para que la justicia fuese ejecutada hasta el fin.
El pueblo, sobre todo el de la Edad Media, es en la sociedad lo que el
niño en la familia. Mientras que permanece en el estado de ignorancia
primitiva, de minoría moral é intelectual, se puede decir de él como
del niño:
Su edad es despiadada.
Ya hemos hecho conocer que Cuasimodo era generalmente aborrecido, y
en verdad que por más de una razón. Apenas había un sólo espectador
en toda la turba que no tuviese ó no creyese tener motivo de queja
contra el perverso jorobado de Nuestra Señora. Universal había sido la
alegría al verle aparecer á la picota; y la dura ejecución que acababa
de sufrir y la lastimosa postura en que le dejaba ésta, lejos de
enternecer, había por el contrario hecho más acerbo el aborrecimiento,
dándole una tinta de buen humor.
Así, satisfecha la _vindicta pública_, como todavía suelen decir
hoy, hablando en jerigonza, los señores garnachas, llegó el turno de
mil venganzas particulares. Aquí, como en la gran sala, vocingleaban
principalmente las mujeres. Todas le guardaban tirria, unas por su
malicia, otras por su fealdad. Estas últimas eran las más furiosas.
--¡Oh máscara de Antecristo!, decía una.
--¡Maldito brujo!, gritaba otra.
--¡Qué linda mueca trágica!, aullaba una tercera; y ¡quién le haría
papa de los locos, si hoy fuese ayer!
--¡Está bien, proseguía una vieja! Ésta es la mueca de la picota;
¿cuándo vendrá la de la horca?
--¿Cuándo te pondrán por solideo tu campana grande á cien pies debajo
de tierra, maldito repicador?
--¡Y, sin embargo, ese diablo es el que toca á oraciones!
--¡Oh sordo! ¡tuerto! ¡jorobado! ¡monstruo!
--¡Cara para hacer abortar á una mujer, mejor que todas las medicinas y
drogas del mundo!
Y los dos estudiantes Juan del Molino y Robín Zampapán, cantaban
desgañitándose el antiguo estribillo popular:
¡Cáñamo en el bigardón,
Y fuego en el mascarón!
Llovían otras mil injurias y también las chiflas, las imprecaciones, la
risa, y las piedras, acá y acullá.
Cuasimodo era sordo, pero veía muy bien, y no estaba la furia pública
menos enérgicamente pintada en las caras que en las palabras. Además
las pedradas explicaban las carcajadas.
Al principio se mantuvo bien. Pero poco á poco aquella paciencia, que
había resistido al azote del atormentador, se rindió y cedió á todas
aquellas picaduras de insectos. El toro de Asturias, que apenas se ha
conmovido con los ataques del picador, se irrita con los perros y las
banderillas.
Paseó primeramente con lentitud una mirada amenazadora sobre la turba.
Pero agarrotado como estaba, su mirada no pudo espantar las moscas
que picaban en su llaga. Entonces se agitó bajo sus ligaduras; y sus
movimientos furiosos hicieron rechinar sobre sus ejes la vieja rueda
del Châtelet. Al ver esto las irrisiones y vayas se aumentaron.
Viendo, pues, el miserable que no podía destrozar su collar de fiera
encadenada, se volvió á quedar tranquilo; solamente por intervalos un
suspiro rabioso inflaba todas las cavidades de su pecho. No había en
su rostro ni vergüenza ni rubor. Hallábase demasiado lejos del estado
social, y demasiado cerca de la naturaleza para conocer lo que es la
vergüenza. Además, en tal extremo de disformidad, ¿es la infamia una
cosa sensible? Pero la cólera, el odio, la desesperación, extendían
lentamente sobre aquella cara horrorosa una nube cada vez más lóbrega y
más cargada de una electricidad que despedía mil relámpagos del ojo del
cíclope.
Sin embargo, aclaróse esta nube un momento al paso de una mula que
atravesaba por medio de la turba y que iba montada por un clérigo.
Desde el instante en que el pobre paciente divisó la mula y el clérigo,
su rostro se serenó. Á la furia que le contraía sucedió una sonrisa
extraña, llena de una dulzura, de una mansedumbre y una ternura
inefables. Á proporción que se acercaba el clérigo, esta sonrisa se
veía más clara, más distinta, más radiante. Esto era como la venida de
un salvador á quien saludaba el desdichado. Sin embargo, al momento en
que la mula llegó bastante cerca de la picota para que su caballero
pudiese conocer al paciente, el clérigo bajó los ojos, retrocedió de
repente, y dió de espuelas, como si tuviese prisa de desembarazarse de
reclamaciones humillantes, y poco cuidado en ser saludado y conocido de
un cuitado en semejante postura.
Este clérigo era el arcediano D. Claudio Frollo.
La nube volvió á cubrir más sombría la frente de Cuasimodo. Mezclóse
á ella aún por algún tiempo la sonrisa, pero amarga, desatentada, y
profundamente triste.
El tiempo pasaba. Hacía ya lo menos hora y media que el pobre
permanecía allí, desgarrado, maltratado, burlado de continuo, y casi
apedreado.
De repente volvió á agitarse bajo sus cadenas con tal acrecentamiento
y desesperación, que hizo temblar todo el tinglado que le sostenía, y
rompiendo el silencio que hasta entonces había guardado obstinadamente,
gritó con voz ronca y furiosa, que se asemejaba más á un ladrido que á
un grito humano, y que cubrió el ruido de las chiflas:--¡De beber!
Esta exclamación de angustia, lejos de mover la turba á compasión,
fué un aumento de entretenimiento para el buen pueblo parisiense que
rodeaba la escala, y que, es menester decirlo, tomado en masa y como
multitud, no era entonces menos cruel ni estaba menos embrutecido que
la horrorosa tribu de los pillos á donde hemos ya conducido al lector,
y que, en una palabra, era la clase más inferior del pueblo. No se alzó
ni una voz cerca del desdichado paciente, sino para hacer burla de su
sed. Es cierto que en aquel momento, con su rostro encendido y comiendo
por él el sudor, con su ojo extraviado, su boca espumosa de cólera y
dolor, y su lengua medio sacada, estaba mucho más grotesco y asqueroso
que lastimoso. Es menester también advertir, que aunque se hubiese
hallado en la turba alguna buena y caritativa alma de vecino ó vecina
que se hubiese visto tentada por llevar á la miserable criatura en pena
un vaso de agua, reinaba respecto de las gradas infames de la picota
una preocupación tal de vergüenza é ignominia, que ella sola habría
bastado para alejar al buen samaritano.
Al cabo de unos minutos paseó Cuasimodo una mirada desesperada por la
turba, y volvió á gritar con una voz que partía el corazón:--¡De beber!
--Bebe esto, gritaba Robín Zampapán, echándole á la cara una esponja
arrastrada en el cieno. ¡Toma, sordo feo! yo soy tu deudor.
Una mujer le tiraba una piedra á la cabeza:--Esto te enseñará á
despertarnos de noche con tu maldito repique.
--Conque, hijo, aullaba un baldado, esforzándose por alcanzarle con su
muleta, ¿todavía nos echarás tus sortilegios desde lo alto de la torre
de Nuestra Señora?
--¡Toma una escudilla para beber!, proseguía un hombre, arrojándole al
pecho un cántaro roto. ¡Tú eres el que con sólo pasar por delante de mi
mujer la has hecho parir un niño con dos cabezas!
--¡Y á mi gata un gatito con seis patas!, graznaba una vieja, tirándole
un tejazo.
--¡De beber!, volvió á gritar por tercera vez Cuasimodo ahogándose.
Á este tiempo vió dividirse el populacho, y en medio de la multitud una
joven extrañamente vestida. Iba seguida de una cabra blanca con los
cuernos dorados, y llevaba en la mano una pandereta.
El ojo de Cuasimodo centelleó. Era la gitana á quien había intentado
robar la noche precedente, fechoría por la que confusamente entreveía
que le castigaban en aquel mismo instante; lo que en realidad estaba
muy lejos de ser así, porque sólo se le castigaba por la desgracia de
ser sordo, y de haber sido sentenciado por un sordo. No dudó pues que
también ella fuese á vengarse, y darle su golpe como los demás.
Vióla en efecto subir rápidamente la escala. Sofocábanle el despecho
y la cólera. Hubiera querido hacer hundirse la picota, y si su ojo
hubiese podido fulminar el rayo, la gitana habría sido hecha polvo
antes de llegar á la plataforma.
Ella, sin decir una palabra, acercóse al paciente que en vano hacía
contorsiones para librarse de ella, y desatando una calabacita de su
cintura, empinóla sobre los labios secos del miserable.
Entonces se vió correr de aquel ojo, hasta allí tan seco y ardiente,
una lágrima que corrió lentamente por aquella cara deforme y contraída
hacía largo tiempo por la desesperación. Quizá era la primera que el
desventurado había vertido en toda su vida.
Mientras, olvidaba de beber. La gitana hizo su momito con impaciencia,
y arrimó sonriéndose la calabaza á la boca dentona de Cuasimodo. Bebió
éste con ansia: su sed era ardiente.
Cuando hubo acabado, el miserable alargó sus negros labios, sin duda
para besar la hermosa mano que acababa de socorrerle. Pero la muchacha,
que quizá no estaba sin recelo, y se acordaba de la tentativa violenta
de la noche, retiró la mano con el ademán despavorido de un niño que
teme ser mordido por un animal.
Entonces, el pobre sordo clavó en ella una mirada llena de reproche y
de una tristeza indecible.
En todas partes hubiera sido un espectáculo patético aquella hermosa
niña, pura, fresca, hechicera, y al mismo tiempo tan débil, corriendo
tan piadosamente al socorro de tanta miseria, disformidad y maldad;
sobre una picota este espectáculo era sublime.
El pueblo mismo se entusiasmó, y se puso á palmotear gritando: ¡Viva!
¡viva!
En aquel momento fué cuando la reclusa distinguió desde la lumbrera
de su nicho á la gitana encima de la picota, y le echó su imprecación
siniestra:--¡Maldita seas, hija de Egipto! ¡maldita! ¡maldita!
V
Fin de la historia de la torta
Púsose pálida la Esmeralda, y bajó de la picota bamboleando. La voz de
la reclusa la persiguió aún diciendo:--¡Baja! ¡baja! ladrona de Egipto,
¡que ya volverás á subir!
--La saquita está con su manía, dijo el pueblo murmurando; y aquí paró
la cosa. Pues era temida aquella clase de mujeres; lo cual las hacía
sagradas. Entonces nadie se indisponía voluntariamente con quien rezaba
día y noche.
Era llegada la hora de llevarse á Cuasimodo. Desatáronle y disipóse la
turba.
Cerca del Puente Grande, Marieta que volvía á casa con sus dos
compañeras, se paró de repente: --¡Á propósito, Eustaquio! ¿qué has
hecho de la torta?
--Madre, dijo el muchacho, mientras que hablabais con aquella mujer del
agujero, había un perrazo que ha mordido mi torta, entonces yo también
he comido de ella.
--¿Cómo, caballero, replicó la madre, os la habéis comido toda?
--Madre, ha sido el perro. Yo le he dicho que no lo hiciera, pero no ha
querido oirme. Entonces yo también he mordido, toma.
--Es un niño terrible, dijo la madre sonriéndose y regañando, todo á
un tiempo.--¿Veis Udarda? él sólo se come todo el cerezo de nuestro
cercado de Charlerange. Por eso dice su abuela que será capitán.--Que
yo os vuelva á coger Don Eustaquio.--¡Anda, tragón!
LIBRO SÉPTIMO
I
De los inconvenientes de confiar su secreto á una cabra
Muchas semanas habían transcurrido.
Era el primer día de marzo. El sol, que Dubartas, aquel clásico abuelo
de la perífrasis, no era llamado aún _el gran duque de las velas_,
no por eso era menos alegre y radiante. Era uno de aquellos días de
primavera que tienen tanta suavidad y hermosura, que esparcido todo
París en las plazas y paseos, los celebra como domingos. En semejantes
días de claridad, de calor y de serenidad, hay sobre todo cierta hora
en que es menester ir á admirar la portada de Nuestra Señora; tal es
el momento en que el sol inclinado ya hacia el poniente, mira casi de
frente á la catedral. Sus rayos cada vez más horizontales se retiran
lentamente del empedrado de la plaza y suben á lo largo de la fachada
perpendicular, cuyas mil figuras de alto relieve hacen resaltar sobre
su sombra, mientras que la gran rosa central relumbra como el ojo de un
cíclope inflamado con las reverberaciones de la fragua.
Esta hora, pues, era.
Enfrente de la alta catedral, arrebolada por el sol al poniente, en
un balcón de piedra que había encima del pórtico de una magnífica
casa gótica, esquina de la plaza y de la calle del Compás, reían y
hablaban con gracia y bullicio unas hermosas doncellas. Por lo largo
del velo que caía de su toca puntiaguda y adornada con perlas hasta
los talones, por lo fino de la almilla bordada que cubría sus hombros,
dejando ver, según la moda atractiva de entonces, el nacimiento de sus
hermosos pechos virginales, por la riqueza de sus enaguas todavía más
preciosas que su sobretodo (¡obra maravillosa!) por la gasa, la seda
y el terciopelo con que estaba todo ello guarnecido, y especialmente
por la blancura de sus manos, que las acusaba de ociosidad y pereza,
era fácil adivinar que eran nobles y ricas herederas. En efecto eran
la señorita Flor de Lis de Gondelaurier y sus compañeras Diana de
Cristeuil, Amelota de Montmichel, Columba de Gaillefontaine y la niña
de Campchevrier; todas hijas de buena familia, reunidas á la sazón
en casa de la señora viuda de Gondelaurier, á causa de monseñor de
Beaujeu y de su parienta, que debían llegar á París en el mes de
abril para escoger en la ciudad acompañadoras de honor de la señora
Delfina Margarita, cuando fué á recibirla en Picardía de manos de los
flamencos. Aspiraban, pues, á este favor todos los hidalguejos de
treinta leguas á la redonda, y un buen número de ellos las había ya
llevado ó enviado á París. Las de que hablamos, habían sido confiadas
por sus padres á la guarda discreta y venerable de la señora Aloisa
de Gondelaurier, viuda de un antiguo jefe de los ballesteros del rey,
retirada con su hija única en su casa de la plaza del Compás de Nuestra
Señora de París.
El balcón en que estaban las doncellas lo era de una sala ricamente
entapizada de cuero de Flandes de color leonado, estampado de follajes
de oro. Las tigueras que rayaban paralelamente el cielo raso, llamaban
la atención con mil extrañas esculturas pintadas y doradas. Sobre
baúles cincelados brillaban, acá y acullá, espléndidos esmaltes; una
cabeza de jabalí de loza coronaba un aparador magnífico, cuyas dos
gradas indicaban que el ama de la casa era mujer ó viuda de un rico
hombre de pendón y caldera. En el fondo, cerca de una alta chimenea
blasonada de arriba abajo, estaba sentada en un rico sillón de
terciopelo encarnado, la señora de Gondelaurier, cuyos cincuenta y
cinco años se veían no menos escritos sobre su vestido que sobre su
rostro. Hallábase á su lado en pie un mancebo de semblante bastante
arrogante, aunque un poco vano y baladrón, uno de aquellos majos que
á todas las mujeres agradan, bien que al verles los hombres graves
y fisonomistas se encojan de hombros. El joven caballero traía el
vestido brillante de los arqueros de ordenanza del rey, muy semejante
al traje de Júpiter, que ya se ha podido admirar en el primer libro de
esta historia, para que tratemos de cansar al lector con una segunda
descripción.
Estaban las doncellas sentadas, unas en la sala, otras en el balcón, ya
sobre cojines de terciopelo de Utrech con cornejales de oro, ya sobre
escabelos de madera de encina esculpidos de flores y figuras. Cada
una tenía sobre las rodillas un paño de un gran tapiz de aguja en que
trabajaban mancomunadamente, y cuya extremidad arrastraba por la estera
que cubría el pavimento.
Hablaban entre sí con aquella voz queda y aquellas medias risas
reprimidas de un conciliábulo de doncellas entre quienes se halla un
joven. El mancebo, cuya sola presencia bastaba para excitar todos
aquellos amores propios femeninos, al parecer no se cuidaba mucho de
ello; y mientras las hermosas doncellas peleaban por quién atraería su
atención, él parecía únicamente ocupado en limpiar con su guante de
piel de gamo el clavillo de su cinturón.
De cuando en cuando la señora mayor le dirigía la palabra, y él le
respondía lo mejor que podía, con una especie de cortesía desmañada y
encogida. Por las sonrisas, las señitas de inteligencia de la señora
Aloisa, y las guiñadas que dirigía hacia su hija Flor de Lis, al hablar
bajo al capitán, era fácil de ver que se trataba de algunos esponsales
contraídos, de algún casamiento cercano, sin duda entre el joven y
Flor de Lis. Y por la tibieza mal disimulada del oficial también era
fácil conocer que, á lo menos por su parte, ya no se trataba de amor.
Todo su ademán expresaba una idea de sujeción y fastidio que nuestros
subtenientes de guarnición, traducirían admirablemente hoy por: ¡Qué
maldito servicio!
La buena señora, muy encaprichada con su hija, como una pobre madre que
era, no veía el poco entusiasmo del oficial, y se deshacía por hacerle
contemplar, en voz baja, las perfecciones infinitas con que Flor de Lis
daba una puntada ó desenredaba su cadejo.
--Oid, sobrino, le decía tirándole de la manga para hablarle al oído.
¡Miradla!, ahora se agacha.
--En efecto, respondía el joven; y volvía á su silencio distraído y
glacial.
Un momento después, le era forzoso acercarse de nuevo, y la señora
Aloisa le decía:--¿Habéis visto jamás cara más graciosa ni más alegre
que la de vuestra novia? ¿quién habrá más blanca ni más rubia que ella?
¿no tiene unas manos perfectas? y su cuello ¿no hechiza al tomar todas
las formas de un cisne? ¡Cómo os envidio algunas veces! y ¡cuánta dicha
tenéis en ser hombre, pícaro libertino! ¿No es verdad que mi Flor de
Lis es digna de adoración, y que estáis perdido por ella?
--No hay duda; respondía el militar que estaba pensando en otra cosa.
--Pero habladle, dijo repentinamente la señora Aloisa empujándole por
los hombros; decidle algo; os habéis vuelto muy tímido.
Podemos asegurar á nuestros lectores que la timidez no era la virtud ni
el defecto del capitán.
Probó sin embargo á hacer lo que le pedían.
--Hermosa prima, dijo acercándose á Flor de Lis, ¿cuál es el asunto de
esa obra de tapicería que estáis haciendo?
--Hermoso primo, respondió Flor de Lis con un acento de enfado, ya os
lo he dicho tres veces; es la gruta de Neptuno.
No había duda en que Flor de Lis veía mucho más claro que su madre en
las maneras.
--Y ¿para quién es toda esta neptunería?, preguntó.
--Para la abadía de San Antonio de los Campos, contestó Flor de Lis sin
alzar los ojos.
El capitán cogió una punta del tapiz.
--¿Qué gendarme es éste, hermosa prima, tan gordo, y que sopla á dos
carrillos en una trompeta?
--Ese es Tritón, respondió ella.
Había siempre una entonación algo picada en las breves palabras de Flor
de Lis. El joven vió que era indispensable decirle algo al oído, una
necedad, una galantería, fuera lo que quisiera. Acercóse pues á ella,
pero no pudo hallar en su imaginación nada más tierno ni amoroso que
esto:--¿Por qué tiene siempre vuestra madre un corpiño blasonado, como
lo usaban nuestras abuelas en tiempo de Carlos VII? Decidle, hermosa
prima, que eso ya no está elegante, y que su _gozne_ y su _laurel_,[10]
bordados en forma de blasón sobre su ropa, le hacen parecer á una
campana de chimenea andando. Seguramente que ya nadie se asienta sobre
sus blasones, os lo juro.
Flor de Lis levantó hacia él sus ojos acusadores.
--Y ¿es eso todo lo que me juráis?, le dijo en voz baja.
Entre tanto la señora Aloisa, encantada de verles cerca el uno del otro
y hablando en secreto, decía jugando con las corchetas de su _Ejercicio
cotidiano_:
--¡Qué interesante cuadro de amor!
El capitán, cada vez más embarazado, volvió á inclinarse sobre el tapiz
diciendo:--Verdaderamente éste es un trabajo soberbio.
Á estas palabras, Columba de Gaillefontaine, otra hermosa rubia
de cutis blanco, perfectamente vestida de damasco azul, aventuró
tímidamente una palabra que dirigió á Flor de Lis, con la esperanza de
que el hermoso capitán respondiese á ella.
--Mi querida Gondelaurier ¿habéis visto las tapicerías del palacio de
la roche Guyon?
--¿No es ése el palacio donde está el jardín de la Lavandera del
Louvre?, preguntó riendo Diana de Cristeuil, que tenía una hermosa
dentadura y que por consiguiente reía á todas horas:
--¿Y donde hay aquella torre ancha, vieja, de la antigua muralla de
París?, añadió Amelota de Montmichel, morena graciosa, fresca y con el
cabello rizado, que tenía por costumbre suspirar como la otra reir, sin
saber porqué.
--Querida Columba, replicó la señora Aloisa, ¿no queréis hablar del
palacio que pertenecía al señor de Baqueville en el reinado de Carlos
VI?, en efecto que hay en él soberbias tapicerías de lizos altos.
--¡Carlos VI! ¡el rey Carlos VI!, refunfuñó el joven capitán,
retorciéndose el bigote ¡Dios mío! ¡y de qué cosas tan rancias se
acuerda la buena señora!
La señora de Gondelaurier prosiguió:--Hermosas tapicerías ciertamente.
¡Un trabajo tan estimado que pasa por singular!
En esto, Berangera de Campchevrier, niña graciosa de siete años, que
estaba mirando á la plaza por los enrejados del balcón, exclamó:--¡Oh!
mirad, ¡hermosa madrina Flor de Lis! á la linda danzarina que baila en
la calle, y que toca el tamboril en medio de los charros!
En efecto, se oía el redoblar sonoro de un pandero.
--Alguna gitana de Bohemia, dijo Flor de Lis volviéndose con
negligencia hacia la plaza.
--¡Veamos! ¡veamos!, exclamaron sus alegres compañeras; y dieron
todas á correr al balcón, mientras que Flor de Lis, pensativa por
la frialdad de su prometido, las seguía despacio: y éste, socorrido
por un incidente que acortaba una conversación embarazosa, se volvía
al interior de la habitación con el semblante gozoso de un soldado
relevado de servicio. Grato, sin embargo, y lindo, era el servicio
de la hermosa Flor de Lis, y tal le había parecido en otro tiempo;
pero el capitán se había desgastado poco á poco. La perspectiva de
un próximo casamiento le resfriaba más de día en día. Además de eso,
era de genio inconstante, y ¿es preciso decirlo?, de un gusto algo
vulgar. Aunque de muy noble nacimiento, había contraído bajo el arnés
más de una costumbre de soldadote. Le agradaba la taberna, y lo que se
sigue de ella. Sólo se hallaba bien en las conversaciones mayores, las
galanterías militares, las beldades fáciles y los fáciles triunfos.
Sin embargo, había recibido de su familia alguna educación y modales;
pero había corrido el país demasiado joven, había estado de guarnición
cuando todavía lo era, y todos los días el barniz del hidalgo se
borraba con el áspero roce de su tahalí de gendarme. Aunque visitando
todavía á Flor de Lis de tiempo en tiempo por un resto de respeto
humano, sentíase doblemente embarazado en su casa; desde luego porque á
fuerza de desparramar su amor en toda suerte de objetos, había guardado
muy poco para ella; y además, porque en medio de tantas señoras
hermosas, tiesas, decentes y con todos sus alfileres, temblaba sin
cesar que su boca acostumbrada á los juramentos se disparase de repente
y prorrumpiese en palabras de taberna. ¡Imagínese cualquiera el hermoso
efecto que esto haría!
Por lo demás, todo eso se mezclaba en él con grandes pretensiones de
elegancia, de compostura y buena presencia. Componga el lector estas
cosas como pueda. Yo no soy más que historiador.
Llevaba pues algunos instantes de estar pensando ó no pensando,
apoyado en la esculpida chimenea, cuando Flor de Lis, volviéndose
repentinamente, le dirigió la palabra. Al fin, la pobre moza no estaba
incomodada con él sino contra su voluntad.
--Hermoso primo, ¿no nos habéis hablado de una gitanilla que
libertasteis hace dos meses, yendo por la noche de ronda, de manos de
una docena de ladrones?
--Creo que sí, hermosa prima, dijo el capitán.
--¡Pues bien!, prosiguió ella, quizá será la gitana que está bailando
allí en frente en la Lonja. Venid á ver si la conocéis, hermoso primo
Febo.
Percibíase un secreto deseo de reconciliación en aquel convite cariñoso
que la joven le hacía para que se acercase á ella, y en el cuidado de
llamarle por su nombre. El capitán Febo de Chateaupers (pues es él á
quien el lector tiene delante de los ojos desde el principio de este
capítulo) se acercó á paso lento al balcón.--Mirad, le dijo Flor de
Lis, poniendo tiernamente su mano sobre el brazo de Febo. Mirad aquella
chicuela que baila en medio de aquel círculo. ¿Es vuestra gitana?
Miró Febo, y dijo:
--Sí, la conozco por su cabra.
--¡Oh! ¡la linda cabrita en efecto!, dijo Amelota juntando las manos de
admiración.
--¿Son de verdad sus cuernos de oro?, preguntó Berangera?
Sin moverse de su sillón, la señora Aloisa tomó la palabra:
--¿No es una de aquellas gitanas que entraron el año pasado por la
puerta de Gibard?