El trémulo y pobre centellear de las hogueras permitía á Gringorio

el distinguir en medio de su turbación, en todo el rededor de la

inmensa plaza, un asqueroso contorno de casas viejas, cuyas fachadas

carcomidas, acorchadas, desmirriadas, con uno ó dos tragaluces cada

una, le parecían en la sombra cabezas enormes de viejas puestas en

círculo, monstruosas y regañonas que miraban el conventículo guiñando

con los ojos.

Era aquello como un mundo nuevo, desconocido, inaudito, disforme,

reptil, hormigoso, fantástico.

Gringorio, más y más azorado, viéndose entre los tres tenazones de los

tres mendigos, ensordecido por los balidos y ladridos de un tropel de

otras carantoñas que le rodeaban; el malhadado Gringorio procuraba

concentrar su presencia de ánimo por acordarse si era sábado aquel día;

pero sus esfuerzos eran vanos; habíase roto el hilo de su memoria y de

su discurso; y dudando de todo, pasando de lo visto á lo sentido, se

proponía esta indisoluble cuestión:--Si yo existo ¿existe eso? Si eso

existe ¿existo yo?

En aquel momento se oyó distintamente un grito de en medio de la

batahola que le rodeaba: ¡Llevémosle al rey!, ¡llevémosle al rey!

--¡Virgen Santísima!, murmuró Gringorio, el rey de aquí debe ser un

cabrón.

--¡Al rey! ¡al rey con él!, repitieron todos.

Cogiéronle en andas y volandas; tanta prisa se dieron por echarle el

guante. Pero los tres mendigos no soltaban la presa, y se la arrancaban

á los otros aullando: ¡éste es nuestro!

El sayo ya enfermo del poeta exhaló el último suspiro en aquella lucha.

Disipósele el vértigo al atravesar la horrible plaza; á los primeros

pasos le había vuelto el sentido de la realidad, y empezaba ya á

acostumbrarse á la atmósfera de aquel sitio. En el primer momento

habíase elevado de su cabeza de poeta, ó quizá sencillísima y

prosaicamente de su estómago vacío, un vapor digámoslo así, que

difundiéndose entre él y los objetos, no se los había dejado entrever

sino en confusión incoherente de una pesadilla, en las tinieblas de

aquellos sueños que hacen bambolear todos los contornos, hacer gestos

todas las formas, y aglomerarse los objetos en desmedidos grupos,

convirtiendo las cosas en endriagos y á los hombres en fantasmas.

Poco á poco, á esta alucinación sucedió un mirar menos despavorido y

menos microscópico. Alboreaba la realidad á su alrededor, heríale en

los ojos, tropezábale en los pies, y demolía pieza por pieza toda la

espantable poesía de que al pronto se había creído cercado. Tuvo que

convencerse de que no vagaba por la Estigia, sino sobre el lodo; que

no eran demonios y sí ladrones los que le maltrataban; que el paso era

malo, no para su alma sino para su vida, no teniendo aquel precioso

avenidor que tan eficazmente se interpone entre el forajido y el hombre

honrado, es decir, la bolsa. Por último, examinando la zambra de más

cerca y con mayor serenidad, su imaginación cayó del conventículo en la

taberna.

La Corte de los Milagros no era en efecto más que una taberna, pero una

taberna de salteadores, tan tinta en sangre como en vino.

El espectáculo que se presentó á sus ojos, cuando su andrajosa escolta

le dejó por fin en el término de su carrera, no era propio para excitar

su vena poética ni aun para cantar el infierno. Más que nunca era

aquella la prosaica y brutal realidad de la taberna. Á no haber pasado

esto en el siglo quince, dijéramos que Gringorio había descendido de

Miguel Ángel á Callot.

Al rededor de una grande hoguera que ardía en un espacioso embaldosado

redondo, y penetraba con sus llamas los pies hechos ascua de unas

trébedes vacías en aquel momento, había algunas mesas carcomidas

esparcidas acá y acullá, sin simetría, y sin que el menor ramplón

geómetra se hubiese dignado arreglar su paralelismo ó cuidar siquiera

de que no se cortasen en ángulos muy desusados. Sobre ellas relucían

algunos jarrones chorreando vino y cerveza rodeados de innumerables

caras báquicas, encendidas con el fuego y el vino. Aquí se veía

un hombre con un gran vientre que abrazaba estrepitosamente á una

mujerzuela gorda y rolliza; allí una especie de supuesto soldado, un

belitre, en términos de la germanía, deshacía silbando los vendajes

de su falsa herida, y desentumecía su rodilla sana y vigorosa; fajada

desde por la mañana con mil ligaduras; mientras que por el contrario,

un enfermizo preparaba en otro lado con la escrofularia y la sangre

de toro su _pierna de Dios_ del siguiente día. Dos mesas más lejos,

un compañero cubierto de conchas, con su traje completo de romero,

deletreaba la plegaria de Santa Regina, sin olvidar la salmodia y el

gangueo. En otra parte un joven rollizo tomaba lección de epilepsia

de un viejo socarrón que le enseñaba el arte de espumar por la boca

mascando un pedazo de jabón. No lejos de éste, un hidrópico se

deshinchaba, y hacía taparse las narices á cuatro ó cinco ladronas

que se disputaban en la misma mesa un niño robado en aquella noche.

Circunstancias todas que, dos siglos más tarde, _parecieron tan

ridículas á la corte_, como dice Sauval, _que sirvieron de pasatiempo

al rey, y de intermedio al baile real de La Noche, dividido en cuatro

partes y ejecutado en el teatro de Borbón el chico_. «Jamás, añade

un testigo ocular de 1653, fueron mejor representadas las súbitas

metamorfosis de la Corte de los Milagros». Benserade preparó la

introducción con unos hermosos versos.

Por doquiera resonaban las ruidosas carcajadas y las canciones

obscenas. Cada cual obraba por sí glosando y jurando sin escuchar al

vecino. Corrían los jarros en medio de los brindis, al choque de los

jarros nacían las contiendas, y los jarros desportillados hacían rasgar

los andrajos.

Estábase mirando el fuego un perrazo sentadito; hallábanse en la

zambra algunos muchachos; el niño robado que lloraba y gritaba; otro

angelote de cuatro años, sentado con las piernas colgando sobre un

banco muy alto, atracadito y sin hablar palabra; otro extendiendo con

el dedo sobre la mesa el sebo derretido que corría de una vela, y otro

finalmente, pequeño acurrucado en el lodo, zampado en un caldero que

arañaba con una tejoleta, con lo cual formaba un sonido capaz de hacer

desmayar á Stradivari.

Cerca del fuego había un tonel, y sobre él un mendigo. Éste era el rey

sobre su trono.

Los tres que estaban asidos de Gringorio le condujeron delante del

tonel, y toda la bacanal quedó por un momento en silencio, menos el

caldero habitado por el muchacho.

Gringorio no osaba respirar ni levantar la vista.

--_Hombre, ¡quítale el sombrero!_, dijo en español uno de los tres

chuscos que le tenían; y antes que hubiese comprendido lo que aquello

quería decir, el otro le había cogido el sombrero, pobrete caperuzo en

verdad, pero bueno todavía para un día de sol ó de agua.

Gringorio dió un suspiro.

Enseguida el rey le dirigió la palabra desde lo alto de su barrica.

--¿Quién es ese pillo?

Gringorio se estremeció. Aquella voz, aunque acentuada por la amenaza,

le recordó otra voz que en la misma mañana de aquel día había dado el

primer bote á su auto sacramental, gangueando en medio del auditorio:

_¡La caridad por Dios, hermanos!_ Levantó la cabeza, y vió en efecto á

Clopín Truillefú.

Clopín Truillefú, revestido con sus insignias reales, no tenía un

andrajo más ni menos. La llaga de su brazo había ya desaparecido.

Llevaba en la mano uno de aquellos látigos de tiras de becerrillo

blanco, de que se servían entonces los sargentos de vara para hacer

corro, llamados _despejadores_. Tenía en la cabeza una especie de

birrete con aros y cerrado por arriba; pero era difícil distinguir si

era antes chichonera de niño que corona de rey, tanto se parecía á

ambas cosas.

Entretanto Gringorio, sin saber por qué, había concebido alguna

esperanza, reconociendo en el rey de la Corte de los Milagros á su

maldito mendigo de la gran sala.

--Maestre, balbuceó... Monseñor... Majestad...--¿Qué tratamiento debo

daros?, dijo en fin, llegado al punto culminante de su _crescendo_, y

no sabiendo ya cómo subir y bajar.

--Monseñor, majestad, ó camarada, llámame como gustes; pero breve. ¿Qué

tienes que decir en tu defensa?

--_¡En tu defensa!_, dijo entre sí Gringorio, mal me huele esto. Luego

medio tartamudeando continuó:

--Yo soy el que esta mañana...

--¡Por vida de las zarpas del diablo!, le interrumpió Clopín, ¿tu

nombre, pillo? y nada más. Escucha, estás delante de tres poderosos

soberanos: Yo, Clopín Truillefú, rey de Thunes, sucesor del gran

Coesres, señor supremo del reino de Germanía: Matías Hungadi Spicali,

duque de Egipto y de Bohemia, ese viejo amarillo que ves allí con una

rodilla al rededor de la cabeza; Guillermo Rousseau, emperador de

Galilea, ese gordo que no nos oye y camela á una galana. Tus jueces

somos. Has entrado en el reino de la Germanía sin ser germano, has

violado los derechos de nuestra ciudad. Debes ser castigado, á menos

que no seas lo que en la jerga de la gente honrada se llama ladrón,

mendigo ó vagamundo. ¿Eres algo que se parezca á esto? Justifícate,

dinos tus cualidades.

--¡Pobre de mí!, dijo Gringorio; no, no tengo tan alto honor. Sólo soy

el autor...

--Eso basta, replicó Truillefú sin dejarle acabar. Vas á ser ahorcado.

¡La cosa es muy sencilla, señores honradotes! Lo mismo que vosotros

tratáis á los nuestros por allá, tratamos nosotros á los vuestros por

acá. La ley que aplicáis á los truhanes, los truhanes os la aplican. Si

ella es mala, culpa vuestra es. Interesa mucho que de cuando en cuando

se vea hacer á un hidalgo el gesto de despedida sacando la cabeza por

el corbatín de cáñamo; esto ennoblece la cosa. Vamos, amigo, reparte

alegremente tus trapos á esas muchachas. Voy á mandarte ahorcar para

divertir á los truhanes, y tú les darás la bolsa para beber. Si tienes

algunos momos que hacer, allí hay junto al mortero una imagen de piedra

del padre eterno que hemos robado á San Pedro de los Bueyes: cuatro

minutos te quedan para darle con tu alma en los hocicos.

La arenga era formidable.

--Bien dicho, ¡en mi conciencia! Clopín Truillefú predica como el padre

santo de Roma, exclamó el emperador de Galilea rompiendo su jarro para

apuntalar su mesa que cojeaba.

--Señores míos, emperadores y reyes, dijo Gringorio con serenidad (pues

no sé cómo le había vuelto la firmeza, y hablaba con resolución), mirad

lo que hacéis; yo me llamo Pedro Gringorio; yo soy el poeta cuyo auto

sacramental se ha representado esta mañana en la sala principal del

tribunal.

--¡Ah! ¡eres tú, maestre!, dijo Clopín. Yo estaba allí, ¡por vida de

Bríos! Y bien, el habernos fastidiado esta mañana ¿es una razón para

que no te ahorquen esta noche?

Trabajo me costará el escapar bien, dijo entre sí Gringorio; con todo,

hizo otro esfuerzo.

--Yo no veo, dijo, por qué los autores no han de pasar por truhanes.

Vagamundo, Esopo lo fué; mendigo, Homero lo fué; ladrón, Mercurio lo

era....

Clopín interrumpió:

--Yo creo que tratas de ganar tiempo con tu gazmoñería: vamos, déjate

colgar, y fuera de ceremonias.

--Dispensad, mi señor, rey de Thunes, replicó Gringorio, disputando

el terreno paso á paso. La cosa merece consideración...--¡Un

instante!...--Escuchadme...--No irías á condenarme sin oirme....

Cubría en efecto su triste voz el alboroto que se hacía alrededor de

él. El muchachito arañaba su caldero con más veras que nunca; y para

colmo de desventura, una vieja acababa de poner sobre las trébedes

ardiendo una sartén llena de grasa, que chirriaba al fuego con un ruido

semejante á los chillidos de una tropa de muchachos que va dando vaya á

un botarga enmascarado.

Entretanto Clopín Truillefú conferenciaba al parecer un momento con

el duque de Egipto y el emperador de Galilea, el cual estaba borracho

perdido. En seguida gritó con voz carrasqueña: ¡Silencio!, y como el

calderero y la sartén no le escuchaban y continuaban su dúo, saltó de

su tonel, dió un puntapié al caldero, que fué rodando diez pasos con

el chiquillo, otro á la sartén, cuyo aceite cayó todo en el fuego, y

volvió á subir con mucha gravedad sobre su trono, sin cuidarse de los

ahogados lloros del niño, ni de los refunfuños de la vieja, que veía

irse su cena en hermosa llama blanca.

Hizo una seña Truillefú, y el duque y el emperador y los primeros

ayudantes y los salteadores se pusieron en torno suyo formando una

herradura, cuyo centro ocupaba Gringorio, siempre bien sujeto por medio

del cuerpo. Era un semicírculo de andrajos, de trapos, de horquillas,

de hachas, de piernas envinadas, de nervudos brazos remangados, de

hediondas caras apagadas y estúpidas. En medio de aquella mesa redonda

de la pillería, Clopín Truillefú, como el dux de aquel senado, como el

rey de aquellos pares, como el papa de aquel cónclave, dominaba por la

eminencia de su tonel, ya por el tono altanero, hosco y formidable que

hacía chispear las niñas de sus ojos y corregía en su selvático perfil

el tipo bestial de la raza truhanesca: en fin, se parecía á un jabalí

entre gorrinos.

--Escucha, dijo á Gringorio pasándose la callosa mano por su disforme

barba; yo no encuentro razón alguna para que no seas ahorcado. Es

verdad que esto parece repugnarte; es claro; vosotros los nobles no

estáis acostumbrados á ello, y creéis que es una cosa del otro mundo.

Sobre todo no queremos hacerte mal; al contrario, voy á decirte el modo

de salir del paso por el pronto:--¿Queréis ser de los nuestros?

Júzguese del efecto que hizo esta proposición sobre Gringorio, que veía

escapársele la vida, y empezaba á soltar la presa; así es que volvió á

agarrarse á ella con ansia.

--Cómo, ¿si quiero? sí, por cierto, con el alma y la vida.

--¿Consientes, replicó Clopín, en alistarte entre la gente de la

pequeña llama?

--De la pequeña llama puntualmente, respondió Gringorio.

--¿Te reconoces por miembro de la franca hidalguía? añadió el rey de

Thunes.

--De la franca hidalguía.

--¿Vasallo del reino germanesco?

--Del reino germanesco.

--¿Truhán?

--Truhán.

--¿En conciencia?

--En conciencia.

--Te prevengo, añadió el rey, que eso no te libra de la horca.

--¡Diablo!, dijo el poeta.

--Sólo, continuó Clopín imperturbable, que serás ahorcado más tarde,

con más ceremonias, á expensas de la buena ciudad de París, en una

magnífica horca de piedra, y por la gente honrada; ya esto es un

consuelo.

--Tenéis razón, dijo Gringorio.

--Hay otras ventajas. En calidad de hidalgo, no tendrás que pagar ni

limpieza, ni pobres, ni faroles, á que están sujetos los vecinos de

París.

--Amén, dijo el poeta; consiento. Ya soy truhán, franco hidalgo, del

reino de la Germanía, de la pequeña llama, cuanto queráis; y ya lo

era de antemano, señor rey de Thunes, pues soy filósofo; _et omnia in

philosophia, omnes in philosopho continentur_, como sabéis.

Al oir esto frunció las cejas el rey de Thunes.

--¿Quién crees que soy yo, amigo? ¿Qué algarabía judaica de Hungría nos

enjaretas ahí? Yo no sé el hebreo. No por ser uno bandido es judío.

Yo ni siquiera robo, soy más que todo eso, yo mato. Quitavidas, sí;

quitabolsas, no.

Gringorio trató de deslizar alguna excusa por entre estas breves

palabras que la cólera ahogaba cada vez más.

--Con vuestro permiso sea dicho, monseñor, no es hebreo, es latín.

--Dígole, replicó Clopín arrebatado, que no soy judío, y que te mandaré

ahorcar, ¡vientre de sinagoga! ¡así como ese publicanuelo de Judea que

está á tu lado, á quien espero ver clavar un día sobre un mostrador,

como pieza de moneda falsa que es!

Al hablar así señalaba con el dedo al peque`no judío húngaro barbudo

que se había arrimado á Gringorio con su _facitote charitatem_, quien

no entendiendo otra lengua, miraba atónito caer sobre sí el enfado del

rey de Thunes.

En fin, calmóse monseñor Clopín.

--¡Pillo!, dijo á nuestro poeta; ¿conque quieres ser truhán?

--Sin duda, respondió el poeta.

--No basta querer, dijo el arisco Clopín; la buena voluntad no me pone

un garbanzo más en el puchero, y sólo es buena para el paraíso; y

paraíso y Germanía son dos cosas muy distintas. Para ser recibido entre

nosotros, debes probar que sirves para algo, y para eso es preciso que

registres el maniquí.

--Registraré cuanto queráis, replicó Gringorio.

Hizo en esto Clopín una seña; separáronse algunos truhanes del círculo,

y volvieron un momento después con dos postes que acababan por su

extremidad inferior en dos espátulas de madera, por cuyo medio podían

fácilmente tenerse derechos en el suelo; en lo alto de ellos acomodaron

un cuartón travesero, todo lo cual formaba una linda horca portátil,

que Gringorio tuvo la satisfacción de ver levantar en un abrir y cerrar

de ojos, sin que nada le faltase, ni aún la cuerda que se bamboleaba

airosamente debajo del travesaño.

¿Qué van á hacer?, dijo entre sí Gringorio algo asustado.

Un ruido de campanillas que oyó en el mismo instante vino á poner fin

á su ansiedad; era un maniquí que los truhanes colgaban por el cuello

de la cuerda, especie de espantajo, vestido de colorado y tan cargado

de cascabeles y campanillas que había para engalanar treinta mulas

castellanas. Aquel millar de campanillas estuvo sonando algún tiempo

con el balance de la cuerda, después se fué apagando poco á poco, y por

último cesó enteramente cuando el maniquí quedó inmóvil por aquella ley

del péndulo que ha destronado á los relojes de agua y arena.

Entonces Clopín, señalando á Gringorio un viejo escabelillo cojo,

puesto debajo del maniquí:

--Sube ahí encima, le dijo.

--¡Carambola!, replicó Gringorio, voy á desnucarme, vuestro escabelo

cojea como un dístico de Marcial; tiene un pie exámetro y otro

pentámetro.

--Sube, te digo, repitió Clopín.

Subió en efecto Gringorio sobre el escabelo, y logró después de algunos

bamboleos hallar en él su centro de gravedad.

--Ahora, prosiguió el rey de Thunes, enrosca el pie derecho en la

pierna izquierda y enderézate sobre la punta del pie izquierdo.

--Monseñor, dijo Gringorio, ¿conque os empeñáis en verme romper un

miembro?

Clopín meneó la cabeza con enfado.

--Parece, amigo, que hablas mucho. He aquí en dos palabras de lo que se

trata: vas á enderezarte sobre la punta del pie como te digo; en esta

disposición podrás alcanzar hasta la bolsa del maniquí; la registrarás,

sacarás un bolsillo que hay dentro; y si puedes hacer todo esto sin

que se oiga el ruido de una sola campanilla, guapo, serás truhán. Sólo

restará apalearte por espacio de ocho días.

--¡Boto á Bríos!, que ningunas ganas tengo de ello. ¿Y si empiezan á

alborotar las campanillas?

--Entonces serás ahorcado; ¿entiendes?

--No entiendo una palabra, dijo Gringorio.

--Escúchale otra vez. Tú vas á registrar el maniquí y á cogerle la

bolsa; si durante la operación, se mueve una sola campanilla, serás

ahorcado. ¿Entiendes esto?

--Bien, dijo Gringorio, ya lo entiendo; ¿qué más?

--Si logras robar la bolsa sin que se oigan los cascabeles, eres

truhán, y serás hartado de golpes ocho días consecutivos. ¿Ahora sin

duda lo entiendes?

--No, monseñor, ahora lo entiendo menos. ¿Dónde está la ganancia?,

ahorcado en un caso y apaleado en el otro.

--Y ser truhán, replicó Clopín, ¿no es nada? En cuanto á los golpes, es

por tu bien, para hacerte duro.

--Tantísimas gracias, respondió el poeta.

--Vamos, hala, despachemos, dijo el rey dando una patada en el tonel

que resonó como un bombo. Registra el maniquí y acabemos. Vuelvo á

advertirte que si oigo un sólo cascabel, ocuparás el lugar del maniquí.

Aplaudieron todos los truhanes las palabras de Clopín, y cogieron la

horca en medio de una ronda que formaron, con tan desaforado reir

que bien conoció Gringorio se lo podía temer todo de tal gentecilla.

No le quedaba pues otra esperanza, que la lejana probabilidad de

conseguir el casi imposible que se le pedía; decidióse á probar su

destreza; recomendándose antes con todas veras al maniquí á quien

iba á desvalijar, y que hubiera sido más fácil de enternecer que los

truhanes. Aquel millar de campanillas con sus lenguas de cobre le

parecían otras tantas bocas de sierpes abiertas y dispuestas á morder y

silbar.

¡Oh! ¿es posible, decía en su interior, que haya de pender mi vida de

la menor vibración del más pequeño cascabel de éstos? ¡Oh!, añadía

con las manos juntas, ¡campanillas no campanilleéis! ¡cencerros, no

cencerreéis! ¡cascabeles, no cascabeleéis!

Volvió á dar un tiento á Truillefú.

--¿Y si sobreviene una bocanada de viento?, le preguntó.

--Serás ahorcado, respondió aquél sin vacilar.

Viendo que no había ni respiro, ni sobreseimiento, ni gatada posible,

echó el pecho al agua; enroscó el pie derecho en la pierna izquierda,

se empinó sobre el pie izquierdo y alargó el brazo... pero cuando

ya tocaba al maniquí, su cuerpo, que sólo descansaba en un pie,

vaciló sobre el escabelo que no tenía más que tres; quiso apoyarse

maquinalmente en el maniquí, perdió el equilibrio, y dió un gran

porrazo, ensordecido con el vuelo del millar de campanillas del

mismo maniquí, que cediendo al impulso de la mano, hizo primero un

semicírculo, y luego se columpió majestuosamente entre los dos postes.

--¡Maldición!, gritó cayendo, y quedóse como muerto con la cara

contra el suelo. Oyó sin embargo el espantable repique encima de su

cabeza, y la satánica risa de los truhanes, y la voz de Truillefú que

decía:--Levantadme al galopo, y ahorcádmele al momento.

Levantóse él, y vió ya descolgado el maniquí para ocupar él su lugar.

Hiciéronle subir sobre el escabelo; fuese á él Clopín, le echó la

cuerda al cuello, y dándole una palmada en el hombro, le dijo:

--¡Adiós, amigo! ya es imposible escaparte, aunque tuvieras el diablo

en el cuerpo.

La palabra _¡gracia!_ asomó á los labios de Gringorio, miró en derredor

suyo; pero vió que no le quedaba ninguna esperanza; todos se reían.

--Bellevigne de la Estrella, dijo el rey de Thunes á un desaforado

truhán que salió de las filas, encarámate sobre el travesaño.

Hízolo con agilidad, y al cabo de un instante, levantando Gringorio los

ojos, le vió con terror sobre su cabeza en el travesaño.

--Ahora, continuó Clopín Truillefú, en dando yo una palmada, tú, Andrés

el Rojo, echarás al suelo el escabelo de una rodillada; tú, Francisco

Chante-Prune, tirarás de los pies al galopo; y tú Bellevigne, te

pondrás sobre sus hombros; todos tres á un tiempo, ¿lo habéis entendido?

Gringorio se estremeció.

--¿Estáis ya?, dijo Clopín Truillefú á los tres compinches prontos á

cerrar con Gringorio. El pobre paciente pasó unos momentos horribles

aguardando su suerte, mientras Clopín empujaba tranquilamente con el

pie hacia el fuego algunos restos de sarmientos que la llama no había

aún alcanzado.

--¿Estáis?, repitió el jefe, abriendo las palmas--Un segundo más, y

adiós Gringorio.

Pero detúvose, como inspirado por una idea repentina.

--¡Un instante!, dijo; ¡se me olvidaba!... Es uso nuestro no colgar á

un hombre sin preguntar si hay alguna mujer que le quiera.--¡Camarada!,

tu último recurso es este: tienes que casarte con una truhana ó con la

cuerda.

Esta ley gitana, por extraña que parezca, está aún hoy día escrita con

todas sus letras en la antigua legislación inglesa. Véase _Burington's

Observations_.

Respiró Gringorio; era la segunda vez que le volvía el alma al cuerpo

en media hora: con todo no se atrevía á tenerse por salvo.

--¡Hola!, gritó Clopín vuelto á subir sobre su tonel, ¡hola! mujeres,

hembras, ¿hay entre vosotras, desde la bruja hasta su gata, alguna

bribona que quiera á este bribón? ¡Hola, Colasa la Charonne! ¡Isabela

Trouvain! ¡Simona Joduyne! ¡María Piedebú! ¡Thone la Larga! ¡Berarda

Fanouel! ¡Micaela Genaille! ¡Claudia Rouge-oreille! ¡Maturina Giroru!

¡Hola, Isabela la Thieruye! ¡venid y ved! ¡un hombre de balde! ¿quién

le quiere?

Gringorio en aquel estado miserable no era sin duda un bocado regalado;

las truhanas se mostraron poco movidas de la proposición; y el infeliz

les oyó responder:--¡No! ¡no! colgadle que así habrá diversión para

todas.

Tres sin embargo salieron de la turba y se acercaron á él. La

primera, que era una mocetona de cara cuadrada, examinó atentamente

el deplorable coleto del filósofo. El faldellín estaba raído y más

agujereado que un tamboril de asar castañas. Hizo la moza un gesto,

diciendo entre dientes:--¡Qué guiñapo! y dirigiéndose á Gringorio:

--¿Á ver tu capa?

--La he perdido, respondió Gringorio.

--¿Tu sombrero?

--Me lo han cogido.

--¿Tus zapatos?

--Se van quedando sin suelas.

--¿Tu bolsillo?

--¡Ah!, tartamudeó Gringorio, ni un dinero parisis tengo.

--¡Déjate pues colgar, y da gracias!, replicó la truhana, volviéndole

la espalda.

Nuestra Señora de París - Tomo 1 (de 2) · 第 6 / 20 段