oculta y no tenía que hacer sino permanecer sentada para que Mauricio
pasase sin verla; ¿fué una emoción repentina? ¿fué el deseo de ver mejor
al que pasaba, ó fué cualquiera otra la razón de que se levantase? Ello
fué que estando el joven pintor examinando con cuidado el muro, un
ligero ruido de ramaje llegó á sus oídos. Retrocedió prontamente algunos
pasos y, alargándose su perspectiva, descubrió á la sobrina de la
señorita Guichard en su nido de verdes hojas.
Como la víspera, la saludó sonriendo y dirigiéndose á ella como si
fuese una antigua conocida, dijo:
--¿Seré hoy más dichoso que ayer y podré llegar hasta la señorita
Guichard?
Herminia juntó las manos y dirigió á Mauricio una mirada suplicante.
--Hable usted más bajo, se lo suplico ... ¡Si nos oyeran, sería
terrible!
--¿Por qué?
--Porque desde que usted entró en esta casa, el carácter de mi tía ha
cambiado por completo. Está inquieta, atormentada....
--¡Ella también!, exclamó impensadamente Mauricio.
--¿Cómo ella también? Acaso por parte de usted....
--¡Oh! no: me he equivocado al decir esto. Continúe usted; se lo
suplico....
--Existe, por fuerza, entre mi tía y usted, ó alguno que le toque de
cerca, una diferencia grave y que yo ignoro.
--¡Y yo también!
--¡Ah! ¿Ve usted como hay algo?
--Es verdad; hay algo, pero ¿qué?
--Entonces, ¿no se trata de usted?
--Hace tres días, no conocía á la señorita Guichard.
--¿Luego no es usted el culpable? ¡Tanto mejor!
--¡ El culpable!, exclamó Mauricio; pero, señorita, esté usted segura de
que la persona que yo supongo que está en desacuerdo con su tía de usted
no tiene ciertamente nada de qué acusarse....
--¡Mi tía tampoco!
--Hace usted muy bien en defenderla.... Pero lo único claro en todo esto
es que soy víctima de una hostilidad á la que en modo alguno he
contribuído; que encuentro cerrada la puerta de esta casa y que si no
tuviera la fortuna de hablar con usted....
--Por encima de la tapia, ¡lo que está muy mal hecho!
--No hubiera sabido siquiera porqué he sido despedido tan
deliberadamente por la señorita Guichard ... con harto sentimiento mío,
porque tengo un placer infinito en ver á usted y en oirla.
Herminia comprendió que la conversación tomaba un giro que podía llegar
prontamente á ser peligroso, y dijo, adoptando un aire grave:
--Dispense usted, señor mío; he respondido á usted acerca de los puntos
que le interesaban.... Creo que no tenemos nada más que decirnos.
--¡Cómo! ¡Nada que decirnos!, exclamó con vehemencia Mauricio. Apenas
hemos cambiado diez palabras y tenemos que esclarecerlo todo.... Porque
es imposible que nuestras familias permanezcan enojadas ... Á nosotros
corresponde reconciliarlas.... ¿No quiere usted?
--¡De todo corazón!
--Al menos, debemos conocer las causas de sus diferencias ... Usted
parece mejor informada que yo....
--No, señor.
--Entonces, ¿quién nos dirá la verdad?
--¡Yo!, dijo detrás de los jóvenes una robusta voz. Y al mismo tiempo la
señorita Guichard, surgiendo de la espesura desde donde escuchaba hacía
un momento á Mauricio y á Herminia, apareció majestuosa y terrible.
--¡Mi tía!, exclamó Herminia aterrada. Y levantando los brazos con
ademán desesperado, tomó la fuga y desapareció, ligera como una corza,
por el extremo de la alameda.
Mauricio, esforzándose en aparecer tranquilo, quedó solo en presencia de
la señorita Guichard. Sin embargo, se creía algo en ridículo, al pie del
muro y con el sombrero en la mano, y pensaba: "Debo parecer un mendigo
pidiendo limosna" ... Pero tuvo una agradable sorpresa.
--Puesto que usted, caballero, tiene curiosidad de saber lo que nos
tiene divididos al señor Roussel y á mí, va usted á oírlo. Más para tal
confidencia el sitio me parece incómodo, aunque sea usted quien le ha
elegido. Tenga, pues, la bondad de seguir la tapia hasta la verja y allí
me encontrará usted para abrírsela.
Y con la mano le indicó la dirección que debía tomar, aunque él la
conocía muy bien, y descendió del terraplén. Al dirigirse hacia la
verja, Clementina se preguntaba: "¿Qué hará? He visto en su mirada la
idea de huir y no volver. Si se marcha, se acabó el episodio; no le
volveré á ver jamás. Si viene ... ¡entonces, nos veremos, señor Roussel!
Es tu bien más querido, y voy á tratar de quitártelo."
Mauricio, andando por el camino, pensaba: "Mi tutor me ha prohibido
entrar en su casa y verla y me veo obligado á desobedecerle. Si emprendo
la carrera y huyo sin tambores ni trompetas, no obraré con política,
aunque sí, acaso, con prudencia. Pero de este modo quedaría en ridículo
... ¿Qué pensaría de mí la Virgen del bordado? Me tomaría por un lacayo,
por un don Juan de villorrio, que intenta emprender intrigas con las
jóvenes por encima de las tapias, y no la volvería á ver! ¡Vamos, pues!
Á mal tiempo, buena cara. Salgamos de este mal paso lo más correctamente
que sea posible."
Al llegar Mauricio á la verja, se abrió el postigo y la señorita
Guichard, muy amable, dijo:
--Entre usted. Le encuentro con mejor salud que la primera vez, por lo
que me felicito.
--Y yo se lo agradezco á usted, porque á sus buenos cuidados lo debo,
señora....
--Llámeme usted "señorita" dijo Clementina con aire majestuoso.
--Pues bien, señorita, acentuó Mauricio, usted ha sido tan buena, para
mí....
--Y no lo siento, dijo Clementina, admitiendo el elogio, aunque usted
sea singularmente emprendedor y merezca severas reprensiones ... ¿Es el
señor Roussel quien le ha enseñado á hablar con las jóvenes sin el
consentimiento de sus padres?...
--El señor Roussel no me ha dado más que buenos ejemplos, dijo
dulcemente Mauricio, y confieso que si él me hubiera encontrado donde
estaba hace un momento, hubiera sido, sin duda, menos indulgente que
usted....
--¿Porque se trataba de mi sobrina?
--Porque se trataba de una señorita, á las cuales él me ha enseñado que
se debe respetar infinitamente.
--Vamos, pues ... Puesto que usted mismo se acusa ... yo estoy
desarmada.
--Contra mí, dijo Mauricio sonriendo; pero contra mi tutor....
--¡Él! Eso es otra cosa ... Yo tengo el deber de defenderme.
--Pero, ¿es usted atacada?
Hablando así, habían entrado bajo el emparrado, y se sentaron.
--¡Atacada! replicó la señorita Guichard. Hace veinte años no he dejado
de serlo ... Puedo decir que las únicas penas de mi vida han venido del
señor Roussel.
--Señorita, dijo Mauricio con estupor, no puedo suponer que usted me
engañe, ... y sin embargo, lo que me está contando es tan extraño, tan
inverosímil ... Hace veinte años que estoy al lado del señor Roussel y
es esta la primera vez que oigo hablar de tales disensiones. Mi tutor no
me ha dicho jamás una sola palabra y nada indicaba en su actitud un
hombre turbado por las combinaciones de una guerra intestina ... Sí, su
espíritu estaba libre....
--¿ Cree usted que Herminia....
--¡Ah! su sobrina de usted se llama Herminia?... interrumpió Mauricio.
--Sí, señor ... ¿Cree usted que esta niña ha podido sospechar algo? La
he ocultado cuidadosamente mis tristezas y mis temores, como el señor
Roussel disimulaba delante de usted sus agitaciones....
--Pero, Dios mío, señorita, ¿por qué esa hostilidad? ¿Qué son ustedes
el uno para el otro?
--Somos primos hermanos y hemos estado para casarnos.
Mauricio no encontró una sola palabra que responder. En su pensamiento,
asociaba la sonriente bondad de Roussel con la sequedad angulosa de la
señorita Guichard y no se daba cuenta de la posibilidad de una unión
entre estos dos seres tan poco á propósito para entenderse. En verdad,
comprendía que se hubiesen repelido, como los elementos afines de la
electricidad, y adivinaba qué sacudidas habían debido producir esas
corrientes encontradas.
Clementina, viéndole absorto, continuó sus explicaciones, en las que
siempre se adjudicaba la mejor parte. Pintó su corazón herido por el
abandono de un hombre á quien amaba y á quien su tío la había destinado
desde la infancia. No habló de sus pretensiones, de sus calumnias, de
sus maldades ni de toda aquella guerra de alfilerazos que había hecho al
pobre Roussel. No; la víctima era ella; inocente y dulce criatura
abandonada por un prometido infiel é ingrato. Se mostró llorosa como
Dido después de la partida del hijo de Anquises; pero ella no había
subido ¡ay! á la pira fatal, sino que había consumido su vida en las
penas. Una reclusión completa había sido la consecuencia de la cruel
decepción experimentada. Había renunciado al mundo y llorando su perdido
porvenir se había consagrado á la educación de Herminia, su hija
adoptiva, que era la sola alegría de su soledad.
Escuchando á la señorita Guichard, Mauricio pensaba: "¿Será posible que
mi tutor se haya mostrado tan duro con esta pobre mujer? ¡Cómo!
¿tiernamente amado, la abandonó? ¡Quién pensara, al verle ahora con su
cara rubicunda y sus cabellos blancos, que en otro tiempo había hecho
desgraciadas! No era muy seductora su prima Clementina ... pero, después
de todo, la palabra es palabra. Si esta mujer me contase la verdad ...
¿Y cómo no? el telegrama enviado desde Liverpool, prohibiéndome volver á
casa de la señorita Guichard, prueba la aversión que mi tutor dedica á
su exprometida ... ¿Qué habrá pasado entre ellos? ¿Y por qué, sobre
todo, no me ha hecho jamás la menor alusión á todas estas historias?
¿Será eso una prueba de que es suya la falta? ¡Sería entonces la única
de su vida!"
Esta disculpa en favor de su tutor alivió á Mauricio, que hacía un
momento se estaba haciendo aliado de Clementina y no bastante defensor
de su padre adoptivo. Clementina decía:
--Usted juzgará de mi emoción cuando esta carta caída de su bolsillo y
que está firmada por el señor Roussel, me reveló quién era usted....
--¿Luego usted me conocía? preguntó ligeramente Mauricio.
--La naciente celebridad de usted no me permitía ignorar su nombre.
--El pintor se inclinó ruborizándose.
--Lo poco que yo valgo se lo debo al señor Roussel.
--¡Tiene tanto gusto y tan admirable inteligencia! exclamó Clementina
con una admirable hipocresía. ¡Ah, señor! Era muy seductor, cuando
joven; ¿cómo no había de agradar? Yo no quiero que mi sobrina sea tan
desgraciada como yo ... Ahora que nos hemos explicado, no vuelva usted
más, caballero ... Todo nos separa....
--Pero, señorita ... dijo Mauricio en tono de protesta y muy molestado.
--¡Oh! no se defienda usted ... Es encantadora y sé lo que usted piensa
de ella. Les escuchaba hace un momento cuando usted la hablaba al pie
del terraplén. Todas las dulzuras que usted la dedicaba me recordaban
los artificios en que yo misma me dejé coger!... Si usted ama á
Herminia, pierde el cariño de su tutor ... Vea, pues, si no es mejor que
no vuelva usted jamás....
--Déjeme usted al menos hablarle ... explicarle.... dijo Mauricio con
calor, sin observar que, muy diestramente, le acababan de entregar
Herminia.
--¡No, nada, no vuelva usted! Es usted un amable joven y si ella le
volviese á ver, ¡sabe Dios lo que podría suceder á esta niña, de corazón
tan sencillo y tan puro!...
--Pero, señorita, mi tutor tiene por mí una intensa afección y estoy
seguro de que conseguiría vencer sus prevenciones....
--¿Usted lo cree? ¿Es usted un hombre honrado?
--¿Y puede usted dudarlo?
--No lo dudo y la prueba es que le autorizo para quedarse ... ¡Qué
dicha, el poder acogerle sin desconfianza! Usted me agradó desde el
primer momento ... No diga usted ni una palabra á Herminia ... No le
permito hacerle la corte sin que el señor Roussel haya dado su
consentimiento.... Pero comerá usted con nosotras y observará que no
somos tan malas personas.... ¡Herminia!
La Virgen del bordado, viendo que la conversación se prolongaba y
devorada por la curiosidad, había tomado el partido de dejar ver el
extremo de su traje blanco por el otro lado del vallado. Á la llamada de
su tía, se acercó llena de emoción y por eso mismo más encantadora ...
Y Mauricio, perdiendo en su presencia la poca resolución que le quedaba,
olvidó las órdenes de su tutor y entró en aquella casa de la que hubiera
debido huir.
Al día siguiente, Mauricio tuvo ocasión de acabar el cuadro y el boceto,
porque tenía en el pensamiento, clara y precisa, la deliciosa cara de
Herminia. Trabajó todo el día con ardor, pero sin alegría, porque, en el
fondo, estaba descontento de sí mismo. "¿Cómo explicar á mi tutor lo que
ha pasado? se decía; y ¿cómo va á tomar mi desobediencia? ¡Ah! si
conociese á Herminia, me comprendería y me disculparía! Pero no conoce
más que á la señorita Guichard y es fuerza confesar que no es lo mismo
... Y, sin embargo, no es mala esa mujer. Lo peor que tiene es aquel
aire tan hombruno; ... eso será lo que habrá alejado á mi tutor. Y,
¡diablo! ¡él era un buen mozo cuando joven, á juzgar por sus retratos, y
el rompimiento debió ser penoso para la tierna Clementina, que le
quería!... ¡Oh!, de veras. Mi tutor creía que en esa casa me hablarían
mal de él y esto le contrariaba. ¡Como si todo cuanto pudieran decirme
fuese á hacerme olvidar sus bondades! Aunque fuera un monstruo, no por
eso habría dejado de ser mi segundo padre.
Por la noche, la soledad de la casa y el silencio del campo le
fastidiaron y se fué á París. Entró en un teatro; encontró insípida la
obra que se representaba, á pesar de que llevaba doscientas
representaciones, y volvió á Montretout en el último tren. Dormía
profundamente por la mañana, cuando la puerta de su cuarto se abrió
bruscamente y entró el señor Roussel diciendo:
--¡Soy yo! ¡Cómo, perezoso! ¿estás todavía en la cama? Ven á abrazarme.
Mauricio no se lo hizo repetir. Saltó al suelo y estrechó á su tutor
entre sus brazos.
--Vamos; vístete, dijo Fortunato; vas á coger frío.
--Pero, ¿cómo es que llega usted tan de mañana?
--Tomé el vapor ayer por la tarde; he corrido toda la noche en
ferrocarril y aquí estoy.
--Pero debe usted estar muy cansado....
--Nada, absolutamente. Hablemos de ti.
Durante este tiempo, Mauricio se había vestido.
--Pasemos á tu estudio y estaremos mejor que aquí, dijo Roussel.
Cogió al joven por el brazo, apretándoselo tiernamente, dichoso por
tenerle allí, como si hubiera abrigado el temor secreto de no
encontrarle en su casa al volver. Llegados al estudio, se sentó, sin
haber examinado los lienzos puestos en el caballete, como tenía por
costumbre, y dijo, mirando á su hijo adoptivo:
--Cuéntame con detalles tu accidente y tus aventuras con la señorita
Guichard.
--El accidente es de los más sencillos y de los más estúpidos ...
Imagine usted que fuí cogido en una calleja por una cabalgata de
horteras y atropellado antes de haber podido guarecerme.... Tenía la
frente contusionada y dislocado un hombro, cuando el jardinero de la
señorita Guichard me vió sin conocimiento en medio del camino.... La
señorita Guichard me hizo transportar á su casa y me cuidó perfectamente
... No hay más.
--¡No hay más!, murmuró Roussel en tono de sospecha.
--¡Nada!
--Entonces ¿has visto al monstruo mismo?
--Un monstruo nada feroz, dijo Mauricio riendo.
--¡Diablo! ¿Cómo te las has compuesto?... Pero, sin duda, ella no te
conocía cuando te acogió é ignoraba el vínculo que nos une.
--Es verdad que, en cuanto lo supo, su actitud cambió completamente.
--¡Ah! ¿Lo ves? exclamó Roussel triunfante.
--Sí; pero si cesó de venir á mi cuarto, siguió teniéndome en su casa y
sus atenciones, dignas de todo agradecimiento, no se interrumpieron....
Acaso permaneció alejada por delicadeza.
--¿Por delicadeza? ¡Ah! Decididamente, no la conoces. Sería menos
peligroso tratar de aprisionar leones ó tigres, que vivir en buena
inteligencia con ella ... ¡Oh! ya veo que se ha hecho de miel contigo;
cuando quiere, sabe ser amable.... pero eso es imposible que dure ... yo
lo sé bien.... He tratado de domarla durante seis semanas y tuve que
apelar á la fuga ... ¿Te habrá dicho que soy un bandido, eh?
--Todo lo contrario. Me ha contado que le había amado á usted mucho ...
Y por su actitud, por el tono con que me hablaba, juraría que aún....
--¡Calla, desgraciado! interrumpió Fortunato con un ademán de horror.
Gracias á Dios esto libre de ella y el diablo mismo no me haría ponerme
voluntariamente en su presencia ... ¡Calla! ¿has cambiado la cabeza de
tu desposada?
Roussel, paseándose de arriba abajo, en la agitación que le producían
aquellos recuerdos, se había detenido delante del cuadro empezado por
Mauricio antes de su partida y miraba con atención la figura que
representaba á Herminia.
--Sí, dijo Mauricio; me ha parecido que el rubio estaba mejor en la
escala de los colores: el moreno resultaba brutal.
--La fisonomía es encantadora. ¿De qué modelo te has servido?
--De ninguno: está hecho de imaginación....
--¡Ah! Pues no es esa tu costumbre....
Se calló. Acababa de ver el estudio de la virgen del bordado y le
examinaba con aire cuidadoso. De una ojeada había reconocido el
terraplén de la quinta del tío Guichard, en el que había jugado durante
toda su infancia. Y en aquella joven inclinada hacia la callejuela y
rodeada de follaje, volvía á encontrar á la desposada cuya cara había
cambiado Mauricio por un repentino capricho. ¡Una extraña coincidencia,
verdaderamente, y muy á propósito para alarmar á Roussel! Éste
permanecía delante del lienzo, no atreviéndose á volverse por no mostrar
á su hijo adoptivo su cara sombría, pero viendo, sin embargo, que era
necesaria una explicación. Por fin, se armó de valor, y dijo:
--¿Es nuevo este boceto?
--Sí, padrino; he emprendido este cuadrito después que usted se marchó.
--Es la misma cabeza de la desposada ... ¿También de imaginación?...
Levantó la frente y clavó su mirada en los ojos de Mauricio. El joven se
sonrojó un poco y dijo sencillamente:
--No he mentido á usted nunca y no he de empezar á mi edad ... Esta
cara es la de la sobrina de la señorita Guichard.
--¿Ha venido aquí? preguntó Roussel con violenta angustia; ¿la has hecho
entrar en mi casa?
--No; no ha venido; he hecho este retrato de memoria....
--¡De memoria! repitió Fortunato moviendo la cabeza. ¿Cuántas veces la
has visto entonces?
--Dos veces.
--¿Dónde?
--La primera en el terraplén, tal como usted la ve en este boceto ... Su
graciosa silueta me pareció que encuadraba bonitamente en el follaje....
Había en esto un precioso asunto ... La pinté de memoria y después, como
la cabeza no me satisfacía....
--¡Has vuelto!
--Sí, padrino; y esta vez, estando hablándola, fuí sorprendido por la
señorita Guichard....
--Que te echó una reprimenda ... Yo en su lugar....
--Nada de eso; que me rogó que entrase, se explicó muy cordialmente
conmigo, me acogió con gran benevolencia ... y después....
--¿Y después? repitió Fortunato estremeciéndose.
--Y después, me hizo quedarme á comer.
--¿Has comido en su casa?
--Antes de ayer.
--No te ha hablado mal de mí; te ha acogido con benevolencia y te ha
convidado á comer, resumió Roussel ... ¡Ah! Hijo mío, todo esto es más
grave de lo que había previsto. Veamos; vamos á poner los puntos sobre
las íes, porque va en ello mi tranquilidad presente y tu seguridad en el
porvenir. Dímelo todo, como á un padre.... Esa joven ... encantadora si
es como tú la has pintado ... ¡Ay! sé muy bien cómo logras los parecidos
... esa joven ... ¿te ha gustado?
--¡Oh! sí, mi querido padrino, exclamó Mauricio con fuego. Si usted
supiera hasta qué punto es bonita, dulce, sencilla....
--¡Eh! todo lo que tú quieras ... un ángel.
--Un ángel, sí, padrino....
--¡Pero tiene el diablo á su lado! ¡Y no tendrás el ángel sin verte
obligado á cargar también con el diablo!... ¡Ah! querido hijo mío, tú
sabes cuánto te quiero y cómo te lo he probado desde hace veinte años.
Debes estar convencido de que si sólo se tratase de sacrificar mi reposo
á tu dicha, no dudaría ... Pero tener á Clementina por suegra ...
¡porque sería tu suegra! no habría en el infierno suplicio semejante.
Hay que haberla conocido joven para sospechar lo que debe ser ahora que
es vieja. Y su plan lo adivino ahora como si lo estuviera viendo ...
Quiere robarme tu cariño ... Ha puesto á su sobrina como un cebo para
cogerte en sus redes ... Sí, ya sé lo que me vas á decir; la sobrina es
encantadora ... ¡Al casarse con una joven, no se casa uno con su madre y
mucho menos con su tía! Pero estoy seguro de que Clementina tomaría sus
precauciones, que se impondría á la joven pareja ... ¿qué digo? que la
secuestraría y exigiría al marido que jurase vivir con ella ... Este es
el secreto de su buena acogida.... Ha visto en ti el yerno ideal ... Un
muchacho guapo, bien educado, rico y ya célebre y como remate mi hijo
adoptivo ... Su sueño es apoderarse de ti para que yo quede solo, á mi
edad, y me muera de pena en mi rincón, como un pobre perro abandonado.
Y hablando así el buen Fortunato se había enternecido. Su voz se perdió
en un sollozo y las lágrimas rodaron por sus mejillas. Ante esta pena
tan sincera del hombre que le había educado, Mauricio se abandonó á su
emoción: se abalanzó á Roussel, le estrechó entre sus brazos, le obligó
á sentarse en una butaca, se colocó en un taburete cerca de él, le cogió
la mano y, llorando también, dijo:
--Basta, mi querido padrino; ni una palabra más ... Usted no me conoce
... ¡yo, abandonarle! ¡Dejarle acabar su vida, que espero será todavía
muy larga, sin aprovechar la dicha de su continua presencia! ¿Cómo ha
podido usted pensarlo? ¡Preferiría renunciar á todas las mujeres de la
tierra, mejor que causar á usted una pena ... Usted llora, mi bueno y
único amigo, por mi causa.... Es la primera vez y será la última ...
Tranquilícese usted; jamás haré nada que le atormente ni que siquiera le
disguste; sería un ente desnaturalizado si pensase en otra cosa que en
complacerle. Los hijos deben obediencia á sus padres y usted es aún más
que un padre para mí, porque no es la naturaleza la que le ha hecho
serlo, sino su voluntad.... Yo soy su hechura moral ... No creo que haya
en el mundo lazos más fuertes que los de mi cariño y mi
reconocimiento....
Roussel lloraba todavía, pero al mismo tiempo se sentía dichoso, porque
veía la sinceridad con que hablaba Mauricio. Le abrazó con efusión y ya
ruborizado, el buen señor, por el egoísmo con que aceptaba la renuncia
de su querido hijo:
--Casi no la conoces, exclamó, y olvidarás fácilmente á esa joven ...
¡Bah! Ya buscaremos otra, aun más bonita y que no dependa de la atroz
Clementina ... Si tú supieras....
--No quiero saber nada; creo á usted bajo su palabra.
--¡Ah! eres un buen muchacho, dijo Fortunato con efusión, y en este
momento me pagas veinte años de ternura....
--Entonces, no se hable más del asunto, contestó Mauricio con afectada
calma y que se borre hasta el recuerdo de esta aventura.
Roussel y Mauricio volvieron á emprender su plan de vida ordinario, en
apariencia al menos, porque, en realidad se había producido entre ellos
una causa de molestia. El pintor no buscaba, como en otro tiempo, la
presencia de su padrino, é, instintivamente, Fortunato estaba retraído.
No podían hablarse sin reticencias y se veían obligados á reflexionar,
antes de emprender una conversación, á fin de asegurarse de que no había
de descarrilar del asunto principal, en desenvolvimientos peligrosos.
Ocupados incesantemente en dominarse, afectaban una tranquilidad que
estaba muy lejos de sus espíritus. No se atrevían á dirigirse mutuas
preguntas y se espiaban, temiendo sorprender en sus fisonomías la huella
de una inquietud, la prueba de una pena. Hubieran querido convencerse de
que habían renunciado, Roussel á sus prevenciones y Mauricio á su
amor.... Pero sabían que esto era imposible y ambos sufrían. Estos dos
seres que habían vivido tanto tiempo en una deliciosa intimidad, no se
veían ahora más que á las horas en que les era imposible evitarse; por
la mañana en el almuerzo y por la tarde durante la comida y de
sobremesa, y aun entonces estaban juntos con alguna inquietud. De este
modo, Clementina había conseguido introducir la turbación en casa de su
enemigo y envenenar su tranquila felicidad.
CAPÍTULO IV
EL ATAQUE Y LA DEFENSA.