Y ¿quién ha sustituido al antiguo altar gótico, espléndidamente

sobrecargado de urnas y relicarios, ese tosco sarcófago de mármol con

cabezas de ángeles y nubes, que parece una muestra descabalada del

valle de Gracia ó de los Inválidos? ¿Quién ha estampado neciamente

ese grosero anacronismo de piedra en el pavimento carlovingiano de

Hernando? ¿No ha sido Luis XIV cumpliendo el voto de Luis XIII?

Y ¿quién ha puesto esos vidrios blancos sin gracia en lugar de aquellas

vidrieras de color subido que hacían vacilar los maravillados ojos

de nuestros padres entre el rosetón de la portada mayor y los arcos

orientales de la nave? Y ¿qué diría un sochantre del siglo XVI,

viendo el hermoso amarillo con que nuestros vándalos de arzobispos

han embadurnado su catedral? Acordaríase de que ése era el color con

que el verdugo escobazaba los edificios infames, se recordaría el

palacio de Borbón el Chico, todo untado de amarillo por la traición

del condestable: «Amarillo tal, dice Sauval, de tan buen tinte y tan

bien recomendado, que un siglo no ha podido todavía hacerle perder su

color». Creería que el lugar santo se ha cubierto de infamia, y huiría

de él.

Y si subimos á lo alto de la catedral, sin detenernos en mil

barbaridades de toda especie, ¿qué se ha hecho de aquel gracioso

campanarito, apoyado sobre el punto de intersección de la ventana,

y que no menos ligero y atrevido que la vecina aguja de la Santa

Capilla (destruida también) se elevaba más todavía que las torres,

erguido, agudo, sonoro, calado? Un arquitecto de buen gusto (1787) le

ha amputado, y ha creído que bastaba con cubrir la herida con el ancho

emplasto de plomo que se parece á la tapadera de una olla. De esta

manera ha sido tratado casi en todas partes, especialmente en Francia,

el arte maravilloso de la Edad Media. Puédense descubrir sobre su ruina

tres especies de lesiones cada una de las cuales alcanzan hasta cierta

profundidad: desde luego el tiempo que ha desportillado insensiblemente

acá y acullá, y enmohecido por todas partes su superficie; luego las

revoluciones políticas y religiosas, las cuales, ciegas y coléricas por

su naturaleza, se han desencadenado furiosas contra él, han desgarrado

su rica vestidura de escrituras y cincelados, hendido sus rosetones,

roto sus collares de arabescos y figuras, arrancado sus estatuas,

ora para su mitra, ora para su corona; en fin las modas cada vez más

grotescas y necias, que desde las anárquicas y espléndidas salidas de

tono del Renacimiento, se han ido sucediendo en la decadencia necesaria

de la arquitectura. Más daño han hecho las modas que las revoluciones;

han cortado en carne viva, han atacado el armazón huesoso del arte;

han dividido, tajado, desorganizado, muerto el edificio en la forma y

en el símbolo, en su lógica como en su belleza. Y luego han reparado;

pretensión que á lo menos no tuvieron ni el tiempo ni las revoluciones.

Se han creído con osada desvergüenza autorizados por el _buen gusto_,

para acomodar sobre las heridas de la arquitectura gótica, sus

miserables baratijas de un día, sus filetes de mármol, sus dijes de

metal: verdadera lepra de equinos, de volutas, de adornos, de ropajes,

de guirnaldas, de franjas, de llamas de piedra, de nules bronceadas, de

amores obesos, de querubines abotagados, que empieza á devorar la faz

del arte en el oratorio de Catalina de Médicis, y le hace espirar dos

siglos después, atormentado y haciendo gestos en el retrete de la Du

Barry.

Así, para resumir los puntos que acabamos de indicar, tres son las

especies de estragos que desfiguraban hoy la arquitectura gótica.

Arrugas y verrugas en la epidermis; esto es obra del tiempo. Vías

de hecho, brutalidades, contusiones, fracturas; esto es obra de las

revoluciones desde Lutero hasta Mirabeau. Mutilaciones, amputaciones,

dislocación membranal, _restauraciones_; ésta es la labor griega,

romana y bárbara de los profesores según Vitruvio y Viñolas. Este

arte magnífico, que los vándalos habían producido, las academias le

han hecho perecer. Á los siglos, á las revoluciones, que devastan á

lo menos con imparcialidad y grandeza, ha venido á juntarse la nube

de los arquitectos de escuela, titulados, jurados; degradando con

el discernimiento y tino del mal gusto; sustituyendo el bordado de

achicorias de Luis XV á los encajes góticos, para mayor gloria del

Partenón; ésta es la coz del asno al león moribundo; es la vieja encina

que empieza á secarse por la copa, y que por último se ve picada,

mordida, y destrozada por las orugas.

¡Qué distancia de esta época á aquélla en que Roberto Cenalis

comparando á Nuestra Señora de París con el famoso templo de Diana en

Efeso, _tan carcareado por los antiguos paganos_, que ha inmortalizado

á Erostrato, miraba la catedral gaula «como más soberbia en longitud,

latitud, altura y estructura!...».

Por lo demás Nuestra Señora de París no es un monumento completo,

definido, clasificado; no es una iglesia románica, ni tampoco una

iglesia gótica; este edificio es un tipo. Nuestra Señora de París no

tiene, como la abadía de Tournus, la grave y maciza corpulencia, la

redonda y ancha bóveda, la fría desnudez, y la majestuosa sencillez

de los edificios que tienen el arco-pleno por generador. No es como

la catedral de Bourgues el producto magnífico, airoso, multiforme,

apiñado, recargado y granilloso de los arcos orientales. Es imposible

incorporarla en aquella antigua familia de iglesias lóbregas,

misteriosas, bajas, y como aplastadas por el embovedado; casi egipcias

excepto en el techo: todas jeroglíficas, todas sacerdotales, todas

simbólicas; más cargadas en sus adornos de losanges y de ángulos

entrantes y salientes que de flores, de flores que de animales, de

animales que de hombres; obra menos del arquitecto que del obispo;

primera transformación del arte, marcada con el sello de la disciplina

teocrática y militar, que echando raíces en el bajo imperio se detiene

en Guillermo el Conquistador. Imposible es colocar á nuestra catedral

en aquella otra familia de iglesias altas, aéreas, ricas en vidrieras

y esculturas; delgadas en sus formas; atrevidas en sus actitudes;

llanas y vulgares, como símbolos políticos; libres, caprichosas,

desenfrenadas, como obra de las artes; segunda transformación de la

arquitectura, no ya jeroglífica, inmutable y sacerdotal, sino artista;

progresiva y popular, que empieza al regreso de las cruzadas, y acaba

en Luis XI. Nuestra Señora de París no es de pura raza románica como

las primeras, ni de pura raza árabe como las segundas.

Es un edificio de transición. El arquitecto sajón acababa de levantar

los primeros pilares de la nave, cuando los arcos orientales que

llegaban de la cruzada, vinieron á colocarse como conquistadores

sobre los anchos capiteles románicos que no debían sostener sino

arcos-plenos; y dueños del terreno desde aquel momento, construyeron

lo restante de la iglesia. Sin embargo, inexpertos y tímidos en su

principio, se agrandan, se ensanchan, se detienen, y no se atreven aún

á elevarse en forma de agujas y flechas, como más tarde lo han hecho

en tantas catedrales maravillosas. Parece como que se resienten de la

vecindad de los macizos románicos.

Por otra parte, esos edificios de la transición del románico al gótico

no son menos preciosos para ser estudiados que los tipos puros,

porque expresa un matiz del arte que sin ellos se perdería; tal es el

resultado de la mezcla de los arcos orientales y de los arcos-plenos.

Nuestra Señora de París es especialmente una muestra curiosa de esta

variedad. Cada faz, cada piedra del venerable monumento es una página

no sólo de la historia de París, sino también de la historia de la

ciencia y del arte. Así por ejemplo, no indicando aquí más que los

pormenores principales, mientras la pequeña Puerta Roja toca casi á los

límites de las delicadezas góticas del siglo XV, los pilares de la nave

por su volumen y su gravedad retroceden hasta la abadía carlovingiana

de San Germán de los Prados: cualquiera creería que han mediado seis

siglos entre la puerta y los pilares. Y hasta los herméticos hallan

en los símbolos de la portada mayor un compendio satisfactorio de su

ciencia, de la cual era un jeroglífico tan completo la iglesia de San

Jacobo de la Carnicería. Así la abadía románica, la iglesia filosofal,

el arte gótico, el arte sajón, el macizo pilar redondo que recuerda á

Gregorio VII, el simbolismo hermético por el cual Nicolás Flamel fué

el preludio de Lutero, la unidad papal, el cisma, San Germán de los

Prados, San Jacobo de la Carnicería, todo se ha fundido, combinado,

amalgamado, en Nuestra Señora. Esta iglesia central y generante es

entre las iglesias viejas de París una especie de quimera; tiene la

cabeza de una, los miembros de ésta, la grupa de otra, algo de todas.

Lo repetimos, estas construcciones híbridas no son las menos

interesantes para el artista, para el anticuario, para el historiador;

y hacen conocer hasta qué punto es la arquitectura una cosa primitiva,

en razón de que demuestran (lo mismo que los vestigios ciclópeos, las

pirámides de Egipto, y las gigantescas pagodas de la India) que los

grandes productos de la arquitectura son menos obras individuales que

obras sociales; más bien el resultado del trabajo de los pueblos,

que la creación de los hombres de talento; el depósito que deja

una nación; los montones que forman los siglos, el residuo de las

evaporaciones sucesivas de la sociedad humana; en una palabra, especies

de formaciones. Cada ola del tiempo sobrepone su nata, cada linaje

deposita su capa sobre el monumento; cada individuo lleva su piedra.

Así hacen los castores, así hacen las abejas, así hacen los hombres. El

gran símbolo de la arquitectura, Babel, es una colmena.

Los grandes edificios como los encumbrados montes son obra de los

siglos. Muchas veces se transforma el arte, mientras aquéllos están

pendientes todavía; _pendent opera interrumpta_, y se continúan

tranquilamente según el arte transformado. El arte nuevo se apodera

del monumento en el estado en que le halla, se incrusta en él, le

identifica consigo mismo, le desenvuelve á su antojo, y le acaba si

puede. Este cambio se realiza sin revuelta, sin esfuerzo, sin reacción,

según una ley natural y tranquila. Es un injerto que prende, una savia

que circula, una vegetación que renace. Cierto que en esas soldaduras

sucesivas de muchas artes á diferentes épocas sobre el mismo monumento,

hay materia para voluminosos libros, y las más veces una historia

universal de la humanidad. El hombre, el artista, el individuo,

desaparecen en esas grandes masas sin nombre de autor; la inteligencia

humana es la que se reúne en ellas toda entera. El tiempo es el

arquitecto, el pueblo el albañil.

Sin considerar aquí sino la arquitectura europea cristiana, esta

hermana segunda de las grandes construcciones del Oriente, se ofrece

á los ojos como una inmensa formación dividida en tres zonas bien

distintas y sobrepuestas: la zona romana[2] ó románica, la zona gótica,

y la zona del Renacimiento, que gustosos llamaríamos greco-romana. La

capa ó sillar románico, que es el más antiguo y profundo, está ocupado

por el arco-pleno, el cual vuelve á aparecer, sostenido por la columna

griega, en el sillar moderno y superior del Renacimiento. Los arcos

orientales están en medio de ambos.

Los edificios que pertenecen exclusivamente á una de las tres zonas,

son perfectamente distintos, únicos y completos. Tales son la abadía

de Jumieges, la catedral de Reims y Santa Cruz de Orleans. Pero

estas mismas tres zonas se confunden y amalgaman por los bordes

como los colores que separa el prisma en los rayos solares; de aquí

los monumentos complejos, los edificios de un matiz singular y de

transición. El uno es románico por los pies, gótico en el medio,

greco-romano por la cabeza, porque se ha tardado seiscientos años en

edificarle. Esta variedad es rara; y de ella es una muestra la torre

de Homenaje de Étampes. Pero más frecuentemente se ven monumentos de

dos formaciones. Nuestra Señora de París, edificio de arcos orientales,

se entra por sus primeros pilares en la misma zona románica en que

se hallan construidas la portada de San Dionisio y la nave de San

Germán de los Prados; y la que llega hasta medio cuerpo á la graciosa

sala capitular sea mi-gótica de Bocheville. La catedral de Ruan sería

enteramente gótica, si no rayara en la zona del renacimiento por el

remate de su aguja central.

Por lo demás, todos estos matices, todas estas diferencias paran en la

superficie de los edificios; sólo el arte es el que ha mudado de piel;

y las mutaciones no han alcanzado ni aun á la constitución misma de la

iglesia cristiana. La armazón interior siempre es la misma, siempre la

misma disposición lógica de sus partes. Cualquiera que sea la cubierta

esculpida y bordada de una catedral, constantemente se halla debajo,

á lo menos en el estado de germen y elemento, la basílica romana; y

eternamente se extiende en sus dimensiones según la misma ley. Jamás

dejan de ser dos naves que forman crucero, y cuya extremidad superior

redondeada en arco determina el sitio del coro; jamás se hallan sin

otras más bajas á su alrededor para las procesiones interiores y para

las capillas; especies de paseos laterales donde se desahoga la nave

principal por los intercolumnios. Dispuesta esta planta, el número de

las capillas, de los canceles, de los campanarios, de las agujas, se

modifica hasta el infinito según el capricho del siglo, del pueblo, del

arte. Una vez provisto y seguro el servicio del culto, la arquitectura

hace lo que se le antoja: estatuas, vidrieras, rosetones, arabescos,

calados, capiteles, bajos relieves, todos estos pensamientos los

combinan según el logaritmo que le conviene. De aquí la prodigiosa

variedad exterior de estos edificios en cuyo fondo reina tanto orden

y unidad. El tronco del árbol es inmutable, sólo la vegetación es

caprichosa.

NOTAS:

[2] Es la misma que se llama también, según los lugares, los climas y

las especies, lombarda, sajona y bizantina. Son cuatro arquitecturas,

hermanas y paralelas, cada una con un carácter particular, pero

derivado del mismo principio, el arco-pleno.

Facies non omnibus una

Non tamem diversa, qualem, etc.

LIBRO CUARTO

I

Las buenas almas

Diez y seis años antes de la época de esta historia, en una hermosa

mañana del domingo de Cuasimodo, había sido depositada una criatura

viva, después de la misa, en la iglesia de Nuestra Señora, en la cuna

empotrada en el atrio, á mano izquierda, frente por frente de la

grande imagen de San Cristóbal, que la figura esculpida en piedra del

Sr. Antonio des Essarts, caballero, estaba mirando de rodillas desde

1413, hasta que se acordaron de echar abajo al santo y al devoto. Era

costumbre ofrecer en aquella cuna los niños expósitos á la caridad

pública; allí los cogía quien quería; y delante había una bandeja de

cobre para las limosnas.

La especie de ser

viviente que yacía sobre aquella tabla, la mañana de Cuasimodo del año

del Señor 1467, excitaba al parecer en alto grado la curiosidad de la

gente que se había agolpado á su alrededor. La mayor parte del concurso

se componía de personas del bello sexo, y casi todas viejas.

Entre las más inmediatas á la cuna é inclinadas sobre ella, se

notaban cuatro, que por su especie de gambeto ó capotillo se conocía

pertenecer á alguna devota cofradía; y no veo por qué la historia no

ha de trasmitir á la posteridad los nombres de estas cuatro discretas

y venerables señoras. Eran, pues, Inés la Herme, Juana de la Tarma,

Enriqueta de la Gaultière, y Gauchère la Violeta, viudas las cuatro, y

las cuatro camareras de la capilla de Esteban Haudry, ausentes de su

casa con permiso de su ama y en conformidad á los estatutos de Pedro de

Ally, para ir á oir el sermón.

Por lo demás, si estas buenas Haudrietas[3] observaban por el momento

los estatutos de Pedro Ally, violaban, ciertamente alborozadas, los de

Miguel de Brache y del cardenal de Pisa, que con tanta inhumanidad les

prescribían el silencio.

--¿Qué es eso, hermana, decía Inés á Gauchère, contemplando á la pobre

criatura expósita que chillaba y se revolvía en la cuna asustada de

tantas miradas?

--¿Qué va á ser de nosotros, decía Juana, si así se hacen los hijos

ahora?

--Yo no entiendo de niños, continuaba Inés, pero tengo para mí que es

un pecado el mirar á éste.

--No es un niño, Inés.

--Es una especie de mono, observaba Gauchère.

--Es un milagro, proseguía Enriqueta la Gaultière.

--Entonces, dijo Inés, es el tercero desde el domingo cuarto de

Cuaresma; pues no hace ocho días tuvimos el milagro del que se burlaba

de los peregrinos, castigado divinamente por Nuestra Señora de

Aubervillers, y era el segundo milagro del mes.

--Es un monstruo de abominación ese supuesto expósito, replicaba Juana.

--Él grita en términos, que ensordecería á un sochantre, continuaba

Gauchère.--Cállate, chillón.

--¡Y decir todavía que es el señor de Reims quien envía esta

monstruosidad al señor de París!, añadía la Gaultière con las manos

juntas.

--Yo me imagino, decía Inés de la Herme, que eso es una bestia, un

animal, el hijo de un judío y de una marrana; en fin, algo que no es

cristiano, y que debe echarse al fuego ó al agua.

--Confío, replicaba la Gaultière, en que nadie le solicitará.

¡Ah! Dios mío, exclamaba Inés; ¡aquellas pobres nodrizas que están en

la inclusa á lo último de la callejuela al bajar el río, pegadito al

señor obispo! ¡sólo faltaba que les diesen á criar este lindo monstruo!

¡Yo más quisiera dar de mamar á un vampiro!

--¡Qué inocente es la pobre Herme!, replicaba Juana; ¿no veis, hermana,

que el tal monstruo tiene por lo menos cuatro años, y que antes se

abalanzaría á un capón asado que á vuestro pezón?

Y en efecto, el lindo monstruo (que muy embarazados nos veríamos para

calificarle de otro modo) no era recién nacido, era una pequeña mole

angulosa é inquieta en extremo, aprisionada en un saco de lienzo

estampado con la cifra del señor Guillermo Chartier, á la sazón obispo

de París, de donde salía una cabeza, y cabeza bastante deforme, en la

cual no se veía sino un matorral de pelo rojo, un ojo, una boca y unos

dientes, el ojo llorando, y la boca gritando, y los dientes en aptitud

de querer morder. La mole forcejeaba en el saco, con gran pasmo de la

turba, que se engrosaba y renovaba sin cesar alrededor.

La señora Aloisa de Gondelaurier, mujer rica y noble, que tenía por la

mano una niña de unos seis años, y que llevaba colgando un velo largo

del cuerno de oro de su tocado, se paró al pasar por delante de la

cuna, y se estuvo contemplando un momento á la pobre criatura, mientras

que su graciosa niña Flor de Lis de Gondelaurier, cubierta de seda y

terciopelo, deletreaba con su dedito el rótulo permanente colgado de la

madera: NIÑOS EXPÓSITOS.

--En verdad, dijo la dama volviéndose con enfado, que yo no creía que

exponían aquí más que niños.

Volvió la espalda, echando en la bandeja un florín de plata, que resonó

entre la calderilla, lo que hizo abrir con asombro los ojos á las

camareras de la capilla de Esteban Haudry.

Un instante después el grave y sabio Roberto Mistricolle, protonotario

del rey, pasó con un enorme misal debajo de un brazo, y colgada del

otro su mujer (la señora Guillelma la alcaldesa), llevando así á uno y

otro lado sus dos reguladores, espiritual y temporal.

--¡Niño expósito!, dijo después de haber examinado el objeto, hallado

sin duda sobre el pretil del río Flegetón.

--No se le ve más que un ojo, observó la señora Guillelma; el otro se

lo tapa una verruga.

--No es una verruga, replicó el maestre Roberto Mistricolle, es un

huevo que encierra otro demonio enteramente igual á ése, el cual tiene

otro huevecito preñado de otro diablillo, y éste á otro, y así hasta

nunca acabar.

--¿Cómo sabéis eso?, preguntó Guillelma la alcaldesa.

--Lo sé de fijo, respondió el protonotario.

--Señor protonotario, preguntó Gauchère; ¿qué pronosticáis de este

supuesto expósito?

--Las mayores desgracias, respondió Mistricolle.

--¡Ay! ¡Dios mío!, dijo una vieja del auditorio, con eso, la peste

terrible del año pasado, y los ingleses que dicen van á desembarcar con

mucha gente en Harefleu, ¡medrados estamos!

--Eso impedirá tal vez á la reina el venir á París por el mes de

setiembre, añadió otra; ¡y el comercio que ya está tan malo!

--Yo soy de parecer, exclamó Juana de la Tarma, que valdría más para

los pazguatos de París que ese brujito estuviese acostado sobre un haz

que sobre una tabla.

--¡Un buen haz ardiendo!, añadió la vieja.

Eso sería más prudente, dijo Mistricolle.

Hacía ya algunos momentos que un clérigo joven estaba escuchando las

razones de las haudrietas y las sentencias del protonotario. Tenía un

rostro severo, la frente espaciosa, el mirar profundo. Hízose calle

silenciosamente por entre el tropel; examinó al brujito y extendió la

mano sobre él. Y ya era tiempo, porque todas las devotas se relamían ya

con el _buen haz ardiendo_.

--Yo adopto ese niño, dijo el clérigo.

Envolvióle en su sotana, y se lo llevó. Siguiéronle los asistentes con

ojos azorados, hasta que se perdió de vista metiéndose por la Puerta

Roja que de la iglesia comunicaba entonces al claustro.

Pasada la primera sorpresa, Juana de la Tarma se llegó al oído de la

Gaultière.

--Bien os lo había yo dicho, hermana, que ese cleriguillo D. Claudio

Frollo es un hechicero.

NOTAS:

[3] Nombre con que eran conocidas las beatas de la capilla fundada por

Esteban Haudry.

II

Claudio Frollo

En efecto, Claudio Frollo no era una persona vulgar. Pertenecía á

una de estas familias medias á quienes, en el lenguaje impertinente

del siglo pasado, llamaban indiferentemente del alto estado llano ó

de la pequeña nobleza. Esta familia había heredado de los hermanos

Paclet el feudo de Tirechappe, que dependía del obispo de París, y

cuyas veintiuna casas habían sido en el siglo anterior el objeto de

tantos litigios en la curia eclesiástica. Como poseedor del feudo,

Claudio Frollo era uno de los _Siete veintiún_ señores que pretendían

cobrar impuestos en París y sus arrabales; y se ha podido ver inscrito

su nombre en esta calidad, entre la casa grande de Tancarville,

perteneciente al maestre Francisco Le Rez, y el colegio de Tours, en el

libro de becerro depositado en San Martín de los Campos.

Los padres de Frollo le habían destinado desde su infancia á la carrera

eclesiástica. Le habían enseñado á leer latín, á bajar la vista y á

hablar bajo; y siendo aún muy niño le habían enclaustrado en el colegio

de Torchi en la universidad, donde había crecido sin dejar el misal y

el glosario.

Por lo demás era un muchacho triste, grave, serio, que estudiaba con

ardor y aprendía fácilmente; gritaba poco en las horas de recreo, y

frecuentaba apenas las bacanales de la calle del Bálago, no sabía lo

que era _dare alapas et capillos laniare_, y no había figurado en la

bullanga de 1463, que los anales recitan gravemente bajo el título de:

«Sexto alboroto de la universidad». Sucedíale rara vez el dar vaya á

los pobres estudiantes de Montaigu por las _capetas_ de donde tomaban

el nombre, ni á los alumnos educados gratuitamente en el colegio de

Dormans por su corona rasa y su sobretodo de paño verdemar, azul y

morado, _azurini coloris et bruni_, como dice la carta del cardenal de

las Cuatro Coronas.

En desquite, asistía con frecuencia á las escuelas mayores y menores de

la calle de San Juan de Beauvais. El primer estudiante que el abate de

San Pedro de Val divisaba siempre, al punto de empezar su explicación

de derecho canónico, en frente de su cátedra contra un poste de la

escuela de San Vendregesilo, era Claudio Frollo, armado con su tintero

de asta, la pluma en la boca, rasgueando sobre su raída rodilla, y en

el invierno soplándose los dedos. El primer oyente que el Sr. Miles

de Isliers, decretalista, veía llegar todos los lunes por la mañana,

desalentado, al abrir las puertas de la escuela de San Dionisio el

mayor, era también Claudio Frollo. Así es que á la edad de diez y

seis años, hubiera podido apostárselas en teología mística á un padre

de la iglesia; en cánones á un padre de los concilios, y en teología

escolástica á un doctor de la Sorbona.

Nuestra Señora de París - Tomo 1 (de 2) · 第 8 / 20 段