--Pero, ¿no sabes tirar?
--Te confieso que conozco mejor el código que el tiro.
La señorita Guichard arrojó á su auxiliar una mirada de desprecio y, sin
añadir una palabra, entró en el castillo con Herminia.
CAPÍTULO X
EN EL QUE SE ROMPEN LAS CADENAS.
La joven subió á su habitación. Era dichosa, aunque estuviese
secuestrada, y el beso de Mauricio la había dilatado el corazón. Un
sentimiento de orgullo la asaltaba, al verse tan ardientemente
disputada. ¡Cuán atrevido y diestro se había mostrado su marido! ¡Y su
disfraz era verdaderamente una maravilla! Si no hubiese estado
prevenida, jamás hubiera reconocido al elegante Mauricio, en aquel
pisaterrones.
Se rió sola de los horrores que Mauricio había dicho á Bobart y á su
tía. Pensaba que el joven se habría desatado en injurias de aquel modo
para disimular; y, sin embargo, debió tener un secreto placer en
maltratar así á sus enemigos. Pero, ¿de quién sería aquel terrible perro
gris que combatía tan valientemente por ella? Nunca había oído á
Mauricio hablar de un perro. Puede que fuese de Roussel; en todo caso,
le amaba.
Sonó la hora de comer y también se sirvió á Herminia en su cuarto, lo
que le causó sumo placer. La comida entre su tía y Bobart hubiera sido
insoportable. Comió con apetito, como si un secreto instinto le dijese
que muy pronto tendría necesidad de todas sus fuerzas. Vió al sol
descender por detrás de las negras hayas, y extenderse poco á poco la
sombra sobre el cielo rojizo, hasta quedarse todo obscuro. Cerró
entonces la ventana y cogió un libro.
En el salón, la señorita Guichard y Bobart no jugaban esta noche su
partida acostumbrada. La solterona estaba pensativa; el episodio del
perro le parecía muy extraño. Hizo venir á Román Rouet y le interrogó
detenidamente acerca de todos los perros grises que existían en el país.
--Un gran animal capaz de estrangular á Stop, decía el guarda, no, mi
ama; no le conozco ni gris, ni negro, ni rojo. ¡Ah! Diantre! ¡qué
desgracia no haber estado yo allí! ¡No correría por los caminos á estas
horas!
--Pero, en fin; ¿usted no supone á quién podría pertenecer? El perro era
demasiado hermoso para su amo....
--¡Bien puede ser que le hubiera robado!...
--¡No! El animal no le hubiera defendido á una simple indicación, como
lo ha hecho ...
--Á menos que no sea el gran perdiguero del señor Julleville d'Auffray
...
--¿Quién es ese señor Julleville?...
--Un almacenista del valle ...
--¿Y se pasea por los caminos en blusa y á pie?
--No, por cierto; prefiere ir de levita y en su carricoche de dos
caballos ...
--¿Prestaría su perro?
--Puede que sí ... y puede que no.
--¡Vaya usted, Rouet, dijo la señorita Guichard, y haga buena guardia
...
Se volvió hacia Bobart y dijo:
--Este es un ser absolutamente estúpido y no le creo leal. ¿Qué
confianza puedo tener en él? ¡Por veinte francos me haría traición!
--Pero, ¿qué es lo que temes, mi amable amiga?
--¡Todo! exclamó Clementina, como una explosión. ¡Me ha parecido
reconocer á Mauricio bajo la blusa de ese miserable de hace un momento!
--¡Á Mauricio!
--Sí, á Mauricio. No era su cara; no era su voz; y sin embargo, un
instinto me dice que era él. ¡Si yo lo supiese! Yo ...
Y Clementina se puso lívida.
--Vas á ponerte mala, dijo melosamente Bobart. Vete á tu cuarto ... Yo
voy á dar una vuelta para vigilar y ver si todo está tranquilo. Yo mismo
cerraré las puertas y las ventanas para que puedas dormir en paz....
--Tienes razón. Subo á mi cuarto, cierro con llave la puerta del de
Herminia y me acuesto. Buenas noches; hasta mañana.
Eran las diez. Herminia estaba todavía leyendo en su cuarto. Reinaba un
profundo silencio. De repente creyó la joven haber oído un ligero ruido
en los cristales de la ventana, y escuchó, creyendo que, acaso, algún
murciélago había rozado el vidrio con las alas. Un instante después, se
renovó el mismo ruido, que pareció como de fino granizo que hirióse los
cristales. Herminia miró al exterior; la noche estaba hermosa y el cielo
cuajado de estrellas. Abrió suavemente la ventana y un puñado de fina
arena cayó en el cuarto. Se inclinó vivamente con una palpitación de
esperanza, y á menos de un metro por debajo de la cornisa de piedra vió
una forma negra que estaba de pie en el herraje de la estufa. La joven
dejó escapar una exclamación. La sombra se separó un poco del muro y
Herminia reconoció á su marido.
--¡Mauricio, dijo, en nombre del cielo, bájate de ahí; ¡te vas á matar!
--¡Silencio! dijo el pintor en voz baja; no hay ningún peligro. Si no
temiera hacer ruido, ya estaría á tu lado. ¿Dónde habita tu tía?
--Al lado mío, respondió Herminia.
--Entonces, vamos despacio. ¿Tienes cortinas sólidas?
--Tengo algo mejor ... La cuerda con que estuvo atado mi baúl ... Es muy
gruesa....
--¡Bueno! ¡átala á esta barra de apoyo ...
--Pero, ¿y si se rompe?...
--No se romperá.
--Pero, ¿qué intentas?
--Lo sabrás dentro de un instante ... ¡Cuidado! ... Se abre una
ventana....
Mauricio se pegó al muro y Herminia no se movió.
En el silencio de la noche se oyó la voz de Clementina, que decía:
--¿Eres tú, Bobart, el que está abajo?
--Sí, excelente amiga; respondió sordamente otra voz.
--Éntrate y echa bien los cerrojos.
La señorita Guichard cerró la ventana y Herminia respiró libremente.
--Herminia, dijo Mauricio con una alegría que, en tal momento, pareció
caballeresca á la joven; no es Bobart el que ha respondido, es mi tutor,
que está esperándome al pie de la estufa ...
La esposa acabó de atar la cuerda y la dejó caer hacia afuera; Mauricio
la cogió y de un solo esfuerzo llega hasta la cornisa. Su mujer tenía
tal miedo de verle caer, que le cogió del brazo y le atrajo hacia ella
con una fuerza inesperada. Tenía de este modo la boca tan cerca de la
cara de la mujer amada, que no pensó más que en aprovechar tan feliz
circunstancia y el grito de júbilo de Herminia se apagó con un beso.
Después la curiosidad recobró su imperio, y la joven preguntó:
--Pero, ¿cómo has llegado hasta aquí?
--Saltando el foso. El perro no estaba allí ya, para morderme las
pantorrillas ...
--¿Lo había intentado?
--Si, el primer día; entonces traje conmigo el perro gris ... y ya has
visto cómo le ha tratado.
--Pero, ¿y si hubieras encontrado al guarda?
--Le he encontrado varias veces ...
--¡Oh! Dios mío ...
--Lo que me ha costado veinte francos por vez ... Esta noche, ciento ...
pero hoy la cosa era más grave ... ¡había escalada!
--¡Qué dicha, que ese hombre sea un bribón!
--Si: ya lo ves, nada es inútil. Hasta los malvados sirven para algo.
--En fin, has llegado hasta aquí. Y ahora, ¿qué vamos á hacer para
marcharnos?
--¡Ah! Has dicho "marcharnos", dijo Mauricio alegremente.
--No creerás que quiero quedarme con mi tía ...
--¡No! querida Herminia; pero me llena de gozo que me hayas evitado
pedirte que me sigas.
--¡Oh! mi único amigo, exclamó llorando la joven, ¿qué me queda fuera de
ti? ¿Con qué puedo contar más que con tu ternura? ¡Ya ves qué
desgraciada soy y cuan injustamente ... ¡Ámame mucho, para consolarme de
tantas tristezas!
--¡Te amo! ¡Te amo! querida mía, con toda mi alma. No tengo más que á ti
y á mi buen padrino ... ¡ Oh, sí! Te amo y yo haré que todo lo olvides.
Un puñado de arena que venía del parque les volvió al sentido de la
realidad.
--Es mi padrino, que se impacienta ... Y tiene razón ... Vámonos.
--¿Por dónde?
--Por la puerta.
--Pero, está cerrada por fuera....
--¿No es más que eso?
Sacó del bolsillo un estuche complicado, abrió una hoja en forma de
destornillador y con la tranquila habilidad de un ladrón de oficio, se
puso á desmontar la cerradura, que á los cinco minutos estaba sobre la
mesa. Entonces, cogiendo la cuerda y metiéndola en el bolsillo, dijo:
--Ponte un abrigo y un sombrero y huyamos.
--Pero, si encontramos alguien....
--Le compro ó le mato; como él quiera.
--¡Vamos!
Herminia, en la exaltación propia del caso, llegaba á creer muy
naturales esos medios extraordinarios. Salieron al corredor y á paso de
lobo, se encaminaron hacia la escalera que bajaba á las dependencias.
Los criados debían estar durmiendo, porque todo estaba apagado en el
castillo. Un rayo de luna, muy molesto, iluminaba la galería y la
escalera; y el patio estaba enteramente blanco. Llegaron al piso bajo y
estaban orientándose para llegar á la cocina, que tenía una puerta al
patio, cuando del lado del vestíbulo, hacia la derecha, se oyeron unos
pasos. Los fugitivos se detuvieron en un rincón y Mauricio miró en
aquella dirección y murmuró:
--¡Es Bobart!
Herminia sintió un horrible temblor. El abogado avanzaba con una
linterna en la mano y su inevitable escopeta en bandolera. Había
declarado que no se servía de su arma habitualmente; pero ¿quién sabe
de lo que es capaz un torpe dominado por el miedo? Lo menos que podía
hacer, era despertar á todo el castillo. ¡Y entonces, escándalo, lucha,
prisión acaso! En un momento, el cerebro sobrexcitado de Herminia
imaginó muchos dramas.
Bobart venía, sin embargo, muy pacíficamente. Había cerrado todas las
puertas y se disponía á acostarse. Se aproximó al sitio en que los dos
jóvenes estaban como embutidos, y en el mismo instante, una mano tan
rápida como vigorosa le cogió la escopeta y se la arrancó. Con gran
espanto, Bobart se encontró frente á frente con Mauricio, que tenía á
Herminia á su lado.
--¡Señor!... exclamó....
Y no pudo acabar. Cinco dedos se habían enroscado á su cuello y le
apretaban tan enérgicamente, que su cara se puso morada.
--¡Ni una palabra! dijo Mauricio, ó te estrangulo como á un pollo....
Bobart no hubiera podido pronunciar esa palabra aunque le hubieran
ofrecido por ello el trono de Francia. No hubiera exhalado ni un
suspiro. Mauricio soltó su presa y dijo en un tono que no admitía
réplica:
--Nos vamos mi mujer y yo. Usted va á conducirnos hasta el extremo del
parque; allí quedará libre y no tendremos nada que temer de usted ni de
los suyos. Vaya usted delante y al menor intento de despertar la alarma,
no le dejo hueso sano. Bobart, cogido por el brazo, abrió él mismo la
puerta y como quisiera alumbrar el camino, con su linterna, dijo
Mauricio:
--¡Demasiadas atenciones! La luna basta ... y sobra. Hay que ir á buscar
á mi padrino á la estufa.
Ante la idea de encontrarse enfrente de Roussel, Bobart se estremeció,
pero echó á andar, sin embargo. No tenía deseo alguno de resistirse.
Pasaron por debajo de la ventana de Herminia, que aún estaba abierta, y
Roussel se les reunió sin hacer una pregunta y sin que pareciese que
había reconocido á Bobart. Atravesaron el parque, pero en vez de
dirigirse hacia el foso, llegaron á una puerta practicada en el muro.
Bobart la abrió y á cincuenta pasos vió un coche que estaba parado en la
esquina de un camino de travesía. Al llegar á la cabeza del caballo, un
hombre que guardaba el coche, se adelantó y dijo:
--¿Está aquí la señora?
--Aquí está, respondió Roussel, que habló entonces por primera vez.
--Suba usted, señora.
Herminia se disponía á poner el pie en el estribo; pero el tutor de
Mauricio, cogiéndola por el talle, la atrajo hacia sí y con emoción que
se comunicó á la joven, dijo:
--Ahora que está usted libre, niña querida, abracémonos.
Se volvió después hacia Bobart, y, con voz muy tranquila, añadió:
--Adiós, Bobart; estoy tan contento, que olvido todas sus canalladas.
Pero no abuse usted de mi benignidad para volver á las andadas, porque
en ese caso, no seré ya tan indulgente, ¡Mis recuerdos á Clementina!
Subió, y el coche partió al trote de un caballo que podía correr diez y
ocho kilómetros por hora.
Bobart, muy corrido, emprendió el camino del castillo, murmurando: "Y
ahora, ¿qué voy á hacer? ¿Conviene despertar á la señorita Guichard?
¿Conviene esperar á mañana para darle la fatal noticia? Si la despierto,
noche toledana ... pero si no la despierto, me acusará de falta de celo
... Ahora no hay que esperar que separe á Herminia de su marido; nada
une á dos jóvenes como una aventura corrida así, en común. Mauricio
resulta embellecido por un prestigio novelesco; ¡ha conquistado á su
mujer!... ¡Vaya usted á quitársela ahora! Herminia se dejaría morir de
hambre, se ahorcaría con sus cabellos, se arrojaría por la ventana,
alborotaría todo el barrio, mejor que seguir por segunda vez á la
señorita Guichard. El negocio está perdido, absolutamente perdido.
Clementina está derrotada en toda la línea ... ¡Falta saber cómo tomará
la cosa! Si se enfada, puede desheredar á su sobrina, y entonces yo
recobro la herencia ... ¡que vale la pena!... Así pues, debo mostrar un
gran celo en estas circunstancias; todo hace creer que recibiré la
recompensa con el tiempo."
Durante este monólogo, se acercó al castillo. Sin vacilar, fué á la
campana que servía para llamar á comer y, tirando vigorosamente, rompió
el silencio de la noche con un repique rabioso. Al cabo de un instante
aparecieron luces en los corredores y se mostraron en las ventanas
formas inquietas.
--¿Qué hay? preguntó el criado.
--¡Llame usted á la señorita, despiértela! gritó Bobart, con voz
entrecortada de intento.
--¿Hay fuego en el castillo? preguntó imperiosamente Clementina, que
apareció en chambra y gorro de dormir. ¿Qué significa ese ruido, Bobart?
--¡Ah! buena y querida amiga, balbuceó el abogado, ¡qué suceso!
--Pero ¿qué, qué ha sucedido? Habla, pues, en vez de gimotear!
--Pues bien ... ¡Tu sobrina ha partido!
--¡Ha partido! exclamó la señorita Guichard. ¿Pero cómo? ¿Por dónde?
--Con su marido; por la puerta.
--¡Ven aquí! ordenó la solterona; y levantando la cabeza hacia los
criados, que estaban asomados á las ventanas del piso superior, añadió:
"Vosotros, volved á acostaros!"
Todas las ventanas se cerraron y reinó de nuevo el silencio. Bobart
trepó por la escalera, y á penas llegado al descansillo, la mano
convulsa de Clementina le atrajo hacia el salonillo.
--¡Ahora ... veamos, Bobart; ¿qué es eso que dices ahí?... ¿Herminia?
--Se ha marchado con Mauricio, hace un cuarto de hora.
--¡Corramos! Los alcanzaremos....
--Tienen un caballo demasiado bueno para eso....
--Pero, ¿quién les ha abierto la puerta? gritó Clementina con
desesperación.
--Ellos mismos se la han abierto.
--¿Y Mauricio estaba en el castillo?
--Y por poco me estrangula.
--¿Dónde le has encontrado?
--En el piso bajo. Su mujer estaba con él.
--¡La infame!
--Se arrojó sobre mí de improviso y no pude defenderme.
--¡Haber tirado, al menos; ¿no tenías la escopeta?
--La tenía.
--Pero, según veo, no te sirve jamás....
--Me la arrancó al principio de la lucha....
--¡Luego ha habido lucha! ¡Y nadie ha oído nada! ¿No podías gritar?
--¿No te digo que me estrangulaba? Y su endiablado tutor vino en su
socorro.
--¡Roussel! ¿Estaba allí?
--Era el hombre de blusa del día anterior.
--¿Qué hombre de blusa?
--El que dormía al lado del foso.
--¿El que nos insultó?
--- ¡No! Éste debía ser Mauricio....
--¡Y me llamó "vieja." ¡Ira de Dios!
--É hizo devorar tu perro por aquella bestia rabiosa ... como me hubiera
asesinado hace un momento, si yo hubiera resistido....
--¡Es decir que no has resistido!
--Todo lo que he podido, buena y dulce amiga....
La buena y dulce amiga, no sabiendo sobre quién desahogar la bilis que
le carcomía el corazón y el cerebro, arrojó sobre su aliado una mirada
feroz y con la boca contraída por una amarga risa, dijo:
--¡Bobart! si no fueras tan estúpido, creería que me has hecho
traición....
--¡Mi buena amiga!...
--¡Bobart! tienes una cobardía que me repugna.
--¡Querida amiga!...
--¡Bobart! tú tienes la culpa de todo lo que ha sucedido. ¡Me has
aconsejado estúpidamente!...
--¡Yo no he....
--Y cuando era necesario mostrar energía, has sido blando como papel
mascado....
--¡Sin embargo!...
--El único partido que yo podía tomar era unirme sinceramente á la joven
pareja y reconciliarme con Roussel. Tú eres el que me ha extraviado con
tus maniobras interesadas y tus pérfidos consejos....
--¿Es posible? Pero si jamás....
--Después de lo que acaba de suceder, comprenderás que debemos
separarnos para siempre.
--¡Oh!
--Yo me voy á París mañana temprano. Tú, partirás cuando gustes. ¡Buenas
noches! Vete á descansar, rayo de la guerra; ¡bien lo has ganado!
Le asió por el brazo, le empujó hacia el corredor y cerró violentamente
la puerta detrás de él. Una vez sola, se sentó y meditó durante una
hora. Después se levantó y se encaminó á su cuarto pensando:
--Si; no me queda más que ese medio de arreglar mis asuntos de un modo
honroso, ¡Una reconciliación! Acaso de esto modo vuelva á adquirir
influencia con Roussel.
Tomada su resolución, entró en el cuarto, se acostó y se durmió.
CAPÍTULO XI
QUE TRATA DE UN ANTIGUO FUEGO OCULTO BAJO LA CENIZA.
En el hermoso comedor de la quinta de Montretout, Roussel, Herminia y
Mauricio acababan de comer. Los jóvenes y su padrino estaban locos de
alegría. Por la ventana, que daba al jardín, entraban perfumes de
clemátida y el sol, al ocultarse en el horizonte por detrás de los
bosques, se apagaba en un cielo matizado de rosa, verdoso y anaranjado.
--¡Qué diferencia! decía Herminia, entre esta deliciosa comida y las que
hacia en Rouxmesnil, entre mi tía y Bobart!
--Sí; ¡se acabó la tristeza! Mañana nos vamos á Florencia y Venecia.
--También debía partir para el extranjero con mi tía ... Estoy
predestinada á los viajes.
--Con la señorita Guichard ese viaje hubiera sido un destierro.
--Mientras que, contigo, querido Mauricio, voy á ver países ... ¡Qué
contenta estoy!
--¡Enhorabuena! dijo Roussel. Desde que empezamos á comer, esta es la
segunda vez que lo dices.
--¡Tengo tal placer en explayarme, en desbordar, en hablar como pienso y
en pensar como me agrada ... ¡Oh! aquí respiro ... renazco.
--¡Querida Herminia!
--Y es que usted no me turba absolutamente nada. Delante de mi tía no me
atrevía á decir una palabra ... Con usted, las ideas me acuden
naturalmente ... Y me parece que no soy tan imbécil como suponía el
señor Bobart....
--¿Cómo?
--Sí; un día, al pasar por delante de las ventanas del salón, oí á
Bobart que decía: "Esta pequeña es bastante bonita, pero imbécil como un
ganso ..."
--¡Viejo idiota! exclamó Roussel.
--¡Despreciable bribón! dijo Mauricio.
--¡Debe hacer una buena figura, añadió el joven, frente á frente de la
señorita Guichard, en el gran comedor de Rouxmesnil!
--¡Suponiendo que estén allí! dijo Roussel moviendo la cabeza.
--¿Dónde cree usted que podrán estar?
--Bobart, en el demonio; yo me refiero á Clementina. Desde el momento
en que no le ha necesitado, le habrá puesto en la calle sin tardanza.
Pero ... ¡Ella! ¡Tiemblo á la idea de que pudiese aparecer!
--¡Aquí! dijo Mauricio con un ademán de duda.
--Si, hijos míos; aquí.
Herminia se aproximó instintivamente á su marido, como si esperase
necesitar su protección.
--Desde esta mañana os veo regocijaros; os oigo cantar victoria ... y os
dejo hacer. Hay que gozar de los buenos instantes, cuando se presentan;
siempre es esto una ventaja sobre los fastidios de la existencia. Pero
yo, que soy viejo y experimentado y, sobre todo, que sé, á mi costa,
quién es Clementina, preveo el porvenir y espero algún nuevo asalto.
--¡Le rechazaremos!
--Sin duda. Pero siempre que hay batalla, hay golpes y heridas. Los
golpes, los daréis vosotros, sea; pero acaso echéis de menos el tiempo
en que los recibíais.
--¿Por qué?
--Porque contra Clementina tirano tenéis vuestra conciencia primero y la
opinión del mundo después. Mientras que contra Clementina víctima....
--¿Víctima? exclamó Mauricio; víctima de sus propias maquinaciones.
--Todo lo que tú quieras, pero víctima triste, abandonada, después de
haber educado á Herminia y de haberla educado bien. Si la hubiera casado
con X ó Z, hubiera sido excelente para el marido de su sobrina ... Las
personas que la conocen la encontrarán muy desgraciada y tendrán razón,
porque lo será ... Y nos acusarán de esa desgracia ... Olvidarán las
faltas, para no ver más que la expiación.
--Pero, ¡entonces! dijo Mauricio turbado.
--Entonces, la situación es delicada. Pienso en ello desde esta mañana.
Si tenemos la suerte de que la señorita Guichard arroje rayos y llamas y
nos cubra de maldiciones y de injurias, nuestro asunto será bueno ...
Pero si se enternece y viene á buenas ... ¡No sé cómo saldremos del
lance!
--¡Se sale siempre!
--Sin duda. Pero es preciso salir correctamente ... ¡Dios sabe si he
sido paciente, y tranquilo y silencioso, cuando me colmaba de malos
tratamientos! Pues bien, no han faltado personas que me quitaran la
razón, á pesar de todo, porque yo era hombre y Clementina, mujer.
¡Juzgad lo que se diría de vosotros, hijos rebelados contra una madre!
--¡Pero eso sería estúpido!
--¿Y crees que el mundo no lo es? Con una actitud sentimental bien
adoptada se le enternece, y está dado el golpe.
--Entonces, padrino mío, ¿usted supone que la señorita Guichard ha
dejado Rouxmesnil?
--Esta mañana, á primera hora.
--¿Y que está en París!
--Y acaso en camino para Montretout.
Como si las palabras de Roussel hubiesen tenido el poder de evocar á la
que todos temían ver aparecer, una campanada resonó en la puerta, la
verja del jardín se abrió y en la vaga obscuridad del crepúsculo, avanzó
una sombra negra, silenciosa, amenazadora. Siguió la calle de árboles,
llegó á la escalinata, la subió lentamente y desapareció en el
vestíbulo.
Roussel, Herminia y Mauricio, de pie delante de la mesa, se miraban
estupefactos, aterrorizados, mudos. Por último Mauricio, como si no
creyese á sus ojos, se inclinó hacia el jardín y buscó al espectro.
Pero no vió más que un coche de alquiler que se colocaba delante de la
verja, esperando á la terrible visitante.
--¡Es ella! dijo por fin Roussel en voz baja. ¡Vais á ver!
--¡Oh! Dios mío, suspiró Herminia, y se echó en los brazos de Mauricio,
como si temiese que los separasen de nuevo.
En este momento, se abrió la puerta del comedor y Federico, pálido,
avanzó diciendo en tono consternado:
--¡Señor! Es la señorita Guichard ...
--¡Oh! Bien la hemos visto, contestó Roussel con calma. Hágala usted
entrar en el salón.
Y volviéndose hacia los jóvenes, dijo:
--Hijos míos, no hay que titubear, es preciso recibirla ... así, con
sangre fría. Hablad poco ... y escuchad mucho ... Si se dicen
atrocidades, es mejor que las diga Clementina ... Aquí estoy yo ... ¿Sí?
Entonces, seguidme.
Abrió la puerta del salón y con la misma tranquila seguridad de ocho
días antes en el salón de la señorita Guichard, dijo:
--Buenas tardes, mi querida prima ... Sé bien venida á mi casa.
Clementina, de pie y contraída, esperaba el choque, y aquella acogida
cortés, después de tantas villanías hechas por ella, la desconcertó.
Cambió de fisonomía, sus manos temblaron, y viendo á Herminia que,
aterrada, se había detenido á tres pasos, se puso á gritar:
--¡Mi hija! ¡Oh, Dios mío! ¿Me aborreces ya? Entonces ¿qué va á ser de
mí?
Grandes sollozos sacudieron nerviosamente á la solterona, que,
avergonzada de su debilidad, se cubrió el rostro con las manos y cayó
aniquilada en una butaca.
No se rompen fácilmente los lazos de una afección de veinte años, cuando
se tiene un corazón tierno y generoso; Herminia fué la prueba. No pudo
ver llorar tan amargamente á la mujer que la había educado y dejando el
brazo de Mauricio, corrió á la señorita Guichard, con los ojos llenos de
lágrimas y exclamando:
--¡Tía mía! No llore usted más ... ¡Me desgarra usted el corazón!
--¡Ah! ¡Por fin te encuentro! balbuceó Clementina, estrechando á
Herminia hasta ahogarla. ¡Ah! querida niña, con la que he sido tan dura
y que me absuelve sin una vacilación!... ¡Oh! pequeña mía!... ¿Cómo
obtener jamás que olvides todo ese daño?... Pero ¡estaba loca!
¿sabes?¡No sabía lo que hacía!...
Las dos mujeres se abrazaron como si se vieran después de haber escapado
las dos de un gran peligro. Roussel las miraba con aire inquieto y
murmuró al oído de Mauricio:
--¡Esto es lo que yo temía! Y es mayor el peligro porque esta mujer
parece sincera.
--Si es sincera, todo puede arreglarse ...
--Sí ¡pardiez! por ocho días!... Pero, ¿después?...
La señorita Guichard, teniendo á Herminia como escudo contra el
resentimiento de los dos hombres, se volvió hacia Mauricio y dijo:
--Y usted, pobre amigo, ¿podrá perdonarme todo lo que le he hecho
sufrir? Estaba mal aconsejada ... Me han empujado en el sentido á que me
inclinaba, en lugar de contenerme ... Pero me doy cuenta de mi error y
¡quisiera á toda costa repararle!...