en trueque de su hija. ¿Qué hicisteis con él? Cuento con que también le
ahogaríais.
--No, contesto Marieta.
--¡Cómo! ¿le quemásteis? En efecto, esto era más justo. ¡Un niño brujo!
--Ni uno ni otro, Gervasia. El señor arzobispo se interesó por el
muchacho de Egipto, lo exorcisó, lo bendijo, le echó el diablo del
cuerpo con mucho cuidado, y lo envió á París para que lo expusiesen
sobre la cuna de madera en la iglesia de Nuestra Señora como un
expósito.
--¡Esos obispos, dijo Gervasia refunfuñando, porque son sabios no hacen
nada como los demás! ¡Vaya una ocurrencia, Udarda, poner al diablo
en la inclusa! porque seguramente ese monstruo era el diablo.--¡Y
bien! Marieta, ¿qué han hecho de él en París? Cuento con que no quiso
adoptarle ninguna persona caritativa.
--Yo no sé, contestó la de Reims, cabalmente fué en aquel tiempo cuando
mi marido compró la notaría de Beru, á dos leguas de la ciudad, y no
nos hemos ocupado más con esta historia; además de que delante de Beru
están los dos terremonteros de Cernai, que hacen perder de vista los
campanarios de la catedral de Reims.
Hablando de esta manera, las tres buenas mujeres habían llegado á
la plaza de Greva. En medio de su preocupación habían pasado sin
pararse delante del breviario público de la torre de Rolando, é
indeliberadamente se dirigían hacia la picota, alrededor de la cual
la turba se iba aumentando por momentos. Muy probable es que el
espectáculo que en aquel instante atraía las miradas de todos, les
hubiese hecho olvidar la ratonera y la estación que se habían propuesto
hacer en ella, si no les hubiera recordado repentinamente su intención
el gordo Eustaquio de seis años, á quien Marieta arrastraba por la
mano:--Madre, dijo, como si algún instinto le advirtiese que la
ratonera se había quedado tras él, ¿puedo ahora comer torta?
Si Eustaquio hubiese sido más diestro, es decir, menos glotón, hubiera
esperado otro poco más, y solamente al volver, cuando se hubiese
hallado en la Universidad, ó en casa de maestre Andri Musnier, calle de
la Señora de Valencia, con los dos brazos del río y los cinco puentes
de la ciudad entre la ratonera y la torta, se hubiese atrevido á hacer
la tímida pregunta:--Madre, ¿puedo comerme ahora la torta?
Pero esta misma pregunta, tan imprudente en el momento en que la hizo
Eustaquio, despertó la atención de Marieta.
--¡Á propósito, exclamó ésta, olvidamos á la reclusa! Enseñadme, pues
vuestra ratonera, que yo le lleve su torta.
--Al instante, dijo Udarda, esto es una obra de caridad.
No era éste el plan de Eustaquio.
--¡Toma mi torta!, dijo él encogiéndose de hombros y tocando
alternativamente ambos con sus orejas, lo que en semejante caso es la
suprema señal del descontento.
Volviéronse atrás las tres mujeres, y llegadas cerca de la casa de la
Torre de Rolando, dijo Udarda á las otras dos:--No miremos todas á la
vez por el agujero, no sea que espantemos á la saquita. Haced las dos
como que leéis _Dominus_ en el breviario, entretanto que yo miro por la
lumbrera; la saquita me conoce algo. Yo os avisaré cuando podáis venir.
Se fué sola á la lumbrera. En el momento en que su vista penetró en
ella, pintóse una lástima profunda en todas sus facciones, y su alegre
y franca fisonomía mudó tan de repente de expresión y color, como si
hubiese pasado de un rayo de sol á uno de luna; humedeciéronse sus ojos
y su boca se contrajo como cuando se quiere llorar. Un momento después
se puso un dedo sobre sus labios é hizo señal á Marieta para que se
acercase.
Marieta se acercó, conmovida, silenciosa y de puntillas como cuando se
acerca uno á la cama de un moribundo.
En efecto, era un triste espectáculo el que se ofrecía á los ojos de
las dos mujeres, mientras que sin moverse ni respirar miraban por la
lumbrera enrejada de la ratonera.
Era la celda estrecha, menos larga que ancha, abovedada en arco
diagonal, y vista por dentro asemejaba bastante al interior de una gran
mitra de obispo. Sobre la piedra que formaba el suelo, en un ángulo,
estaba una mujer sentada, ó por mejor decir acurrucada. Apoyaba la
barba en las rodillas, las cuales apretaba fuertemente contra el pecho
con sus brazos cruzados. Arrebujada de esta manera, vestida con un
saco pardo que la envolvía toda entera en sus anchos pliegues, caídas
sus largas canas sobre el rostro, tanto, que llegaban al suelo, al
primer aspecto no ofrecía sino una forma extraña, resaltando sobre el
fondo tenebroso de la celda, una especie de triángulo negruzco, al que
cortaba ásperamente en dos degradaciones distintas, una lóbrega y otra
clara, el rayo de luz que entraba por la lumbrera. Era uno de aquellos
espectros mitad sombra y mitad luz, como los que se ven algunas veces
en los sueños y en la extraordinaria obra de Goya, pálidos, inmóviles,
siniestros, acurrucados sobre una tumba ó apoyados en la reja de
un calabozo. No era ni mujer, ni hombre, ni ser viviente, ni forma
definida; era una especie de visión en la cual se cruzaban lo verdadero
y lo fantástico, como la sombra y la luz. Distinguíase apenas bajo sus
cabellos esparcidos hasta el suelo, un perfil flaco y severo; su ropa
dejaba apenas descubrir la extremidad de un pie desnudo, á que causaba
crispatura el áspero y helado suelo. Lo poco que se vislumbraba de
forma humana bajo aquel manto enlutado hacía estremecer.
Esta figura, que cualquiera hubiese creído clavada en las baldosas,
parecía no tener ni movimiento, ni pensamiento, ni respiración. Bajo
aquel saco de tela delgada, en el mes de enero, sentada casi desnuda
en un suelo de granito, sin fuego en lo sombrío de un calabozo cuyo
oblicuo respiradero no dejaba entrar sino el cierzo y nunca el sol,
parecía no sufrir ni aun sentir. Hubiérase dicho que se había hecho
piedra como la marmorra, y hielo con la estación. Tenía las manos
juntas y sus miradas fijas. Á primera vista parecía un espectro,
después una estatua.
Sin embargo, entreabríanse por intervalos sus cárdenos labios para
respirar temblando; si bien tan muertos é insensibles como las hojas
que se esparcen al viento.
Al mismo tiempo sus ojos amarridos echaban una mirada inefable, una
mirada profunda, lúgubre, imperturbable, incesantemente clavada en
un rincón de la celda que no se podía ver desde afuera; una mirada
que parecía recoger todos los lastimosos pensamientos de aquella alma
angustiada sobre no se qué objeto misterioso.
Tal era la criatura que recibía de su morada el nombre de _reclusa_, y
de su vestido el de _saquita_.
Las tres mujeres estaban mirando por la lumbrera, pues Gervasia se
había reunido á Marieta y á Udarda. Interceptaban sus cabezas la poca
luz de la bóveda, sin llamar al parecer la atención de la miserable á
quien así la robaban.
--No la turbemos, dijo Udarda en voz baja, está en su éxtasis, en
oración.
Entretanto, consideraba Marieta con un ansia cada vez mayor aquella
cabeza macilenta, marchita, desmelenada, y arrasábansele los
ojos.--Singular sería esto, decía entre dientes.
Pasó la cabeza por entre las rejas de la bufarda, y alcanzó á penetrar
con la vista al rincón de donde no se separaba un instante el mirar de
la desdichada.
Cuando volvió á sacar la cabeza de la lumbrera, su rostro estaba
inundado en llanto.
--¿Cómo llamáis á esta mujer?, preguntó á Udarda. Udarda
respondió:--Nosotras la llamamos sor Gudula.
--Y yo, replicó Marieta, la llamo Paquita la Cantaflorida.
Poniéndose entonces un dedo sobre la boca, hizo señal á la atónita
Udarda que pasase la cabeza por la lumbrera y que mirase.
Miró Udarda, y vió en el ángulo en que estaba fijo con un profundo
éxtasis el ojo de la reclusa, un zapatito de raso color de rosa,
bordado con millares de lentejuelas de oro y plata.
Miró Gervasia después de Udarda, y entonces, considerando á la
desventurada madre, las tres mujeres se pusieron á llorar.
Sin embargo, ni sus miradas, ni sus lágrimas habían distraído á la
reclusa. Las manos de esta permanecían juntas, sus labios mudos, sus
ojos fijos, y quien conocía su historia, el zapatito mirado de aquella
manera partía el corazón.
No habían proferido las tres una palabra, no se atrevían á hablar ni
aun en voz baja. Aquel gran silencio, aquel profundo dolor, aquel
olvido absoluto en que todo había desaparecido menos una cosa, producía
en ellas el efecto de un altar mayor de Pascua ó de Navidad. Estaban
callando en el mayor recogimiento, y prestas á ponerse de rodillas. Les
parecía que acababan de entrar en una iglesia el día de tinieblas.
En fin, Gervasia, la más curiosa de las tres, y por consiguiente la
menos sensible, probó á hacer hablar á la reclusa.--¡Sor Gudula! ¡sor
Gudula!
Tres veces repitió este grito alzando cada vez más la voz. La reclusa
no se movió; ni una palabra, ni una mirada, ni un suspiro, ni una señal
de vida.
Udarda á su turno, con voz más blanda y cariñosa, dijo:--¡Sor! |sor
Santa Gudula!
El mismo silencio, la misma inamovilidad.
--¡Extraña mujer!, exclamó Gervasia; ¡no la estremecería una bombarda!
--Es sorda quizá, dijo Udarda suspirando.
--Tal vez ciega, añadió Gervasia.
--Quizá está muerta, replicó Marieta.
Es cierto que si el alma no se había apartado de aquel cuerpo inerte,
entorpecido, aletargado, por lo menos, se había retirado y escondido en
profundidades á donde no alcanzaban los órganos exteriores.
--Pues será menester, dijo Udarda, dejar la torta en la lumbrera, y
tomárala algún muchacho. ¿Cómo hacer para despertarla?
Eustaquio, distraído hasta aquel momento por un carretoncillo
arrastrado por un gran perro, que acababa de pasar, advirtió de
repente que sus tres conductoras miraban algo por la lumbrera, y
picado también por la curiosidad, subió encima de un recantón, se
enderezó de puntillas, y pegó su gruesa y colorada cara á la reja,
gritando:--¡Madre, yo también quiero ver!
Esta voz de niño, clara, fresca y sonora, estremeció á la reclusa.
Volvió la cabeza con el movimiento duro y pronto de un resorte de
acero, separaron sus dos manos luengas y descarnadas los cabellos que
ocultaban su frente, y fijó en el niño sus miradas atónitas, amargas,
desesperadas. Esta mirada no fué más que un relámpago.--¡Oh Dios mío!,
exclamó precipitadamente, escondiendo la cabeza en sus rodillas, y
pareciendo que su ronca voz rasgaba al salir de su pecho, á lo menos no
me mostréis los de otros.
--Buenos días, señora, dijo el niño con gravedad.
Sin embargo, esta agitación había como despertado á la reclusa. Un
prolongado estremecimiento recorrió su cuerpo desde la cabeza hasta
los pies; dentelló, medio alzó la cabeza, y dijo apretando los codos
contra sus caderas, y tomando sus pies con ambas manos como para
calentarlos:--¡Oh! ¡qué frío tan grande!
--Pobre mujer, dijo Udarda con la mayor compasión, ¿queréis un poco de
fuego?
La infeliz sacudió la cabeza en señal de negativa.
--Pues bien, replicó Udarda presentándole un frasco, esto es hipocrás
que os calentará, bebed.
La reclusa meneó otra vez la cabeza, clavó en Udarda los ojos y
respondió:--Agua.
Insistió Udarda.--No, sor Gudula, no es el agua bebida de enero. Es
menester que bebáis un poco hipocrás, y comáis esta torta de levadura
de maíz, que hemos cocido para vos.
La pobre rehusó la torta que le presentaba Marieta, y exclamó:--Pan
negro.
--Vamos, dijo Gervasia movida de caridad á su turno, y desatando su
ropilla de lana, esto es un sobretodo más caliente que el vuestro.
Ponéosle sobre los hombros.
La infeliz rehusó el sobretodo como había hecho con el frasco y la
torta: y respondió:--Un saco.
--Pero es menester, replicó la buena Udarda, que echéis de ver que ayer
era fiesta.
--Ya lo echo de ver, dijo la reclusa. Hace dos días que no tengo agua
en mi cántaro.
Y después de un momento de silencio, añadió:--Fiesta es, me olvidan;
hacen bien: y ¿por qué ha de pensar el mundo en mí que no pienso en él?
Y como fatigada de haber hablado tanto, dejó caer la cabeza sobre
sus rodillas. La sencilla y caritativa Udarda, á quien estas últimas
palabras hicieron creer que todavía se quejaba la pobre del frío, le
respondió candorosamente:--¿Queréis pues un poco de fuego?
--¡Fuego!, dijo la saquita con acento extraordinario; ¿y le haréis
también para la pobre criaturita que hace ya quince años está debajo
tierra?
Todos mis miembros temblaron, vibraba su palabra, estaban brillantes
sus ojos, se había puesto de rodillas; en seguida extendió su blanca y
descarnada mano hacia el niño que atónito la miraba.--Llevaos ese niño,
gritó; ¡que va á pasar por aquí la gitana!
Cayó entonces la faz contra la tierra, y su frente dió un golpe sobre
la baldosa resonando como una piedra contra otra piedra. Tuviéronla por
muerta las tres mujeres. Sin embargo, después de un momento la vieron
arrastrándose de rodillas y de codos hasta el rincón donde estaba el
zapatito. Entonces no se atrevieron á mirar, y no la vieron más; pero
oyeron mil besos y mil suspiros, mezclados con gritos agudos y con
golpes sordos como los de una cabeza que se da testeradas; y después de
uno tan violento que hizo bambolear á las tres, no oyeron nada más.
--¿Se habrá matado?, dijo Gervasia, aventurándose á asomarse al
respiradero.--¡Sor Gudula!
--¡Sor Gudula!, repitió Udarda.
--¡Ah, Dios mío! ¡no se menea!, continuó Gervasia, ¿estará muerta?
¡Gudula! ¡Gudula!
Marieta sofocada hasta entonces en términos de no poder hablar, hizo un
esfuerzo.
--Esperad, dijo; é inclinándose hacia la lumbrera:--¡Paquita!, gritó;
¡Paquita la Cantaflorida!
No se asusta más el muchacho que sencillamente sopla la mal encendida
mecha de un trueno, y le hace estallar en sus ojos, que lo que se
asustó Marieta, al ver el efecto de este nombre lanzado de repente en
la celda de sor Gudula.
La reclusa se estremeció toda, se levantó, y con su pie descalzo,
dió un salto impetuoso á la lumbrera con ojos tan centelleantes, que
Marieta, Udarda y su compañera y el muchacho retrocedieron hasta el
pretil.
Apareció al mismo tiempo la siniestra faz de la reclusa pegada en las
rejas del respiradero.--¡Oh! ¡oh!, gritaba con un reir espantoso: ¡es
la gitana quien me llama!
En este momento sus airados ojos se fijaron en la escena que se pasaba
en la picota. Arrugóse de horror su frente, sacó por la lumbrera sus
dos brazos de esqueleto, y gritó con una voz que se asemejaba al
ronquido del estertor:--¡Con que todavía eres tú, hija de Egipto!, tú
eres quien me llamas, ladrona de niños! ¡Pues bien! ¡maldita seas!
¡maldita! ¡maldita! ¡maldita!
NOTAS:
[9] El lector sabrá después la causa de llamar á la reclusa de la Torre
de Rolando con este nombre, que le conservaremos en lo sucesivo. (_Nota
del Traductor_).
IV
Una lágrima por una gota de agua
Eran estas palabras, en cierto modo, el punto de reunión de dos escenas
que hasta entonces se habían desenvuelto paralelamente y al mismo
tiempo cada una en un teatro diferente; una, la que se acaba de leer
en la ratonera; otra la que va á leerse en la escala de la picota. La
primera no había tenido por testigos sino á las tres mujeres, con quien
acaba el lector de hacer conocimiento; la segunda había tenido por
espectadores todo el pueblo que ya hemos visto reunirse en la plaza de
Greva al rededor de la picota y del patíbulo.
Esta turba, á quien los cuatro alguaciles, que desde las nueve de
la mañana estaban puestos en las cuatro esquinas de la picota,
habían hecho esperar una ejecución de ese tipo; no precisamente una
ahorcadura, sino unas disciplinas, un desorejamiento, cualquier cosa
en fin, esta turba, digo, se había aumentado tan rápidamente, que
estrechados con demasía los cuatro alguaciles, les había sido forzoso
más de una vez rechazarla á grandes cintarazos y rempujones con los
caballos.
Aquel populacho, disciplinado ya en las espectativas de las ejecuciones
públicas, no manifestaba demasiada impaciencia; divertíase en mirar
á la picota, especie de monumento muy sencillo, compuesto de un cubo
de mampostería de cerca de diez pies de alto, y hueco por dentro. Una
escalera muy pendiente de piedra tosca, llamada por excelencia la
escala, conducía á la plataforma superior, sobre la cual se percibía
una rueda horizontal de madera de encina maciza. Ataban sobre esta
rueda al paciente, de rodillas, y con los brazos amarrados á la
espalda. Un cuartón de madera, movido por un cabrestante oculto en las
entrañas del edificio, daba á la rueda, constantemente colocada en el
plano horizontal, una rotación que presentaba sucesivamente la cara del
reo á todos los puntos de la plaza. Esto es lo que se llamaba rodar á
un delincuente.
Como se echa de ver, la picota de la Greva estaba muy lejos de ofrecer
todas las diversiones de la picota del Mercado. Nada de arquitectónico;
nada de monumental. Ni techumbre con cruz de hierro, ni linterna
octógona, ni delicadas columnitas abriéndose hasta el ala del tejado
en capiteles de acanto y flores, ni goteras extrañas y monstruosas,
ni madera cincelada, ni fina escultura profundamente entallada en la
piedra.
Era preciso contentarse con aquellas cuatro paredes de piedra tosca
con dos refuerzos de greda, y un mal patíbulo de piedra, pequeño y sin
adorno al lado.
Mezquino agasajo hubiera sido para los aficionados á la arquitectura
gótica. Es verdad que nadie ha sido menos curioso en cuanto á
monumentos que los valientes badulaques de la Edad Media, y que se
cuidaban poco del primor de un patíbulo.
Llegó en fin el paciente atado en la trasera de una carreta, y cuando
lo hubieron subido con una cuerda á la plataforma, cuando de cada punto
de la plaza lo pudieron ver sujeto con sogas y correas sobre la rueda
de la picota, la turba prorrumpió en una vaya prodigiosa, mezclada de
risa y aclamaciones: habían conocido á Cuasimodo.
Era él, en efecto. ¡Extraña combinación! Sacado á la vergüenza en la
misma plaza donde la víspera había sido saludado, aclamado al son de
bocinas papa y príncipe de locos; acompañado del duque de Egipto, del
rey de Thunes y del emperador de Galilea. Lo que hay de cierto es, que
no se hallaba en la turba una persona, ni aun él mismo, sucesivamente
triunfador y paciente, que pudiese poner en claro en su entendimiento
semejante cotejo. Faltaban á este espectáculo Gringorio y su filosofía.
No tardó en imponer silencio á los concurrentes Miguel Noiret, trompeta
jurado del rey nuestro señor, y pregonó la sentencia, según la
ordenanza y el auto del señor preboste. Después se replegó detrás de la
carreta con sus gentes vestidas de cotas de arqueros de librea.
Cuasimodo, impasible, no pestañeaba; érale imposible toda resistencia
por lo que llamaban entonces, en estilo cancilleresco, _la vehemencia
y firmeza de las ataduras_, lo que significa, que probablemente le
entraban en las carnes los cordeles y cadenillas. Por lo demás ésta
es una tradición de cárcel y de chusma que no se ha perdido, y que
todavía conservan cuidadosamente las esposas entre nosotros, pueblo tan
civilizado, blando y compasivo (galeras y guillotina entre paréntesis).
Habíase dejado el campanero conducir, empujar, llevar, encaramar, atar
y reatar. No se podía descubrir en su fisonomía sino un pasmo como de
salvaje ó de idiota. Sabían que era sordo, hubiéranle creído también
ciego.
Pusiéronlo de rodillas sobre la tabla circular; no se opuso á ello:
despojáronlo de la camisa y el jubón hasta la cintura; dejó hacerlo.
Amarráronlo con un nuevo sistema de correas y hebillas; dejóse atar y
clavar. Solamente de cuando en cuando daba un ruidoso resoplido, como
un ternero que va á morir, y cuya cabeza está bamboleando en el borde
de la carreta del carnicero.
--¡Qué ganso!, dijo Juan Frollo del Molino á su amigo Zampapán (pues,
como está en el orden, los dos estudiantes habían seguido al paciente);
lo mismo entiende lo que hacen con él que un saltón encerrado en una
caja.
Fué una risa loca la de la turba cuando vió en carnes la corcova de
Cuasimodo, su pecho de camello, sus hombros callosos y velludos.
Durante toda esta algazara, un hombre de baja estatura y de robusta
presencia, vestido con la librea de la ciudad, subió á la plataforma
y se colocó cerca del reo. Su nombre circuló inmediatamente por el
concurso. Era el maestre Pierrat Calletuerta, atormentador jurado del
Châtelet.
Empezó por poner sobre un ángulo de la picota un reloj negro de
arena, cuya cápsula superior estaba llena de arena colorada, que
dejaba escaparse y caer en un recipiente inferior; luego se quitó su
sobretodo, mitad de un color y mitad de otro, y vióse colgando de su
mano derecha un azote delgado y largo de correillas blancas, lucientes,
nudosas, trenzadas y rematadas en uñas de metal. Con la mano izquierda
se remangaba negligente la camisa al rededor de su brazo derecho hasta
el sobaco.
Entre tanto gritaba Juan Frollo, alzada su rubia y rizada cabeza
sobre la turba (para lo cual se había subido en los hombros de Robín
Zampapán): ¡Vengan á ver señores y señoras! ¡He aquí que van á azotar
perentoriamente á maestre Cuasimodo, el campanero de mi buen hermano,
el señor arcediano de Josas, graciosa arquitectura oriental, que tiene
por espinazo una cúpula, y por piernas dos columnas torcidas!
Y la turba se reía, especialmente los muchachos y las mozas.
En fin, el atormentador dió una palada en el suelo, y la rueda empezó á
girar: bamboleó Cuasimodo bajo sus prisiones, y el estupor que se pintó
de repente en su cara disforme, avivó en extremo las carcajadas á su
alrededor.
De improviso, en el momento en que el giro de la rueda presentó á
maestre Pierrat el espaldar montuoso de Cuasimodo, levantó aquél su
brazo; silbaron ásperamente en el aire como un manojo de culebras las
delgadas correas, y cayeron con furia sobre los hombros del miserable.
Estremecióse Cuasimodo, é hizo un movimiento como si despertase
sobresaltado. Ya empezaba á comprender. Forcejeó en sus prisiones,
descompuso los músculos de su cara una violenta contracción de sorpresa
y dolor, pero no dió un suspiro. Solamente volvió la cabeza hacia
atrás, á la derecha, después á la izquierda, bamboleándola como hace un
toro picado en el ijar por un tábano.
Siguió un segundo golpe al primero, después un tercero, después otro
y otro y ciento. La rueda no cesaba de girar ni los golpes de llover.
La sangre salió bien pronto; viósela correr á hilos por las negras
espaldas del jorobado, y las finas disciplinas salpicaban con mil gotas
de ella á la turba, en su silbadora rotación.
Cuasimodo había vuelto, á lo menos en la apariencia, á su primera
impasibilidad. Había ensayado, al principio sordamente y sin gran
movimiento exterior, romper sus prisiones. Habíase visto encarnizarse
sus ojos, engarrotársele los músculos, contraérsele los miembros
y estirarse las correas y cadenillas. El esfuerzo era poderoso,
prodigioso, desesperado; pero resistieron las viejas ataduras del
prebostazgo; crujieron y nada más. El pobre se quedó aniquilado. Al
estupor sucedió en sus facciones una convicción de amargo y profundo
desaliento: cerró su único ojo, dejó caer la cabeza sobre el pecho, y
se hizo el muerto.
Desde este instante no se volvió á mover. Nada pudo hacer estremecerlo,
ni su sangre que no cesaba de correr, ni los golpes que crecían con
furia, ni la cólera del atormentador que se excitaba á sí mismo, y
se embriagaba con la ejecución, ni el ruido de las horribles correas
aceradas y silbadoras.
En fin, un ujier del Châtelet vestido de negro, montado en un caballo
también negro, y que estaba en estación al lado de la escala desde el
principio de la ejecución, extendió su vara de ébano sobre el reloj.
Detúvose el atormentador; paróse la rueda; y el ojo de Cuasimodo volvió
á abrirse lentamente.
La flagelación se había acabado. Dos criados del atormentador jurado
lavaron los hombros ensangrentados del paciente, los untaron de no sé
qué ungüento, que cerró al instante todas las heridas, y le echaron
sobre las espaldas una especie de paño amarillo en forma de casulla.
Entre tanto, maestre Pierrat Calletuerta escurría en el empedrado las
correas encarnadas y llenas de sangre.
No había concluido todo para Cuasimodo. Todavía le quedaba por sufrir
aquella hora de argolla que tan juiciosamente había añadido maestre
Florián Barbedienne á la sentencia del Sr. Roberto de Estouteville,
todo ello para mayor gloria del antiguo juego de palabras fisiológico y
sicológico de Juan de Cumeno: _Surdus absurdus_.