--Pues bien, ve á ponerte un frac y vuelve á las siete.
--Muchas gracias. Voy á Montretout. Durante mi ausencia tendréis el
tiempo necesario de preparar á nuestros parientes y amigos para mi
aparición.
Y saludó, no atreviéndose á ofrecer la mano á Clementina, tanto era su
miedo de embrollar las cosas. Mauricio y Herminia hicieron un movimiento
para acompañarle, pero la señorita Guichard detuvo á su sobrina por
medio de una imperiosa mirada.
--Hasta luego, dijo Roussel; y salió con Mauricio.
Apenas estuvo sola con Herminia, la cara de la señorita Guichard cambió
de expresión y poniéndose sonriente, dijo:
--He aquí una feliz sorpresa, ¿no es verdad, hija mía? ¿Tú no esperabas
ver aquí al tutor de Mauricio el día de tu matrimonio?
--¡Oh! Estábamos seguros, Mauricio y yo, de que os reconciliaríais,
respondió Herminia con convencimiento. Toda vez que el señor Roussel se
prestaba á ello, era evidente que usted, tan buena, no había de
negarse....
--¡Ah! dijo alegremente Clementina; ¿se trataba pues de un efecto
preparado? ¿Había un complot? ¿Y desde cuándo data la intriga?
--Mi querida tía, mucho me habían encargado no dejar á usted sospechar
nada.... Pero ahora que todo está arreglado, ¿no es verdad? el secreto
no tiene objeto.... Mauricio no ha estado nunca enfadado con su tutor.
Temía que usted no le acogiera bien si aparecía en buen acuerdo con un
hombre á quien usted tiene tantas razones para no amar, y, entonces,
para destruir sus prevenciones....
--Me ha representado una comedia.
--La voz de Clementina sonó con tal dureza, que Herminia se estremeció,
miró á su tía con inquietud y preguntó:
--Pero usted no le quiere mal, tía mía, ¿no es verdad?
--¿Yo? ¡El pobre muchacho! ¿No está todo arreglado á pedir de boca,
gracias á su pequeña añagaza? Entonces, él veía á su tutor....
--Casi todos los días....
--¿Y se ponían de acuerdo sobre lo que convenía decir y hacer?
--¿No han maniobrado bien?
--Maravillosamente. Debo, en realidad, mucho al uno y al otro por lo que
han hecho y dicho, pero toda vez que estaba en el programa que yo no
supiera nada, supongamos que nada sé todavía. No digas una palabra, ni á
Mauricio, de tu amable y afectuosa confidencia. Yo continuaré
aparentando que no estoy al corriente de la verdad.
--Si, tía mía. Pero déjeme usted que la abrace para demostrarle mi
agradecimiento por haber sido tan buena. Gracias á usted, vamos todos á
ser muy dichosos.
--Ahí vuelve Mauricio, dijo la señorita Guichard, mirando por la
ventana; ve á su encuentro. Yo vuelvo al salón.
Herminia bajó al jardín y Clementina quedó sola.
CAPÍTULO VI
DOMINADA POR LA MALDAD
La señorita Guichard se sentó en una butaca y con la faz alterada, la
boca contraída por la amargura y los ojos sombríos, se abismó en sus
pensamientos. De modo, que había sido burlada, ella, que se creía tan
fuerte. Dos niños la habían llevado por la punta de la nariz hasta
concluir un arreglo que alteraba toda su vida, turbaba todas sus ideas,
cambiaba sus combinaciones y la imponía la presencia del ser á quien más
detestaba en el mundo. Pero ahora que estaba advertida, ¿iba á dejar
correr las cosas? ¿Soportaría tal humillación? ¿Aceptaría semejante
servidumbre? Ella que siempre había sometido á los demás á su voluntad;
ella, á quien nadie, fuera de aquel Roussel aborrecido, había sabido
jamás resistir, ¿se confesaría vencida? ¿Dejaría á sus adversarios
reirse de ella? Porque, ciertamente, se reirían de su credulidad, de su
tontería....
Todas las palabras pronunciadas durante su conversación con Roussel
venían á su memoria y la hacían encogerse de hombros, de lástima de si
misma, ¡Cómo! ¿Y era ella la que había hablado así? ¿Donde tenía la
cabeza cuando había dado aquellas lastimosas respuestas? Hubiera sido
preciso decir tal ó cual cosa y Roussel se hubiera visto confundido ...
Realmente no había estado á su habitual altura: la sorpresa, la emoción,
la habían privado de sus facultades. ¿Pues no había cerrado la discusión
desmayándose? ¡Desmayarse, cuando hubiera debido arrojarse á la cara de
aquel malvado y sacarle los ojos! Recordaba que había tenido esa
intención, pero la habían hecho traición sus fuerzas.
Después pensó: "Ha debido encontrarme degenerada. ¡Y estaba irónico, el
muy ... ¡Bien se ha burlado de mí! ¡Oh! yo tendré mi desquite y le
enseñaré que todavía sirvo para darle una lección. Pero, ahora, ¿qué
hacer?... ¡Ante todo, no quedar bajo el peso de esta derrota!..."
Reflexionó profundamente y cuanto más examinaba los diversos aspectos de
la situación más peligrosa la encontraba. Era evidente que Mauricio
había sido cómplice de su tutor en todo este negocio, y que sabía á qué
atenerse sobre las relaciones que habían existido entre Roussel y ella.
¿Cómo había adquirido el compromiso que ella le había exigido antes del
matrimonio? Eso era que estaba decidido á no cumplirlo. La señorita
Guichard se puso en el caso del joven y se confesó que ella hubiera
también obrado del modo de que le suponía capaz. Y con furor lleno de
espanto comprendió que estaba á merced de sus adversarios y que éstos
podían hacerla sufrir el mismo tratamiento que les tenía preparado.
Roussel, & quien creta tener en su poder, la tenía á su discreción. Él
seria quien se llevarla á Herminia, gracias al ascendiente de Mauricio.
Y esta muchacha, ¿no estaba decidida de antemano? ¿No lo probaba la
acogida que había hecho á aquel hombre maldito? Sí; todo se venía abajo;
el desastre era inevitable, si un golpe de fuerza no restablecía sus
ventajas y cambiaba repentinamente su derrota en victoria.
Para esto, no había más que un medio: deshacer su propia obra; romper
los lazos que ella había atado; indisponer aquel matrimonio antes de que
tuviese tiempo de consolidarse; aplastar en germen la sublevación
tramada contra ella. Y esto enseguida, sin perder un segundo; provocar
la discusión, procurar una querella y á favor del desacuerdo llevarse á
Herminia, á fin de que no pudieran volverse á ver, ni, por consecuencia,
reconciliarse. Acaso Mauricio muriera de pena y su sobrina también;
pero, en su exasperación contra ellos, no veía en esto inconveniente
alguno. Hubiera prendido fuego á la casa y se hubiera quemado viva, si
hubiera estado segura de que Roussel y la joven pareja ardían también.
Ningún escrúpulo, ninguna debilidad, ninguna conmiseración debía
detenerla en su plan. Y su plan era, sencillamente, destruir la
felicidad de dos hijos.
No pensó ni un solo momento en dirigirse al corazón de Herminia y á la
razón de Mauricio. Y, sin embargo, aquel era el punto débil en el que
hubiera sido preciso herir para asegurar la victoria. Como ella era toda
odio, no hizo entrar en sus cuentas el cariño que Herminia la profesaba.
Mujer pérfida, no fundó esperanza alguna en la lealtad de Mauricio. Á
las primeras explicaciones, sin embargo, Herminia se hubiera arrojado á
su cuello y á los primeros cargos el pupilo de Roussel se hubiera
sonrojado por haber engañado á una mujer que le acogía sin desconfianza.
Ciertamente, todo se hubiera allanado y por una conversación de un
cuarto de hora la tranquilidad de todos hubiera quedado asegurada. Pero
Clementina no quiso explicaciones: se juzgó vendida y sólo pensó en
preparar secretamente su desquite.
Por de pronto, quiso ser informada jurídicamente y abriendo la puerta,
llamó á Bobart, que, desde la aparición de Roussel en la casa, estaba en
acecho. Fuera de que siempre había profesado al hermoso y rico Fortunato
la animosidad propia del hombre feo y pobre, sentía ahora cierta
inquietud á causa de la actividad desplegada por él en servicio de la
señorita Guichard. "Si se reconcilian, pensaba, será á costa mía y yo
seré quien pague los gastos de la guerra." Se apresuró, pues, á acudir
en cuanto vió á Clementina hacerle una seña y respiró al observar que
Roussel se había marchado. "Le ha puesto á la puerta, se dijo, y su
fisonomía se esclareció."
--Y bien, amiga mía, preguntó, ¿el monstruo ha partido?.
--Por el momento, replicó con rudeza Clementina; pero va á volver
enseguida.
--¿Para qué?
--Para comer.
--¿Para comer ... en tu casa?
--En mi casa.
Los dos se miraron, él con estupor, ella con cólera.
--Me has dado, por cierto, muy exactas noticias ... Te felicito ...
Parece que Mauricio y él no han cesado de verse en su vida. ¿Quién era
el que les espiaba por encargo tuyo?
--El portero del señor Aubry.
--Pues te ha robado el dinero y se ha burlado de ti.
--¿De quién fiarse entonces?
--De sí mismo, y esto á condición de no ser un mentecato.
--Pero, amable prima....
--¡Basta! El mal está hecho: tratemos de repararle. ¿Qué recursos ofrece
la ley para romper un matrimonio?
--Romper un matrimonio.... ¿Acaso?...
--¡Nada de comentarios!... Responde categóricamente.
--En la legislación actual, tenemos la separación y el divorcio.... La
primera deja subsistir el lazo legal, poniendo la persona y los bienes,
ó los bienes tan sólo, de la esposa, por ejemplo, al abrigo de las
disipaciones ó de las sevicias del marido; y el segundo, que disuelve
completamente el matrimonio y hace á los esposos extraños el uno al
otro.
--El divorcio me gustaría más.... Pero es una palabra muy dura, que
asustaría á mi sobrina....
--¿Luego es ella?...
--¿Y quién quieres que sea? exclamó Clementina; te pones enteramente
obtuso....
Pero, amiga mía; semejante resolución ¿no es para sorprender? Si me
fuera permitido darte un consejo, acaso, en efecto, la separación
bastaría, por el momento ... Después sería más cómodo convertirla en
divorcio.
--¡Bueno! No nos ocupemos entonces más que en la separación. ¿Cuáles son
los motivos ó los pretextos que la ley juzga suficientes?
--Por de pronto, la mala conducta del marido ó de la mujer....
--Adelante, interrumpió púdicamente Clementina.
--Los excesos, las sevicias ó las injurias graves.
--¿Y qué entendéis por excesos?
--La embriaguez por ejemplo, y otras malas acciones que es difícil
detallar ante ti.
--Adelante. ¿Y no hay más?
--Secuestro de la mujer, privación de alimentos, negativa de dinero....
--¡Todo eso es estúpido! Otra cosa....
--Negativa del marido á habitar con la mujer....
--¡Ah! ¡Ah! Esto pudiera ser ... con un poco de habilidad ... pero seria
muy difícil ... ¡Se aman!
Esta atroz circunstancia, que era la condenación de la tentativa de la
señorita Guichard, no turbó á Bobart, que no vió en la confidencia de
Clementina sino una dificultad más. No pensó ni un segundo en la dicha
de aquellos jóvenes, en su porvenir, en todo lo que podían perder de
esperanza, de paz y de alegría en aquel enredijo judicial. El abogado
respondió con una risa espantosa.
--¡Bah! En mi larga carrera he contribuído á separar más de doscientas
parejas que se adoraban y á los cuales sus padres han probado que no
podían vivir juntos!
--Entonces, ¿me secundarás?
--¿Puedes dudarlo?
--¡Ah! Tú eres un verdadero amigo....
--Y sin embargo, no has parecido creerlo. Si hubieras entregado Herminia
á mi hijo....
--No volvamos á eso, interrumpió Clementina con fastidio; ya no es
tiempo.
--Si, lo es, si rompes el matrimonio.
--En efecto, es verdad.
La señorita Guichard creyó necesario dejar esta esperanza á su cómplice.
"Me servirá mejor, pensó, si trabaja para sí mismo al mismo tiempo que
para mi."
--¿Y qué instrucciones me das? preguntó Bobart.
--Vigila atentamente á Roussel cuando venga y trata de saber lo que
prepara. Pero sé prudente. Yo velaré por mi parte ... Y todo lo que haya
de hacerse lo decidiré yo sola ... No llamemos la atención de Mauricio
y de Herminia con una conversación demasiado larga ... Volvamos al
salón.
El número de los convidados había crecido durante aquellos tempestuosos
debates. Los parientes alojados en la casa y en los pabellones se habían
puesto de veinticinco alfileres. Los notables del país, invitados á
comer, iban llegando. Clementina tuvo que pensar en su atavío. En las
angustias de su situación, había olvidado que el tiempo pasaba y que era
preciso sacrificarse por el decoro. Pasó rápidamente entre los
convidados, á quienes Mauricio y Herminia hacían los honores de la casa,
y encontró que ya se había propagado el rumor de la reconciliación. En
el ardor de su alegría, los recién casados no habían podido contenerse y
habían difundido la buena noticia. Todos los amigos que conocían las
antiguas diferencias y los recientes malos tratos, estaban llenos de
curiosidad. Una vaga esperanza de alguna sorpresa de efecto germinaba en
los espíritus. Aquel cordial acuerdo, tan repentino, ¿era sincero? ¿No
se podía presagiar que la armonía, difícilmente restablecida, no duraría
mucho tiempo? Las caras sonreían; las palabras aprobaban; pero cada
cual, allá, en su interior, hacía las necesarias reservas....
Encontrando el terreno preparado, la señorita Guichard, con la firmeza
habitual de su carácter, no evitó las explicaciones. Se multiplicó para
dar testimonios de alegría. Sí, una enemistad antigua, había terminado.
La boda de aquellos queridos hijos había sido la ocasión de perdonar las
injurias. El señor Roussel había llegado con los brazos abiertos
pidiendo que todo se olvidase y ella no había creído que debía negarse á
la indulgencia. Tal conducta no hubiera sido propia de una mujer ni de
una cristiana. Perdonaba, pues, y todos iban á vivir en adelante en la
más perfecta concordia. El señor Roussel había ido á su casa para
vestirse y volvería para comer con la familia y los amigos de la
señorita Guichard.
Algunos de los presentes no conocían á Fortunato; otros le conocían sólo
de vista. Muchos le consideraban como un hombre muy importante por su
fortuna y por su posición social. Todos tenían gran deseo de verle de
cerca y de presenciar aquella comedia de la cesación de una hostilidad
inveterada.
El doctor Truchelet aventuró una alusión sabia á las bodas de Pirito,
ensangrentadas por el combate de los Centauros y de Lapites, y felicitó
á la señorita Guichard por no haber renovado las luchas de las Amazonas
contra Hércules y Teseo. Acaso la comparación con Hércules hubiese
agradado á Roussel, pero el ser asimilada con las Amazonas extrañó
singularmente á Clementina, quien por vez primera empezó á sospechar que
un académico podía muy bien ser un imbécil, y deploró que esta
desagradable excepción recayese precisamente en su familia.
Desapareció para ir á ponerse un traje muy historiado. Pero jamás era
pesada en su atavío y al dar las seis, volvía á entrar en el salón. Era
tiempo, porque á la sazón llegaba Roussel. Éste no se había puesto de
negro; se presentó con un pantalón gris, chaleco blanco y frac azul, con
botones de oro. Estaba en realidad muy elegante de este modo y produjo
una favorable impresión en la parte femenina de la concurrencia. Los
hombres intentaron criticarle, pero fracasaron ante la admiración de sus
compañeras. La señorita Guichard se puso amarilla de despecho. Puso, sin
embargo, á mal tiempo buena cara, y adelantándose hacia su primo, le
presentó á los convidados.
Roussel se sometió con gracia á sufrir este mal paso y se mostró
sencillo y cordial, con un cierto matiz de altanería que á Clementina le
pareció que contrapesaba desagradablemente la ventaja que ella había
obtenido públicamente de la sumisión de aquel rebelde. Creyó que se
levantaba un poco deprisa y vió en esta actitud un indicio del doblez
con que, á su juicio, se había conducido.
Si hubiera podido penetrar en la mente del buen señor, hubiera quedado
asombrada, pues no hubiese hallado ninguno de los pensamientos
amenazadores que le atribuía. Roussel no pensaba sino en regocijarse, en
gozar de la hora presente y en tratar de que se arreglase el porvenir de
un modo soportable. La astucia que Clementina le imputaba como un
crimen, era supuesta, ilusoria y quimérica. La mala fe de Fortunato no
existía más que en la imaginación de Clementina. Herminia y Mauricio
eran todo expansión y todo sonrisas. Se encontraban dichosos entre
aquellos dos enemigos reconciliados por ellos y á quienes amaban tan
sinceramente.
El jefe de comedor se presentó y pronunció las importantes palabras:
--¡La señorita está servida!
Entonces Clementina, con aire de reina, se adelantó hacia Mauricio y
después, adoptando el ceremonial en uso, dijo en tono imperioso:
--Herminia, toma el brazo del señor Roussel.
Y pasaron en comitiva al comedor, que debía servir por la noche de salón
de baile, y que ostentaba en su centro una gran mesa. Un toldo de tela
rayada, adornada con plantas verdes, adornaba todo el patio y tres
arañas difundían una viva claridad. El mantel estaba resplandeciente de
cristalería y de plata; unas guirnaldas de flores serpenteaban alrededor
de la mesa y servían de marco á un espléndido servicio de postres de
antigua porcelana de la China, que procedía del tío Guichard. Roussel le
dirigió una mirada de antiguo amigo; era la única cosa que hubiera
deseado de la herencia tan espléndidamente abandonada á su prima.
La señorita Guichard se sentó entre Mauricio y el sabio Truchelet;
Roussel á la derecha de Herminia, porque Clementina había adjudicado
doblemente la presidencia á las señoras en su persona y en la de su
sobrina. Roussel estaba transportado de júbilo: le hubieran colocado en
una esquina de la mesa y no hubiera chistado. Se encontraba al lado de
Herminia y radiante, rejuvenecido, empezó desde luego á hacer la corte
en toda regla á su nuera de adopción.
Siempre había sido amable, con cierto aire florido, un tanto pasado de
moda; pero en esta ocasión se excedía á sí mismo y todo en él tendía
hacia este fin: agradar á aquella niña, de la que quería hacerse amar.
No tenía, por otra parte, grandes esfuerzos que hacer; la puerta que
pretendía forzar estaba abierta de par en par para él. Aquel joven
corazón se ofrecía con ternura filial y no habla que hacer más que
apoderarse de él.
Herminia escuchaba á Roussel con placer no disimulado. Le encontraba
galante, gracioso, encantador. Fortunato tuvo la habilidad de hablarle
de Mauricio y de referirle episodios de su infancia y con tan agradable
historia la tuvo atenta toda la velada. Clementina, separada de ellos
solamente por la mesa, no les quitaba ojo. Veía á Roussel desplegar
todas sus gracias y pensaba: "No pierde el tiempo para apoderarse de la
muchacha; ¡cómo la engatusa! La pobre se dejará coger por sus hermosas
palabras, porque no le conoce, pero yo la ilustraré acerca de ese zorro
viejo y ella volverá al justo conocimiento de las cosas."
La señorita Guichard escuchaba distraidamente las protestas afectuosas
de Mauricio; cuanto el joven le decía era para ella letra muerta.
Consideraba su amabilidad como un ardid de guerra y la consideraba nula.
Todo lo que Mauricio le hablaba de cariño y de reconocimiento no tenía
más efecto que distrerla desagradablemente de la conversación de Roussel
con Herminia.
En cuanto á Truchelet, disertó en vano acerca de los epitalamios, porque
Clementina no le oía siquiera.
El fin de la comida, amenizado por variados brindis, pareció
mortalmente largo á la dueña de la casa; y como el joven Héctor Bobart,
que estaba un poco achispado con el Champagne, anunció que en su
condición de testigo reclamaba la liga de la desposada, Clementina, con
una mirada fulminante, levantó la sesión y condujo á sus convidados al
salón mientras se quitaba la mesa para transformar el sitio del banquete
en salón de baile.
Sin embargo, el joven oficial de húsares, no dándose por vencido después
del primer fracaso, se había aproximado al grupo que formaban Herminia,
Roussel y Mauricio y, alegremente, pedía indemnizaciones; por lo menos
la primera contradanza, puesto que Mauricio debía abrir el baile con la
señorita Guichard. Pero Fortunato hizo valer oportunamente sus derechos
y el hijo del abogado tuvo que contentarse con un vals ... Mauricio
sentía una instintiva hostilidad hacia aquel mozo tan insignificante, ya
porque le hiciese responsable de la cautelosa oposición de su padre, ó
ya porque le desagradasen sus maneras familiares con Herminia, y no
pudiendo contenerse, hizo observar á la señorita Guichard la actitud un
poco descomedida del heredero Bobart. Clementina respondió melosamente:
--¡Oh! Eso no tiene importancia; Herminia y él se han criado juntos.
Esta respuesta tan sencilla y tan natural, tuvo, sin embargo, el
privilegio de irritar á Mauricio, que estaba sin duda un poco nervioso
aquella noche. Pero razonó friamente y se dijo "¡Soy un tonto! ¿Voy á
preocuparme por este majadero, cuya existencia mi mujer no tiene trazas
de sospechar siquiera?" Pero sus nervios no se calmaron y su cara
expresó un descontento que llamó la atención de Clementina hasta el
punto de pensar si el mal humor de Mauricio no sería ventajosamente
explotable.
¿Por qué no fomentar aquel pequeño acceso de celos, en vez de disiparlo?
¡Quién sabe si podría obtener de ese modo algún provecho! Después de
todo, Héctor Bobart era un pretendiente desdeñado y ... de repente vino
á la memoria de Clementina el recuerdo de las cartas que aquél había
dirigido á Herminia y vió en aquellas delgadas hojas de papel el medio
de prender un incendio. Hacerlas caer diestramente en manos de Mauricio,
provocar una explicación entre Herminia y él, una escena acaso, ¿no era
medio de excitar la discordia? ¡Es tan fácil irritar las pasiones y tan
difícil calmarlas! El orgullo, la cólera, obran tan pronto sus efectos y
hacen tales estragos en un cerebro humano, que es imposible saber hasta
donde puede ir un incidente así comenzado. De todos modos, si el
resultado no era como ella esperaba, ella se encargaría de imprimirle el
impulso decisivo.
Reflexionando así, subió á su cuarto y dió instrucciones á la doncella
para que los últimos regalos ofrecidos á Herminia fuesen llevados á las
nuevas habitaciones, y ella misma se propuso entregar á su sobrina un
cofrecillo que contenía sus joyas de soltera y algunos pequeños
recuerdos cuidadosamente conservados.
Al cogerle, le ocurrió una idea que la hizo sonreir. Abrió su
escritorio, buscó en un cajón y sacó cinco ó seis pliegos de papel,
doblados. Eran las cartas dirigidas por Héctor á Herminia y que ésta
había entregado á la señorita Guichard sin leerlas: cartas
insignificantes de un buen muchacho á una prima á quien quiere inflamar
y que no salían del nivel de la medianía en achaque de amplificaciones
sentimentales.
Sin dudar ante la atrocidad de la acción que cometía y disculpándose,
acaso, en el fondo, por la necedad misma de aquellas epístolas,
Clementina cogió las cartas y las colocó muy á la vista en el
cofrecillo, encima de todos los objetos cuidadosamente arreglados por
Herminia. Después cerró la caja y quitando la llave, descendió al salón.
Los invitados llegaban en montón y el salón de baile rebosaba. Todos
los alrededores habían enviado lo más escogido de sus habitantes. La
música de la Celle, reforzada por la señorita Guichard, no esperaba más
que la señal del alcalde, señor Tournemine, para hacer sonar sus
trompetones. El tendero había preparado petardos y los bomberos,
igualmente aptos para apagar que para encender, se habían encargado de
las bengalas que debían iluminarlas arboledas del jardín.
El salón pequeño había sido prudentemente reservado por la señorita
Guichard para el caso de que alguien se sintiera fatigado ó indispuesto
en medio de aquellos regocijos, y allí fué á donde ella se dirigió. Puso
el cofrecillo sobre la chimenea y después de dirigir una última mirada á
su máquina infernal, se fué con admirable tranquilidad á reunirse con
aquellos á quienes soñaba con hacer sus víctimas.
CAPÍTULO VII
EL RAPTO.