--Padre Jacinto --dijo el Comendador con aire de jubiloso triunfo--,
Clara es libre ya. No es menester que se case con D. Casimiro ni que sea
monja.
--¿Cómo es eso, hijo mío?
--He dado por ella una suma igual á todo el caudal de D. Valentín.
--¿Á quién?
--Á D. Casimiro.
--¿Y con qué razón? ¿Con qué pretexto ha podido aceptarla?
--La ha aceptado con una razón que promete callar; por un motivo
secreto.
--¡Válgame Dios, hijo mío! ¡Qué delirio! ¡Qué sacrificio inútil: Y
dime... ese motivo secreto... ¡Confiar así á D. Casimiro la honra de una
familia ilustre!...
--Yo no le he confiado nada.
--¿Pues de qué medio te has valido?
--De una mentira; pero mentira indispensable y con la cual nadie pierde.
--¿Puedo saber esa mentira?
--Todo lo va V. á saber.
El padre prestó la mayor atención. Don Fadrique prosiguió diciendo:
--De sobra sabe V. que Paca, la primera mujer del tío Gorico, fué una
mala pécora.
--Es evidente. Dios la haya perdonado.
--La buena reputación de Paca no tiene nada que perder.
--Absolutamente nada.
--Pues bien. Hay la feliz coincidencia de que Nicolasa nació pocos meses
después de mi ida de Villabermeja, cuando estuve allí de vuelta de la
Habana.
--¿Y qué?
--He hecho creer primero á la chacha Ramoncica, con el mayor sigilo, que
Nicolasa es hija mía. Le he dicho que un deber imperioso de conciencia
me obliga á dotarla, ahora, que ella se va á casar. La chacha entiende
poco de números. Se ha espantado, no obstante, de la enorme cantidad que
yo quería dar por dote; pero la he echado de espléndido y me he supuesto
más rico de lo que soy. Á las observaciones que la chacha me ha hecho,
he respondido que mi resolución era irrevocable. He persuadido, por
último, á la chacha de que no conviene que Nicolasa sepa los lazos que á
ella me unen, y que es más delicado y honesto que lo sepa sólo el
sujeto que va á ser su marido. He logrado, pues, que la chacha se
encargue de persuadir á D. Casimiro á que tome lo que libre, aunque
misteriosamente, quiero dar y doy á su futura. No creo que la chacha
haya tenido que hacer grandes gastos de elocuencia para convencer á D.
Casimiro de que debe aceptar. Don Casimiro me ha escrito esta carta,
donde me dice que acepta, me colma de elogios por mi generosidad, y me
promete callar el motivo de la donación que le hago, y la misma
donación, hasta donde sea posible.
El P. Jacinto leyó la carta que le entregó D. Fadrique. Luego sacó éste
del bolsillo un paquete de papeles. Le puso sobre la mesa y dijo:
--Aquí están los papeles todos que se requieren para formalizar la
donación, la cual deseo que se lleve á feliz término por medio de V.
Éste es el poder más amplio, otorgado ante un escribano de esta ciudad,
para que V. disponga, venda, enajene y haga lo que convenga con todo
cuanto me pertenece. Éstas son las cartas á los banqueros que tienen
fondos míos, poniéndolos todos á la orden de V. Ésta, por último, es la
lista, inventario, cuenta ó como quiera llamarse, de lo que en poder de
dichos banqueros tengo hasta ahora; y esta otra es la cuenta de lo que
valen los bienes de D. Valentín, justipreciados por peritos. Escasamente
llegará lo mío á cubrir el importe de lo que disfruta dicho señor; pero
V. sabe que poseo algunas finquillas, y, si fuere menester, supliré la
falta. Querido maestro, V. va á ser ejecutor fiel y pronto de mi
decidida voluntad, de la cual pretendo que dé V. noticia y testimonio á
Doña Blanca, exigiéndole en cambio de mi parte la libertad de mi hija. Y
digo exigiéndole la libertad de mi hija, porque si no le da libertad, si
no procura quitarle de la cabeza tanto insano delirio, si no determina
curarla de la mortal enfermedad de alma y de cuerpo, que su orgullo, su
fanatismo y sus remordimientos, mil veces más odiosos que el pecado, han
hecho nacer, yo me he de vengar, dando el más insolente escándalo que se
ha dado jamás en el mundo. Espero que aceptará V. gustoso mi encargo.
--Le acepto, --respondió el padre;-- mas no sin condiciones. Yo no he de
ser el instrumento de tu ruína, si tu ruína es inútil.
--¿Y por qué inútil?
--Porque Clara, á mi ver, no desistirá ya de tomar el velo.
--¿Cómo que no desistirá? Sobre Clara pesa el yugo férreo de su madre.
Quitémosle ese yugo, y Clara volverá á vivir, y volverá á amar á su
gallardo estudiante, y se casará con él, y será dichosa.
--Lo dudo.
--Yo no lo dudo. Lo que no me explico es cómo se ha vuelto V. tan
tétrico.
--Me parece que es ya tarde, --dijo el P. Jacinto, suspirando.
--Voto al mismo Satanás --replicó D. Fadrique:--no es tarde aún, si la
dicha es buena. Vaya usted hoy mismo á ver á Doña Blanca. Infórmela de
todo. Convénzala de que es libre Clara; de que los bienes que de D.
Valentín ha de heredar están ya pagados. Sepa Doña Blanca que yo rescato
misteriosamente á nuestra hija. Sepa también que si no admite el
rescate, romperé todo freno; lo diré todo; seré capaz de una villanía;
la deshonraré en público; leeré á D. Valentín cartas que aún de ella
conservo; haré doscientas mil barbaridades.
--Vamos, hombre, modérate. En seguida iré á hablar con Doña Blanca. Ella
es madrugadora. Estará ya de punta y me recibirá. Aguárdame en tu casa,
y allá acudiré á referirte mi entrevista.
--En casa aguardaré á V. Apresúrese, padre, porque estoy devorado por la
impaciencia.
Dicho esto, el fraile y D. Fadrique se levantaron y salieron juntos de
la celda á la calle, por la cual caminaron en silencio, hasta que el uno
entró en casa de su hermano y el otro en casa de Doña Blanca Roldán.
Dando paseos por su estancia; despidiendo desabridamente á la curiosa
Lucía, que asomó la rubia cabeza á la puerta, y preguntó, como de
costumbre, qué había de nuevo, y lleno todo de agitación, esperó D.
Fadrique más de hora y media.
El fraile llegó al cabo; pero, antes de que abriese los labios, columbró
D. Fadrique, en lo melancólico que venía, que era portador de malas
nuevas.
No bien entrado el fraile, cerró la puerta con llave el Comendador, para
que nadie viniese á interrumpirlos, y en voz baja dijo, mientras él y su
maestro tomaban asiento:
--Cuente V. lo que ha pasado. No me oculte nada.
--Hablaré en resumen, porque ha sido larga la discusión. Doña Blanca ha
celebrado tu generosidad. Dice que no atina á comprender cómo un impío
es capaz de acción tan noble. Supone que es obra del orgullo; pero al
fin la celebra. Mas no por eso te excita á que consumes el sacrificio.
Afirma que será inútil, y te ruega que no le hagas. Doña Blanca
considera que su hija tiene hoy una verdadera vocación; que Dios la
llama á ser su esposa; que Dios la quiere apartar de los peligros del
mundo; que Dios quiere salvarla, y que ella no puede, sin gravísima
culpa, retraer ahora á su hija de tan santos propósitos.
--¡Hipocresía! ¡Refinamiento de maldad! --interrumpió D. Fadrique.-- ¿Y
V. no la ha amenazado con mi venganza? ¿No le ha dicho V. que estoy
determinado á todo; que le arrancaré la máscara; que se acordará de mí;
que la burla que de mí hace no quedará sin afrentoso castigo?
--Se lo he dicho todo; pero Doña Blanca ha contestado que, si bien te
cree un hombre sin religión, todavía te tiene por caballero, y que no
teme de tí esas villanas é infames acciones con que en tu rabia la
amenazas. Añade, no obstante, que, aun cuando se engañase, aun cuando tú
te olvidases de la honra y te vengases así, lo sufriría todo antes de
disuadir á su hija contra lo que la conciencia le dicta.
--Esa mujer está loca, P. Jacinto. Esa mujer está loca, y creo que su
locura es contagiosa; que á Clara y á V. los tiene ya enloquecidos, y
que falta poco para que yo también lo esté. Pero, lo juro por mi honor,
por Dios, por lo más sagrado: mi locura será de muy diversa índole.
Soñará con mi locura. Pues qué, ¿imagina que soy yo un segundo D.
Valentín? ¿Piensa que me someteré á sus monstruosos caprichos? ¿Entiende
que soy necio y que voy á creer lo que á ella se le antoje hacerme
creer? Clara tiene trastornada la cabeza, y por eso quiere ser monja de
repente. ¿Qué vocación ha de tener, cuando me consta que estaba, que
está aún, enamorada de ese muchacho rondeño, con quien podría ser
felicísima? Aquí hay algún misterio abominable. Algo se ha hecho para
infundir el delirio en Clara y perturbar su natural despejo. Yo ni
puedo, ni quiero, ni debo consentir extravagancias tan criminales. ¿No
comprende esa mujer de Satanás que la educación que ha dado á su hija,
que esos terrores que le ha infundido son como un veneno? ¿Quiere saciar
el odio que me tiene, asesinando á su hija, porque también es mi hija?
--Comendador, ten sangre fría; mira que te engañas. Mira que Clara no
siente hoy la vocación religiosa por causa de su madre.
--Me importa poco que sea hoy ó ayer cuando su madre le ha dado la
ponzoña. El corazón me dice que las rarezas, que los extravíos de Clara
provienen del tormento espiritual que le está dando su madre desde que
la niña tiene uso de razón. Esto es menester que acabe. Si Clara, cuando
esté en completa tranquilidad y serenidad de espíritu, sanos su cuerpo y
su alma, persiste en ser monja, que lo sea: yo no me opondré. Mi
sacrificio habrá sido inútil. No exhalaré una queja. Que disfrute de
todos mis bienes D. Casimiro. Pero mientras Clara esté enferma, casi
fuera de sí, con una especie de fiebre continua, no he de sufrir que se
tome ese estado febril por éxtasis místico, y esos ataques nerviosos por
llamamientos del cielo. Es mi hija, voto á quince mil demonios, y no
quiero que me la maten. Ahora mismo voy á ver á Doña Blanca. Romperé la
consigna para entrar. Romperé la cabeza á quien quiera oponerse á mi
entrada. Si no la veo y la hablo, estallo como una bomba. No me detenga
V., P. Jacinto. Déjeme V. salir.
El Comendador había abierto la puerta, se había puesto el sombrero, y
forcejeaba por salir con el P. Jacinto, que procuraba detenerle.
--Quien está desatinado eres tú --decía el padre.--¿Á dónde vas? ¿No
calculas el escándalo de lo que te propones hacer?
--Déjeme V., Padre. Yo no calculo nada.
--Esto es una perdición. Dios te ha dejado de su mano. Oye cuatro
palabras con reposo y haz luego lo que quieras. Carezco de fuerzas para
detenerte.
El P. Jacinto cedió en su resistencia y el Comendador se paró á
escucharle.
--Quieres ver á Doña Blanca, y la verás, pero con menos peligro de
lances y de escándalo. Pasado mañana va D. Valentín á la casería con el
aperador, á vender unas tinajas de vino. Entonces podrás ver y hablar á
Doña Blanca. Para evitar mayores males, te llevaré yo mismo. Yo
entretendré á Clara á fin de que hables á solas con Doña Blanca y le
digas cuanto tienes que decirle. Ya ves á lo que me allano. Ya ves á lo
que me comprometo. Vas á sorprender desagradablemente á Doña Blanca con
tu inesperada visita. Vuestra conversación va á tener algo de un duelo á
muerte; mas prefiero intervenir en él, ser cómplice en el delito de
vuestro espantoso diálogo, á que sucedan cosas peores. Por las ánimas
benditas, Comendador, aguarda hasta pasado mañana. Vendrás conmigo.
Verás á Doña Blanca. Por la amistad que me tienes, por la pasión y
muerte de Cristo te suplico que te calmes para entonces, y trates de que
sea lo menos cruel posible la entrevista que te voy á procurar.
El Comendador cedió á todo, y agradeció al P. Jacinto los consejos que
le daba y la protección que le ofrecía.