--¡Abate Claudio Choart! ¡doctor Claudio Choart! ¿buscáis ac

NOTAS DEL TRANSCRIPTOR

En la versión de texto las palabras en itálicas están indicadas con

_guiones bajos_ y las palabras en versalitas en MAYÚSCULAS.

La cubierta del libro fue agregada por el transcriptor y ha sido puesta

en el dominio público.

Ciertas reglas de acentuación ortográfica del castellano, cuando la

presente edición de esta obra fue publicada, eran diferentes a las

existentes cuando se realizó la transcripción. El criterio utilizado

para llevar a cabo esta transcripción ha sido el de respetar las reglas

de la Real Academia Española vigentes en ese entonces. El lector

interesado puede consultar el Mapa de Diccionarios Académicos de la

Real Academia Española.

En la presente transcripción se adecuó la ortografía de las mayúsculas

acentuadas a las regla establecida por la RAE, que indica que las

letras mayúsculas deben escribirse con tilde si les corresponde llevar

tilde según las reglas de acentuación gráfica del castellano, tanto si

se trata de palabras escritas en su totalidad con mayúsculas como si se

trata únicamente de la mayúscula inicial.

Errores evidentes de impresión y de puntuación han sido corregidos.

El Índice de capítulos ha sido agregado por el transcriptor.

* * * * *

NUESTRA SEÑORA DE PARÍS

VÍCTOR HUGO

NUESTRA SEÑORA DE PARÍS

NUEVA Y CORRECTA TRADUCCIÓN ESPAÑOLA

_por el licenciado_

D. José Aguado y Menéndez

TOMO I

VALENCIA

_Imprenta y librería de Ramón Ortega, editor_

BAJADA DE SAN FRANCISCO, 11

1884

PRÓLOGO

Hace algunos años que visitando, ó por mejor decir, huroneando por la

iglesia de Nuestra Señora, halló el autor de este libro, en un rincón

oscuro de una torre, esculpida en la pared esta palabra:

ἉΝἉΓΚΗ.

Estas mayúsculas griegas, denegridas á puro antiguas, y harto

profundamente entalladas en la piedra, yo no sé qué signos adecuados á

la caligrafía gótica estampados en sus formas y actitudes, como para

revelar haber sido una mano de la Edad Media quien allí las escribiera;

más sobre todo el sentido lúgubre y fatal que ellas encierran, pararon

sobremanera al autor.

Entró dentro de sí; empezó á recapacitar quién podía ser el alma en

pena que no quiso salir de este mundo sin dejar esta marca de crimen ó

desventura en el frontón de la antañada iglesia.

Luego borrajearon ó rasparon, no sabré decir cuál de las dos cosas, la

pared, y desapareció la inscripción. De este modo tratan, pronto habrá

doscientos años, á las portentosas iglesias de la Edad Media; vense

mutilar tanto por dentro como de fuera. Borrajéalas la mano sacerdotal,

ráspalas el arquitecto, y enseguida llega el pueblo que las demuele.

Así, fuera del frágil recuerdo que le consagra aquí el autor de

este libro, ya no queda nada hoy de la palabra misteriosa grabada

en la mustia torre de Nuestra Señora, nada absolutamente del hado

desconocido tan melancólicamente resumido. La criatura que escribió en

la pared este vocablo, hace muchos siglos, se borró de en medio de las

generaciones, borrádose ha también á su vez del muro santo el vocablo

mismo, y hasta la iglesia quizás se borrará igualmente de sobre la haz

de la tierra.

Sobre esta palabra se ha compuesto el libro.

_Marzo de 1831._

ÍNDICE

Pág.

PRÓLOGO v

LIBRO PRIMERO

I. La sala mayor 7

II. Pedro Gringorio 22

III. El señor cardenal 33

IV. Maestre Jacobo Coppenole 39

V. Cuasimodo 47

VI. La esmeralda 57

LIBRO SEGUNDO

I. De Caribdis en Scila 62

II. La plaza de Greva 65

III. Besos para golpes 68

IV. Inconvenientes de seguir de noche por las calles

a una mujer linda 79

V. Siguen los inconvenientes 85

VI. El cántaro roto 88

VII. Una noche de boda 109

LIBRO TERCERO

I. Nuesra Señora 122

LIBRO CUARTO

I. Las buenas almas 133

II. Claudio Frollo 138

III. Immanis pecoris custos, immanior ipse 144

IV. El perro y su amo 153

V. Continuación de Claudio Frollo 155

VI. Impopularidad 163

LIBRO QUINTO

I. Abbas beati Martini 165

LIBRO SEXTO

I. Ojeada imparcial sobre la antigua magistratura 177

II. La ratonera 189

III. Historia de una torta con levadura de maíz 195

IV. Una lágrima por una gota de agua 219

V. Fin de las historia de la torta 229

LIBRO SÉPTIMO

I. De los inconvenientes de confiar un secreto a

una cabra 233

II. Que un clérigo y un filósofo son dos 250

III. Las campanas 261

IV. A'NAΓKH 264

V. Los dos hombres vestidos de negro 280

VI. Efecto que pueden producir siete juramentos

al aire libre 287

VII. El fantasma 292

VIII. Utilidad de las ventanas que dan al río 301

LIBRO PRIMERO

I

La sala mayor

Hoy se cumplen trescientos cuarenta y ocho años, seis meses y diez y

nueve días que despertaron á los parisienses el repique y vuelo general

de todas las campanas de los círculos de la ciudad antigua, de la

universidad y demás pueblo.

No es con todo un día consagrado por la historia el 6 de enero del año

1482. Nada notable tenía el acontecimiento que desde el alba obligaba

á volar las campanas y los vecinos de París. No era ni un asalto de

picardos ó de burguiñones, ni una urna santa llevada en procesión, ni

un motín de estudiantes en la viña de Laas, ni una entrada de _nuestro

dicho señor el rey nuestro amo_, ni tampoco un colgajo general de

ladrones y ladronas en la justicia de París. Menos era la llegada,

tan común en el siglo décimo quinto, de alguna embajada entorchada y

penachuda, pues apenas hacía dos días que la última cabalgata de este

jaez, de los embajadores flamencos encargados de concluir el casamiento

del Delfín con Margarita de Flandes, había hecho su entrada en París,

con grande enojo por parte del señor cardenal de Borbón, quien sin

embargo, no queriendo disgustar á su majestad, se había esforzado á

hacer buen semblante á toda aquella rústica caterva de burgomaestres

flamencos, regalarles en el palacio de su título, con una _multo bella

moralidad, tonta y farsa_, mientras un aguacero inundaba á la puerta

sus magníficas tapicerías.

Lo que el 6 de enero _ponía en emoción todo lo popular de París_, como

dice Juan Troyes, era la doble solemnidad, reunida desde un tiempo

inmemorial, de día de reyes y de la fiesta de los locos.

Ese día habría luminarias en la Greva, plantación de un mayo en la

capilla de Braca, y misterio en el palacio de Justicia. Todo esto había

sido anunciado la víspera á voz de pregonero en las esquinas por los

alguaciles del señor preboste, con vistosas sobrevestas del camelote

morado, con grandes cruces blancas sobre el pecho.

La turba, pues, de vecinos se encaminaba por todas partes desde la

mañana, cerradas casas y tiendas, hacia uno de los tres lugares

indicados. Cada cual había hecho su elección, quien por las hogueras,

quien por el árbol mayo, quien por el misterio. Conviene decir en

elogio de la antigua sensatez de los bausanes de París, que la mayor

parte de la turba se dirigía hacia las llamaradas, muy propias del

tiempo, ó hacia el misterio, que debía representarse en la sala mayor

del Tribunal, bien colgada y bien cerrada; y que los curiosos se

acordaban en dejar al pobre mayo mal florido tiritar sólo bajo el cielo

de enero, en el cementerio de la capilla de Braca.

El pueblo se agolpaba en especial á las avenidas del palacio de

Justicia, sabedor que los embajadores flamencos, llegados la

antevíspera, se proponían asistir á la representación del misterio y á

la elección del papa de los locos, que igualmente debía tener lugar en

la misma sala mayor.

No era fácil el penetrar ese día en dicha sala, sin embargo, de pasar

entonces por el más vasto recinto techado del orbe entero (aunque

es verdad no había aún medido Sauval la sala grande del castillo de

Montargis). La plaza del Palacio atestada de pueblo presentaba á los

curiosos de ventanas y balcones un mar proceloso, en que cinco ó seis

calles, como otros tantos caudalosos ríos, desembocaban á cada instante

nuevas olas de cabezas. Las oleadas de la turba, engrosadas sin cesar,

tropezaban contra las esquinas de las casas que se internaban acá

y acullá como promontorios en la concha irregular de la plaza. En

el centro de la antigua gótica[1] fachada del palacio, la escalera

principal, sin intermisión bajada y subida por dos opuestas corrientes

que, después de estrellarse en el rellano de en medio, se derramaba

en anchas corrientes por sus dos pendientes laterales; la escalera

principal, digo, chorreaba sin cesar en la plaza como una cascada en un

lago. Los gritos, las risotadas, el trépido incesante de tantos miles

pies ocasionaban un gran ruido y el más grande clamoreo. De cuando en

cuando se aumentaba el bullicio y estruendo; la corriente, que empujaba

toda aquella turba hacia la escalera principal, cejaba, se enturbiaba,

se arremolinaba al amago de un ballestero, ó los corcovos y coces del

caballo de un soldado del preboste que trataba de restablecer el orden.

En las puertas, en las ventanas, en los tragaluces, sobre los tejados,

hormigueaban millares de buenas caras honradas y serenas mirando el

palacio, mirando la caterva, sin pensar en nada más, que muchas gentes

en París se contentan con el espectáculo de los espectadores, y para

nosotros es ya mucho y muy curioso un paredón detrás del cual sucede

algo.

Si pudiera sernos dado á nosotros, hombres de 1830, trasportarnos con

el pensamiento hasta aquellos parisienses del siglo décimo quinto y

entrar con ellos, empujados, codeados, volteados, en el interior de

aquella inmensa sala de los tribunales, tan angosta el 6 de enero de

1482, no dejaría de tener el espectáculo interés y encanto, sin tener

en torno nuestro sino cosas tan viejas que por serlo tanto, serían para

nosotros muy nuevas.

Con el beneplácito del lector, probaremos á imaginarnos la impresión

que hubiésemos sentido juntos al poner el pie en el umbral de aquella

inmensa sala en medio de aquel gentío con sobrevestas, espaldudas y

faldellines.

Á parte el zumbido en los oídos, los ojos deslumbrados, habría

encima de nuestras cabezas una bóveda doble circular con artesones

esculpidos, pintada de azul y lises doradas, andando por un enlosado

de mármoles blancos y negros. Á algunos pasos adelante un poste, luego

otro, seguido de un tercero, y siete en todos á lo largo de la sala,

sosteniendo la doble bóveda. Los cuatro primeros estaban rodeados de

tiendas de mercaderes, brillantísimas de cristales y adornos, y los

tres últimos de escaños de encina, gastados y bruñidos por los faldones

de los litigantes y la toga de los procuradores. Al rededor de la sala,

á lo largo de la elevada pared, entre las puertas, entre las ventanas,

entre los pilares, la interminable fila de estatuas de todos los

reyes de Francia desde Faramundo; los reyes holgazanes con los brazos

caídos y los ojos bajos, los reyes activos y batalladores, levantando

atrevidos manos y cabezas hacia el cielo. Luego, en las rasgadas

ventanas vidrieras de infinitos colores; á las anchurosas salidas de

la sala, suntuosas puertas ricamente esculpidas; y todo, bóvedas,

pilares, paredes, artesones, puertas, estatuas, cubierto de arriba

abajo de fulgentísima doradura azul, que ya algo deslucida en nuestros

días, casi enteramente había desaparecido bajo el polvo y telarañas por

los años del Señor 1549, tiempo en que la admiraba aún Du Breul por

tradición.

Representémonos ahora aquella inmensa cuadrilonga sola, alumbrada

de aquella claridad azulenta de un día de enero, invadida por un

tropel bigarreado y bullicioso que orilla presuroso las paredes, y se

arremolina al rededor de los siete pilares, y tendremos ya una idea

confusa por mayor del retablo cuyos curiosos pormenores vamos á tratar

de indicar con más individualidad.

Los dos extremos del gigantesco paralelogramo estaban ocupados, uno

por la famosa mesa de mármol de una sola pieza, tan larga, tan ancha

y tan gruesa, como jamás se vió, dicen los anales cantericios, por un

estilo que hubiese dado buenas ganas á Gargantúa, _semejante tajada

de mármol_; el otro, por la capilla donde Luis XI se había mandado

esculpir de rodillas delante de la virgen, y adonde había mandado

llevar, cuidándose poco de dejar vacíos dos nichos en la hilera de

estatuas reales, las de Carlomagno y de San Luis, dos santos que

suponía él muy autorizados en el cielo como reyes de Francia. Aquella

capilla, nueva todavía, construida como hacía seis años, era toda

ella de aquel gusto gracioso, de fina arquitectura, de maravillosa

escultura, de fino y hondo cincelado que señala entre nosotros el

término de la era gótica, y se perpetúa hasta mediados del siglo

décimo-sexto en los caprichos mágicos del Renacimiento. El rosetoncillo

filigranado del dintel era sobre todo un dechado de graciosa

delicadeza, tanto, que parecía un encaje.

En medio de la sala, en frente de la puerta principal, una estrada de

brocado de oro, arrimada á la pared, en que había una entrada escusada

por medio de una ventana del corredor del aposento dorado, había sido

levantada para los enviados flamencos y los personones invitados á la

representación del misterio.

Éste debía celebrarse por costumbre sobre la mesa de mármol; y así la

habían aparatado por la mañana. Su rica tabla de mármol, toda rayada

por los tacones de los curiales, sobre la cual descansaba una jaula

de madera bastante elevada cuya superficie superior, visible á todos

los de la sala, debía servir de teatro, y cuyo interior cubierto con

tapices, serviría de vestuario á los actores. Una escala, buenamente

puesta por fuera, proporcionaba la comunicación del vestuario á

las tablas, prestando sus banzos nada flexibles á los entrantes

y salientes. No había personaje ninguno tan improvisto, ninguna

singularidad, ningún golpe de teatro, que no estuviese obligado á subir

por la tal escala. Inocente y venerable infancia del arte y tramoya.

Estaban en pie á las cuatro esquinas de la marmórea mesa otros tantos

sargentos del baile del Tribunal, guardias esenciales de todos los

regocijos populares los días de fiesta como los de alguna justicia.

No podía empezar la pieza hasta la última campanada de mediodía del

reloj del Tribunal; muy tarde sin duda para una representación teatral;

pero era preferible escoger la hora de los embajadores.

Estaba, pues, esperando desde la mañana toda la muchedumbre; sin

arredrar á muchísimos honrados curiosos el tiriteo aterido desde

el amanecer delante de la gradería del Tribunal; y aun algunos se

gloriaban de haber pasado la noche atravesados en la portada para estar

seguros de entrar los primeros. Aumentábase por instantes el tropel,

y semejante al agua que rebosa del vaso continente, empezaba á salvar

las paredes, á hincharse al rededor de los pilares, á sobresalir en

los balconcillos, sobre las cornisas, sobre los antepechos de las

ventanas, sobre los arranques de la arquitectura y hasta sobre los

relieves de la escultura. Así el ahogo, la impaciencia, el fastidio, la

libertad de un día cínico y de bullanga, las contiendas suscitadas á

cada triquitraque por un codo puntiagudo ó de un zapato claveteado, la

fatiga de tanto aguardar, daban ya de suyo, mucho antes de la llegada

de los embajadores, un acento desentonado y áspero al clamor de aquel

pueblo encerrado, encajonado, estrujado, empujado, sofocado. No se

oían más que quejas é imprecaciones contra los Flamencos, el preboste

de los mercaderes, el cardenal de Borbón, el baile del Tribunal, la

princesa Margarita de Austria, los sargentos de vara, el frío, el

calor, el mal tiempo, el obispo de París, el papa de los locos, los

pilares, las estatuas, esta puerta abierta, aquella otra cerrada, cuyo

total divertía muchísimo á los corrillos de estudiantes y de lacayos

diseminados entre la algazara, que añadían á tanto descontento sus

chuladas y picardigüelas, picando á alfilerazos, por decirlo así, el

mal humor de todos.

Había entre otros un grupo de aquellos gozosos diablos que, después de

haber desquiciado la vidriera de una ventana, se había sentado atrevido

sobre el vuelo, desde donde disparaba alternas miradas y zumbas

dentro y fuera sobre la turba de la sala y el gentío de la plaza. Á

sus mímicos gestos, á sus carcajadas, á los picarescos dictados que

dialogaban con sus compañeros de un cabo al otro de la sala, se veía

fácilmente que no alcanzaba á los señores pasantes de pluma ni el tedio

ni el cansancio de los asistentes, y que sabían muy bien sacar partido

de lo que presenciaban, convirtiendo todo en sustancia y sainete hasta

que empezase la otra esperada pieza.

--¡Por mi vida, que sois vos, _Juan Frollo de Molendino_! gritaba uno

de ellos á una especie de diablillo rojo, de linda y picarilla cara,

engarabitado en los acantos de un chapitel; con razón os llaman Juan

del Molino, pues parecen aspas vuestros brazos y piernas. ¿Cuánto hace

que estáis aquí?

--Por la gracia del diablo, respondió _Juan Frollo_, van ya más de

cuatro horas, y espero que me valdrán por cuatro buenas horas de

purgatorio. He oído á los ocho sochantres de su majestad el rey de

Sicilia entonar el primer versículo de la misa cantada de las siete en

la Santa Capilla.

--¡Guapos cantores!, replicó el otro, que tienen la voz más aguda que

sus bonetes. Antes de fundar una misa al señor San Juan, hubiera debido

su majestad informarse si el señor San Juan gusta del latín cantado con

acento provenzal.

--¡Ha hecho eso sólo por emplear á esos malditos sochantres del rey de

Sicilia!, dijo gritando con su voz carraquilla una vieja del tropel

bajo de la ventana. ¡Hágame usted el favor! ¡mil libras parisis por una

misa! ¡y eso sobre el arriendo del pescado de mar de las pescaderías de

París!

--¡Chitón!, vieja, replicó un obeso y grave personaje que se tapaba las

narices al lado de la pescadera; era preciso fundar una misa. ¡Qué!

¿querías que su majestad volviese á caer enfermo?

--¡Muy bien dicho, señor Gilles Lecornu, maestre forrador peletero de

las botas del rey!, dijo á gritos el estudiantillo encaramado en el

chapitel.

Una carcajada general de los estudiantes aplaudió el malhadado título

del pobre forrador peletero de las botas del rey.

--¡Lecornu! ¡Gilles Lecornu!, decían unos.

--_Cornutus et hirsutus_, añadía otro.

--¡Eh!, sin duda, continuaba el demonillo del chapitel. ¿Qué materia de

risa es ésa? ¡Honorable sujeto Gilles Lecornu, hermano del maestre Juan

Lecornu, preboste de la casa real, hijo del maestre Mahiet Lecornu,

portero primero del bosque de Vincenes, todos vecinos de París, todos

casados de padres en hijos!

Aumentóse la cháchara, y el forradorazo peletero, sin responder una

palabra, pugnaba por zafarse de las miradas de todos clavadas en él;

más en vano sudaba y soplaba: como una cuña que se hunde en en el leño

por hender, los esfuerzos hechos sólo servían á meter entre los hombros

de sus vecinos su ancha faz apoplética, roja de rabia y despecho; hasta

que por último, uno de ellos, rechoncho y venerable como él, vino en su

auxilio.

--¡Abominación! ¡hablar de ese modo unos estudiantes á un particular!,

en mi tiempo les hubieran medido bien las espaldas con buenas varas que

después les hubiesen quemado.

Echó á reir con esto la chusma.

--¡Hola! ¡eh! ¿quién canta ese diapasón? ¿qué siniestra lechuza es ésa?

--¡Toma, ya le conozco!, dijo uno; es el maestre Andry Musnier.

--Porque es uno de los cuatro libreros jurados de la Universidad, dijo

el otro.

--Todo va por cuatro en esta tienda, gritó un tercero: las cuatro

naciones, las cuatro facultades, las cuatro fiestas, los cuatro

procuradores, los cuatro electores, los cuatro libreros.

--Pues bien, replicó Juan Frollo, no hay más que armarles una de cuatro

diablos.

--¡Musnier, mira que te quemaremos los libros!

--¡Musnier, solfearemos á tu lacayo!

--¡Musnier, compondremos á tu mujer!

--¡Á la buena panchuda Udarda!

--¡Que es tan fresca y alegre como si estuviese viuda!

--¡Lléveos el diablo!, refunfuñó maestre Andry Musnier.

--Maestre Andry, replicó Juan, siempre colgado de su chapitel, ¡si no

callas, me dejo caer sobre tu cabeza!

Maestre Andry levantó los ojos, midiendo al parecer la altura del

pilar, la tomó del chasco, multiplicó mentalmente el peso por el

cuadrado de la distancia, y se calló.

Viéndose Juan dueño del campo de batalla, prosiguió triunfante:

--¡Es que lo haré, aunque sea yo hermano de un arcediano!

--¡Grandes señorones, maestres doctores! ¡ni siquiera haber hecho

respetar nuestros privilegios en un día como éste! En fin hay en la

ciudad mayo y hogueras; misterio, papa de locos y embajadores flamencos

en el barrio noble; y en la Universidad, ¡como si fuese nada!

--Sin embargo, ¡harto espaciosa es la plaza Maubert!, añadió un

pasantillo sentado en el poyo de la ventana.

--¡Muera el rector, los electores y los procuradores!, gritó Juan.

--Convendrá hacer esta noche una buena llamarada con los libros de

maestre Andry en el campo Gaillard, prosiguió el otro.

--¡Y los bufetes de los amanuenses!, dijo un colateral.

--¡Y las varas de los bedeles!

--¡Y las escupideras de los decanos!

--¡Y las alcacias de los electores!

--¡Y los escabelillos del rector!

--¡Mueran!, replicó Juan en falsete; ¡mueran Andry, los bedeles y

los amanuenses; los teólogos, los médicos y los decretalistas; los

procuradores, los electores y el rector!

--¡Éste es el fin del mundo!, murmuró entre dientes maestre Andry,

tapándose las orejas.

--¡Ah! ¡ah! allí va el rector atravesando la plaza, gritó uno de los

ventaneros; y todos se volvieron hacia la plaza.

--¡Qué! ¡es verdad que sea nuestro venerable rector maestre Thibaut!,

preguntó Juan Frollo del Molino, que habiéndose encaramado á un pilar

del interior, no podía ver lo que pasaba fuera.

--¡Sí! ¡sí!, respondieron todos los demás; ¡él es Thibaut el rector!

En efecto, lo era con todas las dignidades de la Universidad, que

salían á recibir procesionalmente á la embajada por en medio de la

plaza. Los estudiantes agolpados á la ventana los recibieron con

aplausos irónicos y hasta sarcasmo. El rector, que marchaba á la cabeza

de su compañía, recibió la primera andanada, que fué de tomo y lomo.

--¡Buenos días, señor rector! ¡Hola, eh! ¡buenos días!

--¿Qué milagro es éste de estar por aquí el viejo jugador? ¡Sin duda,

ha abandonado los dados!

--¡Cómo trota sobre la mula! ¡menos largas que él tiene las orejas el

animalito!

--¡Hola, eh! ¡buenos días, señor rector Thibaut, _Tybalde aleator_!

¡viejo imbécil! ¡antañado jugador!

--¡Dios os guarde! ¿habéis hecho esta noche muchos dobles seises?

--¡Oh! ¡qué cara tan caduca, aplomada, forjada por el Dios de los

naipes y dados!

--¿Á dónde vais así, Thibaut, _Tybalde ad dados_, volviendo las

espaldas á la Universidad, trotando hacia la ciudad?

--¡Sin duda irá á buscar un alojamiento calle Thibautoda!, gritó Juan

del Molino.

Toda la gavilla repitió la zumba con voces atronadoras y estrepitosos

palmoteos.

--¿Vais á buscar alojamiento calle Thibautoda, no es verdad, señor

rector, jugador de la partida del diablo?

Luego llegó el turno de las otras dignidades.

--¡Mueran los bedeles! ¡mueran los maceros!

--Di, Robín Zampapán, ¿quién es aquél?

--¡Es Gilberto de Sully, _Gilbertus de Soliaco_, el canciller del

colegio de Autún!

--¡Toma mi zapato, tú estás mejor que yo para arrojárselo á la cara!

--_Saturnalitias mittimus ecce nuces._

--¡Caigan los tres teólogos con sus blancas sobrepellices!

--¡Calla! ¿con que son los teólogos? ¡creía ser los seis gansos blancos

dados por Santa Genoveva á la ciudad por el feudo de Roogny! ¡Abajo los

médicos!

--¡Fuera las controversias cardinales y chufleteras!

--¡Para ti mis borlas, canciller de Santa Genoveva! ¡que has saltado

por encima de mí!

--Eso es verdad; que ha dado mi plaza en la nación de Normandía al

mocito Ascanio Falzaspada, de la provincia de Bourges, pues que es

italiano.

--¡Fué una injusticia!, dijeron todos los escolares. ¡Venga abajo el

canciller de Santa Genoveva! ¡Oh, eh! ¡maestre Joaquín de Ladehors!

¡Oh, eh! ¡Luis Daouille! ¡Lamberto Hortement!

--¡El diablo ahogue al procurador de la nación de Alemania!

--¡Y á los capellanes de la Santa Capilla, con sus mucetas grises; _cum

tunicis grisis!_

--_¡Seu de pellibus grisis fourratis!_

--¡Hola, eh! ¡los maestres de artes! ¡todas las hermosas capas negras!

¡todas las hermosas capas encarnadas!

--¡Todo eso forma una hermosa cola al rector!

--¡Parece á un duque de Venecia que va á los desposorios de la mar!

--¡Di, Juan! ¡los canónigos de Santa Genoveva!

--¡Al diablo con toda la canongería!

--¡Abate Claudio Choart! ¡doctor Claudio Choart! ¿buscáis acaso á

María-la-Giffarda?

--¡Está en la calle de Glatigni!

--¡Está haciendo la cama del rey de la gente del bronce!

--¡Para eso paga sus cuatro dineros! _quatuor denarios_.

--_Aut unum bombum._

--¡Oh, bien! ¿os pagáis de su buena cara?

--¡Compañeros! ¡mirad á maestre Simón Sanguino, el elector de Picardía,

que lleva su mujer á la grupa!

--_Post equitem sedet atra cura._

--¡Buenos días, señor elector!

--¡Buenas noches, señora electora!

--¡Qué felices son de ver todo eso!, decía suspirando _Juan de

Molendino_, siempre encaramado y metido en el follaje de su chapitel.

Entre tanto, el librero jurado de la Universidad, el maestre Andry

Musnier, se inclinaba al oído del peletero forrador de las batas de su

majestad, el maestre Gilles Lecornu.

--Ya os lo he dicho, caballero, éste es el fin del mundo. Jamás se

vió semejante licencia en la estudiantina; estas malditas invenciones

del siglo, todo lo barrenan. Las artillerías, las serpentinas, las

bombardas; y sobre todo esa otra peste de Alemania, la imprenta. ¡Adiós

manuscritos, adiós libros!, la imprenta mata á la librería: ¡el fin del

mundo se acerca, no puede menos!

--Ya lo he conocido por los progresos de las telas de terciopelo, dijo

el manguitero.

En esto dieron las doce del día.

--¡Ah!... dijo la turba á una voz.

Los estudiantes nada dijeron; mas luego se siguió una dislocación

general: no se veían más que pies y cabezas en movimiento, ni se oía

sino una tos y sonaduría general; cada cual se compuso, se dispuso, se

levantó, se apiñó. Luego sucedió un gran silencio; todos los cuellos

quedaron alargados, todas las bocas abiertas, todas las miradas

dirigidas hacia la mesa de mármol... mas nada apareció. Los cuatro

sargentos del baile se mantenían siempre allí, tiesos é inmóviles como

cuatro estatuas clavadas. Todos los ojos se volvieron hacia la estrada

reservada á los enviados flamencos. La puerta seguía cerrada, y vacía

la estrada. La turba esperaba tres cosas desde la mañana: mediodía, la

embajada de Flandes, el misterio. Sólo las doce habían llegado á punto.

La cosa pasaba de raya; aguardaron aún uno, dos, tres, cinco minutos;

mas nada llegaba. La estrada continuaba desierta; el teatro mudo. Sin

embargo, la impaciencia sucedió á la cólera. Las palabras irritantes,

aunque en voz baja á la verdad, empezaban á correr.

--¡El misterio! ¡el misterio!, susurraban todos; las cabezas se

acaloraban; una tempestad que no hacía aún sino bramar, ondeaba sobre

aquella muchedumbre. Juan del Molino fué quien sacó la primera chispa.

--¡El misterio! ¡y al diablo los flamencos!, exclamó con toda la fuerza

de sus pulmones, retorciéndose como una serpiente al rededor de su

chapitel; y la turba palmoteaba.

--¡El misterio!, repitió ¡y vaya enhoramala la Flandes.

--¡El misterio queremos, y al punto!, prosiguió el estudiante; ó soy de

sentir que pinguemos al baile del Tribunal como un botarga.

--¡Bien dicho!, gritó el pueblo, ¡y empecemos el colgajo por sus

alguaciles!

Aplaudióse mucho la ocurrencia; con lo que empezaron á mirarse

descoloridos los cuatro pobretes. Púsose en movimiento hacia ellos la

muchedumbre, ya veían pandearse la frágil barandilla de madera que

mediaba, y arquearse con el empuje de la turba multa: era apurado el

caso.

--¡Hala! ¡hala!, gritaban por todas partes.

En este instante, la tapicería del vestuario arriba descrito,

se levantó, abriendo paso á un personaje cuya sola vista detuvo

súbitamente á la turba, convirtiendo como por encanto su coraje en

curiosidad.

--¡Silencio! ¡silencio!

El personaje, muy poco sereno y sí muy azogado, se adelantó hasta el

borde de la mesa de mármol, con sendas reverencias, que llegaban casi á

ser genuflexiones.

Entre tanto se había casi restablecido la calma; no quedando más que el

sordo rumor que reina siempre en el silencio de un gentío.

--Señores vecinos, dijo, y señoras vecinas de París, debemos tener

la honra de representar y declamar delante de su eminencia el señor

cardenal un auto sacramental, intitulado: _El buen juicio de la Señora

Virgen María_. Yo hago el papel de Júpiter. Su eminencia acompaña en

este momento á la muy honorable embajada del serenísimo señor duque

de Austria, la cual está á la hora de esta, escuchando la arenga del

señor rector de la universidad, á la puerta de los Asnos. Así que haya

llegado el eminentísimo cardenal, empezaremos nosotros.

Y en verdad que no se necesitaba menor intervención que la de Júpiter

para salvar los cuatro alguaciles del baile del Tribunal. Á haber

tenido la dicha de ser los autores de esta muy verídica historia, y

por lo mismo de ser responsable ante nuestra señora doña crítica, no

podría invocarse contra nosotros en este instante el clásico precepto;

_Nec Deus intersit_. Por lo demás, el traje del señor Júpiter era

primoroso, y no había contribuido poco á calmar la gente, llamando

toda su atención. Estaba vestido Júpiter con una coraza cubierta de

terciopelo negro de clavos dorados; cubríale una caperuza de botones

de plata sobredorada; y si no por el afeite, con los pelos de barba

que le sombreaba cada uno la mitad de la cara, el rollo de cartón

dorado, lentejuelado y erizado de baratijas que llevaba en la mano,

evidentemente rayo para los ojos expertos, por los pies de color de

carne encintados á la griega, hubiese podido parangonarse por lo de la

gala, con un ballestero bretón de la división del príncipe de Berri.

NOTAS:

[1] El vocablo _gótica_, en el sentido generalmente empleado, es muy

impropio, mas muy sagrado. Aceptámosle, pues, y le adoptamos como

todos, para caracterizar la arquitectura de la segunda mitad de la Edad

Media.

II

Pedro Gringorio

Sin embargo, con ser unánime la satisfacción admirativa excitada

por su traje, toda se desvanecía á las palabras de su arenga; sobre

todo llegado á esta malhadada conclusión: «Así que haya llegado

el eminentísimo cardenal, empezaremos nosotros», cubrió su voz un

espantoso baladro de vayas.

--¡Empezad al instante! ¡El misterio! ¡el misterio al instante!,

gritaba el pueblo, sobresaliendo entre todas las voces la de _Juan

de Molendino_, semejante á un pífano en una cencerrada: ¡Empezad al

instante!, chillaba el estudiante.

--¡Abajo Júpiter y el cardenal de Borbón!, vociferaban Robín Zampapán y

los otros pasantes de pluma albergados en la ventana.

--¡Al colgajo ahora mismo!, repetía la turba: ¡inmediatamente! ¡al

instante! ¡soga, soga á los comediantes y al cardenal!

El pobre Júpiter, azorado, despavorido, pálido bajo el arrebol,

dejóse caer el rayo de las manos, quitóse la caperuza, luego saludaba

balbuciente y trémulo: Su eminencia... los embajadores... madama

Margarita de Flandes... No acertaba á decir nada; tan de veras temió

iba á ser colgado.

Colgado por el pueblo por aguardar, colgado por el cardenal no

aguardando, no había en torno suyo más que abismo, es decir horca.

Á dicha vino alguien á sacarle del conflicto, cargándose con la

responsabilidad.

Un individuo que se mantenía acá de la barandilla, en el espacio dejado

libre al rededor de la mesa de mármol, no visto aún por ninguno, tan

encubierta estaba su larga y endeble persona á los ojos de todos por

el pilar contra que se mantenía recostado; este individuo, pues,

altaricón, flaco, enclenque, rojo, joven aún, bien que arada la frente

y las mejillas, ojos lucientes y boca de risa, vestido de sarga negra,

raída y lustrosa de vieja que era, se acercó á la mesa de mármol, y

señó al pobre paciente; lo que no advirtió el otro de turbado.

Dió un paso más el recién llegado.

--¡Júpiter!, dijo, ¡mi caro Júpiter!

El otro ni siquiera le oía.

En fin, perdiendo la paciencia el rojazo, le gritó casi en las narices.

--¡Miguel Giborne!

--¿Quién me llama?, dijo Júpiter, como el que se despierta sobresaltado.

--Yo, respondió el enlutado.

--¡Ah!, dijo Júpiter.

--¡Empezad al instante!, añadió el otro. Contentad á la plebe, yo me

encargo de aplacar al señor baíle, quien aplacará al señor cardenal.

Con esto respiró Júpiter.

--Mis señores vecinos, gritó con toda la fuerza de los pulmones á la

turba amenazadora, vamos á empezar al instante.

--_¡Evoe, Júpiter! ¡Plaudite, cives!_ gritaron los estudiantes.

--¡Vitor! ¡vitor!, gritó el pueblo.

El palmoteo fué tan horrible, que estaba resonando todavía aun después

de haberse puesto Júpiter detrás la tapicería.

Entre tanto, el incógnito personaje que había tan mágicamente

convertido _la tempestad en bonanza_ como dice nuestro viejo y caro

Corneille, estaba en el hueco de su pilar, donde se hubiese mantenido

invisible, inmóvil y mudo como antes, á no haberle sacado de él dos

mujeres jóvenes, sentadas en primera fila, que habían notado el

coloquio con Miguel Giborne-Júpiter.

--Maestre, dijo una de las mozas con señas de pedirle se acercase....

--Callaos, mi querida Lienarda, dijo su vecina, linda, fresca, y

potente con sus galas dominicales. No es un clérigo, es un buen lego;

no tiene tratamiento de maestre; sino el de señor á secas.

--Señor, dijo Lienarda, á cuya invitación se arrimó el incógnito á la

barandilla.

--¿Qué queréis de mí, mozas?, preguntó apresurado.

--No soy yo, respondió Lienarda toda cortada, es esta Gisqueta la

Genciana que os quiere hablar.

--No hay tal, replicó Gisquela sonrosada; es Lienarda que os ha llamado

maestre, y yo le he dicho que no teníais ese tratamiento.

Ambas bajaban la vista; y el otro que deseaba entablar conversación,

las miraba sonriéndose.

--¿No tenéis nada que decirme, mocitas?

--¡Oh! nada, nada, respondió Gisqueta.

--Nada, añadió Lienarda.

El rubicundo mancebo dió un paso hacia atrás, mas las dos curiosas no

tenían ganas de soltar la presa.

--Señor, le dijo apresurada Gisquela, como una esclusa que se abre, ó

como acostumbra el sexo cuando se quita la mascarilla, ¿conocéis, pues,

á ese soldado que ha de hacer el papel de la virgen en el misterio?

--¿El papel de Júpiter, queréis decir?, replicó el anónimo.

--¡Eh! sí, dijo Lienarda, ¡qué animal! ¿Que conocéis á Júpiter?

--¿Miguel Giborne?, respondió el anónimo; sí, señora.

--¡Tiene una terrible barba!, dijo Lienarda.

--¿Será gracioso lo que van á decir con este motivo? preguntó encogida

Gisqueta.

--Primoroso, mocita, respondió el incógnito sin titubear.

--¿Y qué será?, dijo Lienarda.

--_El buen juicio de nuestra señora la virgen_, moralidad; si usted

gusta, mocita.

--¡Ah! eso es cosa diferente, replicó Lienarda.

--Con que no es la misma, dijo Gisqueta, que la que dieron hace dos

años, el día de la entrada del señor legado, y en la cual representaban

tres buenas mozas....

--Papel de sirenas, dijo Lienarda.

--Y en carnes, añadió el joven.

Lienarda bajó púdica los ojos; miróla Gisqueta, quien hizo otro tanto;

y él prosiguió risueño.

--Era cosa graciosa de ver. Hoy es una moralidad hecha de intento para

la princesita de Flandes.

--¿Se cantarán egloguitas?, preguntó Gisqueta.

--¡Quita allá!, dijo el incógnito, ¡en una moralidad! no hay que

confundir los diferentes géneros. Si fuese una gangarilla, enhorabuena.

--¡Qué lástima!, replicó Gisqueta. Aquel día se veían en la fuente del

Ponsó hombres y mujeres montaraces que pugnaban entre sí, y hacían

muchas mojigangas cantando motetitos y arietas pastorales.

--Lo que á un legado conviene, dijo el incógnito con mucha secatura, no

cae bien á una princesa.

--Y junto á ellas, continuó Lienarda, justaban algunos instrumentos que

ejecutaban grandes melodías.

--Y para proporcionar refresco á los transeuntes, añadió Gisqueta,

echaba la fuente por tres caños, vino, leche y también hipocrás, que

bebía quien quería.

--Y algo debajo del Ponsó, prosiguió Lienarda, en la Trinidad,

representaban mudos la pasión unos actores.

--¿Si me acuerdo?, exclamó Gisqueta: á Cristo enarbolado en medio de

los ladrones.

Aquí las jóvenes chuzonas, acaloradas con el recuerdo de la entrada del

señor legado, se pusieron á hablar las dos á un tiempo.

--Y más adelante, en la Puerta de los Pintores, había otras personas

muy ricamente ataviadas.

--Y en la fuente San Inocente ¡aquel cazador siguiendo á una cierva con

ladradoras jaurías y bocinas!

--¡Y en la carnicería de París, aquellos tablados que figuraban el

alcázar de Dieppa!

--Y que cuando pasó el legado, ¿sabes, Gisqueta? se dió el asalto, y

fueron degollados todos los ingleses.

--Y contra la puerta del Châtelet, había primorosos personajes.

--¡Y cuando pasó el legado dejaron robar sobre el puente más de

doscientas docenas de toda especie de pájaros! era muy primoroso,

Lienarda.

--Más primoroso será hoy, saltó en fin su interlocutor, impaciente, al

parecer de oirlas.

--¿Nos aseguráis que será hermoso el misterio?, dijo Gisqueta.

--Sin duda, respondió; luego añadió con cierto retintín.

--Señoritas, yo soy el autor del auto sacramental.

--¿En verdad?, dijeron las muchachitas aturdidas.

--¡En verdad!, respondió el poeta engallándose tantito: es decir, somos

dos: Juan Marchand, que ha serrado las tablas, y levantado el tablado

del teatro y el entarimado, y yo que compuse la pieza.--Yo me llamo

Pedro Gringorio.

El autor del Cid no hubiera dicho más arrogante: _Pedro Corneille_.

Han podido observar nuestros lectores que debió trascurrirse un buen

rato después que se zampó Júpiter bajo la tapicería hasta el instante

en que el autor de la moralidad nueva se había revelado tan de sopetón

á la cándida admiración de Gisqueta y de Lienarda. Cosa notable: toda

aquella turba tan tumultuosa momentos antes, aguardaba ahora con

mansedumbre sobre la palabra del comediante; lo que prueba esta verdad

eterna y todos los días sentida en nuestros teatros, que el mejor modo

de hacer aguardar con paciencia al público, es afirmarle que al punto

se va á empezar.

Á pesar de todo no se dormía el estudiante Juan.

--¡Hola, caballeros!, dijo gritando de repente en medio de la paciente

espera que había sucedido al alboroto, ¡Júpiter, Nuestra Señora de la

Virgen, titiriteros endiablados! ¿os estáis chuleando? ¡la pieza, la

pieza! ¡vamos empezando, vosotros ó nosotros!

No fué menester más.

Al punto se oyó en el interior del tablado una música de altos y bajos

instrumentos; corrióse el telón; aparecieron cuatro actores bigarreados

y arrebolados, se encaramaron por la empinada escala del teatro, y

llegados á las tablas, pusiéronse en fila delante del público, á quien

saludaron reverentes; callóse entonces la sinfonía, para que empezase

el misterio.

Los cuatro personajes, después de haber recogido copiosamente el pago

de sus reverencias en aplausos, entablaron, en medio de un religioso

silencio, un prólogo, que gustosos ahorramos al lector. Por lo demás,

lo que también sucede en nuestros días, todavía se ocupaba más el

público de los trajes que llevaban, que de los papeles que recitaban;

y en verdad era justicia. Estaban vestidos todos cuatro de túnicas,

mitad amarillas, mitad blancas, que no se distinguían sino por la

naturaleza de la tela: la primera era de brocado de oro y plata, la

segunda de seda, la tercera de lana, la cuarta de lienzo. El primer

personaje llevaba una espada en la mano derecha, el segundo dos llaves

de oro, el tercero una balanza, el cuarto una azada; y para ayudar

á las inteligencias perezosas que no hubieran visto claro al través

de la transparencia de aquellos atributos, se podía leer en grandes

letras negras bordadas: en el ruedo de la túnica de brocado, YO ME

LLAMO NOBLEZA; en la orla de la túnica de seda, YO ME LLAMO CLERO; en

el ruedo de la túnica de lana, YO ME LLAMO MERCANCÍA; en la orla de

la túnica de lienzo, YO ME LLAMO LABOR. El sexo de los dos alegóricos

varones estaba claramente indicado para todo espectador juicioso por

las túnicas menos largas y por el caperuzo que llevaban en la cabeza,

mientras las dos alegorías hembras menos corto vestidas, tenían por

tocado un gorrete.

También sería menester mucha mala voluntad para no comprender por

entre la poesía del prólogo, que Labor estaba casado con Mercancía, y

Clero con Nobleza, y que ambas venturosas parejas poseían mancomunado

un magnífico delfín de oro, que sólo á la más hermosa pretendían

adjudicar. Iban, pues, por el mundo buscando y rastreando la tal

beldad, y después de haber desechado sucesivamente la reina Golgonda,

la princesa de Trebisonda, la hija del Kan de Tartaria, etc., etc.,

Labor y Clero, Nobleza y Mercancía, habían ido á descansar sobre la

mesa de mármol del Palacio de Justicia, enjaretando delante el honrado

auditorio tantas sentencias y máximas como se podían gastar entonces

en la Facultad de las artes en los exámenes, sofismas, circunloquios,

figuras y actos, donde los maestres ganaban el bonete de licenciado.

Era en efecto muy hermoso todo aquello.

Entre tanto, en aquel tropel, sobre el cual las cuatro alegorías

derramaban, á cual mejor, vertientes de metáforas, no había un oído

más atento, ni un corazón más palpitante, ni un ojo más zahareño, ni

un cuello más erguido, que el ojo, el oído, el cuello y el corazón

del autor, del poeta, de aquel bueno de Pedro Gringorio, que no había

podido resistir el momento antes, el gustazo de decir su nombre á dos

lindas jóvenes. Estaba vuelto detrás de su pilar á algunos pasos de

ellas; y allí escuchaba, miraba, paladeaba. Los benévolos aplausos que

habían acogido el principio de su prólogo retumbaban en sus entrañas,

y estaba completamente absorto en aquella especie de contemplación

estática, con la cual ve un autor caer una á una sus ideas de la boca

del actor en medio del silencio de un vasto auditorio. ¡Dignísimo Pedro

Gringorio!

Nos cuesta decirlo, mas muy luego fué turbado aquel primer éxtasis.

Apenas había Gringorio acercado á sus labios aquella copa embriagadora

de alborozo y de triunfo, cuando la amargó una gota de tristeza.

Un mendigo andrajoso que no podía recoger nada, confundido cual estaba

en medio del gentío, y no había sin duda hallado suficiente desquite

en los bolsillos de sus vecinos, se le había venido á las mientes el

albergarse sobre algún punto visible, para atraerse las miradas y las

limosnas. Habíase, pues, encaramado durante los primeros versos del

prólogo, ayudándose de los pilares del estrado reservado, hasta la

cornisa que rodeaba á la balustrada en la parte inferior; y allí se

había sentado, solicitando la atención y lástima de la muchedumbre,

por medio de sus andrajos y una llaga asquerosa que le cubría el brazo

derecho. Por lo demás no pronunciaba una sola palabra.

El silencio que guardaba dejaba oir el prólogo sin estorbo, y no

hubiera sobrevenido ningún desorden sensible, si no hubiera querido la

trampa que avistase el escolar Juan, de lo alto de su pilar, al mendigo

y sus carantoñas. Apoderóse una risa descompuesta del trastuelo,

que sin curarse de interrumpir el espectáculo y turbar el universal

recogimiento, exclamó bravamente:

--¡Toma! ¡toma ahí aquel enclenque que pide limosna!

Quien quiera haya tirado una piedra en un charco lleno de ranas, ó

tirado un escopetazo á una banda de pájaros, puede formarse una idea

del efecto que produjeron aquellas palabras incongruentes en medio de

la atención general. Gringorio tembló todo como con un sacudimiento

eléctrico. Cortóse el prólogo, y todas las cabezas se volvieron

tumultuosas hacia el mendigo, que lejos de desconcertarse, vió en aquel

incidente una buena ocasión de cosecha, y se puso á decir con doliente

cuento medio entrecerrados los ojos:--Una limosna, ¡por el amor de Dios!

--¡Calla, juro á Dios, que es Clopín Truillefú! ¡Hola! ¿parece que te

incomodaba la llaga en la pierna, pues te la has puesto en el brazo?

Al decir esto, echaba con destreza de mono un cornadito en el fieltro

grasiento que alargaba el mendigo con su brazo enfermo. Recibió el

mendigo sin inmutarse la limosna y el baldón, y continuó con lamentable

voz:--Una limosna, ¡por el amor de Dios!

Considerablemente había distraído al auditorio este episodio; y

muchísimos circunstantes capitaneados por Robín Zampapán y todos los

plumistas, aplaudían bulliciosos el peregrino dúo que acababan de

improvisar en medio del prólogo el escolar con su voz gritona y el

mendigo con su imperturbable salmodia.

Muy descontento estaba Gringorio. Vuelto de su primer pasmo, se

desgañitaba gritando á los representantes: ¡Vamos, continuad! ¡qué

diablos os paráis!--sin siquiera dignarse echar una mirada desdeñosa á

los dos interruptores.

En este instante se sintió que le tiraban del extremo de su capingó;

volvióse no sin algún enfado, y costóle bastante trabajo el sonreirse;

con todo, había que hacerlo. ¿Y quién era?, el bracito de Gisqueta la

Genciana, que pasado por la balustrada solicitaba de aquel modo su

atención.

--Caballero, dijo la mocita, ¿qué, van á continuar?

--Sin duda, respondió Gringorio harto sorprendido de la pregunta.

--En tal caso, no tendríais la atención de explicarme...

--¿Lo que van á decir?, interrumpió Gringorio. ¡Pues bien, escuchad!

--No, dijo Gisqueta, sino qué han dicho hasta ahora.

Gringorio dió un salto hacia arriba como un hombre á quien tocasen en

lo vivo de una llaga.

--¡El diablo sea de la mozuela tonta y necia!, dijo entre dientes.

Desde este instante formó Gringorio tristísima idea de Gisqueta.

Entre tanto los actores obedecieron á su imperio, y el público viendo

que volvían á hablar, volvió á escuchar, no sin perder multitud de

bellezas, en la especie de soldadura que se hizo entre las dos partes

de la pieza tan bruscamente cortada. Gringorio hacía en su interior

la amarga reflexión. Con todo, la tranquilidad se había restablecido

poco á poco; el estudiante estaba callado, el mendigo contaba algunas

monedas en el sombrero, y la pieza se había enseñoreado.

Era en efecto una obra muy hermosa, y de la la cual nos parece se

pudiera todavía sacar buen partido hoy día, con algunas composturas.

La exposición, algo larga y algo insulsa, es decir en las reglas, era

sencilla; y Gringorio, en el cándido santuario de su foro interno,

admiraba la claridad. Como se puede sospechar, los cuatro alegóricos

personajes estaban algo cansados de haber recorrido las cuatro

partes del mundo sin hallar modo de deshacerse convenientemente de

su delfín de oro. Y sobre esto, elogio del maravilloso pescado, con

mil alusiones dedicadas al joven esposo de Margarita de Flandes,

entonces muy tristemente recluso en Amboise, y sospechando muy poco

que Labor y Clero, Nobleza y Mercancía acababan de dar la vuelta al

mundo por él. El susodicho delfín era, pues, joven, era hermoso,

era pujante, y sobre todo (¡magnífico origen de todas las virtudes

reales!) era hijo del león de Francia. Declaro que es admirable esta

metáfora; y que la historia natural del teatro, en un día de alegoría

y de real epitalamio, no se asustó nada de un delfín hijo de un león.

Puntualmente estas peregrinas y pindáricas misceláneas son las que

prueban el entusiasmo: Con todo eso, para hacer también la parte

crítica, hubiera podido el poeta desenvolver esta bella idea en menos

de doscientos versos. Es verdad que debía durar el misterio desde medio

día hasta las cuatro, según lo dispuesto por el señor preboste, y que

hay que decir algo. Por lo demás todos escuchaban con paciencia.

Cuando hete aquí, que en lo mejor de una contienda entre la señorita

Mercancía y doña Nobleza, en el momento que maestre Labor pronunciaba

este mirífico verso:

Ni bestia más triunfante vido nunca selva;

la puerta reservada del estrado, que hasta entonces había estado

cerrada tan fuera del caso, se abrió más fuera del caso todavía, para

que la voz rimbombante del ujier anunciase de sopetón: _Su eminencia

monseñor el cardenal de Borbón_.

III

El señor cardenal

¡Pobre Gringorio! El estrépito de todos los dobles cohetazos de la

víspera de San Juan, la descarga de veinte arcabuces reforzados, el

estampido de aquella famosa culebrina de la torre de Billy, que cuando

el cerco de París, el domingo 29 de setiembre de 1465, mató á siete

borguiñones de un tiro, la explosión de la pólvora almacenada en la

puerta del Temple, le hubiera lastimado menos los oídos, en aquel

momento solemne y dramático, que estas pocas palabras salidas de la

boca de un ujier: _Su eminencia monseñor el cardenal de Borbón_.

Nuestra Señora de París - Tomo 1 (de 2) · 第 1 / 20 段