estaba fisgando á su lado, mientras él comentaba los lances que se
presentaban á sus ojos, ahí tienes á Juanilla del Espinar, la hermosa
hija del Haragán del Mercado Nuevo. ¡Por vida mía que ese viejo la va
á condenar! porque no tiene más ojos que orejas; ¡quince sueldos y
cuatro ardites por haber traído dos rosarios! un poco caro es. _Lex
duri carminis._--¿Quién es aquél? ¡Ah! ¡Robín Chief-de-Ville, el
posadero! ¿por haber sido recibido maestre en el dicho oficio? Vamos,
esto es su paga de entrada.--¡Ah! ¡dos gentiles-hombres entre estos
pillos! ¡Aiglet de Soins y Hutín de Mailly, dos escuderos, _corpus
Christi_! ¡Ah! han jugado á los dados. ¡Cuándo veré yo aquí á nuestro
rector! ¡Cien libras de multa para su majestad! ¡El Barbedienne golpea
como un sordo... que lo es!--¡Quiero convertirme ahora mismo en mi
hermano el arcediano, si esto me impide jugar de día, jugar de noche,
vivir en el juego, morir en el juego, y jugar mi alma después de mi
camisa!--¡Virgen Santísima, cuántas mozas! una tras otra, ovejas mías
¡Ambrosia Lécuyère! ¡Isabel la Painette! ¡Berarda Gironín! ¡Voto va
que las conozco á todas! ¡multa! ¡multa! ¡Esto os enseñará á llevar
cinturones dorados! ¡diez sueldos, coquetas!--¡Oh qué viejo hocico
de juez, sordo é imbécil! ¡Oh Florián el zopenco! ¡Oh Barbedienne el
avestruz! ¡mírale á la mesa! Come del litigante, come del pleito, come,
masca, traga, se hincha. Multas, pérdidas, tasas, gastos legales,
costas, salarios, daños y perjuicios, esposas, grillos y cárcel y
cepos con costas, ¡todo es para él colación, noche buena, y mazapán
de San Juan! Mírale, ¡qué tarugo! ¡Bien! ¡guapo! ¡otra enamorada!
¡Thibaud la Tibauda, ni más ni menos! ¡para haber salido de la calle de
Glatiñi!--¿Qué hijo es ése? Gieffroy Mabone, mozo de escuadra matón:
ha renegado el nombre de su padre.--¡Multa á la ¡Tibauda! multa al
Gieffroy! ¡multa á ambos! ¡Viejo sordo! ¡debe haber confundido los dos
casos! ¡apostaría diez contra uno, que hace pagar el voto á la moza,
y el amor al miñón! ¡Atención, Robín Zampapán! ¿Qué gentes nos traen
aquí? ¡Cuánto alguacil! Por Júpiter, que están aquí todos los galgos
de la trahilla; ésta debe de ser la principal pieza de la caza: un
jabalí.--¡Y eso es, Robín, un jabalí! ¡y bueno! cáspita! ¡Pues si es
nuestro príncipe de ayer, nuestro papa de locos, nuestro campanero,
nuestro tuerto, nuestro jorobado, nuestra mueca! ¡Es Cuasimodo!...
No era nada menos.
Era Cuasimodo, cinchado, fajado, atado, agarrotado y con buena guardia.
Estaba reforzada la escuadra de alguaciles que le rodeaba del caballero
del acecho en persona, con las armas de Francia bordadas sobre el pecho
y las de la ciudad sobre la espalda. Por lo demás nada se veía en
Cuasimodo fuera de su deformidad que pudiese justificar aquel aparato
de alabardas y arcabuces; estaba triste, silencioso y quieto. Apenas su
único ojo echaba de cuando en cuando una mirada solapada y colérica á
los hierros que le aprisionaban.
Paseó al rededor de sí aquella mirada, pero tan débil y dormida, que
las mujeres no se le señalaban con el dedo, sino para reirse de él.
Entre tanto ojeó con atención maestre Florián el legajo de la queja
dada contra Cuasimodo, que le presentó el escribano, y echada aquella
ojeada, pareció recapacitar un momento. Gracias á esta precaución que
tenía siempre cuidado de tomar en el momento en que debía proceder
á un interrogatorio, sabía de antemano los nombres, calidades y
delitos del acusado, hacía réplicas previstas y respuestas previstas,
y lograba salirse de todas las sinuosidades del interrogatorio, sin
dejar adivinar demasiado su sordera. Eran para él los papeles del
pleito el perro del ciego. Si sucedía por casualidad que su enfermedad
se descubriese acá y acullá, por algún apóstrofo incoherente ó alguna
pregunta ininteligible, esto pasaba entre los unos por profundidad y
por necedad entre los otros: en ambos casos, ninguna mella recibía
el honor de la magistratura; pues más vale que un juez sea reputado
imbécil ó profundo, que sordo. Cuidaba, pues, con el mayor estudio de
disimular su sordera á los ojos de todos, y por lo común lo lograba
tan perfectamente, que había llegado á hacerse ilusión á sí mismo; lo
cual por otra parte es más fácil de lo que se cree; todos los jorobados
andan con la cabeza levantada, todos los tartamudos declaman, y todos
los sordos hablan bajo; en cuanto á él se tenía á lo más por teniente.
Ésta era la única concesión que hacía en el particular á la opinión
pública, en sus momentos de sinceridad y examen de conciencia.
Habiendo bien rumiado la causa de Cuasimodo, echó la cabeza hacia
atrás, y medio cerró los ojos, para ostentar más majestad é
imparcialidad, de manera que en aquel momento era á la vez sordo y
ciego; doble condición, sin la cual no hay juez perfecto. En esta
magistral actitud comenzó el interrogatorio.
--¿Vuestro nombre?
Pero éste era un caso «no previsto por la ley», que un sordo tuviera
que interrogar á un sordo.
Cuasimodo que nada percibía de la pregunta que se le hacía, continuó
clavando sus ojos en el juez, y no respondió. El juez, sordo también,
y que no advertía nada de la sordera del acusado, creyó que había éste
respondido, como lo hacían generalmente todos los reos, y prosiguió con
su confianza mecánica y estúpida.
--Está bien: ¿vuestra edad?
Tampoco respondió nada Cuasimodo á esta pregunta. Creyó el juez que lo
había hecho y continuó:
--Ahora, ¿vuestro estado?
Siempre el mismo silencio. Entretanto el auditorio empezaba á
cuchichear y á mirarse unos á otros.
--Basta, contestó el imperturbable oidor, cuando supuso que el acusado
había acabado su tercera respuesta. Sois acusado delante de nos;
_primo_, de desorden nocturno; _secundo_, de hechos deshonestos con
una mujer loca, _in prejudicium meretricis_; _tertio_, de rebelión y
deslealtad para con los arqueros de la ordenanza del rey nuestro señor:
explicaos sobre todos estos puntos.--Escribano, ¿habéis escrito lo que
hasta ahora ha dicho el acusado?
Á esta malhadada pregunta estalló una carcajada desde la mesa del
escribano hasta el auditorio, tan violenta, tan descompuesta, tan
contagiosa, tan universal, que fué forzoso á los dos sordos el
advertirla. Volvióse Cuasimodo enderezando la corcova con desdén,
mientras que maestre Florián, atónito como él, y suponiendo que la
risa de los espectadores había sido provocada por alguna respuesta
irreverente del acusado, lo que creyó patente en aquel levantamiento de
hombros, le apostrofó con indignación:
--¡Habéis dado, bellaco, una respuesta que merecería el lazo! ¿Sabéis á
quién habláis?
No era esta salida á propósito para hacer cesar la explosión de la
alegría general; pareció á todos tan heteróclita y desatinada, que
la risa se apoderó hasta de los alguaciles del locutorio de los
vecinos, especie de sotas de espadas, cuyo uniforme era la estupidez.
Sólo Cuasimodo conservó su seriedad, por la sencilla razón de que no
comprendía nada de cuanto pasaba á su alrededor. El juez cada vez más
irritado, creyó deber continuar en el mismo tono, confiando inspirar de
esta manera al acusado un terror que se extendería al auditorio, y le
reduciría al respeto.
--¡Es decir, pues, maestre perverso y rapaz, que os atrevéis á ofender
al oidor del Châtelet, al magistrado encargado de la policía popular de
París; de hacer pesquisa de los crímenes, delitos y malas pasadas; de
censurar todas las profesiones y prohibir el monopolio; de conservar
los empedrados; de impedir los regatones de gallinas, aves domésticas
y silvestres; de hacer medir la leña y otras especies de maderas;
de limpiar la ciudad del lodo, y purificar el aire de enfermedades
contagiosas; de estar ocupada continuamente para el público, en una
palabra, sin sueldo ni esperanza de salario. ¡Sabéis que me llamo
Florián Barbedienne, lugarteniente nato del señor preboste, y además
comisario, cuestor, registrador y examinador con igual poder en
prebostazgo, bailía, conservación y presidia...!
No hay razón por la cual se detenga un sordo que habla á otro sordo.
Dios sabe dónde y cuándo se hubiese detenido maestre Florián, lanzado
de esta manera á todo remo en la alta elocuencia, si no se hubiese
abierto de repente la puerta baja del fondo, para abrir paso al señor
preboste en persona.
Á su entrada no se cortó maestre Florián, antes bien dando una media
vuelta, y apuntando precipitadamente al preboste la arenga que
fulminaba contra Cuasimodo un momento antes:--Monseñor, le dijo, pido
la pena que os parezca contra el acusado que está presente, por grave y
sorprendente falta contra la justicia.
Volvió á sentarse sin aliento, enjugando grandes gotas de sudor que
corrían de su frente y mojaban como lágrimas los pergaminos abiertos
delante de él. Don Roberto de Estouteville arrugó las cejas, é hizo
á Cuasimodo un gesto, para que prestase atención, tan imperioso y
significativo que el sordo comprendió algo de él.
Dirigióle el preboste la palabra con severidad:--¿Qué has hecho para
estar aquí, bribón?
El pobrecillo, suponiendo que el preboste le preguntaba su nombre,
rompió el silencio que había guardado hasta entonces, y respondió con
voz ronca y gutural:--Cuasimodo.
Coincidía tan poco la respuesta con la pregunta, que la risa volvió
á circular desordenadamente, y D. Roberto exclamó, encendido de
cólera:--¿También haces burlas de mí, bellaco de cuatro suelas?
--Campanero de Nuestra Señora, contestó Cuasimodo, creyendo que se
trataba de que explicase al juez quién era él.
--¡Campanero!, replicó el preboste, que se había despertado aquella
mañana de bastante mal humor, como ya hemos dicho, para que su furor
no necesitase ser avivado por tan extrañas respuestas. ¡Campanero! Yo
te haré dar sobre las costillas un repique de penca en las esquinas de
París. ¿Lo entiendes, pillo?
--Si es mi edad lo que queréis saber, dijo Cuasimodo, creo que tendré
veinte años por San Martín.
Esto pasaba ya de raya; y el preboste no pudo contenerse.
--¡Ah! ¡befas al prebostazgo, miserable! Señores alguaciles de vara,
llevaréis á este bellaco á la picota de la Greva, le azotaréis, y le
daréis vueltas por espacio de una hora. ¡Me la pagará, voto á Dios!
y quiero que pregonen el presente juicio con asistencia de cuatro
trompeteros jurados, en las siete castellanías del vizcondado de París.
El escribano se puso á extender incontinenti la providencia.
--¡Por vida de Dios! ¡vaya una cosa bien juzgada!, exclamó en su rincón
el estudiantillo Juan Frollo del Molino.
Volvióse el preboste, y clavó otra vez sus ojos centelleantes en
Cuasimodo.--Creo que el bellaco ha dicho _¡Por vida de Dios!_ escribano
añadid doce dineros de multa por el juramento, la mitad para la fábrica
de San Eustaquio. Tengo una devoción particular á San Eustaquio.
En pocos minutos estuvo escrita la sentencia; su tenor era claro y
breve. Todavía no había sido formulada la costumbre del prebostazgo
y vizcondado de París por el presidente Tibaud Baillet, y por
Roger Barmne, el abogado del rey; entonces no estaba obstruida por
aquella turba de sutilezas y autos con que la embarazaron los dos
jurisconsultos al principio del siglo XVI; todo en ella era claro,
expedito y explícito. Íbase en ella derechamente al objeto, y pronto
se veía al cabo de cada sendero, sin malezas ni rodeo, la rueda, el
patíbulo ó la picota. Á lo menos sabía uno á donde iba.
Presentó el escribano la sentencia al preboste que puso en ella
su sello, y fuese á proseguir su visita á los auditorios, con tal
disposición de ánimo, que debió poblar en aquel día todas las cárceles
de París. Juan Frollo y Robín Zampapán se reían con disimulo: Cuasimodo
miraba la escena con ademán entre indiferente y atónito.
Sin embargo, al leer á su vez maestre Florián Barbedienne la sentencia
para firmarla, el escribano se sintió movido de compasión hacia
el pobrecillo sentenciado, y con la esperanza de conseguir alguna
disminución de pena, se acercó lo más que pudo al oído del oidor, y le
dijo señalando á Cuasimodo:--Ese hombre es sordo.
Esperaba que la comunidad de enfermedad despertaría el interés de
maestre Florián en favor del reo; pero ya hemos observado en primer
lugar que el maestre Florián no se interesaba mucho en que se echase de
ver su sordera; y además tenía el oído tan torpe que no entendió una
palabra de lo que le dijo el escribano; no obstante quiso aparentar
entender y respondió:--¡Ah! ¡ah! esto es diferente; no sabía yo eso.
Una hora de vergüenza más, en tal caso.
Y firmó la sentencia modificada de esta manera.
--Bien hecho está, dijo Robín Zampapán, que tenía tirria á Cuasimodo;
esto le enseñará á tratar las gentes con aspereza.
NOTAS:
[6] Este cometa, contra el cual mandó hacer rogativas públicas el papa
Calixto de Borja, es el mismo que ha vuelto á aparecer en 1835.
[7] Dignidad que está unida á un poder muy extenso en lo relativo á la
policía, y á muchas prerogativas y derechos.
II
La ratonera
Permítanos el lector volverle á la plaza de Greva, que dejamos ayer con
Gringorio para seguir á la Esmeralda.
Son las diez de la mañana; todo indica el día siguiente á una fiesta.
El empedrado está cubierto con restos de ella; cintas, arambeles,
plumas de penachos, gotas de cera de las hachas, migajas del gaudeamus
público. No pocos vecinos pasan el tiempo, como suele decirse, paseando
acá y acullá, removiendo con el pie los tizones apagados de la hoguera,
arrebatados delante de la casa de los Pilares con el recuerdo de las
suntuosas tapicerías de la víspera, y mirando hoy los clavos, última
diversión. Los vendedores de sidra y cerveza ruedan su barrica por
en medio de los corrillos. Algunos que van á sus quehaceres pasan y
vuelven: platican los mercaderes y se llaman unos á otros desde el
umbral de las tiendas. Las fiestas, los embajadores, Coppenole, el
papa de los locos, andan en boca de todos; y cada cual se esfuerza
por glosar mejor y reir más. Mientras tanto, cuatro alguaciles de
á caballo, que acaban de ponerse á los cuatro lados de la picota,
han reconcentrado ya al rededor de sí una buena porción del pueblo
esparcido por la plaza, y que se condena á la inmovilidad y al
fastidio, con la esperanza de una ejecucioncita.
Si ahora el lector, después de haber contemplado la escena viva y
vocinglera que se representa en todos los puntos de la plaza, dirige
sus miradas hacia la antigua casa medio gótica, medio romanesca de
la Torre de Rolando, que forma la esquina del muelle al poniente,
podrá notar en el ángulo de la fachada un gran breviario público con
ricas estampas, preservado de la lluvia y de los ladrones por una
reja que no obstante permite hojearle. Al lado del breviario hay una
estrecha lumbrera en arcos diagonales, cerrada con dos barrotes de
hierro cruzados, que da á la plaza, única abertura que deja entrar un
poco de luz y de aire en una celdilla sin puerta al ras de la calle,
abierta en el grueso de la pared de la antigua casa, y donde reina una
tranquilidad tanto más profunda, un silencio tanto más mustio, cuanto
que á su alrededor hormiguea y hace ruido una plaza pública, la más
concurrida y bulliciosa de París.
Era esta celda célebre en París desde que la señora Rolanda de la
Torre de Rolando, cerca de tres siglos antes, cubierta de luto por su
padre, muerto en la cruzada, la había hecho abrir en la pared de su
propia casa con el fin de encerrarse en ella para siempre, conservando
de su palacio esta sola estancia cuya puerta estaba tapiada y abierta
la lumbrera tanto en invierno como en verano, dando todo el resto á
los pobres y á Dios. La desconsolada doncella había en efecto esperado
veinte años la muerte en este sepulcro anticipado, rogando á Dios por
el alma de su padre día y noche, durmiendo sobre la ceniza, sin tener
siquiera una piedra por almohada, vestida con un saco negro, viviendo
solamente del agua y pan que dejaba en el borde de la lumbrera la
piedad de los transeuntes; recibiendo de esta manera los dones de la
caridad después de haberla hecho. Al morir, en el momento de pasar al
otro sepulcro, había legado éste para siempre á las mujeres afligidas,
madres, viudas ó solteras que tuviesen mucho que rogar por otros ó
por sí mismas, y que quisiesen enterrarse vivas por un gran dolor ó
por una penitencia grande. Los pobres de su tiempo le habían hecho
suntuosos funerales de lágrimas y bendiciones; mas á su grandísimo
pesar, la piadosa doncella no había podido ser canonizada por falta
de protectores. De entre ellos los que eran algo impíos, confiados en
que la cosa se arreglaría más fácilmente en el paraíso que en Roma,
habían sin más ni menos rogado á Dios por la difunta en defecto de la
canonización papal; pero los más se habían contentado con tener por
sagrada la memoria de Rolanda y hacer reliquias de sus andrajos. La
ciudad por su parte había fundado á la intención de la doncella un
breviario público sellado cerca de la lumbrera de la celda, á fin de
que los transeuntes se detuviesen allí de tiempo en tiempo, aunque no
fuese para otra cosa sino para orar, que con el objeto de la oración
hiciese pensar en la limosna, y no muriesen enteramente de hambre
y olvidadas las pobres reclusas herederas de la tumba de la señora
Rolanda.
Por lo demás no era cosa muy rara tales especies de sepulcros en las
ciudades de la Edad Media: muchas veces en la calle más frecuentada,
en el mercado más concurrido y más bullicioso, en medio de él y en
cierta manera bajo los pies de los caballos, bajo las ruedas de
las carretas, se encontraba un sótano, un pozo, una celda murada y
enrejada, en el fondo de la cual rogaba de día y de noche un ser
humano, voluntariamente entregado á alguna lamentación eterna, á
alguna grande expiación. Y todas las reflexiones que despertaría hoy
en nosotros tan extraño espectáculo; aquella hórrida celda, especie
de eslabón intermedio de la casa y del sepulcro, del cementerio y de
la ciudad, aquel viviente apartado de la comunidad humana y contado
ya entre los muertos; aquella lámpara consumiendo su última gota de
aceite en la oscuridad; aquel resto de vida vacilando en una fosa;
aquel soplo, aquella voz, aquella oración sin fin en una caja de
piedra; aquel rostro vuelto para siempre hacia el otro mundo; aquellos
ojos iluminados ya por otro sol; aquella oreja pegada á las paredes
de la tumba; aquella alma prisionera en aquel cuerpo, aquel cuerpo
prisionero en aquel calabozo, y bajo la doble cubierta de carne y de
granito el zumbido de aquella alma en pena; nada de esto percibía la
turba: la piedad poco razonadora y poco sutil de aquel tiempo no veía
tantos aspectos en un acto de religión; tomaba la cosa por mayor;
y si era menester, honraba, veneraba, santificaba el sacrificio;
pero no analizaba los tormentos, y sólo se compadecía á medias. De
cuando en cuando llevaba alguna pitanza al miserable penitente,
miraba por el agujero si vivía aún, ignoraba su nombre, sabía apenas
cuántos años llevaba de haber empezado á morir, y al extranjero que
preguntaba quién era el esqueleto vivo que se podría en aquel sótano,
respondían simplemente los vecinos, si era hombre:--«Es el recluso»; si
mujer;--«Es la reclusa».
Así se veía todo entonces, sin metafísica, sin exageración, sin cristal
de aumento, con la vista natural. Todavía no se había inventado el
microscopio para las cosas materiales, ni aún para las del espíritu.
Por lo demás, aunque se maravillaban poco de ello, eran sin embargo
muy frecuentes, como lo hemos dicho, los ejemplos de aquella especie
de clausura en medio de las ciudades. Había en París un gran número de
las tales celdas, ya para rogar á Dios, ya para hacer penitencia, y
casi todas estaban ocupadas. Es verdad que el clero no se cuidaba mucho
de dejarlas vacías, lo cual suponía tibieza en los creyentes, y que á
falta de penitentes las llenaban de leprosos. Además de la barraquilla
de la Greva, había una en Montfaucón, otra en el Osario de los
Inocentes, otra no sé dónde, en la casa Clichón, según creo, y otras
muchas en diferentes lugares en los cuales se hallan hoy los vestigios
conservados por las tradiciones, ya que no por los monumentos. Tenía
también las suyas la Universidad. Sobre el monte de Santa Genoveva
cantó durante treinta años una especie de Job de la Edad Media los
siete salmos penitenciales, tendido sobre el lodo en el fondo de una
cisterna, volviendo á empezar cuando había acabado, y salmodiando en
más alta voz por la noche, _magna voce per umbras_, la cual cree hoy el
anticuario escuchar todavía al entrar en la calle del _Pozo que habla_.
Para contraernos á la habitación de la Torre de Rolando, diremos que
nunca había carecido de reclusas.
Desde la muerte de la señora Rolanda, rara vez había estado vacante un
año ó dos. Muchas mujeres habían ido allí á llorar hasta la muerte sus
padres, sus amantes ó sus culpas. La malicia parisiense, que en todo
se mete, aun en las cosas que menos le atañen, sostenía que se habían
visto pocas viudas en ella.
Según la moda de la época, una leyenda latina, escrita en la pared,
indicaba al transeunte literato el destino piadoso de aquella celdilla.
Se ha conservado hasta mediados del siglo XVI la costumbre de explicar
un edificio por medio de una divisa breve, estampada en el lindel de
la puerta. Así es que todavía se lee en Francia sobre el postigo de la
cárcel de la casa señorial de Turville: _Sileto et spera_; en Irlanda
bajo el escudo de armas que está sobre la gran puerta del castillo de
Fortescue: _Forte scutum, salus ducum_; en Inglaterra, en la entrada
principal del casar hospitalario de los condes de Cowper: _Tuum est_.
Lo que indica que en aquellos tiempos, cada edificio era un pensamiento.
Como no tenía puerta la celda murada de la Torre de Rolando, habían
grabado en gruesas letras románicas encima de la ventana estas dos
palabras:
TÚ, ORA.
Lo que hizo que el pueblo, cuyo discernimiento no ve tanta finura en
las cosas, había dado á aquella cavidad negra, lóbrega y húmeda el
nombre de _Trou-aux-Rats_ (ratonera)[8].
NOTAS:
[8] Aquí hay un juego de palabras ocasionado por viciosa manera
de hablar del pueblo, que pronunciaba del mismo modo: TÚ, ORA, y
_Trou-aux-Rats_.
III
Historia de una torta con levadura de maíz
En la época á que se refiere esta historia, la celda de la Torre de
Rolando se hallaba ocupada. Si el lector quiere saber por quién, no
tiene más que escuchar la plática de tres buenas comadres, las cuales,
en el momento en que hemos llamado su atención sobre la ratonera, se
dirigían precipitadamente hacia aquel lado, subiendo del Châtelet hacia
la Greva á lo largo del río.
Dos de ellas estaban vestidas como honradas vecinas de París. Su fina
gorguera blanca, su basquiña de tiritaña rayada, encarnada y azul;
sus medias blancas de aguja con cuadrados bordados de color muy bien
estiradas; sus zapatos de cuero de color leonado con suelas negras, y
sobre todo su tocado, una especie de cuerno de bricho, sobrecargado
con cintas y encajes, que todavía traen las mujeres de Champagne,
igualmente que los granaderos de la guardia imperial rusa; todo
indicaba que eran de aquella clase de tenderas ricas, término medio
entre lo que los lacayos llaman una mujer y lo que nombran una dama. No
llevaban anillos ni cruz de oro, y se conocía que no era esto pobreza,
sino miedo de la multa. Iba la compañera engalanada casi de la misma
manera, pero había en su vestido y ademán aquel no se qué, que huele
á mujer de notario de provincia. Se conocía en la manera con que el
cinturón le subía mucho más arriba de las caderas, que no llevaba de
estar en París largo tiempo. Añádase á esto una gorguera con pliegues,
unos lazos de cinta en los zapatos, y las rayas de la basquiña á lo
ancho y no á lo largo, con otras mil enormidades de que se indignaba el
buen gusto.
Andaban las dos primeras con aquel paso peculiar de las parisienses
cuando hacen ver París á las de provincia. La nuestra llevaba por la
mano un hermoso muchacho que tenía en la suya una gran torta.
Nos duele deber añadir que á consecuencia del rigor de la estación, la
lengua servía á éste de pañuelo.
Hacíase arrastrar el niño, _non passibus æquis_, como dice Virgilio,
y tropezaba á cada momento con gran disgusto de su madre. Verdad es
que miraba mucho más á la torta que al suelo. Algún motivo grave le
impedía sin duda hincarle el diente (á la torta), pues se contentaba
con mirarla muy tiernamente; mas la madre hubiera debido encargarse de
llevarla; porque era una crueldad hacer un Tántalo del grueso mofletudo.
Entretanto las tres mujeres (porque el nombre de señoras estaba
entonces reservado para las nobles) hablaban á la vez.
--Despachémonos, buena Marieta, decía la más joven de las tres, que
también era la más gruesa, á la provincial. Temo que lleguemos muy
tarde; en el Châtelet nos decían que iban á llevarle al instante á la
picota.
--¡No hay cuidado! ¿y qué decís de eso, buena Udarda Musnier?,
replicaba la otra parisiense. Quedará dos horas en la argolla; tenemos
tiempo. ¿Habéis visto alguna vez sacar á alguien á la vergüenza,
querida Marieta?
--Sí, respondió la provincial, en Reims.
--¡Vaya! y ¿qué significa la picota de Reims? una mala jaula en la que
no atormentan sino á aldeanos. ¡Vaya una cosa grande!
--¡Sino á aldeanos!, exclamó Marieta; ¡en el mercado de paños! ¡en
Reims! ¡hemos visto allí muy grandes criminales y que habían matado
padre y madre! ¡Aldeanos! ¿por quién nos tenéis, Gervasia?
La provincial estaba ciertamente á punto de enojarse por el honor de
su picota. Dichosamente la discreta Udarda Musnier mudó á tiempo la
conversación.
--Á propósito, buena Marieta, ¿qué decís de nuestros embajadores
flamencos? ¿los tenéis tan hermosos en Reims?
--Confieso, contestó Marieta, que no hay sino París, para ver flamencos
semejantes.
--¿Habéis visto en la embajada aquel embajador alto que es calcetero?,
preguntó Udarda.
--Sí, dijo Marieta, que parece un Saturno.