Extraño nombre para un hidalgo, dijo entre sí el arcediano; sin

embargo, sentía delante de sí una cosa fuerte y grave. El instinto de

su grande entendimiento le hacía adivinar otro no menos grande debajo

del gorro forrado del compadre Turonense, y al considerar aquel rostro

grave, la risa sardónica que había producido sobre su cara lúgubre

la presencia de Jacobo Coictier, se fué disipando poco á poco, como

el crepúsculo vespertino á la llegada de la noche. Había vuelto á

sentarse silencioso y meditabundo en su gran sillón: su codo ocupaba

el puesto acostumbrado encima de la mesa, y su frente estaba apoyada

en la mano. Después de algunos momentos de hesitación, hizo seña á los

dos visitadores para que se sentasen, y dirigió la palabra al compadre

Turonense.

--¿Sobre qué ciencia venís á consultarme, maestre?

--Reverendo, contestó el Turonense, yo estoy malo, muy malo. Dicen que

sois gran esculapio, y he venido á pediros un consejo de medicina.

--¡Medicina!, dijo el arcediano meneando la cabeza. Pareció recapacitar

un poco, y prosiguió:

--Compadre Turonense, pues así os llamáis, volved la cabeza, y

hallaréis mi respuesta escrita en la pared.

Obedeció el compadre, y leyó encima de su cabeza esta inscripción

grabada en la pared: _La medicina es hija de los sueños_. JAMBLICO.

Había oído el doctor Coictier la pregunta de su compañero con un

despecho que la respuesta de don Claudio aumentó. Acercóse al oído del

primero, y le dijo bastante bajo para no ser oído del arcediano:

--¡Ya os había prevenido que era un loco!, ¡vos lo habéis querido!

¡Es que podría suceder que este loco tuviese razón, doctor Jacobo!,

contestó el compadre en el mismo tono, y con una amarga sonrisa.

--Pensad lo que queráis, replicó Coictier con sequedad, y dirigiéndose

enseguida al arcediano.

--Pronto decidís, Claudio, y con tanto respeto tratáis á Hipócrates,

como un mono á una avellana. ¡Un sueño la medicina! Dudo que los

farmacópolas y los droguistas si os oyesen se contuviesen en

apedrearos. ¡Conque negáis la influencia de los filtros sobre la

sangre, de los ungüentos sobre la carne! ¡Negáis esa eterna farmacia de

flores y metales llamada mundo, y hecha de propósito para ese enfermo

eterno llamado hombre!

--No niego, contestó fríamente D. Claudio; ni la farmacia ni el

enfermo: niego el médico.

--¿Conque no es verdad, replicó Coictier, acalorado, que la gota es un

empeine interior, que una herida de artillería se cura aplicándole un

ratón asado, que la juventud vuelve á ancianas venas infundiendo en

ellas artísticamente una sangre nueva; ¿no es verdad que dos y dos son

cuatro?

El arcediano contestó sin alterarse:

--Hay ciertas cosas de que yo pienso á mi modo.

Coictier se puso encendido de cólera.

--Quedo, quedo, buen Coictier, no nos enfademos, dijo el Turonense. El

señor arcediano es nuestro amigo.

Sosegóse Coictier, refunfuñando entre dientes:

--¡Al fin y al cabo es un loco!

--Voto á sanes, maestre Claudio, dijo el compadre después de un rato de

silencio, que me ponéis en calzas prietas, porque tenía dos consultas

que haceros; la una tocante á mi salud, la otra concerniente á mi

estrella.

--Caballero, si tal es vuestro pensamiento, contestó el arcediano,

hubierais hecho mejor en no cansaros subiendo mis escaleras. Yo no creo

en la medicina ni en la astrología. ¡Como he de imaginar yo, prosiguió

D. Claudio, que cada rayo de una estrella sea un hilo que pare en la

cabeza de un hombre!

--¿En qué creéis pues?, exclamó el Turonense.

Quedó indeciso por un momento el arcediano, luego dejó asomar una

mustia sonrisa que parecía desmentir su respuesta:

--_Credo in Deum._

--_Dominum nostrum_, añadió el compadre santiguándose.

--_Amén_, concluyó Coictier.

--¡De veras!, dijo el compadre sorprendido.

Reíase Coictier con una risa forzada.

--Ya veis que es un loco, dijo en voz baja á su compañero; ¡no cree en

la astrología!

--Reverendísimo maestre, dijo el compadre, me alegro en el alma de

veros tan buen religioso; pero en medio de ser un gran sabio ¿lo sois

tanto que no creáis la ciencia?

--No, contestó el arcediano asiendo del brazo al compadre, y un rayo

de entusiasmo volvió á encenderse en sus apagadas niñas; no, no niego

la ciencia. No he andado yo tanto tiempo á gatas, por el medio de las

innumerables encrucijadas de la cueva, sin percibir de mí, al cabo de

la oscura galería, una luz, una llama, un algo, el reflejo sin duda

del relumbrante laboratorio central, donde han sorprendido á Dios los

pacientes y los doctos.

--En resumidas cuentas, interrumpió el Turonense, ¿qué cosa tenéis vos

por verdadera y cierta?

--La alquimia.

Coictier exclamó:

--¡Válgame Dios, D. Claudio! la alquimia tiene sus razones; ¿mas por

qué blasfemar de la medicina y de la astrología?

--¡Vuestra ciencia humana es nada! ¡nada vuestra ciencia celeste!, dijo

el arcediano orgullosamente.

Eso es tratar de una manera soberbia á Epidauro y á la Caldea, contestó

el médico fisgando.

--Escuchad, maestre Jacobo. Esto lo digo con sinceridad. Yo no soy

médico del rey, ni su majestad me ha dado el huerto Dédalo para

observar desde allí las constelaciones. No os enfadéis y oidme. ¿Qué

verdad habéis sacado, no digo de la medicina, que es cosa demasiado

loca, mas de la astrología? Decidme las virtudes del bustrofetón

vertical, los hallazgos del número ziruf y el del número zefirod.

--¿Negaréis, dijo Coictier, la fuerza simpática de la llave de Salomón,

y que la cabalística procede de ella?

--¡Error señor Jacobo! No, ninguna de vuestras fórmulas conduce á la

realidad; mientras que la alquimia tiene sus descubrimientos. ¿Pondréis

en duda unos resultados como éstos? El hielo escondido debajo de la

tierra durante mil años se transforma en cristal de roca. El plomo es

el padre de todos los metales. Pues el oro no es metal, el oro es la

luz. El plomo necesita sólo de cuatro períodos de doscientos años cada

uno, para pasar sucesivamente del estado de plomo al de arsénico rojo,

del de arsénico rojo al de estaño, del de estaño al de plata. ¿Son

estos hechos? Pero creer en la clavícula, en la línea plena y en las

estrellas, eso es tan ridículo como creer con los habitantes del Gran

Catay, que la oropéndola se convierte en topo, y los granos de trigo en

carpas ú otro pescado semejante.

--Yo he estudiado la hermética, exclamó Coictier, y afirmo...

No le dejó acabar el fogoso arcediano.--Y yo he estudiado la medicina,

la astrología y la hermética. ¡Aquí solamente está la verdad! (Al decir

esto había cogido de encima del baúl una redoma llena de los polvos,

que hemos indicado anteriormente.) ¡Sólo aquí está la luz! Hipócrates

es un sueño, Urania es un sueño, Hermes es un pensamiento. El oro es el

sol; hacer oro, es ser Dios. Ésta es la ciencia única. ¡Yo he sondeado

la medicina y la astrología, os digo! nada, nada. El cuerpo humano.

¡Tinieblas! ¡tinieblas los astros!

Y volvió á dejarse caer en su sillón en una actitud sublime é

inspirada. Observábale en silencio el compadre Turonense. Coictier se

esforzaba por fisgarle, encogíase de hombros imperceptiblemente, y

repetía en voz baja: ¡Un loco!

--¿Y el admirable objeto, lo habéis conseguido?, dijo de repente el

Turonense.

--Si lo hubiera hecho, contestó el arcediano articulando despacio sus

palabras, como un hombre que reflexiona, el rey de Francia se llamaría

Claudio y no Luis.

El compadre frunció las cejas.

--¿Qué estoy diciendo?, prosiguió D. Claudio con una sonrisa desdeñosa.

¡Que sería para mí el trono de Francia, cuando yo podría rehacer el

imperio de Oriente!

--¡Enhorabuena!

--¡Oh pobre loco!, murmuró Coictier.

El arcediano prosiguió, respondiendo al parecer únicamente á sus

pensamientos.

--Mas no, todavía voy á gatas; me desuello el rostro y las rodillas en

los guijarros de la vía subterránea. ¡Vislumbro, no contemplo! ¡no leo;

deletreo!

--Y cuando sepáis leer, preguntó el compadre, ¿haréis oro?

--¿Quién lo duda?, dijo el arcediano.

--En este caso, Nuestra Señora sabe que bien he menester dineros, y

de buena gana quisiera aprender á leer en vuestros libros. Decidme,

reverendo maestre, ¿no es vuestra ciencia contraria ó desagradable á

Nuestra Señora?

Á esta pregunta Don Claudio se contentó con responder con tranquila

altanería:

--¿De quién soy yo arcediano?

--Es verdad, maestre mío. Pues bien, ¿querríais iniciarme? hacedme

deletrear con vos.

Tomó Claudio la actitud majestuosa y pontifical de un Samuel.

--Anciano para emprender este viaje por en medio de tantos misterios,

son menester más largos años que los que os quedan de vida. ¡Está

muy cana vuestra cabeza! Nadie sale de la cueva sino con canas, pero

ninguno entra en ella sino con cabellos negros. Bien sabe la ciencia

por sí sola ajar, marchitar y desecar el rostro humano; no ha menester

que la vejez se lo lleve cubierto todo de arrugas. Sin embargo, si

deseáis haceros discípulo á vuestra edad, y descifrar el alfabeto

formidable de los sabios, muy bien, venid á mí, probaré; no os diré, á

vos pobre anciano, que vayáis á visitar las habitaciones sepulcrales,

las pirámides de que habla el antiguo Heródoto, ni la torre de ladrillo

de Babilonia, ni el inmenso santuario de mármol blanco del templo

indiano de Eklinga. No he visto yo más que vos las obras caldeas,

construidas según la forma sagrada del Sikra, ni el templo de Salomón

que está destruido, ni las puertas de piedra del sepulcro de los

reyes de Israel, que están hechas pedazos. Nos contentaremos con los

fragmentos del libro de Hermes que tenemos aquí, os explicaré la

estatua de San Cristóbal, el símbolo del sembrador, y el de los dos

ángeles que están en la portada de la Santa Capilla, uno de los cuales

tiene una mano dentro de un vaso, y el otro una de las suyas en una

nube.

En este momento, Jacobo Coictier, á quien habían hecho perder los

estribos las réplicas fogosas del arcediano, se volvió á poner en la

silla y le interrumpió con el tono triunfante de un sabio que corrige

á otro:--_Erras, amice Claudi_. El símbolo no es el número. Tomáis á

Orfeo por Hermes.

--Quien yerra sois vos, replicó el arcediano con gravedad. Dédalo es

el cimiento, Orfeo la pared, Hermes el edificio, el todo. Vendréis

cuando gustaréis, prosiguió volviéndose al Turonense, os mostraré

las partículas de oro que quedaron en el fondo del crisol de Nicolás

Flamel, y las compararéis con el oro de Guillelmo de París. Os enseñaré

las virtudes secretas de la palabra griega _Peristera_. Pero antes de

todo, os haré leer una tras otra las letras de mármol del alfabeto

y las páginas de granito del libro. Iremos de la portada del obispo

Guillelmo y de San Juan el redondo á la Santa Capilla, después á la

casa de Nicolás Flamel, calle de Marivaulx, á su sepulcro, que está en

los Santos Inocentes, y á sus dos hospitales, calle de Montmorency. Os

haré leer los jeroglíficos de que están cubiertos los cuatro grandes

postes de hierro de la portada del hospital de San Gervasio y de la

calle de la Herrería. También deletrearemos juntos las fachadas de San

Cosme, de Santa Genoveva de Los Ardientes, de San Martín, de San Jacobo

de la Carnicería.

Había ya mucho tiempo que el Turonense, á pesar de la inteligencia

de su mirar, parecía no comprender á Don Claudio; y de repente le

interrumpió diciendo:--¡Voto á sanes! ¿qué libros son los vuestros?

--Aquí tenéis uno, dijo el arcediano: y abriendo la ventana de la

celda, señaló con el dedo la inmensa iglesia de Nuestra Señora, que

ostentando en medio un cielo estrellado el negro perfil de sus dos

torres, de sus lados de piedra, y de su cumbre monstruosa, parecía un

esfinge enorme con dos cabezas sentado en medio de la ciudad.

Consideró el arcediano durante algunos momentos en silencio el

gigantesco edificio, después extendiendo, con un suspiro, su mano

derecha hacia el libro impreso que estaba abierto sobre su mesa, y la

izquierda hacia Nuestra Señora, paseando una triste mirada del libro á

la iglesia: ¡Ah!, dijo, esto matará á aquello.

Coictier que se había acercado al libro con diligencia, no pudo dejar

de exclamar:

--¿Pero qué cosa tan formidable hay en esto: GLOSSAS IN EPISTOLA D.

PAULI. _Norinbergæe Antonius Koburger_, 1474? Esto no es nuevo. Es un

libro de Pedro Lombardo, el maestre de las sentencias. ¿Es porque está

impreso?

--Vos lo habéis dicho, respondió Claudio, que parecía absorto en una

profunda meditación, y se mantenía en pie, apoyando su índice doblado

sobre el volumen en folio salido de las prensas famosas de Nürenberg.

Después añadió estas palabras misteriosas: ¡Ah! ¡ah! las pequeñas cosas

acaban con las grandes; un diente triunfa de una masa. ¡El ratón del

Nilo mata al cocodrilo; el espadarte mata á la ballena; el libro matará

al edificio.

La campana del silencio sonó en el momento en que el doctor Coictier

repetía á su compañero en voz baja su eterno estribillo: Está loco.

Á lo que esta vez respondió el compañero: Creo que sí. Era la hora

en que ningún extraño podía permanecer dentro del claustro. Los dos

visitadores se retiraron.

--Maestre, dijo el compadre Turonense despidiéndose del arcediano,

quiero á los sabios y á los grandes ingenios, y os aprecio mucho. Venid

mañana al palacio de las torrecillas, y preguntad por el abad de San

Martín de Tours.

El arcediano volvió atónito á su celda, comprendiendo en fin qué

personaje era el compadre Turonense, y recordando aquel pasaje del

cartulario de San Martín de Tours: _Abbas beati Martini_, SCILICET REX

FRANCÆ, _est canonicus de consuetudine, et habet parvam prævendam quam

habet sanctus Venantius, ed debed sedere in sede thesaurarii_.[5]

Asegurábase que desde aquella época el arcediano tenía frecuentes

conferencias con Luis XI cuando su majestad venía á París, y que hacía

sombra el crédito de don Claudio á Olivier el Gamo y á Jacobo Coictier,

el cual á su modo trataba por ello á su majestad con mucha aspereza.

NOTAS:

[5] El abad de San Martín de Tours, á saber, el rey de Francia,

es habitualmente canónigo, y tiene una pequeña prebenda, como San

Venancio; además debe sentarse en la silla del tesorero.

LIBRO SEXTO

I

Ojeada imparcial sobre la antigua magistratura

En el año de nuestra redencion 1482, era muy dichoso personaje el

noble Roberto de Estouteville, caballero, señor de Beyne, barón de

Ivry y San Andrés en la Marca, consejero y camarero de su majestad,

guarda del prebostazgo de París. Hacía ya cerca de diez y siete años

que había recibido del rey, el 7 de noviembre de 1465, el año del

cometa[6], el excelente cargo de preboste de París, que se reputaba

más bien señorío que oficio: _Dignitas_, dice Juan Lœmnœus, _quæ cum

non exigua potestate politiam concernente, atque prærogativis multis

et juribus conjuncta est_[7]. Era cosa maravillosa en el '82 un

gentilhombre con comisión del rey, y cuyos títulos subían á la época

del casamiento de la hija natural de Luis XI con el señor bastardo de

Borbón. El mismo día en que Roberto de Estouteville había sucedido á

Jacobo de Villers en el prebostazgo de París, había el maestre Juan

Dauvet reemplazado á D. Helie de Torrettes en la primera presidencia

del tribunal del parlamento, suplantado Juan Jouvenel de los Ursinos á

Pedro de Morvilliers en el oficio de canciller de Francia, y arrebatado

Regnault des Dormans á Pedro Puy el cargo de maestre ordinario de

las recuestas de la casa real. Pero ¡sobre cuántas cabezas se habían

paseado la presidencia, la cancillería y la maestría desde que Roberto

de Estouteville tenía el prebostazgo de París! Habíasele dado en

guarda, decían los despachos; y por cierto que bien le guardaba.

Habíase agarrado, incorporado, identificado tan perfectamente con él,

que se había librado de aquel furor de mudanza que dominaba á Luis XI,

rey desconfiado, tacaño y trabajador, que se esforzaba mantener con

instituciones y revocaciones frecuentes la elasticidad de su poder.

Hay más: el buen caballero había obtenido para su hijo el legado de su

empleo, y hacía ya dos años que el nombre de Jacobo de Estouteville,

escudero, figuraba al lado del suyo, á la cabeza del registro de los

oficiales del prebostazgo de París. ¡Raro, y por cierto insigne favor!

Es verdad que Roberto de Estouteville era un buen soldado; que había

lealmente alzado el pendón contra la _Liga del bien público_, que

había ofrecido á la reina, el día de su llegada á París, en 14...,

un maravillosísimo ciervo de confitura: además gozaba de la buena

amistad de Tristán l'Hermite, preboste de los mariscales de la casa

real. Era, pues, una existencia muy dulce y agradable la del señor

don Roberto. Primero muy buenos sueldos, á los cuales se reunían y

colgaban, como nuevos racimos de su viña, las rentas de las escribanías

civil y criminal del prebostazgo, más las rentas civiles y criminales

de las auditorías de Embas del Châtelet, sin contar algún peajito en

el puente de Mantes y de Corbeil, y ciertos provechos sobre París y

los medidores de leña y sal. Añádase á esto el placer de ostentar

en las cabalgadas de la ciudad, y de hacer resaltar sobre las togas

encarnadas y atabacadas de los regidores, su rico vestido de guerra,

que todavía se puede admirar esculpido en su sepulcro en la abadía de

Valmont de Normandía, y su morrión completamente abollado en Monthery.

Y además, ¿no era nada el tener la supremacía sobre los alguaciles de

la docena, el conserje y celador del Châtelet, los dos oidores del

Châtelet, _auditores Castelleti_, los diez y seis comisarios de los

diez y seis barrios, el carcelero del Châtelet, los cuatro alguaciles

perpetuos, los ciento y veinte alguaciles á caballo, los ciento y

veinte alguaciles, de vara, el caballero del acecho con su acecho, su

subacecho, su contra-acecho y su tatara-acecho? ¿No era nada el ejercer

alta y baja justicia, derecho de atormentar, ahorcar y arrastrar,

sin contar la menuda jurisprudencia de primera instancia (_in rima

instancia_, como dicen las cartas), sobre el vizcondado de París, tan

gloriosamente dotado de siete nobles bailías? ¿Puede imaginarse cosa

más suave que proveer autos y dar sentencias, como lo hacía diariamente

Don Roberto de Estouteville en el Gran Châtelet, debajo de los anchos

y chatos arcos diagonales de Felipe Augusto? ¿El ir, como solía, todas

las noches, á aquella hermosa casa, sita calle de Galilea, en las

cercas del Palacio Real, que tenía por parte de su mujer, la señora

Doña Ambrosia de Lore, á descansar de la fatiga de haber enviado algún

cuitado á pasar también la noche en «aquella pequeña barraquilla de la

calle del Rastro, de la que los prebostes y alcaides de París solían

hacer su cárcel; no teniendo más que once pies de largo, siete pies y

cuatro pulgadas de ancho y once pies de alto?».

Y no solamente tenía Don Roberto de Estouteville su justicia particular

de preboste y vizconde de París, sino que también tenía arte y parte,

ojeada y dentellada en la gran justicia del rey. No había cabeza de

alguna consideración que no hubiese pasado por sus manos antes de caer

en las del verdugo. Él fué quien estuvo en la Bastilla de San Antón á

buscar al señor de Nemurs para llevarle á los Mercados, y al señor de

Saint-Pol para llevarle á la Greva, aunque éste rechinaba los dientes

y exclamaba con gran gozo del señor preboste que no amaba al señor

condestable.

Con todo eso, á pesar de tantos motivos de gozar la vida en paciencia y

contento, don Roberto de Estouteville se había despertado en la mañana

del día 7 de enero de 1482, muy regañón y de muy mal humor. ¿De qué

provenía este mal humor?; eso es lo que él mismo no hubiera podido

decir. ¿Era quizá por estar el tiempo nebuloso? ¿O que la mal ajustada

hebilla de su cinturón de Montlery cinchaba demasiado militarmente su

gordura de preboste? ¿O que había visto pasar por la calle, debajo de

su ventana, algunos bribones haciendo burla de él, yendo de cuatro en

cuatro con jubón sin camisa, sombrero sin fondo, y zurrón y botella al

lado? ¿Era tal vez un vago presentimiento de las trescientas sesenta

libras diez y seis sueldos y ocho dineros que el futuro rey Carlos VIII

debía cercenar en el año siguiente de las rentas del prebostazgo? El

lector puede elegir; en cuanto á nosotros, nos inclinaríamos á creer

simplemente que estaba de mal humor porque estaba de mal humor.

Por lo demás, aquel día era el siguiente de una fiesta, día de

displicencia para todos, y en especial para el magistrado encargado de

barrer todas las inmundicias, hablando en el sentido propio como en

el figurado, que ocasiona una fiesta en París. Además debía celebrar

sesión en el Gran Châtelet; y ya sabemos que los jueces generalmente

hacen de manera que su día de audiencia sea también el de su mal humor,

á fin de tener siempre alguno sobre quien desfogarle cómodamente en

nombre del rey, de la ley y de la justicia.

Sin embargo, habían empezado la audiencia sin él. Sus lugartenientes,

civil, criminal y particular, hacían su oficio según costumbre; y

desde las ocho de la mañana, amontonados y apretados en un rincón

oscuro de la auditoría de Embas del Châtelet, entre una sólida barrera

de madera de encina y la pared, asistían con gozo algunas docenas de

vecinos y vecinas, al espectáculo variado y divertido de la justicia

civil y criminal, administrada con alguna confusión y absolutamente á

la ventura por el maestre Florián Barbedienne, oidor en el Châtelet y

teniente del señor preboste.

Era la sala pequeña, baja y abovedada. Había en el fondo una mesa

flordelisada, con un gran sillón de madera de encina esculpido,

que era del preboste y estaba vacío, y á la izquierda un escabel

para el auditor, el maestre Florián. Más abajo estaba el escribano

garabateando. En frente se hallaba el pueblo; y delante de la puerta

y de la mesa, había muchos alguaciles del prebostazgo con colas de

camelote morado con cruces blancas. Dos alguaciles del locutorio de

los vecinos, vestidos con sus sayos del día de Todos los Santos,

mitad encarnados y mitad azules, hacían guardia delante de una puerta

baja cerrada que se divisaba en el fondo detrás de la mesa. Una sola

ventana en arco diagonal, estrechamente encajonada en la gruesa pared,

iluminaba con un rayo descolorido de enero dos figuras grotescas, el

caprichudo demonio de piedra esculpido como florón en la clave de la

bóveda, y el juez sentado en el fondo de la sala sobre las flores de

lis.

En efecto, imagínese cualquiera al maestre Florián Barbedienne, oidor

del Châtelet, sentado á la mesa del prebostazgo, entre dos rollos de

autos, apoyado en los codos, el pie sobre la cola de su toga de paño

oscuro, el rostro entre sus pieles de cordero blanco, del cual parecían

arrancadas sus cejas, rubicundo, áspero, pestañeando y sosteniendo

majestuosamente sus mofletes y su papada.

Es de saber que el oidor era sordo; ligero defecto para un oidor. Más

no por eso dejaba de sentenciar el maestre Florián sin apelación y

muy congruentemente. Cierto es que basta que un juez haga ademán de

escuchar; y cumplía tanto mejor el venerable oidor esta condición,

la única esencial en buena justicia, cuanto que ningún ruido podía

distraer su atención.

Por lo demás, tenía en el auditorio un despiadado fiscal de sus hechos

y gestos en la persona de nuestro amigo Juan Frollo del Molino, aquel

estudiantillo de ayer, aquel correcalles que estaba uno cierto de

encontrar siempre por doquiera en París, excepto delante de la cátedra

de los doctores.

Nuestra Señora de París - Tomo 1 (de 2) · 第 11 / 20 段