Cayeron sobre el abogado, que con aire inocente saboreaba un helado,

sentado en un mullido sillón, y allí, sin levantarla voz, pero con

miradas muy expresivas, preguntaron:

--Bobart, ¿qué es de la señorita Guichard?

--Pues lo ignoro, balbuceó el abogado, levantándose para escapar á las

preguntas.

--¡No se mueva usted! y responda, dijo Roussel. ¿Dónde está la señorita

Guichard?

--¡No sé! señores, contestó Bobart gritando para llamar la atención

sobre él. No comprendo vuestra insistencia....

--Hable usted más bajo, dijo Mauricio, ó le llevo al salón inmediato y

allí ... va usted á ver.

Estaba tan amenazador, que Bobart, espantado, permaneció en su butaca

sin hacer un movimiento, sin pronunciar una palabra.

--Le doy á usted un minuto para decidirse á responder. Dentro de un

minuto le haré á usted responsable de la emboscada que aquí se ha

ejecutado.

--¡La emboscada! exclamó Bobart, fuera de sí por el terror. ¿Quién la ha

preparado?

--¡Ah! ¿Usted sabe, pues, lo que ha sucedido? Usted conviene en ello....

Yo no convengo en nada.... Ustedes me violentan ... me amenazan....

--Sí; todo lo que convenga para saber dónde está la señorita

Guichard....

--Pues bien.... ¡Ha partido!

--¡Ha partido! ¿Con la señora de Aubry?

--Con la señora de Aubry y en la propia carretela de usted. Vaya; ¿está

usted satisfecho? dijo Bobart con expresión de radiante alegría.

--¿Adónde la conduce?

--¡Vaya usted á preguntárselo!

--¿La ha obligado á acompañarla?

--¡Obligado! exclamó Bobart. ¿Cómo es eso posible? ¿Por qué no robado á

la fuerza? ¡En medio de quinientas personas! ¡No, no! La señora de Aubry

ha seguido á su tía de buen grado.... La señorita Guichard la ha

ilustrado acerca del aspecto moral del acto que iba á cometer. La joven

ha reconocido que había sido inducida á error y ha partido libremente y

por su propia voluntad!...

--¡Viejo tunante! exclamó Mauricio exasperado, y cogiendo á Bobart por

un hombro, le sacudió tan rudamente que Roussel vino al socorro del

abogado y sé interpuso entre su ahijado y él.

--Vamos, hijo mío, un poco más de calma. En todo lo que el señor dice no

hay sin duda ni una palabra de verdad. Hemos jugado una partida y

acabamos de perderla: tratemos de tomar el desquite. Para esto no nos

las entendamos con los lacayos, sino con los dueños.

--¡Lacayos! repitió Bobart. Sepa usted señor mío....

--¡Nada! interrumpió Roussel; conozco á usted hace mucho tiempo, señor

hipócrita, señor pedante.... He dicho lacayo y hubiera podido decir

espía....

--¡Y si no está usted contento, añadió Mauricio, puede usted enviarme su

hijo!

--No, señor, declaró enfáticamente Bobart. Soy muy suficiente para

vengar yo mismo mis injurias. Usted sabrá lo que cuesta tener que

habérselas con un hombre como yo....

--¡Los clientes de usted lo han sabido muy bien, maestro en vilezas!

dijo Roussel. Pero téngase por advertido y que no le encuentre yo en mi

camino, ó le hago pagar las costas con más gracia que usted mismo lo

hacía....

Y tomando á su hijo por el brazo, dijo:

--Ven, Mauricio, ven. No tenemos nada que hacer aquí.

CAPÍTULO VIII

EL SECUESTRO.

Por la mañana del siguiente día, estaba Roussel todavía dormido cuando

entró Mauricio en su cuarto, descorrió las cortinas y se sentó en una

butaca al pie de la cama.

--¿Qué hora es pues? preguntó Fortunato incorporándose.

--Las cinco. Perdóneme usted que interrumpa tan pronto su sueño, pero

estando solo, me volvía loco....

--¡Oh! hijo mío; has hecho muy bien en despertarme. Espera, voy á

levantarme.

--No, permanezca usted acostado; lo mismo podemos conversar y con tal de

que me hable usted de Clementina, quedaré aliviado....

--¿Tú no has dormido? mi pobre hijo....

--¡No! Pero eso importa poco. Sufriría todas las penas sin quejarme con

tal de saber dónde está mi pobre mujer.

--Tranquilízate; lo sabremos. Y entonces.... Pero, ahora pienso ...

Federico, ¿está levantado?... Sí. Llama.

--¿Para qué?

--Vas á verlo.

Mauricio llamó. Al cabo de un instante apareció el ayuda de cámara de

Roussel. Era un excelente servidor que había sustituído al criado modelo

que la señorita Guichard había quitado á Fortunato veinte años antes.

Ningún ofrecimiento había hecho mella en Federico; por eso, en sus días

de buen humor, Roussel le llamaba Hipócrates. Un día en que el ayuda de

cámara se atrevió á preguntar á su señor porqué le llamaba así, éste le

respondió: "Por causa de los presentes de Artajerjes." Federico no

comprendió mucho más y permaneció estupefacto. Y Roussel añadió "¡

Bueno! No se caliente usted la cabeza: Hipócrates era un hombre

incorruptible." Federico se dió por satisfecho y adquirió mucho mayor

importancia á sus propios ojos. Con el tiempo se había hecho enteramente

adepto y, sobre todo, adoraba á Mauricio.

--Federico, dijo Roussel, ¿está usted todavía en buena inteligencia con

el portero del señor Bobart?

--Sí, señor. Por recomendación del señor, yo he sido quien le ha

proporcionado su plaza.

--Bueno. Federico, va usted á salir inmediatamente para París. Irá usted

á ver á su protegido y le pedirá, como un servicio de capital

importancia, que, en el caso de que el señor Bobart salga de París,

indique á usted la estación por donde ha partido. Y si puede usted

obtener que le informe acerca del departamento ó el país extranjero de

donde lleguen cartas para el señor Bobart, nos prestará á Mauricio y á

mí una ayuda inapreciable.... Usted nos conoce muy bien para creer que

se trata de algo vituperable....

--¡Oh, señor! Con los ojos cerrados le obedeceré.... Con los ojos

cerrados....

--Y bien, no los cierre usted.... Ábralos, por el contrario, todo lo que

pueda.... Quédese usted en París y á las horas de la distribución del

correo esté siempre en casa del portero ...¿El señor Bobart le conoce á

usted?

--No, señor.

--Tan pronto como tenga usted noticias que darnos, vuelve sin perder ni

un segundo.

--El señor puede contar conmigo.

Y salió. Mauricio permanció sentado, interrogando á su tutor con la

mirada.

--He aquí mi idea, dijo éste. Está fuera de toda duda para mí que el

tunante de Bobart es cómplice de la señorita Guichard. Él nos espió la

noche última y él fué quien la previno. Es, pues, cierto, que tan pronto

como se crea en seguridad, Clementina va á escribirle y acaso á llamarle

cerca de ella. Por el sello de la carta sabremos dónde está y si Bobart

se marcha, la estación de que parta será una nueva indicación.

--¿Y entonces qué haremos?

--No lo sé todavía; es preciso reflexionarlo. Por otra parte, acaso no

sea por Federico por quien sepamos donde está la señorita Guichard ...

Tu mujer es muy capaz de burlar la vigilancia de Clementina y escribirte

...

El joven movió tristemente la cabeza.

--¿Cómo ha consentido en acompañarla?

--¡Buena es esa! ¿Sabes cómo habrán pasado las cosas? La señorita

Guichard es robusta como un coracero ... ¿Quién te dice que no se ha

llevado á Herminia por la fuerza?

--No es posible. ¡En medio de quinientas personas! ¡Cuando el cochero no

estaba prevenido y hubiera bastado un grito de llamada, un acto de

resistencia, por débil que fuese, para que el coche se detuviese!

--¿Y si Clementina ha mentido? Si la ha dicho que era solamente de mí de

quien huían, pero que tú irías á buscarlas por la mañana ... Con la

señorita Guichard, ¿entiendes? es posible todo. Es una vieja Eva sin

Adán, que por distraerse en su paraíso vacío, se ha comido todas las

manzanas y ha domesticado á la serpiente!

--Esperemos, pues.

--Paciente y cuerdamente. Piensa que tienes el porvenir delante de ti,

¡y qué porvenir! ¡Herminia sin la señorita Guichard! Porque, después de

semejante barrabasada, estarás en tu derecho tomando precauciones, y la

primera....

--Consistirá en separar á Herminia de ese monstruo de maldad.

--¡Ah! ¡Ah! dijo Roussel. Te ha llegado la vez. ¡Te hacías ilusiones

sobre Clementina y no estabas lejos de acusarme de exageración! ¿Cómo la

encuentras ahora tan deliciosa tía? Pues bien, amigo mío, ahí tienes la

esposa que el difunto Guichard, ¡paz á sus cenizas! había soñado

imponerme de por vida. ¿Comprendes que me haya defendido como un tigre?

¡El dichoso esposo de Clementina! Cuando pienso en esto me estremezco

todavía.

Hablando y paseándose por el estudio y por el jardín, los dos hombres

llegaron al medio día y se sentaron melancólicamente en el hermoso

comedor. No era así como Mauricio había pensado almorzar aquella mañana.

Roussel leía este pensamiento en su cara y estaba triste por su

tristeza. El día se pasó más pronto de lo que hubieran creído; pero la

velada, largamente prolongada, tanto temían uno y otro no dormir, les

pareció interminable. Por la mañana, estaban de pie al despuntar la

aurora. La impaciencia de Mauricio rayaba en el frenesí. Se paseaba á lo

largo del estudio como una fiera en la jaula. Roussel, sentado en un

sofá miraba sin hablar al joven: no hubiera sabido qué decirle, fuera de

las vulgaridades agotadas hacía mucho tiempo. El correo llegó sin carta

de Herminia. Y sin embargo, hubiera tenido tiempo de escribir si hubiera

querido ó podido hacerlo. Era evidente que no había podido. En esto

encontraba Roussel un gran campo de discusión y le aprovechaba, ocupando

á Mauricio con sus razonamientos y forzándole á distraer su dolor en

controversias. En resumen, sospechaban que la señorita Guichard había

secuestrado á la señora de Aubry de un modo tanto más criminal cuanto

que no tenía sobre la joven ni derechos naturales ni derechos

adquiridos. Además la impedía que llenase sus deberes respecto de su

marido habitando con él y donde á él le conviniera. Y Roussel citaba el

código. En suma, si Mauricio quería, había allí materia para un gran

proceso, y tomando un ilustre abogado, se podía poner á Clementina en

una posición muy desagradable.

Llegaron así al almuerzo, que les reunió otra vez en el comedor, tristes

y sin apetito. Hacia las dos, la sobrexcitación de Mauricio era tan

aguda, que hablaba de marcharse á París, subir á casa de Bobart y

cogerle por la garganta para obligarle á revelar los secretos de la

señorita Guichard y decir dónde ocultaba á Herminia. Á las tres, mirando

por la ventana hacia el camino, como si esperase ver á su mujer aparecer

súbitamente y correr á él con los brazos abiertos, lanzó un grito:

--¡Ahí está Federico!

--Seguramente tiene noticias, puesto que vuelve.

Mauricio había bajado ya la escalera. Cogió al criado por el brazo,

preguntándole, aturdiéndole y, sobre todo, impidiéndole hablar.

Solamente en presencia de Roussel, encontró Federico su equilibrio. Se

enjugó la frente y dijo:

--Ya sé lo que el señor deseaba averiguar.

--¡Buen Federico!

--Mauricio le estrechó en sus brazos.

--Si el señorito Mauricio quisiera no ahogarme, podría contarle lo que

he sabido.

--Veamos; déjale hablar. Este muchacho....

Mauricio se sentó en el sofá; y Federico volvió á tomar la palabra.

--Desde ayer no he dejado la portería de la casa del señor Bobart.

Francisco, que es mi amigo, me instaló en un rincón de su cuarto y allí

he esperado los acontecimientos. Nada ocurría; ningún suceso, ninguna

agitación. El señor Bobart se retiró ayer á las diez. Esta mañana no

salió. La distribución del correo nada había indicado. Yo estaba

consternado, cuando á medio día, en un montón de cartas, se encontró una

para el señor Bobart. Examinado el timbre de salida, nos dió esta

indicación: Clères (Sena Inferior).

--¡Ah! exclamó Roussel; ya la tenemos.

--Espere el señor, que la cosa se va á hacer más precisa dentro de un

segundo ... Hacia las doce y media, la cocinera del señor Bobart entró

en la portería. Iba á buscar un coche para su señor y entraba para rogar

á Francisco que subiese, á fin de ayudar al criado á bajar un baúl.

"¿Según eso se va de viaje su amo de usted? dijo Francisco.

--Sí, respondió ella ... Va á ver á unos parientes á Rouen...."

--¡Bravo! interrumpió Roussel. Rouen y después Clères. La señorita

Guichard está en Rouxmesnil, una tierra que posee en Normandía, cerca

de Dieppe ... Gracias, amigo Federico; ha maniobrado usted como un

verdadero agente de policía.

--¿Y el señor Bobart partió?

--Partió, sí, señor; un cuarto de hora después.

--¡Bueno! Federico. Ahora puede usted bajar; su misión ha terminado.

Coma usted, beba, descanse.

--Doy mil gracias al señor.

Roussel y Mauricio, al quedar solos, se miraron, y enseguida, como si

les animara un pensamiento único, dijeron á un tiempo:

--¡Partamos!

--Hay un tren esta tarde; tenemos tiempo de hacer nuestros preparativos,

añadió Roussel. Y no nos ilusionemos; va á ser preciso, acaso, emplear

la fuerza para dar buena cuenta de la señorita Guichard.

--La emplearemos.

En todo caso, empecemos con precaución, para no poner en guardia al

enemigo. Si fuésemos reconocidos, Clementina sería capaz de cambiar de

residencia y nuestras pesquisas tendrían que empezar de nuevo.

--Pues bien, si es preciso, nos disfrazaremos. Yo le desfiguraré á

usted.

--¡Ah! Por fin te veo animado. ¿Vives ahora?

--Sí, empiezo á esperar.

--Ve á preparar tu maleta. No llevaremos más que lo estrictamente

necesario. ¡Nada de caja de colores ni de caballete de campo sobre todo!

Un pintor llamaría la atención en diez leguas á la redonda.

--Tiene usted razón.

El joven entró en su cuarto y un instante después, Roussel, con una

satisfacción profunda, le oyó tararear.

El castillo de Rouxmesnil es una edificación blanca, perdida entre el

verdor de un parque de diez hectáreas y rodeada de muros y de

precipicios. Un espeso bosque de hayas centenarias la defiende del

viento del mar, que barre furiosamente toda la llanura. Una importante

hacienda dependía del castillo, que no estaba habitado hacía mucho

tiempo. Al tío Guichard le gustaba esta propiedad, que había heredado de

su padre. Pasaba en ella dos meses del año, en la época de la caza. Las

llanuras y los bosques que rodean á Rouxmesnil son muy sinuosos. El

mobiliario de las habitaciones, conservado tal cual, aunque parecía

incómodo y pasado de moda, había vuelto á ser del gusto del día. Estaba

formado por aquellas encantadoras maderas estilo Luis XVI, cubiertas de

terciopelo de Utrecht, camas, armarios y cómodas de caoba, adornadas con

cobre dorado. Los tapices eran antiguas telas de Jouy, de colores

amortiguados por el tiempo. El polvo del abandono cubría los muebles. El

piso bajo, ventilado solamente dos veces al mes por el jardinero, que al

mismo tiempo era conserje, olía á humedad. Pero las ventanas daban á una

gran pradera á la que servían de marco hermosas arboledas, y á lo lejos,

más allá de la llanura, los bosques comunales de Saint-Victor extendían

sus ramas sombrías en las que cantaban los melancólicos cucos.

Al llegar á Rouxmesnil, Herminia, que no había estado allí más que dos

veces con la señorita Guichard y llevaba los ojos hinchados de llorar,

la cabeza aturdida por el insomnio y el corazón oprimido por el

pensamiento de la pena que debía experimentar Mauricio, creyó que

entraba en una prisión. Las maderas cerradas hacían reinar una oscuridad

húmeda en todas las habitaciones. Un silencio profundo reinaba en la

finca y, para colmo de tristeza, una lluvia torrencial, que había

empezado en Clères, al salir del tren, borraba el horizonte en una bruma

gris.

La señorita Guichard, afectando con Herminia una dulzura llena de

compasión, como si acabase de arrancarla al más espantoso peligro, daba

órdenes á la doncella que las había acompañado, y decía en su habitual

tono de mando:

--¡El departamento de Herminia, ante todo! Que esta querida niña tenga

enseguida un sitio para descansar! ¡Tiene de ello tal necesidad después

de semejantes emociones!... Envíe usted á buscar gentes á la quinta ...

Quiero que dentro de dos horas esté todo en orden en el castillo ...

¿Cómo te sientes, querida hija mía? ¡Esperarás el almuerzo!...

--¡Oh! No tengo apetito ninguno, tía ...

--Es preciso comer, niña querida, para ponerte en estado de soportar la

prueba ...

--Pero, tía mía, ¿qué prueba? preguntó Herminia con irritación.

--¡Paciencia, hija mía; ya lo sabrás todo! Entonces comprenderás la

infamia de que ibas á ser víctima y yo contigo ...

--¡Una infamia!... ¡De Mauricio, es imposible!

--No era él el culpable ... Pero el abominable mentor que le dirige!

Dejemos estas explicaciones para después; sabes que puedes contar con mi

afección ... ¡No te abandonaré jamás!

Herminia ahogó un suspiro. La perspectiva de no dejar nunca á la

señorita Guichard no era á propósito para tranquilizarla. La señorita

Guichard sin Mauricio, ó Mauricio sin la señorita Guichard; tal era la

disyuntiva que se ofrecía á su pensamiento, y en aquella hora no era

posible dudar: hubiera querido estar con Mauricio.

Había sido preciso todo el ascendiente moral que ejercía sobre ella su

bienhechora, y un poco, también, la violencia material, para impedirla

saltar del coche cuando había visto aparecer á Clementina en lugar de su

marido. Clementina tuvo necesidad de cogerla por la cintura, sin dejar

de dirigirle los más violentos reproches. Hasta París, Herminia no había

hecho más que sollozar. Toda la noche había estado inquieta en el lecho,

regando las almohadas con sus lágrimas. Por la mañana había sido aún

necesario violentarla para llevarla al ferrocarril.

Y ahora, en aquel antiguo castillo, frío, húmedo y desolado, continuaba

rebelándose. No lo hacía en voz alta, porque tenía miedo á su tía, pero

en el fondo juzgaba severamente su manera de obrar. La sublevación moral

de la joven era tan visible, que Clementina se creyó obligada á algunas

explicaciones. No esperaba encontrar tal energía en aquella delicada

rubia que había obedecido tan perfectamente desde que dependía de ella.

¿Pero qué importaba la resistencia á la fogosa Clementina? Á los que la

resistían, los aniquilaba. Roussel y Mauricio sabían algo de esto.

Condujo á Herminia á una habitación del primer piso y abriendo vivamente

las persianas, dijo:

--Esta es la habitación que yo habitaba en otro tiempo, cuando vivía el

tío Guichard ... Te la doy, hija mía ... Comunica con otro cuarto que

será, para tu marido cuando haya cesado de enfurruñarse y venga á

reunirse contigo.

--¿Podrá, entonces, venir?

--Sin duda alguna.

--Pero, ¿sabe que estamos aquí?

--Voy á escribírselo yo misma, inmediatamente.

--¡Oh! Déjeme usted ese cuidado, tía mía, exclamó la joven.

--Eso no sería ni correcto ni conveniente, contestó Clementina.

Parecería que te sustraías á mi jurisdicción y que hacías concesiones,

cuando es él quien debe hacerlas ...

--¡Oh! tía mía, nada más que una palabra al final de la carta ...

--Una palabra, sea, dijo la señorita Guichard, pensando que, después de

todo, un ruego de Herminia activaría la sumisión de Mauricio. El pobre

muchacho está tan mal aconsejado que sería capaz de no venir.

--¿Lo cree usted?

--Lo creo todo mientras Roussel esté cerca de él. ¡Ese hombre es su

genio malo!

Saltó, dejando á su sobrina entregada á sus reflexiones. El plan que

había formado era muy sencillo. Por segunda vez quería obligar á

Mauricio á adquirir compromisos y el primero sería renunciar á Roussel.

¿No accedía? pues no tendría á su mujer. Había que elegir: ó venía á

buenas y cumplía siquiera la mitad de sus promesas, caso en el cual la

dicha de Roussel estaría muy comprometida, ó no cedía, y entonces era

fácil hacer pasar su resistencia por egoísmo, por indiferencia, y

procurar una disensión entre los esposos. En el primer caso, Clementina

triunfaba y continuaba siendo omnipotente; en el segundo, se vengaba

terriblemente de los que hablan intentado burlarla, y esto era también

una victoria.

En sus nuevas posiciones se creía muy fuerte; casi invencible. Por de

pronto, su Rouxmesnil le parecía inexpugnable. Para llegar hasta

Herminia sin permiso y sin entrar por la puerta grande, había que

escalar el muro, franquear el foso y atravesar el parque, y el guarda,

prevenido, rondaría constantemente. El arrendador de la hacienda le

había prestado un perro que vigilaba de día y era feroz de noche. Por

último, Clementina llamaría á Bobart en su ayuda. En semejantes

circunstancias tenía necesidad de los consejos jurídicos y de las

artimañas de aquel práctico astuto.

Le escribió enseguida. Á Mauricio le escribiría al día siguiente:

convenía que el tiempo calmase su cólera y produjese el desaliento. Por

la mañana, en efecto, entró en el cuarto donde Herminia había acabado

por dormirse con un sueño febril y puso una carta sobre la mesa,

diciendo:

--Lee y añade lo que quieras.

--La carta era amistosa, decía á Mauricio que se esperaba su llegada y

terminaba así: "He olvidado el daño que ha querido usted hacerme, porque

sé muy bien que no obedecía usted á sus propias inspiraciones, y estoy

pronta á acogerle como á un hijo respetuoso y sumiso." Herminia no echó

de ver con qué pérfida habilidad habían sido escogidos los términos de

esta carta para herir á Mauricio, á quien se trataba como un niño por la

que tan duramente acababa de hacerle sentir su autoridad. La joven no

vió más que la llamada á su marido y esto bastó. Cogió una pluma y al

pie de la carta escribió. "Ven, mi querido Mauricio, te espero con mucha

impaciencia. Cree que soy toda tuya." Ardía en deseos de añadir: "Te

abrazo y te amo," pero no se atrevió. Firmó con letra un poco alterada,

porque el corazón le latía y le parecía que arriesgaba su vida en este

momento. La señorita Guichard cerró el sobre y dijo:

--Tú misma darás la carta para que la pongan en el correo al ir á

esperar á Bobart.

--¿El señor Bobart llega?

--Claro está. ¿Crees que vamos á vivir como dos prisioneras? No nos

ocultamos, porque no hemos hecho nada malo.

Sin embargo, Herminia vió muy bien que se adoptaban todas las

precauciones para que ella no pudiese tener comunicación alguna con el

exterior. Por la tarde llegó el desagradable Bobart. Comió y enseguida

se encerró con la señorita Guichard. Herminia se refugió en su

habitación y con la ventana abierta soñó, contemplando la luna que

aparecía por encima de las hayas y las plateaba con su luz. Una paz

profunda reinaba en la campiña. Solamente los buhos hacían oir en los

abetos su grito monótono y triste.

La joven pensó que acaso estaba destinada á vivir siempre en aquella

soledad y aquel silencio. Si Mauricio no acudía; ¿cómo conseguir

reunirse con él? ¿Quién los aproximaría? ¿Quién disiparía todos aquellos

errores interesados? ¿Cómo caerían los obstáculos acumulados por

voluntades hostiles? Una gran tristeza se apoderó de ella y rodaron

sobre su cara gruesas lágrimas, lentas y amargas.

Era cerca de media noche cuando subieron Clementina y Bobart. Herminia

cerró la ventana, se desnudó, hizo su oración, rogando al cielo que la

devolviese su marido, y se durmió más calmada. Por la mañana se

presentó para el almuerzo y tuvo que sufrir los cumplimientos insidiosos

del ex-abogado. Durante el día Clementina propuso un paseo por el

parque, pero á Herminia le pareció un suplicio pasear entre Bobart y la

señorita Guichard. Pretextó una jaqueca y se quedó.

Pasó este día y el siguiente en una profunda ansiedad y prestó el oído á

todos los ruidos del camino creyendo á cada instante ver llegar á

Mauricio. Todas las noches se acostaba con el corazón oprimido,

diciéndose: "¡Mañana será!" Y el día siguiente no traía tampoco noticias

del marido esperado, que no venía.

CAPÍTULO IX

EL BLOQUEO.

Al cabo de cuatro días Herminia empezó á sentir cierto despecho.

Verdaderamente, Mauricio era muy indiferente ó muy orgulloso. ¡Qué! ¿No

podía decidirse á venir al lado de su mujer? ¿Estaba tan ofendido por su

partida en la noche de la boda? ¿No debía creer que no lo había hecho

por su voluntad? Sin embargo, no perdía la esperanza.

Observaba siempre al guarda en acecho y oía ladrar al perro feroz todas

las noches. Su tía le lanzaba maliciosas miradas como queriendo decirla:

"¿Eh? Ahí tienes tu amor, mira lo que es ... ¡Su intensidad no es

bastante para hacer olvidar á un hombre su amor propio ofendido!" ...

Cuando la hablaba la llamaba con afectación: "Mi pobre hija" con un tono

de lástima que molestaba extraordinariamente á Herminia.

Un antiguo rencor · 第 8 / 11 段