--No tiene absolutamente trazas de eso, dijo Herminia.

--¡Vea usted esto!, dijo Clementina riendo; presumes, á lo que parece,

de tener buen golpe de vista!... ¡Hele aquí garantido por Herminia; no

hay más que hablar!

--¡Oh! tía mía, usted se burla y eso no es caritativo.

--Bueno; tampoco yo quiero mal á tu protegido. Vamos á cuidarle.

Subieron, precedidas por el doctor, una escalerilla y en un bonito

cuarto, tapizado de tela persa, encontraron al herido confortablemente

acostado en un mullido lecho, en el fondo de una alcoba. El médico le

reconoció de nuevo, puso una receta y anunció que volvería á primera

hora de la noche. Las dos mujeres quedaron solas cerca de su huésped,

un poco inquietas, á pesar de los buenos presagios del médico, por

aquella prolongada inmovilidad. Le miraban en silencio y el interés que

les inspiraba su estado resultaba aumentado por una singular simpatía

causada por la dulzura de su cara. Tenía verdaderamente una fisonomía

atrayente y aun estando pálido, con los ojos cerrados y la frente

cubierta con una compresa, resultaba sumamente agradable. Herminia, que

iba y venía por la habitación, encontró sobre una silla, en desorden, la

ropa del desconocido. Creyó que debía arreglarla y estaba haciéndolo

cuando cayó una carta de uno de los bolsillos.

--Dame ese papel, dijo la señorita Guichard; en él encontraremos acaso

alguna indicación acerca del nombre y la condición social de este

joven....

Herminia entregó dócilmente la carta y no bien su tía hubo echado sobre

ella una mirada, palideció, y con una emoción inexplicable exclamó:

--¡Es su letra!

Buscó febrilmente la firma y llena de horror descubrió estos dos nombres

execrados: _Fortunato Roussel_.

Herminia, asombrada, permanecía en pie delante de su tía sin comprender

sus acciones ni sus palabras. Por fin se arriesgó á preguntar:

--¿Usted sabe, pues, tía mía, quién es este joven?

--¡Es él, es él! exclamó Clementina con ímpetu.

Después, mirando á su sobrina y viéndola llena de curiosidad dijo

severamente:

--¿Por qué te ocupas en lo que no te concierne? Vuélvete á nuestras

habitaciones, tu sitio no es este.

Herminia, extrañada por este repentino cambio, dirigió una última mirada

al enfermo y abriendo la puerta, salió de la habitación.

En cuanto se vió sola, la señorita Guichard se apoderó de la _jaquette_

de su huésped, la registró con mano febril, descubrió una cartera, la

abrió y tomando una tarjeta, leyó: _Mauricio Aubry_. Dejó la cartera

sobre la chimenea y sombría, con la carta en la mano, se sentó,

reflexionando profundamente en el concurso singular de circunstancias

que conducía bajo su techo al hijo del que ella odiaba implacablemente.

Poco á poco su vista cayó sobre la hoja de papel cubierta con la letra

aborrecida y leyó maquinalmente:

"Querido hijo mío; mi viaje empieza bien. Los créditos que he venido á

realizar...." Aquí Clementina saltó algunos renglones pues los negocios

de Roussel le parecieron insignificantes.... "No estaré de vuelta antes

de tres semanas y Dios sabe si voy á echarte de menos durante ese

tiempo, ingrato, por no haber querido acompañarme.... Afirmas que

Inglaterra no es un país artístico.... Si vieras qué interesantes son

estos centros manufactureros de Manchester y Birmingham ... en ellos se

toma el pulso de la actividad de un país...." ¡Espíritu prosaico y

mercantil! murmuró Clementina.... "La Escocia es una maravilla.... He de

traerte aquí y verás hasta qué punto eran erróneas tus ideas. Cuídate

bien, porque sabes que no tengo más que á ti en el mundo y que si tú me

faltases, todo habría acabado para tu viejo amigo...."

La carta se deslizó de los dedos de Clementina y cayó sobre la alfombra.

Aquella mujer reflexionaba. Los veinte años que acababan de transcurrir

acudían á su memoria llenos de malos procederes, de acciones pérfidas,

imaginadas por ella para atormentar á Roussel, y ante la afección, tan

sencillamente expresada, que éste experimentaba por aquel joven, la

solterona comprendía porqué sus venganzas habían resultado infructuosas

y que si sus artimañas no habían producido efecto, era porque el corazón

de su enemigo no ofrecía más que un punto vulnerable. No habiendo

asestado sus tiros contra ese punto, no le había herido jamás

seriamente.

Y este niño, que lo era todo para su enemigo, según él mismo declaraba,

estaba allí, á su disposición.... Adoptó una actitud terrible ante el

lecho, como si quisiera aniquilar aquellos rehenes que la casualidad le

había entregado, pero se contuvo. Mauricio acababa de arrojar un

profundo suspiro y había abierto los ojos. Paseó enderredor una mirada

turbada, se incorporó sobre el codo derecho y dijo con voz débil:

--¡Ah! es usted, señora, la que me ha recogido, cuidado, salvado....

--Usted no ha estado en peligro..., interrumpió secamente Clementina,

como si no quisiera haber contraído tales méritos respecto del hijo de

su enemigo.

--¡No importa! Estoy sumamente agradecido....

La solterona hizo un gesto que significaba: "Como usted guste", ó "No

hay de qué," y dijo:

--Voy á hacer venir una persona para que le cuide.

Se despidió con una brusca inclinación de cabeza y salió.

Por la noche, el doctor Fortier encontró á su enfermo mucho mejor y le

ordenó una sopa y un ala de pollo. La señorita Guichard envió á su

huésped todo lo necesario, pero no pareció por su habitación. Al día

siguiente, á las diez de la mañana, el médico dió de alta á Mauricio y

éste, ya vestido y ofreciendo el aspecto de un bello mozo, solicitó en

vano el favor de dar las gracias á la dueña de la casa. Dejó una carta,

en la que prometía volver, subió en un coche y se dirigió á Montretout.

Si Clementina se había negado á recibir á Mauricio, Herminia había

presenciado su partida, á través de las transparentes cortinillas de su

ventana, y su aturdimiento había crecido al ver que su tía no quería

despedirse del que tan caritativamente había cuidado. Había en esto un

enigma para ella y en vano se esforzaba en buscar la solución.

Después que el enfermo hubo partido pareció que Clementina respiraba más

libremente. Salió de su habitación, en la que se había encerrado, y bajó

al jardín, pero permaneció turbada. Un pensamiento importuno atormentaba

á su espíritu y á veces, Herminia, que no la perdía de vista, con la

industriosa paciencia de las gatas y de las mujeres, la sorprendía

hablando sola. Pero si no comprendía las palabras incoherentes que la

preocupación arrancaba á su tía, veía, sin embargo, que eran de

violencia y de odio.

¡Odio, rencor! ¡Cómo su bienhechora, que era para ella el ideal de la

generosidad y de la bondad, podía abrigar semejantes sentimientos! ¿Y

por qué prodigio aquel joven desconocido los despertaba en su corazón?

Porque, no habla duda, era la lectura de aquella carta, cuyo autor era

conocido por su tía, puesto que había exclamado: "Es su letra," lo que

había producido semejante desencadenamiento de pasiones.

En esto pensaba la pobre Herminia mientras la señorita Guichard, incapaz

de dominar su agitación, se paseaba por el salón, con las manos en la

espalda y el cuerpo inclinado, en una postura meditabunda, digna de

Napoleón. Una tempestad formidable se formaba desde la víspera en su

cerebro. Había pasado toda la noche sin dormir, rumiando proyectos

espantosos de venganza. ¿Por qué? ¿Qué nueva afrenta había sufrido?

¿Cómo explicar tanta exasperación? ¿Qué razón había para tanta

animosidad contra aquel muchacho á quien nunca había visto y á quien

execraba tanto como al otro, al horrible, al infame Roussel?

Una sola frase de la carta leída había hecho este monstruoso milagro:

"tú lo eres todo para mí." Esas seis palabras habían valido á Mauricio

el odio de la señorita Guichard. Puesto que era tan querido de

Fortunato, debía ser, en proporción, odioso á Clementina. Pensó un

instante en recibirle cuando él pedía despedirse, para darse el gusto

de ponerle en la puerta diciéndole lo que pensaba de su padre adoptivo,

pero después pensó que era más digno sustraerse á su agradecimiento y

responder á su urbanidad con un silencio desdeñoso. Ella también le vió

partir oculta detrás de una cortina y no pudo evitar el encontrarle

elegante, sencillo y agraciado. Tan pronto como hubo salido, tiró

violentamente de la campanilla para llamar al cochero y al jardinero.

Interrogados, los dos servidores no escasearon los elogios.

--¡Ah! ¡Es un bello joven!

--Nos ha dado las gracias como si le hubiésemos salvado la vida.

--Y estaba muy contrariado por no ver á la señorita.

--Nos ha encargado mucho que dijésemos á la señorita que estaba muy

agradecido....

--Y después, no habrá partido sin gratificaros, dijo Clementina, deseosa

de coger á Mauricio en flagrante delito de tacañería. Supongo que os

habrá dado una moneda á cada uno....

--¡Una moneda! dijo el cochero; nos ha puesto buenamente un billete de

cien francos en la mano y nos la ha apretado al mismo tiempo!

La señorita Guichard se mordió los labios y dijo á sus gentes con voz

ruda:

--¡Está bien! Salid.

Después añadió con acento de desprecio.

--¡Estrechar la mano á mis criados! tiene los gustos bajos de su padre.

Esta conclusión la satisfizo, aunque no fuera justa, y Clementina volvió

á entregarse á sus ocupaciones habituales. Á los tres días y á eso de

las tres de la tarde, estaba Herminia trabajando bajo el emparrado,

cuando la hizo estremecerse una campanada que sonó en la verja. El

jardinero abrió y la puerta dió paso á Mauricio Aubry. Llevaba el brazo

izquierdo en cabestrillo y su cara estaba todavía pálida. Esperando que

vinieran á decirle si iba á ser recibido, se acercó maquinalmente al

pabellón del portero. Tenía verdaderamente un aire distinguido y

Herminia, que le miraba con sencillez, encontraba en verle un vivo

placer. El tiempo que el jardinero empleó en ir á prevenir al criado,

pareció á la joven sumamente corto. Y cuando oyó crujir la arena bajo

los zuecos del jardinero, pensó: "¿Qué tiene hoy Giraud, que corre

tanto?" Aprestó el oído para oir la respuesta, que fué seca y

terminante.

--La señorita está delicada y no recibe.

--¡Qué mentira! murmuró Herminia, que sintió de pronto un involuntario

descontento.

--¡Ah! Esto me contraría verdaderamente. Pero, ¿qué día podré ver á la

señorita?

--No lo ha dicho.

--Bueno; volveré. Por el bosque, es un paseo.

Y salió. ¿Cómo sucedió que Herminia se levantase y dejando el emparrado

se dirigiese hacia el terraplén que daba sobre el camino en que había

sido atropellado Mauricio? No es posible explicárselo más que por uno de

esos impulsos instintivos que son una especie de autosugestión.

Mauricio, deseando ver el sitio donde había rodado á los pies de los

jinetes de Ville-d'Avray, entró en la calle y se encontró en presencia

de Herminia que le miraba desde lo alto del terraplén. La saludó con

política sonriendo amablemente. Herminia se puso tan turbada al verse

cogida en flagrante delito de curiosidad, que hizo un brusco movimiento

y el bordado se escapó de sus manos y vino á caer á los pies de

Mauricio. La joven palideció de contrariedad y las lágrimas acudieron á

sus ojos, mientras Mauricio recogía la labor y se la ofrecía

sencillamente á Herminia, que hubiera querido que la tierra la tragase.

Pensó un momento en huir por el jardín, pero sus piernas se negaron á

prestarle ese servicio y se vió obligada á poner buena cara, coger su

bordado y dar las gracias con voz tan débil como un suspiro, pero que

pareció deliciosa al joven. Éste saludó de nuevo y un poco animado,

dijo:

--Tenga usted la bondad de dispensarme, señorita, si me permito

dirigirle la palabra sin tener el honor de conocerla....

Herminia tembló, pensando: "¿Qué va á preguntarme?"

El joven dijo sencillamente:

--¿Seré tan dichoso que esté hablando con alguna amiga ó pariente de la

señorita Guichard?

Era preciso responder, so pena de pasar por una grosera.

--Soy su sobrina, balbuceó Herminia.

--¡Oh! Me alegro infinito! dijo él con calor. Usted podrá ser intérprete

cerca de ella de mi reconocimiento, en tanto que puedo expresárselo yo

mismo....

Herminia, aterrorizada por la necesidad de sostener la conversación

desde lo alto del terraplén, contestó con las primeras palabras que

vinieron á su mente y que, naturalmente, fueron las que respondían mejor

á sus íntimos sentimientos:

--¡Ah! señor, buen susto nos ha dado usted.... y fuimos muy dichosas

cuando tuvimos certeza de que no estaba usted gravemente herido.

Se interrumpió, se puso muy encarnada y permaneció delante de Mauricio,

asombrada é inquieta por haber hablado tanto. El joven la miraba con un

placer manifiesto. Herminia estaba vestida con un traje de batista muy

clara y en el terraplén, sobre un fondo de follaje, coronado de racimos,

su silueta se dibujaba de un modo encantador para un artista. Mauricio

vió en un momento la composición de un cuadro y prolongando su sensación

artística, examinó á su gracioso modelo, detallando su fino cuerpo, sus

hombros redondos, su cabeza orlada de cabellos rubios que un rayo de sol

hacía brillar como un nimbo de virgen. El pintor pensó: "Es bonita como

un ángel y tímida y adorable en su cortedad. Siento no poder pedirle que

me deje sacar un croquis, pero esto sería poco correcto." Se quitó el

sombrero y dijo muy respetuosamente:

--Veo, señorita, que usted también ha tenido la bondad de interesarse

por mí; reciba, por ello, mi más vivo agradecimiento....

Y con pena, pero comprendiendo que las conveniencias lo exigían, se

alejó. Herminia le siguió con la vista mientras pudo y volvió á su

cuarto soñando por vez primera en su vida. Mauricio tomó un camino de

travesía por el bosque y se volvió á Montretout, donde comió y pasó la

noche pensando en la joven del terraplén.

CAPÍTULO III

DONDE HACEN TRAICIÓN LOS ALIADOS CON QUIENES SE CREÍA PODER CONTAR.

Al siguiente día de su accidente, Mauricio escribió á su tutor para

contarle la ocurrencia. Tenía entonces el corazón lleno de gratitud

hacia la mujer hospitalaria que tan bien le había cuidado, pero ahora la

encontraba mucho mejor y sus sentimientos se complicaban con un interés

muy vivo por la encantadora persona que vivía con ella, y cuyo nombre no

sabía siquiera. Desde que había conocido á la sobrina, amaba cien veces

más á la señorita Guichard.

Pasó una noche muy agitada y por la mañana se encerró en su estudio y,

de memoria, hizo un boceto de Herminia sobre el terraplén. Trabajó

durante cuatro horas con ardor y cuando el criado vino á anunciarle que

el almuerzo estaba servido, el cuadro se destacaba de un modo

encantador. La cabeza solamente permanecía borrosa. Sus rasgos estaban

grabados en la memoria del pintor, pero éste tenía miedo de

desfigurarlos al fijarlos en el lienzo. Prefirió guardar confusa la

dulce imagen y pensó:

--Volveré á la Celle-Saint-Cloud y veré de nuevo á mi modelo. Entonces,

seguro de mí, le daré un parecido perfecto. Hasta entonces, que

permanezca en la vaguedad de un ensueño.

Pasó tarareando al comedor y al lado del plato encontró un telegrama que

acababa de llegar. Le abrió y vió con alegría la firma de su tutor; pero

al leerle quedó asombrado; leyó de nuevo y vió que decía:

"Bajo ningún pretexto vuelvas casa señorita Guichard. Explicaré todo....

Vuelvo apresuradamente. Roussel."

Dejó el papel azul sobre la mesa y siguió almorzando, presa de un

asombro indecible. Su tutor volvía repentinamente, interrumpiendo un

viaje importante, diferido hacía dos años y volvía al saber que él había

sido cuidado en casa de la señorita Guichard á quien no conocía y de la

que nunca había oído hablar. ¿Qué significaba esto? ¿De qué se trataba?

¿Acaso la señorita Guichard era una persona poco recomendable?

Entonces, su sobrina ... no, eso era imposible: con aquéllos ojos tan

cándidos no podía ser más que un ángel. Entonces, ¿qué pensar?

No se razona siempre bien el primer impulso y las facilidades de

comunicación que el telégrafo y el teléfono han creado en la sociedad,

ofrecen á las personas vivas de genio numerosas ocasiones para dejarse

llevar del calor de una impresión. Apenas pagó Roussel su telegrama y le

vió pasar á manos del telegrafista, sintió una contrariedad. "He hecho

una tontería, se dijo. No hubiera debido advertir á Mauricio. Hubiera

ido á casa de la señorita Guichard, que le hubiera hablado mal de mí; él

no la hubiera creído, hubiera salido de allí con indignación y asunto

terminado; mientras que ahora le voy á meter en pleno drama y á excitar

su imaginación: ¡quién sabe si hará alguna tontería!"

Iba á abrir la boca para pedir el telegrama, cuando vió al empleado

desaparecer con él en el cuarto donde estaban los aparatos de

transmisión. Desistió ante las explicaciones que tendría que dar;

suspiró y salió pensando: "¡Sea lo que Dios quiera! Después de todo,

puede que Mauricio sea más razonable á los veintiocho años que su tutor

á los sesenta."

Roussel no se engañaba contando con el buen juicio de su hijo adoptivo,

pero la prudencia de los hombres es engañada frecuentemente por el

capricho de los acontecimientos. El joven pintor, después de haber

meditado sobre el telegrama de Roussel, sin conseguir imaginar, ni poco

ni mucho, la verdadera situación, había resuelto observar

escrupulosamente la consigna: "Bajo ningún pretexto vuelvas casa

señorita Guichard."

Sin embargo, encerrado en el estudio y vuelto del lado de la pared el

boceto trazado por la mañana, Mauricio se puso á trabajar en un cuadro

de género que tenía empezado, y que representaba una joven recién casada

despojándose del velo ayudada por la madrina, mientras otra joven miraba

con curiosidad las alhajas de la canastilla. La composición de esta

escena era agradable. El estudio del vestido blanco, destacándose de un

fondo muy claro, había interesado á Mauricio, que miraba su lienzo con

cierta satisfacción pensando que no estaba mal. De repente, la cabeza

morena de la desposada le desagradó; era una mancha brutal de tinta en

la tierna escala de tonos delicados que había agrupado tan

armoniosamente. Cogió un raspador y de un solo golpe decapitó á la

novia. Entonces, con pincel acariciador rehizo la cabeza cambiando

enteramente su carácter. En lugar de la cara acentuada de su modelo

ordinario, una hermosa muchacha de Batignolles, de ojos negros, pómulos

salientes y labios rojos, surgía poco á poco en el lienzo una dulce y

delicada faz que no era sino el retrato de Herminia, con sus guedejas

rubias, sus ojos azules y su boca sonrosada. Era ella rasgo por rasgo y,

sin embargo, no lo era bastante todavía, según el gusto de Mauricio,

porque dejó la paleta sobre el taburete, arrojó los pinceles con

desaliento y mirando su obra con profunda atención, murmuró:

--¡Ah! qué lejos estoy de la realidad!... ¡tendría que verla otra vez

para estar completamente seguro de lo que hago!...

Encendió un cigarrillo, se tendió en un sofá y permaneció arrojando

círculos de humo que subían, formando espirales, hacia el techo del

estudio. Meditaba, sin dejar de seguir en sus evoluciones caprichosas

las bocanadas de humo, mientras que en el fondo de su ánimo se preparaba

sordamente una capitulación de conciencia:

--Después de todo, mi padrino me ha prohibido que vaya á casa de la

señorita Guichard, pero no á los alrededores de esa casa. No entraré

ciertamente en ella, pero ¿por qué no he de rondarla para tratar de ver

á la gentil sobrina? Se trata sencillamente de un capricho de

artista.... Tengo ya dos cuadros arrinconados por falta de ese parecido

exacto, porque yo no podría nunca ver á mi desposada de otro modo que

con la cara de la encantadora virgen del bordado ... Y sería lástima no

terminar el bonito esbozo que la representa inclinada sobre el

terraplén. ¿Qué mal habría en que tratase de verla?... ¡Bah! ¡Allá voy!

Y poniéndose en pie empezó á quitarse el batín que usaba en el taller.

Entró en su cuarto; se vistió con mucho esmero para un pintor que va

sencillamente á buscar un apunte, y tomó el camino del bosque.

Si Roussel estaba alarmado por la carta de Mauricio y si éste

experimentaba hacía dos días una extraña agitación, la señorita Guichard

y Herminia tampoco estaban tranquilas. Después de haberse negado á

recibir al joven, Clementina había reflexionado y el resultado de sus

reflexiones fué la certeza humillante de que había cometido una torpeza.

De este modo Roussel y su enemiga estaban en la misma situación moral

por haber cedido uno y otro á sus primeros impulsos. En cuanto á

Mauricio y Herminia, sus sensaciones y sus aspiraciones eran en un todo

semejantes, pues cada uno de ellos se ocupaba únicamente del otro y

ambos soñaban con la dicha de volverse á ver.

La señorita Guichard, encerrada en su cuarto, había analizado friamente

la situación creada por la aparición del hijo adoptivo de Roussel en su

vida, y no había podido menos de pensar que esa situación podía ser

fecunda en ventajas, siempre que ella supiese aprovecharla en todo lo

posible. Lo menos que podía obtener era sembrar la discordia y alterar

las relaciones del pupilo y del tutor. Bastaba para esto aparecer como

una buena señora, halagar al joven, atraerle, hablarle de Roussel con

respeto y de este modo, lo malo que Fortunato diría seguramente de ella

sería considerado como prueba de la más injusta malquerencia. Y

precisamente había adoptado, desde el primer momento, la línea de

conducta más opuesta. Había tratado duramente á Mauricio, le había hecho

despedir por su criado y, en fin, se había conducido al contrario de lo

que exigía el sentido común. Si el joven tenía más orgullo que

agradecimiento, no volvería y todo habría terminado. ¡Qué hermosa

ocasión perdida de asestar un golpe certero á aquel monstruo de

Fortunato!

Herminia, muy inocentemente, pensaba en Mauricio, porque le había visto

al principio muy enfermo y, al marcharse, muy interesante, y después muy

sano y mucho más interesante aún. Tenía en el oído el sonido de su voz,

y la mirada límpida, franca y ¡tan dulce! que le había dirigido, había

penetrado hasta su alma. Habiéndose negado su tía á recibirle, era lo

más probable que no le viese más y esto le producía una tristeza

inexplicable. Por primera vez sintió una especie de pesadez, que la

oprimía el corazón y no podía definir con precisión si era alegría ó

pena lo que experimentaba. Pero era, eso sí, una sensación muy fuerte

que le parecía que había de durar toda su vida.

Como por casualidad había descubierto un banco en el terraplén, no en el

sitio en que ella se encontraba cuando Mauricio pasó por el

camino,--allí estaba demasiado en evidencia,--sino al extremo de la

tapia y detrás de un vallado. Desde aquel sitio, se veía sin ser visto,

á todo el que pasara, á menos de poner un poco de su parte, con buena

voluntad, é inclinarse como para coger las clemátides que tapizaban el

muro y pendían hacia fuera. Pero Herminia no pensaba inclinarse, sino

ver, y esto era ya en ella muy extraordinario.

Pasó las primeras horas del día con la señorita Guichard y á eso de las

tres se dirigió al terraplén. Allí, sentada en el banco de piedra, con

la labor sobre la falda, se asemejaba á la Virgen del bordado, como

decía Mauricio. No trabajaba gran cosa y pensaba ... pensaba más que

había pensado desde su nacimiento. Esperaba que vendría la persona por

la cual se había apostado en observación; puesto que ella había tenido

la idea de acechar su paso, le parecía muy natural que á él le hubiese

ocurrido la de pasar.

Al cabo de una hora, Herminia no había hecho progresar gran cosa su

bordado, pero había dirigido muchas miradas por encima del muro.

Empezaba á impacientarse y á dirigir mentalmente acusaciones á Mauricio,

cuando, al sonar la hora en la iglesia del pueblo, se oyó un paso ligero

que rompía el pesado silencio de la calleja. El que se aproximaba no

venía por la plaza, sino por detrás de Herminia, del lado del bosque. La

joven pensó: "¿Seré tonta? ¿Cómo podía haber atravesado todo el país? Es

mucho más prudente en él llegar á la quinta por caminos solitarios."

Un antiguo rencor · 第 2 / 11 段