hoy puerta de Infierno.
La señorita de Gondelaurier sabía hasta qué punto incomodaban al
capitán los modos anticuados de hablar de su madre. En efecto, ya
empezaba aquél á fisgar diciendo entre dientes: ¡Puerta Gibard! Puerta
Gibard! ¡Esto es para hacer pasar al rey Carlos VI!
--Madrina, exclamó Berangera, cuyos ojos en continuo movimiento se
habían levantado de repente hacia lo alto de las torres de Nuestra
Señora. ¿Quién es aquel hombre negro que está allá arriba?
Todas las jóvenes alzaron los ojos. Había en efecto un hombre puesto de
codos sobre la balustrada culminante de la torre septentrional que da á
la Greva. Era un clérigo. Se distinguían claramente su traje y su cara
apoyada en las dos manos. Por lo demás estaba inmóvil como una estatua.
Sus ojos estaban fijos en la plaza. Veíase en él algo de la inmovilidad
de un milano que acaba de destruir un nido de gorriones y que le mira.
--Es el señor arcediano de Josas, dijo Flor de Lis.
--¡Buenos ojos tenéis si le conocéis desde aquí!, observó la
Gaillefontaine.
--¡Cómo mira á la bailadorcilla!, prosiguió Diana de Cristeuil.
--Que se guarde la gitana, dijo Flor de Lis, porque él no quiere al
Egipto.
--Qué lástima que ese hombre la mire así, añadió Amelota de Montmichel;
porque baila que es un encanto.
--Hermoso primo Febo, dijo de repente Flor de Lis, supuesto que
conocéis á esa gitanilla, hacedle seña para que suba: eso nos divertirá.
--¡Oh sí!, exclamaron todas las jóvenes dando palmadas.
--Pero es una locura, respondió Febo. Ella sin duda se habrá ya
olvidado de mí, y no sé su nombre; sin embargo, si lo deseáis,
señoritas, voy á probar. É inclinándose sobre la balustrada del balcón,
se puso á gritar: ¡Muchacha!
La bailadora no tocaba en este momento su tamboril. Volvió la cabeza
hacia el punto de donde la llamaban, su mirada brillante se fijó en
Febo, y quedóse parada.
--¡Muchacha!, volvió á decir el capitán, y le hizo seña con el dedo
para que subiese.
La gitana le siguió mirando aún, púsose después encarnada como si una
llama le hubiese subido á las mejillas, y cogiendo su tamboril debajo
del brazo, se dirigió por en medio de los espectadores sorprendidos
hacia la puerta de la casa, á donde Febo la llamaba, á paso lento,
vacilante, y con la vista turbada de un pájaro que cede á la
fascinación de una serpiente.
Un instante después, la mampara de tapiz se levantó, y la gitana
apareció en el umbral de la habitación, roja, sobrecogida, desalentada,
sus grandes ojos bajos, y no osando dar un paso adelante.
Berangera hizo palmas.
Entretanto permanecía inmóvil la bailadora en el umbral de la puerta.
Su aparición había producido en aquel grupo de jóvenes un efecto
singular. Es cierto que animaba á todas á la vez un vago y confuso
deseo de agradar al hermoso oficial; que el espléndido uniforme era el
blanco de todas sus coqueterías; y que, desde su llegada, había entre
ellas cierta rivalidad secreta, sorda, que se confesaban apenas á sí
mismas, pero que no por eso se manifestaba menos á cada momento en sus
ademanes y en sus palabras. Sin embargo, como todas eran poco más ó
menos de la misma hermosura, luchaban con armas iguales, y cada una
podía esperar la victoria. La entrada de la gitana destruyó de un golpe
este equilibrio. Era de una hermosura tan rara, que al presentarse en
la puerta del aposento, pareció que esparcía en él una especie de luz
que le era peculiar. En aquel cuarto estrecho, bajo el sombrío marco
de tapicerías y maderas, estaba sin comparación más hermosa y más
radiante que en la plaza pública. Era como una antorcha que acababan de
trasladar de en medio de una gran luz á la sombra. Las nobles señoritas
se vieron á su pesar deslumbradas con ella. Cada una se sintió en
cierto modo lastimada en su hermosura. Así es que cambiaron de repente
(disimúlesenos la expresión) su frente de batalla sin decirse una
palabra. Los instintos de las mujeres se comprenden y se responden más
pronto que las inteligencias de los hombres. Acababa de llegarles una
enemiga: todas lo conocían, todas se coligaban. Basta una gota de vino
para enrojecer todo un vaso de agua; para teñir de un cierto humor
toda una junta de lindas mujeres, basta la llegada de otra mujer más
linda--sobre todo cuando entre ellas no hay más que un hombre.
El recibimiento, pues, hecho á la gitana fué maravillosamente glacial.
Contempláronla de arriba abajo, después se miraron entre sí y no
fué menester más: se habían ya comprendido. Entretanto la muchacha
aguardaba que se le hablase, de tal suerte conmovida que no osaba
levantar los párpados.
El capitán rompió el silencio el primero.
--Sobre mi palabra, dijo, con su tono de fatuidad intrépida, ¡ved aquí
una criatura encantadora! ¿Qué os parece, hermosa prima?
Esta observación, que un admirador más delicado hubiese hecho por
lo menos en voz baja, no era muy á propósito para disipar los celos
femeninos que estaban en observación delante de la gitana.
Flor de Lis respondió al capitán con una almibarada afectación de
desdén: No está mal.
Las otras cuchicheaban.
En fin, la señora Aloisa, que no estaba menos celosa que las
demás, porque lo estaba con su hija, dirigió la palabra á la
bailadora:--Acercaos, muchacha.
--¡Acercaos, muchacha!, repitió con una dignidad cómica Berangera, que
llegaría á la gitana á la cadera.
La gitana se adelantó hacia la noble señora.
--Hermosa niña, dijo Febo con énfasis dando algunos pasos hacia ella,
no sé si tengo la suprema dicha de que os acordéis de mí...
Ella le interrumpió dirigiéndole una sonrisa y una mirada llenas de una
suavidad infinita:--¡Oh! sí, dijo.
--Buena memoria tiene, observó Flor de Lis.
--Pues, amiga, continuó Febo, bien presto os escapasteis la otra noche.
¿Os da miedo de mí?
--¡Oh! no, dijo la gitana.
Había en el acento con que aquel _¡oh!_ _no_ fué pronunciado enseguida
de aquel _¡oh!_ sí, una cosa inefable, que lastimó á Flor de Lis.
--Me dejasteis en lugar vuestro, querida mía, prosiguió el capitán cuya
lengua se desataba cuando hablaba con una moza de la calle, un tuno
bastante endemoniado, tuerto y jorobado, el campanero del obispo, á lo
que creo.
Me han dicho que era bastardo de un arcediano y diablo de nacimiento.
Tiene un chistoso nombre: se llama Cuatro Témporas, Pascua Florida,
Martes de Carnestolendas, ¡no me acuerdo! ¡Un nombre de fiesta repicada
en fin! ¡Y se había atrevido á robaros, como si estuvieseis hecha
para pertigueros! ¡Eso es fuerte! ¿Qué diablos os quería, pues, aquel
mochuelo? ¡eh, decid!
--No sé, respondió ella.
--¡Habráse visto igual insolencia! ¡un campanero robar una joven como
si fuera un vizconde! ¡un villano correr la caza de los hidalgos! es
raro. Por lo demás, caro le ha costado. El maestre Pierrad Calletuerta
es el palafrenero más duro que costillas haya sacudido á un pillo; y
sabed, si esto puede agradaros, que el cuero de vuestro campanero le ha
pasado garbosamente por las manos.
--¡Pobre hombre!, dijo la gitana á quien estas palabras recordaban la
escena de la picota.
El capitán dió una carcajada.--¡Cuerno de buey, ved ahí una compasión
tan bien colocada como una pluma en el culo de un puerco! Barrigudo me
veo yo como un papa, si...
Detúvose de repente.--¡Perdón señoras!, creo que iba á decir alguna
tontada.
--¡Vaya señor!, dijo la Gaillefontaine.
--¡Él habla en su lenguaje á esa criatura!, añadió á media voz Flor
de Lis, cuyo enfado crecía por momentos. Este enfado no se disminuyó
cuando vió al capitán que, encantado de la gitana, y sobre todo de
sí mismo, se puso á hacer piruetas sobre el talón repitiendo con una
descomunal galantería ingenua y soldadesca:--¡Una linda moza, sobre mi
alma!
--Bastante salvaje vestida, Dijo Diana de Cristeuil con su sonrisa de
hermosos dientes.
Esta reflexión fué un rayo de luz para las demás. Les hizo ver el lado
por donde podían acometer á la gitana; no pudiendo dar una dentellada
en su hermosura, se echaron sobre su traje.
--Y es verdad, muchacha, dijo la Montmichel; ¿dónde has visto correr
así por las calles sin griñón ni gorguera?
--Mirad una saya tan corta que da miedo, añadió la Gaillefontaine.
--Querida, prosiguió con bastante aspereza Flor de Lis, con vuestro
cinturón dorado, lograréis que os recojan los sargentos de la docena.
--Niña, niña, continuó la Cristeuil con una sonrisa implacable, si te
pusieras honestamente una manga en el brazo, estaría menos quemado por
el sol.
Era verdaderamente un espectáculo digno de un espectador más
inteligente que Febo, el ver cómo aquellas jóvenes, con sus lenguas
envenenadas é irritadas, serpenteaban, se insinuaban y se revolvían
alrededor de la bailadora pública: eran crueles y graciosas;
escudriñaban, huroneaban malignamente en su pobre y loca compostura
de lentejuelas y oropeles. Todo era risas, ironías, humillaciones sin
fin. Llovían sobre la gitana los sarcasmos y la benevolencia altiva y
las miradas perversas. Cualquiera hubiese creído ver á aquellas señoras
romanas jóvenes que se divertían en clavar alfileres de oro en el
seno de una hermosa esclava. Parecían elegantes galgas volviendo con
las narices abiertas sus ardientes ojos en torno de una pobre cierva
salvaje, que la vista del dueño les impide devorar.
¿Qué era, en resumidas cuentas, ante aquellas jóvenes de noble
alcurnia, una miserable bailadora de plaza pública? No parecían tener
cuenta con su presencia; y hablaban de ella en su presencia, á ella
misma, en voz alta como de una cosa bastante desaseada, bastante
abyecta, bastante linda.
La gitana no era insensible á estas picaduras de alfiler. De vez en
cuando una púrpura de vergüenza, un relámpago de cólera inflamaban sus
ojos ó sus mejillas; una palabra desdeñosa parecía vacilar sobre sus
labios; hacía con menosprecio aquella muequecita que el lector sabe
ya, pero permanecía inmóvil, fijando sobre Febo una mirada resignada,
triste y dulce. Había también en esta mirada gozo y ternura. Hubiérase
dicho que la pobre se contenía, de miedo que la echasen fuera de allí.
Febo se reía, y tomaba el partido de la gitana con una mezcla de
impertinencia y de compasión.
--¡Dejadlas decir, niña!, repetía haciendo sonar sus espuelas de oro,
vuestro traje es sin duda algo extravagante é inculto; pero siendo tan
linda como sois, ¿qué importa eso?
--¡Ay! ¡Dios mío!, exclamó la rubia Gaillefontaine, enderezando
su cuello de cisne con una sonrisa amarga, ya veo que los señores
alguaciles de la ordenanza del rey, se inflaman fácilmente con los
hermosos ojos gitanos.
--¿Por qué no?, dijo Febo.
Á esta respuesta lanzada descuidadamente por el capitán como una piedra
perdida que ni aun se mira caer, empezó á reir Columba, y Diana, y
Amelota, y Flor de Lis, á quién vino al mismo tiempo una lágrima á los
ojos.
La gitana, que había bajado los suyos al suelo á las palabras de
Columba de Gaillefontaine, los levantó llenos de gozo y de orgullo, y
los fijó de nuevo sobre Febo. En aquel momento estaba muy hermosa.
La anciana señora, que observaba esta escena, se sentía ofendida, y no
comprendía.
--¡Virgen santísima, exclamó de repente; ¿qué tengo yo aquí que me
bulle entre las piernas? ¡Ay! ¡la ruin bestia!
Era la cabra que acababa de llegar en busca de su dueña, y que
precipitándose hacia ella, había empezado por enredar sus cuernos en el
montón de tela que el vestido de la noble señora formaba sobre sus pies
cuando estaba sentada.
Fué una diversión. La gitana, sin decir una palabra, desenredó al
animal.
--¡Oh! mirad la cabrita que tiene patas de oro, exclamó Berangera,
saltando de gozo.
La gitana se agachó de rodillas, y apoyó junto á su mejilla la cabeza
cariñosa de la cabra. Parecía que le pedía perdón por haberla dejado
sola.
Entretanto Diana se había llegado al oído de Columba.
--¡Ay! ¡Dios mío! ¿Cómo no he dado antes en ello? Es la gitana de la
cabra. La dicen bruja, y que la cabra hace momerías muy maravillosas.
--¡Pues bien!, dijo Columba, es menester que la cabra nos divierta á su
vez y nos haga un milagro.
Diana y Columba se dirigieron vivamente á la gitana.
--Niña, manda hacer un milagro á tu cabra.
--No sé lo que queréis decir, respondió la bailadora.
--Un milagro, un encanto, una brujería en fin.
--No sé. Y se puso á acariciar de nuevo á su lindo animalito
repitiendo: ¡Djali! ¡Djali!
En este momento Flor de Lis advirtió un saquito de cuero bordado,
colgado al cuello de la cabra.-- ¿Qué es eso?, preguntó á la gitana.
La gitana levantó sus grandes ojos hacia ella, y le respondió con
gravedad:--Es mi secreto.
--De buena gana querría saber qué secreto es el tuyo, dijo entre sí
Flor de Lis.
Mientras tanto la buena señora se había levantado con enfado.--Hola,
gitana, si tú ni tu cabra no tenéis nada que bailarnos, ¿qué haces aquí?
La gitana, sin responder, se dirigió lentamente hacia la puerta.
Pero cuanto más se acercaba á ella su paso se retardaba más. Un imán
invencible parecía detenerla. De repente volvió sus ojos cubiertos de
lágrimas hacia Febo, y se detuvo.
--¡Dios verdadero!, exclamó el capitán, la gente no se va así. Volved,
y bailad algo: Á propósito, hermosa hechicera, ¿cómo os llamáis?
--La Esmeralda, dijo la bailadora sin apartar la vista de él.
Á este nombre tan extraño, las jóvenes se echaron á reir de una manera
loca.
--He ahí, dijo Diana, un terrible nombre para una señorita.
--Ya veis, prosiguió Amelota, que es una hechicera.
--Querida, exclamó solemnemente la señora Aloisa, vuestros padres no os
han pescado ese nombre en la pila del bautismo.
Entretanto, ya hacía algunos minutos que Berangera, sin que nadie
parase en ello la atención, había atraído la cabra á un rincón del
cuarto con un mazapán. En un instante se habían hecho ambas amigas. La
curiosa niña había desatado la bolsita colgada al cuello de la cabra la
había abierto, y había vaciado en la estera lo que contenía, que era un
alfabeto cuyas letras estaban escritas separadamente cada una en una
tablilla de boj. Apenas se cayeron estos juguetes sobre la estera que
la niña vió con sorpresa á la cabra, de cuyos _milagros_ sin duda era
éste uno, entresacar con su pata de oro ciertas letras y disponerlas,
empujándolas poco á poco, en un orden particular. Al cabo de un momento
se halló formada una voz que la cabra parecía ejercitada en escribir,
según lo poco que titubeó para formarla; y Berangera exclamó de repente
juntando las manos con admiración:
--¡Madrina Flor de Lis, mirad lo que acaba de hacer la cabra!
Acudió Flor de Lis, y se estremeció. Las letras ordenadas sobre el
suelo formaban esta voz:
FEBO.
--¿Es la cabra la que ha escrito eso?, preguntó con voz alterada.
--Sí, madrina, respondió Berangera. Era imposible dudarlo; la niña no
sabía escribir.
--¡He aquí el secreto!, dijo para sí Flor de Lis.
Al mismo tiempo, á los gritos de la niña, todos habían acudido, la
madre y las jóvenes y la gitana y el oficial.
La gitana vió la tontería que acababa de hacer la cabra. Púsose
encendida, en seguida pálida, y empezó á temblar como un reo delante
del capitán que la miraba con sonrisa de satisfacción y de asombro.
--_¡Febo!_, cuchicheaban las doncellas atónitas; ¡el nombre del capitán!
--¡Tenéis una maravillosa memoria!, dijo Flor de Lis á la gitana
petrificada. Después prorumpiendo en sollozos ¡oh! tartamudeó
dolorosamente, ocultándose la cara con sus dos bellas manos, ¡es una
bruja?! y al mismo tiempo oía una voz más amarga aún decirle en lo
íntimo del corazón: ¡es una rival!
Y cayó desvanecida al suelo.
--¡Hija mía! ¡hija mía!, gritó la madre despavorida. ¡Sal de aquí
gitana del infierno!
La Esmeralda juntó en un momento las funestas letras, hizo seña á
Djali, y salió por una puerta, mientras que se llevaban á Flor de Lis
por la otra.
El capitán Febo, habiéndose quedado solo, titubeó un instante entre las
dos puertas; después siguió á la gitana.
NOTAS:
[10] El apellido _Gondelourier_ está formado de _gond_ (gozne) y
_laurier_ (laurel) de donde proviene el juego de palabras del autor.
II
Que un clérigo y un filósofo son dos
El clérigo que las jóvenes habían reparado en lo alto de la torre
setentrional, inclinado hacia la plaza y tan atento al baile de la
gitana, era en efecto el arcediano Claudio Frollo.
Nuestros lectores no han olvidado la celda misteriosa que el arcediano
se había reservado en aquella torre. (No sé, lo diré de paso, si no
es la misma de la cual se puede ver hoy hasta lo interior por una
boardilla cuadrada, abierta al oriente á la altura regular de un
hombre, sobre la plataforma donde se elevan las torres: un chiribitil
desnudo hoy, vacío y destrozado, cuyas paredes mal enyesadas están
adornadas acá y acullá, á estas horas, con unos malos grabados
amarillos que representan fachadas de catedrales. Presumo que este
agujero está habitado juntamente por los murciélagos y las arañas, y
que por consiguiente se hace en él una doble guerra de exterminio á las
moscas).
Todos los días, una hora antes de ponerse el sol, el arcediano subía la
escalera de la torre, y se encerraba en su celda, donde algunas veces
pasaba las noches enteras. Aquel día, en el momento en que, llegado
delante de la puerta baja del escondite, entraba en la cerradura la
complicada llavecita que llevaba siempre consigo en la escarcela
colgada de la cintura, había llegado á sus oídos un ruido de tamboril
y castañetas. Este ruido venía de la plaza de la Lonja. La celda, ya
lo hemos dicho, sólo tenía una boardilla que daba sobre la cumbre de
la iglesia. Claudio Frollo había vuelto á tirar precipitadamente de la
llave, y un instante después se hallaba en lo alto de la torre, en la
postura sombría y recogida en que las señoritas le habían distinguido.
Veíasele allí, grave, inmóvil, absorto en una mirada y en un
pensamiento. Todo París estaba á sus pies, con las mil agujas de sus
edificios y su circular horizonte de suaves colinas, con el río que
serpentea debajo de sus puentes y el pueblo que ondea en sus calles,
con la nube de sus chimeneas, y la cordillera de sus tejados que rodea
á Nuestra Señora con sus mallas redobladas; pero de toda la ciudad el
arcediano no miraba más que un punto: la plaza de la Lonja; de toda la
muchedumbre, una sola figura: la gitana.
Difícil hubiera sido decir de qué naturaleza era aquella mirada, y
dónde nacía la llama que salía de ella. Era una mirada fija y sin
embargo llena de turbación y de tumulto. Y al ver la inmovilidad
profunda de todo su cuerpo, agitado apenas por intervalos con un
temblor maquinal, como un árbol al viento; al ver el envaramiento de
sus codos de mármol, más aún que el tramo donde se apoyaba, al ver la
sonrisa petrificada que contraía su rostro, hubiérase dicho que no
había vivo en Claudio Frollo más que los ojos.
Bailaba la gitana; hacía dar vueltas á su tamboril en la punta del
dedo, y le tiraba en alto bailando sarabandas provenzales; ágil,
ligera, gozosa, y no sintiendo el peso de la mirada formidable que caía
á plomo sobre su cabeza.
Hormigueaba la muchedumbre en torno de ella; de tiempo en tiempo,
un hombre ataviado de una casaca amarilla y roja hacía formar el
círculo, después volvía á sentarse sobre una silla á algunos pasos de
la bailadora, y tomaba la cabeza de la cabra sobre sus rodillas. Este
hombre parecía ser el compañero de la gitana. Claudio Frollo, desde el
punto elevado donde estaba, no podía distinguir sus facciones.
Desde el momento en que el arcediano hubo descubierto á este
desconocido, pareció dividirse su atención entre la bailadora y él, y
su semblante se puso cada vez más sombrío: de repente se enderezó, y un
temblor recorrió todo su cuerpo:--¿Quién es este hombre?, dijo entre
dientes; ¡siempre la había yo visto sola!
Entonces entró de nuevo bajo la bóveda tortuosa de la escalera espiral,
y volvió á bajar. Al pasar delante de la puerta del campanero, que
estaba entreabierta, vió una cosa que le extrañó: vió á Cuasimodo
que, asomado á una abertura de aquellos tejadillos de pizarras que
se parecen á enormes celosías, miraba también á la plaza. Estaba
abandonado á una contemplación tan profunda que no advirtió que pasaba
su padre adoptivo. Su ojo salvaje tenía una expresión singular: era una
mirada encantada y dulce.--¡Extraño es esto!, murmuró Claudio. ¿Es la
gitana á quien está mirando de esa manera?--Prosiguió su camino; y al
cabo de algunos minutos el inquieto arcediano salió á la plaza por la
puerta que está al pie de la torre.
--¿Qué se ha hecho, pues, de la gitana?, dijo mezclándose en el grupo
de los espectadores que el tamboril había juntado.
--No sé, respondió uno de los que estaban más inmediatos, acaba de
desaparecer. Creo que ha ido á bailar algún fandango á la casa de
enfrente, donde la han llamado.
En lugar de la gitana, sobre el mismo tapiz cuyos arabescos
desaparecían un momento antes bajo el diseño caprichoso de su danza, el
arcediano no vió más que al hombre rojo y amarillo, que para ganar á su
vez algunos testones, se paseaba al rededor del círculo, con los codos
en las caderas, la cabeza vuelta al cielo, la cara roja, el cuello
tendido, y una silla entre los dientes. Sobre esta silla había atado un
gato, prestado por una vecina, y que juraba muy despavorido.
--¡María Santísima!, exclamó el arcediano en el momento que el
saltimbanquis, sudando la gota tan gorda, pasó por delante de él con su
pirámide de silla y gato, ¿qué hace aquí el maestre Pedro Gringorio?
La voz severa del arcediano causó al cuitado una conmoción tal que
perdió el equilibrio con todo su edificio, y la silla y el gato cayeron
revueltos sobre la cabeza de los asistentes, en medio de una chifla
inextinguible.
Es probable que el maestre Pedro Gringorio (pues en efecto era él)
hubiera tenido una pesada cuenta que saldar con la vecina del gato, y
todas las caras contusas y arañadas que le rodeaban, si no se hubiese
dado prisa á aprovecharse del tumulto para refugiarse en la iglesia,
donde Claudio Frollo le había hecho seña de seguirle.
La catedral estaba ya oscura y desierta; las naves laterales estaban
llenas de tinieblas, y las lámparas de las capillas empezaban á
brillar, tan negras se hallaban ya las bóvedas. Sólo la gran rosa de
la fachada, cuyos mil colores iluminaba un rayo del sol horizontal,
relucía en la sombra como diamantes, y repercutía al otro extremo de la
nave su relumbrante espectro.
Cuando hubieron dado algunos pasos, D. Claudio se puso de espaldas
junto á un pilar y miró á Gringorio atentamente. Esta mirada no era
la que temía Gringorio, vergonzoso de haber sido sorprendido por
una persona grave y docta en aquel traje de danzante. La ojeada del
clérigo no tenía nada de burlona ni de irónica; era seria, tranquila y
penetrante. El arcediano rompió el silencio.
--Venid acá maestre Pedro. Me vais á explicar muchas cosas. Y
primeramente, ¿de dónde proviene no haberos visto hace cerca de dos
meses, y hallaros hoy en las encrucijadas, bien ataviado ¡por cierto!
mitad de amarillo y mitad rojo, como manzana de Caudebec?
--Señor, dijo lastimosamente Gringorio; en efecto, es un prodigioso
atavío, y me veis por eso más embarazado que un gato cubierto con una
calabaza. Es muy mal hecho, lo conozco, exponer á los señores sargentos
de la ronda á apalear debajo de esta casaca las espaldas de un filósofo
pitagórico. Pero, ¿qué queréis, mi reverendo señor? La culpa es de
mi vieja casaca que me ha abandonado cobardemente á principios del
invierno so pretexto de que se caía á pedazos, y que tenía necesidad
de ir á descansar en la banasta del trapero. ¿Qué he de hacer? La
civilización no ha llegado al extremo de que podamos andar desnudos,
como quería el anciano Diógenes. Añadid que hacía un viento muy frío,
y que no es en el mes de enero en el que se puede probar con buen
resultado á hacer dar este paso más á la humanidad. Se ha presentado
esta casaca, la he cogido, y he dejado mi vieja casaca negra, la cual,
para un hermético como yo, estaba muy poco herméticamente cerrada.
Vedme aquí, pues, en traje de histrión como San Ginés. ¿Qué queréis?
Esto es un eclipse. Apolo guardó también gorrinos en el reino de Admeto.
--¡Ejercéis un brillante oficio!, respondió el arcediano.