La señorita Guichard empacaba á pensar seriamente que Mauricio estaba

resuelto y no volvería y esto la agradaba en extremo, porque era la

separación y el divorcio asegurados. Le pareció que seria buena política

redoblar su cariño por la joven y mostrarle alguna confianza. Sin

aflojar la vigilancia exterior, dejó á la joven algo más libre en el

parque. La invitó á que se paseara, diciendo:

--Toma el aire, anda. De otro modo caerás enferma, y ¿qué dirá tu marido

cuando se decida á venir?

Herminia no respondió y sonrió tristemente.

Hacia cerca de una semana que estaban en Rouxmesnil, cuando una tarde,

en que se paseaba á lo largo de un foso que daba sobre la llanura, la

joven vió al pasar, echado en un campo de trigo, un hombre de blusa, con

el sombrero apabullado, que dormía á pierna suelta, á consecuencia, sin

duda, de algunas copas de aguardiente. Iba á pasar con alguna

repugnancia, cuando el borracho se volvió lentamente de lado, levantó el

brazo que le ocultaba la cara y debajo de aquellos sórdidos harapos y en

aquel hombre echado en el polvo, Herminia reconoció con estupor al señor

Roussel, que la dijo en voz baja:

--¿Está usted sola?

Ella respondió:

--Si; pero, ¡cuidado! me vigilan siempre.

--Lo sé. Hace seis días que rondamos la propiedad.

--¡Dios mío! ¿Mauricio está aquí pues?

--¿Dónde quiere usted que esté? En este momento acecha en la entrada del

castillo ... Está vestido como yo, pero á él no le reconocerá usted ...

tiene una barba gris....

--¿Cómo verle? ¿Por qué no viene á mi encuentro?

--¿Y su tía de usted?...

--Le ha escrito para que viniera á reunirse conmigo.

--No ha recibido la carta. ¿Puede usted venir mañana á misma hora?

--Lo procuraré ... Tenga usted cuidado ... alguien viene.

Roussel volvió la cara hacia el césped y se volvió á dormir. El que

llegaba era Bobart, con una escopeta al hombro.

--¡Cómo! señor Bobart; ¿caza usted? dijo Herminia con volubilidad para

distraer al abogado, que miraba con desconfianza al hombre echado al

lado del foso.

--Sí, señorita; me distraigo matando maricas. Hay muchas en este

país.... Vea usted, un borracho ... ¡Oh! La embriaguez es la plaga de

los campos!...

--Un ronquido sonoro respondió á las lamentaciones humanitarias de

Bobart. Herminia dejó al ex-abogado y volvió al castillo.

Si no hubiera estado vigilada, hubiera cantado, tan alegre tenía el

corazón. En un segundo todo había cambiado para ella. El porvenir, antes

tan negro se había vuelto de color de rosa. Mauricio, á quien creía

indiferente y orgulloso, era tierno y amante. No había pensado más que

en reunirse con ella y ciertamente, en cuanto hablase con él cinco

minutos, se presentaría en el castillo. Se puso á reír sola pensando en

la figura tan graciosa que hacia Roussel echado en el césped y vestido

como un harapiento, él, á quien había conocido de punta en blanco el día

de la boda ... Después se preguntó porqué todas aquellas precauciones y

tan raras estratagemas. ¿La situación era, pues, más complicada de lo

que había pensado?

Reflexionando sobre esto, relacionó el disimulo de Mauricio y de Roussel

con la vigilancia ejercida por la señorita Guichard; y los disfraces de

los unos le pareció que correspondían exactamente á las medidas de la

otra. Rondas y perros feroces por la noche, y paseo de Bobart con una

escopeta al hombro ... Herminia pensó: "No sé exactamente lo que pasa;

no comprendo la razón precisa de los actos de mi tía. Hay algo muy grave

y yo corro un peligro."

Su imaginación se exaltó y llega á una situación verdaderamente

novelesca. Se figuró que era una joven princesa guardada estrechamente

en una torre por crueles tiranos; una Pía de Tolomei, á quien amigos

devotos se esforzaban en libertar. Y no tuvo más que una idea, la de

facilitar la misión de los libertadores. Ante todo, quería ver á

Mauricio, hasta con una barba gris. Dió vuelta alrededor del castillo,

entró en el patio de honor y llegó hasta la mohosa verja, que daba á una

gran calle de castaños. Miró con interés y no vió á nadie que pudiera

dar la más remota idea de Mauricio disfrazado. Á cien metros de la

entrada estaba un viejecito sentado sobre la cerca de madera de un prado

y un enorme perro gris se revolcaba en el polvo. El hombre no se movió

ni hizo señal alguna de haberla reconocido. Al cabo de algunos segundos

Herminia se decidió á alejarse y al volverse, vió, en una ventana del

primer piso á la señorita Guichard, que la miraba. Juzgó necesario

hacerla un saludo gracioso con la sombrilla y continuó lentamente su

paseo, pensando: "Acaso ese viejecito era mi marido. Habrá visto á mi

tía y no se habrá atrevido á moverse. Tengamos paciencia y esperemos á

mañana."

El resto del día no le pareció largo; ya no se aburría. Su vida estaba

llena por un interés inmenso. Llegó hasta á no disimular bastante y

estando Bobart y su tía hablando cerca de la chimenea, Herminia rompió á

reír sola de un modo tan repentino y tan poco justificado, que la

señorita Guichard levantó los ojos con severidad y dijo agriamente:

--¿Qué te pasa, hija mía? ¿Somos, acaso, Bobart y yo, más cómicos de lo

que habíamos creído?

Herminia se quedó helada y permaneció muda durante toda la velada, pero

las sospechas de Clementina se habían despertado y, cuando la joven se

fué á sus habitaciones, preguntó:

--Dime, Bobart, ¿no has observado nada anormal alrededor del castillo?

Esa alegría repentina de Herminia es muy singular ... Tenía esta tarde

una cara tan regocijada ... ¿No habrá recibido alguna advertencia ...

alguna noticia?...

--Nada he observado, querida prima, que pueda justificar tus temores ...

¿Quieres que haga venir al guarda?

--Te lo agradeceré. Tengo inquietudes ... Me parece presentir la

presencia de Roussel en estos alrededores.

Román Rouet, introducido en el salón, declaró que no había visto nada

sospechoso en sus rondas. Era el tal un viejo, medio labrador, medio

guarda y, más que nada, cazador furtivo, con la cara curtida por la

lluvia y el sol, enmarañadas cejas, que se hacía cortar como el cabello,

y dientes destrozados por la acidez de la sidra.

--Mi ama, nadie ha llegado al país y nada he visto que se parezca á

gentes malintencionadas ... Siempre se arrastran algunos harapientos por

el camino ... Éste, que viene de Maromme ... Aquél, que va á

Fontaine-le-Bourg ... Pero gentes que quieran entrar ... Yo estoy aquí

para impedirlo ...

--¡Bueno! dijo Clementina. Vaya usted y vigile.

--Con los dos ojos, mi ama.

--¿Por qué estaba tan alegre esa muchacha?... repitió la señorita

Guichard pensativa.

Pasó la velada jugando al _bezigue_ con Bobart y soñó por la noche que

Roussel había entrado á viva fuerza en el castillo, con la cara

embadurnada de negro, como los antiguos bandidos, y la había puesto un

puñal en la garganta para obligarla á decir dónde había ocultado á su

sobrina. Un vivo dolor la despertó; debatiéndose en su cama, acababa de

pincharse la barbilla con una horquilla desprendida de ana cabellos.

Había muy buenas razones para que el guarda de la señorita Guichard

ignorase la presencia de Mauricio y de Roussel en el país. Éstos no

habitaban en él. Román Rouet había podido recorrer todas las tabernas

del país sin encontrar indicio alguno. Roussel y Mauricio se hablan

quedado á cuatro leguas de Rouxmesnil, en Auffai, en casa del dueño de

una gran fábrica de hilados, amigo de Fortunato desde la infancia.

Alojados en el castillo de Perceville, los dos parisienses estaban allí

á sus anchas y hacia seis días recorrían á su gusto los alrededores, sin

que fuese notada su presencia.

Tomaban el ferrocarril; se bajaban en Cléres y desde allí se iban á la

propiedad de la señorita Guichard. Mauricio había hecho amistad, desde

el primer día, con un perro de ganado, de talla colosal, que el dueño de

Perceville había traido de Irlanda, y escoltado por aquel formidable

compañero, de un olfato admirable, bloqueaba las cercanías de la prisión

de Herminia. El viejo que la joven había visto de lejos, sentado en la

cerca, era Mauricio.

Éste se había estremecido viendo en la verja, al principio una sombrilla

de color, después una vaga silueta y por último á su mujer, que se

aproximaba mirándole. Estuvo á punto de levantarse y correr hacia ella;

pero la aparición repentina de la señorita Guichard en la ventana, había

helado su entusiasmo y, renegando y dando al diablo á la solterona,

había permanecido inmóvil, mirando á su compañero, que se revolcaba al

sol. Por la noche, su envidia fué extremada cuando supo que Roussel

había tenido la buena fortuna de hablar con la joven, y no se serenó más

que por la seguridad de que él tendría la misma dicha al día siguiente.

Pero Roussel no se daba por satisfecho con la ventaja, demasiado

platónica, de haber conversado y conversar otra vez con Herminia, y

necesitaba resultados prácticos, materiales y decisivos.

--Me vas á hacer el favor, ¿eh?, de no perder mañana el tiempo en

arrullos, como Romeo en el balcón de Julieta. Los campos están llenos de

alondras que te cantarán la canción de la partida. Ahora bien, esa

partida no debes efectuarla solo. Toma tus disposiciones con Herminia

para llevártela el mismo día, si es posible. Tendremos todo el día y

toda la noche una excelente silla de posta en la aldea de Rongemare, á

un kilómetro del sitio en que debes encontrar á tu mujer....

--Esté usted tranquilo, padrino; no perderé la ocasión. El tiempo

apremia ... y acabaremos por ser despistados. Es premiso, pues,

violentar las cosas y si hay resistencia....

--Yo estaré allí para prestarte ayuda ... Á nosotros dos sería preciso

el diablo para ponernos en derrota.

Mientras se formaban estos proyectos agresivos, la señorita Guichard,

más y más inquieta, preparaba una maniobra sumamente peligrosa para

nuestros conspiradores. Por la mañana se había presentado en el cuarto

de su sobrina, á la que había encontrado en peinador, ocupada en peinar

sus admirables cabellos rubios. La joven sin más que mirar el aire de su

tía, presintió complicaciones graves y se dispuso á hacerlas frente.

--Hija mía, dijo Clementina sentándose cerca de la ventana; ayer hizo

una semana que estamos aquí ... Sabes que el día siguiente mismo de

nuestra llegada escribí á tu marido para rogarle que viniese á reunirse

con nosotras ... ¿Cómo es que no ha venido, ni ha dado siquiera noticias

suyas?

--Pero, tía mía, dijo claramente Herminia, si nosotras no hubiéramos

partido, no hubiera sucedido todo esto....

La señorita Guichard, asombrada por esta respuesta, levantó los ojos

sobre Herminia y viéndola muy tranquila, tuvo un movimiento de

irritación.

--Hija mía, si no hubiéramos partido lo hubierais hecho Mauricio y tú,

con desprecio de todos los compromisos adquiridos ... He parado,

sencillamente, un golpe que me asestaban....

--Tía mía, replicó Herminia con firmeza, el primer golpe no fué asestado

por mi marido; usted lo sabe muy bien.

--¿Qué quieres decir?

--Dispénseme usted de explicarme acerca de ese punto; pero sepa que no

ignoro nada de lo que ha pasado y que yo no puedo culpar á mi marido.

Á estas palabras, que eran una verdadera declaración de guerra, la

señorita Guichard se levantó. Su cara se puso lívida, sus ojos

despidieron llamas y extendiendo hacia Herminia una mano agitada por un

temblor nervioso, exclamó:

--¡Qué! Después de veinte años de cuidados, de afección, de protección;

cuando te he tratado como á una hija, ¿me hablas con semejante

ingratitud, por un advenedizo á quién no conocías hace seis semanas?

¿Contra todo respeto, juzgas mis actos y contra todo agradecimiento te

unes con mis enemigos? ¿Es esto lo que yo debía esperar de ti? ¡Eres un

monstruo!

--No, tía; no soy un monstruo, dijo la joven respirando con esfuerzo,

tan violenta era la emoción que la embargaba; no, yo no soy

irrespetuosa, ni ingrata; pero tampoco ciega ni estúpida. Sé lo que veo

y entiendo lo que oigo. Soy justa, créalo usted, y me hago cargo de la

irritación que debió usted experimentar viendo todos sus planes

desbaratados; pero no puedo admitir que por una cuestión tan mezquina,

por una diferencia tan antigua, por agravios que hace mucho tiempo

debieran estar olvidados, ponga usted en peligro mi dicha y la de mi

marido. Usted le acusa de ser orgulloso é indiferente ... ¿Qué hubiese

usted hecho en su lugar, usted, que ha perseguido por tan largo tiempo y

persigue todavía con su odio al señor Roussel, por una afrenta mucho

menor que la que usted ha infligido á Mauricio?...

--¡He aquí lo que tú piensas! gritó la señorita Guichard exasperada.

¡Oh, mal corazón y espíritu perverso! Eso es lo que tú murmurabas

durante tus largos silencios ... ¡Me hacías traición en pensamiento,

antes de hacérmela en acción! Pero ¡yo te arreglaré! ¡Tengo sobre ti

autoridad!

--Que usted se atribuye, pero que no existe. No tengo más dueño que mi

marido....

--¡Yo te separaré de él! gritó la solterona en el colmo del furor.

--Desafío á usted á que lo haga.

--¡Ah! ¿Tú me provocas? Pues bien, tú sabrás de lo que soy capaz cuando

se me fuerza.

--Me lo habían dicho y ya lo he visto. Pero jamás me hubiera atrevido á

creer que usted, tan buena, se convirtiese hasta tal punto en perversa.

--Yo te haré arrepentir de lo que has hecho.

--Usted me hará arrepentir de haberla amado: nada más.

--¡Herminia!

Clementina estaba con el brazo levantado y amenazador, la cara

descompuesta por la rabia, los ojos verdes de bilis, los dientes

apretados y crujientes. Herminia tuvo miedo de que la atacase una

congestión y muriese allí, herida por ella, á la que, en suma, había

servido hasta entonces de madre. Se levantó y con una inspiración

persuasiva propia para conmover hasta un alma tan dura, dijo,

arrojándose á sus pies:

--¡Por Dios, mi buena tía, olvide usted todo lo que la turba, lo que la

irrita, lo que la pone fuera de sí, porque usted no es dueña de sí misma

ahora, y vuelva á ser tal como yo la he conocido; justa, benévola y

generosa. No me obligue á luchar contra usted, lo que me causaría una

horrible pena. No me ponga en el trance de decidirme entre mi afección

antigua y mi nueva ternura. Tenga usted piedad de esta hija á quien ha

amado, á quien ama todavía. Devuélvame usted la libertad y la dicha.

Hágame usted feliz de buen grado, con sus propias manos, y yo la

bendeciré en todas las horas de mi vida por el favor que me habrá hecho

y con el cual habrá sobrepujado, en un momento, las liberalidades de que

me ha colmado durante toda mi existencia. Usted debe comprender que

quiero, que debo ir á buscar á mi marido. ¡Oh, tía mía querida! ¡Un

relámpago de bondad! Ponga usted todo en paz, usted que puede hacerlo,

¡seremos tan plenamente felices! ¡Y será tan grande nuestro

agradecimiento!...

Cogió las manos de la señorita Guichard y con sollozos y ruegos se las

besó apasionadamente. Ésta, torturada por aquella ardiente suplica,

helada por aquellos reproches tan dulces y tan humildes, humillada por

el sentimiento de su inferioridad ante aquella niña que la hablaba tan

leal y animosamente, permanecía inmóvil y muda. Por fin, dejó caer de

sus labios trémulos estas palabras:

--¡No, no cederé! tengo, para obrar como lo hago, razones superiores que

no puedes juzgar. Tú me darás después las gracias por el servicio que te

hago ... ¡Todos los hombres son infames!

--¡Tía mía! ¡Cuidado! gritó Herminia desesperada.

--¿Me amenazas?, dijo la señorita Guichard, no disimulando ya. ¡Tú debes

tener cuidado! Desde este momento no tengo confianza en ti. Sé que

tengo una enemiga en mi casa; no encontrarás, pues, extraordinario que

tome mis precauciones. Permanecerás hoy en tu cuarto y mañana nos

marcharemos al extranjero.

Y sin añadir ni una palabra, la señorita Guichard salió. Herminia quedó

sola y consternada, pero sin arrepentirse de su franqueza, por muy cara

que debiera costarle. Porque, ahora, la señorita Guichard había arrojado

la máscara y después de esta explicación no se podía esperar de ella el

menor acomodo.

La joven se preparó á hacer una resistencia desesperada. Una sorda

inquietud la molestaba hacía un momento; cómo sería interpretada su

ausencia á la cita dada por Roussel. Porque era seguro que no podría ya

pasearse por el parque. ¿Y qué pensaría Mauricio? ¿Supondría que le

abandonaba? ¡No! eso era imposible. Pensaría que había sido vigilada,

detenida. Y entonces sería capaz de entrar en el parque y llegar hasta

el castillo y, vestido de ese modo, el guarda ó Bobart podían tomarle

por un merodeador y pegarle un tiro.

Un miedo espantoso se apoderó de ella. En el desarreglo de su

pensamiento estuvo á punto de llamar á su tía y prevenirla para que, al

menos, no se hiciese daño á Mauricio, pero la detuvo una reflexión:

"¡Quién sabe si, en el estado de exasperación en que se encuentra, dará

mi tía las órdenes más rigurosas y atraeré el peligro sobre mi marido,

queriendo protegerle! Es preciso dejar que marchen los sucesos sin

intervenir; Mauricio es diestro y el señor Roussel prudente; ellos

conseguirán arrancarme de manos de mis perseguidores. Porque ya, para

ella, su tía, Bobart y el guarda eran sus perseguidores, y se sentía

dispuesta á todo para escapar. Hasta hubiera hecho de buena gana algún

daño á Bobart, que verdaderamente la atormentaba sin motivo, por gusto,

por amor al arte.

Examinó con cuidado la disposición de su cuarto, previendo que acaso

sería preciso evadirse. Una de las ventanas, la de la fachada, daba á

una estufa cuyos vidrios estaban colocados casi á plomo á dos metros por

debajo. Por aquí la evasión parecía imposible. La otra ventana, en

distinta dirección, daba sobre un bonito jardinillo á la francesa. Un

salto de seis metros y la perspectiva de enredarse en los sostenes de

los rosales; tampoco por allí podía hacerse nada. El cuarto de tocador

estaba cuatro escalones más bajo y ocupaba una torrecilla redonda en un

ángulo del castillo. Recibía la luz por una estrecha ventana, pero

tenía reja. Las precauciones estaban bien tomadas y la señorita Guichard

sabía lo que había hecho alojando á Herminia en aquellas habitaciones. Á

falta de las ventanas quedaba la puerta que daba á un largo corredor

embaldosado en cuyo extremo estaba la escalera de servicio que conducía

á las dependencias. Atravesadas éstas, se estaba en el patio, pero, para

llegar á la escalera era preciso pasar por delante de las habitaciones

de la señorita Guichard y de Bobart. ¡Cuántas probabilidades de ser

cogida antes de llegar al piso bajo! Y aquel era, sin embargo, el único

paso practicable.

El almuerzo llegó cuando Herminia se entregaba á estas combinaciones y

proyectos. La doncella de la señorita Guichard le traía en una bandeja.

Decididamente, Herminia estaba prisionera. No la encerraban con llave,

pero estaba, sin duda, estrechamente guardada. Resolvió cerciorarse y á

eso de las dos cogió el sombrero y la sombrilla y bajó. Al penetrar en

el vestíbulo encontró á la doncella cosiendo al lado de una mesa. La

muchacha levantó la cabeza y con cierta compasión dijo:

--La señorita ruega á la señora que entre en el salón.

Herminia no respondió y abriendo la puerta del salón encontró leyendo á

la señorita Guichard.

--¿Sales, hija mía?, preguntó la solterona con una perfecta

tranquilidad, como si nada hubiera pasado entre las dos aquella misma

mañana.

--Sí, tía mía; si usted no tiene inconveniente.

--Te acompaño, dijo la señorita Guichard, y se levantó.

--Es usted muy amable; respondió Herminia con serenidad.

Salieron por el parque y echaron á andar delante del castillo. Pero este

paseo tan lejos del foso en que se impacientaba Mauricio no entraba en

los cálculos de Herminia, que dijo al cabo de un instante:

--Hace mucho sol por aquí; ¿quiere usted que vayamos á la sombra?

--Como tú quieras, contestó la señorita Guichard.

Y tomaron un paseo circular.

No bien habían andado cien pasos, apareció Bobart armado con su

inseparable escopeta y escoltado, además, por el perro que tenía por

misión devorar á los merodeadores en general y á Roussel y á Mauricio en

particular. El abogado, como obedeciendo á una consigna, se colocó al

lado de Herminia. El perro abría la marcha. La joven tenía gran deseo de

volverse, pero al extremo de aquel camino estaba el foso donde había

visto el día anterior á Roussel y sin duda en este momento la esperaba

allí su marido. Al verla pasar con semejante escolta, comprendería lo

que había sucedido y tomaría resoluciones en consecuencia.

Apenas llegaban á la llanura que, bañada de sol, se presentaba en

perspectiva, el perro, que iba de vanguardia, empezó á gruñir

furiosamente y erizó los pelos del lomo. Herminia pensó "Ahí está;

contra él gruñe este dichoso animal. ¡Con tal que no le muerda! Avanzó

enseguida y en el mismo sitio en que el día anterior estaba Roussel vió

un hombre echado. Un gran perro gris estaba extendido cerca de él y amo

y perro parecían dormir. Sin embargo, la mano del hombre tenía cogido el

collar del perro como para contenerle. El mastín de la granja,

envalentonado por aquella inmovilidad, ladró con furia y enseñó los

dientes.

--¡Es increible! dijo Bobart en voz alta. ¡Un borracho en el mismo sitio

que ayer. Parece que le han tomado afición!

El perro tomó sin duda estas palabras por una orden, porque, de un

salto, franqueó el foso y se lanzó con la boca abierta y los ojos

feroces sobre el pacífico grupo. Pero en un segundo, la escena cambió.

El hombre levantó la cabeza y con voz enronquecida, que Herminia no

reconoció, dijo:

--¿Qué es esto? ¿Se hace devorar á los viajeros en este país? ¡Á él,

Dear!...

Soltó el collar y el gran perro gris, saltando con una ligereza y una

fuerza increibles, cayó sobre el mastín, que se mostró resistente é hizo

honor á Rouxmesnil sosteniendo el choque. Pero el perro gris era de una

agilidad increible y antes de que los espectadores de este combate

pudieran hacer un movimiento, los dos animales, enlazados, habían rodado

al fondo del foso.

--¡Llame usted á su perro! ¡Llame usted á su perro! gritó la señorita

Guichard, oyendo á su mastín aullar lastimeramente.

--¡Llame usted al suyo! respondió tranquilamente el hombre de la voz

ronca. ¿Acaso le hemos ido á buscar?

--¡Cuidado! creyó Bobart que debía exclamar; voy a pegarle un tiro!...

--¡El que toque al perro, toca á su dueño! respondió el hombre con una

expresión tan amenazadora, que Bobart se estuvo quieto.

Al hablar así se había levantado y Herminia no encontró ni un solo rasgo

de su marido bajo los cabellos grises y enmarañados y la ruda barba de

aquél hombre. Y, sin embargo, era él.

--¡Esto es una infamia! exclamó la señorita Guichard; ¡mi perro muerto!

Era verdad. El mastín, después de una resistencia honrosa, atestiguada

por las huellas sangrientas de la piel de su adversario, acababa de

morir.

--Usted me le pagará, buen hombre. Bobart, corre á buscar al guarda.

--¡Para qué! dijo el hombre con su voz aguardentosa; ¡para qué! Que pase

solamente el foso y hago con él lo que mi perro ha hecho con este otro.

¿Oye usted? So vieja.

--¡Vieja! gritó la señorita Guichard. ¡Insolente! Usted verá quién soy

yo ...

--¡Perfectamente! apoyó Bobart; una demanda de indemnización ...

--¡Sí! ¡Ya te daré yo la indemnización! vociferó el hombre con ademanes

violentos. ¡Ven aquí, que te voy á hacer que escondas la cabeza debajo

del ala, gallo viejo! ¿No te da vergüenza, á tu edad?

--¡Vámonos! ¡Está ebrio! exclamó la señorita Guichard.

--¡Ebrio! Pero no de amor por ti, carcamal ... Por la buena persona que

te acompaña, es posible.

Y volviéndose hacia Herminia, el harapiento apoyó una mano negra en los

labios y le envió un beso. Al mismo tiempo, de sus ojos, ocultos bajo

unas espesas cejas, brotó una mirada luminosa. Y esta vez Herminia,

roja de placer y latiéndole el corazón, adquirió la seguridad de que

tenía delante á su marido.

Hubiera querido permanecer allí, por singular que pareciese su

curiosidad; alguna palabra de doble sentido la hubiera trazado, acaso,

una línea de conducta. Hubiera sido una satisfacción refinada para

Herminia hablar con su libertador bajo la mirada misma de sus

carceleros; pero no pudo disfrutar ese placer. Su tía la tiraba del

brazo y Bobart se había ya pronunciado en retirada. Perseguidos por las

injurias que les dirigía el dueño del perro gris, volvieron á entrar en

el castillo.

--¡No has estado heroico, Bobart, dijo la señorita Guichard con acritud.

Nos has dejado insultar, á mi sobrina y á mi, por ese miserable, sin

contestar siquiera.

--Querida y respetable prima, respondió el abogado: el hombre no me

intimidaba; pero el maldito perro me infundía cierta aprensión ... Bien

has visto lo que ha hecho, de una dentellada, con el pobre Stop ...

--Haberle metido un tiro en el vientre ...

Un antiguo rencor · 第 9 / 11 段