sentado en un mullido sillón, y allí, sin levantarla voz, pero con
miradas muy expresivas, preguntaron:
--Bobart, ¿qué es de la señorita Guichard?
--Pues lo ignoro, balbuceó el abogado, levantándose para escapar á las
preguntas.
--¡No se mueva usted! y responda, dijo Roussel. ¿Dónde está la señorita
Guichard?
--¡No sé! señores, contestó Bobart gritando para llamar la atención
sobre él. No comprendo vuestra insistencia....
--Hable usted más bajo, dijo Mauricio, ó le llevo al salón inmediato y
allí ... va usted á ver.
Estaba tan amenazador, que Bobart, espantado, permaneció en su butaca
sin hacer un movimiento, sin pronunciar una palabra.
--Le doy á usted un minuto para decidirse á responder. Dentro de un
minuto le haré á usted responsable de la emboscada que aquí se ha
ejecutado.
--¡La emboscada! exclamó Bobart, fuera de sí por el terror. ¿Quién la ha
preparado?
--¡Ah! ¿Usted sabe, pues, lo que ha sucedido? Usted conviene en ello....
Yo no convengo en nada.... Ustedes me violentan ... me amenazan....
--Sí; todo lo que convenga para saber dónde está la señorita
Guichard....
--Pues bien.... ¡Ha partido!
--¡Ha partido! ¿Con la señora de Aubry?
--Con la señora de Aubry y en la propia carretela de usted. Vaya; ¿está
usted satisfecho? dijo Bobart con expresión de radiante alegría.
--¿Adónde la conduce?
--¡Vaya usted á preguntárselo!
--¿La ha obligado á acompañarla?
--¡Obligado! exclamó Bobart. ¿Cómo es eso posible? ¿Por qué no robado á
la fuerza? ¡En medio de quinientas personas! ¡No, no! La señora de Aubry
ha seguido á su tía de buen grado.... La señorita Guichard la ha
ilustrado acerca del aspecto moral del acto que iba á cometer. La joven
ha reconocido que había sido inducida á error y ha partido libremente y
por su propia voluntad!...
--¡Viejo tunante! exclamó Mauricio exasperado, y cogiendo á Bobart por
un hombro, le sacudió tan rudamente que Roussel vino al socorro del
abogado y sé interpuso entre su ahijado y él.
--Vamos, hijo mío, un poco más de calma. En todo lo que el señor dice no
hay sin duda ni una palabra de verdad. Hemos jugado una partida y
acabamos de perderla: tratemos de tomar el desquite. Para esto no nos
las entendamos con los lacayos, sino con los dueños.
--¡Lacayos! repitió Bobart. Sepa usted señor mío....
--¡Nada! interrumpió Roussel; conozco á usted hace mucho tiempo, señor
hipócrita, señor pedante.... He dicho lacayo y hubiera podido decir
espía....
--¡Y si no está usted contento, añadió Mauricio, puede usted enviarme su
hijo!
--No, señor, declaró enfáticamente Bobart. Soy muy suficiente para
vengar yo mismo mis injurias. Usted sabrá lo que cuesta tener que
habérselas con un hombre como yo....
--¡Los clientes de usted lo han sabido muy bien, maestro en vilezas!
dijo Roussel. Pero téngase por advertido y que no le encuentre yo en mi
camino, ó le hago pagar las costas con más gracia que usted mismo lo
hacía....
Y tomando á su hijo por el brazo, dijo:
--Ven, Mauricio, ven. No tenemos nada que hacer aquí.
CAPÍTULO VIII
EL SECUESTRO.
Por la mañana del siguiente día, estaba Roussel todavía dormido cuando
entró Mauricio en su cuarto, descorrió las cortinas y se sentó en una
butaca al pie de la cama.
--¿Qué hora es pues? preguntó Fortunato incorporándose.
--Las cinco. Perdóneme usted que interrumpa tan pronto su sueño, pero
estando solo, me volvía loco....
--¡Oh! hijo mío; has hecho muy bien en despertarme. Espera, voy á
levantarme.
--No, permanezca usted acostado; lo mismo podemos conversar y con tal de
que me hable usted de Clementina, quedaré aliviado....
--¿Tú no has dormido? mi pobre hijo....
--¡No! Pero eso importa poco. Sufriría todas las penas sin quejarme con
tal de saber dónde está mi pobre mujer.
--Tranquilízate; lo sabremos. Y entonces.... Pero, ahora pienso ...
Federico, ¿está levantado?... Sí. Llama.
--¿Para qué?
--Vas á verlo.
Mauricio llamó. Al cabo de un instante apareció el ayuda de cámara de
Roussel. Era un excelente servidor que había sustituído al criado modelo
que la señorita Guichard había quitado á Fortunato veinte años antes.
Ningún ofrecimiento había hecho mella en Federico; por eso, en sus días
de buen humor, Roussel le llamaba Hipócrates. Un día en que el ayuda de
cámara se atrevió á preguntar á su señor porqué le llamaba así, éste le
respondió: "Por causa de los presentes de Artajerjes." Federico no
comprendió mucho más y permaneció estupefacto. Y Roussel añadió "¡
Bueno! No se caliente usted la cabeza: Hipócrates era un hombre
incorruptible." Federico se dió por satisfecho y adquirió mucho mayor
importancia á sus propios ojos. Con el tiempo se había hecho enteramente
adepto y, sobre todo, adoraba á Mauricio.
--Federico, dijo Roussel, ¿está usted todavía en buena inteligencia con
el portero del señor Bobart?
--Sí, señor. Por recomendación del señor, yo he sido quien le ha
proporcionado su plaza.
--Bueno. Federico, va usted á salir inmediatamente para París. Irá usted
á ver á su protegido y le pedirá, como un servicio de capital
importancia, que, en el caso de que el señor Bobart salga de París,
indique á usted la estación por donde ha partido. Y si puede usted
obtener que le informe acerca del departamento ó el país extranjero de
donde lleguen cartas para el señor Bobart, nos prestará á Mauricio y á
mí una ayuda inapreciable.... Usted nos conoce muy bien para creer que
se trata de algo vituperable....
--¡Oh, señor! Con los ojos cerrados le obedeceré.... Con los ojos
cerrados....
--Y bien, no los cierre usted.... Ábralos, por el contrario, todo lo que
pueda.... Quédese usted en París y á las horas de la distribución del
correo esté siempre en casa del portero ...¿El señor Bobart le conoce á
usted?
--No, señor.
--Tan pronto como tenga usted noticias que darnos, vuelve sin perder ni
un segundo.
--El señor puede contar conmigo.
Y salió. Mauricio permanció sentado, interrogando á su tutor con la
mirada.
--He aquí mi idea, dijo éste. Está fuera de toda duda para mí que el
tunante de Bobart es cómplice de la señorita Guichard. Él nos espió la
noche última y él fué quien la previno. Es, pues, cierto, que tan pronto
como se crea en seguridad, Clementina va á escribirle y acaso á llamarle
cerca de ella. Por el sello de la carta sabremos dónde está y si Bobart
se marcha, la estación de que parta será una nueva indicación.
--¿Y entonces qué haremos?
--No lo sé todavía; es preciso reflexionarlo. Por otra parte, acaso no
sea por Federico por quien sepamos donde está la señorita Guichard ...
Tu mujer es muy capaz de burlar la vigilancia de Clementina y escribirte
...
El joven movió tristemente la cabeza.
--¿Cómo ha consentido en acompañarla?
--¡Buena es esa! ¿Sabes cómo habrán pasado las cosas? La señorita
Guichard es robusta como un coracero ... ¿Quién te dice que no se ha
llevado á Herminia por la fuerza?
--No es posible. ¡En medio de quinientas personas! ¡Cuando el cochero no
estaba prevenido y hubiera bastado un grito de llamada, un acto de
resistencia, por débil que fuese, para que el coche se detuviese!
--¿Y si Clementina ha mentido? Si la ha dicho que era solamente de mí de
quien huían, pero que tú irías á buscarlas por la mañana ... Con la
señorita Guichard, ¿entiendes? es posible todo. Es una vieja Eva sin
Adán, que por distraerse en su paraíso vacío, se ha comido todas las
manzanas y ha domesticado á la serpiente!
--Esperemos, pues.
--Paciente y cuerdamente. Piensa que tienes el porvenir delante de ti,
¡y qué porvenir! ¡Herminia sin la señorita Guichard! Porque, después de
semejante barrabasada, estarás en tu derecho tomando precauciones, y la
primera....
--Consistirá en separar á Herminia de ese monstruo de maldad.
--¡Ah! ¡Ah! dijo Roussel. Te ha llegado la vez. ¡Te hacías ilusiones
sobre Clementina y no estabas lejos de acusarme de exageración! ¿Cómo la
encuentras ahora tan deliciosa tía? Pues bien, amigo mío, ahí tienes la
esposa que el difunto Guichard, ¡paz á sus cenizas! había soñado
imponerme de por vida. ¿Comprendes que me haya defendido como un tigre?
¡El dichoso esposo de Clementina! Cuando pienso en esto me estremezco
todavía.
Hablando y paseándose por el estudio y por el jardín, los dos hombres
llegaron al medio día y se sentaron melancólicamente en el hermoso
comedor. No era así como Mauricio había pensado almorzar aquella mañana.
Roussel leía este pensamiento en su cara y estaba triste por su
tristeza. El día se pasó más pronto de lo que hubieran creído; pero la
velada, largamente prolongada, tanto temían uno y otro no dormir, les
pareció interminable. Por la mañana, estaban de pie al despuntar la
aurora. La impaciencia de Mauricio rayaba en el frenesí. Se paseaba á lo
largo del estudio como una fiera en la jaula. Roussel, sentado en un
sofá miraba sin hablar al joven: no hubiera sabido qué decirle, fuera de
las vulgaridades agotadas hacía mucho tiempo. El correo llegó sin carta
de Herminia. Y sin embargo, hubiera tenido tiempo de escribir si hubiera
querido ó podido hacerlo. Era evidente que no había podido. En esto
encontraba Roussel un gran campo de discusión y le aprovechaba, ocupando
á Mauricio con sus razonamientos y forzándole á distraer su dolor en
controversias. En resumen, sospechaban que la señorita Guichard había
secuestrado á la señora de Aubry de un modo tanto más criminal cuanto
que no tenía sobre la joven ni derechos naturales ni derechos
adquiridos. Además la impedía que llenase sus deberes respecto de su
marido habitando con él y donde á él le conviniera. Y Roussel citaba el
código. En suma, si Mauricio quería, había allí materia para un gran
proceso, y tomando un ilustre abogado, se podía poner á Clementina en
una posición muy desagradable.
Llegaron así al almuerzo, que les reunió otra vez en el comedor, tristes
y sin apetito. Hacia las dos, la sobrexcitación de Mauricio era tan
aguda, que hablaba de marcharse á París, subir á casa de Bobart y
cogerle por la garganta para obligarle á revelar los secretos de la
señorita Guichard y decir dónde ocultaba á Herminia. Á las tres, mirando
por la ventana hacia el camino, como si esperase ver á su mujer aparecer
súbitamente y correr á él con los brazos abiertos, lanzó un grito:
--¡Ahí está Federico!
--Seguramente tiene noticias, puesto que vuelve.
Mauricio había bajado ya la escalera. Cogió al criado por el brazo,
preguntándole, aturdiéndole y, sobre todo, impidiéndole hablar.
Solamente en presencia de Roussel, encontró Federico su equilibrio. Se
enjugó la frente y dijo:
--Ya sé lo que el señor deseaba averiguar.
--¡Buen Federico!
--Mauricio le estrechó en sus brazos.
--Si el señorito Mauricio quisiera no ahogarme, podría contarle lo que
he sabido.
--Veamos; déjale hablar. Este muchacho....
Mauricio se sentó en el sofá; y Federico volvió á tomar la palabra.
--Desde ayer no he dejado la portería de la casa del señor Bobart.
Francisco, que es mi amigo, me instaló en un rincón de su cuarto y allí
he esperado los acontecimientos. Nada ocurría; ningún suceso, ninguna
agitación. El señor Bobart se retiró ayer á las diez. Esta mañana no
salió. La distribución del correo nada había indicado. Yo estaba
consternado, cuando á medio día, en un montón de cartas, se encontró una
para el señor Bobart. Examinado el timbre de salida, nos dió esta
indicación: Clères (Sena Inferior).
--¡Ah! exclamó Roussel; ya la tenemos.
--Espere el señor, que la cosa se va á hacer más precisa dentro de un
segundo ... Hacia las doce y media, la cocinera del señor Bobart entró
en la portería. Iba á buscar un coche para su señor y entraba para rogar
á Francisco que subiese, á fin de ayudar al criado á bajar un baúl.
"¿Según eso se va de viaje su amo de usted? dijo Francisco.
--Sí, respondió ella ... Va á ver á unos parientes á Rouen...."
--¡Bravo! interrumpió Roussel. Rouen y después Clères. La señorita
Guichard está en Rouxmesnil, una tierra que posee en Normandía, cerca
de Dieppe ... Gracias, amigo Federico; ha maniobrado usted como un
verdadero agente de policía.
--¿Y el señor Bobart partió?
--Partió, sí, señor; un cuarto de hora después.
--¡Bueno! Federico. Ahora puede usted bajar; su misión ha terminado.
Coma usted, beba, descanse.
--Doy mil gracias al señor.
Roussel y Mauricio, al quedar solos, se miraron, y enseguida, como si
les animara un pensamiento único, dijeron á un tiempo:
--¡Partamos!
--Hay un tren esta tarde; tenemos tiempo de hacer nuestros preparativos,
añadió Roussel. Y no nos ilusionemos; va á ser preciso, acaso, emplear
la fuerza para dar buena cuenta de la señorita Guichard.
--La emplearemos.
En todo caso, empecemos con precaución, para no poner en guardia al
enemigo. Si fuésemos reconocidos, Clementina sería capaz de cambiar de
residencia y nuestras pesquisas tendrían que empezar de nuevo.
--Pues bien, si es preciso, nos disfrazaremos. Yo le desfiguraré á
usted.
--¡Ah! Por fin te veo animado. ¿Vives ahora?
--Sí, empiezo á esperar.
--Ve á preparar tu maleta. No llevaremos más que lo estrictamente
necesario. ¡Nada de caja de colores ni de caballete de campo sobre todo!
Un pintor llamaría la atención en diez leguas á la redonda.
--Tiene usted razón.
El joven entró en su cuarto y un instante después, Roussel, con una
satisfacción profunda, le oyó tararear.
El castillo de Rouxmesnil es una edificación blanca, perdida entre el
verdor de un parque de diez hectáreas y rodeada de muros y de
precipicios. Un espeso bosque de hayas centenarias la defiende del
viento del mar, que barre furiosamente toda la llanura. Una importante
hacienda dependía del castillo, que no estaba habitado hacía mucho
tiempo. Al tío Guichard le gustaba esta propiedad, que había heredado de
su padre. Pasaba en ella dos meses del año, en la época de la caza. Las
llanuras y los bosques que rodean á Rouxmesnil son muy sinuosos. El
mobiliario de las habitaciones, conservado tal cual, aunque parecía
incómodo y pasado de moda, había vuelto á ser del gusto del día. Estaba
formado por aquellas encantadoras maderas estilo Luis XVI, cubiertas de
terciopelo de Utrecht, camas, armarios y cómodas de caoba, adornadas con
cobre dorado. Los tapices eran antiguas telas de Jouy, de colores
amortiguados por el tiempo. El polvo del abandono cubría los muebles. El
piso bajo, ventilado solamente dos veces al mes por el jardinero, que al
mismo tiempo era conserje, olía á humedad. Pero las ventanas daban á una
gran pradera á la que servían de marco hermosas arboledas, y á lo lejos,
más allá de la llanura, los bosques comunales de Saint-Victor extendían
sus ramas sombrías en las que cantaban los melancólicos cucos.
Al llegar á Rouxmesnil, Herminia, que no había estado allí más que dos
veces con la señorita Guichard y llevaba los ojos hinchados de llorar,
la cabeza aturdida por el insomnio y el corazón oprimido por el
pensamiento de la pena que debía experimentar Mauricio, creyó que
entraba en una prisión. Las maderas cerradas hacían reinar una oscuridad
húmeda en todas las habitaciones. Un silencio profundo reinaba en la
finca y, para colmo de tristeza, una lluvia torrencial, que había
empezado en Clères, al salir del tren, borraba el horizonte en una bruma
gris.
La señorita Guichard, afectando con Herminia una dulzura llena de
compasión, como si acabase de arrancarla al más espantoso peligro, daba
órdenes á la doncella que las había acompañado, y decía en su habitual
tono de mando:
--¡El departamento de Herminia, ante todo! Que esta querida niña tenga
enseguida un sitio para descansar! ¡Tiene de ello tal necesidad después
de semejantes emociones!... Envíe usted á buscar gentes á la quinta ...
Quiero que dentro de dos horas esté todo en orden en el castillo ...
¿Cómo te sientes, querida hija mía? ¡Esperarás el almuerzo!...
--¡Oh! No tengo apetito ninguno, tía ...
--Es preciso comer, niña querida, para ponerte en estado de soportar la
prueba ...
--Pero, tía mía, ¿qué prueba? preguntó Herminia con irritación.
--¡Paciencia, hija mía; ya lo sabrás todo! Entonces comprenderás la
infamia de que ibas á ser víctima y yo contigo ...
--¡Una infamia!... ¡De Mauricio, es imposible!
--No era él el culpable ... Pero el abominable mentor que le dirige!
Dejemos estas explicaciones para después; sabes que puedes contar con mi
afección ... ¡No te abandonaré jamás!
Herminia ahogó un suspiro. La perspectiva de no dejar nunca á la
señorita Guichard no era á propósito para tranquilizarla. La señorita
Guichard sin Mauricio, ó Mauricio sin la señorita Guichard; tal era la
disyuntiva que se ofrecía á su pensamiento, y en aquella hora no era
posible dudar: hubiera querido estar con Mauricio.
Había sido preciso todo el ascendiente moral que ejercía sobre ella su
bienhechora, y un poco, también, la violencia material, para impedirla
saltar del coche cuando había visto aparecer á Clementina en lugar de su
marido. Clementina tuvo necesidad de cogerla por la cintura, sin dejar
de dirigirle los más violentos reproches. Hasta París, Herminia no había
hecho más que sollozar. Toda la noche había estado inquieta en el lecho,
regando las almohadas con sus lágrimas. Por la mañana había sido aún
necesario violentarla para llevarla al ferrocarril.
Y ahora, en aquel antiguo castillo, frío, húmedo y desolado, continuaba
rebelándose. No lo hacía en voz alta, porque tenía miedo á su tía, pero
en el fondo juzgaba severamente su manera de obrar. La sublevación moral
de la joven era tan visible, que Clementina se creyó obligada á algunas
explicaciones. No esperaba encontrar tal energía en aquella delicada
rubia que había obedecido tan perfectamente desde que dependía de ella.
¿Pero qué importaba la resistencia á la fogosa Clementina? Á los que la
resistían, los aniquilaba. Roussel y Mauricio sabían algo de esto.
Condujo á Herminia á una habitación del primer piso y abriendo vivamente
las persianas, dijo:
--Esta es la habitación que yo habitaba en otro tiempo, cuando vivía el
tío Guichard ... Te la doy, hija mía ... Comunica con otro cuarto que
será, para tu marido cuando haya cesado de enfurruñarse y venga á
reunirse contigo.
--¿Podrá, entonces, venir?
--Sin duda alguna.
--Pero, ¿sabe que estamos aquí?
--Voy á escribírselo yo misma, inmediatamente.
--¡Oh! Déjeme usted ese cuidado, tía mía, exclamó la joven.
--Eso no sería ni correcto ni conveniente, contestó Clementina.
Parecería que te sustraías á mi jurisdicción y que hacías concesiones,
cuando es él quien debe hacerlas ...
--¡Oh! tía mía, nada más que una palabra al final de la carta ...
--Una palabra, sea, dijo la señorita Guichard, pensando que, después de
todo, un ruego de Herminia activaría la sumisión de Mauricio. El pobre
muchacho está tan mal aconsejado que sería capaz de no venir.
--¿Lo cree usted?
--Lo creo todo mientras Roussel esté cerca de él. ¡Ese hombre es su
genio malo!
Saltó, dejando á su sobrina entregada á sus reflexiones. El plan que
había formado era muy sencillo. Por segunda vez quería obligar á
Mauricio á adquirir compromisos y el primero sería renunciar á Roussel.
¿No accedía? pues no tendría á su mujer. Había que elegir: ó venía á
buenas y cumplía siquiera la mitad de sus promesas, caso en el cual la
dicha de Roussel estaría muy comprometida, ó no cedía, y entonces era
fácil hacer pasar su resistencia por egoísmo, por indiferencia, y
procurar una disensión entre los esposos. En el primer caso, Clementina
triunfaba y continuaba siendo omnipotente; en el segundo, se vengaba
terriblemente de los que hablan intentado burlarla, y esto era también
una victoria.
En sus nuevas posiciones se creía muy fuerte; casi invencible. Por de
pronto, su Rouxmesnil le parecía inexpugnable. Para llegar hasta
Herminia sin permiso y sin entrar por la puerta grande, había que
escalar el muro, franquear el foso y atravesar el parque, y el guarda,
prevenido, rondaría constantemente. El arrendador de la hacienda le
había prestado un perro que vigilaba de día y era feroz de noche. Por
último, Clementina llamaría á Bobart en su ayuda. En semejantes
circunstancias tenía necesidad de los consejos jurídicos y de las
artimañas de aquel práctico astuto.
Le escribió enseguida. Á Mauricio le escribiría al día siguiente:
convenía que el tiempo calmase su cólera y produjese el desaliento. Por
la mañana, en efecto, entró en el cuarto donde Herminia había acabado
por dormirse con un sueño febril y puso una carta sobre la mesa,
diciendo:
--Lee y añade lo que quieras.
--La carta era amistosa, decía á Mauricio que se esperaba su llegada y
terminaba así: "He olvidado el daño que ha querido usted hacerme, porque
sé muy bien que no obedecía usted á sus propias inspiraciones, y estoy
pronta á acogerle como á un hijo respetuoso y sumiso." Herminia no echó
de ver con qué pérfida habilidad habían sido escogidos los términos de
esta carta para herir á Mauricio, á quien se trataba como un niño por la
que tan duramente acababa de hacerle sentir su autoridad. La joven no
vió más que la llamada á su marido y esto bastó. Cogió una pluma y al
pie de la carta escribió. "Ven, mi querido Mauricio, te espero con mucha
impaciencia. Cree que soy toda tuya." Ardía en deseos de añadir: "Te
abrazo y te amo," pero no se atrevió. Firmó con letra un poco alterada,
porque el corazón le latía y le parecía que arriesgaba su vida en este
momento. La señorita Guichard cerró el sobre y dijo:
--Tú misma darás la carta para que la pongan en el correo al ir á
esperar á Bobart.
--¿El señor Bobart llega?
--Claro está. ¿Crees que vamos á vivir como dos prisioneras? No nos
ocultamos, porque no hemos hecho nada malo.
Sin embargo, Herminia vió muy bien que se adoptaban todas las
precauciones para que ella no pudiese tener comunicación alguna con el
exterior. Por la tarde llegó el desagradable Bobart. Comió y enseguida
se encerró con la señorita Guichard. Herminia se refugió en su
habitación y con la ventana abierta soñó, contemplando la luna que
aparecía por encima de las hayas y las plateaba con su luz. Una paz
profunda reinaba en la campiña. Solamente los buhos hacían oir en los
abetos su grito monótono y triste.
La joven pensó que acaso estaba destinada á vivir siempre en aquella
soledad y aquel silencio. Si Mauricio no acudía; ¿cómo conseguir
reunirse con él? ¿Quién los aproximaría? ¿Quién disiparía todos aquellos
errores interesados? ¿Cómo caerían los obstáculos acumulados por
voluntades hostiles? Una gran tristeza se apoderó de ella y rodaron
sobre su cara gruesas lágrimas, lentas y amargas.
Era cerca de media noche cuando subieron Clementina y Bobart. Herminia
cerró la ventana, se desnudó, hizo su oración, rogando al cielo que la
devolviese su marido, y se durmió más calmada. Por la mañana se
presentó para el almuerzo y tuvo que sufrir los cumplimientos insidiosos
del ex-abogado. Durante el día Clementina propuso un paseo por el
parque, pero á Herminia le pareció un suplicio pasear entre Bobart y la
señorita Guichard. Pretextó una jaqueca y se quedó.
Pasó este día y el siguiente en una profunda ansiedad y prestó el oído á
todos los ruidos del camino creyendo á cada instante ver llegar á
Mauricio. Todas las noches se acostaba con el corazón oprimido,
diciéndose: "¡Mañana será!" Y el día siguiente no traía tampoco noticias
del marido esperado, que no venía.
CAPÍTULO IX
EL BLOQUEO.
Al cabo de cuatro días Herminia empezó á sentir cierto despecho.
Verdaderamente, Mauricio era muy indiferente ó muy orgulloso. ¡Qué! ¿No
podía decidirse á venir al lado de su mujer? ¿Estaba tan ofendido por su
partida en la noche de la boda? ¿No debía creer que no lo había hecho
por su voluntad? Sin embargo, no perdía la esperanza.
Observaba siempre al guarda en acecho y oía ladrar al perro feroz todas
las noches. Su tía le lanzaba maliciosas miradas como queriendo decirla:
"¿Eh? Ahí tienes tu amor, mira lo que es ... ¡Su intensidad no es
bastante para hacer olvidar á un hombre su amor propio ofendido!" ...
Cuando la hablaba la llamaba con afectación: "Mi pobre hija" con un tono
de lástima que molestaba extraordinariamente á Herminia.