Roussel, con el cual pasó Mauricio la mañana, antes de ir á la

Celle-Saint-Cloud para firmar el contrato, no se engañó acerca del valor

de las concesiones que Clementina había arrancado tan diestramente al

joven. Se juzgó amenazado del modo más grave y comprendió que la mujer

que había dirigido contra él tan formidables baterías, no habría de

desarmarse como esperaban los jóvenes esposos. Pero tuvo el supremo

valor de callar sus inquietudes, por no aminorar la alegría de su hijo,

no queriendo ver ni una sola arruga en aquella frente radiante. Y para

estar más seguro de no ser causa de una complicación á última hora,

anunció á Mauricio que partía para el Havre.

--¿Pero volverá usted mañana por la mañana? preguntó Mauricio con algún

cuidado.

--Mañana por la tarde. Cuando estéis casados, me presentaré en casa de

la señorita Guichard según vuestro deseo, y haré cuanto sea posible para

asegurar la concordia general.

--Gracias, querido padrino, en nombre de Herminia y en el mío.

--¡Abrázame y que seáis dichosos!

--El padre y el hijo se estrecharon en un tierno abrazo con una efusión

extraordinaria. Y Mauricio partió para la Celle-Saint-Cloud, donde

Herminia y la señorita Guichard le esperaban para almorzar antes de ir á

la alcaldía.

CAPÍTULO V

DONDE LA VICTORIA SE INCLINA DEL LADO DE LA BONDAD.

En el hermoso jardín, cerca del terraplén que había sido testigo de sus

primeras palabras, Herminia y Mauricio se paseaban, bajo la bóveda de

árboles, mientras la señorita Guichard recibía á los invitados. El señor

Tournemine, muy felicitado por el precioso discurso que había

pronunciado el día anterior en la alcaldía, acababa de llevar á su

mujer, y faltaban los Chevalier, primos de Clementina por parte de

madre, los Bobart y los Truchelet, cuyo jefe, Eduardo Truchelet, miembro

del Instituto, es el gran profeta de las variaciones atmosféricas.

Cuando Truchelet publica en los periódicos y revistas científicas que el

mes de junio será lluvioso y el de diciembre glacial, no hay cuidado;

habrá una sequía excepcional y el invierno será benigno. Nunca se ha

hecho justicia á la memoria de sabio de Truchelet, y sin embargo, en

teoría, sus pronósticos son indiscutibles.

Bobart padre, antiguo abogado, acababa de hacer entrar al miembro del

Instituto en su terreno favorito, preguntándole qué influencia ejercía

el viento norte sobre el cultivo de los albaricoques en el centro de

Francia, y Truchelet, apoyado en la chimenea, se disponía á probar que

el descenso más ó monos rápido de la temperatura polar, produciendo

mayor ó menor calor en las corrientes submarinas, era causa de las

buenas ó malas cosechas en el país más templado de Europa, cuando la

señorita Guichard llamó á Bobart con un ademán y lo hizo acercarse á

ella.

Encontrándose libre, por primera vez desde por la mañana, quería

interrogar á su factótum.

--¿Cómo va la construcción de la tienda para el baile de esta noche?

--El patio está ya cubierto ... Los obreros del señor Belloir no tienen

que hacer más que clavar una tela en el suelo y arreglar las sillas ...

Se entrará por el jardín y por las ventanas del piso bajo ... Está muy

hábilmente dispuesto.

--¿Cuántas personas podrán estar sentadas?

--Por lo menos, doscientas.

--Perfectamente. La música del pueblo, ¿será exacta?

--Á los postres, es decir, á eso de las nueve, empezará á tocar.

--Seremos treinta y dos á la mesa. ¿Habrá espacio para todos?

El jefe de cocina asegura que cabrían cincuenta.

--Entonces, todo está bien.

--Tú triunfas; pero has jugado una partida muy arriesgada. Si ese joven

no hubiera sido tan fácil de conducir, hubieras podido sufrir alguna

avería ... Mientras que otro ...

--Tu hijo, ¿no es verdad?

--Sí, mi hijo; respondió Bobart con aire contristado.

--No agradaba á Herminia ...

--Si le hubieras dejado hacerle la corte ...

--¡Él se la ha hecho, sin pedirme permiso!

--¿Mi hijo? exclamó estupefacto el antiguo abogado.

--Sí, tu hijo, el oficial de húsares en persona. Y de tal modo, que se

ha permitido escribir á mi sobrina una esquelita, que Herminia me

entregó, naturalmente, sin abrir ... Está escrita con un buen estilo la

tal esquela ... Podrás leerla, si quieres ...

--¡Cómo! ¿Se ha atrevido?...

--Se ha atrevido. Y yo, sin decirte nada, para no disgustarte, mi pobre

primo, me atreví por mi parte á decirle que si no cambiaba de proceder,

le pondría en la puerta con todos los honores debidos á sus galones ...

--Puedes creer, respetable prima mía, que yo ignoraba ...

--Hubo un momento en que pensé que eras tú el que habías impulsado á ese

badulaque, pero la torpeza de su conducta me probó claramente que obraba

por su propia iniciativa. Yo no os quiero mal, Bobart. Bien sabes que os

profeso una antigua afección ... En resumen, la adopción de Herminia ha

destruído las esperanzas que tu hijo podía abrigar respecto de mi

herencia, y hace mucho tiempo que he resuelto reparar este perjuicio que

os causaba. En mi testamento he asegurado doscientos mil francos á tu

oficial de húsares ... Esto le consolará ...

Bobart, abrumado por esta liberalidad inesperada, se deshizo en

protestas; pero Clementina, con la autoridad de una soberana sobre su

vasallo, cortó aquellas expansiones entrando en un orden de ideas que le

parecía más interesante:

--¿Y hay noticias de Roussel esta mañana?

--Partió ayer, como te dije, por el ferrocarril del Havre ... Se ha ido

á digerir su fastidio en la orilla del mar ... Se ha dado el golpe

mortal ...

--Le permito vivir, declaró magnánimamente la señorita Guichard, á

condición de que, en adelante, permanezca en su puesto ...

--¿Y qué remedio tiene? Has cortado las garras á ese león y ya está

domado ...

--Han sido necesarios veinte años de lucha para llegar á ese resultado

... Pero no me arrepiento de mis esfuerzos.

¡Veinte años de lucha! Clementina llamaba lucha á la persecución que

había hecho sufrir al buen Fortunato y contra la cual ni una sola vez se

había éste rebelado. Una lucha á aquella serie no interrumpida de

vejaciones y de infamias, sufridas por su enemigo con la paciencia

inalterable de un hombre que se da cuenta del peligro de que ha escapado

y que se dice: "Habiendo evitado tal desdicha, puedo soportarlo todo con

resignación." ¡Al fin, la señorita Guichard le permitía vivir!

Y él estaba decidido á usar de ese permiso, porque apenas las últimas

palabras de la tía de Herminia se habían confundido con el hueco rumor

de las disertaciones de Truchelet, cuando entró un criado, se aproximó á

la dueña de la casa, é inclinándose respetuosamente, murmuró esta frase:

--El señor Fortunato Roussel pregunta si la señorita tendrá á bien

recibirle.

Un rayo cayendo sobre la casa; las palabras proféticas del festín de

Baltasar apareciendo en la pared en letras de fuego; el nivel del Sena

cambiando de repente y haciendo que el río se precipitase sobre el

jardín; el Presidente de la República apareciendo de pronto escoltado

por su cuarto militar para bailar en la boda de Herminia; ningún

cataclismo, ninguna manifestación divina, ninguna inverosimilitud

social, hubieran causado á Clementina un estupor semejante al que

sintió.

Sus ojos se abrieron inmensos; una llama subió á su frente; después se

puso pálida como una muerta y sus manos se abrieron y se cerraron en el

vacío. Quiso hablar y no pudo más que producir un ruido que lo mismo

expresaba alegría que terror.

Ya Bobart extendía el brazo para sostener á su respetable amiga, cuando

por un supremo esfuerzo de la voluntad, Clementina recobró su aplomo,

dominó á su cerebro y tomando una decisión, dijo:

--Hágale usted entrar en el saloncillo.

Y como Bobart, con la boca abierta, parecía pedir una explicación, le

dirigió una mirada fulminante y le dijo:

--¡Conque estaba en el Havre!

--Pero, mi bella prima ...

En los momentos críticos, Bobart tenía la costumbre de desarmar á

Clementina llamándola "bella prima." La lisonja hizo su efecto. Una

sonrisa altanera crispó los labios de la señorita Guichard; lanzó un

vigoroso suspiro que la libró de su opresión y dijo, mirando con

altanería á su primo aterrado:

--¿Crees que le temo? Ahora vamos á vernos los dos.

--Viene, sin duda, á pedir gracia, insinuó Bobart.

Este pensamiento conmovió á Clementina. Hasta entonces no había

imaginado más que un Roussel amenazador y terrible, avanzando armado de

derechos iguales á los suyos y reclamando su parte de afecciones, de

dicha y de esperanza, y en un momento se figuró un Roussel aniquilado,

vencido, aproximándose tímido, suplicante y dispuesto á consentir que se

pusiera sobre su cabeza un pie victorioso. Se estremeció de alegría y

haciendo un ademán de soberbia, contestó:

--¡Es probable! Viene á capitular ... Bueno, ¡vamos á ver!.. Sustitúyeme

con mis convidados y que nadie sospeche lo que aquí sucede.

--Vete tranquila.

Abrió la puerta y alta la frente, firme la mirada, entró en la

habitación donde esperaba Fortunato.

Éste estaba de pie cerca de la ventana y miraba á Herminia y á Mauricio,

que paseaban por el jardín. Ignoraban su llegada y, entregados por

completo á la dicha de verse juntos, marchaban con ese andar perezoso é

igual, propio de las parejas enamoradas. En verdad que el paso que

Fortunato daba en este momento era para él muy penoso, pero todo lo daba

por bien empleado al ver á los jóvenes tan plenamente dichosos.

La puerta, al abrirse, le hizo volver la cabeza. Clementina, majestuosa

y soberbia estaba delante de él.

Ambos se examinaron en silencio durante unos instantes. Ella le encontró

bien con su cabello blanco y rizado que servía de apropiado marco á una

cara llena y sonrosada. Tenía, como siempre, hermosa presencia y su

elegancia era propia de su edad. Con una amargura que no pudo vencer,

Clementina pensó: "No tiene trazas de haber sufrido mucho."

Roussel la saludó con sonriente cortesía y ella hizo una ligera y seca

inclinación de cabeza.

--He aquí, dijo, una visita que yo no esperaba y que más que

sorprenderme ...

--La vida no es más que una serie de sorpresas, mi querida prima,

respondió. Fortunato en tono amable; y seré feliz si ésta que te

proporciono te parece agradable.

--¿Te burlas?

--La ocasión no me parece bien escogida para eso.

--¡Oh! tu tacto y tu delicadeza me inspiran muy poca confianza.

--Enhorabuena, dijo Roussel riendo; veo que no has cambiado ... en lo

que se refiere al carácter, al menos.

--¿Te atreverás á dirigirme impertinencias en mi propia casa?

--¡No lo quiera Dios! mi querida prima. Eres siempre la misma en lo

moral, pero no en lo físico ... Has ganado mucho.

--Hazme gracia de tus piropos, dijo Clementina en tono más dulce, y ten

la bondad de decirme el objeto de tu visita.

Pues qué, ¿no es bastante visible? ¿Hacen falta explicaciones? Nuestros

hijos se han casado esta mañana, ¿no es este mi sitio en día semejante?

Sé las consideraciones que se te deben. Eres la madre de la desposada;

yo he servido de padre al novio; la boda se hace en tu casa ... y he

venido.

--Jamás ha existido lazo alguno de parentesco entre ese joven y tú ... y

después de la indignidad de tu conducta respecto de él, no tiene ningún

motivo de reconocimiento. Por consiguiente tu presencia no está

justificada y nos veremos en la precisión de evitarla.

Roussel no se movió.

--Es verdad, dijo, que en el primer momento, cuando supe por Mauricio

que so quería casar con tu sobrina, experimenté un vivo descontento

contra él y le obligué á abandonar mi casa. Pero, después he

reflexionado: la soledad es buena consejera. He pensado que, después de

todo, ese muchacho tenía el derecho de amar á quien quisiera y me he

resignado con tu sobrina. Mis informes han sido muy favorables á

Herminia, debo confesarlo; he cambiado de modo de pensar y me he

arrepentido de mi conducta con Mauricio. Apruebo su matrimonio, lo

reintegro en su situación de heredero, le devuelvo mi cariño y me

preparo á rivalizar contigo en ternura para la joven pareja.

--¡Dios mío! exclamó Clementina levantando los brazos con estupor; ¿qué

es lo que oigo?

--Lo que oyes, querida prima, es el lenguaje de la sana razón. Acaso

habías perdido la costumbre de oirle en los veinte años que hace que no

nos vemos, pero nunca es tarde para ceder á los buenos consejos. Ya ves

con qué confianza he venido á buscarte ...; os que, en realidad, no se

trata ya de ti ni de mí, sino de esos muchachos, que merecen ser

dichosos ...

--Nos pasaremos sin ti para su dicha como nos hemos pasado para su

matrimonio; llegas tarde. Cuando se quiere imponer condiciones es

preciso formularlas antes de firmar las capitulaciones. Hemos arreglado

nuestros asuntos sin ti y sin ti continuaremos, quieras ó no. ¡Está

bien! ¡He aquí un divertido personaje que viene á adjudicarse él mismo

su parte en una dicha á cuya preparación ha sido extraño! Tú has

prescindido de nosotros; no te conocemos.

--Pero yo os conozco todavía. Me he juzgado más firme de lo que soy en

realidad. He creído que podría vivir sin estar rodeado de las atenciones

á que estaba dulcemente acostumbrado y he visto después que me engañaba

y que moriría de pena en la soledad.

--Muere; no vemos en ello ningún inconveniente.

--Habla por ti, querida prima; pero no en nombre de Mauricio. Estoy

seguro de que bastará una sola palabra para hacerle venir á mí y con él

á su mujer.

Á esta afirmación la señorita Guichard se estremeció, porque veía su

verosimilitud. Toda su combinación estaba fundada en un resentimiento

que, gracias al rencor de que suponía animado á Roussel debía ser

definitivo. Y de repente, el que ella creía separado de Mauricio por

sentimientos que necesariamente debían irse agravando, se presentaba

calmado, sereno, con palabras de conciliación en los labios y prendas de

paz en las manos. Ni Mauricio ni Herminia podían ser rigorosos con él:

uno y otro iban á saltar de alegría á las primeras insinuaciones de

Fortunato; él obedeciendo á su antiguo cariño y ella seducida por la

novedad del personaje, serían conquistados sin remedio. Y ella,

Clementina, quedaba en descubierto, en el momento en que se creía

invulnerable, y era desposeída de sus más seguras posiciones por este

hábil movimiento envolvente del enemigo.

"No tengo, pensó, más que una probabilidad de salirme con la mía; buscar

querella á Fortunato, hacerle salir de sus casillas, obligarle á

pronunciar una palabra violenta y llamar en mi socorro á Mauricio y

Herminia, procurando que consideren mi causa como suya Entonces le pongo

en la puerta y todo se ha salvado." No bien formado por ella este plan,

empezó á ponerle por obra. Realmente, si la política es, como muchos

creen, el arte de embrollar las situaciones para hacer daño al

adversario y sacar provecho para sí mismo, la señorita Guichard poseía

estas cualidades en su esfera privada. Se volvió hacia Roussel y dijo

con áspera ironía.

--En resumen; ¿vienes guiado únicamente por el egoísmo? Me decías ahora

que no he cambiado ... ¡pues tú tampoco!

--Soy modesto y no me gustan los privilegios.

--Posees uno, sin embargo, y bastante raro; el de olvidar las injurias

... cuando te lo exige tu interés.

--¡Humildad cristiana!

--Pues yo te he conocido menos paciente.

--Se calma uno cuando envejece.

--Y, sin embargo, te he jugado muy malas partidas.

--Eres la única que las recuerda; yo las he olvidado.

--¿Y la tapia que he construído delante de tu jardín?

--Me ha proporcionado excelentes espaldares.

--¿Y el criado que tanto te convenía y que te quité á peso de oro?

--Empezaba á servirme mal.

--¿Y el descrédito que he arrojado sobre tus costumbres?

--¡Bah! No me ha disgustado pasar por un vividor.

--En fin; todo lo que he hecho en veinte años que hace que te aborrezco,

y que te lo pruebo, ¿ha sido perder el tiempo?

--No; porque ha servido para demostrar que no podías olvidarme.

--¡Eres un insolente!

--Y tú eres adorable.

Clementina se había avalanzado hacia él con la cara descompuesta, los

ojos inflamados y la mano amenazadora. Fortunato permanecía impasible y

sonriente. La solterona le miró un instante con extravío, preguntándose

si no era juguete de una pesadilla. Todo cuanto veía y escuchaba hacía

un cuarto de hora, le parecía fantástico. Pero Roussel no se desvaneció

como una aparición; permaneció en su sitio y con mucha sangre fría dijo:

--Mi querida prima; creo que debes haber agotado las malas palabras; no

busques más en tu fondo de reserva, porque sería inútil. Comprende que

cuando me he decidido á afrontar tu presencia, es que me sentía seguro

de mí mismo. No conseguirás hacerme montar en cólera, porque me importan

poco todas las injurias. Renuncia, pues, á provocar un escándalo y

resígnate. Estoy aquí y, como dijo un ilustre hombre de guerra, aquí me

quedo.

Clementina se vió vencida; arrojó un grito sordo, se le subió la sangre

á la cabeza y le pareció que la habitación daba vueltas con

extraordinaria rapidez. Extendió los brazos buscando un punto de apoyo y

oyó á su enemigo que exclamaba:

--¡Bueno!; ahora una congestión: no faltaba más que esto.

Clementina se desmayó. Cuando recobró el conocimiento, estaba medio

tendida en el sofá; el cuerpo de su vestido estaba desabrochado y

Roussel tenía cogida su mano y se inclinaba sobre ella con inquietud.

Después de veinte años, se encontraban en la misma situación que el día

de su rompimiento. Se levantó azorada y dijo con amargura:

--¡Confiesa que has deseado mi muerte!

--¡Dios mío! ¿Yo?, respondió Roussel con un horror sincero; he hecho

cuanto he podido para reanimarte; ¿por quién me tomas? Vamos, pues;

ahora debes estar calmada. Escúchame y verás las ventajas que estoy

dispuesto á concederte. Nuestra enemistad es demasiado pública para que

pueda cesar sin que demos una explicación del cambio. Esa explicación

quiero que sea enteramente favorable para ti. Diremos que tú has

olvidado tus agravios y que yo he pedido el perdón de mis faltas. Yo

habré dado todos los pasos y tú habrás tenido la grandeza de alma de

perdonar. Considera que semejante concesión á tu amor propio merece

alguna indulgencia y que yo la reclamo, no ficticiamente, sino con

verdad. Todo lo que pido, es el derecho de amar á esos muchachos tanto

como tú. Te invito á una nueva lucha, pero pacífica, en la cual el

vencedor será el más tierno, el más cariñoso para esa joven pareja, que

es preciso encuentre fácil y expedito el camino del porvenir.

Clementina exhaló un gemido. Aquella grandeza de alma de su enemigo la

aniquilaba. Enseguida pensó: "¿Por qué no ha sido tan generoso cuando se

trataba de mí? ¡Cuán pequeñas eran las concesiones que yo le pedía

comparadas con las que se impone él mismo! ¿Tanto me odiaba que no quiso

concederme nada? Si él hubiera querido, sin embargo, hace veinte años

seríamos dichosos y esta hija que se casa podría ser nuestra ... ¡Oh!

qué duro, qué ingrato, qué culpable ha sido ... y ¡cuánto le detesto!"

No obstante, no le miraba ya del mismo modo que al principio de la

conversación. La ternura que había abrigado por Fortunato debía estar

bien arraigada en su corazón, porque, después de tantos años, se

encontraban aún vestigios de ella. Así las antiguas ciudades de Oriente,

enterradas bajo el polvo de los siglos, y cuyos restos aparecen inmensos

á los viajeros y les dan ideado una civilización colosal.

Miraba á Roussel; le encontraba todavía seductor y se exasperaba más y

más.

--En fin, dijo, es preciso que arreglemos nuestra respectiva situación.

¿Tú pides la paz?

--La imploro.

--¿Reconoces, pues, que no tienes medio de resistir?

--Lo reconozco, y todo lo que tú quieras por añadidura.

--Así pues, soy yo la que dicta las condiciones del tratado.

--Tú.

--Será preciso que respetes las estipulaciones hechas por mí con

Mauricio.

--Si no tienen por objeto impedirme ver á esos muchachos, las suscribo.

--No contienen semejante cláusula.

--Entonces está convenido. Venga esa mano.

Clementina se la dió con profunda satisfacción al ver que salía

victoriosa de su guerra de veinte años. Porque resultaba victoriosa, en

el fondo, puesto que Roussel había tenido que hacer acto de contrición,

y en la forma, porque obtenía públicamente el laurel de la victoria.

Tuvo un instante de orgulloso delirio y cuando Roussel la besó con

galantería el extremo de los dedos murmuró:

--¡Ah! Roussel, si hubieras querido!

Fortunato tuvo miedo de este enternecimiento y respondió con

volubilidad:

--No pensemos en eso, querida prima. Preparémonos á ser compadres. Y á

propósito, hazme el favor de presentarme á tu encantadora sobrina.

La frente de Clementina se contrajo. Esta primera ejecución del convenio

le padecía humillante. Tuvo, sin embargo, que resignarse y abriendo la

puerta del salón, llamó "¡Bobart!" El antiguo abogado apareció, con aire

de inquietud, no sabiendo si manifestar cordialidad ó reserva. La

actitud de Roussel aumentó su indecisión: el mortal enemigo de la

señorita Guichard estaba allí como en su casa y Clementina no parecía

dispuesta á hacerle arrojar á la calle.

--¿Quieres tener la bondad, amigo mío, de enviarme á Herminia y al señor

Aubry?...

--No les prevenga usted que estoy aquí, Bobart, añadió tranquilamente

Fortunato; quiero gozar de su sorpresa.

Estupefacto por la desenvoltura de Roussel, Bobart consultó á

Clementina con una mirada. Ella asintió con la cabeza. Entonces el

complaciente primo, adivinando que acababan de ocurrir acontecimientos

de extraordinaria gravedad, se lanzó al jardín en busca de los jóvenes

esposos. Apenas Fortunato y Clementina tuvieron tiempo de advertir la

molestia de encontrarse juntos, porque enseguida entraron Herminia y

Mauricio. No fué necesaria presentación alguna. Al ver á Roussel, el

novio gritó:

--¡Mi padrino!

Y enseguida Herminia añadió en una exclamación de alegría:

--¡Qué dicha!

Sin pedir explicación alguna, una súbita sospecha hirió á la señorita

Guichard como un rayo de luz; pero no tuvo tiempo de reflexionar.

Mauricio, empujando á su mujer hacia los brazos de Roussel se arrojó en

los de Clementina.

--¡Ah! mi querida y respetada tía! ¡Cómo agradecer á usted su bondad!...

¡Porque á usted debemos la dicha de ver aquí á mi padrino en este día!

Y la abrazaba con una efusión que no dejaba de tener sus encantos para

la solterona. Ésta pensaba volviendo con obstinación á su impresión

primera: "Pero, ¿cómo sabe tan bien lo que acaba de pasar entre

Fortunato y yo? Y Herminia, ¿cómo no manifiesta sorpresa y exclama de

buenas á primeras: ¡Qué dicha!"

Roussel hablaba con Herminia y la señorita Guichard se vió obligada á

interrumpir sus reflexiones para escuchar lo que decían:

--Cuando usted sepa, señora, cuánto quiero á este muchacho, comprenderá

el deseo que tenía de conocerla ...

--¡Oh! sé lo bueno que usted ha sido para Mauricio ... Me ha contado su

infancia ...

He conocido á usted tarde, interrumpió Roussel, que encontraba que la

joven no fingía bastante sorpresa, pero espero recuperar el tiempo

perdido ... Usted verá que no soy tan áspero como mi acceso de rigor

puede haberla hecho creer ... Me arrepiento de él y para hacer que usted

olvide la contrariedad que he podido causarle ...

Sacó del bolsillo un paquetito, desenvolvió el papel que le rodeaba y

entregó á Herminia un estuche de tafilete blanco con las iniciales H.A.

--He aquí mi regalo de boda ...

La joven abrió la caja y arrojó un grito de admiración, de confusión, de

alegría. El estuche no contenía más que dos perlas negras, pero gruesas

como avellanas y de un oriente, de una redondez, de un brillo

incomparables. Era aquel el regalo elegante, refinado, de un hombre que

no procura deslumbrar pero que sobresale sobre todos los demás por la

rareza y el gusto de lo que regala.

--¡Oh! señor, dijo Herminia, ¿cómo me atreveré á adornarme con una

alhaja de tan gran precio?

--Hija mía, dijo Roussel sonriendo, esa joya no tendrá verdadero valor

más que cuando usted se la ponga.

--Habría que recorrer todas las joyerías de París y no se encontrarían

otras semejantes, dijo Mauricio examinando los pendientes como artista

enamorado de todo lo bello.

La señorita Guichard no pronunció más que una palabra:

--¡Soberbios!

Permaneció pensativa, extrañada del singular acuerdo que revelaban las

palabras y las acciones de aquellas tres personas que debían estar

violentas al encontrarse juntas y que, sin embargo, parecían unidas por

la mayor confianza como si se hubieran visto el día anterior.

La situación pareció tan peligrosa á Roussel, que juzgó conveniente

abreviarla, por muy dulce que le resultase este momento, esperado por él

durante un mes.

--Pero hace mucho tiempo, querida prima, que te estoy sustrayendo á tus

convidados, dijo, y añadió con graciosa galantería, inclinándose ante

ella:

--¿Qué ordenas ahora á tu servidor?

--¿Qué deseas que yo te ordene? replicó ella con una acritud mal

disimulada por su sonrisa.

Un antiguo rencor · 第 5 / 11 段