Clara había vuelto á salir de paseo con Lucía y acompañada del
Comendador y de Doña Antonia; pero Clara estaba cambiada.
Su palidez y su debilidad eran para inspirar serios temores. Su
distracción continua asustaba también al Comendador. Cuando éste le
dirigía la palabra, Clara se estremecía como si la sacasen de un sueño,
como si cortasen el vuelo remontado de su espíritu y le hiciesen caer de
pronto del cielo á la tierra, á modo de pajarillo herido por el plomo
allá en lo sumo del aire.
Á pesar de la benignidad y dulce condición de Clara, D. Fadrique
advertía con pena que aquella linda criatura esquivaba su conversación;
casi no le respondía sino con monosílabos, y hasta procuraba que él no
le hablase.
Con Lucía era Clara más expansiva, y Lucía seguía siéndolo siempre con
el Comendador. Por medio, pues, de Lucía penetraba aún el Comendador en
el espíritu de aquel ser querido y comunicaba algo con él.
Las nuevas que Lucía le daba eran en substancia siempre las mismas, si
bien más inquietantes cada vez.
--No lo comprendo, tío --decía Lucía,-- pero á veces me doy á cavilar
que á Clara le han dado un bebedizo. ¡Tiene unos terrores tan
inmotivados! ¡Siente unos remordimientos tan fuera de razón!... No sé
qué sea ello. Doña Blanca le ha puesto tan feroces escrúpulos en el
alma, le ha hecho recelar tanto de su apasionada natural condición...
que la infeliz se cree un monstruo, y es un ángel. Tal vez imagina que
la persiguen las furias del infierno, los enemigos del alma, una legión
entera de diablos, y entonces no se considera en salvo sino acogiéndose
al pie del altar. Es menester que avisemos á D. Carlos que venga pronto,
á ver si liberta á Clara de este género de locura.
El Comendador y Lucía escribieron con la misma fecha á D. Carlos de
Atienza, participándole la novedad de la despedida de D. Casimiro, de la
resolución de Clara de retirarse á un convento y del estado poco
satisfactorio de su salud. Don Carlos partió desatentado de Sevilla, y
estuvo en la ciudad á poco.
Con el mismo recato y disimulo de siempre Don Carlos volvió á ver á
Clara en los paseos que ésta daba con Lucía; pero la delicada salud de
Clara le llenó de desconsuelo. Y más aún, si cabe, le atormentó y
afligió el ver á Clara esquiva, tímida como nunca, apartándose de él y
no queriendo apenas hablarle, aunque mirándole á veces con involuntarias
amorosas miradas, que se conocía que ella dejaba escapar á su despecho,
y con las cuales, más que amor, reclamaba piedad, conmiseración y hasta
perdón por su inconsecuencia de dejarle, de haber alentado sus
esperanzas, y de matarlas ahora entrando en el claustro.
La desesperación de D. Carlos de Atienza llegó á su colmo. Con no poca
amargura echaba la culpa de todo al Comendador.
--Para esto --decía-- me obligó V. á que me ausentase. En esto han
parado las promesas de arreglarlo todo en menos de un mes: en que Clara
se me esté muriendo, y en que además haya dejado de amarme y quiera ser
monja; en que acabe por tomar el velo... y luego la mortaja. Pero yo me
moriré también. Yo no quiero sobrevivir. Me mataré si no me muero.
El Comendador no sabía qué responder á tales quejas. Procuraba consolar
á D. Carlos, que le juzgaba indiferente y extraño; que ignoraba que él
tenía mayor necesidad de consuelo.
Iba D. Fadrique á buscarle en el P. Jacinto. Iba asimismo á buscar en él
alguna luz sobre aquel misterio; pero ¡caso extraño! el P. Jacinto, todo
franqueza y jovialidad antes, se había vuelto muy grave, muy misterioso
y muy callado.
Don Fadrique entrevía, no obstante, que el padre Jacinto aprobaba la
resolución de Clara de ser monja. Esto le ponía fuera de sí, y á veces
estaba á punto de romper con el P. Jacinto y de mirarle como á amigo
desleal ó como á fanático sin entrañas.
Con todo, en medio de sus tribulaciones el Comendador se reportaba y no
perdía la calma. Había tomado sus medidas. Su conducta estaba prescrita
y determinada con firmeza, y aguardaba sereno el resultado.
Este no tardó mucho en venir.
Era muy de mañana cuando trajo un criado desde Villabermeja una carta
para D. Fadrique. Don Fadrique la leyó rápidamente, estando en la cama
aún. Se levantó á escape, se vistió y se fué al convento de Santo
Domingo en busca de su maestro.
El padre acababa de levantarse y recibió á Don Fadrique en su celda.
Sentados ambos, como en la otra celda de Villabermeja, hablaron de este
modo.