trastornó el auditorio; todas las cabezas se volvieron hacia el
estrado: era cosa de no oirse.--¡El cardenal! ¡el cardenal!, repitieron
todas las bocas; y segunda vez cesó el dichoso prólogo.
Detúvose un instante el cardenal en la entrada del estrado. Mientras
echaba algunas miradas harto indiferentes por el auditorio, el tumulto
iba en aumento. Cada cual quería ser quien mejor viese, y todos
trataban de erguir la cabeza sobre los hombros de sus colaterales.
Era en efecto un alto personaje, y cuyo espectáculo valía tanto como
cualquiera otra comedia. Carlos, cardenal de Borbón, arzobispo y conde
de León, primado de las Galias, era afín de Luis XI por su hermano
Pedro, señor de Beaujeu, que se había casado con la hija mayor de su
majestad, y afín de Carlos el Temerario por su madre Inés de Borgoña.
El rasgo, pues, dominante, el rasgo característico y distintivo del
carácter del primado de las Galias, era el espíritu cortesano y el
afecto á las potencias. Se puede juzgar de los obstáculos innumerables
que le habían costado estas dos afinidades, y de todos los escollos
temporales entre los cuales había tenido que bordear su espiritual
barquilla, para no estrellarse ni contra Luis, ni contra Carlos, aquel
Caribdis y aquel Scila que habían devorado al duque de Nemours y al
condestable de San Pol. Gracias al cielo, salió tal cual parado de la
travesía, y llegó á Roma sin estorbo. Pero aunque estaba en el puerto,
y puntualmente porque se hallaba en el puerto no se recordaba nunca sin
susto los diferentes trances de su vida política, tanto tiempo asustada
y trabajosa. Así es que acostumbraba á decir que el año de 1476 había
sido para él _negro y blanco_; entendiendo por aquí haber perdido en
aquel mismo año á su madre la duquesa del Borbones, y á su primo el
duque de Borgoña, y que un luto le había consolado del otro.
Por lo demás era un buen hombre; llevaba una vida alegre de cardenal,
se alegraba gustoso con morabio real de Challuau, no aborrecía á
Ricarda la Garmoisa ni á Tomasa la Sallarda, daba limosna á las
doncellitas antes que á las jamonas, y por cuyas razones era bien
quisto del _popular_ de París. Siempre iba acompañado de obispos y de
clérigos de altos linajes, atentos, zorzales, y bromistas en llegando
el caso; y más de una vez las buenas devotas de San Germán de Oserres,
al pasar por las tardes debajo de las ventanas iluminadas del aposento
de Borbón, se escandalizaron de oir las mismas voces que les habían
cantado vísperas el mismo día, salmodiar á los topetones de los vasos
el proverbio báquico de Benedicto XII, aquel papa que añadió una
tercera corona á la tiara: _Bibamus papaliter_.
Sin duda aquella popularidad tan justamente adquirida le preservó
á su entrada de toda mala acogida de parte de la gente del bronce,
tan descontenta un instante antes, y muy poco dispuesta al respeto
de un cardenal el día mismo en que ella iba á nombrar un papa. Pero
los parisienses guardan poco rencor; y luego haciendo empezar la
representación autoritativamente, los buenos particulares pudieron más
que el cardenal, y este triunfo le bastaba. Además el señor cardenal
de Borbón era buen mozo, tenía una hermosísima ropa encarnada que
llevaba elegantemente; es decir que tenía por sí á todas las mujeres, y
por consiguiente á la mejor mitad del auditorio. Y ciertamente habría
injusticia y pésimo gusto en dar vaya á un cardenal por haberse hecho
esperar para el espectáculo, siendo por otra parte un buen mozo que
sabía llevar vistosamente sus encarnadas hopalandas.
Entró pues, saludó á los asistentes con aquella sonrisa hereditaria
de los grandes para con el pueblo, y se encaminó con paso grave
hacia la poltrona de terciopelo de grana, con ademán de quien piensa
en cualquier otra cosa. Su comitiva, que hoy llamaríamos su estado
mayor de obispos y abates precipitóse tras él en el estrado, no sin
aumentarse el tumulto y la curiosidad en el patio. Todos á porfía
se le mostraban, se le nombraban; se desvivían por conocer alguno;
quien decía, es el ilustrísimo Alaudet, obispo de Marsella, si mal
no me acuerdo; quien, el primiciero de San Dionisio; quien, Roberto
de Lespinasse, abad de San Germán de los Prados, aquel hermano
hijodalgo de una coblenza de Luis XI; y todo esto acompañado de
sendos equivoquillos y alusioncillas. Por lo que hace á los licios no
hacían más que jurar. Era su día, su fiesta de locos, su saturnal, la
zambra anual de la plumería y de la escuela. Ninguna torpeza que ese
día no fuese de derecho y cosa sagrada. Y además había en la turba
locas chuzonas, tal que Simona Cuatrolibras, Inés, la Gadina, Robina
Piedebú. ¿No era la menor cosa que se pudiese hacer el jurar á sus
anchuras y echar ternos en tan buen día, en tan buena compañía de gente
de iglesia y mozas alegres? Así lo cumplían exactamente; y en medio
de aquel runrún, era aquello una espantable cencerrada de blasfemias
y enormidades que se formaba por todas aquellas bocas desalentadas,
lenguas de curiales y de estudiantes contenidas durante todo el año
por temor del hierro ardiendo de San Luis. ¡Pobre San Luis! ¡cómo le
llenaban las medidas en su propio palacio de justicia! Cada uno de
ellos, en los recienvenidos del estrado, había tomado por su cuenta
una sotana negra, parda, blanca, ó morada. En cuanto á Juan Frollo de
Molendino, en su calidad de hermano de un arcediano, las había que se
las pelaba con la sotana encarnada; y se ponía ronco gritando con los
ojos desvergonzados clavados en el cardenal: _¡Cappa repleta mero!_
Todos estos pormenores, que ponemos aquí desnudos para edificación
del lector, eran de tal modo cubiertos por el rumor general, que se
desvanecían antes de llegar hasta el estrado reservado; y aunque se
hubiesen oído, hicieran muy poca mella en el cardenal, ¡tan arraigadas
estaban en las costumbres las licencias de aquel día! Tenía además,
como lo daba á conocer su aspecto pensativo, otro cuidado que le
llamaba más, y entró casi al mismo tiempo que él en el estrado; y era
la embajada de Flandes.
No porque fuese profundo político, y mirase como cosa de entidad y
trascendencia las resultas posibles del matrimonio de la princesa su
prima Margarita de Borgoña con el príncipe su primo Carlos, delfín
de Viena; cuánto duraría la buena inteligencia paliada del duque de
Austria y del rey de Francia; cómo tomaría el rey de Inglaterra aquel
desaire de su hija; eso le desazonaba muy poco, y no le impedía el ir
á festejar todas las tardes el vino de la bodega real de Chaillot,
sin sospechar que algunos frascos de aquel mismo vino (algo visto y
corregido es verdad por el médico Coictier), cordialmente ofrecido á
Eduardo IV por Luis XI, desembarazaría un día á Luis XI de Eduardo IV.
_La muy honrada embajada del señor duque de Austria_ no ocasionaba al
cardenal ninguna de aquellas zozobras; pero le importunaba por otro
lado. Era en efecto algo duro, y ya hemos dicho una palabra acerca
de eso el verse obligado á festejar y recibir bien un hombre como el
Carlos de Borbón, á yo no sé qué buenos particulares; un cardenal
á unos regidores; un francés, alegre convidado, á unos flamencos
bebedores de cerveza, y todo eso en público. En verdad que era la cosa
uno de los gestos más fastidiosos que hubiese hecho jamás, todo por
contentar un antojo de su majestad.
Volvióse pues hacia la puerta, y con una gracia sin igual (tan grande
era su esmero), cuando anunció el ujier con voz sonora: _Los señores
enviados del señor duque de Austria_. Inútil es decir que la sala
entera hizo otro tanto.
Entonces fueron llegando dos á dos, con una gravedad que contrastaba
con el petulante acompañamiento eclesiástico de Carlos de Borbón, los
cuarenta y ocho embajadores de Maximiliano de Austria, teniendo á la
cabeza el reverendo padre en J. C. Juan, abad de San Bertino, canciller
del Toisón de Oro, y á Jacobo de Goy, al señor Dauby, alto baíle de
Gante. Observábase en la junta un profundo silencio acompañado de
risas ahogadas, por escuchar todos los nombres descabellados y todas
las calificaciones particulares que cada uno de aquellos personajes
transmitía imperturbablemente al ujier, que arrojaba enseguida
nombres y calidades promiscuamente y estropeados en medio del tropel.
Era maestre Loys Roelof, regidor de la ciudad de Lovaina; el señor
Clays de Etuelde, regidor de Bruselas; el señor Paulo de Baeust, el
señor de Voirmizelle, presidente de Flandes; maestre Juan Coleghens,
burgomaestre de la ciudad de Anveres; maestre Jorge de la Moere,
regidor primero de la kuere de la ciudad de Gante; maestre Gheldolf
van der Hage, regidor primero de los cartularios de dicha ciudad;
y el señor Bierbecque, y Juan Pinnok, y Juan Dymaerzelle, etc.,
etc., bailes, burgomaestres, regidores; todos espetados, estirados,
almidonados, engalonados de terciopelo y de damasco, embirretados con
casquetes de terciopelo negro con grandes copetes de hilo de oro de
Chipre; buenas cabezas flamencas al cabo de la cuenta, figuras dignas
y severas de la familia de las que Rembrandt hace resaltar tan fuertes
y tan graves sobre el fondo negro de su Ronda de Noche; personajes que
llevaban todos escrito sobre la frente que Maximiliano de Austria había
tenido razón _en confiarse de lleno_, como decía su manifiesto, en su
sensatez, valentía, experiencia, lealtad y buenas hidalguías.
Excepto uno sin embargo. Era un semblante fino, inteligente, astuto,
una especie de hocico de mono y de diplomático, hacia el cual dió el
cardenal tres pasos haciendo una profunda reverencia, y que no se
llamaba con todo más que _Guillermo Rym, consejero y pensionista de la
ciudad de Gante_.
Pocas personas sabían entonces lo que era Guillermo Rym. Peregrino
ingenio que en un tiempo de revolución hubiese aparecido con brillo
descollando entre los acontecimientos, pero que en el décimo quinto
siglo estaba reducido á las cavernosas intrigas y á _vivir en las
zapas_, como dice el duque de San Simón. Por lo demás, era apreciado
del primer _zapador_ de la Europa; maquinaba familiarmente con Luis
XI, y metía á menudo la mano en las secretas mañas de su majestad.
Cosas todas muy ignoradas de aquella caterva á quien tanta admiración
causaban los acatamientos del cardenal hacia aquella cautiva figura de
baíle flamenco.
IV
Maestre Jacobo Coppenole
Mientras el pensionista de Gante y la Eminencia se hacían una
reverencia muy baja, y se decían algunas palabras en voz más baja
todavía, un hombre de alta estatura, faz ancha, pujantes hombros, se
presentaba para entrar hombreando con Guillermo Rym: no parecía más que
un dogo junto á un zorro. Su caperuzo de fieltro y su coleto eran como
manchas en medio del terciopelo y la seda que le rodeaban. El ujier,
creyendo fuese algún palafrenero empantanado, le detuvo, diciéndole:
--¡Eh, atrás, buen hombre!
Dióle un empellón el coletudo.
--¿Qué me quiere ese trasto?, dijo con tal chorro de voz que obligó á
toda la sala á prestar atento oído á tan extraño coloquio. ¿No ves que
soy uno de ellos?
--¿Cómo os llamáis?, le preguntó el ujier.
--Jacobo Coppenole.
--¿Vuestras calidades?
--Calcetero de Gante, que tiene por muestra _Tres cadenillas_.
Al oir esto, el ujier dió unos pasos hacia atrás. Anunciar regidores y
burgomaestres, pase; pero á un calcetero, era algo duro. El cardenal
estaba en brasas: todo el pueblo escuchaba y miraba. Ya iban dos días
que su Eminencia se desvirtuaba á lamer aquellos osos flamencos para
hacerlos más presentables al público, y era áspera la tarea. Entre
tanto se acercó al ujier Guillermo Rym con su sonrisilla.
--Anunciad á maestre Jacobo Coppenole, amanuense de los regidores de la
ciudad de Gante, le sopló muy bajo.
--Ujier, continuó el cardenal en alta voz, anunciad á maestre Jacobo
Coppenole, amanuense de los regidores de la ilustre ciudad de Gante.
Esto fué una falta; sólo Guillermo Rym hubiera desvanecido la
dificultad; pero Coppenole había oído al cardenal.
--¡No, por vida de Cristo!, dijo gritando con su voz de trueno. Jacobo
Coppenole, calcetero. ¿Oyes, ujier? Nada más, nada menos. ¡Tape!
calcetero, no es nada feo. El señor archiduque ha buscado más de una
vez su guante en mis calzas.
Todo prorrumpió en risas y aplausos. Una pulla es cogida al vuelo en
París, y por consiguiente siempre aplaudida.
Añádase que Coppenole era del pueblo, y que el público que le aplaudía
era del pueblo. Así es que la comunicación entre ellos y él fué
pronta, eléctrica, y por decirlo así, á piso llano. La altiva vaya del
calcetero flamenco, humillando á las gentes de corte, excitó en todas
las almas plebeyas yo no sé qué sentimiento de dignidad todavía vago
y confuso en el décimo quinto siglo. ¡Era un igual aquel calcetero
que acababa de ponérsele de uñas al señor cardenal! Reflexión muy
placentera para unos pobrecillos acostumbrados á respetar y obedecer
á los criados de los sargentos del baíle del abad de Santa Genoveva,
portacola del cardenal.
Saludó arrogante Coppenole á su Eminencia, quien volvió el saludo al
muy poderoso particular temido de Luis XI. Luego mientras Guillermo
Rym, _cuerdo hombre y malicioso_, como dice Felipe de Comines, seguía
á los dos con una sonrisa de zumba y superioridad, cada uno se fué á
su puesto, el cardenal desconcertado y cuidadoso, Coppenole altivo y
sereno, y pensando sin duda que con todo su título de calcetero, era
tan bueno como cada hijo de vecino, y que María de Borgoña, madre de
la Margarita que Coppenole iba á casar hoy, le hubiese temido menos
cardenal que calcetero; porque no hubiera sido un cardenal quien
amotinara á los ganteses contra los favoritos de la hija de Carlos el
Temerario: no hubiese sido un cardenal quien hubiera envalentonado á
la turba con una palabra contra sus lágrimas y plegarias, cuando la
princesita de Flandes vino á suplicar á su pueblo por ellos hasta el
pie del cadalso de éstos; en vez que el calcetero con sólo levantar su
codo de cuero, hubiera hecho caer vuestras dos cabezas, ilustrísimos
señores Guide Hymbercourt y canciller Guillermo Hugonet.
Sin embargo, no había acabado de padecer el pobre cardenal; faltábale
por beber hasta las heces el cáliz amargo de hallarse en tan mala
compañía.
Quizás no ha olvidado el lector al descarado mendigo que había venido á
encaramarse desde el principio del prólogo, á las franjas de la estrada
cardenalicia; sin que la llegada de los convidados le hiciese limpiar
el puesto. Mientras los prelados y embajadores se embanastaban como
verdaderos arenques flamencos en las sillerías de la tribuna, él se
había puesto á sus anchuras desenvueltamente con las piernas cruzadas
sobre el arquitrabe. Bien que fuese rara la insolencia, nadie lo echó
de ver al pronto, por atender hacia otra parte. Tampoco él se cuidaba
de lo que en la sala sucedía, divirtiéndose en menear la cabeza con
un descuido napolitano, repitiendo de cuando en cuando en medio del
rumor como por maquinismo habitual: «¡La caridad, buenas almas!». Y
en verdad que sólo él era probablemente quien no se hubiese dignado
de volver la cabeza hacia el altercado de Coppenole y del ujier. Mas
quiso la casualidad que el maestre calcetero de Gante, con quien el
pueblo simpatizaba ya tan vivamente, y sobre el cual estaban clavados
los ojos de todos, fué á sentarse en el primer lugar de la entrada
encima del mendigo; y no fué poco el asombro de ver al embajador
flamenco, inspeccionado que hubo al galopo colocado á su vista, dar
amistosas palmaditas en aquellos hombros cubiertos de andrajos.
Volvióse el mendigo, y se cruzó entre ambas caras la sorpresa, el
reconocimiento, el alborozo y otros afectos; luego sin tener cuenta de
los espectadores, el calcetero y el trastidiablo se pusieron á platicar
en voz baja, dándose las manos, mientras que los harapos de Clopín
Truillefú, de muestra sobre el brocado de la estrada, causaban el mismo
efecto que una oruga sobre una naranja.
La novedad de esta singular escena excitó tal la algazara y broma en
la sala, que luego lo advirtió el cardenal; inclinóse hacia adelante,
y no pudiendo ver completamente desde su sitio el sayo ignominioso de
Truillefú creyó, con harta razón, pedía limosna el mendigo, é indignado
de la osadía, gritó: «Señor baíle de la Audiencia, arrojadme ese chulo
al río».
--¡Por Dios Santo!, eminentísimo señor, mire vuestra Eminencia lo que
dice, dijo Coppenole teniendo siempre la mano sobre Clopín, es un amigo
mío.
--¡Gresca, gresca!, gritó la chusma.
Desde aquel momento tuvo el maestre Coppenole en París como en Gante,
_gran crédito con el pueblo, pues las gentes de tal calaña lo tienen_,
dice Felipe de Comines, _cuando son así desordenadas_.
Mordióse el cardenal los labios; inclinóse hacia su vecino el abad de
Santa Genoveva, y le dijo á media voz:
--¡Guapos embajadores nos envía por acá el señor archiduque para
anunciarnos á la princesa Margarita!
--Vuestra Eminencia, respondió el abad, pierde sus finas y corteses
razones con esos gorrinos flamencos. _Margaritas ante porcos._
--Decid antes, contestó el cardenal risueño: _Porcos ante Margaritam_.
Todas las galas cortesanas empezaron á hacer aspavientos celebrando el
juego de palabras. Este incidente desahogó algún tanto al cardenal,
y así estaba pata con Coppenole, pues también su chulada había sido
aplaudida.
Ahora es cuando aquellos lectores nuestros que tienen la facultad de
generalizar una imagen y una idea, como se dice en estilo del día,
nos permitirán preguntarles si se figuran distinta y claramente el
espectáculo presentado en el instante que llamamos su atención, por
el vasto cuadrilongo de la sala mayor del Tribunal. En medio de la
sala, contra la pared occidental, una anchurosa y magnífica estrada de
brocado de oro, en la cual entran procesionalmente por un cancelito,
algunos graves personajes sucesivamente anunciados por la voz chillona
de un ujier. En los primeros escaños se veían ya muchas caras
venerables, realzadas de armiño, terciopelo y escarlata. Al rededor
de la estrada, que permanece silenciosa y grave, abajo, enfrente, por
doquiera, gran concurso y gran rumor. Miles de miradas del pueblo se
clavan sobre cada rostro de la estrada, miles de cuchicheos saetean
cada nombre. Cierto que el espectáculo es curioso, y bien merece la
atención de los concurrentes. ¿Pero allá abajo, al último cabo, qué
viene á ser aquella especie de tablado con cuatro mojigangos encima y
otros cuatro debajo? ¿Quién es, pues, al lado del tablado, aquel hombre
descolorido con capingote negro? ¡Ah!, mi querido lector, es Pedro
Gringorio y su prólogo.
En profundo olvido yacía;
Puntualmente lo que temía.
Desde que el cardenal entrara, no había cesado Gringorio de bullir por
el salvo de su prólogo. Por de pronto encargó á los actores taciturnos,
que continuasen y alzasen la voz; viendo luego que nadie les escuchaba,
los había parado, y durante cerca de un cuarto de hora que duraba
la interrupción, no cesaba de patear, de torcerse, de interpelar á
Gisqueta y Lienarda, de alentar á sus vecinos á que siguiesen adelante
con el prólogo; mas todo fué vano. Ninguno se garreaba, ni cardenal,
ni embajada, ni estrada, único centro de aquel vasto círculo de rayos
visuales. Preciso es creer, y decimos con dolor, que empezaba ya el
prólogo á fastidiar tantito al auditorio, cuando llegó su eminencia
á distraerle de un modo tan terrible. También es verdad que, tanto
en la estrada como en la mesa de mármol, no había variedad alguna
en el espectáculo: siempre el altercado de Labor y de Clero, de
Nobleza y de Mercancía. Y muchas gentes querían más verlos buenamente
viviendo, respirando, bulliendo, codeándose, en carne y hueso, en
aquella embajada flamenca, en aquella corte episcopal, bajo la sotana
cardenalicia, bajo el capotillo de Coppenole, que arrebolados,
remilgados, hablando en verso, y por decirlo así, encostalados en los
tunicones amarillos y blancos en que los había embozado Gringorio.
Con todo, cuando nuestro poeta vió algo restablecida la calma, se le
vino al magín una travesura que lo hubiese salvado todo.
--Caballero, dijo volviéndose hacia un lateral, bonazo botarga de cara
sufrida, ¿no sería bueno volver á empezar?
--¿Qué?, preguntó el vecino.
--El auto sacramental, contestó Gringorio.
--Como gustéis, añadió el otro.
Bastó á Gringorio esta semi-aprobación, y sin valerse de segunda
persona, empezó á gritar confundiéndose lo más que podía en la turba:
¡Empiécese de nuevo! ¡vuélvase á empezar!
--¡Satanás!, dijo Juan de Molendino, ¿qué es lo que cantan allá
abajo, al cabo de la sala? (Pues Gringorio metía ruido como cuatro).
Digo, compañeros, ¿aún no se concluyó el misterio? Quieren volverle á
encajar; esto no es justo.
--¡No, no!, gritaron todos los estudiantes. ¡Fuera el misterio, fuera!
Pero Gringorio se multiplicaba; y no se desgañitaba menos por eso,
diciendo: ¡De nuevo, de nuevo!
El clamoreo atrajo por último la atención del cardenal.
--Señor baíle del Tribunal, dijo á un hombrón negro colocado cerca de
él; ¿acaso están metidos esos trastos en una pila de agua bendita para
meter esa bulla infernal?
Era el baíle del Tribunal una especie de animal anfibio, una traza de
murciélago del orden judicial, con atributos de ratón y de ave, de juez
y de soldado.
Llegóse á su eminencia, y no teniéndolas todas consigo, le explicó
balbuciente la falta de decoro popular: que había llegado medio día
antes que su eminencia, y que los comediantes se vieron obligados á
empezar sin aguardar á su eminencia.
El cardenal dió una carcajada.
--Aseguro que el señor rector de la Universidad hubiera debido hacer
otro tanto. ¿Qué os parece, maestre Guillermo Rym?
--Eminentísimo señor, respondió Guillermo Rym, contentémonos con
habernos librado de la mitad de la comedia: eso nos hemos ahorrado.
--¿Pueden esos galopos continuar su farsa?, preguntó el baíle.
--Continuad, continuad, dijo el cardenal; lo mismo me da: ínterin diré
mi rezo, pues que tengo aquí el breviario.
Adelantóse el baíle al borde de la estrada, y después de reclamado el
silencio con una señal de mano, dijo:
--Vecinos, ganapanes y habitantes, para satisfacer á los que quieren
que se empiece de nuevo y á los que quieren que se acabe, manda su
eminencia que se continúe.
Hubo que conformarse; sin embargo, el autor y el público le tuvieron
mucho tiempo al cardenal entre cejas.
Los representantes continuaron, pues, su glosa, y Gringorio esperó que
á lo menos sería escuchado lo restante de su obra. Mas no tardó en
quedar burlada esta esperanza como sus otras ilusiones; bien se había
restablecido en efecto el silencio tal cual en el auditorio; pero no
había notado Gringorio que al dar la orden el cardenal para continuar,
estaba muy lejos la sala de estar llena; y que después de los enviados
flamencos llegaran nuevos personajes también de la comitiva, cuyos
nombres y calidades, lanzados en medio del diálogo por el grito
intermitente del ujier, producían en él un trastorno considerable.
Figúrese uno, en efecto, en medio de una representación, el chillido
de un ujier interrumpiendo entre dos versos, y á veces entre dos
hemistiquios, con paréntesis como éstos:
¡El maestre Jacobo Charmolue, fiscal de la curia eclesiástica!
¡Juan de Harlay, escudero, guardia del caballero rondero de la ciudad
de París!
¡El maestre Dionisio Le Mercier, guarda de la casa de los ciegos de
París!, etc., etc., etc.
Ya se comprende sería inaguantable.
Cesó no obstante el brutal monólogo del ujier: todos habían llegado; y
Gringorio respiró: los autores continuaban osados; cuando hete aquí,
que el maestre Coppenole, el calcetero, se levanta de repente, haciendo
llegar hasta los oídos de Gringorio, en medio de la atención universal,
¡qué abominable arenga!