
de las pizarras que cubren hasta cierta altura la pared perpendicular
del campanario, vió en la plaza una moza extrañamente ataviada, que se
detenía, que extendía en el suelo un tapiz en que una cabrita venía á
ponerse; y un grupo de espectadores que se agolpaba alrededor. Esta
vista cambió de repente el curso de sus ideas, y heló su entusiasmo
musical como una bocanada de viento hiela una gota de resina. Quedóse
parado, volvió la espalda al repique, y se agachó detrás del tejadillo
de pizarra, clavando en la bailadora aquella mirada pensativa, tierna
y dulce, que ya una vez había asombrado al arcediano. Entretanto, las
campanas olvidadas se callaron de repente todas á la vez, con gran
sentimiento de los aficionados al campaneo, los cuales escuchaban
honradamente el repique desde el puente del cambio, y que se fueron
atónitos como un perro á quien se ha enseñado un hueso y á quien se da
una piedra.
IV
A'NAΓKH
Aconteció que una hermosa mañana de este mismo mes de marzo, creo
que era el sábado 29, día de San Eustaquio, nuestro joven amigo el
estudiante Juan Frollo del Molino, advirtió que los calzones que
contenían su bolsa, no producían ningún sonido metálico.--¡Pobre
bolsa!, dijo sacándola, ¡qué! ¡ni aún el más pequeño parisis! ¡Cuán
cruelmente te han despanzurrado los dados, las azumbres de cerveza y
Venus! ¡qué vacía, arrugada y floja estás! ¡Te pareces á la garganta
de una furia! Yo os pregunto, señor, D. Cicerón y D. Séneca, cuyos
arrugados ejemplares veo esparcidos por el suelo, ¿de qué me sirve
saber, mejor que el director del cuño ó que un judío del Puente de
los Cambiadores, que un escudo de oro de corona vale treinta y cinco
_unzains_ de veinticinco sueldos ocho dineros parisis cada uno; y que
un escudo de media luna vale treinta y seis _unzains_ de á veintiséis
sueldos y seis dineros torneses, si no tengo un miserable liar negro
para apostarle á los dos seises? ¡Oh! ¡cónsul Cicerón! ¡no es esta una
calamidad de la que se escapa con circunloquios, con _que madmodum_, y
con _verum enim vero_!
Vistióse tristemente. Una idea se le había ocurrido atándose los
botines, más la repelió al principio; sin embargo volvió ella, y púsose
el chaleco al revés, señal evidente de una violenta lucha interior. En
fin, tiró con aspereza su gorro por tierra, y exclamó: ¡Tanto peor!
suceda lo que quiera. ¡Voy á casa de mi hermano! atraparé un sermón,
pero también atraparé un escudo.
Entonces se puso precipitadamente su casaca, recogió su gorro y salió
como un desesperado.
Bajó por la calle del Arpa hacia la ciudad. Al pasar por delante de la
calle de la Corneta, el olor de los asadores, que volteaban en ella
sin cesar, vino á halagar su máquina olfatoria, y echó una mirada de
amor á la pastelería ciclópea que arrancó un día al fraile franciscano
Calatagirone esta patética exclamación: _¡Veramente, queste rosticcerie
sono cosa stupenda!_ Pero Juan no tenía de qué almorzar, y se entró
dando un profundo suspiro por la puerta del Pequeño Châtelet, aquel
enorme trébol doble de torres macizas que guardaban la entrada de la
ciudad.
No tuvo tiempo ni aun para tirar una piedra al pasar, como era de
costumbre, á la miserable estatua de aquel Perinet Leclerc que había
entregado el París de Carlos VI á los ingleses, crimen que su efigie,
aplastada la cara á pedradas y cubierta de lodo, ha expiado durante
tres siglos, en la esquina de las calles del Arpa y de Bussy, como en
una picota eterna.
Atravesado el Pequeño Puente, y pasada la calle nueva de Santa
Genoveva, Juan de Molendino se halló delante de Nuestra Señora.
Entonces su indecisión volvió á apoderarse de él, y comenzó á pasearse
alrededor de la estatua del Sr. Legris, repitiéndose con angustia: ¡el
sermón es seguro, el escudo es dudoso!
Detuvo á un pertiguero que salía del patio.
--¿Dónde está el señor arcediano de Josas?
--Creo que está en su escondite de la torre, dijo el pertiguero; y no
os aconsejo que vayáis á buscarle allá, á menos que vengáis de parte de
algún sujeto, así como el papa ó el señor rey.
Juan comenzó á palmotear.--¡Diablo! ¡he aquí una magnífica ocasión para
ver el famoso aposento de las hechicerías!
Determinado por esta reflexión, entró resueltamente por la puertecilla
negra, y se puso á subir el caracol de San Gil, que conduce á los
pisos altos de la torre.--¡Voy á ver!, decía entre sí por el camino.
¡Por los rizos de la virgen santa! ¡debe ser cosa curiosa esa celda
que mi hermano oculta tanto como sus pudendas! Dicen que enciende en
ella hornillas de infierno, y que en las mismas cuece con un gran
fuego la piedra filosofal. ¡Vive Dios, que tanto caso hago yo de la
piedra filosofal como de un guijarro, y que mejor querría hallar sobre
su hornilla una tortilla de huevos de Pascua con jamón, que la piedra
filosofal más gruesa del mundo!
Llegado á la galería de las columnitas, respiró un instante y juró
contra la interminable escalera por no sé cuántos millones de
carretadas de diablos; después volvió á seguir su ascensión por la
estrecha puerta de la torre setentrional, interdicha hoy al público.
Algunos momentos después de haber pasado el cuarto de las campanas,
halló una pequeña meseta abierta en un rincón lateral, y bajo la bóveda
una puerta baja en arco diagonal, cuya enorme cerradura y poderoso
armazón de hierro le permitió observar un respiradero abierto en frente
en la pared circular de la escalera.
--¡Ay!, dijo el estudiante; aquí es sin duda. La llave estaba en la
cerradura. La puerta se hallaba entornada: empujóla con tiento y alargó
la cabeza por la abertura.
No habrá el lector dejado de ojear la obra admirable de Rembrandt, este
Shakespeare de la pintura. Entre tantos maravillosos grabados, hay
especialmente uno al aguafuerte que representa, á lo que suponen, al
doctor Faust, y que es imposible contemplar sin deslumbrarse. En una
celda sombría, en medio hay una mesa cargada de objetos horrorosos,
cabezas de muertos, esferas, alambiques, compases, pergaminos,
jeroglíficos. Delante de esta mesa está el doctor, vestido con su
gruesa hopalanda y cubierto hasta las cejas con su gorro aforrado.
Sólo se le ve de medio cuerpo. Está medio levantado de su inmenso
sillón; sus puños encogidos se apoyan sobre la mesa, y considera con
curiosidad y terror un círculo luminoso, formado con letras mágicas,
que brilla sobre la pared del fondo como el espectro solar en la cámara
oscura. Este sol cabalístico parece temblar á la vista y llena la
celda descolorida de su misterioso resplandor. El cuadro es horrible y
hermoso.
Una cosa bastante parecida á la celda de Faust se ofreció á la vista
de Juan, cuando hubo arriesgado su cabeza por la puerta entreabierta.
Era igualmente un retrete sombrío y alumbrado apenas. Había también en
él un gran sillón, y una mesa grande, compases, alambiques, esqueletos
de animales colgados del techo, una esfera rodando por el suelo,
hipocéfalos confundidos con botes en que temblaban panes de oro,
cabezas de muertos, puestas sobre vitelas, abigarradas de figuras y
caracteres, abultados manuscritos amontonados y completamente abiertos,
sin piedad para con los ángulos frágiles del pergamino: en fin, todas
las porquerías de la ciencia, y por todas partes sobre este montón
polvo y telarañas; mas no había círculos de letras luminosas, ni doctor
en éxtasis, contemplando la visión centelleante como el águila mira su
sol.
Sin embargo, la celda no estaba desierta. Un hombre se hallaba sentado
en el sillón, y encorvado sobre la mesa. Juan, á quien volvía la
espalda, no podía verle más que ésta y la parte posterior del cráneo;
mas no le costó trabajo reconocer aquella cabeza calva, á la cual la
naturaleza había hecho una tonsura eterna, como si hubiese querido
señalar con este símbolo exterior la irresistible vocación clerical del
arcediano.
Juan, pues, conoció á su hermano; pero se había abierto la puerta
con tanto silencio, que D. Claudio no había advertido su llegada.
El curioso estudiante se aprovechó de la distracción para examinar
cómodamente la celda por algunos instantes. Vió una ancha hornilla, que
al principio no había advertido, á la izquierda del sillón, debajo de
la buharda. El rayo de luz que penetraba por esta abertura atravesaba
una telaraña redonda, que inscribía con arte su rosetón delicado en
el arco diagonal de la buharda, y en el centro de la cual el insecto
arquitecto permanecía inmóvil como el cubo de aquella rueda de encaje.
Sobre la hornilla estaban amontonados desordenadamente toda suerte de
vasos, tarros de asperón, retortas de vidrio, y matraces de carbón.
Juan reparó suspirando, que no había un sólo cazo.
--Está fresco el ajuar de cocina, dijo entre sí.
Por lo demás, en la hornilla no había fuego, y aún parecía que no le
habían encendido desde largo tiempo. Hallábase en un rincón, cubierta
de polvo y como olvidada, una máscara de vidrio, que Juan reparó entre
los utensilios de alquimia, y que servía sin duda para preservar la
cara del arcediano cuando elaboraba alguna sustancia formidable. Á su
lado yacía un fuelle no menos lleno de polvo, y en cuya hoja superior
se veía esta leyenda, incrustada con letras de cobre: SPIRA SPERA.