Servíale de batidor Cuasimodo abriendo el paso y despejando la turba.

Luego que hubieron salido de entre el populacho y de la plaza,

quiso seguirlos la nube de ociosos y noveleros. Púsose entonces

Cuasimodo á retaguardia y siguió al arcediano andando hacia atrás,

achaparrado, arisco, monstruoso, despeluzado, removiendo sus fornidos

brazos, aguzando sus jabalinos colmillos, rugiendo como una fiera, y

arremolinando al gentío con un gesto ó una mirada.

Dejaron meterse á ambos en una calle estrecha y tenebrosa, donde nadie

osó seguirlos; tan bien atajaba la entrada el monstruo de Cuasimodo,

rechinando los dientes.

--Esto es maravilloso, dijo Gringorio; pero esto no es cenar, ¿y á

dónde ir á buscarlo?

IV

Inconvenientes de seguir de noche por las calles á una mujer linda

Habíase puesto Gringorio á seguir á la gitana á salga lo que saliere.

Vióla tomar con su cabra la calle de la Cuchillería, y zampóse tras

ella.

--¿Y por qué no?, se dijo á sí mismo.

Gringorio, muy ducho en las calles de París, tenía notado que nada

ayuda tanto á la fantasía como el seguir á una mujer bonita, sin saber

á dónde se encamina. Hay en esta abdicación voluntaria del libre

albedrío, en esta fantasía ciega que se sujeta á otra fantasía, sin

que ella sepa, una mezcla de independencia antojadiza y de obediencia

pasiva, no sé qué medio término entre la esclavitud y la libertad,

que agradaba á Gringorio, espíritu esencialmente mixto, indeciso y

complejo, teniendo el cabo de todos los extremos, suspenso sin cesar

entre todas las humanas propensiones y neutralizándolas todas unas con

otras. Comparábase gustoso él mismo al sepulcro de Mahoma, atraído en

sentido inverso por dos piedras imanes, vacilando eternamente entre

lo alto y lo bajo, entre la bóveda y el suelo, entre la caída y la

ascensión, entre el Zenit y el Nadir.

Si Gringorio viviera en nuestros días, ¡qué bello medio ocuparía entre

lo clásico y lo romántico!

Mas no pertenecía á los primeros tiempos del mundo para vivir

trescientos años, y es una lástima, porque su ausencia es un vacío que

se echa mucho de menos hoy.

Por lo demás para seguir así por las calles los transeuntes (y mejor

á las transeuntas), lo que Gringorio hacía muy gustoso, no hay mejor

disposición que no saber á dónde ir á dormir.

Iba muy pensativo tras la joven que apretaba el paso y hacía trotar á

su cabrita viendo retirarse la gente y cerrarse las tabernas, únicas

tiendas abiertas aquel día.

--En resumidas cuentas, pensaba él con corta diferencia, en alguna

parte se ha de recoger; y las gitanas lo que les sobra es buen

corazón.--¿Quién sabe...?

Y había en los puntos suspensivos que seguían á esta reticencia en su

espíritu, no sé qué ideas muy donosas.

Entre tanto cogía al vuelo de cuando en cuando, según iba pasando por

delante de los últimos corrillos de vecinos que cerraban las puertas,

algunas palabras sueltas de sus conversaciones que venían á romper la

trabazón de sus risueñas ideas.

Aquí dos viejos se llegaban uno á otro.

--Maestre Thibaut Fernicle, ¿sabéis que hace frío?

(Gringorio sabía esto desde el principio del invierno).

--¡Sí, mucho, maestre Bonifacio Milhombres! ¡no vayamos á tener un

invierno como el de hace tres años, en el 80, que iba la leña por los

ojos de la cara!

--¡Bah! eso no fué nada, maestre Thibaut, en comparación del invierno

de 1407, ¡que estuvo helando desde el veranillo de San Martín hasta la

Candelaria! y con tal furia que de tres en tres palabras se quedaba

helada la tinta en la pluma del secretario del Parlamento, en la sala

grande, lo que impidió la administración de la justicia.

Algo más adelante, eran unas vecinas hablando de ventana á ventana, con

las velas en las manos que la niebla hacía chisporrotear.

--Señora Boudraque, ¿no os ha contado vuestro marido la desgracia

ocurrida?

--No; ¿pues qué hay, señora Turquant?

--El caballo de D. Gilles Godín, el notario del Châtelet, que se ha

espantado de los Flamencos y de su procesión, y ha tirado á maestre

Filippot Avrillot, el inválido de los Celestinos.

--¿Es cierto?

--Como lo cuento.

--¡El caballo de un particular! ¡lo extraño!, si fuera un caballo de

tropa, ya lo entiendo.

Y sin seguir adelante la conversación cerraban su ventana. Pero bastó

lo dicho para que Gringorio perdiera el hilo de sus ideas.

La fortuna que luego daba con él y le anudaba sin trabajo, gracias á

la gitana, gracias á Djali, que siempre le precedían; ambas pulidas,

delicadas y graciosas criaturas, cuyos piececitos admiraba, así como

sus elegantes formas, y donosos modales, confundiendo casi á las dos en

su imaginación; por lo que hace á la inteligencia y á la buena amistad

teniéndolas á entrambas por doncellitas; y tocante á la ligereza, la

agilidad, y al garbo de andar, figurándoselas cabras á las dos.

Entre tanto las calles se iban quedando por momentos más solitarias

y lóbregas. Hacía mucho tiempo que había tocado la queda, y ya no se

encontraba sino tal cual persona de trecho en trecho y una que otra luz

en las ventanas.

Habíase internado Gringorio siguiendo á la egipcia en aquel dédalo

intrincado de callejuelas, de encrucijadas y callejones sin salida

que rodea el antiguo sepulcro de los Santos Inocentes, parecido á una

madeja de hilo enredada por un gato.

--¡Qué calles éstas tan poco lógicas!, decía Gringorio, perdido en

aquellos infinitos recovecos que siempre iban á dar al mismo punto,

pero por medio de los cuales la doncellita seguía un camino al parecer

muy conocido para ella, sin titubear y apretando cada vez más el paso.

En cuanto á él, jamás hubiera sabido dónde se hallaba si no hubiese

visto, al volver de una calle, la masa octógona del rollo del mercado,

por cuya calada cima atravesaba la luz de una casa de la calle de

Verdelet, presentando á los ojos con toda su fuerza el negro recorte

del edificio.

Hacía un rato que la muchacha había advertido que la seguían, y no

había cesado de volver la cabeza con inquietud; y aun una vez se

había quedado plantada, aprovechando un rayo de luz que salía de una

panadería, entreabierta para mirarle de arriba abajo; mas luego que

hubo echado la ojeada, Gringorio la vió hacer aquella muequecita que ya

le había observado, y seguir adelante su camino.

Dió qué entender á nuestro poeta la muequecita, pues con ser tan

graciosa tenía algo de desdén y de burla. Así es que se quedó

cabizbajo, contando las piedras, y siguiéndola de algo más lejos,

cuando al volver una calle que se la había hecho perder de vista, la

oyó dar un grito agudo.

Entonces apresuró el paso.

Palpábanse las tinieblas en la calle. Sin embargo, unas estopas

empapadas en aceite, que ardían en una linterna de hierro á los pies

de una virgen, en la esquina de la calle, permitieron á Gringorio

distinguir á la gitana forcejeando en los brazos de dos hombres que le

tapaban la boca para ahogar sus gritos. La pobre cabrita toda asustada,

bajaba los cuernos y balaba.

--¡Auxilio! ¡señores de la ronda!, gritó Gringorio, y adelantóse

impávido. Uno de los hombres que sujetaban á la moza se volvió hacia

él. Era la formidable figura de Cuasimodo.

Gringorio no echó á huir, mas tampoco dió un sólo paso adelante.

Cuasimodo se fué á él, y de un revés le echó rodando por el suelo á

cuatro pasos, entrándose al punto en medio de la oscuridad con la joven

plegada bajo el brazo como una faja de seda.

Seguíale su compañero, y la pobre cabra corría tras de todos con su

lastimero balido.

--¡Que me matan! ¡que me matan!, gritaba la pobrecita egipcia.

--¡Alto ahí! forajidos, y ¡soltadme esa galana!, dijo de sopetón con

voz de trueno un hombre á caballo que salió atropelladamente de la

encrucijada inmediata.

Era un capitán de los arqueros de órdenes de su majestad, armado de

pies á cabeza y con su montante desenvainado.

Arrancó á la gitana de los brazos de Cuasimodo atónito, la atravesó

delante del arzón, y en el momento que el tremebundo jorobado,

recobrado del susto, se precipitaba sobre él para arrebatarle la

presa, se le presentaron delante con sus machetes empuñados, quince ó

diez y seis arqueros que acompañaban á su capitán. Era una escuadra

de ordenanza del rey que hacía la contrarronda, de orden del señor D.

Roberto de Estouteville, guardia de la prebostía de París.

Cuasimodo fué envuelto, preso, amarrado; él bramaba, echaba espumarajos

de rabia, y tiraba mordiscones; y no hay duda que si hubiera sido de

día, su cara sola, más espantosa aun con la ira, hubiera ahuyentado

toda la escuadra. Mas era de noche, y estaba privado de su arma más

terrible, que era su fealdad.

Su compañero había desaparecido en la pendencia.

Sentóse garbosamente la gitana en la silla del capitán, puso ambas

manos sobre los hombros del joven, y se le estuvo mirando atentamente

algunos instantes, como arrobada al ver su buen semblante y el oportuno

auxilio que acababa de recibir de él.

Después, rompiendo ella el silencio la primera, le dijo endulzando aun

más su dulce voz:

--¿Cómo os llamáis, caballero guardia?

--¡El capitán Febo de Chateaupers, para serviros, hermosa mía!, le

respondió el oficial muy estirado.

--Tantísimas gracias, caballero.

Y mientras el capitán Febo se retorcía su bigote á la borgoña,

escurrióse ella del caballo como una saeta que cae al suelo, y escapóse.

Un relámpago no se hubiese desvanecido más pronto.

--¡Por vida de San Pedro!, dijo el capitán mandando apretar los

cordeles á Cuasimodo, más hubiera querido guardar la bribonzuela.

--¡Como ha de ser, capitán!, respondió un soldado; la curruca se ha

volado, y ha quedado el mochuelo.

V

Siguen los inconvenientes

Atolondrado Gringorio con la caída había quedado en el suelo delante

de la virgen de la esquina de la calle. Fué poco á poco recobrando los

sentidos, pasando primero por una especie de enajenamiento soñoliento

algo deleitoso, en que las etéreas imágenes de la gitana y de la cabra

contrastaban con los pesados puños de Cuasimodo. Pero duró poco este

estado, de que le sacó una sensación muy viva de frío que experimentó

en la parte de su cuerpo que daba contra las piedras, y que hizo volver

su razón. ¿De dónde viene esta frescura?, se preguntó sobrecogido. Al

instante dió en ello advirtiendo que estaba casi en medio del arroyo.

--¡El diablo sea del cíclope jorobado!, murmuró entre dientes, probando

á levantarse. Pero estaba muy aturdido y magullado, y le fué forzoso

estarse quieto. Quedábale libre, sin embargo, el ejercicio de su mano;

tapóse las narices y resignóse.

Púsose á pensar que el lodo de París (pues creyó que, sin recurso, el

arroyo sería su lecho),

(¿Y qué hacer en un lecho no pensando?)

púsose á pensar, digo, que el lodo de París apestaba en extremo, y que

en consecuencia debía contener mucha sal volátil y nitrosa. Tal es á

lo menos, añadió, la opinión del maestre Nicolás Flamel y la de los

alquimistas.

La palabra de _alquimistas_ le excitó la idea del arcediano Claudio

Frollo. Acordóse de la escena violenta que acababa de entrever, como

la gitana forcejaba entre dos hombres; que Cuasimodo estaba con otro:

y vínole confusamente al pensamiento la figura sombría y altanera del

arcediano.--¡Cosa extraña sería! se hubo de decir; y sin más se puso

á edificar sobre este dato y esta base, el fantástico edificio de las

hipótesis, castillo de naipes de los filósofos.

Pero volviendo de repente por la segunda vez á la realidad, gritó

diciendo: ¡Ay, que me hielo!

El puesto, en efecto, cada vez era menos aguantable. Cada molécula de

agua del arroyo arrebataba una molécula de calórico, desprendida de

los riñones de Gringorio, en términos que empezaba á establecerse de

un modo cruel el equilibrio entre la temperatura de su cuerpo y la del

arroyo.

Inesperadamente vino á asaltarle un sinsabor de naturaleza muy

diferente.

Una tropa de muchachos, de esos salvajitos en pernetas, eternos

correcalles de París, denominados con el nombre de _pilluelos_, que

cuando nosotros éramos también muchachos nos tiraban piedras al salir

de las aulas por las tardes, sin otra razón que la de no estar nuestros

pantalones rotos como los suyos, un enjambre de estos tales chusquitos

iba corriendo hacia la encrucijada do yacía Gringorio, con tal algazara

y risotadas que daban á entender curarse muy poco del suelto de los

vecinos. Llevaban arrastrando tras sí no sé qué especie de costal,

con un ruido de zuecos capaz de despertar á un muerto, cuanto más á

Gringorio, que no lo estaba enteramente; así es que se medio incorporó.

--¡Eh! Hennequin Dandeche; ¡hola! ¡Juan Pinceburde! iban gritando

desaforados; el viejo Eustaquio Moubon, el que vendía hierro en la

esquina, acaba de morir. Aquí está su jergón; ¡qué bien nos viene para

hacer una hoguera, hoy que es el día de los flamencos!

Y he aquí que arrojaron el jergón precisamente sobre el pobre

Gringorio, á cuyo lado estaban sin divisarle. En seguida uno de ellos

cogió un puñado de paja, que fué á encender á la mecha de la imagen de

la virgen.

--¡Voto va!, dijo Gringorio; ¡ahora voy á tener calor por demás!

El caso era apurado; íbase á ver entre el hielo y el fuego; pero

hizo el esfuerzo de un monedero falso, á quien van á echar en aceite

hirviendo, y que trata de escaparse; púsose en pie, arrojó el jergón

sobre la chusma, y echó á huir.

--¡Virgen Santísima!, gritaron los muchachos; ¡que resucita el herrero!

Y también ellos huyeron por su lado.

Sólo el jergón quedó dueño del campo de batalla. Belleforet, el P.

Juez y Corrozet aseguran que al otro día fué recogido el jergón con

gran pompa por el clero del barrio, y llevado al tesoro de la iglesia

de Santa Oportuna, donde el sacristán sacó hasta 1789 una renta muy

buena con el gran milagro de la virgen de la esquina de la calle de

Mauconseil, que con su sola presencia, en la memorable noche del 6 al 7

de enero de 1482, había exorcizado al difunto Juan Moubon, quien para

dar un chasco al diablo, había escondido maliciosamente, al morir, su

alma en el jergón de su cama.

VI

El cántaro roto

Después de haber corrido á todo correr durante algún tiempo, sin saber

á dónde, dándose de testeradas contra todas las esquinas, atravesando

mil arroyos, sendas, callejuelas, multitud de callejones sin salida, é

innumerables encrucijadas, buscando huida y paso por todos los tornos,

vueltas y revueltas de las alhóndigas y plazas, explorando en medio

de su terror pánico lo que el precioso latín de los itinerarios llama

_tota vía, cheminum et viaria_, nuestro poeta se quedó clavado de

golpe, desde luego por falta de aliento, y además por verse cogido en

cierto modo por los cabezones por un dilema que acababa de brotar en

su espíritu.--Paréceme maestre Pedro Gringorio, dijo hablando consigo

mismo, poniéndose el dedo en la frente, que vais ahí corriendo como

un desatentado. Los galopinillos no han tenido menos miedo de vos que

vos de ellos; buena prueba el estrépito de sus zuecos que se alejaba

hacia el mediodía, mientras vos huíais hacia el norte. Ahora... bien,

una de dos: ó ellos han echado de huir; y entonces el jergón que han

abandonado en medio de su terror, es puntualmente el lecho hospitalario

tras el cual corréis desde esta mañana, y que la virgen María os envía

milagrosamente para galardonaos por haber hecho en honor suyo un auto

sacramental acompañado de triunfos y momos; ó los muchachos no han

echado á huir, y en tal caso está ardiendo el jergón como pensaban

hacerlo; y ése es cabalmente el excelente fuego que habéis menester

para alegraros, secar la ropa y entrar en calor. En ambos casos, haya

buen fuego ó buena cama, el jergón es un presente del cielo. Quizás la

bendita virgen de la esquina de la calle de Mauconseil no ha sacado del

mundo hoy á Juan Moubon sino por esto; y es una locura vuestra el huir

así reventado, como un picardo perseguido por un francés, dejando atrás

lo mismo que vais buscando; ¡qué digo locura!, es una necedad.

Pudieron tanto sobre él estas reflexiones, que se volvió atrás, buscó

el norte, venteó, aplicó la oreja para volver á dar con el buen jergón,

más todo en balde. Volvíase todo cortaduras de casas, callejones sin

salida, bocacalles, en medio de las cuales se quedaba parado, más

embarazado y enredado en aquellas lóbregas revueltas de lo que se

hubiera hallado en un dédalo sin el hilo de Teseo.

--¡Malditas sean las encrucijadas! ¡no pueden menos de ser obra del

diablo hechas á semejanza de su horquilla!, dijo impacientado y

exclamando con solemnidad!

Alivióle algún tanto esta exclamación á la par de un reflejo rojizo

que divisó entonces al cabo de una larga y estrecha callejuela, con lo

que fué ya otro hombre.--¡Loado sea el Señor!, dijo, he allí mi jergón

ardiendo; y comparándose al piloto que zozobra en caliginosa noche:

_Salve_, añadió devotamente, ¡_salve, maris stella_!

¿Enderezaba este fragmento de letanía á la santísima virgen ó al

jergón? Lo ignoramos completamente.

Apenas hubo andado algunos pasos en la larga callejuela costanera,

desempedrada y cada vez más fangosa y pendiente, cuando notó una cosa

bastante particular; y era que no estaba yerma, pues en todo su trecho

se arrastraban acá y acullá no sé qué bultos informes, encaminados

todos hacia el resplandor vacilante al cabo de la calle, como esos

pesados sapos que se dirigen por la noche arrastrando de yerba en yerba

hacia el fuego que ha encendido un pastor.

No hay cosa que haga á uno más arrojado como el no sentir peso en el

bolsillo. Continuó adelantándose Gringorio que bien pronto alcanzó á

la larva más pesada de todas que iba detrás de las demás. Llegado á

ella, vió que no era otra cosa sino un miserable despernado á quien los

brazos servían de pies, semejante á un insecto herido á quien sólo han

quedado dos patas. Al pasar cerca de aquella especie de araña humana,

alzó ésta una voz lamentable diciéndole:--_¡La buona mancia, signor!

¡la buona mancia!_

--Llévete el diablo, dijo Gringorio, y á mí contigo, si sé lo que dices.

Y siguió su camino.

Dió con otra de las masas ambulantes, á la cual se puso á examinar, y

vió que era un tullido, cojo y también manco, y tan manco y cojo, que

el complicado armatoste de muletas y piernas de palo que le sostenía,

semejaba á una andamiada ambulante. Gringorio, que era amigo de las

comparaciones nobles y clásicas, le comparó en sus mientes al trípode

de Vulcano.

Al pasar Gringorio, saludóle nuestro trípode viviente, quitándose

el sombrero á la altura de la barba de Gringorio, como una bacía de

afeitar, y gritándole á los oídos: _¡Señor caballero, para comprar un

pedazo de pan!_

--Parece que también éste habla, dijo Gringorio; pero en una lengua

peliaguda, y es más dichoso que yo si la comprende.

En seguida, dándose una palmada en la frente por una repentina

transición de ideas, exclamó: Á propósito de guirigay ¡qué diablos

querían decir esta mañana con su esmeralda!

Quiso doblar el paso; más por la tercera vez atajóle otra cosa el

camino. La tal cosa, ó más bien el tal alguien, era un ciego, un

cieguecillo de cara judía y barbuda, que remando en el espacio en torno

suyo con un palo, y remolcado por un perro, le gangueó con acento

húngaro: _¡Facitote charitatem!_

--¡Acabaremos!, dijo Gringorio, ¡ya era hora de que tropezásemos con

alguno que hablase cristiano! ¡Muy limosnera debe tener la traza! si

así es, muy poco acuerdo hay entre ella y mi bolsillo. ¡Buen amigo!,

dijo volviéndose hacia el ciego, la semana pasada vendí mi última

camisa, ó hablándoos en la lengua de Cicerón, que al parecer es la

única que comprendéis: _Vendidi hebdomade nuper transita meam ultimam

camisam_.

En diciendo esto volvió las espaldas al ciego y prosiguió su camino.

Mas también el ciego se puso á alargar el paso al mismo tiempo que él;

y he aquí que mi tullido y luego el despernado llegan por su parte con

gran prisa, aturdiendo la calle, el uno con el ruido de sus muletas, y

el otro con el de su asiento de hierro. En seguida, rempujándose á la

vez tras los zancajos del pobre Gringorio, pusiéronse á repetirle sus

canciones:

--_¡Charitatem!_, entonaba el ciego.

--_¡La buona mancia!_, cantaba el despernado.

Y el cojo realzaba la frase musical repitiendo: _¡Un pedazo de pan!_

Tapóse Gringorio los oídos, y exclamó: ¡Qué torre de Babel!

Echó á correr: y el ciego corrió también en su seguimiento, corrió el

cojo, y corrió el despernado.

Y luego, según iba entrando en la calle, pululaban en derredor

suyo, ciegos, despernados, cojos, mancos, tuertos, y leprosos con

sus llagas, quienes saliendo de las casas, quienes de las calles

adyacentes, quienes de los respiraderos de las bodegas, aullando,

berreando, gañiendo, todos cayendo y levantando, cual bien, cual mal,

atropellándose hacia la luz, y revolcados en el cieno como caracoles

después de llover.

Gringorio, seguido siempre por sus tres perseguidores, sin saber en

qué pararía aquello, andaba azorado en medio de los demás, ladeando

los cojos, pasando por encima de los despernados, y enredados los pies

en aquel hormiguero de lisiados, como el otro capitán inglés que se

enzarzó en una manada de langostas marinas.

Ofreciósele volver atrás; pero ya era tarde. Obstruíale la retirada

toda la legión que había dejado tras sí, é iban ya cosidos á él sus

tres mendigos. No tuvo más que continuar empujado á la vez por aquella

oleada irresistible, por el miedo y por un vértigo terrible que

trastornaba todas sus ideas.

En fin, llegó á lo último de la calle que desembocaba en una inmensa

plaza donde vacilaban millares de luces esparcidas en la confusa niebla

de la noche. Entróse en ella Gringorio apresurado, esperando zafarse

con la ligereza de sus pies de los tres espectros dolientes que se le

habían colgado.

--_¡Á dónde vas, hombre!_, gritó el tullido arrojando sus muletas, y

corriendo tras él con las mejores zancas que trazaron jamás un paso

geométrico en las calles de París.

Entretanto el despernado, ya con sus dos pies, ponía á Gringorio por

sombrero su pesado asiento de hierro, y el ciego le clavaba con dos

ojos de fuego.

--¿Dónde estoy?, dijo el aterrado poeta.

--En la Corte de los Milagros, respondió un cuarto espectro que se les

había incorporado.

--¡Juro á Dios, dijo Gringorio, que los ciegos ven, y que los cojos

corren!, mas ¿dónde está el Salvador?

La respuesta fué una siniestra risotada.

Púsose á mirar el pobre poeta á todos lados; y vió ser así que

estaba dentro de aquella temible Corte de los Milagros, donde jamás

penetraran hombres de bien á semejantes horas; conventículo mágico

donde eran hechos trizas los oficiales del Châtelet y los soldados

del preboste que se aventuraban á acercarse á él; ciudad de ladrones;

horroroso lunar de París; albañal de donde salía por la mañana, y do

se reestancaba todas las noches aquel arroyo de vicios, de pordiosería

y vagancia, derramado siempre por las calles de las capitales; colmena

monstruosa en que entraban por las noches con su botín todos los

zánganos de la sociedad; hospital engañoso donde el gitano, el fraile

secularizado, el estudiante perdido, los pillos de todas las naciones,

españoles, italianos, alemanes, de todas las religiones, judíos,

cristianos, mahometanos, idólatras, cubiertos de mentidas llagas para

pordiosear de día, se transfiguraban por la noche en salteadores,

vestuario inmenso, en una palabra, donde se vestían y desnudaban

entonces todos los actores de esa comedia eterna que el robo, la

prostitución y el asesinato representan en las calles de París.

Era una plaza irregular y mal empedrada como todas las de París

en aquel tiempo. Brillaban acá y acullá algunas llamaradas á cuyo

alrededor hormigueaban extraños corrillos que iban, venían y gritaban.

Oíanse risas penetrantes, vagidos infantiles, voces de mujeres. Las

manos y cabezas de aquella turba, negras sobre un fondo luminoso

formaban en él mil gestos extravagantes. Algunas veces sobre el suelo,

á la trémula claridad de las hogueras mezclada con inmensas sombras,

se veía pasar á un perro que parecía á un hombre, y á un hombre con

semejanza de perro. Los límites de las razas y de las especies parecían

borrarse en aquesta ciudad como en un pandemonio. Hombres, mujeres,

animales, edad, sexo, salud, enfermedades, todo era al parecer común en

aquel pueblo; todo iba pareado, mezclado, confundido, trastocado, cada

cual tenía allí parte en todo.

Nuestra Señora de París - Tomo 1 (de 2) · 第 5 / 20 段