--Convengo, señor mío, en que más vale filosofar y poetizar, soplar la

llama en el hornillo ó recibirla del cielo, que llevar gatos por las

calles. Así es, que cuando me habéis apostrofado, me he quedado tan

tonto como un asno delante de un asador. Pero, ¿qué queréis señor? Es

menester vivir todos los días, y los más hermosos versos alejandrinos

no valen debajo de los dientes un pedazo de queso de Brie. Yo he hecho

para la señora Margarita de Flandes el famoso epitalamio que sabéis, y

la ciudad no me lo paga, so pretexto de que no es excelente; como si

se pudiera dar por cuatro escudos una tragedia de Sófocles. Me iba,

pues, á morir de hambre. Por fortuna he hallado un poco de fuerza en

mi quijada, y he dicho á esta quijada: haz habilidades de fuerza y de

equilibrio; aliméntate tú misma. _Ale te ipsam._ Un hato de miserables,

que se han hecho mis buenos amigos, me han enseñado veinte clases de

pruebas hercúleas, y ahora doy todas las noches á mis dientes el pan

que han ganado durante el día con el sudor de mi frente. Por último,

concedo que éste es un triste uso de mis facultades intelectuales, y

que el hombre no ha sido hecho para pasar su vida en tamborilear y

morder sillas; pero, reverendo señor, no basta con pasar la vida, es

menester ganarla.

Don Claudio escuchaba en silencio. De repente sus hundidos ojos tomaron

una expresión tan sagaz y penetrante, que Gringorio se sintió, por

decirlo así, escudriñado hasta el fondo del alma con aquella mirada.

--Muy bien, maestre Pedro, pero ¿de dónde os viene el estar ahora en

compañía de esa bailadora de Egipto?

--¡Pardiez!, dijo Gringorio; es que ella es mi mujer, y yo soy su

marido.

Los tenebrosos ojos del clérigo se inflamaron.

--¿Habrías hecho eso, miserable?, exclamó cogiendo con furor el brazo

de Gringorio; ¿habrías estado tan dejado de la mano de Dios, que

hubieras puesto la tuya en esa moza?

--Por mi parte de paraíso, monseñor, respondió Gringorio temblando

de pies á cabeza, os juro que no la he tocado, si es eso lo que os

inquieta.

--¿Qué estás diciendo, pues, de marido y mujer? preguntó el clérigo?

Gringorio se dió prisa á contarle lo más sucintamente posible todo lo

que el lector sabe ya; su aventura de la corte de los milagros y su

casamiento de cántaro roto. Parece por lo demás que este casamiento

no había tenido todavía resulta alguna, y que cada noche la gitana,

le birlaba la de bodas como el día primero.--Es un sinsabor, dijo al

acabar; pero consiste en que he tenido la desgracia de casarme con una

virgen.

--¿Qué queréis decir?, preguntó el arcediano, que se había sosegado por

grados al oir la relación.

--Es bastante difícil de explicar, respondió el poeta. Es una

superstición. Mi mujer es, según lo que me ha dicho un viejo chocho

que se llama entre nosotros el duque de Egipto, una niña expósita ó

perdida, que es lo mismo. Lleva al cuello un amuleto que, se asegura,

le hará un día encontrar á sus padres, pero que perdería su virtud,

si la moza perdiera la suya. De donde se sigue que vivimos ambos muy

virtuosos.

--¿Con que creéis, maestre Pedro, prosiguió Claudio, cuya frente se

serenaba cada vez más, que ningún hombre se ha acercado á esta criatura?

--¿Qué queréis, D. Claudio, que un hombre haga á una superstición? Ella

tiene metido eso en su cabeza. Considero que es seguramente una cosa

rara esa gazmoñería de monja que se mantiene huraña en medio de esas

mozas gitanas, tan fácilmente conquistadas. Pero tiene para protegerse

tres cosas: el duque de Egipto, que la ha tomado bajo su salvaguardia,

contando quizá venderla á algún señor abad; toda su tribu, que la tiene

en veneración singular, como á una virgen santísima; y cierto puñal

lindo, que la bribonzuela le lleva siempre consigo en un escondite,

á pesar de las ordenanzas del preboste, y que se le hace salir á las

manos en apretándole el talle. ¡Es una maldita avispa, andad!

El arcediano abrumó á Gringorio á preguntas.

La Esmeralda era, á juicio de Gringorio, una criatura inocente y linda,

bonita, excepto en una mueca que le era particular, una muchacha

sencilla y apasionada; ignorante de todo, y entusiasta de todo; no

sabiendo la diferencia de una mujer á un hombre, ni aún en sueños de

esta especie; loca sobre todo por el baile, el ruido, la libertad; una

especie de mujer abeja, con alas invisibles en los pies, y viviendo

en un torbellino. Debía esta naturaleza á la vida errante que había

llevado siempre. Gringorio había llegado á saber que, desde niña, había

corrido España y la Cataluña hasta la Sicilia; creía que había sido

robada por la caravana de los zingaris, de que hacía parte, en el reino

de Argel, país situado en Acaya, la cual Acaya confina por un lado con

Albania y Grecia, y por el otro con el mar de las Sicilias, que es el

camino de Constantinopla. Los gitanos, decía Gringorio, eran vasallos

del rey de Argel en su calidad de jefe de la nación de los moros

Blancos Lo cierto es, que la Esmeralda había llegado á Francia, todavía

muy joven, por Hungría. De todos estos países había recogido la moza

trozos de dialectos raros, ideas y cantos extranjeros, que hacían de su

lenguaje un conjunto tan abigarrado como su traje, mitad parisiense,

mitad africano. Por lo demás, el pueblo de los barrios que frecuentaba

la quería por su buen humor, sus maneras vivas, sus bailes y sus

canciones. En toda la ciudad no se creía aborrecida más que de dos

personas, de quienes hablaba muchas veces con espanto. La saquita de la

Torre de Rolando, una indigna reclusa que tenía no se sabe qué rencor

contra las gitanas, y que maldecía á la pobre bailadora siempre que

pasaba por delante de su lumbrera; y un clérigo que no la encontraba

jamás sin lanzarle miradas y palabras que le hacían miedo. Esta

última circunstancia turbó bastante al arcediano, sin que Gringorio

atendiese mucho á esta turbación; de tal manera habían bastado dos

meses para hacer olvidar al indiferente poeta los pormenores singulares

de aquella noche en que había tenido el encuentro de la gitana, y la

presencia del arcediano en medio de él. Por lo demás la bailadorcilla

no temía nada; no decía la buena ventura, lo cual la ponía al abrigo

de aquellos procesos de magia, tan frecuentemente formados á las

gitanas. Y después, Gringorio le servía de hermano, ya que no de

marido. Finalmente, el filósofo toleraba muy pacientemente esta especie

de casamiento platónico. Al fin, tenía un albergue y pan. Todas las

mañanas salía de la truhanería por lo común con la gitana; la ayudaba

á coger en las encrucijadas su cosecha de tarjas y blancas; todas las

noches volvía á entrar con ella bajo el mismo techo, la dejaba cerrarse

con cerrojo en su cuartito, y él dormía con el sueño del justo.

Existencia muy dulce por último resultado, decía, y muy propia para la

fantasía. Y después, en su alma y conciencia, el filósofo no estaba muy

seguro de estar perdidamente enamorado de la gitana. Quería casi tanto

como á ella á su cabra. Era un lindo animal, amable, inteligente, fino,

una cabra docta. Nada más común en la Edad Media que estos animales

que maravillaban mucho, y que llevaban frecuentemente á sus maestres á

la hoguera. Con todo, las hechicerías de la cabra de las patas doradas

eran malicias muy inocentes. Gringorio las explicó al arcediano, á

quien estas particularidades parecían interesar vivamente. Bastaba la

mayor parte de las veces presentar el tamboril á la cabra de tal ó

tal modo, para lograr de ella la momería que se deseaba. Había sido

enseñada por la gitana, la cual tenía en estas habilidades un talento

tan raro, que le habían bastado dos meses para enseñar á la cabra á

escribir con letras móviles la palabra _Febo_.

--_¡Febo!_, dijo el clérigo, ¿y por qué _Febo_?

--No sé, respondió Gringorio. Quizá sea ésta una voz que ella cree

dotada de alguna virtud mágica y secreta. Ella la repite muchas veces á

media voz cuando se cree sola.

--¿Estáis cierto, preguntó Claudio con su mirada penetrante, que eso es

sólo una voz y no un nombre?

--¿Nombre de quién?, dijo el poeta.

--¿Qué sé yo?, replicó el clérigo.

--Ved aquí lo que me imagino, señor. Estos gitanos son un poco

zoroastrianos y adoran al sol. De ahí sin duda Febo.

--No me parece eso tan claro como á vos, maestre Pedro.

--Sea lo que quiera, no me importa. Que pronuncie á sus anchuras su

Febo. Lo cierto es que Djali me quiere ya casi tanto como ella.

--¿Quién es Djali?

--La cabra.

El arcediano se llevó la mano á la barba, y pareció un instante

pensativo. De repente se volvió con precipitación hacia Gringorio.

--¿Y me juras que no la has tocado?

--¿Á quién?, dijo Gringorio; ¿á la cabra?

--No, á esa mujer.

--¿Á mi mujer?, os juro que no.

--¿Y estás á menudo solo con ella?

--Todas las noches, una hora larga.

Don Claudio frunció las cejas.

--¡Oh! ¡oh! _Solus cum sola non cogitabuntur orore Pater noster._

--Sobre mi palabra, podría decir el _Pater_, y el _Ave María_ y el

_Credo in Deum patrem omnipotentem_, sin que parase más atención en mí

que una gallina en una iglesia.

--Júrame por el vientre de tu madre, repitió el arcediano con

violencia, que no has tocado á esa criatura ni con la punta de los

dedos.

--Lo juraría también por la cabeza de mi padre, pues las dos cosas

tienen más de una relación entre sí. Pero, mi reverendo señor,

permitidme á mi vez una pregunta.

--Hablad, señor.

--¿Qué os importa todo ello?

El pálido rostro del arcediano se puso rojo como las mejillas de una

joven. Quedóse un momento sin responder, después con un embarazo

visible:

--Escuchad, maestre Pedro Gringorio. Todavía no estáis condenado, que

yo sepa. Me intereso por vos, y os quiero bien. Sabed, pues, que el

menor contacto con esa gitana os haría vasallo de Satanás. No ignoráis

que siempre es el cuerpo el que pierde al alma. ¡Desdichado de vos si

os acercaseis á esa mujer! He aquí cuanto tengo que deciros.

--Ya lo he intentado una vez, dijo Gringorio rascándose la oreja; era

el primer día: pero me quemé.

--¿Habéis tenido semejante desvergüenza, maestre Pedro?, y oscurecióse

la frente del clérigo.

--Otra vez, prosiguió el poeta sonriéndose, me puse á mirar antes de

acostarme por el agujero de la cerradura, y vi sin disputa la mujer más

preciosa en camisa que jamás ha hecho chillar las correas de una cama

bajo de su pie desnudo.

--¡Vete al infierno!, gritó el clérigo con una mirada terrible; y

empujando por los hombros á Gringorio maravillado, se entró á largos

pasos bajo las más sombrías bóvedas de la catedral.

III

Las campanas

Después de la mañana de la picota, los vecinos de Nuestra Señora

habían creído observar que el ardor repicador de Cuasimodo se había

resfriado mucho, antes todo era repiques por cualquier cosa, largas

alboradas que duraban desde Prima á Completas, vuelos de campana para

una misa mayor, ricos diapasones corridos sobre las campanillas para un

casamiento ó un bautismo, y que se mezclaban en el aire como un bordado

de toda clase de sonidos deliciosos. La anciana iglesia, toda vibrante

y sonora, estaba en un perpetuo gozo de campanas. Sentíase sin cesar

en ella la presencia de un espíritu de ruido y de capricho que cantaba

por todas aquellas bocas de metal. Ahora este espíritu parecía haber

desaparecido; la catedral parecía amarrida y guardar voluntariamente

el silencio; las fiestas y los entierros tenían su simple campaneo,

seco y desnudo, lo que exigía el ritual, nada más; del doble ruido

que hace una iglesia, el órgano adentro y la campana por fuera, no

quedaba más que el órgano. Hubiérase dicho que ya no había músico en

los campanarios. Cuasimodo, sin embargo, permanecía siempre en ellos;

¿pues qué le había, pasado? ¿Era que la vergüenza y la desesperación de

la picota duraban todavía en el fondo de su corazón, que los azotes del

atormentador se repercutían, sin fin en su alma, y que la tristeza de

un tratamiento semejante lo había apagado todo en él, hasta su pasión

por las campanas? ¿ó bien era que María tenía una rival en el corazón

del campanero de Nuestra Señora, y la campana mayor y sus catorce

hermanas estaban olvidadas por otra cosa más amable y más hermosa que

ellas?

Sucedió que en el año de gracia de 1482, la Anunciación cayó en martes,

25 de marzo. El día era tan puro y tan ligero, que Cuasimodo sintió

renacer en sí algún amor á sus campanas. Subió, pues, á la torre

setentrional, mientras que abajo el pertiguero abría de par en par las

puertas de la iglesia, las cuales entonces eran unos enormes tableros

de madera gruesa cubierta de cuero, orlados de clavos de hierro y

puestos en un marco de esculturas «muy artificialmente elaboradas».

Llegado al alto casco del campanario, Cuasimodo consideró algún

tiempo con un triste movimiento de cabeza las seis campanillas, como

si gimiera porque alguna cosa extraña se hubiese interpuesto en su

corazón entre ellas y él. Mas cuando las hubo comenzado á voltear;

cuando sintió aquel racimo de campanas removerse bajo su mano; cuando

vió, pues no la oía, la octava palpitante ascender y descender sobre

aquella escala sonora como un ave que salta de rama en rama; cuando el

diablo Música, aquel demonio que sacude un manojo de gorjeos, trinados

y arpegios, se hubo apoderado del pobre sordo, entonces volvió á ser

dichoso, lo olvidó todo, y su corazón dilatado hizo regocijarse su

semblante.

Iba y venía, palmoteaba, corría de una cuerda á otra, animaba los

seis cantores con la voz y el gesto, como un director de orquesta que

espolea á virtuosos inteligentes.

--Ve, decía, ve, Gabriela, esparce todo tu ruido en la plaza, hoy

es fiesta.--Thibauld, fuera pereza, tú te duermes; ve, ve pues; ¿es

que te has enmohecido, haragán?--¡Bien! ¡aprisa! ¡aprisa! que no

se vea el badajo. Déjalos á todos sordos como yo.--¡Ve Thibauld,

bravo!--¡Guillermo! ¡Guillermo!, tú eres el más grande, y Pasquier

el más pequeño, y va mejor Pasquier. Apostemos á que los que oyen,

le oyen más que á ti. ¡Bien! ¡bien! ¡mi Gabriela!, ¡fuerte!, ¡más

fuerte!--¡Eh! ¿y qué hacéis ahí en lo alto vosotras dos, Gorriones?,

yo no os veo hacer el menor ruido.--¿Qué picos de cobre son ésos que

parecen bostezar cuando es menester cantar?--¡Hola!, á trabajar:

es la Anunciación; hace un sol hermoso; es preciso un hermoso

repique.--¡Pobre Guillermo! ¿ya estás todo desalentado, gordo de mi

alma?

Hallábase completamente afanado por estimular sus seis campanas que

todas saltaban á porfía, y sacudían sus grupas lucientes como un

ruidoso tiro de mulas españolas aguijoneadas acá y acullá por los

apostrofes del zagal.

De repente, al dejar caer una mirada por entre las anchas aberturas

de las pizarras que cubren hasta cierta altura la pared perpendicular

del campanario, vió en la plaza una moza extrañamente ataviada, que se

detenía, que extendía en el suelo un tapiz en que una cabrita venía á

ponerse; y un grupo de espectadores que se agolpaba alrededor. Esta

vista cambió de repente el curso de sus ideas, y heló su entusiasmo

musical como una bocanada de viento hiela una gota de resina. Quedóse

parado, volvió la espalda al repique, y se agachó detrás del tejadillo

de pizarra, clavando en la bailadora aquella mirada pensativa, tierna

y dulce, que ya una vez había asombrado al arcediano. Entretanto, las

campanas olvidadas se callaron de repente todas á la vez, con gran

sentimiento de los aficionados al campaneo, los cuales escuchaban

honradamente el repique desde el puente del cambio, y que se fueron

atónitos como un perro á quien se ha enseñado un hueso y á quien se da

una piedra.

IV

A'NAΓKH

Aconteció que una hermosa mañana de este mismo mes de marzo, creo

que era el sábado 29, día de San Eustaquio, nuestro joven amigo el

estudiante Juan Frollo del Molino, advirtió que los calzones que

contenían su bolsa, no producían ningún sonido metálico.--¡Pobre

bolsa!, dijo sacándola, ¡qué! ¡ni aún el más pequeño parisis! ¡Cuán

cruelmente te han despanzurrado los dados, las azumbres de cerveza y

Venus! ¡qué vacía, arrugada y floja estás! ¡Te pareces á la garganta

de una furia! Yo os pregunto, señor, D. Cicerón y D. Séneca, cuyos

arrugados ejemplares veo esparcidos por el suelo, ¿de qué me sirve

saber, mejor que el director del cuño ó que un judío del Puente de

los Cambiadores, que un escudo de oro de corona vale treinta y cinco

_unzains_ de veinticinco sueldos ocho dineros parisis cada uno; y que

un escudo de media luna vale treinta y seis _unzains_ de á veintiséis

sueldos y seis dineros torneses, si no tengo un miserable liar negro

para apostarle á los dos seises? ¡Oh! ¡cónsul Cicerón! ¡no es esta una

calamidad de la que se escapa con circunloquios, con _que madmodum_, y

con _verum enim vero_!

Vistióse tristemente. Una idea se le había ocurrido atándose los

botines, más la repelió al principio; sin embargo volvió ella, y púsose

el chaleco al revés, señal evidente de una violenta lucha interior. En

fin, tiró con aspereza su gorro por tierra, y exclamó: ¡Tanto peor!

suceda lo que quiera. ¡Voy á casa de mi hermano! atraparé un sermón,

pero también atraparé un escudo.

Entonces se puso precipitadamente su casaca, recogió su gorro y salió

como un desesperado.

Bajó por la calle del Arpa hacia la ciudad. Al pasar por delante de la

calle de la Corneta, el olor de los asadores, que volteaban en ella

sin cesar, vino á halagar su máquina olfatoria, y echó una mirada de

amor á la pastelería ciclópea que arrancó un día al fraile franciscano

Calatagirone esta patética exclamación: _¡Veramente, queste rosticcerie

sono cosa stupenda!_ Pero Juan no tenía de qué almorzar, y se entró

dando un profundo suspiro por la puerta del Pequeño Châtelet, aquel

enorme trébol doble de torres macizas que guardaban la entrada de la

ciudad.

No tuvo tiempo ni aun para tirar una piedra al pasar, como era de

costumbre, á la miserable estatua de aquel Perinet Leclerc que había

entregado el París de Carlos VI á los ingleses, crimen que su efigie,

aplastada la cara á pedradas y cubierta de lodo, ha expiado durante

tres siglos, en la esquina de las calles del Arpa y de Bussy, como en

una picota eterna.

Atravesado el Pequeño Puente, y pasada la calle nueva de Santa

Genoveva, Juan de Molendino se halló delante de Nuestra Señora.

Entonces su indecisión volvió á apoderarse de él, y comenzó á pasearse

alrededor de la estatua del Sr. Legris, repitiéndose con angustia: ¡el

sermón es seguro, el escudo es dudoso!

Detuvo á un pertiguero que salía del patio.

--¿Dónde está el señor arcediano de Josas?

--Creo que está en su escondite de la torre, dijo el pertiguero; y no

os aconsejo que vayáis á buscarle allá, á menos que vengáis de parte de

algún sujeto, así como el papa ó el señor rey.

Juan comenzó á palmotear.--¡Diablo! ¡he aquí una magnífica ocasión para

ver el famoso aposento de las hechicerías!

Determinado por esta reflexión, entró resueltamente por la puertecilla

negra, y se puso á subir el caracol de San Gil, que conduce á los

pisos altos de la torre.--¡Voy á ver!, decía entre sí por el camino.

¡Por los rizos de la virgen santa! ¡debe ser cosa curiosa esa celda

que mi hermano oculta tanto como sus pudendas! Dicen que enciende en

ella hornillas de infierno, y que en las mismas cuece con un gran

fuego la piedra filosofal. ¡Vive Dios, que tanto caso hago yo de la

piedra filosofal como de un guijarro, y que mejor querría hallar sobre

su hornilla una tortilla de huevos de Pascua con jamón, que la piedra

filosofal más gruesa del mundo!

Llegado á la galería de las columnitas, respiró un instante y juró

contra la interminable escalera por no sé cuántos millones de

carretadas de diablos; después volvió á seguir su ascensión por la

estrecha puerta de la torre setentrional, interdicha hoy al público.

Algunos momentos después de haber pasado el cuarto de las campanas,

halló una pequeña meseta abierta en un rincón lateral, y bajo la bóveda

una puerta baja en arco diagonal, cuya enorme cerradura y poderoso

armazón de hierro le permitió observar un respiradero abierto en frente

en la pared circular de la escalera.

--¡Ay!, dijo el estudiante; aquí es sin duda. La llave estaba en la

cerradura. La puerta se hallaba entornada: empujóla con tiento y alargó

la cabeza por la abertura.

No habrá el lector dejado de ojear la obra admirable de Rembrandt, este

Shakespeare de la pintura. Entre tantos maravillosos grabados, hay

especialmente uno al aguafuerte que representa, á lo que suponen, al

doctor Faust, y que es imposible contemplar sin deslumbrarse. En una

celda sombría, en medio hay una mesa cargada de objetos horrorosos,

cabezas de muertos, esferas, alambiques, compases, pergaminos,

jeroglíficos. Delante de esta mesa está el doctor, vestido con su

gruesa hopalanda y cubierto hasta las cejas con su gorro aforrado.

Sólo se le ve de medio cuerpo. Está medio levantado de su inmenso

sillón; sus puños encogidos se apoyan sobre la mesa, y considera con

curiosidad y terror un círculo luminoso, formado con letras mágicas,

que brilla sobre la pared del fondo como el espectro solar en la cámara

oscura. Este sol cabalístico parece temblar á la vista y llena la

celda descolorida de su misterioso resplandor. El cuadro es horrible y

hermoso.

Una cosa bastante parecida á la celda de Faust se ofreció á la vista

de Juan, cuando hubo arriesgado su cabeza por la puerta entreabierta.

Era igualmente un retrete sombrío y alumbrado apenas. Había también en

él un gran sillón, y una mesa grande, compases, alambiques, esqueletos

de animales colgados del techo, una esfera rodando por el suelo,

hipocéfalos confundidos con botes en que temblaban panes de oro,

cabezas de muertos, puestas sobre vitelas, abigarradas de figuras y

caracteres, abultados manuscritos amontonados y completamente abiertos,

sin piedad para con los ángulos frágiles del pergamino: en fin, todas

las porquerías de la ciencia, y por todas partes sobre este montón

polvo y telarañas; mas no había círculos de letras luminosas, ni doctor

en éxtasis, contemplando la visión centelleante como el águila mira su

sol.

Sin embargo, la celda no estaba desierta. Un hombre se hallaba sentado

en el sillón, y encorvado sobre la mesa. Juan, á quien volvía la

espalda, no podía verle más que ésta y la parte posterior del cráneo;

mas no le costó trabajo reconocer aquella cabeza calva, á la cual la

naturaleza había hecho una tonsura eterna, como si hubiese querido

señalar con este símbolo exterior la irresistible vocación clerical del

arcediano.

Juan, pues, conoció á su hermano; pero se había abierto la puerta

con tanto silencio, que D. Claudio no había advertido su llegada.

El curioso estudiante se aprovechó de la distracción para examinar

cómodamente la celda por algunos instantes. Vió una ancha hornilla, que

al principio no había advertido, á la izquierda del sillón, debajo de

la buharda. El rayo de luz que penetraba por esta abertura atravesaba

una telaraña redonda, que inscribía con arte su rosetón delicado en

el arco diagonal de la buharda, y en el centro de la cual el insecto

arquitecto permanecía inmóvil como el cubo de aquella rueda de encaje.

Sobre la hornilla estaban amontonados desordenadamente toda suerte de

vasos, tarros de asperón, retortas de vidrio, y matraces de carbón.

Juan reparó suspirando, que no había un sólo cazo.

--Está fresco el ajuar de cocina, dijo entre sí.

Por lo demás, en la hornilla no había fuego, y aún parecía que no le

habían encendido desde largo tiempo. Hallábase en un rincón, cubierta

de polvo y como olvidada, una máscara de vidrio, que Juan reparó entre

los utensilios de alquimia, y que servía sin duda para preservar la

cara del arcediano cuando elaboraba alguna sustancia formidable. Á su

lado yacía un fuelle no menos lleno de polvo, y en cuya hoja superior

se veía esta leyenda, incrustada con letras de cobre: SPIRA SPERA.

Nuestra Señora de París - Tomo 1 (de 2) · 第 17 / 20 段