El destino de D. Casimiro es el más extraño y caprichoso entre los de
cuantos personajes figuran en esta historia. En el tejido de su vida
había puesto él un orden envidiable y gastado poquísimo. Así es que, por
más que D. Casimiro distase mucho de ser un águila en nada, había
atinado á darse tan buena traza con economía y juicio, que era un señor
acaudalado para lo que entonces se usaba en Villabermeja. Esto se lo
debía á sí mismo, y de ello podía estar con razón y estaba orgulloso. Lo
que debió á la casualidad, á un conjunto de hechos para él
inexplicables, fué el momentáneo encumbramiento á novio de su linda y
rica sobrina la señorita Doña Clara.
Con cincuenta y seis años de edad, no pocos padecimientos y la facha que
ya hemos descrito, don Casimiro mismo, á pesar de su amor propio, que no
era flojo, había hallado, allá en el centro de su conciencia, un si es
no es inverosímil que le quisiesen casar con aquel pimpollo. El amor
propio, no obstante, es ingeniosísimo, estando casi siempre su ingenio
en razón inversa del ingenio de las personas; por donde D. Casimiro
imaginó pronto que en su alma había de haber tan escondidos tesoros de
bondad y de belleza, y que en sus modales y porte habían de transcender
tal distinción hidalga y tal elegancia ingénita, que, descubierto todo
por los ojos zahoríes de Doña Blanca, bastó y sobró para que ella
ansiase tener á D. Casimiro por yerno. Don Casimiro, pues, desde que
empezó á ser novio de Clara, se puso más orondo y satisfecho que antes.
Terrible fué el desengaño cuando Doña Blanca le despidió. El enojo
interior de D. Casimiro no fué menos terrible; pero él era encogido y
muy torpe para expresarse; Doña Blanca hablaba bien y con autoridad é
imperio, y el Sr. D. Casimiro se tragó su enojo, y recibió los
pasaportes, hecho manso cordero.
Como sucede á todas las personas débiles y soberbias á la par, la ira de
D. Casimiro se fué aglomerando después y poco á poco en el corazón,
cuando se detuvo á considerar el chasco que se le daba y el desaire
grandísimo que se le hacía.
Cierto que el rival por quien Clara le dejaba era Dios mismo; pero D.
Casimiro no se aplacaba con esto.
--¿Si querrá ser monja --decía,-- para no casarse conmigo? Valiera más
haberlo pensado con tiempo y no ponerme en ridículo ahora. Sin duda que
para mí es menos cruel que me deje por tan santo motivo que no que me
deje para casarse con otro mortal. Yo no hubiera consentido esto último.
Nos hubieran oído los sordos. Yo hubiera tenido un lance con mi rival.
Pero ¿contra Dios qué he de hacer?
Don Casimiro se consolaba algo con la imposibilidad de tener un lance
con Dios, y hasta con la obligación piadosa en que se veía de
resignarse.
Su encono contra Doña Blanca y contra Clarita no se mitigaba, á pesar de
todo. No había quedado perro ni gato, en diez leguas á la redonda, á
quien D. Casimiro no hubiera dado parte de su ventura. Ahora, su caída y
su desventura debían de ser é iban siendo no menos sonadas, y, por
desgracia, harto más aplaudidas.
La vanidad del hidalgo bermejino recibía desaforados golpes. Pero ¿cómo
vengarse?
--La venganza es el placer de los dioses --exclamaba á sus solas el
dichoso hidalgo;-- pero decididamente yo no soy un dios. ¿Qué me
conviene hacer? Es refrán frailuno, y muy discreto, que _la injuria que
no ha de ser bien vengada ha de ser bien disimulada_. Disimulemos pues.
También hay otro refrán que reza: _Cachaza y mala intención_. Sigamos lo
que prescriben dichos refranes. Lo primero que me importa es dejar ver
que no me afligen los desdenes de Clarita. Si ella no me quiere, otra
que vale tanto como ella, más que ella, estoy seguro de que me querrá.
Voy á volver á pretender á Nicolasa. No es rica, pero es mejor moza que
Clarita.
Sin desistir, por consiguiente, de vengarse si se presentaba ocasión
cómoda para ello, D. Casimiro resolvió enamorar estrepitosamente á
Nicolasa, esperando que así daría picón á la futura carmelita, ó
probaría al menos que tenía por amiga una mujer de mucho mérito.
Nicolasa, en efecto, lo era. Hija del tío Gorico y de su primera mujer,
alcanzaba fama en casi toda la provincia por su singular hermosura,
discreción y rumbo. Caballeros, ricos hacendados y hasta usías ó señores
de título, menos comunes entonces que ahora, habían suspirado en balde
por Nicolasa, la cual, con modesta dignidad, había respondido siempre en
prosa aquello que dice en verso cierta dama de una antigua comedia nada
menos que al Rey:
Para vuestra dama, mucho;
Para vuestra esposa, poco.
Nicolasa excitaba y provocaba con sus risas, con sus ojeadas lánguidas y
con su libertad y desenvoltura. Los hombres se prendaban de ella, la
perseguían y se llenaban de esperanzas; pero, no bien querían
propasarse para que se lograsen, Nicolasa se revestía de gravedad y
entono, propios de la mejor heroína de Calderón, hablaba de la
inestimable joya de su castidad y limpísima honra, y ponía á raya todo
atrevimiento, todo desmán y todo propósito amoroso algo positivo que no
llevasen por delante al padre cura.
Nicolasa había heredado de su madre ciertas prendas que valen más que
los bienes de fortuna, porque los conservan, si los hay, y suelen
proporcionarlos, si no los hay. Tenía don de mando y don de gentes,
extraordinaria energía de voluntad y perseverancia en sus planes. Se
había propuesto ó ser una señorona principal ó quedarse para vestir
imágenes, y, sirviéndole esto de pauta, ajustaba á ella todos los actos
de su vida.
Aunque el tío Gorico había contraído segundas nupcias, y Nicolasa tuvo
madrastra en vez de madre casi desde la infancia, lejos de contribuir
esto á que se criase con menos mimo, había ocasionado lo contrario. La
madre de Nicolasa había sido tremenda, dominante, feroz: una Doña Blanca
á lo rústico; mientras que Juana, la segunda mujer del tío Gorico, era
la propia dulzura, sometida siempre á su marido, quien á su vez no hacía
más que lo que á Nicolasa se le ocurría. Nicolasa lo podía y mandaba
todo en casa de su padre, menos impedir que el tío Gorico dejase de
beber bebida blanca.
Los preliminares amorosos de Nicolasa, que estaba entre los veinte y
los treinta años de su edad, habían sido ya innumerables. Todos sus
amores habían muerto al nacer. Á los pretendientes encopetados los había
Nicolasa despedido, apelando al cura. Á los pretendientes de su clase
los había desdeñado cuando ya llegaban á lo serio y hablaban del cura
ellos mismos.
Nicolasa, no obstante, como todas las mujeres frías, pensadoras y
traviesas, había sabido retener en sus redes, en este crepúsculo de
amor, que califican de platónico, á varios suspiradores perpetuos, de
los que llaman en Italia _patitos_. Uno, sobre todo, pudiera servir de
ejemplo portentoso por su pertinacia, resignación y fervor en las
incesantes adoraciones. Tal era el hijo del maestro herrador, Tomasuelo.
Desde los diez y siete hasta los veinticinco años que ya tenía, estaba
como en cautiverio agridulce. Jamás Nicolasa le dijo que le amaba de
amor, y jamás le quitó la esperanza de que tal vez un día podría amarle.
En cambio, le declaraba de continuo que le amaba más de amistad que á
ningún otro ser humano; y cuando le declaraba esto, se le veía al chico
hasta la última muela, sentía una beatitud soberana, y daba por bien
empleados sus, para otras cosas, inútiles y perennes suspiros.
Y no se crea que Tomasuelo era canijo, ruín y tonto. Tomasuelo era
listo, despejado y fuerte: el mozo más guapo del lugar; pero Nicolasa le
había hechizado. Con un rayo de luz de sus ojos podía darle una dosis de
aparente bienaventuranza que le durase una semana. Con una palabra sola
podía hacerle llorar como si fuese un niño de cuatro años.
Las cadenas en que Tomasuelo gemía y gozaba á la vez de verse cautivo,
estaban suavizadas para el mozo, y en cierto modo justificadas para el
público, con notable habilidad y profundo instinto. Tomasuelo podía
entrar cuando se le antojase en casa del tío Gorico, ver á Nicolasa,
requebrarla, mirarla con amor, acompañarla cuando salía; en suma,
servirla y cuidarla, sin que nadie fuese osado á censurar lo más mínimo.
Aunque entre Nicolasa y el hijo del herrador no había el más remoto
grado de parentesco, Nicolasa había preconizado á Tomasuelo por su
hermano. Dios naturalmente no le había dado objeto en quien poner amor
fraternal; pero ella, que sentía con viveza y hondura este amor, se
proporcionó á Tomasuelo para consagrársele. Con frases sencillas y con
ánimo imperturbable, Nicolasa explicaba de esta manera sus extrañas
relaciones con Tomasuelo; y como Tomasuelo hacía gala de su adoración
espiritual y se lamentaba resignado de no ser querido de otra suerte,
todos en el lugar, lejos de censurar, se maravillaban de aquel purísimo
y angélico lazo que estrechaba así dos almas.
Cuanto pretendiente se acercaba á Nicolasa era respetado por Tomasuelo,
quien no le ponía el menor estorbo, durante los preliminares y
coqueteos; pero si más tarde se extralimitaba y dejaba ver que venía con
mal fin, ya podía temer el enojo y las pesadas manos de aquel hermano
adoptivo, celoso de la honra de su familia. Asimismo Tomasuelo se ponía
zahareño y poco agradable en su trato con todo aquel rival que por
cualquier causa era despedido definitivamente y seguía importunando.
Don Casimiro había estado, antes del noviazgo con Clara, en un largo
período de coqueteo con Nicolasa, la cual, con exquisita circunspección,
había sabido ir templando y moderando la máquina de los efectos, á fin
de no precipitar al hidalgo en declaraciones y demostraciones tales, que
no tuviesen ya más salida que la de ponerle en la disyuntiva de prometer
boda ó de abandonar la empresa. Gracias á esta conducta, que pasa de
hábil y raya en primorosa, D. Casimiro no había sido despedido; sus
amores con Nicolasa habían sido como aurora, como amanecer poético de un
día, que no llegó por haberse interpuesto el compromiso con Clarita.
Roto ya este compromiso, don Casimiro pudo volver, previo el perdón de
su inconsecuencia, pedido con humildad y concedido magnánimamente, al
mismo punto en que lo había dejado: al amanecer, á la aurora.
Las cosas estaban dispuestas con tal arte, que en lugar de escamarse un
pretendiente con Tomasuelo, lo primero que tenía que hacer era como
impetrar el beneplácito de aquel espiritual hermano, tan celoso,
vigilante é interesado en el bien de su hermanita. D. Casimiro obtuvo la
confianza y venia de Tomasuelo, y lo consideró buena señal.
Abandonada la ciudad, y vuelto D. Casimiro á reales de Villabermeja, se
puso á galantear á Nicolasa con la imprudencia y el ímpetu del
despechado. Ella era harto discreta para no conocer que entonces ó
nunca: que la fortuna le presentaba el copete y que importaba asirle. D.
Casimiro buscaba en Nicolasa refugio y compensación contra el desdén de
Clarita. D. Casimiro estaba en su poder.
Nicolasa provocó la declaración seria y definitiva. Hecha ésta, planteó
los dos términos del fatal dilema: ó promesa formal de casamiento, ó
despedida y nuevas calabazas ruidosas. D. Casimiro no pudo resistir y
prometió casarse.
Espantoso día de prueba fué aquel en que supo este triunfo el platónico
Tomasuelo. Hasta entonces no había tenido rival que fuese más dichoso
que él. Ya le tenía. La amargura de los celos le acibaró el corazón;
las lágrimas brotaron en abundancia de sus ojos.
Cuando vió á solas á Nicolasa, con los ojos encarnados de llorar y con
voz trémula le dijo:
--¿Conque cedes al amor de D. Casimiro? ¿Conque vas á casarte? ¿Conque
me matas?
--Calla, tontito mío, contestó ella.--¿Á qué vienen esas quejas? ¿Te he
engañado yo jamás?
--No; no me has engañado.
--¿Querías que dejase pasar tan buena proporción de ser señora principal
y millonada? ¿Tan mal me quieres, egoísta?
--No porque te quiero mal, sino porque te quiero á manta, lo siento y lo
lloro.
Y Tomasuelo lloraba en efecto.
--Anda, no llores, majadero. ¡Si vieses qué feo te pones! ¿Quién ha
visto llorar á un hombrón como un castillo?
--Pero ¡si no puedo remediarlo!
--Sí puedes; haz un esfuerzo, ten valor y sosiégate. Ten en cuenta que,
de aquí adelante, no sólo hallarás en mí á una hermana, sino á una
madrina y á una protectora muy pudiente.
--¿Y á mí qué se me da todo eso? Nada. Lo que yo codiciaba era tu
cariño.
--Y no lo tienes como antes, ingrato? Pues qué, ¿los buenos hermanitos
dejan de amarse aunque se case uno de ellos?
--No seas tramayona, no me aturrulles. Ya sabes tú que la ley que yo te
tengo no puede sufrir...
--Vamos, vamos; déjate de niñerías. ¿Quién crees tú que ocupa y llena el
lugar más bonito, principal y escondido de mi corazón? Tú. Mi alma es
tuya. Te la dí toda con el amor que en ella se cría; con afecto de
hermana. ¿Qué sombra puede hacerte que sea yo la mujer legítima de D.
Casimiro? ¿Por eso hemos de dejar de querernos como hasta aquí, más que
hasta aquí? Nos querremos cuanto tú quieras y cuanto sea posible
quererse, sin ofender á Dios. ¿Supongo que tú no querrás ofender á Dios?
Contesta.
--No, mujer; ¿cómo he de querer yo ofender á Dios? Pues qué, ¿no soy
buen cristiano?
--Lo eres. Es una de las partes que más aprecio en tí. Por eso confío en
que pienses que voy á ser esposa de otro y no desees nada. Sólo el deseo
es ya pecado. Acuérdate de los mandamientos.
--Oye, ¿y está en mi poder no desear?
--Sí. Cállate; no digas nada á nadie, ni á tí mismo, cuando desees, y el
silencio matará el deseo.
--Me matará á mí antes.
Tomasuelo lloró más fuerte que nunca. Las lágrimas caían á modo de
lluvia, acompañadas por tempestad de sollozos.
--¡Por vida de los hombres endebles! --exclamó Nicolasa.-- ¿Qué locura
es ésta? Cálmate, por Dios y ten pecho ancho.
Nicolasa, con suma blandura, enjugó las lágrimas del mozo con el propio
pañuelo de ella; luego le dió tres ó cuatro palmaditas en el grueso y
robusto cogote; luego le hizo unas cuantas muecas como remedando la
desconsolada cara que ponía, y, por último, le pegó un afectuoso y
archi-familiar tirón de las narices.
Tomasuelo no supo resistir á tanto favor y regalo. Como rayos de sol
entre nubes, la alegría y la satisfacción aparecieron en sus ojos á
través de las lágrimas. La boca de Tomasuelo se abrió, enseñando la
blanca, completa y sana dentadura. No pudo sonreír, porque se quedó
boquiabierto y como traspuesto.
Nicolasa entonces repitió los cogotazos; añadió al tirón de las narices
unos cuantos tirones de las orejas, y Tomasuelo pensó que se le llevaban
al paraíso y que era el más feliz de los mortales.
En esta situación de ánimo convino en que Nicolasa debía casarse con D.
Casimiro; en que él debía seguir siendo su hermano, sin pensar, ó sin
decir al menos que pensaba en otra cosa; y concibió con claridad, más
que por el discurso y las razones, por los blandos cogotazos y por los
tirones de orejas, toda la suavidad, hechizo, consistencia y deleite del
amor espiritual que á Nicolasa le ligaba.
Así venció Nicolasa los obstáculos todos y aseguró su proyectada boda
con D. Casimiro.
La fama difundió al punto la noticia por toda Villabermeja; salvó luego
su término y la llevó á la ciudad, y á los oídos del Comendador, de su
familia y de los señores de Solís.
El Comendador había sido visitado por D. Casimiro y le había pagado la
visita. No se habían hallado en casa y no se habían visto. La frialdad
de sus relaciones no hacía necesario más frecuente trato.
No bien supo el Comendador el resuelto proyecto de boda entre D.
Casimiro y Nicolasa, fué á Villabermeja; visitó á la chacha Ramoncica y
tuvo una larga conferencia con ella, de cuyo objeto se enterará más
tarde el curioso lector. Después de esto se volvió á la ciudad D.
Fadrique.