Con febril impaciencia aguardó D. Fadrique el plazo que el padre le
había pedido.
No hay plazo que no se cumpla, y dicho plazo se cumplió al cabo.
Cumpliéronse también los pronósticos del Padre. D. Valentín salió aquel
día muy de mañana con el aperador para ir á la casería, de donde no
pensaba volver hasta la noche.
El Comendador, que lo espiaba todo, se preparó para la entrevista
prometida. El P. Jacinto no se hizo aguardar mucho tiempo y vino á
buscarle.
Reconociendo que lo menos peligroso, lo menos ocasionado á males, era
que se viesen ambos cómplices, por si lograban entenderse y convenir en
algo acerca de la hermosa Clarita, no quiso el padre hablar con Doña
Blanca y proponerle una conferencia con el Comendador. Tenía por seguro
que se negaría, y que, ya sobre aviso, le haría más difícil, casi
imposible, el hacer entrar al Comendador hasta donde ella estuviese.
Así, pues, se resolvió por la sorpresa. Sabía las costumbres de la
casa, sabía las horas de todo, y todo lo dispuso con sencillez y
habilidad.
Antes de las diez de la mañana, una hora después del almuerzo, Clara se
retiraba á su cuarto y Doña Blanca se quedaba sola en la sala donde
estaba de diario.
El padre se puso en marcha en punto de las diez llevando al Comendador
en pos de sí. Entraron en el zaguán, y el padre dió dos aldabonazos.
La voz de una criada gritó desde arriba:
--¿Quién es?
--Ave María purísima. Gente de paz, --contestó el padre.
La moza, que reconoció la voz, tiró del cordel desde un balcón del piso
principal que daba al patio. Con este cordel se abría la puerta sin
bajar la escalera.
La puerta se abrió, y entraron el Comendador y el fraile, sin que los
viese nadie, ni la misma criada que les había abierto, pues entre el
patio, á donde daba el balcón en que se hallaba la criada, y la puerta
de la calle, había otro zaguán, del cual arrancaba la escalera principal
ó de los señores.
No bien entró el P. Jacinto con su compañero, cerró de nuevo la puerta y
dijo en alta voz:
--Dios te guarde, muchacha.
--Dios guarde á su merced, --contestó ella.
Entonces el Comendador y su guía subieron rápidamente la escalera. Ya
en la antesala, donde tampoco había un alma, dijo el fraile á D.
Fadrique, señalándole una puerta:
--Allí está Doña Blanca. Entra... háblale; pero ten juicio.
Don Fadrique, con ánimo decidido, con verdadero denuedo, se dirigió á la
puerta señalada, entró, y la volvió á cerrar.
No bien desapareció D. Fadrique, llegó la criada.
--¡Hola! --dijo el P. Jacinto.-- ¿Está Doña Blanca sola?
--Sí, padre. ¿No entra su merced á verla?
--No; más tarde. Déjala tranquila. No entres ahora, que estará ocupada
en sus negocios. No la distraigamos. ¿Está Clarita en su cuarto?
--Sí, padre.
--Ea, vete á tus quehaceres, que yo voy á ver á Clarita.
Y, en efecto, el P. Jacinto y la criada se fueron por su lado cada uno.
Entre tanto, D. Fadrique se hallaba ya en presencia de Doña Blanca,
sorprendida, pasmada, enojada de tan imprevisto atrevimiento. Sentada en
un sillón de brazos, había levantado la cabeza al sonar el pestillo y la
puerta que se abría, había visto que la volvía á cerrar quien había
entrado, había reconocido al punto al Comendador, y aun casi inmóvil,
silenciosa, le miraba de hito en hito, sospechaba si estaría soñando, y
apenas si se atrevía á dar crédito á sus ojos.
El Comendador se adelantó lentamente dos ó tres pasos.
No saludó de palabra; no pronunció una sola: no hallaba, sin duda,
fórmula de saludo que no disonase en aquella ocasión; pero con el gesto,
con el ademán, con la expresión de toda su fisonomía, mostraba que era
un caballero respetuoso, que pedía humildemente perdón de la astucia y
de la audacia que se había visto obligado á emplear para llegar hasta
allí. En su rostro se veían las disculpas que de palabra no daba. Si
atropellaba respetos, lo hacía con razón suficiente. Á par de estas
cosas, se leía asimismo en el rostro varonil del Comendador la firme
resolución de no salir de allí hasta que se le oyese.
Doña Blanca se hizo al punto cargo de todo esto. Conocía tan bien á
aquel hombre, que no necesitaba á veces oirle hablar para penetrar sus
intenciones y sus sentimientos. Doña Blanca comprendió que lo menos malo
era oirle; que no podía echarle, sin exponerse á dar el mayor de los
escándalos. No quiso, sin embargo, aparecer desde luego resignada. Se
alzó de su asiento, y antes de que el Comendador hablase, le dijo:
--Váyase V., D. Fadrique, váyase V. ¿Qué palabras, qué explicaciones
pueden mediar entre nosotros, que no produzcan una tempestad, sobre todo
si nos hablamos sin testigos? ¿Para qué me busca V.? ¿Para qué me
provoca? No podemos hablarnos; apenas si podemos mirarnos sin herirnos
de muerte. ¿Es V. tan cruel, que desea matarme?
--Señora --contestó el Comendador:-- si no creyese que cumplo un deber
imperioso viniendo hasta aquí, no hubiera venido. Cuando penetro
furtivamente en esta sala, es porque tengo razones suficientes para
ello.
--¿Qué razones alega V. para venir á turbar mi reposo?
--El interés que me inspira un ser á quien me une estrechísimo lazo.
--Muy disimulado, muy oculto ha tenido V. ese interés durante diez y
seis años. No se ha acordado V. de ese ser hasta que por casualidad ha
tropezado con él en su camino. Ha sido menester que salga V. de paseo
con una sobrina suya, y que esta sobrina tenga una amiga, y que esta
amiga vaya con ella, para que el amor paternal, que vivía latente y ni
siquiera sospechado allá en las profundidades de su magnánimo corazón,
se revele de pronto y dé gallarda y briosa muestra de sí. Si el acaso no
nos hubiese traído á vivir en la misma población, ó si Clara no hubiese
sido amiga de Lucía, aunque en la misma población viviésemos, su
interés de V., su amor paternal, sus deberes imperiosos, confiéselo V.,
dormirían tranquilos en el fondo de esa envidiable y harto cómoda
conciencia.
--Justo es que me moteje V. No debo defenderme. Confieso mi culpa. Voy,
con todo, á tratar de explicarla y de atenuarla. Yo no podía sospechar
que al lado de V., bajo el amparo de una madre cariñosa, corriese mi
hija ningún peligro, hallase motivo para ser desventurada.
--Su desventura no proviene de mí solamente. Su desventura proviene del
pecado en que fué concebida, y del cual ni V. ni yo, que somos los
pecadores, podemos salvarla ni redimirla.
--Ella no es responsable: nadie es responsable de faltas que no comete.
Esa transmisión es un absurdo. Es una blasfemia contra la soberana
justicia y la bondad del Eterno.
--No llevemos la conversación por ese camino, Sr. D. Fadrique. Si á V.
le parece blasfemia lo que yo creo, impiedad y blasfemia me parece á mí
cuanto V. dice y piensa. ¿Á qué, pues, hablar conmigo de Dios? Deje V. á
Dios tranquilo, si por dicha cree en Él, allá á su modo. La desventura
de mi hija, llámela V. fatal, llámela como guste, procede de su
nacimiento. Pues qué, ¿no ha reconocido V. mismo esa desventura, al
querer librar de ella á mi hija, haciendo un gran sacrificio, que yo le
agradezco, pero que juzgo ya inútil?
--Alguna verdad hay en lo que V. dice. Yo reconozco que Clara, sin
culpa, estaba condenada por la suerte ó á sacrificarse ó á ser una
usurpadora indigna.
--Estamos de acuerdo, salvo que donde V. dice por la suerte, digo yo por
el pecado, y no por el pecado de ella, sino por el pecado de otros. Esto
es inicuo para V., que no acata los inescrutables designios de la
Providencia. Esto es solo misterioso para mí. Por eso es lo mejor no
tocar tales cuestiones. Hablemos de aquello en que convenimos.
Convenimos en que Clara estaba, sin culpa suya, condenada á una pena.
--Convenimos; pero convenga V. también en que yo la he libertado.
--Si la ha libertado V., habrá sido por una serie de casos fortuitos:
porque vió V. á Clara y la reconoció; porque Clara es bonita, ya que, si
hubiera sido fea, no se hubiera V. entusiasmado tanto, ni la vanidad de
padre hubiera provocado con ímpetu el amor de padre, y porque, en suma,
tiene usted bastante dinero que dar, y halla V. un hidalgo con bastante
poca vergüenza para tomarle sin motivo justificado.
--Á mi vez suplico yo también á V. que no entremos en cuestiones
inútiles. Yo no he venido aquí á discretear ni á filosofar.
--Yo no discreteo ni filósofo. Digo lo que es cierto. El pecado no fué
un acaso; no fué algo independiente de nuestro libre albedrío. El que
usted haya encontrado á Clara; el que ella sea bonita, por donde juzga
V. que no debe casarse con D. Casimiro ni ser monja, y el que tenga V.
más de cuatro millones, no son cosas que de su voluntad de V. han
dependido. Para V. son casuales, aunque por Dios estuviesen previstas y
preparadas, como lo está cuanto ocurre en el universo.
--Vamos, señora, no apure V. mi paciencia. Tan casual será todo eso,
como el haber yo encontrado á V. en Lima, el que fuese V. bonita y el
que yo no fuese un monstruo de feo. Lo que no fué casual, sino
voluntario, fué la caída; pero tampoco es casual, sino voluntario, el
rescate. Será casual, no dependerá de mi voluntad el tener cuatro
millones; pero es voluntario, es mi voluntad misma el darlos. Clara, no
por casualidad, sino por un acto libre, está ya rescatada del
cautiverio, al cual, según V. juzga, y no sin razón, se hallaba sometida
por otro acto, que no supongo que considere V. más voluntario, más
reflexionado, más meditado y más deliberado con perfecta claridad en la
conciencia.
Hasta este punto el diálogo había sido de pie. Doña Blanca ni se sentaba
ni ofrecía asiento al Comendador. Éste, después de un momento de pausa,
porque Doña Blanca no respondió al punto á su último razonamiento, dijo
con serenidad:
--Mire V., señora: yo no quiero que disertemos ni que divaguemos.
Tengo, no obstante, mucho que hablar; y para que la conferencia sea
breve, importa proceder sin desorden. El desorden no se evita sino con
la comodidad y el reposo. ¿No le parece á V., pues, que sería bueno que
nos sentásemos?
Doña Blanca siguió silenciosa, lanzó una mirada al Comendador, entre
iracunda y despreciativa, y se dejó caer de nuevo en el sillón, como
aplanada. Entonces se sentó el Comendador en una silla, y prosiguió
hablando.
--Mi resolución --dijo,-- es irrevocable. Sea por lo que sea: por un
capricho, porque Clara es bonita, porque he tropezado con ella
casualmente en mi camino, por lo que á V. se le antoje, yo la he
rescatado. Todo lo que herede ella por muerte de su marido de V. lo
gozará ya, con años de anticipación, el que debiera heredarle, si Clara
no viviese. Viva, pues, Clara. Vengo á pedir á V. su vida.
--Á lo que viene V. es á insultarme. ¿Mato yo acaso á Clara?
--Lejos de mí el propósito de insultar á V. Sin querer, podría V. acaso
matar á Clara, y esto es lo que vengo á evitar. Para ello estoy resuelto
á apelar á todos los medios.
--¿Me amenaza V.?
--No amenazo. Declaro mi pensamiento sin rebozo.
--¿Y qué me toca hacer, según V., para evitar que Clara muera?
--Disuadirla de que sea monja.
--Eso es imposible. Yo no creo que entrar monja sea morir, sino seguir
la mejor vida.
--Ya he dicho que no discuto, ni trato de teologías con V. Concedo,
pues, que la vida del claustro es la mejor vida; pero es cuando hay
vocación para seguirla; cuando no se va al claustro desesperada, casi
loca, llena de desatinados terrores.
--Vuelvo á repetir á V. que me deje, Sr. D. Fadrique. ¿Para qué hablar?
Nos atormentaremos y no nos entenderemos. Usted llama terrores
desatinados al santo temor de Dios, desesperación al menosprecio del
mundo, y locura á la humildad cristiana y al recelo de caer en tentación
y de faltar á los deberes. Usted considera muerte la vida que en este
mundo se asemeja más al vivir de los ángeles. ¿Cómo, pues, hemos de
entendernos? Usted me honra más de lo que merezco, pensando que me
acusa, al suponer que yo he inspirado á mi hija tales ideas y tales
sentimientos.
--Por amor del cielo, mi señora Doña Blanca, yo no sé por quién conjurar
á V., en nombre de quién suplicarle, que no involucre las cosas, que no
me oiga con prevención, que atienda al bien de su hija, y que no dude
de que yo vengo aquí, la molesto con mi presencia y la mortifico con mis
palabras, sin prevención también, y sólo por el deseo de ese bien
impulsado. ¿Cómo he de condenar yo el santo temor de Dios, el
menosprecio del mundo, si es razonable, y la humildad cristiana, que nos
lleva á desconfiar de nuestra flaca y pecadora naturaleza? Lo que yo
condeno es el delirio. Concedería que Clara tomase el velo aun cuando no
le tomase después de pensarlo reflexivamente; aun cuando lo tomase por
un rapto fervoroso de devoción; pero lo que no concedo, lo que no
consiento es que le tome en un arrebato de desesperación. Sería un
suicidio abominable y sacrilego.
--¿Y de dónde infiere V. que Clara está desesperada? ¿Quién se lo ha
dicho á V.? ¿Qué motivos tiene ella para desesperarse?
--Nadie me lo ha dicho. Basta mirar á Clara para conocerlo. Usted misma
lo conoce. No disimule V. que lo conoce. Si no temiese V. hasta por su
vida corporal, ¿no hubiera ya dejado que entrase en el convento? Al
darle ahora la libertad que le da, ¿no lo hace V. excitada por el deseo
de que su salud se mejore? En cuanto á los motivos de su desesperación,
concretamente yo los ignoro; pero los percibo de cierta manera confusa.
Usted la ha hecho dudar de sí más de lo que debiera: sin prever un
resultado tan funesto, ha infundido V. en su espíritu que está
predestinada á pecar si no busca asilo al pie de los altares. En suma,
V. la ha envenenado con tal desconfianza, que ella, al sentir los
latidos de su corazón juvenil y la lozanía de la vida en su verde
primavera; al ver el fuego, si puro, ardiente de sus ojos; al oir la voz
de la naturaleza, que la incita á que ame; al soñar acaso con lícitas
venturas, logradas en este mundo al lado de un ser de su misma humana
condición, se ha figurado que era presa de impuras pasiones, se ha
creído perseguida por los monstruos del infierno, y para no ser ella un
monstruo, ha querido refugiarse en el santuario.
--Demos que todo eso sea exacto --replicó imperturbable Doña Blanca.--
Demos que los hechos son los mismos para V. y para mí. La diferencia
subsistirá siempre en la manera de apreciarlos. Si Clara se va al
claustro, no ya por puro amor de Dios, sino por temor de ofenderle, por
considerarse sobrado frágil para resistir las tempestades del mundo y
por miedo de sí misma y del infierno, Clara, á mi ver, no desatina:
Clara procede con recto juicio y consumada prudencia. Los motivos de su
vocación para la vida religiosa, si no son los más elevados, son buenos.
Lejos de mí el tratar de disuadirla, aunque pudiese. Á fin de que goce
Clara una efímera é incierta dicha en la tierra, no he de oponerme yo á
que tome el camino que más derechamente pueda llevarla al cielo. No por
dar gusto á V. he de aconsejar yo á Clara, cuando la nave de su vida va
á entrar ya en el puerto segurísimo y abrigado, que vuelva la proa y que
se engolfe en el piélago borrascoso, donde puede zozobrar y hundirse con
eterno hundimiento.
--Sí --interrumpió el Comendador, harto ya,--lo mejor es que se muera
para que se salve.
--¿Y cómo negarlo? --respondió fuera de sí Doña Blanca.-- Más vale morir
que pecar. Si ha de vivir para ser pecadora, para su eterna condenación,
para su vergüenza y su oprobio, que muera. ¡Llévatela, Dios mío! Así me
hubiera muerto yo. ¡Cuánto más me valiera no haber nacido!
--Los mismos furores de siempre. Está V. como atormentada de un espíritu
maligno. Yo me lo sabía. Yo tengo la culpa de todo. Yo hubiera debido
robar á mi hija de la casa de V., y criarla conmigo, y hacerla dichosa,
y darle mi nombre.
--Bendito sea Dios porque no ha sido así. ¡Criada mi hija por un impío!
¿Qué hubiera sido de ella? ¡Debe de ser repugnante una mujer sin
religión!
-No sé lo que será una mujer sin religión, ni hubiera sido mi propósito
que mi hija no la tuviera. Lo que sé es que una mujer exaltada por el
fanatismo religioso puede hacerse insufrible.
--¡Qué feliz sería yo si tal hubiera aparecido á los ojos de V. desde
el principio! ¡Cuántos males se hubieran evitado! Pero V. pensaba
entonces de otra manera, y me persiguió con constancia, me pretendió con
terquedad, y no hubo medio de seducción, ni mentira, ni engaño, ni
blandura de regaladas palabras, ni encarecimiento de amante que muere de
amor, ni promesa de darme toda el alma, que V. no emplease para vencer
mi honrado desvío. Llegó V. á alucinarme hasta el extremo de anhelar yo
perderme por salvar á V. ¡Aquél sí que fué delirio! ¿Pues no llegué á
soñar con que, cayendo yo, iba á ganar su alma de V. y á sacarla de la
impiedad en que estaba sumida? ¿Pues no me desvanecí hasta el punto de
creer que, incurriendo con V. en el pecado, había de levantarle y
traerle luego conmigo en la purificación y en la penitencia? ¿De qué
artificios no se vale el demonio para envolvernos en sus redes? Yo
estaba ciega. Creí ver en V. un hombre extraviado que me enamoraba, que
estaba prendado de mí, á quien por amor mío iba yo á cautivar el alma,
haciéndola capaz de más altos amores. No advertí que ni siquiera era V.
capaz del bajo y criminal amor de la tierra. Usted buscaba sólo la
satisfacción de un capricho, un goce fácil, un triunfo de amor propio.
V. creyó que, una vez vencido mi desvío, que después de un instante de
pasión y de abandono, todo sería paz, todo lo olvidaría yo por V., para
que V. me hallase siempre sumisa, alegre, con la risa en los labios. V.
imaginó que yo iba á matar en mi alma todo remordimiento, toda
vergüenza, toda idea del deber á que había faltado, todo temor de Dios,
todo respeto á mi honra, todo sentimiento amargo de su pérdida, todo
miedo á las penas del infierno, todo aguijón en la conciencia. Se
equivocó V., y por eso le parecí insufrible. Era V. dueño de mi alma;
pero, así como en tierra de valientes y generosos, que jamás olvidan lo
que deben á su patria, sólo posee el feroz conquistador la tierra que
pisa, así V. no me poseía sino cuando hasta de mí misma me olvidaba.
Cuando no, me alzaba yo contra V., trataba de limpiar mi culpa con la
penitencia, y luchaba siempre por libertarme. ¿Cuánto, no obstante,
hubiera debido enorgullecer á V. cada una de sus victorias, aun siendo
impío, si hubiera V. acertado á comprender la grandeza sublime y
tempestuosa de las grandes pasiones? Horribles eran aquellas frecuentes
luchas; pero V., cuando triunfaba, triunfaba, no sólo de mí, sino de los
ángeles que me asistían; de mi fe profunda; del cielo, á quien yo
invocaba; del principio del honor arraigado en mi alma, y de mi
conciencia acusadora y severa contra mí misma. V., que sólo buscaba
alegría y deleite, se fatigó de luchar. Así me liberté del cautiverio
infame. Alabado sea Dios, que lo dispuso. Alabado sea Dios, que ha
castigado después tan justamente mi culpa; pero, se lo confieso á V.,
el castigo que más me ha dolido siempre, el que más me duele todavía, es
el tener que despreciar al hombre que he amado. Ya lo sabe V. Usted me
halla insufrible: yo le hallo á V. despreciable. Váyase de aquí. Salga
de aquí, ó haré que le echen. ¿Quiere V. delatarme? ¿Quiere V.
declararme culpada? Hágalo. No temo ya desventura ni humillación, por
grande que sea. Sépalo V. de una vez para siempre: me alegro de que
Clara entre en un convento. No seré tan vil, que por miedo de V. falte á
mi deber inculcándole lo contrario. Ahora, márchese; salga de mi casa;
déjeme tranquila.
Doña Blanca, puesta de pie otra vez, con ademán imperioso, señalando la
puerta con la mano, expulsaba al Comendador. ¿Qué había de hacer, qué
había de contestar éste? Doña Blanca pareció frenética á los ojos del
Comendador, lleno de piedad y casi de susto. Temió ser cruel y mal
caballero si respondía. Guardó silencio. Vió el asunto perdido, al menos
por aquel lado, y no quiso prolongar más el doble martirio.
Don Fadrique inclinó la cabeza y salió de la sala harto apesadumbrado.
Apenas se vió en la antesala, bajó la escalera, abrió la puerta del
zaguán y se lanzó á la calle, respirando con delicia el ambiente, como
quien se está ahogando y logra sacar la cabeza del agua en que se
hallaba sumergido.