dió una vuelta al rededor de Gringorio, el cual, casi temblaba de
agradarle; pero ella dijo entre dientes:
--Está muy flaco; y se alejó.
La tercera, no tan fea, era joven y bastante fresca.
--Salvadme, le dijo en voz baja el pobrecillo.
Contemplóle ella un momento como compadeciéndole, bajó los ojos, hizo
un pliegue en su guardapiés, y se quedó indecisa. Él seguía con los
ojos todos sus movimientos, último rayo de esperanza que le quedaba.
--¡No, dijo por último la moza, no! Guillermo Cara-larga me cascaría; y
volvióse á entrar en medio de la turba.
--Camarada, dijo Clopín, muy desgraciado eres; y puesto enseguida de
pie sobre su tonel:
¿Ninguna le quiere?, gritó imitando con gran contento de todos una
pública subasta: ¿Ninguna le quiere? ¡á la una! ¡á las dos! ¡á las
tres! Y volviéndose hacia la horca con una señal de cabeza:
--¡Rematado!
Bellevigne de la Estrella, Andrés el Rojo, y Francisco Chante-prune se
acercaron á Gringorio.
En esto se oyó un grito entre los germanos:
--_¡La Esmeralda! ¡La Esmeralda!_
Sobresaltóse Gringorio, y volvióse hacia donde venía el clamoreo.
La caterva se abrió dejando el paso libre á una pura y deslumbrante
figura: era la gitana.
¡La Esmeralda!, dijo Gringorio, atónito, en medio de sus emociones, del
modo impetuoso con que esta mágica palabra anudaba en su imaginación
todos los recuerdos de aquel día.
La peregrina criatura parecía ejercer hasta en la Corte de los Milagros
su imperio de encanto y de hermosura. Germanos y germanas se ponían
bonitamente en fila á su tránsito, y al verla hasta se suavizaban
aquellos brutales semblantes.
Acercóse con ligera planta al paciente: seguíala su linda Djali:
Gringorio estaba más muerto que vivo; ella le contempló silenciosa por
un momento.
--¿Vais á colgar este hombre? Dijo gravemente á Clopín.
--Sí, hermana, respondió el rey de Thunes, á no ser que tú le tomes por
marido.
Á esto hizo ella una muequecita con el labio inferior.
--Le tomo, dijo Esmeralda.
Aquí creyó firmemente Gringorio haber estado soñando desde por la
mañana, y que su sueño continuaba aún.
La peripecia en efecto, aunque graciosa, era violenta. Soltaron el
nudo corredizo; hicieron bajar del escabelillo al poeta, y él se vió
obligado á sentarse, tan viva era su conmoción. El duque de Egipto sin
articular una sola palabra, trajo un cántaro de barro, que la gitana
presentó á Gringorio.
--Tiradle al suelo, le dijo ella.
El cántaro se hizo cuatro pedazos.
--Hermano, dijo entonces el duque de Egipto poniendo á ambos las manos
en la frente, tu mujer es; hermana, él es tu marido; por cuatro años;
idos.
VII
Una noche de boda
Al cabo de algunos instantes hallóse nuestro poeta en un cuartito
abovedado, bien cerrado y caliente, sentado delante de una mesa
que estaba convidando á alzar el brazo y sacar algo de una alacena
inmediata, con la esperanza de tener una buena cama, y mano á mano con
una linda chica. La aventura parecía cosa de encantamiento. Empezaba
él á creerse seriamente un personaje de los que figuran en los cuentos
de hadas; miraba de cuando en cuando en torno suyo por ver si el carro
de fuego tirado por dos quimeras aladas, único que hubiese podido
trasportarle con tanta rapidez del Tártaro al Paraíso, estaba todavía
por allí.
Por momentos clavaba también con ahinco sus miradas en los agujeros de
su jubón, á fin de palpar la realidad y no perder enteramente el seso.
Su razón, vagando por los espacios imaginarios, estaba asida únicamente
á este hilo.
La muchacha no hacía al parecer caso de él; todo era idas y venidas,
quitar de su lugar alguna silla, hablar con su cabra, y hacer tal cual
mueca; hasta que por último se sentó cerca de la mesa, de modo que
Gringorio pudo contemplarla despacio.
Absorto más y más en sus sentimientos.--¿He aquí, pues, se decía á sí
mismo, siguiéndola con ojos vagorosos, lo que es la esmeralda? ¡una
criatura celestial! ¡una bailarina de calle! ¡tanto y tan poco! Ella es
la que ha dado el golpe de muerte á mi misterio esta mañana; ella la
que me salva la vida esta noche. ¡Mi mal genio! ¡mi buen ángel!--Una
buena moza, ¡por vida mía!--y que debe amarme con extremo para haberme
aceptado del modo que estoy.--¡Y á propósito de casamiento, dijo,
levantándose repentinamente, con aquel aire de verdad que hacía el
fondo de su carácter y de su filosofía, ya no sé cómo es esto; pero lo
cierto es que yo soy su marido!
Encasquetada esta idea en su cabeza y pintada en sus ojos, acercóse
á la joven de un modo tan marcial, y con una galantería, que la hizo
retroceder.
--¿Qué me queréis, pues?, dijo ella.
--¿Podéis preguntármelo, adorable Esmeralda? respondió Gringorio con
acento tan apasionado, que él mismo se admiró al oirse hablar así.
La gitana abrió sus grandes ojos.
--No sé lo que queréis decir.
--¿Y qué?, replicó Gringorio enardeciéndose cada vez más, y calculando
que en resumidas cuentas no las había, sino con una virtud de la Corte
de los Milagros, ¿no soy yo tuyo, dulce amiga? ¿no eres tú mía?
Y con la mayor llaneza la cogió por el talle.
El justillo de la gitana se le deslizó de entre las manos como si
fuera una anguila. Dió ella un salto de un cabo al otro de la celda,
bajóse, y volvió á enderezarse con un puñalejo en la mano, antes que
Gringorio hubiese tenido tiempo de ver de dónde salía tal instrumento;
irritada, enfurecida, los labios abultados, hinchadas las narices,
sus ojos encendidos como la escarlata, y centelleando sus niñas. Al
mismo tiempo la blanca cabrita se puso delante de ella, presentando á
Gringorio un frente de batalla armado de dos lindos cuernos dorados y
muy puntiagudos; y todo este bélico aparato se verificó en un instante.
La mariposa se había convertido en avispa, y ya sólo deseaba picar.
Quedóse cortado nuestro filósofo, mirando con aire de estupidez, ya á
la cabra ya á la muchacha.
--¡Virgen Santísima!, exclamó al fin vuelto de su asombro, ¡qué par de
hembras!
La gitana rompió también el silencio:
--¡Menester es que seas un bellaco bien atrevido!
--Perdonad, señorita, dijo Gringorio sonriéndose. Pero ¿para qué me
habéis tomado por marido?
--¿Querías que te hubiera dejado ahorcar?
--Con que al casaros conmigo, replicó el poeta, viendo desvanecerse sus
esperanzas amorosas, ¿no habéis tenido otra mira que la de librarme del
palo?
--¿Y qué otra idea quieres que haya tenido?
Gringorio se mordió los labios.
--Ya lo veo, dijo, no soy tan venturoso en las banderas de Cupido como
yo creía. Pero entonces ¿á qué santos haber roto aquel pobre cántaro?
Durante estas palabras, el puñal de la Esmeralda y los cuernos de la
cabra permanecían sobre la defensiva.
--Señorita Esmeralda, dijo el poeta, capitulemos. Yo no soy escribano
de cámara del Châtelet, y no os armaré una zancadilla por llevar esa
daga dentro de París á las barbas de las órdenes y prohibiciones del
señor preboste. No ignoráis, sin embargo, que Noël Lescriban ha sido
condenado hace ocho días á diez sueldos parisis por llevar consigo
un rejón. Mas esto no me importa, y voy al caso. Yo os juro por el
lugar que se me reserve en el paraíso de no llegarme á vos sin vuestra
licencia; pero dadme de cenar.
La egipcia no respondió; hizo su desdeñosa muequecita, enderezó la
cabeza como un pájaro, luego dió una carcajada, y el gracioso puñal
desapareció como había venido, sin que Gringorio pudiese ver dónde
escondía la abeja su aguijón.
Un momento después había sobre la mesa un pan de centeno, un torrezno,
algunas manzanas arrugadas y un botijo de cerveza. Púsose Gringorio á
comer con ansia. Al oir el paloteo del tenedor de hierro en su plato de
loza, cualquiera hubiese dicho que todo su amor se había convertido en
apetito.
La joven, sentada delante de él, le miraba silenciosa, visiblemente
distraída con otro pensamiento que la hacía sonreir de cuando en
cuando, mientras su dulce mano acariciaba la cabeza inteligente de la
cabra blandamente estrechada entre sus rodillas.
Una vela de cera amarilla alumbraba aquella escena de voracidad y de
distracción.
Con todo, acallados los primeros balidos del estómago, Gringorio sintió
algún ruborcillo, viendo que no quedaba más que una manzana.
--¿No tomáis algo Esmeraldita?
Respondió ella que no con la cabeza, y sus miradas pensativas se
clavaron en la bóveda de la celda.
¿En qué diantre puede estar pensando?, dijo entre sí Gringorio, mirando
lo mismo que ella miraba:--Es imposible que sea el gesto de ese enano
de piedra esculpido en la clave de la bóveda lo que absorbe así su
atención. ¡Qué disparate! ¡yo no perderé en esta comparación!
Alzó la voz, y dijo:
--¡Señorita!
Ella al parecer no le oía.
Gritó él más recio:
--¡Esmeraldita!
Trabajo perdido. La imaginación de la joven había volado á otra
parte, y la voz de Gringorio no tenía bastante poder para volverla
allí. Afortunadamente la cabra se encargó de ello, poniéndose á tirar
blandamente de la manga á su ama.
--¿Qué quieres Djali?, dijo con viveza la egipcia, como quien se
despierta sobresaltado.
--Tiene hambre, dijo Gringorio, contentísimo con poder entablar así la
conversación.
Púsose Esmeralda á desmigar el pan, el cual comía con mucha gracia en
la palma de su mano la linda Djali.
Entretanto Gringorio no la dejó distraerse de nuevo, haciéndole una
pregunta delicada.
--¿Con que no me queréis por marido?
Miróle atentamente la joven, y dijo:
--No.
--¿Y por amante?, añadió Gringorio.
Hizo ella su acostumbrada mueca, y respondió:
--No.
--¿Y por amigo?, prosiguió el poeta.
Miróle Esmeralda otra vez con atención, y dijo después de reflexionar
un momento:
--Tal vez.
Este _tal vez_, tan del gusto de los filósofos, alentó á Gringorio.
--¿Sabéis lo que es la amistad?, preguntó.
--Sí, respondió la gitana, es ser hermano y hermana; dos almas que se
tocan sin confundirse, dos dedos de una mano.
--¿Y el amor?, añadió Gringorio.
--¡Oh! ¡el amor!, dijo ella, temblándole la voz y brillándole los ojos.
El ser dos y uno solo. Un hombre y una mujer convertidos en ángel: es
la bienaventuranza misma.
Era tal al hablar así la hermosura de nuestra bailarina callejera
que tenía extasiado á Gringorio, el cual la veía en una armonía
perfecta con la exaltación casi oriental de sus palabras. Sus
purpúreos y virginales labios se entreabrían con una dulce sonrisa;
su serena y cándida frente se alteraba por instantes al influjo de
sus pensamientos, semejante al espejo que el aliento empaña; y de sus
largas pestañas negras, blandamente inclinadas, destellaba una luz
inefable que bañaba su perfil de aquella suavidad ideal que Rafael
halló después en el punto de intersección místico de la virginidad, la
maternidad y la divinidad.
No por eso dejó de continuar Gringorio.
--¿Cómo, pues, debe uno ser para agradaros?
--Debe ser hombre.
--Y qué, ¿yo no lo soy?
--Un hombre tiene el yelmo en la cabeza, la espada en la mano y
espuelas de oro calzadas.
--Bueno, dijo Gringorio, ¡sin caballo no hay hombre!--¿Amáis á alguien?
--¿Con amor?
--Con amor.
Quedóse ella un momento pensativa; después dijo con una expresión
particular:
--Pronto lo sabré.
--¿Por qué no esta noche?, replicó entonces tiernamente el poeta:--¿Por
qué no á mí?
Miróle ella con gravedad.
--Yo sólo podré amar á un hombre que pueda protegerme.
Sonrojóse Gringorio y túvoselo por dicho. Era claro que la joven aludía
al poco apoyo prestado á ella por él en la crítica circunstancia en que
se había la pobre hallado dos horas antes; á este recuerdo, que habían
borrado de su imaginación los demás sucesos de la noche, se dió una
palmada en la frente.
--Á propósito, Esmeraldita, yo debiera haber empezado, hablándoos de
esto. Perdonadme mis locas distracciones. ¿Cómo habéis hecho para
libertaros de las uñas de Cuasimodo?
Esta pregunta sobresaltó á la gitana.
--¡Oh! ¡qué horrible jorobado!, dijo ella cubriéndose la cara con las
manos, y estremeciéndose como si padeciese un frío cruel.
--Horrible en efecto, dijo Gringorio que no soltaba su idea; pero ¿cómo
habéis podido libertaros de él?
Sonrióse Esmeralda, suspiró y guardó silencio.
--¿Sabéis por qué os seguía?, repuso Gringorio, tratando de volver á su
pregunta por un rodeo.
--Yo no lo sé, dijo la joven; y añadió con viveza: pero vos que me
seguíais también, ¿por qué me seguíais?
--En mi conciencia, respondió Gringorio, que tampoco lo sé.
Quedáronse ambos en silencio: Gringorio cortaba la mesa con su
cuchillo: la joven se sonreía, y parecía mirar alguna cosa á través
de la pared; cuando de improviso comenzó á cantar con una voz mal
articulada:
Cuando las pintadas aves
Mudas están y la tierra...
Pero repentinamente interrumpió su canto y se puso á acariciar á Djali.
--¡Gracioso animalito tenéis ahí!, dijo Gringorio.
--Es mi hermana, respondió la gitana.
--¿Por qué os llaman _Esmeralda_?, preguntó el poeta.
--No sé.
--Sí, decidme ¿por qué?
Sacó ella del seno una especie de saquito colgado al cuello por una
sarta de cuentas de adrezarach; el cual exhalaba un fuerte olor á
alcanfor. Estaba forrado de seda verde, y tenía en el centro unos
grandes abalorios del color y forma de la esmeralda.
--Quizá sea esta la causa, dijo ella.
Quiso Gringorio coger el saquito; pero ella lo retiró.
--No lo toquéis, que es un amuleto, y harías mal al hechizo ó el
hechizo á ti.
La curiosidad del poeta se despertaba más y más.
--¿Quién os lo ha dado?
La gitana se puso un dedo en la boca, y escondió el amuleto en el seno.
Gringorio aventuró otras preguntas; pero con tan poco fruto como las
primeras.
--¿Qué quiere decir esa palabra: _esmeralda?_
--No sé.
--¿Á qué lengua pertenece?
--Creo que es egipcio.
--Ya me lo sospechaba yo, dijo Gringorio. ¿No sois de Francia?
--No lo sé.
--¿Tenéis padres?
Al oir esto, la joven se puso á cantar en el tono de una antigua
tonadilla:
Mi padre es pájaro fiel,
Mi madre fiel avecilla;
Paso el agua sin barquilla,
Paso el agua sin batel,
Mi madre es fiel avecilla,
Mi padre pájaro fiel.
--Está bien, dijo Gringorio. ¿De qué edad vinisteis á Francia?
--Muy niña.
--¿Y á París?
--El año pasado. Al entrar por la puerta papal, vi á la curruca hender
el aire; era á fines de agosto; y dije: crudo será el invierno.
--En efecto que lo ha sido, dijo Gringorio, encantado con este
principio de conversación; todo lo he pasado soplándome los dedos.
¿Conque tenéis el don de profecía?
--Ella volvió á su primer laconismo:
--No.
--Ese hombre á quien llamáis el duque de Egipto, ¿es el caudillo de
vuestra tribu?
--Sí.
--Sin embargo es el que nos ha casado, observó con timidez el poeta.
La joven hizo su mueca acostumbrada.
--Ni siquiera sé cómo te llamas.
--¿Cómo me llamo?... si queréis saberlo Pedro Gringorio.
--Yo sé otro nombre más hermoso.
--¡Picarilla!, replicó el poeta; pero no importa, no lograréis
enfadarme. Tiempo al tiempo, quizás conociéndome mejor me amaréis;
además me habéis contado vuestra historia con tanta confianza, que
habéis merecido la mía. Sabed, pues, que yo soy Pedro Gringorio, hijo
del arrendatario de la notaría de Gonesse. Mi padre fué ahorcado por
los Burguiñones, y mi madre despanzurrada por los Picardos en tiempo
del sitio de París, cosa de veinte años ha, habiendo yo quedado de
seis, huérfano, y sin otras suelas por calzado que el empedrado de
la capital. No sé como hice el salto de seis años á diez y seis.
Una frutera me daba aquí una ciruela, allí un panadero me echaba un
mendrugo, y por la noche me hacía agarrar por las rondas para que me
llevasen á la cárcel, donde encontraba mi colchón sobre un montón de
paja. Todo esto como veis no me ha impedido crecer y enflaquecer. En
invierno me calentaba al sol en el pórtico de la casa de Sens, y me
parecía muy ridículo que el fuego de San Juan estuviese reservado para
la canícula. Á los diez y seis años traté de tomar un estado; y todo
lo he andado: primero senté plaza, pero no era bastante valiente;
metíme luego fraile, mas ¿dónde buscar la devoción? Y además bebo poco.
Desesperado, entré aprendiz de carpintero de los de hacha larga, y
las fuerzas no me asistían. Yo de mío me inclinaba á ser maestre de
escuela; verdad es que no sabía leer; pero esto no es un inconveniente.
Al cabo de algún tiempo conocí que para cualquiera ocupación me faltaba
constantemente algo; y viendo que para nada servía, híceme gustosamente
poeta y compositor de rimas, estado que siempre puede uno tomar
cuando es vagamundo; y más vale esto que echarse á robar como me lo
aconsejaban algunos ladronzuelos amigos míos. Un día me encontré con el
reverendo arcediano de Nuestra Señora, D. Claudio Frollo, quien comenzó
á mirarme con interés; y á él debo el ser hoy un verdadero literato,
conociendo el latín desde los Oficios de Cicerón hasta el Martirologio
de los padres celestinos; sin ser bárbaro escolástico, ni en poética,
ni en ritmo, ni en alquimia, ciencia de las ciencias. Yo soy el autor
del auto sacramental representado hoy con gran triunfo en medio de un
inmenso populacho, y en plena audiencia. También he compuesto un libro
de unas seiscientas páginas sobre el prodigioso cometa de 1463, que
volvió loco á un hombre. He tenido además otros triunfos. Como soy
algo carpintero de artillería, trabajé en aquella bombarda grande de
Juan Maugue, que sabéis reventó en el puente de Charenton, el día del
ensayo, matando veinticuatro hombres. Ya veis que no soy un partido tan
malo para casamiento, conozco tantas y tantas pasadas graciosísimas
que enseñaré á vuestra cabra; por ejemplo, á remedar al obispo de
París, ese maldito fariseo cuyos molinos salpican y rocían á todos los
transeuntes de un extremo al otro del puente de los molineros. Además
de esto, mi auto sacramental me valdrá mucha plata acuñada, si me lo
pagan como merece. En fin, estoy á vuestras órdenes, todo entero, con
todo mi talento, mi ciencia y mis letras, pronto á vivir con vos de
la manera que queráis; casta ó alegremente; como marido y mujer, si
gustáis; como hermano y hermana si os parece mejor.
Callóse Gringorio para ver el efecto que su arenga había hecho en la
joven, la cual tenía los ojos clavados en el suelo.
--_Febo_, decía ésta á medía voz: volviéndose enseguida hacia el
poeta:--¿Qué quiere decir Febo?
Gringorio, sin comprender qué relación podía haber entre su alocución y
esta pregunta, no llevó á mal el ostentar su erudición. Entonóse, pues,
y dijo:
--Febo es una palabra latina que significa _sol_.
--¡Sol!, replicó la gitana.
--Es el nombre de un famoso arquero, que era Dios, añadió el poeta.
--¡Dios!, repitió la egipcia con tono pensativo y apasionado.
Soltósele al mismo tiempo y cayó al suelo un brazalete; inclinóse
Gringorio con ligereza para recogerle; mas cuando levantó la cabeza, la
doncella y la cabra ya habían desaparecido. Oyó el ruido de un cerrojo,
que era el de una puertecita que comunicaba sin duda á una celda vecina
y se cerraba por fuera.
--¿Me habrá siquiera dejado una cama?, dijo nuestro filósofo.
Dió una vuelta por el cuarto, y no encontró otro mueble acomodado para
dormir que un arcón cuya tapa estaba además llena de molduras; lo
cual proporcionó á Gringorio al acostarse en ella una sensación casi
semejante á la que experimentaría Micromegas si se tendiese á la larga
sobre los Alpes.
--Vamos, dijo, acomodándose lo mejor que pudo, es preciso resignarse.
Pero ¡no deja de ser buena cama de boda! ¡qué lástima! había en este
casamiento de cántaro roto cierta cosa tan natural y antidiluviana que
me cuadraba infinito.
LIBRO TERCERO
I
Nuestra Señora
Sin duda alguna, aún en el día de hoy, es un majestuoso y suntuoso
edificio la iglesia de Nuestra Señora de París. Mas por hermosa que se
haya conservado al mismo tiempo que se envejecía, es difícil retener
un suspiro, y contener la indignación en vista de las degradaciones y
las innumerables mutilaciones que el tiempo y los hombres han hecho de
consuno en este venerable monumento, sin respeto á Carlomagno que puso
su primera piedra, ni á Felipe Augusto que sentó la última.
Sobre la faz de esta anciana reina de nuestras catedrales, junto á una
arruga, se halla siempre una cicatriz.
_Tempus edax, homo edacior_; lo que yo traduciría gustoso diciendo: el
tiempo es ciego, y el hombre estúpido.
Si nos detuviésemos en ir examinando con el lector una por una las
diferentes huellas de destrucción estampadas en la antigua iglesia, la
parte que en ello ha tenido el tiempo sería la menor, la peor la de
los hombres, en especial de los artífices. Conviene decir artífices,
por haber habido en los dos últimos siglos algunos individuos que han
tomado el carácter de arquitectos.
Y desde luego, para sólo citar algunos ejemplos capitales, seguramente
que hay pocas páginas arquitectónicas más hermosas que esta fachada,
donde sucesivamente y al mismo tiempo las tres portadas vaciadas en
arcos orientales, el cordón bordado y calado de veintiocho nichos
reales, el inmenso rosetón central en medio de sus ventanas laterales
como el preste en medio del diácono y del subdiácono; la elevada y
ligera galería de arcos avarillados sosteniendo una pesada plataforma
sobre sus delgadas columnitas; en fin las dos negras y macizas torres
con sus sobradillos de pizarra; partes armoniosas de un todo magnífico,
puestas unas sobre otras en cinco cuerpos gigantescos; se presentan
á la vista todas juntas y en orden, con sus innumerables adornos de
estatuaria, de escultura y de cincelado, poderosamente ligados á la
sublime grandeza del conjunto; vasta sinfonía en piedra, por decirlo
así; obra colosal de un hombre y de un pueblo; á la vez una y complexa
como las Ilíadas y los romanceros de quienes es hermana carnal;
producto prodigioso de la reunión de todas las fuerzas de una época en
la que sobre cada piedra resalta de mil maneras la fantasía del obrero
amaestrado por el ingenio del artista; especie de creación humana; en
una palabra, poderosa y fecunda como la creación divina, á la cual
parece haber arrebatado sus dos caracteres: variedad, eternidad.
Lo que decimos de la fachada, debe decirse de la iglesia entera; y lo
que decimos de la iglesia catedral de París, hay que decirlo de todas
las iglesias cristianas de la Edad Media. Todo se eslabona en este arte
nacido de sí mismo; todo en él es lógico y proporcionado.
Medir el artejo del pie de un gigante, es haber medido al gigante
entero.
Volvamos á la fachada de Nuestra Señora, tal como se nos presenta
hoy á la vista, cuando vamos religiosamente á admirar la grave y
potente catedral que, según el dicho de sus cronistas, aterra á los
espectadores: _quæ mole sua terrorem incutit spectantibus_.
Tres cosas importantes faltan hoy á esta fachada; primero, las once
gradas que la elevaban antes del nivel del suelo; además, la serie
interior de estatuas que ocupaba los nichos de las tres portadas; y
finalmente, la serie inferior de los veintiocho reyes más antiguos de
Francia, que guarnecía la galería del primer cuerpo, desde Childeberto
hasta Felipe Augusto con su manzana imperial en la mano.
La gradería la ha hecho desaparecer el tiempo, levantando con un
progreso lento é irresistible el nivel del suelo de la ciudad; sin
embargo, á par que ha dejado á esta marea devorar una por una, según ha
ido subiendo, las once gradas que realzaban la majestuosa elevación del
edificio, ha dado á éste quizá más de lo que le ha quitado, extendiendo
sobre la fachada ese color denegrido de los siglos que convierte la
ancianidad de los monumentos en su más acabada hermosura.
Más ¿quién ha derribado las dos órdenes de estatuas? ¿Quién ha dejado
vacíos los nichos? ¿Quién ha tajado en medio de la portada central
ese arco nuevo y bastardo? ¿Quién ha osado encuadrar en ella aquella
insulsa y mazorral puerta de madera esculpida á lo Luis XV, al lado
de los arabescos de Biscornette? los hombres, los arquitectos, los
artistas de nuestros días.
Y si entramos en el interior del templo, ¿quién ha derribado aquel
coloso de San Cristóbal, proverbial entre las estatuas, con la misma
razón que la sala grande de la cancillería entre las alhóndigas y la
flecha de Estrasburgo entre los campanarios? Y aquellos millares de
estatuas que poblaban todos los intercolumnios de la nave y del coro,
arrodilladas, en pie, ecuestres, hombres, mujeres, niños, reyes,
obispos, soldados, de piedra, de mármol, de oro, de plata, de cobre y
hasta de cera, ¿quién las ha hecho desaparecer brutalmente? No ha sido
el tiempo.