aquel pequeñillo que tiene unos ojillos ribeteados de encarnado,
barbudo, y con más puntas que la cabeza de un cardo?
--¡Sus caballos son los que hay que ver, dijo Udarda, enjaezados como
están á la moda de su país!
--¡Ah! amiga mía, interrumpió la provincial Marieta, tomando á su vez
un ademán de superioridad, ¿pues qué dijerais si hubieseis visto en el
61, en la consagración de Reims, diez y ocho años hace, los caballos
de los príncipes y de la comitiva del rey? ¡mantillas y caparazones de
todas clases, unos de paño damasquino, de paño fino de oro, forrados
con martas cebellinas; otros de terciopelo, forrados con armiño, y
otros cargados completamente de plata y de gruesas borlas de lo mismo y
de oro! y ¡el dinero que había costado todo! ¡y qué hermosos muchachos
iban de pajes en aquella cabalgada!
--No impide eso, replicó con aspereza Udarda, que los flamencos tengan
hermosísimos palafrenes, y que hayan cenado ayer suntuosamente con el
señor preboste de los mercaderes en la casa del Ayuntamiento, donde les
han servido confites, hipocrás, especerías y otras cosas raras.
--¡Qué estáis diciendo, vecina!, exclamó Gervasia: con el señor
cardenal, ha sido con quien han cenado los flamencos en el Pequeño
Borbón.
--No por cierto; fué en la casa del Ayuntamiento.
--Sí tal; fué en el Pequeño Borbón.
--Es tan cierto que fué en la casa del Ayuntamiento, replicó Udarda con
acrimonia, que el doctor Socorable les ha hecho una arenga en latín, de
la cual han quedado muy satisfechos. Mi marido, que es librero jurado,
es quien me lo ha dicho.
--Es tan cierto, que fué en el Pequeño Borbón, respondió Gervasia con
no menos viveza, que oíd lo que les presentó el procurador del señor
cardenal: doce cuartos dobles de hipocrás blanco, clarete y tinto,
veinticuatro cajas de mazapán doble dorado de León; otras tantas
antorchas de dos libras cada una; y seis toneles de vino de Beaune,
blanco y clarete, el mejor que han podido hallar. Creo que esto es
positivo. Lo sé por mi marido, que es capitán de una cincuentena en el
Locutorio de los Vecinos, y que esta mañana comparaba los embajadores
flamencos con los del preste Juan y los del emperador de Trebisonda
que vinieron de Mesopotamia á París, en tiempo del último rey, y que
llevaban anillos en las orejas.
--Es tan verdad que cenaron en la casa del Ayuntamiento, replicó Udarda
poco movida con toda esta relación, que nunca se vió tal profusión de
viandas y de confituras.
--Os digo que han sido servidos por Soco, el alguacil, en el palacio
del Pequeño Borbón, y que en esto está vuestro error.
--¡En la casa del Ayuntamiento, digo yo!
--¡En el Pequeño Borbón, amiga mía! De tal manera, que habían iluminado
con vidrios mágicos la palabra _esperanza_ que está grabada encima de
la gran portada.
--¡En la casa del Ayuntamiento! ¡en la casa del Ayuntamiento! ¡á fe,
que tocaba la flauta Hussou-le-Voir!
--Yo digo que no.
--Yo digo que sí.
--Yo digo que no.
Disponíase la buena y rolliza Udarda á replicar, y quizá hubiera
llegado la uña al moño, si de repente no hubiese exclamado Marieta:
--¡Mirad la gente que hay reunida al cabo del puente!, algo hay en
medio del corro que todos están mirando.
--Verdad es, dijo Gervasia, que oigo tocar el tamboril. Será la
Esmeraldita que estará haciendo sus mojigangas con su cabra. ¡Vamos de
prisa, Marieta! apretad el paso, y tirad del chico. Aquí habéis venido
para visitar las curiosidades de París. Ayer visteis á los flamencos, y
hoy vais á ver á la gitana.
--¡La gitana!, dijo Marieta volviendo de golpe pies atrás, y apretando
con fuerza el brazo de su hijo. ¡Dios me libre de ello! ¡me robaría mi
niño! ¡Ven acá, Eustaquio!
Y dió á correr por el muelle de la Greva hasta dejar el puente muy
atrás. Pero cayó de rodillas el muchacho de quien iba tirando; detúvose
desalentada, é incorporáronsele Udarda y Gervasia.
--¡Esta gitana robar á vuestro niño!, dijo Gervasia, ¡buena ocurrencia
ésta, por cierto!
Marieta meneaba la cabeza en ademán pensativo.
--Lo que me admira, observó Udarda, es que la _saquita_[9] tiene la
misma idea de las gitanas.
--¿Qué es eso de saquita?, preguntó Marieta.
--¡Toma!, dijo Udarda, la sor Gudula.
--¿Y quién es esa sor Gudula?, replicó Marieta.
--¡Bien estáis en vuestro Reims que no sabéis esto!, respondió Udarda,
es la reclusa de la Ratonera.
--¡Cómo!, contestó Marieta, ¡esa pobrecilla á quien llevamos la torta!
Udarda hizo una señal afirmativa con la cabeza.
--La misma: Vais á verla luego á su lumbrera en la Greva. Tiene la
misma creencia que vos respecto de los vagamundos de Egipto que tocan
el tamboril y dicen la buena ventura al público. No se sabe de dónde
le viene el horror que tiene á los zíngaros y á los gitanos. Pero vos,
Marieta, ¿por qué huís de esa manera sólo al verla?
--¡Oh!, dijo Marieta, cogiendo con sus manos la redonda cabeza de
su niño, no quiero que me suceda á mí lo que sucedió á Paquita la
Cantaflorida.
--¡Ah! eso es una historia que vais á contarnos, buena Marieta, dijo
Gervasia cogiéndola por el brazo.
--Con mucho gusto, respondió Marieta; pero ¡bien se ve que sois de
París que no sabéis esto! Pues os diré (pero no es menester detenernos
para ello) que Paquita la Cantaflorida era una hermosa muchacha de
diez y ocho años, cuando yo también lo era, es decir, diez y ocho
años hace, y que culpa suya es si hoy no se halla hecha, como yo, una
buena madre, gorda y fresca, de treinta y seis años, con un marido y
un muchacho. ¡Por lo demás desde la edad de catorce años, ya no era
tiempo! Era, pues, hija de Guibertau, músico de bateles en Reinas, el
mismo que había tocado delante del rey Carlos VII en su consagración,
cuando bajó nuestro río de Vesle desde Sillery hasta Muisón, que por
cierto estaba en la barquilla la princesita. Murióse el anciano padre,
cuando todavía Paquita era muy niña, no quedando á ésta más que su
madre, hermana del señor Mateo Pradón, maestre latonero y calderero,
en París, calle de Paren-Garlin, que ha muerto el año pasado: ya veis
que era de buen linaje. Por desgracia, su madre era una buena mujer,
que no enseñó á Paquita sino á hacer algunos juguetes y chucherías de
niños, lo cual no impedía á la muchacha ser cada día más grande y más
pobre. Vivían ambas en Reims á la orilla del río, calle de Loca Pena.
Observad esto, que creo ser lo que acarreó la desdicha á Paquita. En
el 61, el año de la consagración de nuestro rey Luis XI, que Dios
guarde, Paquita estaba tan alegre y hermosa, que en todas partes no la
llamaban sino la Cantaflorida.--¡Pobre niña!--Tenía hermosa dentadura,
y le gustaba reirse para enseñarla: pero muchacha que gusta de reir se
encamina á llorar; los hermosos dientes pierden á los hermosos ojos.
Esto era pues la Cantaflorida. Ella y su madre ganaban á duras penas
con qué vivir; habían decaído mucho después de la muerte del músico;
no sacaban de sus juguetes más de seis dinerillos por semana, lo que
no hace enteramente medio sueldo. ¿Dónde se había ido el tiempo en que
el padre Guibertau ganaba con una canción doce sueldos en una sola
consagración? Un invierno (esto era en el mismo año del 61) que las dos
mujeres no tenían ni troncos ni haces, y que hacía mucho frío, dió tan
hermosos colores á la Cantaflorida, que los hombres la gritaban á todas
horas: ¡Paquita! y muchos la llamaban la linda Paquita, y al fin se
perdió.--¡Eustaquio! ¡que te veo yo morder la torta!--Nosotros dijimos
que estaba perdida, al instante que la vimos entrar un domingo en la
iglesia con una cruz de oro al cuello. ¡Á los catorce años! ¿habéis
visto cosa semejante? Primero fué el vizcondesito de Cormontreuil,
que tiene su campanario á tres cuartos de legua de Reims; luego el
señor Enrique de Triancourt, cabalgador del rey; después menos que
eso, Chiart de Beaulión, sargento de armas; después, bajando siempre,
Guery Aubergeón, trinchante del rey; después, Mace de Frepus, barbero
de monseñor el Delfín; después, Thevenot el monje, cocinero del rey;
después, cada vez de menos joven á menos noble, cayó en poder de
Guillelmo Racine, el gaitero, y de Tierri de Mar, farolero. Entonces
la pobre Cantaflorida fué para todos; había llegado al último sueldo
de su pieza de oro. ¿Qué queréis que os diga, amigas mías? En la
consagración, en el mismo año del 61, ¡fué la compañera de lecho del
rey de los pillos!--¡En el mismo año!
Suspiró Marieta, y enjugóse una lágrima que asomaba á sus ojos.
--Esa es una historia que tiene poco de extraordinario, dijo Gervasia,
y yo no veo en todo ello gitanos ni niños.
--¡Paciencia!, replicó Marieta; en cuanto á niño vais á ver uno.--En el
66, diez y seis años hará este mes el día de Santa Paula, parió Paquita
una niña. ¡Desdichada de ella! tuvo un grandísimo gozo, pues hacía
mucho tiempo que suspiraba por un hijo. Su madre, buena mujer, que
nunca supo otra cosa sino cerrar los ojos, su madre digo, había muerto.
Nada tenía ya Paquita en el mundo que querer, nadie que la quisiese.
Desde que tuvo el primer tropiezo, cinco años antes, era una infeliz
criatura la Cantaflorida. Estaba sola, sola en el mundo, señalada con
el dedo, zumbada en las calles, aporreada de los alguaciles, burlada
de los muchachos andrajosos. Además habían llegado los veinte años;
y veinte años es la vejez para las mujeres de la vida airada. La
locura empezaba á no producirle más que los juguetes en otro tiempo;
á cada arruga que llevaba se escapaba un escudo, volvía á serle duro
el invierno; era de nuevo rara la leña en su hogar y el pan en su
artesa. Ya no podía trabajar, porque con los placeres se había hecho
perezosa, y sufría mucho más, porque de perezosa se había entregado
á los placeres.--Así es á lo menos cómo explica el señor cura de San
Remigio, por qué tienen tales mujeres más frío y más hambre que las
demás mendigas, cuando son viejas.
--Sí, respondió Gervasia; pero ¿los gitanos?
--¡Espera, mujer!, dijo Udarda, cuya atención era menos impaciente.
¿Qué quedaría para el fin si todo estuviera en el principio? Proseguid,
Marieta, si gustáis. ¡Pobre Cantaflorida!
Marieta prosiguió:
--Pues ella estaba muy triste, muy miserable, y hacíase surcos en
sus mejillas de llorar. Pero en medio de su vergüenza, su locura y
su extravío, parecíale que estaría menos avergonzada, menos loca, y
menos extraviada, si hubiese algo en el mundo, ó alguno á quien ella
pudiese querer y que la quisiese. Era menester que fuese un niño,
porque sólo un niño podía ser bastante inocente para el caso.--Esto
lo había conocido después de haber procurado amar á un ladrón, el
único hombre que pudiera haber hecho caso de ella; pero al cabo de
poco tiempo advirtió que el ladrón la despreciaba.--Á tales mujeres
es necesario un amante ó un niño para ocupar su corazón; de otro modo
son muy desdichadas.--No pudiendo, pues, tener un amante, sus deseos
se concentraron enteramente á un niño, y como no había dejado de ser
piadosa, todos los días pedía á Dios esta gracia. Oyó Dios sus votos y
le concedió una niña. De su alegría no quiero hablaros; fué un diluvio
de lágrimas, de caricias y de besos. Amamantó ella misma á su niña,
hízole mantillas con su cobertor, único abrigo que tenía sobre su
cama, y ya no sintió ni frío ni hambre. Volvió á ser hermosa. Soltera
vieja hace madre joven. Empezó otra vez la galantería; volvieron á
ver á la Cantaflorida; halló todavía parroquianos para su mercancía,
y con todos aquellos horrores hizo envolturas, capillos y babadores,
justillos de punta y gorrillos de raso, sin pensar jamás en comprarse
un cobertor.--Señor Eustaquio, ya os he dicho que no os comáis la
torta.--Es seguro que Inesita, éste era el nombre de la niña, nombre
de pila, pues en cuanto al apellido, mucho tiempo había que ya no lo
tenía la Cantaflorida.--Es cierto, pues, que Inesita estaba más cargada
de cintas y bordados que una delfina que la hija de un rey.--Tenía
entre otras cosas un par de zapatitos, que seguramente no los ha tenido
semejantes el rey Luis XI. Se los había cosido y bordado su madre
misma, y había puesto en ellos toda su destreza de lencera y todos
los calados de un vestido de la virgen.--Eran verdaderamente los dos
zapatos colorados más monos que se podían ver. Eran largos lo más como
mi pulgar, y era preciso ver los piececitos de la niña salir de ellos
para creer que habían podido entrar. ¡Es verdad que los piececitos eran
tan pequeños, tan lindos, tan rosaditos! ¡más rosados que el raso de
los zapatos!--Cuando tengáis hijos, Udarda, veréis que no hay cosa más
hermosa que unos piececitos y unas manecitas así.
--No deseo yo otra cosa, dijo Udarda suspirando; pero estoy aguardando
á que lo tenga á bien el señor Andri Musnier.
--Por lo demás, prosiguió Marieta, no es sólo los pies lo que tenía
lindo la niña de Paquita. Yo la vi cuando tenía sólo cuatro meses; ¡era
un amor! Tenía los ojos más grandes que la boca, y unos cabellos finos,
negros, que ya se rizaban, los más hermosos del mundo. ¡Habría sido una
morena muy agraciada á los diez y seis años! Queríala cada día más su
madre. ¡Acariciábala, la abrazaba, le hacía cosquillas, la engalanaba,
se la comía á besos! Estaba loca, y no cesaba de dar gracias á Dios.
¡Sobre todo aquellos piececitos de color de rosa eran para ella un
embeleso continuo, un delirio de gozo! Siempre tenía sus labios
pegados á ellos, y no se hartaba de admirar su pequeñez. Metíalos en
los zapatillos, los sacaba de ellos, los admiraba, se maravillaba,
miraba la luz al través, dábale lástima de enseñarles á andar sobre su
cama, y hubiera con gusto pasado su vida de rodillas en calzarlos y
descalzarlos como si hubiesen sido los de un niño Jesús.
--El cuento es hermoso y bueno, dijo á media voz Gervasia; pero ¿dónde
está el Egipto en todo eso?
--Vedle aquí, replicó Marieta. Llegaron un día á Reims una especie de
jinetes muy extraños. Eran unos mendigos y unos pillos que caminaban
por el país conducidos por su duque y sus condes. Eran prietos de
color, tenían los cabellos muy rizados, y unos anillos de plata en
las orejas. Las mujeres eran todavía más feas que los hombres. Tenían
la cara más atezada y siempre descubierta, una ropilla corta y mala
sobre el cuerpo, un paño viejo tejido con soga, atado á los hombros,
y la cabellera como cola de caballo. Los muchachos que se revolcaban
entre sus piernas hubiesen puesto miedo á los monos mismos: era una
banda de excomulgados, que venía en derechura del bajo Egipto á Reims
por la Polonia. Decían que los había confesado el Papa, y les había
mandado en penitencia ir siete años de seguida por el mundo, sin dormir
en camas; así es que se llamaban penitentes y hedían. Parece que en
otros tiempos habían sido sarracenos, de donde provenía que creían en
Júpiter, y reclamaban diez libras tornesas de todo arzobispo, obispo
ó abad mitrado. Una bula del Papa les valió todo esto. Iban á Reims
á decir la buena ventura en nombre del rey de Argel y del emperador
de Alemania. Ya imaginaréis que no fué menester más para que se les
prohibiese la entrada en la ciudad. Entonces toda la banda campó
graciosamente cerca de la puerta de Braine, sobre aquel terromontero
donde hay un molino, junto á los agujeros de los antiguos gredales. Y
todos en Reims corrían á verlos á porfía. Miraban en las manos de las
gentes y les decían profecías maravillosas, en términos que hubieran
pronosticado á Judas que llegaría á ser Papa. Sin embargo, corrían
malos rumores tocante á ellos de niños robados, de bolsas hurtadas,
y de carne humana comida. Las personas de juicio decían á los locos:
no vayáis allá, y después ellos mismos iban á escondidas. En fin, era
una furia. Es verdad que decían cosas para maravillar á un cardenal.
Envanecíanse las madres con sus hijos después que los gitanos les
habían leído en la mano toda especie de milagros escritos en pagano y
en turco. Ésta tenía en su niño un emperador, aquélla un papa, la otra
un capitán. Dejóse arrastrar de la curiosidad la pobre de Cantaflorida;
quiso saber lo que tenía en su linda Inesita, y si un día llegaría á
ser emperadora de Armenia ú otra cosa. Llevóla pues á los gitanos, y
las gitanas empezaron á admirar la niña, acariciarla y besarla con sus
negras bocas, y á pasmarse de su manecita, ¡ah! con grandísimo gozo de
la madre. Alabaron sobre todo los lindos pies y los lindos zapatos.
La niña no tenía todavía un año; y ya tartamudeaba, se reía como una
loquita con su madre; estaba gorda como una bola, y tenía millares
de acciones de los ángeles del paraíso. Asustóse mucho á la vista de
las gitanas, y echó á llorar; pero besóla más tiernamente su madre y
volvióse loca de contento con la buena ventura que las adivinas habían
dicho á su Inesita. Con el tiempo había de ser una hermosura, una
virtud, una reina. Volvió, pues, á su zaquizamí de la calle de la Loca
Pena, envanecida de llevar á él una reina. Al día siguiente aprovechóse
de un momento en que la niña dormía sobre su cama (pues la acostaba
siempre consigo), dejó con tiento la puerta entreabierta, y corrió á
contar á una vecina de la calle del Secadero, que llegaría un día en
que su hija Inés sería servida á la mesa por el rey de Inglaterra y el
archiduque de Etiopía, con otros mil prodigios. Á su vuelta, no oyendo
gritos al subir la escalera se dijo á sí misma: ¡Bueno! todavía duerme
la niña. Halló su puerta más abierta de lo que la había dejado, sin
embargo entró la pobre madre, y corrió hacia la cama...--La niña ya
no estaba en ella, el sitio había quedado vacío. Nada quedaba más de
la niña sino uno de sus zapatitos. Lanzóse la desventurada fuera del
aposento, echóse por la escalera abajo, y fué dándose testeradas contra
las paredes, gritando:--¡Hija mía! ¿quién tiene mi hija? ¿quién me ha
robado mi niña?--La calle estaba desierta y la casa aislada; nadie pudo
responderle. Se fué por la ciudad, registró todas las calles, corrió
acá y acullá todo el día la loca, perdida, terrible, husmeando á las
puertas y á las ventanas como una fiera que ha perdido sus cachorros.
Estaba sin aliento, desmelenada, daba horror el verla y tenía en los
ojos un fuego que secaba sus lágrimas. Detenía á los transeuntes, y
gritaba:--¡Mi hija! ¡mi hija! ¡mi hermosa hija! El que me vuelva á mi
hija, yo seré su criada, la criada de su perro, comerá mi corazón si
quiere.--Encontró al señor cura de San Remigio, y le dijo:--¡Señor
cura, labraré la tierra con mis uñas pero volvedme mi hija!--Aquello
partía el corazón, Udarda; y yo he visto un hombre muy duro, maestre
Poncio Lacabre, el procurador, que lloraba.--¡Ah! ¡pobre madre! Por la
tarde volvió á su casa. Durante su ausencia, una vecina había visto dos
gitanos subir á escondidas con un paquete en sus brazos, bajar después,
dejando antes cerrada la puerta, y huir de prisa. Después de su partida
se oían en la habitación de Paquita como gritos de un niño. La madre
comenzó á reir á carcajadas, subió las escaleras como con alas, hundió
su puerta como un cañón de artillería, y entróse... ¡Cosa horrorosa,
¡Udarda!, en lugar de su gentil Inesita, tan rosada y tan fresca,
que era una dádiva de Dios, halló una especie de monstruo pequeño,
horrible, cojo, tuerto, contrahecho, arrastrándose chillando por el
piso. Ella cerró los ojos con horror:--¡Oh!, dijo, ¿habrán las brujas
transformado mi hija en este animal espantoso?--Diéronse prisa á llevar
de allí al cojito; si no la hubiese vuelto loca. Era sin duda el hijo
monstruoso de alguna gitana dada al diablo. Parecía tener unos cuatro
años, y hablaba una lengua que no era lengua humana; eran palabras que
no son posibles.--La Cantaflorida se había arrojado sobre el zapatito,
resto único que le quedaba de cuanto había amado. Permaneció así tan
luengo tiempo, inmóvil, muda, sin aliento, que la creyeron muerta.
De repente comenzó á temblar todo su cuerpo, cubrió su reliquia con
besos ardientes, y se desató en sollozos como si su corazón se hubiese
desgarrado. Os aseguro que llorábamos también todas. Decía así:--¡Oh!
¡hijita mía! ¡mi hermosa hijita! ¿dónde estás? y esto os despedazaba
las entrañas; todavía lloro al acordarme. Nuestros hijos, ya lo veis,
son la médula de nuestros huesos.--¡Pobre Eustaquio mío! ¡tú eres tan
hermoso! ¡Si supieseis que gracioso es! Ayer me decía: Yo quiero ser
gendarme. ¡Oh! Eustaquio mío! ¡si yo te perdiese!--De repente levantóse
la Cantaflorida y se puso á correr por Reims gritando;--¡Al campo de
los gitanos! ¡Al campo de los gitanos! Vengan alguaciles para quemar
á las brujas!--Los gitanos se habían marchado.--Era una noche muy
oscura; no pudieron perseguirlos. El día siguiente á dos leguas de
Reims, en una maleza entre Gueux y Tilloy, hallaron los restos de un
gran fuego, unas cintas que habían pertenecido á la niña de Paquita,
gotas de sangre, y rastros de machos cabríos. La noche que acababa de
pasar era precisamente la de un sábado: no dudaron pues que los gitanos
habían tenido conventículo en aquella maleza, y devorado á la niña en
compañía de Belcebú, como se practica entre los mahometanos. Cuando la
Cantaflorida supo estas cosas tan horribles, no lloró más, movió los
labios como para hablar, pero no pudo. Al otro día tenía canas, y al
siguiente había desaparecido.
--¡No hay duda en que la historia es horrorosa, dijo Udarda, y que
haría llorar á un burguiñón!
--Ya no me admiro, añadió Gervasia, que os persiga tanto el temor de
los gitanos.
--Y tanto mejor habéis hecho, prosiguió Udarda, en huir de contado con
vuestro Eustaquio, cuanto que éstos son también gitanos de Polonia.
--No, replicó Gervasia. Dicen que vienen de España y de Cataluña.
--¿Cataluña?, puede ser, contestó Udarda: Polonia, Cataluña, Valoña,
siempre confundo estas tres provincias. Lo que es cierto es que son
gitanos.
--Y que sin la menor duda, añadió Gervasia, tienen dientes bastante
largos para comer niños, y no me admiraría que también les ayudase un
poco la Esmeralda con ser tan melindrosa. Su cabra hace cosas demasiado
maliciosas para que no haya en ello algún maleficio.
Marieta caminaba silenciosamente. Estaba absorta en aquella meditación
que es en cierto modo el prolongamiento de una narración dolorosa, y
que no cesa sino después de haber propagado el movimiento de vibración
en vibración, hasta las últimas fibras del corazón. En esto Gervasia
le preguntó:--Y ¿no se ha llegado á saber lo que se ha hecho de la
Cantaflorida? Marieta no respondió. Repitió su pregunta Gervasia
sacudiéndole el brazo y llamándola por su nombre. Marieta pareció
despertar de su arrobamiento.
--¿Qué se ha hecho de la Cantaflorida?, dijo, repitiendo maquinalmente
las palabras cuya impresión existía aún en su oído: en seguida,
esforzándose por fijar su atención en el sentido de estas palabras:
¡Ah!, exclamó con viveza, no se ha sabido más de ella.
Y después de una pausa, añadió:
--Unos dijeron que la habían visto salir de Reims al anochecer por
la puerta de Flechembault; otros, al amanecer, por la antigua puerta
Basada. Un mendigo halló la cruz de oro colgada en la de piedra
que está en el campo donde se tiene la feria. Ésta era la joya que
la había perdido en el '61. Era una dádiva del gallardo vizconde
de Cormontreuil, su primer amante. Paquita no había querido nunca
deshacerse de ella, en medio de su mayor miseria. La apreciaba como
su vida. Por eso, cuando vimos la cruz abandonada, todas pensamos que
la pobre había muerto. Sin embargo, hay algunos de la Taberna de los
Vautos que dijeron haberla visto pasar por el camino de París, andando
descalza de pies y pierna por las guijas; más para eso sería menester
que hubiese salido por la puerta de Vesla, y esto no concuerda con lo
demás. O, por mejor decir, yo creo que en efecto salió por la puerta de
Vesla, pero fué para el otro mundo.
--No os entiendo, dijo Gervasia.
--La Vesla, contestó Marieta con una sonrisa melancólica, es el río.
--¡Pobre Cantaflorida!, dijo Udarda estremecida, ¡ahogada!
--¡Ahogada!, prosiguió Marieta; y ¿quién hubiera dicho al buen padre
Guibertau, cuando pasaba bajo el puente de Tinqueux sobre la corriente
del agua, cantando en su barca que también pasaría un día su querida
Paquita por el mismo sitio, pero sin canción y sin batel?
--¿Y el zapatito?, preguntó Gervasia.
--Desaparecido con la madre, respondió Marieta.
--¡Pobre zapatito!, dijo Udarda.
Udarda, gorda y sensible, se hubiera contentado con suspirar en
compañía de Marieta, pero Gervasia, más curiosa, no estaba al cabo de
sus preguntas.
--¿Y el monstruo?, dijo de golpe á Marieta.
--¿Qué monstruo?, preguntó ésta.