hacemos aquí. Bien veo allá abajo en un rincón, sobre aquel tablado
algunas gentes que al parecer quieren sacudirse. Ignoro si es esto
lo que llamáis un _auto sacramental_ ó _misterio_; pero no es nada
divertido; riñen con la lengua y no pasan adelante. Hace un cuarto de
hora que estoy aguardando el primer mojicón, y no veo valor ninguno;
son unos mandrias que se pelean arañándose con injurias; menos son aún
que mujeres, éstas siquiera se agarran de las greñas. Convendría mandar
venir algunos luchadores de Londres ó de Rotterdam; y entonces á lo
menos hubiéranse cruzado algunos cachetazos que resonarían en la plaza;
pero éstos causan compasión. Deberían á lo menos darnos alguna danza
morisca, ó alguna otra mojiganga. No es esto lo que habían dicho; me
hicieron consentir en una fiesta de locos con elección de papa: También
nosotros tenemos un Gante, nuestro papa de locos; y en esto no nos
quedamos atrás, ¡Santo Dios! Pero escuchad lo que hacemos: se genera un
barullo como aquí; luego cada cual va á sacar la cabeza por un agujero,
y hace un gesto á los demás; el que le hace más feo, es elegido papa
con aplauso universal; aqueso sí que es divertido. ¿Queréis que hagamos
nosotros aquí nuestro papa á la moda de mi tierra? Contad con que será
menos fastidioso que el escuchar á esos habladores. Si consienten
en venir á hacer su gesto al tragaluz, juzgarán como nosotros. ¿Qué
decís, señores vecinos? Hay aquí dentro una regular grotesca muestra de
ambos sexos, para que se rían á la flamenca, y nosotros tenemos caras
bastante feas para esperar un hermoso gesto.
Hubiera querido responder Gringorio; mas el asombro, la rabia, la
indignación, le cortaron la palabra. Además, la salida honrosa del
calcetero popular fué acogida con tal entusiasmo por aquellos vecinos
lisonjeados de oirse apellidar con dictados caballerosos, que se
hacía inútil toda resistencia. No había más que dejarse llevar por el
torrente. Gringorio se cubrió la cara con ambas manos, no teniendo la
dicha de tener una capa para velarse la cabeza, como el Agamenón de
Timanto.
V
Cuasimodo
En un abrir y cerrar de ojos, todo estuvo listo para ejecutar la idea
de Coppenole. Particulares, estudiantes y curiales habían arrimado
el hombro. La capillita situada en frente de la mesa de mármol, fué
escogida para teatro de los gestos. Un vidrio roto del hermoso rosetón
del lintel de la puerta, dejó libre un círculo de piedra por el que
convinieron sacarían la cabeza los gesteros. Para llegar á él, bastaba
encaramarse sobre dos toneles cogidos no sé dónde, y puestos uno sobre
otro como mejor pudieron. Convínose que cada candidato, hombre ó mujer
(porque también se podía nombrar papesa), para dejar virgen y entera la
impresión de su gesto, se cubriera la cara y se mantendría oculto en la
capilla hasta el momento de aparecer. En un santiamén estuvo la capilla
llena de concurrentes, los cuales quedaron encerrados.
Coppenole de su asiento lo ordenaba, dirigía y arreglaba todo. Durante
el bureo, el cardenal, no menos desconcertado que Gringorio, so color
de quehaceres y vísperas, se había retirado con toda su comitiva, sin
que aquel tropel, á quien tanto turbara su llegada, se hubiese inmutado
nada al verle irse. Guillermo Rym fué el único que notó el desconcierto
de su Eminencia. La atención popular seguía como el sol su revolución;
salida de un cabo de la sala, después de haberse detenido algo en el
medio, estaba ahora al otro lado. Habían tenido su momento la mesa de
mármol y la estrada de brocado; ahora era el turno de la capilla de
Luis XI. El campo estaba ya abierto para toda locura. Ya no había más
que flamencos y canalla.
Empezaron las muecas, y la primera que asomó á la lumbrera con los
párpados como tomates maduros, la boca como un serón, y una frente
tan plegada que se parecía á unas pecheras de camisa bien planchada;
ocasionó una carcajada tan general é inextinguible, que Homero hubiera
tenido por dioses á todos aquellos patanes. Mas estaba muy lejos la
sala de ser Olimpo, y mejor que nadie sabía esto el pobre Gringorio.
Siguióse la segunda, la tercera, y luego la cuarta; aumentando cada
una, si posible fuese, las risotadas y el bullicioso taconeo. Había
en aquel espectáculo, yo no se qué deslumbramiento singular, yo no sé
qué embriaguez y fascinación de que sería dificilísimo dar una idea
al lector de nuestros días y salones. Figúrese cada cual una serie
de visajes presentando sucesivamente todas las formas de geometría,
desde el triángulo hasta el trapecio, desde el cono hasta el poliedro;
todas las expresiones humanas, desde la ira hasta la lujuria; todas
las edades, desde las arrugas del recién nacido, hasta las arrugas de
la vieja moribunda; todas las fantasmagorías religiosas, desde Fauno
hasta Belcebú; todos los perfiles animales, desde el boquerón hasta
el pico, desde el cabezorro hasta el hocico. Por decirlo de una vez,
para representárselo algún tanto, imagínese uno estar viendo pasar en
procesión la enmascarada de Venecia, ó tener en la mano en continuo
movimiento un caleidoscopio.
El bureo iba siendo cada vez más flamenco. Teniers no daría más que
una imperfectísima idea. Conviértase en bacanal la batalla de Salvator
Rosa. Ya no había ni estudiantes, ni embajadores, ni particulares, ni
hombres, ni mujeres; ya no Clopín Truillefú, no Gilles Lecornu, no
María Cuatrolibras, no Robín Zampapán. Todo se borraba en medio de la
común licencia. La espaciosa sala no era más que una anchurosa forja
de jovialidad y descoco, donde cada boca era un puro grito permanente,
relámpago el ojo, carantoña cada cara, y cada individuo una postura
diferente; era un todo sin embargo, más alharaquiento y aullón. Las
extrañas caras que iban al rosetón por turno á rechinar los dientes,
eran otras tantas teas que alimentaban la calera y fogata, levantándose
continuamente de toda aquella hervorosa turba un vapor, un desapacible
rumor, subido, crispador, silbón como las alas de un moscardón.
--¡Oh! ¡eh! ¡demonio!
--¡Mira aquella figura!
--No vale nada.
--¡Á otra!
--¿Guillemeta Maugerepuis?, mira, mira aquellos morros de toro, no le
faltan más que los cuernos; no es tu marido.
--¡Otro!
--¡Por vida de Bríos! ¡qué viene á ser aquel gesto!
--¡Hola! ¡eh!, eso es hacer trampas; no hay que enseñar otra cara que
la suya.
--¡Esta condenada de Perreta Callebote es capaz de todo eso!
--¡Gresca! ¡gresca!
--¡Me falta el aliento!
--He allí uno que no puede pasar las orejas.
--Etc. etc.
Con todo, preciso es hacer justicia á nuestro amigo Juan. En medio
de aquel sábado, se le veía aún sobre su pilar como un grumete en la
gavia; gesticulando con increíble furia, con la boca abierta de oreja
á oreja, de la que se escapaba un grito no articulado, no porque le
cubriese el clamoreo general con ser tan intenso, sino á causa de rayar
en el último son perceptible, las doce mil vibraciones de Salvador, ó
las ocho mil de Biot.
Por lo que hace á Gringorio, pasado que fué el primer movimiento de
abatimiento, volvió sobre sí, endureciéndose contra la adversidad.
--¡Continuad!, había dicho por tercera vez á sus comediantes, máquinas
parlantes; luego, poniéndose á pasear á grandes zancadas por delante de
la mesa de mármol, le daban casi ganas de ir él también á asomarse á la
lumbrera de la capilla, aunque no fuera sino por hacer burla real con
sus gestos de aquel pueblo ingrato.--Pero no; eso sería indigno de nos;
¡fuera venganza!, luchemos hasta el cabo, se repetía á sí mismo; grande
es sobre el pueblo el poder de la poesía; al fin podré con ellos. Vamos
á ver quién será más poderoso, si las muecas ó las letras.
¡Qué desgracia!, él era el único espectador de su pieza.
La cosa iba empeorando, ya no veía más que espaldas.
Me equivoco, pues aún se quedaba vuelto hacia el teatro el gordinflón
pachorrudo á quien ya había consultado en un momento crítico. Por lo
que hace á Gisqueta y Lienarda, se habían desertado gran rato hacía.
Entrañablemente apreció Gringorio la fidelidad de su único espectador;
así acercóse á él tirándole suavemente por el brazo; pues que
habiéndose apoyado en la barandilla, estaba medio durmiendo.
--¡Caballero, le dijo Gringorio, os doy muchísimas gracias!
--¿Y de qué, señor mío?, le preguntó bostezando el hombrazo.
--Ya veo lo que os incomoda, añadió el poeta, es sin duda esa bullanga
que os impide el oir á gusto. Pero descuidad sobre mí, que vuestro
nombre pasará á la posteridad, ¿dignaos decirme cuál sea?
--Renauld Chateau, guardasellos del Châtelet de París, para serviros.
--Caballero, vos sois aquí el único representante de las musas, dijo
Gringorio.
--Muy bondadoso sois, señor mío, respondió el guardasellos.
--Sois el único, prosiguió Gringorio, que haya escuchado debidamente la
pieza, y así me atreveré á preguntar ¿qué tal os ha parecido?
--Bastante alegre, en verdad, respondió apenas despierto el oidorazo.
Tuvo Gringorio que contentarse con aquel elogio; pues interrumpió la
conversación un trueno de aplausos y aclamaciones, con motivo de haber
resultado electo el papa de locos.
--¡Vitor! ¡vitor! ¡vitor!, gritaba el pueblo por todas partes.
Era en efecto maravillosa la mueca que alboraba entonces en el agujero
del rosetón. Después de todas las figuras pentágonas, exágonas y
heteróclitas, que se asomaran á la lumbrera, sin realizar la belleza
ideal grotesca que se construyera en las imaginaciones exaltadas por
el devaneo, nada menos se necesitaba, para arrebatar los sufragios que
el sublime gesto que acababa de deslumbrar á la concurrencia. Hasta
el mismo Coppenole aplaudió, y Clopín Truillefú que había echado su
cuarto á espadas (y Dios sabe á qué grado tan intenso de fealdad podía
alcanzar su tipo) se dió por vencido. Lo mismo haremos nosotros; no
trataremos de dar al lector una idea de aquella nariz tetraedra, de
aquella boca de herradura; de aquel ojuelo izquierdo eclipsado por una
ceja roja y borrascosa, al mismo tiempo que el ojo derecho desaparecía
todo bajo un enorme verrugón; de aquellos dientes desordenados,
desportillados á trechos como las almenas de una fortaleza; de
aquel labio calloso con el peso de un diente muy salido que hubiera
podido pasar por colmillo de elefante, de aquella barba hendida como
perdiguero de dos narices; de aquella mescolanza de malicia, de asombro
y de tristeza; imagínese uno tal cuadro si puede, y se habrá arrimado
de lejos al original.
Unánime fué la aclamación, agolpándose todos hacia la capilla, de donde
sacaron en triunfo al bienaventurado papa de los locos. Pero entonces
tuvo lugar y llegó á su colmo la sorprendida admiración al ver que la
mueca era su cara.
O por mejor decir, toda su persona era mueca. Un cabezorro erizado
de pelos como barbas de maíz, entre las dos espaldillas una enorme
joroba de tanto peso, que el pecho tenía que ayudar á llevarla; tal
armatoste de muslos y piernas tan extrañamente descarriadas que sólo
por las rodillas se podían tocar, y vistas de frente se parecían á
dos hoces podaderas juntas por los mangos; pies como celemines, manos
monstruosas; y con toda aquella disformidad, tenía un arranque de
pujanza, agilidad y denuedo; extraña excepción de la regla eterna, que
quiere que la fuerza como la hermosura resulte de la armonía. Tal era
el papa que los locos acababan de nombrarse.
Se le podía comparar á un descomunal gigante roto, y mal soldadas sus
piezas. Cuando apareció en el umbral de la puerta aquella especie
de cíclope, inmóvil, achaparrado, tan ancho como alto; _cuadrado
por la base_, como dice un grande hombre; fué al punto conocido del
populacho por el gambeto medio encarnado y morada otra mitad, lleno
de campanillas de plata, y más que todo por su acabada fealdad; y
todos gritaron á una:--¡Es Cuasimodo, el campanero! ¡Es Cuasimodo,
el jorobado de Nuestra Señora! ¡Cuasimodo el ojanco! ¡Cuasimodo el
patituerto! ¡Vitor! ¡Vitor!
Ya se ve que le sobraban al infeliz los renombres.
--¡Cuidado con las preñadas!, gritaban los escolares.
--O que tengan ganas de estarlo, añadía Juan.
Y en efecto se podía temer que aquéllas dejasen de serlo, y éstas de
estarlo; pero aquestas y aquéllas escondían las caras.
--¡Oh! ¡qué mico tan feo!, decía una.
--Y tan malo como horrible, decía otra.
--Es el mismo diablo, seguía una tercera.
--Y yo pobre, que tengo la desgracia de vivir cerca de Nuestra Señora,
y oirle rondar por los canales.
--Sí, con los gatos.
--Siempre está en nuestros tejados.
--Por las chimeneas nos echa los horóscopos.
--La otra noche vino á hacerme burla á mi lumbrera; al pronto creí que
era un hombre; más así que le vi ¡tuve un miedo! ¡ah!
--Juraría que va al ayuntamiento brujuliento; por más señas que dejó
una vez una escoba en mi tejado.
--¡Qué cara de giboso tan arremetedora!
--¡Se ha visto jamás alma tan hedionda!
--¡Ay!
Al revés los hombres, tenían un buen rato y le vitoreaban.
Cuasimodo, objeto del tumulto, se mantenía siempre en la puerta de la
capilla en pie, adusto y grave sin zafarse á la admiración.
Un estudiante, Robín Zampapán creo, se le llegó muy cerca, y se le rió
en los bigotes. Contentóse Cuasimodo de cogerle por medio del cuerpo, y
tirarle á diez pasos por entre la caterva, y todo esto sin despegar los
labios.
Admirado el maestre Coppenole se acercó á él.
--¡Por la pasión de Cristo! ¡Padre Santo! que eres el feo más subido
que he visto en todos los días de vida: no de los locos solamente de
París, ¡el papado de Roma mereces!
En hablando así le ponía alegre la mano sobre el hombro, sin que le
dijese nada Cuasimodo, y prosiguió:
--Eres un perillán con quien tendré gustoso un gaudeamus, aunque me
cueste un par de pesos. ¿Y tú?
Cuasimodo no respondió nada; y el calcetero le dijo:
--¿Qué significa ese silencio? ¡qué! ¿eres sordo?
Éralo en efecto, más no ciego, y ya empezaba á incomodarse de las
llanezas Coppenolinas; tanto que se volvió de repente hacia él con tal
rechinar de dientes que cejó el gigante flamenco como un dogo delante
de un gato.
Formóse entonces en torno del extraño ente un círculo aterrado y
respetuoso que tenía á lo menos quince pasos geométricos de radio. Una
vieja que estaba al lado de Coppenole le dijo que Cuasimodo era sordo.
--¡Sordo!, replicó el calcetero con su pachorruda risa flamenca; ¡por
vida de Bríos que es un papa completo!
--¡Ah! ya le conozco, exclamó Juan, bajado por último del poste por ver
de más cerca á Cuasimodo; ¡es el campanero de mi hermano el arcediano!
--¡Buenos días, Cuasimodo!
--¡Diablo de hombre!, dijo Robín Zampapán, magullado aún de la caída.
Si se presenta, giba: si anda, esteva: si mira, es tuerto: si le
habláis, sordo.--¿Y qué hace de su lengua ese Polifemo?
--Por hablar, lo hace cuando quiere, dijo la vieja; no es sordo de
nacimiento, ha perdido el oído con el toque de las campanas, más no es
mudo.
--Sólo eso le falta, observó Juan.
--Y también le sobra ese ojo que le queda, añadió Robín Zampapán.
--No hay tal, replicó juiciosamente Juan: un tuerto es mucho más
incompleto que un ciego; éste á lo menos no sabe lo que le falta, y
ojos que no ven, corazón que no llora.
Entretanto todos los mendigos, todos los lacayos, todos los rapabolsas,
reunidos con la estudiantina, habían ido á buscar procesionalmente al
escaparate de los plumistas la tiara de cartón y el cogullón del papa
de los locos. Dejósele echar acuestas Cuasimodo sin pestañear y con
una especie de entonada docilidad. Sentáronle después en unas andas
llenas de cintajos de varios colores; y levantáronle en alto sobre los
hombros doce fabriqueros de la cofradía de los locos, ceremonia que la
lúgubre cara del cíclope acompañó con una especie de alborozo sardónico
y desdeñoso, al ver bajo sus disformes pezuñas todas aquellas cabezas
de nombres hermosos, bien formados y derechos. Enseguida la aulladora y
andrajosa procesión echó á andar como de costumbre por las galerías del
palacio, antes de ir á correr las calles y las plazas.
VI
La esmeralda
Diremos con el mayor gusto á nuestros lectores, que durante toda esta
escena se habían mantenido firmes Gringorio y su pieza teatral. Sus
actores espoleados por él, no habían cesado de encajar la comedia, como
tampoco él se había cansado de escucharla. Habíase ya familiarizado
con la zambra, y resuelto á llevar la cosa á cabo sin desesperar nunca
de cautivar, aunque tarde, la atención del público. Avivóse este rayo
de esperanza cuando vió salir de la sala á Cuasimodo, Coppenole y la
vocinglera comitiva del papa de los locos, seguida ansiosamente por la
turba.--¡Bueno! dijo entre sí, ya se van todos los alborotadores.
Por desgracia los alborotadores eran todos los concurrentes; y en un
quítame allá esas pajas, la sala se quedó vacía.
Es verdad que había aún algunos otros asistentes, unos desparramados,
otros en corrillos alrededor de los pilares, las mujeres, los viejos
ó los niños que se contentaban con la clamorosa vaya; y algunos
estudiantes que se habían quedado ahorcados en los vuelos de las
ventanas y estaban mirando á la plaza.
--Eso basta, se hubo de decir Gringorio, para oir el fin de mi
misterio; pocos son pero escogidos y literatos.
Al cabo de un rato una sinfonía, que debía producir el mayor efecto
á la llegada de la virgen, no se ejecutó; Gringorio conoció que la
procesión del papa de los locos se había llevado su música.
--Pasad adelante, dijo estoicamente.
Vió un corrillo que á su parecer hablaba de su composición, acercóse, y
hete aquí el trozo de conversación que entendió.
--¿Ya conocéis, maestre Cheneteau, el palacio de Navarra que era del
duque de Nemours?
--Sí, frente por frente de la capilla de Braca.
--Pues bien, el fisco acaba de arrendarla á Guillermo Alixandre, el
historiero, por seis libras y ocho sueldos parisis al año.
--¡Cómo se encarecen los alquileres de las casas!
--¡Buena va la danza!, díjose Gringorio suspirando, si éstos no, otros
escuchan.
--Compañeros, gritó en esto un chusco de los que miraban á la plaza:
_¡la Esmeralda! ¡la Esmeralda!_
Esta palabra produjo un efecto mágico. Todos los que estaban en la sala
se precipitaron hacia las ventanas, encaramándose por las paredes para
ver, y repitiendo: _¡la Esmeralda! ¡la Esmeralda!_
Al mismo tiempo se oyeron por la parte de afuera prolongados y
estrepitosos aplausos.
--¡Qué significa eso de Esmeralda!, dijo Gringorio cruzando con dolor
las manos. ¡Oh Dios mío!, parece que ahora toca el turno á las ventanas.
Volvióse hacia la mesa de mármol, y vió que estaba interrumpida la
representación; era puntualmente el momento en que debía aparecer
Júpiter con su rayo; y el buen Júpiter quieto que quieto debajo del
teatro.
--Miguel Giborne, gritó el irritado poeta, ¿qué haces ahí? ¿es ese tu
papel? ¡pronto arriba!
--¡Ah!, exclamó Júpiter, ha llevado la escalera un estudiante.
Miró Gringorio, y vió ser así, y estar interceptada toda comunicación
entre la tramoya y el desenlace.
--¡Trasto!, murmuró. ¿Y por qué se ha llevado la escalera?
--Para ver á la Esmeralda, respondió el compungido Júpiter. ¡Toma!, ve
allí una escalera que no sirve, dijo, y se la llevó.
Era éste el último golpe; pero Gringorio lo recibió con resignación.
--¡Lléveos el demonio!, dijo á los cómicos, si me pagan, os pagaré.
Entonces se llamó á retirada muy cabizbajo; pero el último, como un
buen general que ha peleado con valor.
Como iba bajando las tortuosas escaleras del palacio, decía
refunfuñando: ¡Guapa cuadrilla de asnos y de avestruces son esos
parisienses! ¡vienen á oir un auto sacramental, y no escuchan nada! De
todo han charlado, de Clopín Truillefú, del cardenal, de Coppenole,
de Cuasimodo, ¡del diablo! ¡pero de Nuestra Señora la Virgen María,
Dios guarde á usted muchos años! ¡Á haberlo sabido, ya os hubiera
dado yo, vírgenes Marías, badulaques! ¡Buena desgracia es la mía!
¡venir á ver caras, y ver sólo espaldas! ¡ser poeta, y quedarme con
piedra boticaria! Es verdad que el buen Homero mendigó por los aduares
griegos, y Nasón murió desterrado entre los moscovitas. Pero ¡que me
emplumen si entiendo lo que quieren decir con su Esmeralda, con esa
palabra que por de pronto es egipcíaca!
LIBRO SEGUNDO
I
De Caribdis en Scila
La noche llega muy pronto en enero, y cuando Gringorio salió del
palacio ya no veía por las calles. Agradóle la noche ya entrada, y
se le hacía tarde el llegar á una callejuela lóbrega y solitaria,
propia para su ansiada meditación, y para que el filósofo aplicase
el primer bálsamo á la herida del poeta. Además su único refugio era
la filosofía, pues no sabía dónde hospedarse. Después del ruidoso
aborto de su estreno teatral, no se atrevía á volver al alojamiento
que ocupaba en la calle del Granero-sobre-el-Agua, frente al puerto
del Heno, habiendo contado con que el Sr. Preboste le daría de su
epitalamio para pagar á maestre Guillermo Doulx-Sire, alcabalero de las
reses de pie hendido, los seis meses de posada que le debía, es decir,
doce sueldos parisis, doce veces el valor de lo que poseía sobre la
tierra, comprendidas las bragas, la camisa y el caperuzo. Después de
haber pensado un rato, al abrigo provisional del postigo de la cárcel
del tesorero de la Santa Capilla, en el albergue que escogería para
pasar la noche, teniendo todas las calles de París á su disposición, se
acordó haber observado la semana anterior, en la calle de la Zapatería
á la puerta de un consejero del Parlamento, un montadero de piedra,
y haber calculado que la tal piedra podría servir en caso necesario
de excelente almohada á un mendigo ó á un poeta. Dió gracias á Dios
de habérselo traído á la memoria; pero al tratar de atravesar la
plaza del palacio para meterse en el tortuoso laberinto de la ciudad
antigua, donde serpentean todas aquellas viejas hermanas, las calles
de la Varillería, de la Pañería Vieja, de la Zapatería, de la Judería,
y otras todavía, que se conservan con sus casas de nueve pisos, vió
la procesión del papa de los locos que salía también del palacio, y
se precipitaba á empellones por el patio con grande algazara, hachas
encendidas y su música Gringorina. Aquella vista lastimó su escoriado
amor propio, y se zafó. Le había llegado tan al alma su dramática
malandanza, que cuanto le recordaba la fiesta del día le agriaba y
renovaba la llaga.
Quiso pasar el puente de San Miguel; pero andaban por él varios chicos
con carretillas y cohetes.
--¡Diablo de fuegos!, dijo Gringorio; y bajóse hacia el puente del
Cambio. Habían fijado en las casas de la entrada del puente tres
banderolas representando al rey, al delfín y á Margarita de Flandes, y
seis jirones en que estaban retratados el duque de Austria, el cardenal
de Borbón, el señor de Beaujeu, la princesa Juana de Francia, el señor
bastardo de Borbón, y no sé quién más; todo iluminado y admirado por la
turba.
--¡Dichoso pintor Juan Fourbeault!, dijo Gringorio con un gran suspiro,
y volvió la espalda á las banderolas y jirones. Vió una calle delante
de sí, tan oscura y desierta, que creyó poderse librar de todo ruido
como de todos resplandores de la fiesta, y entróse por ella. No bien
había andado unos cuantos pasos cuando tropezó con una cosa y cayó.
Era un ramo del mayo que los plumistas de la curia habían depositado
por la mañana á la puerta de un presidente del parlamento, en honor de
la solemnidad del día. Con ánimo heroico aguantó Gringorio este nuevo
azar; levantóse y se fué á la orilla del agua. Después de haber dejado
á la espalda la torrecilla civil y la torre criminal, y seguido la gran
cerca de los jardines del rey por el tremedal en donde se metía en el
fango hasta las rodillas, llegó á la parte occidental de la ciudad, y
contempló algún tiempo el islote del Pasavacas, que ha desaparecido
después bajo el caballo de bronce y el Puente-Nuevo. Presentábasele
el islote en las tinieblas como una mole oscura al otro lado del
arroyuelo de agua blanquecina que le separaba de él; y traslucíase, á
los trémulos rayos de una lucecita, la especie de covacha en forma de
colmena donde se guarecía por la noche el Pasavacas.
--¡Qué dicha la tuya, Pasavacas!, dijo para sí Gringorio; ¡bien haya tú
que no piensas en la gloria, ni en hacer epitalamios! ¿Qué te importan
los reyes que se casan ni las duquesas de Borgoña? ¡Tú no conoces otras
margaritas que las que el pomposo abril ofrece á tus vacas! Y yo poeta,
soy befado, y estoy castañeteando de frío, y debo doce sueldos, y las
suelas que piso son tan transparentes que podrían servir de vidrios á
tu linterna. ¡Bien hallado seas, Pasavacas! ¡tu cabaña solaza mi vista
y me hace olvidar á París!
Fué despertado de su casi lírico éxtasis por un cohetazo de dos tiros
del día de San Juan, que partió de golpe y porrazo de la venturosa
cabaña. Era el Pasavacas que también tomaba parte en los regocijos del
día, y lo solemnizaba con pólvora.
El volador puso grima á nuestro Gringorio, quien apostrofó la fiesta,
diciendo:--¿Hasta aquí vienes á perseguirme? ¡hasta en el nido del
Pasavacas, Dios mío!