Falto del jugo vegetal materno,
Segado en brazos y melena umbría,
Ya verdor no dará frondoso y tierno:
Hierro al bosque arrancóle, árbol un dia;
El arte en bronce le embutió, y eterno
Emblema de los reyes de mi casa,
De mano en mano incorruptible pasa.»
XLIV.
Tal dice, y muestra al par en las reales
Manos el cetro venerado. Sellan
Ambos sus votos con razones tales
En medio de los próceres. Degüellan
Ante el fuego despues los animales
Sagrados, palpitantes los desuellan,
Y encima de las aras las calientes
Entrañas ponen en colmadas fuentes.
XLV.
Tiempo há ya que las rútulas legiones
Del iniciado pacto auguran males;
Un secreto pavor sus corazones
Ocupa, y más cuando á los dos rivales
Próximos ven, y de ambos campeones
Consideran las fuerzas desiguales.
El modo infausto como Turno avanza
Crece la popular desconfianza.
XLVI.
Mudo y á lento paso comparece
A doblar ante el ara la rodilla;
Su juvenil figura palidece,
Baja la vista, mustia la mejilla.
Ve la Ninfa al hermano, y ve cuál crece
En sordas voces la naciente hablilla,
Turbados pechos vacilar advierte;
Y entre ellos, disfrazada de Camerte--
XLVII.
Era éste un lidiador que gala hacía
De su antigua nobleza, y cuya espada
De su padre á la clara nombradía
En el ardor de bélica jornada
Correspondió con noble bizarría--
Entre ellos, de Camerte disfrazada,
Yuturna, pues, astuta el pié desliza,
Y rumores sembrando el fuego atiza:
XLVIII.
«¿Que al invasor se oponga, no es vergüenza,
Rútulos, sola un alma? ¿Ó de él, insanos,
Temblais que en fuerza ó multitud nos venza?
Ved: Arcades, y Teucros y Toscanos,
Hueste á Turno fatal: allí comienza,
Y allí acaba; están todos: si á las manos
Con dos nuestros solo uno de ellos viene,
No temo que su número se llene.
XLIX.
»Subirá de los Númenes al lado
Él, que ahora á sus aras reverente
Se ofrenda; en alas de la fama alzado
Cobrará vida en boca de la gente;
Miéntras nosotros, pueblo vil, sentado
A mirarle con ojo indiferente,
Quedaremos sin patria: el tiempo acerba
Y justa servidumbre nos reserva!»
L.
Así exalta las almas. Por instantes
Se agrandan, vueltas dando, los rumores.
No son los Laurentinos cual en ántes;
Aun los mismos Latinos, que de horrores
El término esperaban anhelantes,
Abren súbito el pecho á los furores,
De Turno el caso indigno les conduele,
Y arden ya porque el pacto se cancele.
LI.
Atenta á la ocasion que la convida,
Yuturna entónces da en el alto cielo
Gran señal que los ánimos decida
Y engañe de los Ítalos el celo.
Esforzaba en la atmósfera encendida
Tras ribereños pájaros el vuelo
La roja ave de Júpiter, y puso
En triste fuga al escuadron confuso.
LII.
A las olas de súbito se cala,
De un cisne hermoso aferra, y por el viento
Con ímpetu feroz remonta el ala.
Los Ítalos la observan; y ¡oh portento!
Clamor acorde el bando aéreo exhala,
Y en densa nube é inverso movimiento
Persigue á la cruel de quien huia;
Bajo sus plumas se oscurece el dia.
LIII.
Tanto la han acosado, y tal le pesa
Su nueva mole al águila, que al rio
Floja la garra al fin suelta la presa,
Y piérdese en el ámbito vacío.
En júbilo trocando la sorpresa
Los Ítalos, y en alto vocerío
Rompiendo, la simbólica apariencia
Saludan, y á las manos dan licencia.
LIV.
Tolumnio el adivino habló el primero:
«¡Oh! lo que tanto ansié cúmplese ahora:
Me dan los Dioses favorable agüero.
A mi ejemplo, á mi voz, sin más demora
Requerid, desgraciados, el acero
Contra ese advenedizo que os azora,
Que con tímidas aves os iguala
Y vuestras costas ominoso tala!
LV.
»A salvar nuestro Rey de uñas feroces
Venid, las filas estrechad: yo os fio
Que fugitivo el robador, veloces
Las alas soltará de su navío
A perderse en los mares.» Tales voces
Lanza el augur, y con resuelto brío
Corre adelante, y una lanza tira
A los contrarios que á su alcance mira.
LVI.
Inevitable el asta huye y rechina;
Suena inmenso clamor; tumultuosa
Agitacion los órdenes domina
De bancos, y en los ánimos rebosa.
Nueve hijos, de belleza peregrina,
Que al árcade Gilipo etrusca esposa
Dió, fiel cuanto fecunda, hizo el Destino
Que estuviesen enfrente al adivino.
LVII.
A uno de ellos, gallardo á maravilla,
Y vestido de fúlgida armadura,
Por medio al vientre, donde usado brilla
Tahalí cuyos cabos asegura
En la parte central dentada hebilla,
Por allí á traspasarle se apresura
El crudo hierro, y sus costillas hienden,
Y en el rojo arenal yerto le tiende.
LVIII.
Enciéndese mortal resentimiento
En los hermanos: arma arrojadiza
Uno toma, otro espada empuña; á tiento
La animosa legion corre á la liza.
Vuela en contra la hueste de Laurento;
Va en pro, con armas que el blason matiza,
El Arcade, y con él, ardiendo en saña,
Teucro y Etrusco inundan la campaña.
LIX.
Así á todos aguija un mismo anhelo,
El de reñir: á despojar se atreven
Las aras: se oscurece todo el cielo
Con los dardos innúmeros que llueven.
En tanto los ministros, en su duelo,
Vasos, sacros hogares léjos mueven;
Huye, en viendo deshechos los tratados,
Latino con sus Dioses ultrajados.
LX.
Aquél engancha un tiro, miéntras éste
Monta de un salto en su bridon guerrero,
No sin que el hierro centellante apreste.
Romper ansiando el pacto, á caballero
Mesapo va contra el tirreno Auleste,
Rey él mismo y de insignias régias fiero,
Quien en las aras, al ciar, tropieza,
Y hunde entre ellas, rodando, hombro y cabeza.
LXI.
Encima el agresor se precipita,
Y enhiesto, en su corcel, lanzon horrendo
Sobre el postrado príncipe ejercita;
Rogaba en vano el infeliz gimiendo.
«¡Cayó, y ante el altar!» Mesapo grita;
«Gran víctima á los Númenes ofrendo!»
Caliente aún, los Ítalos en torno
Quitan al cuerpo noble el rico adorno.
LXII.
Corineo un tizon tomó del ara,
Y como Ebuso herirle amenazase,
Fulminóle las llamas en la cara:
Arde y luce la luenga barba, y dase
Ingrata á oler. Mas él aquí no pára,
Y al que ofuscó, por los cabellos ase,
Y, poniéndole encima la rodilla,
Su flanco hiere con atroz cuchilla.
LXIII.
A Also, el pastor, por entre armada gente
En las primeras filas daba caza
Podalirio; mas vuélvese el huyente
Súbito, y al que al hombro le amenaza,
Con su hacha frente y barba de un fendiente
Párte, y riégale en sangre la coraza.
A eterna noche al mísero destierra
El férreo sueño que sus ojos cierra.
LXIV.
Enéas, la cabeza descubierta,
Tendiendo inerme está la diestra pia,
Y «¿A dónde, á dónde vais? ¿qué os desconcierta?»
Exclama en voces que á su gente envía.
«¡Oh, enfrenad esas iras! Firme y cierta
Está mi voluntad: la lid es mia,
Nada romper podrá las condiciones:
No, no al temor rindais los corazones!
LXV.
»Dejadme, y esta mano valedero
Hará el sellado pacto. Sacros ritos
A Turno deben á mi solo acero.»
En medio á estas razones y altos gritos,
Hé aquí silbando en ímpetu ligero,
En la nube de hierros infinitos
Que al impasible paladin respeta,
A herirle vino alígera saeta.
LXVI.
¿Qué fuerza la condujo? ¿de cuál mano
Partió? ¿Qué acaso, ó númen escondido
Dió tal gloria á los Rútulos? Arcano
Hondo fué. No se holgó de haber herido
Mortal ninguno al capitan troyano.
Mas cuando á Enéas alejarse vido
Y advirtió de sus nobles la mudanza,
Turno abre el pecho á férvida esperanza,
LXVII.
Y los trotones pide y las tremendas
Armas; de un salto sobre el carro, altivo
Monta, impaciente por regir las riendas.
Vuela: ya á éste, ya á esotro, semivivo
Vuelca, á la Muerte acumulando ofrendas;
O arroja sobre el bando fugitivo
Lanzones que arrebata, ó atropella
Filas, y en curso abrumador las huella.
LXVIII.
Cual cerca al Hebro helado, con sangriento
Ardor bate su escudo en són de guerra
Marte, sus potros de encendido aliento
Lanzando al llano desde la alta sierra;
Delante corren del alado viento,
Gime bajo sus piés la tracia tierra,
Cien formas de Terror, de Insidia y Saña
Cortejo son que en torno le acompaña:
LXIX.
Así el Rútulo impele sus caballos
Todos cubiertos de sudor que humea;
Y á hombres sin fin, despues de derriballos,
Con ímpetu furial en la pelea,
Concúlcalos cruel: los duros callos
Sangre desparcen que la crin gotea,
Y en ruidoso tropel, por donde pasan,
Con sangre el polvo de la lid amasan.
LXX.
Rindió de cerca á Folo y á Tamiro,
A Esténelo dió muerte, aunque lejano;
Tambien á Glauco de distante tiro
Mata, y á Lade al par, de Glauco hermano:
Formó á estos dos para la lid, ya en giro
De carro volador, ya mano á mano
En el palenque, con igual pericia,
Su padre Imbraso en la materna Licia.
LXXI.
Mézclase en otra parte en la porfía
Eumédes, prole de Dolon, preclara
En guerra: el nombre del abuelo habia
Tomado; en alma y brazos se equipara
Al padre--aquél que ya, como de espía
Al campo griego á entrar se aventurara,
Los caballos del hijo de Peleo
Pidió en premio; otro dióle el de Tideo!
LXXII.
Seguia, al aire libre, en campo abierto,
Turno á Eumédes, con leve dardo: enfrena
Su carro, salta, llega; semimuerto
Al fugitivo halló sobre la arena:
El pié al cuello le pone; al puño yerto
Le arranca hoja luciente, y se la ensena,
Tiñéndola hasta el pomo, en la garganta,
Y fiero así sobre él victoria canta:
LXXIII.
«¡Troyano! el suelo hesperio que sangrienta
Tu planta holló, mejor ya mides, creo:
Esta es mi paga al que á lidiar me tienta;
Estos los muros que te alzó el deseo.»
Sus dardos luégo á Asbute, á Daré avienta,
A Tersíloco, Síbaris, Cloreo,
Y á Timete, á quien potro asombradizo
Cerviz abajo descender le hizo.
LXXIV.
Cual bate ronco Bóreas el Egeo,
Y la mar, á sus soplos paralela
Rueda á la playa en levantado ondeo;
Alta nube en el aire huyendo vuela:
Tal densas haces arrolladas veo
Doquier que sus bridones Turno impela;
Envuélvele su propio movimiento,
Y sus plumas agita hendido el viento.
LXXV.
Tanto alarde de bárbara pujanza
Fegeo no sufrió: con mano loca
Los fieros brutos á atajar se avanza
Del freno asiendo en la espumante boca.
Arrástranle indomables; ancha lanza
Su cuerpo, aunque sedienta, apénas toca
Bajo la triple malla, por do hiende
A salvo, miéntras él del yugo pende.
LXXVI.
Mirando á su adversario, en vano embraza
Su escudo, en vano por socorro grita
Esgrimiendo la daga; le amenaza
El eje y rueda que veloz se agita.
Cayó. Por entre el yelmo y la coraza
Turno, que ya sobre él se precipita,
De un tajo la cabeza le cercena,
Y tronco informe déjale en la arena.
LXXVII.
En tanto que con ímpetus furiales
Corriendo la campaña Turno hacía
En carro vencedor destrozos tales,
Bañado de la sangre que vertía
Van á Enéas llevando á sus rëales
Fiel Acate y Mnesteo; compañía
Le da Ascanio, y él mismo en su asta larga
Cada segundo paso el cuerpo carga.
LXXVIII.
Roto el cabo, la punta que le hiere
El héroe trata de arrancar; se irrita
Su impaciencia; algun medio, aquel que fuere
Brevísimo entre todos, solicita:
Que abra los bordes de la llaga quiere
Ancha espada, y los senos que visita
Hondo el hierro, descubra; tal su ruego,
Y que á lidiar le restituyan luégo.
LXXIX.
Hé aquí venido habia á su presencia
Yápix, hijo de Yaso, aquel que Febo
Señaló con gloriosa preferencia:
Sí, que á él, estando aún tierno mancebo,
Comunicó sus dones y alta ciencia
El Dios, llevado de amoroso cebo;
De los agüeros enseñóle el arte,
Y en su cítara y arco dióle parte.
LXXX.
Mas él, que al caro padre desahuciado
Sólo pensaba en prolongar la vida,
De sanitarias plantas el callado
Estudio cultivó por escondida
Senda. En su lanza Enéas apoyado
Está, y á sordas brama, y de crecida
Juventud que le cerca, el vago espanto
Contempla inmóvil y del hijo el llanto.
LXXXI.
Remángase la veste el buen anciano
Al uso de Peon; y con discreta
En balde aplica y diligente mano
Hierbas divinas de virtud secreta;
El encarnado hierro tienta en vano;
Con tenaza mordaz tal vez lo aprieta.
¡Ah! no da el almo Apolo traza alguna,
Ni encamina el conato la Fortuna.
LXXXII.
Y ya el pavor invade el campamento,
Espantosa amenaza se aproxima,
En polvo se condensa el firmamento,
Tropel de caballeros se oye encima;
Y mil dardos y mil cruzando el viento
Van doquiera á caer, y ponen grima
Al par de combatientes y de heridos
Voces de rabia y de dolor gemidos.
LXXXIII.
Vénus, en tanto, del afan movida
Que el corazon materno le atormenta,
Díctamo coge en el cretense Ida--
Hierba que allí lozana se presenta,
De pubescentes hojas revestida;
Flores la cubren de color sangrienta,
Y pace de ella la silvestre cabra
Si cruda flecha su espinazo labra.
LXXXIV.
La raíz salutífera recata
Encubierta la Diosa en nube umbría,
Llega, y en modo oculto el agua trata
Que en limpísimos vasos puesta, hervia;
Virtud comunicándola, desata
El díctamo, y el zumo de ambrosía
Que las fuerzas vivífico recrea,
Esparce, y odorante panacea.
LXXXV.
Con esta linfa Yápix, que no sabe
La merced de la Diosa recibida,
Lava la llaga: al punto, pues, el grave
Dolor huye del cuerpo; en la honda herida
Restáñase la sangre; ya süave
Tras la mano la flecha no traida
Saliendo va; y el adalid doliente
Todas sus fuerzas reintegrarse siente.
LXXXVI.
«¡Armadle, armadle, que lidiar desea!»
Ante todos así Yápix inflama
El turbado concurso á la pelea.
«Y tú, ilustre caudillo,» luégo exclama,
«No pienses que este triunfo humano sea;
Mi arte, mi diestra nada obró: te llama
Fuerza más alta, voluntad divina
Que á mayores objetos te destina!»
LXXXVII.
Mas el héroe tardanzas no consiente:
De acá y de allá á la pierna sobrelaza
Las grebas de oro, él mismo; ase impaciente
De la fulmínea lanza, la coraza
Viste, toma el broquel resplandeciente;
Y las armas tendiendo en torno, abraza
Y fugaz por el yelmo besa al hijo:
«De mí firme virtud, teson prolijo,
LXXXVIII.
»Quiero que aprendas; de dichosa suerte
Otros,» le dice, «te darán lecciones.
Hora vuelo en la lid á protegerte,
Voy á guiarte á sus preciados dones:
Cuando llegues á edad adulta y fuerte
Recoge mis gloriosas tradiciones,
Y de ellas memorioso, Ascanio mio,
Sigue á Enéas tu padre, á Héctor tu tio!»
LXXXIX.
Dicho esto, por las puertas dilatadas
Blandiendo el asta enorme, giganteo
Arrójase adelante: sus pisadas
Mnesteo sigue, síguelas Anteo.
Hé aquí de los reales á oleadas
Toda la turba desbordarse veo;
En ciego polvo el ámbito se cierra,
Y herida de los piés treme la tierra.
XC.
Turno en esta sazon desde un frontero
Alcor aquella nube ha visto; véla
El escuadron de Ausonios; el guerrero
Ímpetu encogen, el pavor los hiela.
Fué entre todos Yuturna quien primero
Oyó el ruido, y lo entiende, y se hurta, y vuela
Medrosa. Arrastra el capitan troyano
Su negra hueste en el abierto llano.
XCI.
Cual, turbando los aires repentina
Tempestad, á la tierra nimbo aciago
Por medio de los mares se encamina;
A mieses y arboredos ¡cuánto estrago
Traerá! ¡cómo la plebe campesina
Tiembla de léjos el tremendo amago!
A anunciarlo en las playas, adelante
Los vientos van con soplo resonante;
XCII.
Tal aparece el adalid reteo;
A defenderse la asustada gente
Fórmase densa en ángulos. Timbreo
Al fuerte Osíris da mortal fendiente:
Derriba á Arcecio en el tropel Mnesteo
Acátes á Epulon, Gias á Ufente;
Y cae allá Tolumnio, el agorero,
Que el dardo impío disparó primero.
XCIII.
Un grito de terror álzase al cielo,
Y á su turno los Rútulos á viva
Fuga se dan en polvoroso vuelo.
Enéas á la turba fugitiva
Muerte no da, ni áun contrapuesto telo
O pecho firme su ímpetu cautiva;
Entre la nube que la vista ofusca
A Turno solo anhela, á Turno busca.
XCIV.
Ve Yuturna el peligro, y atosiga
Su viril corazon fiera congoja:
Muda á Metisco va, de Turno auriga,
Le arranca, y léjos del timon le arroja;
Puesta ella en su lugar, el tiro instiga,
Y ondea á su placer la rienda floja:
En la voz, en las armas y el semblante
Osténtase á Metisco semejante.
XCV.
Cual acude al castillo de opulento
Señor, y excelsos atrios la traviesa
Negruzca golondrina ronda, el viento
Hiriendo ufana con versátil priesa;
Partículas recoge de alimento
A gárrulos polluelos dulce presa;
Ya visita los pórticos vacíos,
Ya en torno trisca de los lagos frios:
XCVI.
Así volando la marcial doncella
Alanza entre enemiga muchedumbre
Los caballos, y todo lo atropella
De su carro veloz la pesadumbre:
Ora en esta region, ora en aquélla,
Muestra al hermano entre fulmínea lumbre;
Mas asir la ocasion jamás le deja,
Y siempre volteando huye y le aleja.
XCVII.
No ménos diligente las pisadas
En largo giro el héroe le rastrea,
Y en medio de las huestes destrozadas
Con grande voz le llama á la pelea.
Cuantas veces le hallaron sus miradas
Y los halados potros ya en idea
Alcanzaba, volando en pos, la ruta
Tantas torció tambien la Ninfa astuta.
XCVIII.
¡Mísero! en golfo de agitados vientos
Fluctúa en balde; hácia contrarios lados
Le arrastran diferentes sentimientos.
Contra él, en ese tiempo, reservados,
Mesapo, listo siempre en movimientos,
Llevaba en la siniestra dos ferrados
Astiles: con certera puntería
Uno de ellos blandiendo, allá lo envía.
XCIX.
Hincando una rodilla, con su escudo
Enéas guarecióse: el asta empero
Rehilando sobre el casco penachudo
Voló las altas alas del plumero.
Tener su indignacion él más no pudo,
Salteado otra vez tan contra fuero,
Al sentir que en revuelta fugitiva
El carro volador su encuentro esquiva.
C.
Y el altar que violaron, por testigo
Tomando de su fe desobligada,
A Júpiter juró; y al enemigo
Se precipita ya, con ciega espada
A ejercitar sobre él comun castigo.
Con favorable Marte ha entrado, y nada
Perdona, y hace mortandad horrenda;
¡Ay! que da á sus furores larga rienda!
CI.
¿Cuál Dios ahora inspirará mi canto?
¿Quién me dará que recordar emprenda
Tantos destrozos, y caudillo tanto
Sacrificado en una y otra senda
Por Enéas y Turno?... ¡Jove santo!
¿Y plugo que á tan áspera contienda
Concurriesen naciones que algun dia
Para siempre la paz unir debia?
CII.
Al Rútulo Sucron, al paso hallado
(Fué esta pugna, aunque breve, la primera
Que en sitio á combatir determinado
Paró á los Teucros en su audaz carrera),
La espada Enéas envasóle á un lado,
Y allí por do la muerte es más ligera,
Bien las costillas y del pecho pudo
Pasar las tramas el acero crudo.
CIII.
En tanto á dos hermanos guerreadores,
Ambos á pié (pues uno del trotero
Cayera), inmola Turno á sus furores:
A Amico, que venía hácia él primero,
Con larga lanza recibió; Dïores
Espiró en pos al filo de su acero.
Al carro ambos segados vultos cuelga,
Y en llevarlos manando sangre, huelga.
CIV.
De un golpe Enéas á la Muerte envía
A Tánais y á Talon y al gran Cetego,
Y á Onite, el de habitual melancolía,
Hirió despues, en su ira siempre ciego;
Hijo era de Equïon y Peridía.
Turno otros dos hermanos postra luégo,
Que de Licia vinieron, noble tierra,
Y de apolíneos campos á la guerra.
CV.
Rindió tambien al árcade Menédes:
En vano el infelice, odiando á Marte,
Al pecífero Lerna á echar sus redes
Tranquilo acostumbróse: tal su arte;
Allí su pobre choza; en las mercedes
De los grandes jamás tocóle parte;
Miéntras su padre, en ya provectos años,
Cultivaba alquilados aledaños.
CVI.
Como invaden de puntos diferentes
La árida selva y lauros restallantes
Voraces llamas; ó cual dos torrentes
Que hacen destrozos, entre sí distantes,
Y al mar desde las cumbres eminentes
Arrebatan sus hondas espumantes,
Así Enéas y Turno el campo talan
Que corren, y en estragos lo señalan.
CVII.
Ya la interna pasion los espolea;
Ya estallan sus invictos corazones;
¡Con toda el alma á la mortal pelea
Vuelan ya!--De las glorias y blasones
De sus antepasados alardea
En medio de los fieros escuadrones
Murrano: su ducal genealogía
Por los latinos Reyes descendia.
CVIII.
Vióle Enéas; su furia vengativa
Comunica á un pedron que enorme alanza,
Y de cabeza al mísero derriba:
En las riendas envuelto so la lanza
Del carro, ya le aplasta fugitiva
La rueda; puesto el dueño en olvidanza,
Por cima sus indómitos caballos
Baten veloces los sonoros callos.
CIX.
Hilo feroz, verboso, amenazante
Entrara en lid: á su aureada frente
Poniéndosele Turno por delante
Asesta un dardo, que al cerebro, ardiente
Clavóse, bajo el yelmo relumbrante.
Caiste y tú, Creteo, el más valiente
De los Grayos; de Turno á libertarte
Tu diestra poderosa no fué parte.
CX.
Ni á tí tus propios Dioses al Troyano
Te supieron hurtar, Cupenco. ¡Ay triste!
Puesto el pecho á sus golpes, es en vano
El broquel acerado que le asiste.
Y tú tambien al laurentino llano,
Eolo ilustre, á sucumbir viniste;
Tambien debian estos arenales
Tus espaldas medir descomunales!
CXI.
Tú del triunfante Aquíles, tú del peso
De la argiva falange tan temida,
Luchando cual leal, saliste ileso;
¡Y aquí estaba la meta de tu vida!
Gran palacio tuviste allá en Lirneso,
Gran palacio gozaste bajo el Ida;
¡Y ya te reservaba tu destino
Un sepulcro en el campo laurentino!
CXII.
Latinos y dardanios campeones,
Mnesteo y el intrépido Seresto,
Y domador Mesapo de bridones,
Y Asílas, siempre en la refriega enhiesto,
Y las etruscas y árcades legiones,
Ya todos á encontrarse, en vuelo presto
Corren: batalla universal, suprema,
Se libra; cada cual su esfuerzo extrema.
CXIII.
No hay reposo, no hay vado: el choque dura
Igual de cada parte. En tal momento
A sugerir á Enéas se apresura
Su hermosísima madre un pensamiento:
Que á los muros acorra, le conjura,
Que lleve su escuadron sobre Laurento
De improviso, y con golpes repentinos
Ponga espanto mortal en los Latinos.
CXIV.
Despues que sobre el campo en giro vario
Él ha echado solícita ojeada
Acá y allá buscando á su contrario,
Convierte á la ciudad fija mirada:
Inmune y en sosiego solitario
En presencia de lid tan ensañada,
La observa; y en imágen, de repente,
Mayor combate enardeció su mente.
CXV.
A Mnesteo al instante y á Sergesto,
Con quienes párte de la hueste el mando,
Convoca, y al intrépido Seresto:
Ocupa una eminencia; de su bando,
Al verle, en torno de ella acude el resto:
Densos, picas y escudos no soltando,
Todos esperan que los labios abra,
Y oyóse así de lo alto su palabra:
CXVI.
«¡No haya, mi voluntad impedimento!
Aunque de pronto concebida empresa
Ménos listos no os halle; á Jove cuento
De nuestra parte. Hoy mismo, hoy mismo, si esa
Militar madriguera y regio asiento,
Que es nuestra la victoria no confiesa,
No admite el freno y rinde vasallaje,
Haré en su seno asolador ultraje;
CXVII.
»Hundiré en polvo el más altivo techo
Envuelto en llamas! ¿Quién tendrá por justo
Que el tornar, ya vencido, á campo estrecho,
Espere yo que á Turno venga en gusto?
No: ¡cumpla la ciudad el pacto hecho!
Nefando monumento, centro adusto
De la guerra ella ha sido: ¡sús! con teas
Lo que debe pidamos!» Habló Enéas.
CXVIII.
Ya, formándose en cúneo á la batalla,
Animosa la tropa se encamina.
Escalas de improviso en la muralla
Se ven, y el fuego la cabeza empina.
Quién á las puertas acudiendo, acalla
A los guardias con muerte repentina;
Quién, armas empuñando, trepa: al cielo
Tejen mil dardos tenebroso velo.
CXIX.
Hé aquí entre los primeros, extendiendo
La diestra Enéas á la faz del muro,
Increpa al rey Latino con tremendo
Clamor. Que vez segunda al trance duro
Le compelen Los Ítalos, rompiendo
La nueva ley, y en su furor perjuro
Se revuelven contra él como enemigos,
Grita, y toma á los Dioses por testigos.
CXX.
Discordes entre sí los ciudadanos,
Unos las puertas franquear querrian
Y de paz recibir á los Troyanos,
Y al muro al mismo Rey llevar porfían;
Otros empero con armadas manos
Al sitiador bizarros desafían.
Así tal vez en cavernosa piedra
Silvestre enjambre se guarece y medra;
CXXI.
Y así el pastor por despojarlo, llena
De humo amargo el recinto, y las turbadas
Hijas de la recóndita colmena
Discurren por las céricas moradas:
Rumor confuso por la roca suena,
Bramando aguzan iras enconadas;
El sofocante olor penetra, y sube
Suelta en ondas al aire la hosca nube.
CXXII.
En tanto á los sitiados sobrevino
Calamidad que alto estupor derrama
Y el resto extingue del valor latino.
Vió la Reina que al muro se encarama,
Trayendo, el agresor, triunfal camino,
Vió el acero á las puertas, vió la llama;
Ni Rútulos allí, ni allí la hueste
De Turno, que el asalto contrareste:
CXXIII.
Dando al jóven por muerto la mezquina,
Sola causa del mal, única rea
Proclámase; y gimiendo desatina
Enajenada en su doliente idea;
Desgárrase la veste purpurina,
Lúgubre frenesí la aguijonea,
A yerta viga ató ominoso nudo,
Y fué aquello un morir fiero y sañudo,
CXXIV.
Hiere á las damas la nefasta nueva:
Mesándose Lavinia los floridos
Cabellos, las airadas manos ceba
En las róseas mejillas: con gemidos
Responde su cortejo; el eco lleva
Por las ámplias mansiones los plañidos;
Y ya por la ciudad su vuelo explaya
El rumor, y los ánimos desmaya.
CXXV.