Clavó luego los ojos en el Sena que tenía á sus pies, y se vió

acometido de una terrible tentación.

--¡Oh!, dijo, ¡con qué gusto me ahogaría, si el agua no estuviese tan

fría!

Entonces tomó una resolución desesperada, cual fué, no pudiendo

escaparse del papa de los locos, de las banderolas de Juan Fourbeault,

de los ramos del Mayo, de los serpentines ígneos y de las carretillas,

el internarse impávido en medio de la fiesta, y plantarse en la plaza

de Greva.

--Allí á lo menos, exclamó, no me fallará un tizón de una hoguera para

calentarme, y podré cenar con algunas migajas del azúcar real de los

tres grandes escaparates que han debido poner en el aparador público de

la ciudad.

II

La plaza de Greva

Ya no queda hoy más que un imperceptible vestigio de lo que fué en

otro tiempo la plaza de Greva. Tal es la airosa torrecilla que ocupa

la esquina del norte de la plaza, sepultada ya bajo el revoque innoble

que embadurna los agudos realces de sus esculturas, y que muy luego

desaparecerá quizás sumergida por esta crecida de casas que devora tan

rápidamente todas las vetustas fachadas de París.

Las personas que como nosotros no pasan nunca por la plaza de Greva sin

mirar con lastimera simpatía á esta pobre torrecilla, estrujada entre

dos caserones del tiempo de Luis XV, pueden reconstruir fácilmente en

su imaginación el conjunto de edificios á que pertenecía, y hallar

enterita la añosa plaza gótica del siglo décimo quinto.

Era, como hoy; un trapecio irregular limitado de un lado por el

espolón, y de los otros tres por casas altas, estrechas y lóbregas.

Por el día se podía admirar la variedad de los edificios, todos

esculpidos de piedra ó madera, y presentando ya muestras completas de

las diferentes arquitecturas domésticas de la Edad Media, retrocediendo

del décimo quinto al undécimo siglo, desde el ventanaje que empezaba

á destronar el arco cruzado, hasta el arquitrabe románico, suplantado

por aquél, y que ocupaba todavía debajo del mismo el primer piso de la

antigua casa de la Torre Rolanda, esquina de la plaza sobre el Sena

hacia el lado de la calle de la Tenería. Por la noche no se percibía

de aquella masa de edificios sino el dentaje denegrido de los tejados

desarrollando al rededor de la plaza su sarta de ángulos agudos, pues

es una de las diferencias radicales de las poblaciones de entonces y

de las de ahora, que hoy es la fachada la que da á las plazas y las

calles, y antes sólo daban las paredes. Quiere decir que de dos siglos

á esta parte han dado las casas una media vuelta completa.

En el centro del lado oriental de la plaza, se elevaba una pesada

é híbrida construcción formada de tres viviendas pegadas. Dábanle

tres nombres que explican su historia, su destino y su arquitectura:

la _Casa del Delfín_, porque Carlos V, delfín, la había habitado;

la _Mercancía_, porque servía de Casas Consistoriales; la _Casa de

los Pilares_ (domus ad piloria), á causa de una serie de pilarones

que sostenían los tres altos. Allí hallaba la población cuanto ha

menester una buena ciudad como París; una capilla para hacer oración,

un _juzgado_ para tener audiencia y hacer comparecer cuando fuese

necesario á la gente de Palacio; y en las boardillas, una _armería_

llena de cañones. Pues los vecinos de París saben que no basta en todos

lances orar y abogar por los fueros de la ciudad, y por eso tienen

siempre de reserva en un desván del Consistorio algún buen _arcabuz_

mugriento.

Ya tenía entonces la Greva aquel aspecto siniestro que aún le conservan

hoy la idea execrable que aquélla recuerda, y la denegrida casa de

Ayuntamiento de Dominico Bocador, que ha reemplazado á la Casa de los

Pilares. Menester es decir que una horca y una argolla permanentes, una

justicia y una escala, como decían entonces, levantadas á la par en

medio del empedrado, no contribuían poco á apartar la vista de aquella

fatal plaza, donde han agonizado tantas criaturas rebosando de salud y

de vida; donde cincuenta años más tarde había de nacer aquella _fiebre

de San Valero_, aquella enfermedad del terror del cadalso, la más

monstruosa de todas las enfermedades, por no venir de Dios, sino del

hombre.

Es una idea consoladora (digámoslo de paso), el pensar que la pena

de muerte, que hace trescientos años embarazaba todavía con sus

ruedas férreas, sus horcas lapídeas, y todo su aparato ajusticiador,

permanente y clavado en el suelo, la Greva, los Mercados, la plaza

Delfina, la Cruz del Trahoir, el hediondo Montfaucón, la plazuela de

los Cerdos, la barrera de los Alguaciles, la plaza de los Gatos, la

puerta de San Dionisio, los Prados, la puerta de los Asnos y la de

Santiago, sin contar con las innumerables escaleras de horca de los

prebostes, del obispo, de los cabildos, de los abades, de los priores,

señores de horca y cuchillo; sin contar los ahogamientos jurídicos en

el Sena; es una idea consoladora, repetimos, que hoy, después de haber

perdido todas las piezas de su armadura, su lujo de suplicios, su

penalidad caprichosa é imaginativa, su tortura á la que cada cinco años

hacía un nuevo lecho de cuero en el Gran Châtelet, esa vieja soberana

de la sociedad feudal, desterrada casi de nuestras leyes y de nuestras

ciudades, acosada de código en código, arrojada de plaza en plaza,

no tenga ya en nuestro inmenso París más que un rincón innoble de la

Greva, y una miserable guillotina, furtiva, sobresaltada, vergonzosa,

siempre al parecer recelosa de ser sorprendida infraganti, ¡con tanta

prisa desaparece en haciendo la fechoría!

III

Besos para golpes

Transido estaba Gringorio cuando llegó á la plaza de Greva. Había

atravesado el puente de los Molineros para evitar el encuentro con el

gentío del Puente del Cambio y las banderolas de Juan Fourbeault; pero

las ruedas de todos los molinos del obispo le habían asperjado, y tenía

hecho una sopa su coletillo. Parecíale además que el malogro de su

pieza le aumentaba el frío. Así que dióse prisa á llegar á la luminaria

que ardía esplendorosa en medio de la plaza; pero era muy considerable

el tropel que estaba agolpado al rededor de ella.

--¡Condenados parisienses!, se dijo á sí mismo (pues que Gringorio,

como verdadero poeta dramático, era propenso á soliloquios), ¡en la

hoguera y no fuera deberíais estar para no estorbarme el fuego! ¡ahora

sobre todo que lo he menester tanto, según se hallan mis zapatos de

todos calados, y mi pobre ropilla hecha pañizuelo de esos malditos

llorones de molinos! ¡El diablo sea del obispo de París con sus

molinos! ¡Mucho diera por saber lo que un obispo puede hacer de un

molino! ¿Cuenta con ser un día molinero en vez de obispo? Si no ha

menester para ello sino mi maldición, ¡desde ahora se la echo á él,

y á su catedral, y á sus molinos! ¿Creéis que se incomodarán en lo

más mínimo esos badulaques? ¡Que me digan lo que hacen ahí! Se están

calentando; ¡buen gustazo! ¡miran cómo arden un ciento de chamarascas!

¡soberbio espectáculo!

Pero examinando de más cerca, notó que era mucho más grande el corro de

lo que convenía para calentarse al fuego del rey, y que tan numeroso

concurso no era atraído por la hermosura del centenar de haces de leña

que estaba ardiendo.

En efecto, en un vasto espacio que se hallaba libre entre la turba y el

fuego estaba bailando una muchacha.

Si la joven era criatura humana, hada ó ángel, no pudo decidirlo el

mismo Gringorio con ser todo un filósofo escéptico y todo un poeta

irónico; ¡tan fascinado le había dejado aquella deslumbradora visión!

No era muy alta, pero lo parecía al verla tan graciosa y elegantemente

espigadita. Era morenita, mas se dejaba conocer que por el día su tez

tendría aquel hermoso dorado reflejo de las andaluzas y de las romanas.

También era andaluz su piececito, pues estaba holgado en el estrecho

y gracioso zapato. Tal era la pizpereta que bailaba, triscaba, daba

vueltas sobre una vieja alfombra de Persia echada sin primor alguno

bajo sus pies; y cada vez que al hacer un círculo pasaba por delante

de uno su luminoso semblante, sus hermosos ojos negros le lanzaban un

vivísimo rayo.

Cuantos la rodeaban la miraban sin pestañear y boquiabiertos; y en

efecto, cuando danzaba de esta manera al zumbido de la pandereta que

sus dos torneados y virginales brazos levantaban sobre su cabeza

airosa, delicada y viva como una avispa, con su justillo de oro

clavado á su talle, su pomposo y pintado tonelete, con los hombros

descubiertos, con su graciosa y fina pierna que el corto zagalejo

permitía ver por momentos, su negra cabellera, y sus ojos de fuego, era

verdaderamente una criatura sobrenatural.

--Es preciso confesarlo, dijo entre sí Gringorio, ¡es una salamandra,

una ninfa, una deidad, una nueva Herodias!

--En esto, una trenza de pelo de la salamandra se desprendió, cayendo

al suelo una pieza de azófar que la aseguraba.

--¡Calla! ¡es una gitana!

Y adiós ilusión de Gringorio.

Volvió ella á empezar su danza; cogió del suelo dos espadas, que se

puso de punta sobre la frente, haciéndolas voltear en sentido contrario

del que ella lo hacía; en fin, era una gitana ni más ni menos. Pero por

desencantado que estuviese Gringorio, no carecía el cuadro entero del

mágico prestigio: alumbrábale el fuego de la hoguera con una luz fuerte

y rojiza que iluminaba con un vivo temblor el círculo de semblantes de

los asistentes, la morenita frente de la joven, y que detrás de los

mirones esparcía por toda la plaza un apagado reflejo entreverado con

las osciladoras sombras que dibujaba, de un lado sobre la denegrida y

vieja fachada de la Casa de los Pilares, y del otro sobre el poste de

piedra de la horca.

Entre los millares de caras que enrojecía aquel resplandor, había una

que parecía más absorta que las demás en contemplar á la bailadora.

Era un hombre de figura austera, sosegada y adusta. Este hombre,

cuyo traje impedía ver el gentío que le rodeaba, no tenía al parecer

más que treinta y cinco años; sin embargo, estaba calvo, y los tales

cuales mechones de pelo de las sienes eran muy raros y canos; su ancha

y espaciosa frente empezaba á cubrirse de arrugas; pero en sus ojos

hundidos brillaban una lozana juventud, una vida ardorosa, y unas

pasiones violentas. Miraba constantemente á la gitana, y mientras la

juguetona doncella de diez y seis años danzaba y triscaba con gusto de

todos, adquiría por instantes más opacidad la enajenada fantasía de

nuestro hombre. De cuando en cuando se encontraban en sus labios un

suspiro y una sonrisa, pero más dolorosa era ésta que aquél.

Cansóse, en fin, y paróse la joven, y el pueblo la vitoreó amoroso.

--¿Djali?, dijo la gitana.

Entonces vió Gringorio llegar una cabrita blanca, linda, despierta,

vivaracha, lustrosa, con cuernos dorados, pies dorados, y collar

también dorado, la cual no había él divisado aún, y que se había estado

acurrucada hasta entonces en una punta de la alfombra mirando bailar á

su ama.

--¿Djali?, le dijo la bailarina, ahora te toca á ti.

Y sentándose, presentó con gracia la pandereta á la cabra.

--¿Djali, en qué mes estamos?

Levantó la cabra un pie delantero, y dió una pezuñada sobre la

pandereta. Era en efecto el primer mes del año; y celebrólo la turba.

Djali, preguntó la joven volviendo la pandereta, ¿á cuántos estamos?

Levantó Djali su piececito dorado, y dió seis golpes en la pandereta.

--Djali, prosiguió la egipcia variando siempre de cara la pandereta,

¿qué hora es?

Djali dió siete golpes, y al mismo instante se oyeron las siete en el

reloj de la Casa de los Pilares.

El pueblo estaba asombrado.

--¡Cosa de brujería es esto, dijo en medio de la turba una voz

siniestra, que era la del calvo, que no quitaba los ojos de la gitana!

Sobresaltóse la pobre y volvió la cabeza; pero empezaron los

estrepitosos aplausos, y cubrieron la funesta exclamación, y hasta la

borraron tan completamente en el espíritu de la joven, que continuó

preguntando á su cabra:

--Djali, ¿cómo hace maestre Guichard Grand-Remy, capitán de los

carabineros de la ciudad, en la procesión de la Candelaria?

Púsose la cabra en dos pies, y empezó á balar andando con tan donosa

gravedad, que se echó á reir el corro entero de espectadores al ver el

burlesco remedo de la devoción interesada del capitán de carabineros.

--Djali, prosiguió la doncella con tan continuo triunfo, ¿cómo predica

maestre Jacobo Charmolue, fiscal eclesiástico?

Plantó la cabra en tierra sus asentaderas y se puso á balar pataleando

con los pies delanteros de tan extraña manera que aparte el mal francés

y pésimo latín, ademán, acento y planta, todo era el mismísimo Jacobo

Charmolue.

La turba se deshacía en aplausos.

--¡Sacrilegio! ¡profanación!, saltó la voz del calvo.

La gitana volvió otra vez la cabeza hacia donde salía la voz.

--¡Ah!, dijo, ¡es ese espantajo!; luego alargó el labio inferior

sacándole más que el superior, hizo un momito, que le era al parecer

familiar, volteó sobre el talón, y se puso á echar en la pandereta los

dones de la multitud.

Las pesetas, las medias, las tarjas y los ochavos llovían en la

alfombra. Tocóle pasar por delante de Gringorio, el cual llevó

tan maquinalmente la mano á la faltriquera, que la gitana se

detuvo.--¡Diablo! dijo el poeta hallando dentro la realidad, es decir,

nada. La rapaza, sin embargo, estaba aguardando, clavándole con sus

grandes ojos y alargando hacia él la pandereta como para recibir; el

pobre Gringorio sudaba la gota tan gorda.

Si el poeta hubiera hallado el Perú en el bolsillo, el Perú le hubiera

dado; pero no le halló, y ¡qué mucho!, si aún no se había descubierto

la América.

Por fortuna una inesperada novedad vino á sacarle del mal paso en que

se encontraba.

--¿Te irás de aquí, saltarina de Egipto?, gritó una voz carrasqueña

que salía del rincón más oscuro de la plaza. Volvióse atemorizada la

muchacha; mas ya no era la voz del calvo; era la voz de una mujer, voz

devota y perversa.

Este grito, que dió miedo á la gitana, excitó la algazara de un tropel

de muchachos que andaba correteando por la plaza.

--Es la reclusa de la Torre Rolanda, dijeron con gritos descompasados;

¡es la Beata quien regaña! ¿si no habrá cenado? ¡vamos á llevarle algún

resto del aparador de la ciudad!

Esto bastó para que todos corrieran presurosos hacia la Casa de los

Pilares. Ínterin aprovechó Gringorio la turbación de la bailarina para

escabullirse; el clamor de los chicos le trajo á la memoria que tampoco

él había cenado; y se fué corriendo al aparador. Pero los rapazuelos

tenían mejores piernas que las suyas, y cuando llegó lo habían limpiado

todo. Ni siquiera quedaba un tostón de los de á real la libra. Ya

no había en la pared sino las airosas flores de lis, entreveradas

con rosales, pintadas en 1434 por Mateo Biterne, cena en verdad poco

sustanciosa.

Cosa importuna es acostarse sin cenar; menos lisonjero es todavía

no cenar ni saber adónde ir á acostarse. Tal era la situación de

Gringorio. Ni pan, ni albergue; veíase aquejado por todas partes de la

necesidad, y de una necesidad muy embestidora. Hacía mucho tiempo que

para él era una verdad averiguada, que Júpiter crió á los hombres en

hora menguada, y que durante toda la vida del sabio su destino tiene

en asedio á su filosofía. Y por lo que á él hacía, jamás había visto

bloqueo tan completo; sentíase el estómago como cañón de órgano, y

no le parecía nada bien que la mala suerte rindiese por hambre á su

filosofía.

Esta melancólica idea le abismaba más y más, cuando vino á sacarle

de ella un canto raro aunque dulcísimo. Era la joven egipcia quien

cantaba. Su voz era lo mismo que su danza, como su hermosura. Era

indefinible y hechicera; un metal purísimo, sonoro, aéreo, alado,

si puede llamarse así. Eran trinos continuos, melodías, cadencias

inesperadas; luego eran frases sencillas salpicadas de notas

penetrantes y aspiradas; después unas entonaciones que hubieran

desconcertado á un ruiseñor, sin faltar nunca la armonía; en seguida

muelles ondulaciones de octavas que se elevaban y bajaban como el seno

de la joven cantora. Su hermoso semblante acompañaba con singular

movilidad todos los caprichos de su canción desde la inspiración más

descabellada hasta la más noble dignidad. Unas veces se la hubiera

creído una loca, otras una reina.

Las palabras que cantaba eran de una lengua desconocida para Gringorio,

y que parecía serlo hasta para ella misma, tan poca relación había

entre la expresión de su canto y el sentido de las palabras. Así los

cuatro versos siguientes en su boca eran de una alegría extraña:

Un cofre de gran riqueza

Hallaron dentro un pilar.

Dentro del, nuevas banderas,

Con figuras de espantar.

Y un instante después al acento que daba á esta estancia:

Alárabes de á caballo

Sin poderse menear,

Con espadas y los cuellos,

Ballestas de buen echar.

Gringorio sentía humedecérsele los ojos. Á pesar de esto su canto

respiraba sobre todo la alegría, y cantaba al parecer, como el pájaro,

por serenidad y por indiferencia.

La canción de la gitana había turbado la distracción de Gringorio; pero

como el cisne turba el agua. Escuchábala como arrobado y olvidado de

cuanto le rodeaba: era hacía muchas horas el primer instante en que no

padecía.

El instante fué breve.

La misma voz mujeril que interrumpiera la danza de la gitana vino á

interrumpir su canto.

--¿No callarás, infernal cigarra?, gritó desde el mismo rincón oscuro

de la plaza.

Cortóse la pobre _cigarra_; y Gringorio se tapó los oídos.

--¡Ah! ¡qué maldita sierra desdentada ésa que viene á romper la lira!,

dijo el poeta.

Lo mismo que él murmuraban los demás espectadores.

--¡Vaya al diablo la beata!, decían muchos. Y la invisible vieja

destripacuentos hubiera tenido que sentir por sus agresiones contra la

gitana, á no haber sido distraídos en el mismo momento por la procesión

del papa de los locos, que después de haber corrido tantísimas calles y

encrucijadas, desembocaba en la plaza de Greva con todas sus luminarias

y todo su clamoreo.

La procesión que nuestros lectores han visto salir del palacio, se

había organizado en el camino, y reclutado cuantos pillos, ladrones,

ociosos y vagabundos había disponibles en París; así es que presentaba

un aspecto respetable cuando llegó á la Greva.

Rompía la marcha el Egipto. El duque de Egipto, á la cabeza, en su

caballo, con sus condes á pie, teniéndole la brida y el estribo; tras

ellos los egipcios y las egipcias, entremezclados con sus hijitos

gritando sobre sus hombros; y todos, duque, condes y pueblo bajo,

cubiertos de andrajos y oropeles. Luego seguía el reino de Germanía;

es decir, todos los ladrones de Francia, escalonados por orden de

dignidad; los menores pasaban los primeros. Así iban desfilando de

cuatro en cuatro, con las diferentes insignias de sus grados en

aquella extraña facultad, la mayor parte baldados, éstos cojos,

aquéllos mancos, los rechonchos, los conchudos, los zamarreados,

los estampados, los guilopos, los desechados, los gurruminos, los

enclenques, los estafadores, los huérfanos, los tentemozos, los beatos;

enumeración para cansar á Homero. En el centro del cónclave de los

beatos y de los tentemozos, costaba trabajo distinguir al rey de la

Germanía, el gran Coesres, acurrucado en un carretoncillo tirado por

dos perrazos. Después del reino de los germanos, venía el imperio

de Galilea. Guillermo Rousseau, emperador del imperio de Galilea,

iba majestuosamente con su ropa de púrpura tinta en vino, precedido

de danzadores truqueándose y danzando pirriquios; rodeado de sus

maceros, de sus sostenes, y de los curiales de tribunal de cuentas.

Por último, venía la plumería, con sus mayos coronados de flores, sus

hopalandas negras, su música digna del conventículo, y sus hachones de

cera amarilla. En el centro de aquella caterva llevaban los oficiales

mayores de la cofradía de los locos, sobre los hombros, unas andas

más cargadas de candelas que la urna de Santa Genoveva en tiempo de

peste; y sobre las andas resplandecía embaculado, encapado y mitrado el

nuevo papa de los locos, el campanero de Nuestra Señora, Cuasimodo el

jorobado.

Cada sección de la estrambótica procesión llevaba su música particular.

Los egipcios tocaban sus balafos y tamboriles africanos. Los germanos,

raza poco música, no habían aún salido de la viola, de la corneta ni de

la gótica rubebe del duodécimo siglo. El imperio de Galilea no estaba

mucho más adelantado; apenas se distinguía en su música algún miserable

rabel de la infancia del arte todavía encarcelado en _re la mi_. Pero

donde se desplegaban todas las riquezas músicas de la época era en

derredor del papa de los locos; y eran tiples de rabel, contraltos de

rabel, tenores de rabel, sin contar las flautas y los instrumentos de

bronce. ¡Ay! ya se acordarán nuestros lectores que era ésta la orquesta

de Gringorio.

Difícil es dar una idea del grado de expansión orgullosa y beatífica

á que había llegado el triste y hediondo semblante de Cuasimodo, en

el tránsito del palacio á la Greva. Era el primer goce de amor propio

que había tenido en toda su vida; hasta entonces sólo había conocido

el infeliz la humillación, el hastío de su condición, y el asco que se

tenía de su persona. Así, á pesar de ser tan sordo, saboreaba como un

verdadero papa las aclamaciones de aquella caterva á quien aborrecía

tanto como él era aborrecido de ella. ¿Qué importa que su pueblo fuese

un atajo de locos, de tullidos, de ladrones, de mendigos? Al cabo era

un pueblo, y él su soberano; así tenía por sinceros todos aquellos

aplausos irónicos, todos aquellos acatamientos escarnecedores, á

que debemos confesar acompañaba sin embargo en el vulgo algún temor

bastante positivo; porque el jorobado era robusto; porque el patituerto

era ágil; porque el sordo era maligno: tres cualidades que templan lo

ridículo.

Por lo demás estamos muy lejos de creer que el nuevo papa de los locos

se pudiese explicar á sí mismo la razón de los sentimientos que él

experimentaba, ni de los que inspiraba á los demás. Necesariamente

debía tener algo incompleto y sordo el espíritu que habitaba aquel

cuerpo vaciado en tan mal molde. Así era para él absolutamente vago,

indistinto y confuso lo que sentía en aquel momento; sólo se traslucía

en su semblante el gozo, mas dominaba el orgullo. ¡Quién lo dijera!,

aún al rededor de aquella adusta y malhadada figura brillaba la

vanagloria.

Sorpresa y susto causó, pues, cuando en el instante que pasaba medio

desvanecido y triunfante Cuasimodo por delante de la casa de los

Pilares, se vió á un hombre lanzarse del tropel y arrancarle de las

manos, con ademán indignado, el báculo de madera dorada, insignia de su

loco papado.

El tal hombre, el tal temerario, era el calvo personaje que, metido

un instante antes en el corrillo de la gitana, había dejado fría á la

pobre muchacha con sus palabras amenazadoras y rencorosas. Vestía el

traje eclesiástico, y en el momento que salió del tropel le conoció

Gringorio, quien no lo había divisado hasta entonces:--¡Toma!, dijo

gritando asombrado, ¡es mi maestre en Hermes, D. Claudio Frollo, el

arcediano! ¿Qué diablos quiere con ese horroroso tuerto? cara le va á

costar la fiesta.

Alzóse en efecto un grito de terror; el formidable Cuasimodo se había

precipitado de las andas, y las mujeres volvían la cara por no verle

despedazar al arcediano.

De un bote llegó hasta el clérigo, miróle, y cayó de rodillas.

Arrancóle el arcediano la tiara, rompióle el báculo, é hízole mil

pedazos la pluvial relumbrona.

Cuasimodo continuó de rodillas, cabizbajo y con las manos juntas.

Entablóse luego entre ambos un extraño diálogo de señas y gestos,

pues ni uno ni otro hablaban. El clérigo, en pie, irritado,

amenazador, imperioso; Cuasimodo postrado, humilde, compungido. Con

todo es evidente que de una sola pulgarada hubiera podido el segundo

despachurrar al primero.

En fin, sacudiendo éste violentamente por el hombro al forzudo

Cuasimodo, le hizo seña para que se levantara y le siguiese.

Cuasimodo se levantó.

Entonces la cofradía de los locos recobrada de su primer asombro, quiso

defender á su papa destronado con tanto atropello. Los egipcios, los

germanos y la plumería comenzaron á aullar al rededor del cura.

Colocóse Cuasimodo delante de él y puso en juego los músculos de sus

atléticos puños, mirando á los acometedores con el rechinamiento de

dientes de un tigre enfurecido.

Recobró el sacerdote su austera gravedad, hizo una seña á Cuasimodo, y

se retiró silencioso.

Nuestra Señora de París - Tomo 1 (de 2) · 第 4 / 20 段