sentencias_ cayó en _las capitulares de Carlomagno_, y sucesivamente
devoró con su hambre canina de saber, decretales sobre decretales, las
de Teodoro, obispo de Sevilla, las de Bouchar, obispo de Worms, las de
Ivo, obispo de Chartres; en seguida el decreto de Graciano, que sucedió
á las capitulares de Carlomagno; después la colección de Gregorio IX, y
por último la epístola _Super Specula_ de Honorio III.
Llegó á serle claro y familiar aquel vasto y tumultuoso período en que
ambos derechos, civil y canónico, habían estado en continua y trabajosa
lucha en el caos de la Edad Media, período abierto en 618 por el obispo
Teodoro, y cerrado en 1227 por el papa Gregorio.
Digerido el decreto, lanzóse en la medicina y en las artes liberales.
Estudió la ciencia de las yerbas y la de los ungüentos; y llegó á
ser tan entendido en fiebres y contusiones, en llagas y apostemas,
que Jacobo de Espars le habría aprobado por médico físico, y Ricardo
Hellain por cirujano médico. Recorrió igualmente todos los grados de
licenciado, maestre y doctor en artes. Estudió las lenguas hebrea,
latina y griega, triple santuario muy poco frecuentado en aquella
época. Era en fin, aquello una pasión ardiente de adquirir y atesorar
en materia de ciencia. Á los diez y ocho años habían entrado en su
cabeza las cuatro facultades; parecíale que la vida no tenía más que un
objeto: saber.
Casi por este tiempo ocasionó el verano ardiente de 1466, aquella gran
pestilencia que arrebató más de cuarenta mil almas en el vizcondado de
París, víctima entre otras, según Juan de Troyes, «el maestre Arnoul,
astrólogo de su majestad, hombre muy de bien, cuerdo y decidor».
Difundióse en la universidad el rumor de que la enfermedad reinante
devastaba especialmente la calle de Tirechappe, en la cual vivían, como
lugar de su feudo, los padres de Claudio. Nuestro joven estudiante
acudió precipitadamente á la casa paterna; pero cuando llegó á ella
supo que sus padres habían fallecido la víspera; sólo halló á un
hermanito suyo todavía en mantillas, llorando y abandonado, único
resto de toda su familia; tomóle en brazos, y se fué pensativo. Hasta
entonces sólo vivía con los libros, ahora empezaba á vivir con los
hombres.
Esta catástrofe fué una verdadera crisis para Claudio. Huérfano,
hijo mayor, y por lo mismo padre de familia á los diez y nueve años,
sintióse despertar de las cavilaciones de la escuela á las realidades
de la vida. Entonces, movido de lástima, apasionóse, consagróse todo
entero á su pobre hermanito; cosa extraña y dulce este afecto humano
para el que hasta aquel momento sólo había amado los libros.
Desenvolvióse este afecto de un modo muy singular; en un alma tan nueva
como la suya fué como un primer amor. Separado desde la infancia de
sus padres, á quienes apenas había conocido, enclaustrado y en cierto
modo amurallado entre sus libros, ansioso ante todas cosas de estudiar
y aprender, exclusivamente atento hasta entonces á su inteligencia que
se dilataba con la ciencia, á su imaginación que se engrandecía con las
letras, nuestro pobre estudiante no había tenido aún tiempo para sentir
los latidos de su corazón. Este hermanito, sin padre ni madre; este
niñito, que caía repentinamente del cielo en sus brazos, le convirtió
en un hombre nuevo. Vió que en el mundo había otra cosa diferente de
las especulaciones de la Sorbona y de los versos de Homero; que el
hombre había menester de afectos; que la vida sin ternura ni amor era
un rodaje seco, chillón é insufrible. Sin embargo, hallándose en la
edad en que unas ilusiones desaparecen para que nazcan otras, creyó
que los afectos de parentesco y un hermanito bastaban para llenar una
existencia entera.
Dedicóse, pues, completamente al amor de su Juanito con la pasión de
un carácter ya profundo, ardiente, intenso. Aquella pobre criatura,
débil, graciosa, rubia, sonrosada, con su cabello rizado, aquel
huérfano, sin más apoyo que otro huérfano, le derretía el corazón, y
grave pensador cual era, púsose á pensar en la suerte de Juan con una
compasión infinita. Sus desvelos y cuidado para con él fueron como los
que hubiera tenido con un objeto muy frágil y muy recomendado. Fué para
el niño más que un hermano, fué una verdadera madre.
Cuando Juanito había perdido la suya estaba todavía mamando, y Claudio
le buscó una nodriza. Además del feudo de Tirechappe había heredado de
su padre el del molino perteneciente á la torre cuadrada de Gentilly:
este molino estaba situado sobre una colina, cerca del palacio de
Winchestre, hoy Bicetre, cuya molinera se hallaba criando á un niño; y
como no estaba lejos de la universidad, Claudio le llevó en sus brazos
su Juanito.
Desde entonces, sintiéndose con una carga que soportar, pensó con
la mayor seriedad en la vida. La idea de su hermanito empezó á ser
para él, no sólo el recreo sino el objeto de sus estudios. Resolvió
consagrarse enteramente á un porvenir de que era responsable delante de
Dios, y no tener jamás otra esposa, ni otro hijo que la felicidad y la
fortuna de su hermano. Aficionóse, pues, más que nunca á su vocación
clerical. Su mérito, su ciencia, su calidad de vasallo inmediato del
obispo de París, le abrían de par en par las puertas de la iglesia. Á
los veinte años, por dispensa especial de la Santa Sede, era sacerdote,
y servía, como el más joven de los capellanes de Nuestra Señora, el
altar, llamado á causa de la misa tardía que en él se celebra, _altare
pigrorum_.
En este destino, engolfado más que nunca en sus queridos libros, que
sólo abandonaba por una hora para ir al feudo del molino; esta mezcla
de saber y austeridad, tan rara en su edad, le había acarreado bien
pronto el respeto y la admiración del claustro. Su fama de sabio, había
pasado del claustro al pueblo, el cual, cosa muy frecuente entonces, la
había convertido en parte en la de hechicero.
En el momento, pues, que volvía el día de Cuasimodo, de decir la misa
de los perezosos en el altar de su nombre, situado al lado de la puerta
del coro que comunica con la nave, á la derecha, cerca de la imagen de
la virgen, fué cuando llamó su atención el grupo de viejas murmuradoras
que rodeaban la cuna de los niños expósitos.
Entonces fué cuando se acercó á la pobre criatura, tan aborrecida y
amenazada. Aquella miseria, aquella deformidad, aquel abandono, la idea
de su hermanito, el pensamiento que le asaltó de que si él llegara á
morir, su querido Juanito podría verse igualmente abandonado sobre la
cuna de los niños expósitos, todo esto se agolpó á su corazón á un
mismo tiempo, desarrollando en él una compasión tan grande que cargó
con el niño.
Cuando quitó á éste del saco, vió en efecto que era muy disforme.
El desventurado tenía una verruga sobre el ojo izquierdo, la cabeza
enterrada entre los hombros, arqueado el espinazo, muy levantada la
tabla del pecho, y las piernas torcidas; con todo prometía vivir;
y aunque era imposible adivinar qué lengua tartamudeaba, su vagido
anunciaba alguna fuerza y robustez. Esta misma fealdad aumentó la
compasión de Claudio, el cual hizo voto en su corazón de criar el
niño por amor de su hermano, á fin de que cualesquiera que fuesen en
lo sucesivo las faltas de su Juanito, tuviese anticipada en su favor
esta caridad hecha en su nombre. Venía á ser una especie de capital de
buenas obras impuesto á favor de su hermano, por si acaso algún día se
hallaba el rapazuelo escaso de semejante moneda, única que se recibe en
el peaje del paraíso.
Bautizó á su hijo adoptivo, y le llamó _Cuasimodo_, sea en memoria del
día del hallazgo, sea queriendo caracterizar con este nombre, hasta
qué punto la pobre criaturita estaba incompleta y apenas formada.
En efecto, Cuasimodo, tuerto, jorobado, patizambo, sólo era una
_quisicosa_.
III
Immanis pecoris custos, immanior ipse
Cuasimodo, pues, había crecido en 1482. Hacía ya muchos años que era
campanero de Nuestra Señora, gracias á su padre adoptivo Claudio
Frollo, que había llegado á ser arcediano de Josas, gracias á su
señor Luis de Beaumont, creado obispo de París en 1472, por muerte de
Guillermo Chartier; gracias á su patrón Olivier el Gamo, barbero de su
majestad Luis XI, por la gracia de Dios.
Cuasimodo era, pues, repicador de Nuestra Señora.
Con el tiempo se había formado no sé qué lazo íntimo que unía el
campanero á la iglesia. Separado para siempre del mundo por la doble
fatalidad de su nacimiento desconocido y de su naturaleza disforme,
encarcelado desde la infancia en este doble círculo insuperable, el
pobre infeliz se había acostumbrado á no ver nada en este mundo fuera
de las religiosas paredes que le habían acogido en su seno. Nuestra
Señora había ido siendo para él, según crecía y se desenvolvía, el
huevo, el nido, la casa, la patria, el universo.
Y es seguro que existía una especie de armonía misteriosa y
preexistente entre esta criatura y este edificio. Cuando todavía chico,
se arrastraba tortuosamente y á saltos por entre las sombras de sus
bóvedas, parecía con su cara humana y su armazón bestial, el reptil
natural de aquel suelo húmedo y lóbrego sobre el cual extendía tantas
formas singulares la sombra de los capiteles románicos.
Más tarde, la primera vez que se agarró maquinalmente á la cuerda de
las torres, se colgó de ella, y echó la campana á vuelo, hizo esto en
su padre adoptivo Claudio el efecto de un niño cuya lengua se desata y
empieza á hablar.
Así es como poco á poco, desarrollándose siempre en el sentido de la
catedral, viviendo y durmiendo en ella, no saliendo casi nunca de
su recinto, sufriendo á cada instante su presión misteriosa, llegó
á asemejarse á ella, á incrustarse en ella, si así puede decirse, á
ser una de sus partes integrantes. Sus ángulos salientes se embutían
(disimúlesenos la figura), en los ángulos entrantes del edificio, y
parecía no sólo habitante de éste, sino también su contenido natural.
Casi se podía decir que había tomado su forma, como el caracol toma la
de su concha. Era su morada, su agujero, su vaina. Había entre la vieja
iglesia y él una simpatía instintiva tan profunda, tantas afinidades
magnéticas, tantas afinidades materiales, que estaba pegado á ella en
cierto modo como la tortuga á su concha. La rugosa catedral era su
funda.
Inútil es advertir al lector que no tome al pie de la letra las figuras
que nos vemos obligados á emplear aquí para explicar esta unión
singular, simétrica, inmediata, casi consustancial de un hombre y un
edificio.
Es igualmente inútil decir hasta qué punto había llegado á ser
familiar á nuestro fenómeno la catedral entera, en tan continuada
é íntima coexistencia. Esta morada era su propiedad: no había en
ella profundidad que Cuasimodo no hubiese penetrado, ni altura
que no hubiese escalado. Muchas veces le sucedía encaramarse por
la fachada á una altura considerable, sirviéndose sólo de las
molduras de la escultura. Las torres, por cuya superficie exterior
le veían á menudo gatear ó agarrarse como un lagarto que sube por
una pared perpendicular, estas dos gigantes gemelas, tan altas, tan
amenazadoras, tan temibles, no tenían para él ni vértigo, ni terror, ni
desvanecimiento de cabeza. Al verlas suaves bajo su mano, tan fáciles
de escalar, se hubiese dicho que las había domesticado. Á fuerza de
saltar, de encaramarse, de suspenderse en medio de los abismos de
la gigantesca catedral, había llegado á ser en cierta manera mono y
gamuza, como el niño calabrés que nada antes de andar, y juguetea con
el mar aun en su edad más tierna.
Y no solamente su cuerpo sino hasta su espíritu parecía haber sido
vaciado en la turquesa de la catedral. ¿En qué estado se hallaba
aquella alma? ¿qué pliegue había cogido, qué forma había tomado bajo
aquella cerrada cubierta, en aquella vida salvaje? Difícil sería
esto de fijar. Cuasimodo había nacido tuerto, jorobado, cojo. El
mayor trabajo del mundo había costado al sabio Frollo el enseñarle á
hablar. Pero una fatalidad ciega perseguía constantemente al pobre
expósito. Una nueva enfermedad propia de su oficio de campanero que
había ejercido desde la edad de catorce años, vino á completar sus
imperfecciones: las campanas le habían roto el tímpano, y se había
quedado sordo. La única puerta que la naturaleza le dejara abierta de
par en par hacia el mundo, se le había cerrado repentinamente para
siempre.
Al cerrarse, interceptó el único rayo de placer y de luz que penetraba
aún en el alma de Cuasimodo; y esta alma quedó sumida en una eterna
noche. La melancolía del desgraciado se hizo incurable y completa como
su deformidad; añadiéndose á esta desgracia la de haberse quedado
mudo en cierto modo con la sordera; porque para no dar que reir, así
que se vió sordo, se determinó á guardar un silencio tan absoluto,
que no abría los labios á no estar solo. Ató voluntariamente aquella
lengua que tanto trabajo costara á Claudio Frollo el desatar; de lo
cual resultaba, que cuando la necesidad le obligaba á hablar, tenía
entumecida la lengua y tan torpe como los goznes mohosos de una puerta.
Si intentásemos ahora penetrar hasta el alma de Cuasimodo por entre
aquella corteza gruesa y dura; si pudiéramos sondar las profundidades
de aquella organización mal hecha; si nos fuese dado mirar con una
antorcha dentro de aquellos órganos sin transparencia, registrar
el interior tenebroso de aquella criatura opaca; alumbrar aquellos
rincones oscuros, aquellos callejones tortuosos sin salida, y bañar de
repente con un rayo luminoso aquella pobre reina intelectual aherrojada
en el fondo de aquel antro, hallaríamos sin duda á la infeliz en alguna
actitud mezquina, encogida y raquítica, como esos prisioneros de los
plomos de Venecia que envejecían doblados en una caja de piedra muy
baja y estrecha.
No se puede negar que el espíritu se confunde en un cuerpo imperfecto.
Cuasimodo apenas sentía moverse á ciegas dentro de sí una alma hecha
á su imagen. Las impresiones de los objetos padecían, antes de llegar
á aquélla, una refracción considerable. Su cerebro era un prisma
tan particular que las ideas que le atravesaban salían de él con
una dirección absolutamente torcida; y por necesidad la reflexión
procedente de tal refracción era divergente y extraviada.
De aquí mil ilusiones de óptica, mil errores en los juicios, mil
descarríos en los cuales divagaba su pensamiento, unas veces con
locura, otras con idiotez.
El primer efecto de aquella fatal organización era el extraviar las
miradas que echaba á todas las cosas, de modo que no recibía de ellas
ninguna percepción inmediata; pareciéndole el mundo exterior mucho más
apartado que á nosotros.
El segundo efecto de su mala suerte era el hacerle malo; y en efecto lo
era, porque era salvaje, y era salvaje porque era feo; de modo que en
su naturaleza había una lógica como en la nuestra.
Su fuerza, tan extraordinariamente desarrollada, era un motivo más de
malignidad; pues como dice Hobbes, _malus puer robustus_.
Bien que debe hacérsele la justicia de decir que la maldad no era
quizás innata en él. Así que empezó á rozarse con los hombres, advirtió
cuán superior les era en fuerzas; luego se vió escupido, ajado, befado,
tanto, que no llegaba voz humana á sus oídos que no le llevase una
zumba ó una maldición; así, no hallando más que ojeriza en torno suyo,
con ojeriza pagó; contagiósele la maldad general, é hirió por los
mismos filos con que le habían herido.
Acabó por no mirar á los hombres sino á pesar suyo, bastándole para
todo su catedral, poblada de figuras de mármol, reyes, santos, obispos,
quienes á lo menos no soltaban la carcajada al verle, y no le dirigían
sino miradas apacibles y benignas. Las otras estatuas de monstruos
y demonios no le tenían odio; se les parecía mucho para ello; y más
bien befaban á los demás hombres. Los santos eran sus amigos, y le
bendecían; los monstruos lo eran también, y le guardaban. Así es que
tenía con ellos tantos desahogos, pasando así á veces horas enteras
delante de alguna estatua en solitaria plática con ella. Si alguien
llegaba, se huía como un amante sorprendido en su serenata.
Y no sólo la catedral era toda su sociedad, sino su universo, la
naturaleza entera. No soñaba otros setos que sus vidrieras siempre
floridas, otras umbrías que la de los follajes de las piedras, cargadas
de pájaros en el matorral de capiteles sajones, otros montes que las
colosales torres de la iglesia, ni otro océano que París que bramaba á
sus pies.
Lo que amaba con preferencia en su maternal edificio, lo que despertaba
á su alma y desplegaba sus pobres alas tan miserablemente recogidas en
su caverna, lo que le hacía á veces feliz, eran las campanas. Amábalas,
las acariciaba, les hablaba, las comprendía. Desde el esquilón de la
aguja del crucero, hasta la campana grande de la portada, á todas les
profesaba un tierno afecto. El campanario del crucero, las dos torres,
eran para él tres espaciosas jaulas, cuyos pájaros criados por él, sólo
para él cantaban. Estas mismas campanas eran con todo la causa de su
sordera; pero las madres aman más al hijo que les ha hecho sufrir más.
Es verdad que la voz de las campanas era la única que el infeliz podía
oir, y por este título la campana mayor era su predilecta. Ella era la
preferida entre aquella familia de ruidosas doncellas que se zarandeaba
á su alrededor los días de fiesta. María se llamaba la campana grande,
la cual estaba sola en la torre meridional con su hermana Jacoba, de
menor talla encerrada en una jaula más pequeña al lado de la suya. La
Jacoba se llamaba así del nombre de la mujer de Juan de Montagú, que la
había donado á la iglesia, lo que no le había librado de ir á figurar
sin cabeza á Montfaucón.
En la segunda torre había otras seis campanas, y por último, las seis
más chicas habitaban el campanario sobre el crucero con la matraca, que
no se tocaba sino después de las doce del Jueves Santo hasta la mañana
de la víspera de Pascua.
Quince campanas, pues, tenía Cuasimodo en su serrallo; pero la gran
María era la sultana favorita.
Nadie se podría figurar su alborozo en los días de repique y vuelo
general. Así que el arcediano le había soltado diciéndole: sube;
encaramábase por el caracol del campanario más veloz de lo que otro
cualquiera hubiera bajado; entraba jadeando en la habitación aérea de
la campana grande; contemplábala un instante complacido y absorto;
luego le dirigía blandamente la palabra; halagábala con la mano, como
á un buen caballo que va á dar una larga carrera; compadecíala por la
fatiga que iba á tener; y hechas estas primeras caricias gritaba á sus
ayudantes apostados en el piso inferior de la torre, que empezasen.
Colgábanse éstos de las maromas, crujían las vigas, y la enorme caja
de metal se movía lentamente. Cuasimodo la seguía palpitando con los
ojos; y la primera badajada hacía estremecer el maderamen sobre que
se apoyaba la campana. Empezaba Cuasimodo á vibrar con ella. ¡Anda!,
decía con una insensata carcajada. Entretanto, el metal aceleraba su
movimiento, y según iba recorriendo un ángulo más abierto, el ojo de
Cuasimodo se abría también cada vez más fosfórico y rutilante. En
fin, empezaba el vuelo general; temblaba toda la torre; armazones,
plomos, piedras de sillería, todo bramaba á la par, desde las estacas
de los cimientos hasta los remates del chapitel. Cuasimodo entonces
ardía y espumajeaba; no hacía más que ir y venir y temblaba, como la
torre, de pies á cabeza. Desencadenada y furiosa la campana presentaba
alternativamente á entrambas paredes de la torre su metálico boquerón,
por do salía aquel soplo tempestuoso que se oye á cuatro leguas.
Plantábase Cuasimodo delante de aquella boca abierta; agachábase,
volvíase á levantar á las vueltas de la campana, aspiraba aquel soplo
trastornador, y miraba ora la plaza que hormigueaba doscientos pies
debajo de sus plantas, ora el enorme badajo de cobre que de segundo en
segundo venía á taladrarle los oídos. Aquélla era la única palabra que
oía, el único sonido que interrumpía para él el silencio universal; y
ensanchábase entonces su pecho como un pájaro al sol; mas de repente
apoderábase de él el frenesí del bronce; su mirar era extraordinario;
aguardaba la campana al paso como la araña á la mosca, y precipitábase
denodadamente sobre ella. Entonces, suspendido sobre el abismo, lanzado
en el balanceo formidable del instrumento, asía al monstruo de bronce
por las agallas, apretábale con ambas rodillas, espoleábale con ambos
talones, y aumentaba con todo el empuje y el peso de su cuerpo la furia
del vuelo. Y la torre vacilaba, gritaba él y rechinaba los dientes;
erizábansele sus cabellos rojos, sonaba su pecho como un fuelle de
fragua, echaba llamas por los ojos, la monstruosa campana relinchaba
jadeando debajo de él; y entonces ya no era el gran címbalo de Nuestra
Señora ni Cuasimodo: era un ensueño, un torbellino, una tempestad, el
vértigo á caballo sobre el ruido; un espíritu cabalgando sobre una
grupa voladora; un peregrino centauro medio hombre, medio campana; una
especie de Astolfo horrible ahorcajado sobre un prodigioso hipogrifo de
animado bronce.
La presencia de aquel ser extraordinario hacía circular por toda la
catedral no sé qué soplo de vida. Parecía escaparse de él, á lo menos
según decían las supersticiones cada día mayores de la multitud, una
emanación misteriosa que animaba todas las piedras de Nuestra Señora,
haciendo palpitar las profundas entrañas de la vieja iglesia. Bastaba
saber que estaba allí para que se creyese vivían y se movían los
millares de estatuas de las galerías y de las portadas. Y de hecho la
catedral parecía una criatura dócil y obediente á su mano; aguardaba
su voluntad para elevar su corpulenta voz; estaba poseída y llena
de Cuasimodo como de un genio familiar. Se podía decir que era el
espíritu que animaba el inmenso edificio. En efecto él se hallaba en
todas partes, se multiplicaba en todos los puntos del monumento. Tan
pronto se divisaba con espanto en lo más alto de una de las torres
un enano que se encaramaba, serpenteaba, andaba á gatas, bajaba por
lo exterior sobre el abismo, brincaba de prominencia en prominencia,
é iba á registrar el vientre de alguna gorgona esculpida, éste era
Cuasimodo buscando nidos de cuervos. Tan pronto se tropezaba en
un rincón oscuro de la iglesia con una forma de quimera viviente,
acurrucada y refunfuñona; y era Cuasimodo pensativo. Unas veces se
distinguía bajo un campanario una cabeza enorme y un lío de miembros
desordenados columpiándose con furia al extremo de una cuerda; y era
Cuasimodo tocando á vísperas ó á oraciones; otras, se veía por la noche
vagar una forma asquerosa sobre la ligera balaustrada labrada como
encaje que corona las torres y rodea el borde de la bóveda: también era
el jorobado de Nuestra Señora. Entonces, decían las vecinas que toda
la iglesia presentaba un aspecto fantástico, sobrenatural, horrible;
abríanse acá y acullá muchos ojos y bocas; oíase ladrar á los perros,
á las esfinges, á las tarascas de piedra que velan día y noche con el
cuello alargado y la boca abierta al rededor de la monstruosa catedral.
Y si era una noche de Navidad, mientras la campana grande que parecía
hipar, llamaba á los fieles á la misa resplandeciente del gallo, era
tal el aspecto de la sombría fachada, que se hubiese dicho que la gran
portada devoraba á la multitud y que el rosetón la estaba mirando. Y
todo esto provenía de Cuasimodo. El Egipto le hubiera creído el Dios de
aquel templo; la Edad Media le creía su demonio; y sólo era su alma.
Hasta tal grado es esto verdad, que para quienes saben que Quasimodo
existió, Nuestra Señora está hoy desierta, inanimada, muerta. Se ve que
ha desaparecido de ella alguna cosa. Aquel cuerpo inmenso está vacío,
es un esqueleto; le ha abandonado el espíritu; se ve aún su alcázar,
y he aquí todo. Es como un cráneo donde todavía hay cuencas para los
ojos; pero no miradas.
IV
El perro y su amo
Existía, sin embargo, una criatura humana á quien Cuasimodo exceptuaba
de su malicia y del odio que tenía á los demás, á quien amaba tanto y
quizá más que á su catedral: ésta era Claudio Frollo. La razón era muy
sencilla.
Claudio Frollo le había recogido, le había adoptado, le había
mantenido, le había criado. Siendo pequeño corría á guarecerse entre
las piernas de Claudio Frollo cuando los perros y los chicos ladraban
tras él. Claudio Frollo le enseñó á hablar, á leer, á escribir. Claudio
Frollo, en fin, le había hecho campanero; y dar la campana grande en
matrimonio á Cuasimodo, era como dar Julieta á Romeo.