En polvo vil la blanca cabellera

Mancha, rasga su veste el Rey anciano,

Vaga sin rumbo, y viendo desespera

De una infeliz consorte el fin insano

Y la ruina de un pueblo! Que no hubiera

Llamado en tiempo al adalid troyano

Al reino, acreditándole por yerno,

Mucho se culpa con lenguaje interno.

CXXVI.

Turno batallador allá en lejano

Límite en tanto, cada vez más lento,

Ménos y ménos cada vez ufano

Del de sus potros decadente aliento,

A pocos, áun dispersos en el llano,

Ensaya perseguir. El vago viento

Ya hácia aquella region lleva á oleadas

Extraño són de voces apagadas.

CXXVII.

Aguzando el mancebo los oidos

Fatídico clamor distinto siente,

Oye de la ciudad los alaridos.

«¡Ay de mí! ¿Qué gran duelo está presente

A los muros? ¿Qué fúnebres sonidos

De tan diverso punto la corriente

Del aire arrastra?» Dice, y de la brida

Tira atónito, y pára la corrida.

CXXVIII.

Sagaz la Ninfa que usurpó el semblante

Del auriga Metisco, y los trotones

Y carro y riendas guia, en ese instante

Al hermano anticípase, y razones

Tales vierte: «Sigamos adelante,

¡Oh Turno! y á enemigo no perdones;

¡Adelante sigamos! La Victoria

Abrió esta senda y nos anuncia gloria.

CXXIX.

»Los muros defender, á otros compete.

¿Y tú, cuando á los Ítalos Enéas

En reñido conflicto compromete,

Contra los Teucros tu poder no empleas?

¡Animo! á los que restan acomete,

Y á fe que ni inferior salir te veas

En número, ni en lauros ménos rica

La diestra ostentarás!» Turno replica:

CXXX.

«¡Oh! ¡tu influjo en mi bien jamás reposa!

Sentílo ya en el campo, hermana mia,

Del punto en que el tratado poderosa

Fuiste á romper usando de artería;

Y ahora mismo vanamente, oh Diosa,

Encubres tu beldad. Mas ¿quién te envía,

Quién, dime, de la sedes celestiales

Tanto mal á palpar y horrores tales?

CXXXI.

»¿Mirar querrás los míseros despojos

De tu hermano?... ¿Y qué espero? ¿Cuál reparo

Me ofrece la fortuna? Por mis ojos

Ví á Murrano caer: otro, más caro

Amigo no me queda: oí sus flojos

Acentos, tarde ya, pedirme amparo;

Yo le he visto ¡ay dolor! rendir la vida,

Ingente él mismo y bajo ingente herida.

CXXXII.

»Por no mirar nuestro baldon inulto

Presa en miembros y en armas cayó Ufente,

¿Y hora entregados á feroz tumulto

Nuestros hogares sufriré paciente?

¡Ah! ¡nos faltaba este postrero insulto!

¿Y á la furia de Dránces maldiciente

No podré contestar con mis hazañas?

¿Espaldas volveré? ¿Y estas campañas

CXXXIII.

»Contemplarán á Turno fugitivo?

¡Qué! ¿el morir es odioso á tanto grado?

Si de supernos Dioses no recibo

Ni piedad ni justicia, con agrado

Mi ruego, ¡oh Manes! acoged votivo:

No indigno de altos padres, consagrado

Mi espíritu desciende á vuestro límen,

Puro, sí, puro de afrentoso crímen!»

CXXXIV.

No bien en estas voces prorumpiera

Cuando venir vió á Sáces, ve su boca

Que reciente flechazo, dilacera:

Su espumante bridon, que apénas toca

El campo hostil, lo rompe hilera á hilera;

Mas él desaforado á Turno invoca:

«¡Turno, última esperanza en nuestros males,

Habe ya compasion de tus parciales!

CXXXV.

»Rayos á los alcázares fulmina

Enéas con su ejército, y amaga

Al poder de los Ítalos rüina;

Sobre los techos el incendio vaga.

En tí pone sus ojos la latina

Gente, á tí vuelve su clamor. Qué haga

No sabe el Rey, y en su ánima medita

Cuál yerno adopte, qué alianza admita.

CXXXVI.

»A la Reina, por tí tan decidida,

A caso extremo sus terrores mueven;

¡Ay! ¡por su mano se quitó la vida!

Bajo las puertas á arrostrar se atreven

Sólo Atina y Mesapo la embestida.

De un lado y otro los contrarios llueven.

Tantas puntas esgrime la enemiga

Hueste, que miés ferrada el campo espiga.

CXXXVII.

»¡Y á este tiempo en el más remoto prado

Turno su carro vagaroso guía!»...

Guardó torvo silencio el increpado,

Y en el pecho le hierven á porfía,

Con tantos contratiempos alterado,

Ya del herido amor la frenesía,

Ya el probado valor de su pujanza,

Fuego de pundonor, voz de venganza.

CXXXVIII.

Así que á los destellos renacientes

De la razon, la nube se retira

Que le envolvió en horrenda noche, ardientes

Los globos de sus ojos rueda, y mira

Con demudada faz los eminentes

Muros desde su carro. En roja espira

Ve el fuego que tablajes señorea

Y al cielo enderezado libre ondea.

CXXXIX.

Turno mismo, de sólida madera,

Con altos puentes guarnecida, alzara

Trabada torre; de ella se apodera

Aquel voraz turbion. «¡Hermana cara!

¿Ves, ves,» clama el cuitado, «que doquiera

El hado nos arrolla? Me pesara

Que en cerrarme insistieses el camino

Que un Dios señala y mi cruel destino!

CXL.

»¡Allá! ¡no más tardanzas! ¡Mano á mano

Lucharé con Enéas! ¡Con la muerte

Cuanto hay de acerbo á padecer me allano!

¡Trocar déjame en gloria este ocio inerte,

Y arder, miéntras aliente, en fuego insano!»

Dice, y salta veloz del carro, y fuerte

Entre hombres y armas por el campo embiste,

A Yuturna dejando muda y triste.

CXLI.

Cual rueda enorme montaraz fragmento,

Ya recia lluvia ó huracan lo bata,

O sea ya que el no sentido y lento

Trabajar de los años lo desata;

Impetuosa desde su alto asiento

Al abismo la mole se arrebata,

Y en los saltos que da desmesurados

Arboles vuelca y hombres y ganados:

CXLII.

Turno, echándose así del carro afuera,

Rompe los escuadrones, los divide,

Y por entre ellos en veloz carrera

De la magna ciudad los muros pide.

Allá en sangre empapado ve doquiera

El suelo, y ve que el aire todo estride

Con dardos borrascoso. Hizo señales

Su mano, y él lanzó clamores tales:

CXLIII.

«¡Paso, oh Rútulos, dad al paladino!

¡Y vos cesad en la marcial porfía,

Valientes del ejército latino!

Dejadme el campo; la aventura es mia.

Por vosotros lidiar es mi destino;

Mi ánima sola por el pueblo expía

El sellado concierto.» La amenaza

Todos paran al punto, y danle plaza.

CXLIV.

Aun bien Enéas de sentir no acaba

Aquel nombre de Turno, se apareja

Al singular combate, toda traba

Rompe impaciente, y de las obras ceja

Del fiero asalto que á los muros daba

Déjalos ya, las altas torres deja,

Y desciende saltando de alegría,

Truenan sus armas y el espanto cria.

CXLV.

Cual Atos ó cual Érice aparece,

Ó del padre Apenino á semejanza,

Que sus tersas encinas estremece,

Y de la nívea cúspide que lanza

A la region del rayo, se envanece.

Movidos de tan súbita mudanza

Allá Rútulos miran y Troyanos

Y todos á una vez los Italianos.

CXLVI.

Los que ocupaban el adarve enhiesto

Como aquellos que al pié de la muralla

Batían, de sus hombros han depuesto

Las armas, y uno y otro campo calla.

Latino mismo en asombrado gesto

Mira que al fin á singular batalla

Fortísimos concurren, de regiones

Tan diversas, aquellos dos varones.

CXLVII.

Corriendo ellos al campo que la guerra

Suspensa abre á sus ímpetus, distantes

Arrójanse las lanzas; luégo cierra

Uno y otro adalid, con los sonantes

Escudos de metal. Gime la tierra;

Golpes dan y redoblan las tajantes

Espadas; y de un lado y de otro, á una

Asisten el esfuerzo y la fortuna.

CXLVIII.

Como en el vasto Sila ó gran Taburno,

Marchando á combatir dos toros fieros,

Aquél á éste, éste á aquél hiere á su turno;

Retíranse medrosos los vaqueros;

El rebaño contempla taciturno;

Cuál se alce de los dos con régios fueros

Sobre el hato en los campos y en las sierras,

No saben pensativas las becerras;

CXLIX.

Ellos, en tanto, con vigor tremendo

Cuernos traban y heridas menudean,

Sus cuellos y sus brazos envolviendo

Los arroyos de sangre que chorrean;

Repite el ancho bosque el sordo estruendo:

Chocando los broqueles tal pelean

El troyano y el daunio combatiente;

E hinche los aires el fragor creciente.

CL.

Dos balanzas en fiel Júpiter tiene,

Y de ambos héroes los diversos hados

Poniendo, aguarda á ver á quién condene

El lance extremo, y cuál de aquellos lados

Con peso agobiador la Muerte llene.

Sin temer de su ardor los resultados,

Turno entónces alzó su espada larga,

Todo el cuerpo esforzando, y la descarga.

CLI.

Irguiéndose ambos campos á la hora

Prorumpen en confusa vocería.

Quebróse en medio al golpe la traidora

Hoja, y abandonado Turno habia

Finado allí, si á fuga voladora

No acude. Más ligero se desvía

Que alado viento, cuando el cabo asido

Desconoció, y su diestra inerme vido.

CLII.

Fama es que ya, cuando de pronto uncidos

Los caballos, á lid montó ligero,

Tomó, en su afan turbados los sentidos,

El de su auriga, y no el paterno acero:

A los Teucros, con él, despavoridos

Pudo acosar gran tiempo; ahora, empero,

Hierro mortal, cual hielo quebradizo,

Dando en armas divinas, se deshizo.

CLIII.

Brillan los trozos en la roja arena.

Él entretanto huye y se retira

A otra parte del campo; le enajena

El terror, y en inciertas vueltas gira:

Denso cordon que su esperanza enfrena

Formar doquiera á los Troyanos mira;

Allá el paso le impide ancho pantano,

Acá el cerco mural limita el llano.

CLIV.

Enéas el alcance no descuida,

Y aunque á tiempos retarda dolorosa

Sus rodillas aún la fresca herida,

Al que temblando va férvido acosa

Pié con pié. Tal hallarse sin salida

Suele un ciervo infeliz; corriente undosa

Acá le ataja, allá le pone miedo

De plumas de color pérfido ruedo;

CLV.

Y así umbrino ventor pieza levanta,

En pos labrando en rápida carrera;

Hace y deshace el triste, á quien espanta

El rojo valladar, la alta ribera,

Círculos mil con voladora planta:

Insta el fiero sabueso; se dijera

Que con los dientes vencedor le toca,

Y áun muerde en vago su burlada boca.

CLVI.

Alzóse en esto un gran clamor, que llega

Confuso al cielo, y de él retumba herida

La laguna, cuan ancha el campo anega.

Rabioso Turno, sin templar la huida,

A los Rútulos clama, nombra, ruega

Que la espada le traigan conocida.

Enéas, á su vez, muerte inminente

A aquel intima que mediar intente;

CLVII.

Y á todos aterrando los conmina

Con asolar los muros; y aunque herido,

No desiste: corriendo á la contina

Cinco órbitas agota en un sentido,

Cinco en opuesta direccion camina,

Que no es, á fe, lo en lid comprometido

Circense premio ni trivial presea,

Por la sangre de Turno se pelea!

CLVIII.

Viejo acebuche allí se alzaba un dia

Con sus amargas hojas: el marino

El firme leño venerar solia,

Que á Fauno estaba dedicado; y vino

Muchas veces en él su ofrenda pia

A colocar, y, al Númen laurentino

Cumpliéndo el voto, á la sagrada copa

Náufrago suspendió la húmida ropa.

CLIX.

Este árbol divinal, sin miramiento,

Por despejar el campo al desafío,

Cortaron los Troyanos de su asiento.

En la raíz fibrosa que el vacío

Sitio guardaba, atravesando el viento

Cae y se enclava con pujante brío

El asta del Dardanio. Echó él su lanza,

Ya que á hacer presa por sus piés no alcanza.

CLX.

Y el tiro á segundar corre, y porfía

La punta en desasir que honda se aferra.

Entónces Turno esta plegaria envía

Ante el peligro que su mente aterra:

«¡Duélete, oh Fauno, de la suerte mia,

Y tú esa arma retén, óptima Tierra,

Si fiel siempre os rendí el antiguo culto

Que el Troyano abatió con fiero insulto!»

CLXI.

Fácil el Númen al favor se inclina.

Pugnó Enéas gran pieza, y fuerza ó traza

Util no halló; que la raíz divina

El hierro aprieta cual mordaz tenaza.

Miéntras él en vencerla insta y se obstina,

Otra vez de Metisco se disfraza

La daunia Diosa, y al hermano llega,

Y el acero vulcánico le entrega.

CLXII.

Ardiendo Vénus de que á tales grados

Llegase de la Ninfa la osadía,

Acude, y de los senos intrincados

La pica destrabó que áun resistia.

En sus armas y fuerzas reintegrados,

Uno en su espada, el otro en su asta fia,

Y á la lid anhelosa y furibunda

Avánzanse arrogantes vez segunda.

CLXIII.

Ved al Rey del Olimpo omnipotente

Cómo habla en tanto á Juno, que atendia

Sentada en una nube refulgente

Al singular combate: «¡Esposa mia!

¿Que haya fin esta guerra, no consiente

Tu pecho? ¿Ya qué falta? Al cielo un dia

Se alzará Enéas como sér divino

Que debe á las estrellas el Destino.

CLXIV.

»Harto lo sabes, ¿y áun tu mente espera?

¿Y ahí en gélidas nubes áun te agrada

Nuevos planes trazar? ¿Justo es que hiera

A un cuerpo sacro arma mortal? ¿que espada

Recobre Turno, y fuerza extraña adquiera

Ya á punto de rendirse? A tanto osada

Sin tí una débil Ninfa ser no puede.

Tu error conoce, y á mis ruegos cede!

CLXV.

»Llegamos ya al final. En mar, en tierra

A los Troyanos agitar pudiste,

Te fué dado mover infanda guerra,

Y alta casa afligir, y en duelo triste

Envolver régia boda. El paso hoy cierra

Mi mano á nuevas cóleras;--desiste!»

Esto Júpiter dijo; reverente

Juno así respondió, baja la frente:

CLXVI.

«¡Ah! bien conozco, real esposo mio,

Tu augusta voluntad: á ella me entrego,

Y de Turno y del suelo me desvío.

Sin eso, no en cruel desasosiego

Aquí me hallaras en el éter frio

Sufriendo solitaria: armada en fuego,

En medio del combate, las hileras

Del enemigo provocar me vieras!

CLXVII.

»Yo á Yuturna, es verdad, di aliento y mano

Para salvar á Turno de inminente

Golpe; no ya para que el arco insano

Tendiese. Te lo juro por la fuente

Inaplacable del Estigio hermano

(Rito, único entre todos, que imponente

A los Dioses obliga). Y ahora cejo,

Y fatigada asaz las guerras dejo.

CLXVIII.

»Mas yo una gracia (el hado no la veda)

Que de los tuyos y el poder latino

Redunde en majestad, pedirte pueda:

Hacer sólidas paces el Destino

Y alegres bodas celebrar conceda,

Yo desde ahora á su querer me inclino;

Muéstrese, empero, el natural del Lacio

Su viejo nombre en mantener, rehacio.

CLXIX.

»No ellos Teucros se llamen ni Troyanos,

Ni de vestido muden ni de idioma:

Viva el Lacio; haya príncipes albanos,

Nada por siglos su poder carcoma;

Y derive de pechos italianos

Virtud pujante la futura Roma.

Muerta es Troya; su nombre aborrecido

Yazga con ella en perdurable olvido!»

CLXX.

Sonriendo el Autor de hombres y cosas,

«De Jove hermana y de Saturno hija

Te ostentas,» dice, «cuando áun no reposas,

Y dentro el pecho en ansiedad prolija

Esas iras revuelves procelosas!

Cálmalas ya. Ni mudo afan te aflija,

Ni me torne á asestar tristes querellas

Tu dulce boca, ejercitada en ellas.

CLXXI.

»¡Oh, sí, que te daré cuanto has pedido;

Yo todo tuyo soy! Sus tradiciones,

Su popular lenguaje y su apellido

Conservarán de Ausonia los varones:

El vencedor uniéndose al vencido

Refundiráse en él. Yo instituciones

Sacras, yo ritos les daré divinos:

Una el habla será; todos, Latinos!

CLXXII.

»Formarán ambas razas de consuno

Un pueblo que á mortales y á inmortales

Superará en virtud; y pueblo alguno

Te dará cultos á su culto iguales.»

Sus pensamientos serenando Juno

La frente inclina ante razones tales;

De los aéreos ámbitos se aleja

Al mismo tiempo, y el nublado deja.

CLXXIII.

Así aquella acordanza concluida,

Su mente sábia el Padre soberano

Vuelve á otro punto, y á Yuturna cuida

Apartar de las lides del hermano.

Hay dos plagas que Diras apellida

La Fama: á entrambas ya, por modo arcano,

De sí Noche abismosa lanzó fuera,

A un tiempo, al par que á la infernal Megera.

CLXXIV.

De iguales serpentíferas espiras

La madre armólas, y de fuertes alas,

Con que aparecen las gemelas Diras

Del Dios tremendo ante las régias salas.

Prestas mueven, ministras de sus iras,

Miedo á las gentes, si á ciudades malas

Él amenaza desolar con guerra,

O peste y mortandad manda á la tierra.

CLXXV.

Jove á una de ellas desde lo alto envía

Porque lleve á Yuturna infausto agüero.

Voló la Furia, y la region vacía

En torbellino atravesó ligero.

Cual flecha, armada de ponzoña impía,

Que el Parto ó el Cidon de arco certero

Ha tirado, y, silbando, la interpuesta

Nube traspasa, incógnita y funesta;

CLXXVI.

Tal rápido á la tierra se abalanza

Aquel aborto de la Noche oscura.

Y así que á ambos ejércitos alcanza

A divisar, abrevia su figura,

Y del pájaro toma la semblanza

Que en cementerio ó solitaria altura

En la noche callada aciago asiste

Turbando el aire con su canto triste.

CLXXVII.

Tiende á Turno, de forma tan provista,

El ominoso vuelo y se alborota

Pasando y repasando ante su vista,

Y con las alas el broquel le azota.

Terror secreto al mísero contrista

Y de los miembros el vigor le embota;

El cabello erizado se levanta,

Anúdase la voz en su garganta.

CLXXVIII.

Luégo que hubo Yuturna, en el sonido

Y en el batir fatídico del ala,

De léjos á la Euménide sentido,

De hermosas crenchas la esparcida gala

Rasga, hiérese el pecho dolorido,

Y el rostro ofende, y su dolor exhala

En voces tales: «¡Ay! en vano, en vano

Ya ayudarte querré, mísero hermano!

CLXXIX.

»¡Cruel fuérzanme á ser! De hoy más, ¿qué espero?

¡Y qué! ¿de prolongar, Turno, tus dias

Arbitrio no me queda? ¿Aqueste agüero

Deshacer no podrán las fuerzas mias?...

¡Cesad, cesad en vuestro azote fiero;

Ese vuelo, ese grito, aves sombrías,

Harto conozco y me atormentan harto!

Ya os obedezco, y de la lid me aparto.

CLXXX.

»Sí, que en vosotras el imperio siento

Del magnánimo Jove! ¿El precio es ése

De mi virginidad? ¿Qué á mi contento

Presta eterno vivir? ¡Nunca él hubiese

De la ley del comun fenecimiento

Exentado mi sér! Mortal yo fuese,

Fin diera á mi penar, y huyendo haria

A la fraterna sombra compañía!

CLXXXI.

»¡Héme ahora inmortal! ¡Oh hermano mio!

¿Qué habrá sin tí que enojos no me sea?

¿Y dónde mi doliente desvarío

Abismo tan profundo cual desea

Que me trague hallará, y en el umbrío

Reino sepulte á esta infelice dea?»

Dice, y llora, y cubierta un glauco velo,

En hondas linfas escondió su duelo.

CLXXXII.

Enéas entretanto con la grande

Arbórea lanza á su contrario acosa;

Hace el hierro brillar miéntras la blande,

Y habla; en su voz la indignacion rebosa:

«¡Qué! ¿y será que tu planta se desmande,

Turno, á nueva tardanza vergonzosa?

Con bravas armas ya, no en triste huida,

Brazo á brazo el combate se decida!...

CLXXXIII.

»¡Vé, toma formas mil! Cuantos el arte,

Cuantos recursos la pujanza encierra,

Ensaya: vuela al cielo á refugiarte,

O en los cóncavos senos de la tierra!...»

Sacude la cabeza, y «No, no es parte

Tu ira á aterrarme, ¡oh bárbaro! me aterra,»

Turno dice, «la cólera divina;

Júpiter, sí, que labra mi rüina.»

CLXXXIV.

Más no dijo; y rodando la mirada

Sobre el campo, una piedra vido ingente,

Ingente, antigua piedra, colocada

Porque allí señalase permanente

La linde de dos predios disputada.

Cargaran peso tan difícilmente,

Tendiendo fuertes cuellos á porfía,

Doce hombres de los que hoy la tierra cria.

CLXXXV.

Arrebata el pedron con mano presta

Turno, y con él, cuanto en sus fuerzas cabe,

Empínase, y veloz corre, y lo asesta.

Turbado el héroe, que acudió no sabe,

Ni que asió del peñasco, ni que enhiesta

Mueve su mano aquella mole grave;

¡Ay de él! á sus rodillas falta brío,

Cuaja su sangre de la muerte el frio.

CLXXXVI.

Arrojado del brazo prepotente,

Rodando el risco en la region vacía,

No completó su giro, inobediente

Al recibido impulso que lo guia.

Y cual finge terrores el durmiente

En el regazo de la noche umbría,

Por lánguido sopor ligado, y sueña

Que ansiosa fuga en alargar se empeña,

CLXXXVII.

Y siente en sus conatos que desmaya,

Del antiguo vigor privado, y yerta

La lengua en vano desatar ensaya,

Y voz ni grito á producir acierta;

Por dondequiera, así, que Turno vaya

A entrar brioso en la que senda abierta

Ha imaginado, allí la Diosa dura

El éxito á estorbarle se apresura.

CLXXXVIII.

Ya naufraga en angustias su esperanza:

Ha tornado á los Rútulos la vista

Y á la ciudad; mas la apremiante lanza

El pié le ataja, el ánimo le atrista:

Ni con qué traza escape se le alcanza,

Ni por cuál modo al enemigo embista;

Rastrea en torno, y su ojeada es vana,

Que ni el carro aparece ni la hermana.

CLXXXIX.

Dudar ve á Turno, y su asta fulminante

Vibra Enéas, propicio punto cata

Con los ojos, y arrójala distante,

Y entero en ella su poder desata.

No con ímpetu suele semejante

Piedra que de ballesta se arrebata

Terrífica zumbar; ni así, encendido,

Estalla el rayo en hórrido estampido

CXC.

Fiero estrago llevando, el hierro crudo

Vuela á guisa de negro torbellino,

Y por lo bajo rompe del escudo

Hasta el séptimo cerco diamantino,

Y el halda abriendo á la loriga, pudo

Crujiente en medio al muslo hacer camino.

Al fiero golpe, que de accion le priva,

Turno enorme de hinojos se derriba.

CXCI.

Alzándose, en doliente vocería,

Los Rútulos prorumpen; gime el viento,

Y tiembla en torno el monte, y á porfía

Vuelven los altos bosques el lamento.

Él, hincado, la diestra dirigia

Y miradas de humilde sentimiento

A Enéas: «He mi suerte merecido,

Y nada,» exclama, «para mí te pido.

CXCII.

»¡Venciste! todo en mí te pertenece;

Me han visto los Ausonios prosternado

Tender las palmas. Si piedad merece

Un padre (fuélo Anquíses) desdichado,

La ancianidad de Dauno compadece,

Y vivo, ó muerto, cual te venga en grado,

Este hijo tu piedad le restituya.

¡Oh! cese tu rencor; ¡Lavinia es tuya!»

CXCIII.

Paróse armado el héroe encrudecido,

Y revolviendo los ardientes ojos

La diestra reprimió: ya del rendido

El discurso amansaba sus enojos,

Cuando el infausto talabarte vido

De Palante asomar, ricos despojos

Que echó sobre sus hombros Turno ufano,

Muerto el mancebo, y con sangrienta mano.

CXCIV.

Han resaltado las que el cinto lleva

Lucientes inequívocas labores.

Conforme Enéas las miradas ceba

En aquel monumento de dolores

Insanables, la colera renueva,

Y clama así, terrible en sus furores:

«¿Con tan queridas prendas te atavías,

Y escapar de mis manos presumias?

CXCV.

»Palante es quien te hiere; sí, Palante

Quien te inmola, y se venga en tu culpada

Sangre!» Dice, y al pecho que delante

Tiene, encamina la fulmínea espada

Enardecido. Turno en ese instante

A manos siente de la muerte helada

Sus miembros desatarse, y gemebundo

Su espíritu indignado huye al profundo.

FIN DE LA ENEIDA.

NOTAS:

[1] Pongo el registro de los principios del códice sevillano:

Folio 12, libro II: «Despues desto dicho callaron todos, é estuvieron

atentos catando á Eneas, por oyr lo que avie de contar...» Folio 40,

libro III: «Despues que á los Dioses plogo las cosas de Asia...» Folio

63, vuelto. «O cuanto fué pagada la reyna Dido de la narracion de

Eneas... De antes ferida de amoroso fuego.» Folio 87 vuelto, libro

V: «Partiendo Eneas de los mares de Cartago, estando en medio de la

flota...» Fol. 115. libro VI: «Despues que Eneas las precedentes dijo

palabras...»

[2] _Ensayo de una biblioteca de traductores españoles_, páginas 67 y

71.

[3] Vid. Clemencin, _Elogio_, etc. pág. 45.

[4] La descripcion detallada de los códices de Madrid, Sevilla y

París puede verse en mi inédita Biblioteca de Traductores. El primero

que menciona las _glossas de D. Enrique sobre Virgilio_ es Fernán

Mejía en el _Noviliario Vero_. Cita la trad. Tamayo de Várgas en

la carta preliminar al _Plinio_ de Jerónimo Huerta. Vid. además N.

Antonio, Sarmiento (_Memorias para la historia de la poesía y poetas

españoles_), Mayans (_Vida de Virgilio_), Pellicer, Amador de los Rios,

Ochoa (Catálogo de los ms. de París), y D. Menéndez Rayon en un art. de

_La Reforma_.

[5] _Ensayo de una biblioteca española_, col. 648.

[6] _Catálogo del teatro_, pág. 283.

[7] _Todas las obras de P. Virgilio Maron, ilustradas con varias

interpretaciones y notas en lengua castellana. 1778, Valencia, librería

de los Orgas._

[8] El libro I de la _Eneida_ tiene 756 versos, el II 804, el III 718.

[9] Tengo á la vista su partida de defuncion, que me ha facilitado D.

Fermin Canella y Secades, catedrático de la Universidad de Oviedo.

[10] _América Poética._ Valparaiso, 1846. pág. 797.

[11] Noticia que con otras muchas no ménos curiosas me ha comunicado

en carta particular el Sr. Caro, refiriéndose á otra del argentino Sr.

Gutierrez, fechada en Noviembre de 1874. Añade el Sr. Caro que hasta

ahora no ha podido hallar los números de la _Revista del Plata_, á que

la carta alude.

[12] Puede verse un extenso juicio de las traducciones de Leonél

da Costa en el tomo VI del _Ensaio biographico critico sobre os

melhores poetas portuguezes_ por José M. da Costa e Silva, pág. 154 y

siguientes. Costa e Silva no conoció la _Eneida_.

[13] Vid. Costa e Silva, tomo V, pp. 267 y ss. donde juzga y extracta

esta version.

[14] Vide Costa e Silva _Ensaio biographico_, tomo VI pp. 325 á 363.

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