nueva y tan penosa. Pensaba: "Es el primer momento; esto pasará. Un
nuevo capricho seguirá al actual y ya no habrá cuestión. Podremos
entonces respirar, lejos de la horrible Clementina, y vivir en paz."
Pero sus esperanzas optimistas no se realizaron. ¿Era que Mauricio
estaba más seriamente enamorado que lo que había dicho? ¿Era que la
violencia hecha á sus sentimientos había aumentado su fuerza en vez de
disminuirla? Mauricio cambiaba mucho, física y moralmente. Él, que era
la actividad misma, pasaba días enteros tendido en el diván de su
estudio, fumando cigarrillos. No cogía un pincel. El boceto de la
_Virgen del bordado_ y el cuadro de los _Desposados_ estaban vueltos
hacia la pared. Tenía en completo abandono los estudios empezados para
la decoración de la sala de actos de la alcaldía de Saint-Denis;
importante trabajo obtenido en buena lid, en un concurso en el que tuvo
por antagonistas á los más célebres pintores. Nada le interesaba. Estaba
sufriendo una crisis de desaliento y de disgusto.
Por la primera vez en su vida, Roussel le veía de este modo, lo que le
alarmaba seriamente. Disimulaba, sin embargo y no lo interrogaba,
temiendo una respuesta que abriese de nuevo el debate. Esperaba todavía
que "aquello pasara", pero veía que no "pasaba" jamás.
Por las tardes Mauricio salía solo con frecuencia. Las primeras veces,
Roussel le había preguntado: "¿Adónde vas?" y el joven le había enseñado
un álbum, y respondido: "Voy á buscar apuntes ..." Y no había invitado á
su tutor á que le acompañase y hasta, pareciendo temer que éste se lo
propusiera, casi se había escapado. Roussel no había repetido la
pregunta; pero un día en que el álbum de los croquis estaba sobre una
mesa, en ausencia del pintor, había levantado la cubierta, recorrido las
hojas y adquirido la certeza de que todas estaban inmaculadas. Entonces,
¿en qué pasaba Mauricio los días? ¿Habría faltado á su promesa y vuelto
á casa de la señorita Guichard? Roussel no lo sospechó siquiera; sabía
que era incapaz de faltar á un compromiso. Y sin embargo, ¿qué hacía?
Resolvió seguirle, y una tarde en que Mauricio había salido por el
camino de Saint-Cloud con el famoso álbum de las hojas en blanco,
Fortunato se dispuso á ir de lejos en su seguimiento. Pudo sin
dificultad no perderle de vista, porque el joven marchaba sin
desconfianza. Ni una sola vez se volvió y en el camino polvoriento, su
silueta se destacaba visible á quinientos pasos de distancia. Volvió
hacia la derecha; tomó un sendero de travesía que conducía al bosque y
una vez llegado á la espesura, se sentó, con el álbum sobre las rodillas
y permaneció más de una hora sin moverse, como si esperase á alguien,
pero nadie llegó. Salió de su abstracción y á paso lento, siguiendo su
paseo, se dirigió hacia la Celle-Saint-Cloud.
Fortunato se estremeció. ¿Se habría engañado? ¿Sería capaz Mauricio de
tanto disimulo? ¡Qué! ¿iría á casa de la señorita Guichard? ¡No!
imposible. Y, sin embargo, tomaba una dirección nada dudosa hacia una
plazoleta en la que desembocaba la callejuela donde el joven había sido
atropellado. Pero Mauricio, en vez de apretar el paso, como aquel á
quien se espera, le acortaba. Dobló la esquina de la calleja y allí se
detuvo su tutor. Mauricio avanzó hasta que pudo descubrir el terraplén
de la quinta y allí, oculto detrás de una espesura de madreselvas que
brotaban en la cerca de un jardín, esperó.
Desde su puesto de observación, Roussel le veía mirar con insistencia
hacia la finca de la señorita Guichard. Y hasta le veía la cara lo
bastante para notar su profunda tristeza. ¿Esto era, pues, el objeto de
sus paseos misteriosos? Venía á contemplar el sitio donde había visto
por primera vez á Herminia. Esperaba verla de lejos si pasaba por la
alameda de las ramas colgantes. Acaso ella se mostrase tan triste como
él y entonces, esa identidad de sentimientos sería un alivio para su
pena. Y el curtido corazón de Fortunato se apretó al recibir esta prueba
de la pena efectiva y devoradora del hijo á quien amaba tan tiernamente.
Una gran melancolía se apoderó de él. Presintió que estaba destinado al
más cruel de los sacrificios; el de la tranquilidad de sus últimos días.
Vió que no podría dudar entre su dolor y el de Mauricio. Estimó que no
era justo aceptar el sufrimiento de aquella juventud como precio de la
quietud de su vejez. No había igualdad entre la vida del uno, en su
aurora, y la del otro, en su ocaso. Por último, temió que Mauricio le
juzgase egoísta y tuviese de Clementina mejor opinión que de él y quiso
demostrar la diferencia que había entre ellos y hacer apreciar su
abnegación comparada con la inflexibilidad de la señorita Guichard.
Mauricio dejó su sitio lentamente y como á disgusto. Aquel día Herminia
no había aparecido en el jardín. Tomó de nuevo el camino del bosque, con
la cabeza baja y al llegar á la plazoleta, arrojó un grito ahogado y
palideció: su tutor estaba delante de él. El anciano estaba grave y un
poco pálido, pero su fisonomía y su actitud no acusaban enfado alguno.
Viendo á Mauricio perplejo, se adelantó sin hablar, le cogió
afectuosamente el brazo y marchó á su lado en dirección á Montretout.
Después de algunos minutos de silencio, levantó la cabeza, miró á su
hijo adoptivo con dulzura y dijo con voz enternecida:
--Así pues, hijo mío; ¿_eso_ es más fuerte que tú? ¿Es absolutamente
preciso que la vuelvas á ver?
Á estas palabras tan afectuosas, tan verdaderamente paternales,
Mauricio, conmovido, balbuceó con voz alterada:
--¡Oh! mi querido padrino, perdóneme usted, pero ¡es tanta mi pena!...
--Vamos, hijo mío; has hecho lo que has podido, bien lo veo; á mí me
toca hacer el resto.
--¡Padrino mío!...
--¿Acaso has creído que te he criado como lo he hecho, durante veinte
años, para cambiar de repente, el mejor día, y hacerte desgraciado? ¡No,
no! Te quiero para ti mismo y no para mí y no puedo soportar la idea de
que alimentas una pena que una palabra mía puede disipar.
--¡Oh! pero yo no aceptaré que usted tenga el menor disgusto por mi
causa, interrumpió Mauricio con energía. Soy un cobarde por no haber
sabido soportar mejor esta decepción. Pero yo daré buena cuenta de mi
debilidad ... Hace mucho tiempo que estoy proyectando un viaje á España
... Partiré ... partiremos juntos.
--¡No!, dijo tristemente Roussel; porque llevarías contigo el recuerdo
de Herminia y serías aún más desgraciado estando lejos de ella ... Y yo
tendría la doble tristeza de verte sufrir y de pensar que sufrías por
ser yo un egoísta ... Lo que me impedía dejarte en libertad de amar á
esa muchacha, que es sin duda adorable y buena....
--¡Ah! mi querido padrino; si usted hablase con ella solamente un cuarto
de hora, estaría usted seguro de ello. La dulzura de su voz, la gracia
de su mirada, todo atestigua un corazón exquisito.
--Yo creo que si tú te has puesto á amarla tan deprisa y tan fuerte,
dijo Fortunato sonriendo, es que tiene un encanto irresistible.
--Y con todo eso, es tan modesta, tan bien educada....
--¡Oh! no se parece á Clementina ... Pero te decía que me había
contenido el temor de que fueses víctima de la señorita Guichard, como
lo he sido yo ... He pensado mucho en todas estas cosas desde que volví
de mi viaje y he adquirido la certidumbre de que podrás escapar al
peligro. ¿Qué es lo que tú quieres, en suma? Una mujer y no una fortuna.
Y bien; cásate con Herminia, y si la señorita Guichard te atormenta,
coges á tu mujer del brazo y te la llevas. Tú serás siempre
independiente. Así pues si Herminia te ama....
--Me amará.
--¡Debe amarte ya! Pero la señorita Guichard estará, de seguro, furiosa
por no haberte visto desde hace dos semanas. Va á ser preciso jugar mano
á mano con esa buena pieza. ¿Estás dispuesto á seguir el plan que te voy
á trazar?
--Ciegamente.
--Pues bien, escucha. Si cometieras la imprudencia de presentarte mañana
en la Celle-Saint-Cloud, con el aire radiante y diciendo á Clementina:
"¡Heme aquí! Mi tutor consiente en que me case con su sobrina de usted;
¿quiere usted concederme su mano?" puedes estar seguro de que te
pondrían en la puerta con todos los honores debidos á tu posición de
hijo adoptivo de un hombre execrado. Será, pues, necesario que te
presentes con cara de contricción y de inquietud, que pidas hablar en
secreto con la señorita Guichard y que cuentes que te he sorprendido
yendo á su casa y que ha habido entre los dos una escena violenta, cuya
conclusión ha sido este _ultimátum_ formulado por mí: romper toda
relación con mi enemiga ó abandonar mi casa.
--¡Cómo! ¿Será preciso abandonar á usted?
--Durante el tiempo necesario para las capitulaciones y hasta el
matrimonio. Si Clementina te viese continuar viviendo conmigo, como es
lista, sospecharía alguna astucia y te daría que sentir. La única
probabilidad de éxito que tienes con ella es aparecer enfadado conmigo y
que sea yo el condenado á sufrir. De este modo te acogerá como á un
aliado, porque, es triste decirlo, pero ella no entrega su sobrina á un
buen muchacho capaz de hacerla feliz, sino á un hijo ingrato que pone en
peligro la dicha de mi vida. No protestes; yo sabré, naturalmente, á qué
atenerme y la apariencia de la falta bastará. Tú, continuarás amándome
tanto más cuanto más grande te parezca mi sacrificio. Pero no dejes
sospechar nuestro convenio ni demuestres cariño hacia mí: el día en que
Clementina no vea en ti un instrumento de rencor, te odiará y todo se
habrá perdido.
--Pero ¿después?
--¡Oh! Después ... después será cuando empiecen las verdaderas
dificultades. Tendrás que mostrarte lleno de deferencia por la señorita
Guichard. Si no haces causa común con ella contra mí, si confiesas una
reconciliación con tu tutor, el diablo se desencadenará y entonces
sabrás á ciencia cierta lo que es esa señora ... Porque, amigo mío,
ahora no puedes juzgarla ... no la conoces.
--Es usted tan bueno, dijo Mauricio con alguna indecisión, que me voy á
atrever á dirigirle una pregunta verdaderamente arriesgada ... Llegado
el caso, ¿consentiría usted en reconciliarse con la señorita Guichard?
--¡Consentiré en todo para hacerte dichoso! Pero no te hagas ilusiones;
es á Clementina á la que habrá que decidir. Yo jamás le he hecho nada
malo, si se exceptúa el no querer llamarme barón de Pontournant y
dejarla para vestir imágenes.... No puedo hacer más que ofrecerme á
estrechar su mano ... Y te doy mi palabra de que tendré ese heroísmo....
--Entonces todo saldrá á pedir de boca. Usted exagera su rencor. La
edad ha amortiguado los fuegos de su cólera ... Se ha calmado mucho.
--Eso me asombra ... El vino gana en sabor al hacerse viejo, pero el
vinagre, por el contrario, aumenta en acidez ... Y la acidez de
Clementina.... Cuando la conozcas, verás lo que es bueno.
--¡Padrino mío!
--No; no lo digo para retirar mi promesa. Estoy decidido, pero sé á lo
que me comprometo. Hace veinte años, retrocedí ante el abismo; ahora me
arrojaré á él. ¿No hubo en Roma un ser sublime llamado Curtius que se
echó armado en una sima para apaciguar á los dioses?
--Sí, padrino mío; ese fué el asunto de mi primer concurso para el
premio de Roma.
--Pues bien ¡yo imitaré á ese mártir! Pero, cuando esté en el fondo, ¿no
me dejarás solo?
--Seremos dos para acompañar á usted, para amarle.
--Entonces, corriente. Dame hoy doble ración de ternura, porque desde
mañana viviremos separados ... ¡Así lo exige la política!
Habían llegado á la verja de la quinta de Montretout; entraron y pasaron
la velada haciendo proyectos para el porvenir.
Al día siguiente, como había dispuesto Roussel, Mauricio se presentó en
la Celle-Saint-Cloud y fué recibido sin dificultades. Introducido en el
salón, tuvo que esperar algún tiempo. Sin duda la señorita Guichard
quería tomarse tiempo para pensar lo que iba á decir y acaso también
enseñar á Herminia adornada con elegante sencillez. Sin embargo, la
dueña de la casa apareció sola y avanzó con la frente oscurecida por una
nube.
--Celebro infinito ver á usted, señor Aubry, dijo con voz bastante
firme. Sin duda ha estado usted enfermo, porque hace quince días que no
sabemos de usted.
--Dispénseme usted, señorita, pero no he estado enfermo.
--¡Ah! exclamó Clementina con severidad amenazadora. Entonces habrá
usted estado ausente.
--No, señorita; he estado en Montretout....
--¿Tan cerca?, dijo expresando una áspera ironía. Entonces, ¿qué le ha
impedido á usted venir?
--He tenido vivos disgustos ... disgustos de familia ... Mi tutor ha
vuelto y....
--¿Y qué?... interrogó Clementina, devorada por una ardiente curiosidad.
--Y se han producido entre nosotros algunas dificultades....
--Las palabras salían penosamente de la boca de Mauricio. Era preciso
que amase mucho á Herminia y que su padrino, en el momento de salir, le
hubiese recomendado de nuevo el disimulo, para que se decidiese á mentir
de aquel modo. Pero no le fué necesaria mucha habilidad. En un instante,
la actitud de la señorita Guichard había cambiado. Su violencia
desapareció, las nubes de su frente se disiparon y con la faz radiante,
sonrió á Mauricio como á un amigo. Le tomó la mano, le atrajo hacia ella
en un canapé y exclamó, con los ojos brillantes de alegría:
--¡Pobre joven! cuénteme usted eso.
Mauricio contó lo que había convenido con Roussel y pudo comprender en
la triunfante exaltación de Clementina hasta qué punto su padrino le
había dicho la verdad. Sí; el móvil único de la señorita Guichard era su
rencor implacable; todo estaba subordinado en su existencia al deseo de
hacer mal á Fortunato. Era esto tan evidente, tan claro, que á Mauricio
se le pasaron ganas de levantarse y exclamar: "Todo lo que estoy
contando es falso de la cruz á la fecha. Mi padrino es el mejor de los
hombres y antes que causarme la más pequeña pena está dispuesto á
olvidar lo que usted le ha hecho y á reconciliarse con usted."
Pero no tuvo tiempo. La señorita Guichard se levantó, llamó y dijo al
criado: "Ruegue usted á la señorita Herminia que venga." Esta sencilla
frase borró los escrúpulos de Mauricio. Pensó que iba á ver á la Virgen
del bordado y que podría acabar su boceto del natural. El amor al arte,
su ternura por Herminia; todo iba á ser satisfecho al mismo tiempo.
Bendijo mentalmente al hombre que le proporcionaba todas estas
satisfacciones y juró indemnizarle del esfuerzo que le habría costado el
resignarse. Precisamente la señorita Guichard se volvía hacia él con
complacencia y le decía con énfasis:
--Olvide usted el mal proceder de un hombre egoísta. Yo le devolveré la
afección que él le retira.... y usted encontrará en mi casa, cerca de
mí, la compensación de sus cuidados....
Una última sacudida de su honradez indignada estuvo á punto de
apoderarse de Mauricio ... Ya abría la boca para responder: "No necesito
compensaciones y usted sería incapaz de amar á nadie, ni á su sobrina,
como yo soy amado por mi tutor."
Pero entró Herminia, rubia, sonrosada, fresca, sonriente; y todo quedó
olvidado.
El plan formado por Roussel resultaba, por otra parte, en todas sus
partes, y Mauricio, con el egoísmo natural del hombre, gozaba tan
plenamente de su dicha como su padrino tenía el corazón á la vez
satisfecho y desgarrado. Sin embargo, el joven no olvidaba al que se
había sacrificado por él y le escribía largo y tendido todas las tardes
al volver á París, después de haber comido en la Celle-Saint-Cloud,
porque comía todas las tardes con su futura, hasta tal punto temía
Clementina que se le escapase su prisionero. Sus cartas estaban llenas
de noticias sóbrela actitud de Clementina, sobre sus palabras, sobre la
gracia y la bondad de Herminia. Roussel respondía dando instrucciones á
su hijo y recomendándole prudencia y, sobre todo, discreción. Jamás se
permitía una palabra desagradable respecto de su enemiga; nunca una
crítica amarga. Desde el día en que Mauricio fué admitido en casa de la
señorita Guichard, Fortunato pensó, con mucha delicadeza, que convenía
poner en buen lugar ante su pupilo á una mujer con la que iba á estar
unido por estrechos lazos.
De vez en cuando, cuando se aburría mucho en Montretout, hacía una
escapada á París é iba á sorprender á Mauricio, por la mañana, en su
estudio. Llegaba con la cara radiante y las manos llenas de flores de
sus estufas; abrazaba á su querido hijo, le contemplaba, le acosaba á
preguntas y daba vueltas á su alrededor con inquieta ternura. Pero
prontamente veía que Mauricio no había dejado de quererlo y se iba
dichoso.
Tomaba precauciones, parque sabía que era espiado. En varias ocasiones
había sorprendido rondando su casa al primo Bobart, el confidente de
Clementina, y hasta le había visto seguirle á París. El darle esquinazo
no había sido más que un juego. Las robustas piernas de Fortunato habían
burlado fácilmente el espionaje del antiguo abogado. Preguntado Mauricio
acerca de este personaje había contado que Bobart iba con mucha
frecuencia á casa de la señorita Guichard. Una vez había llevado consigo
á su hijo, oficial de húsares y aspirante desahuciado á la mano de
Herminia. Pero ni el padre ni el hijo parecían peligrosos. Roussel, sin
embargo, ponía á su pupilo en guardia contra ellos.
--Mientras no hayas salido de la iglesia con tu mujer del brazo, le
decía, no habrán acabado las dificultades. Y realmente, entonces
empezarán de nuevo. Navegas entre escollos; no lo olvides. No sabes de
lo que es capaz Clementina. Es mujer que por una sospecha puede echarlo
todo á rodar el último día, en la alcaldía misma. Por mucho que
desconfíes, nunca será bastante.
Mauricio encontraba un poco pueriles tantas precauciones. Había dado un
largo paseo por el jardín con Herminia y sabía que podía contar con
ella por completo, porque también le amaba. Aquellos corazones se
habían entregado al mismo tiempo y no debían separarse jamás.
Una mañana, al llegar al estudio, Roussel encontró á su hijo más
contento que de costumbre y cuando le preguntó la causa, éste sacó del
bolsillo una carta y se la entregó. Era de Herminia, que llamaba á
Roussel "querido padre," le daba las gracias por su abnegación, le
prometía pagársela con su cariño, y le abrazaba, entretanto, de todo
corazón. El buen señor se enterneció al principio y aseguró que aquella
chiquilla era verdaderamente deliciosa, pero después reflexionó y acabó
por no aprobar que Mauricio la hubiese revelado su táctica. ¡Las mujeres
son tan charlatanas! ¿Podrían estar seguros de que, con la mejor
intención, no cometería Herminia alguna indiscreción, aunque fuese
ligera? Porque si Clementina vislumbraba solamente la verdad....
Esta vez Mauricio trató á su tutor de visionario y dijo que exageraba
verdaderamente el carácter de las personas. La misma señorita Guichard
estaba tan contenta con este matrimonio, que si ahora se le descubriese
la buena inteligencia de Mauricio y de su tutor, no cambiaría en nada
sus proyectos. Herminia y él estaban convencidos de que aquella
atmósfera de pura alegría había dulcificado su corazón y de que se
prestaría de buen grado á reconciliarse con Roussel.
Éste, ante una afirmación que no podía combatir más que por suposiciones
fundadas en su experiencia, movía la cabeza y respondía deseando que no
se equivocasen. De este modo llegó la víspera del gran día.
Por la tarde, después de una comida muy alegre, y en el momento en que
Herminia y Mauricio se disponían á bajar al jardín, la señorita Guichard
se adelantó hacia el pintor y le dijo:
--Querido hijo mío, desearía hablar cinco minutos con usted ... Herminia
me perdonará que le separe á usted de ella ... será la última vez ...
Anda, hermosa mía, ve á coger un ramo de rosas para Mauricio ... Cuando
hayas acabado, te le devolveré....
Herminia cambió una mirada inquieta con Mauricio y salió. Puestos en
presencia el uno del otro, el prometido y la tía se observaron un
momento. Ambos estaban sonrientes pero sus fisonomías aparecían un tanto
contraídas. La señorita Guichard tomó la palabra y dijo con voz firme:
--Mi querido Mauricio, henos ya en el día decisivo. Usted me hará la
justicia de reconocer que ni una sola vez le he hablado de mí y que no
he tenido otra preocupación que la dicha de ustedes dos. Conviene, sin
embargo, que tratemos á fondo un asunto importante; el de nuestras
relaciones en el porvenir. Usted sabe cómo he educado á Herminia y ve la
afección que tiene por mí. Su ausencia de mi casa produciría aquí un
vacío muy cruel y me atrevo á lisonjearme de que yo también haría alguna
falta á esa niña.... No quiero, sin embargo, ser obstáculo á la libertad
necesaria á dos jóvenes, ni interponerme entre vosotros ... He
reflexionado mucho en estos detalles, que no dejarán de tener influencia
en nuestra tranquilidad futura, y he aquí lo que voy á proponer á usted.
Acabaremos aquí el verano y el año que viene haré preparar vuestras
habitaciones y un hermoso estudio en el edificio donde están situados
los cuartos de los amigos ... Usted le conoce, porque allí fué donde
pasó la enfermedad producida por su accidente ... Estaréis, por tanto,
independientes, y yo gozaré de vuestra presencia.... Comeréis conmigo,
si así lo queréis, y recibiréis á vuestros amigos como si fueseis los
dueños de la casa ... Yo seré la que represente el papel de una invitada
... En París os ofrezco el entresuelo de mi casa de la calle de
Courcelles ... Yo vivo en el primero. Estaréis, pues, en vuestra casa,
en completa separación, si eso os conviene ... El estudio lo tendrá
usted donde guste, porque no le hay en la casa y, por otra parte, las
idas y venidas de los modelos podrían molestaros. Es mejor que ni su
mujer de usted ni yo nos encontremos con esas personas, ordinariamente
un poco ... libres ... Ya ve usted que soy un poco exigente, aunque no
lo parezca; mi pretensión se reduce á no separarme por completo de mi
sobrina y gozar también un poco de vuestra dicha.
Hubo un momento de silencio.
--¡Y bien!, continuó Clementina, ¿no responde usted? ¿Qué le sucede?
¡Parece usted estupefacto!
Mauricio lo estaba, en efecto. El exordio lleno de precauciones de
Clementina le había hecho inundarse en sudor frío, porque había previsto
complicaciones horribles. Pero la exposición de aquellas pretensiones,
después de un miedo tal, le parecía de una moderación absoluta. Imbuído
en las prevenciones de su padrino, esperaba que la señorita Guichard
intentaría acapararle enteramente, tenerle en tutela, convertirle en una
especie de cartujo privado. Y en lugar de tales medidas de rigor,
reclamaba modesta y casi humildemente que no se prescindiese de ella. El
tirano se metamorfoseaba casi en víctima. Negarla lo que pedía hubiera
sido conducirse como un hombre sin educación y sin delicadeza. No
pensaba que consentir en habitar la Celle-Saint-Cloud en verano, aunque
fuese en edificio separado, y en invierno en la calle de Courcelles, aun
en otro piso que Clementina, era consentir en la proscripción de
Roussel. Porque, sin una completa reconciliación, ¿cómo iba á poder
Fortunato ir á casa de la señorita Guichard para ver á sus hijos?
Mauricio, en la expansión de su alegría, no miraba tan lejos. Además
para él la reconciliación era segura; y como quiera que fuese, en casa
de la señorita Guichard ó en otra parte, la vida se le aparecía de color
de rosa.
--Estoy estupefacto, respondió, por la ingeniosa y práctica sencillez de
las combinaciones de usted.
--¿Le parecen á usted, pues, satisfactorias?
--Absolutamente.
--Entonces, ¿las acepta usted?
--Con muchísimo gusto.
--¡Ah! querido hijo mío; ven, quiero abrazarte.
--Y le estrechó en un abrazo vigoroso, y le plantó en cada mejilla un
beso sonoro. Si Mauricio hubiera estado en aquel momento capaz de
reflexionar, la ardiente alegría que la señorita Guichard demostraba, le
hubiera puesto en guardia contra la facilidad con que acababa de acceder
á las pretensiones de la despótica solterona; hubiera pensado que, para
empezar, el paso á que se lo obligaba era muy largo y que si el segundo
iba á ser del mismo tamaño, le conduciría infaliblemente á la
esclavitud.
Pero en aquel momento y gracias á la óptica especial del amor, la
señorita Guichard le parecía muy moderada. Al volver Herminia, con un
haz de flores entre los brazos, encontró á su tía y á su prometido
encantados el uno del otro y se regocijó cándidamente por su buen
acuerdo.
Clementina triunfaba y apenas podía contener los transportes de su
alegría. Una vez franqueado aquel desfiladero, cuyo ataque venía
preparando, hacía una semana, con habilidad consumada, no veía ante ella
obstáculo alguno. Mauricio, caído en su poder, gracias á la maga que lo
había encantado, estaba separado de Roussel y la empresa de odio
emprendida hacía veinte años recibía su complemento.