Sentado en alto en el Olimpo, mira
Trabados en la lid los combatientes
El Padre universal; y á nueva ira
Mueve á Tarcon, que en ímpetus furentes
Arde, á caballo entre el estrago gira,
Y viéndolas cejar, habla á sus bandas
En voces ora fieras y ora blandas.
CL.
Por sus nombres ya á aquél, ya á éste apellida,
Y el desigual combate restablece.
«¡Tirrenos sin pudor! ¿qué os intimida?
¿Nunca será que á demostrarse empiece
Nuestro viejo furor? Que de vencida
Os lleve una mujer ¿no os enrojece?
Si para huir vinisteis, compañeros,
¿A qué empuñar inútiles aceros?
CLI.
»No así de Vénus combatir os cuesta
En la nocturna lid. ¡Cuán de otro modo
Saltais de Baco en la ruidosa fiesta
Al són de corva flauta! ¡Id--si ese es todo
Vuestro placer, si vuestra gloria es ésta--
Rondad las mesas del festin beodo,
Miéntras bien el augur os pronostica,
Y os llama al alto bosque la hostia rica!»
CLII.
Dijo así, y á morir con gloria atento,
Pica el caballo, en el tropel se lanza,
Y á Vénulo arremete turbulento:
Con poderosa diestra le afianza,
Y, arrancando al jinete de su asiento,
Abrázale ante sí con gran pujanza.
Vuela. Gritos de asombro el aire hienden,
Y allá, todos allá la vista tienden.
CLIII.
Vuela, armado llevándose un guerrero,
Flamígero Tarcon por la llanura;
Y tróncale la lanza, y va ligero
Resquicios requiriendo á la armadura
Por do llegue de muerte al prisionero.
Mas éste rebelándose procura
Apartar de su cuello la amenaza,
Fuerza opone y la fuerza hostil rechaza.
CLIV.
Como al dragon que se arrastraba en tierra
Fiera arrebata un águila rojiza,
Y vuela en alto, y con los piés le aferra,
Y las sangrientas garras encarniza;
Llagado el monstruo se retuerce, y cierra
Las nudíferas roscas, y se eriza
Con rígidas escamas, y su boca
Silba, y erguido á su opresor provoca;
CLV.
El ave en tanto de afligir no cesa
Con corvo pico á la hidra reluchante,
Y el aire con las alas bate ilesa:
Arrancando con ímpetu triunfante
Del tiburtino campo, así su presa
El tirreno Tarcon lleva delante.
Movidos de su ejemplo y suerte buena
Tornan los Lidios á la ardiente arena.
CLVI.
Arrunte, á quien por suyo el hado sella,
Ganándola de mano, hábil espía
Con dardo á punto á la veloz doncella,
Y busca al golpe fiero fácil via.
Si furiosa enemigos atropella
En medio de la bélica porfía,
Él vuelve allá solícitas miradas
Y le sigue callando las pisadas;
CLVII.
Y si es que ella á su campo victoriosa
Torna el paso, tras recias embestidas,
Él entónces allá con insidiosa
Mano convierte las ligeras bridas.
En su mañera ronda no reposa,
Las entradas tentando y las salidas
En largo giro, y con secreto gozo
Blande el asta certera el cauto mozo.
CLVIII.
En tal sazon en medio á los tropeles
Con frigias armas luce rico y fiero
Cloreo, consagrado ya á Cibéles,
En bridon espumoso caballero:
En oro entretejidas cubren pieles,
Emplumadas de láminas de acero,
Su caballo; y él mismo se engalana
Con los esmaltes de extranjera grana.
CLIX.
Cretenses flechas lanza cuando tiende
El arco licio: al hombro el arco de oro
Tiémblale al vate, y de oro el casco esplende
Su clámide amarilla, y el sonoro
Undívago ropaje anuda y prende
En áurea joya; bárbaro tesoro
Muslo y pierna guarnece, y de la aguja
La arte sutil su túnica dibuja.
CLX.
Tras éste corre, pues, la vírgen, ora
Colgar quiera sus armas por trofeo
Al templo, ó ya vestir, de cazadora,
Cautivo el oro del vistoso arreo.
Mujeril impaciencia la devora,
Y en manos, ¡infeliz! de su deseo,
En la confusa lid con alma y ojos
Tras esa presa va y esos despojos.
CLXI.
Arrunte, la ocasion llegada al dolo,
El dardo aparejado, oró ferviente:
«¡Oh tú, á quien los Hirpinos como á solo
Dios del Soracte protector, la frente
Humildes inclinamos, almo Apolo!
Tú en cuyo honor cien pinos luz viviente
En piras dan; y á cuya sombra santa
Ascuas hollamos con segura planta!
CLXII.
»¡Númen de alto poder! préstame oido:
Matar á esa mujer, que es nuestra afrenta,
Concede á nuestras armas. Nada pido
Del triunfo para mí: ni tengo cuenta
Con los despojos, ni del prez me cuido;
Mi nombre de otros hechos se alimenta.
¡Ella caiga, ella muera! más no anhelo;
Y vuelva yo inglorioso al patrio suelo!»
CLXIII.
Parte oyó, y á la alada ventolina
Parte de la plegaria Febo entrega:
Que con muerte el mancebo repentina
Postre á la vírgen arrojada y ciega,
A eso la oreja y voluntad inclina:
Que á su alta patria torne, eso le niega
Al suplicante, y este dulce voto
La borrasca le alzó, robóle el Noto.
CLXIV.
Silba el dardo en el viento. En ese instante
Todos los Volscos con espanto mudo
Fijan de su señora en el semblante
Ojos y mente. Ella saber no pudo
De viento, silbo, ni asta amenazante,
¡Ay! hasta que llegó bajo el desnudo
Izquierdo pecho á hincarse el hierro aleve,
Y la virgínea sangre entrando bebe.
CLXV.
A recibir acuden á porfía
A la Reina temblando sus doncellas.
Con mezcla de terror y de alegría
Se hurta, ante todos, á la vista de ellas
Arrunte desalado: ya no ansía
Astuto perseguir ajenas huellas;
Sin que de más que de escapar se acuerde,
En medio del tumulto huye y se pierde.
CLXVI.
Así aquel lobo que en el campo deja
A un gran novillo, ó al pastor, sin vida,
Cobarde al punto del lugar se aleja,
El alcance temiendo, en presta huida;
La conciencia del hecho audaz le aqueja;
Medrosa bajo el vientre recogida
Vuelve la cola, y sin mirar por dónde
En marañada selva entra y se esconde.
CLXVII.
Entre tanto la vírgen moribunda
Arranca con la diestra el dardo hundido;
¡En vano! entre los huesos con profunda
Llaga se ceba el hierro encrudecido.
Sombra de muerte su mirada inunda,
Fáltale ya la sangre y el sentido,
Y la color que tuvo purpurina
Desaparece de su faz divina.
CLXVIII.
Ser llegada sintió su hora postrera,
Y á Acca se vuelve, de su corte dama,
En leales afectos la primera,
En cuya fe su corazon derrama.
«¡Acca!» dice, «¡mi dulce compañera!
Ya se acabó de mi vivir la llama,
A esta llaga no esperes que resista;
¡Toda es en torno oscuridad mi vista!
CLXIX.
»Vé, y dí á Turno mi anhelo postrimero:
Que ocupe mi lugar, y á los Troyanos
De la ciudad repela.--¡Adios! ¡yo muero!»
Calla, y huyen las riendas de sus manos;
Fria ya, desmayado el cuerpo entero,
Sucumbe renunciando á esfuerzos vanos,
Y el blando cuello y la sagrada frente
Reposa al fin la vírgen falleciente.
CLXX.
Al reino de las sombras con gemido
Huyó el alma indignada. En tal momento
Se alza del campo unísono alarido
Las estrellas á herir del firmamento.
Al caer la heroína, más reñido
Empéñase el combate. Ciento á ciento
Embisten á una vez con altas voces
Teucros, Tirrenos, Arcades veloces.
CLXXI.
De la Diosa ministra vigilante,
Impávida testigo de la liza
Sentada en alto monte allá distante
Ópis mirando está la horrenda riza.
Mas viendo en el tropel vociferante
La sentenciada Ninfa que agoniza,
Su conmovido pecho no consiente
Moderacion, y clama en voz doliente:
CLXXII.
«¡Pobrecita de tí! porque contraste
Hacer quisiste á la nacion troyana,
¡Oh, en qué modo cruel tu error pagaste!
¡Cuán cara te costó la guerra insana!
¡En vano desde niña fiel honraste
En solitarias grutas á Dïana!
¡En vano por las selvas dando asombro
Nuestro arco y flechas suspendiste al hombro!
CLXXIII.
»Consuélate; no á muerte desastrosa
A tí tu Reina abandonar pudiera;
De gente en gente sonarás famosa,
Y la mancha de inulta no te espera:
Gloria y venganza te dará la Diosa,
Gloria y pronta venganza; ¡oh, sí! quienquiera
Que haya sido el autor de tu desgracia,
Yo vengo al campo á castigar su audacia!»
CLXXIV.
La tumba de Derceno, de Laurento
Antiguo rey, del monte al pié se empina
En que Ópis vigilaba, monumento
De amontonada tierra, que una encina
Con sombra amiga cubre. En un momento
Su vuelo gentilísimo declina
Agil la Diosa allá, y en lo alto puesta
A Arrunte busca con mirada presta.
CLXXV.
Con su marcial espléndido atavío
Marchar le ha visto, en vanagloria hinchado;
Y «¿A dónde, á dónde vas con tal desvío?
Revuelve,» dice; «¡aquí te llama el hado!
Matador de Camila, yo te fio
Que llevarás el galardon ganado;
A tí, tambien á tí se ha dado en suerte
De armas divinas recibir la muerte!»
CLXXVI.
Y habiendo del carcaj, que de oro es hecho,
Sacado una saeta alada, apunta
No sin ira la Ninfa, á largo trecho
Tendiendo el arco, hasta que comba y junta
Entre sí los extremos ante el pecho,
Y, ambas manos en línea igual, la punta
Tocando está del hierro con la izquierda,
Y el seno con la diestra y con la cuerda.
CLXXVII.
El disparado arpon que rasga el viento
Sintió Arrunte, y á par del estallido,
En sus carnes el hierro entrar violento.
No alcanzó de los suyos sino olvido,
Que en medio de revuelto campamento
Lanzar le dejan el postrer gemido
Sobre el polvo ignorado. Alzando el vuelo
Ópis veloz restituyóse al cielo.
CLXXVIII.
De Camila la banda á triste huida
Se entrega: ya los Rútulos turbados,
Ya Atina, el valeroso, ha vuelto brida.
Sin jefes, sin enseñas los soldados
Al muro corren á buscar guarida,
A escape, por los Teucros acosados,
De muerte perseguidos. No hay quien mueva
Armas en contra ni á esperar se atreva.
CLXXIX.
Aliento, sólo para echar, les queda,
Al hombro el arco laxo: el suelo duro
Baten los cascos voladores: rueda
Del campo á la ciudad turbion oscuro.
Las matronas la infausta polvareda
Ven, rompiéndose el pecho, desde el muro:
Agudo sube el femenil lamento
Las estrellas á herir del firmamento.
CLXXX.
Aquellos mismos que patente entrada
Hallan, yendo adelante, no por eso
Evitan de la turba encarnizada
Que envuelta en el tropel los sigue, el peso.
Tal hubo á quien alcance dió la espada
Ya en el umbral, á do llegaba ileso,
Y en la patria ciudad, recien llagado,
Va á morir de su hogar en el sagrado.
CLXXXI.
Mas de la plaza al ver los guardadores
Que amigos y enemigos junto llegan,
Puertas danse á cerrar, y á los clamores
No osan ceder de los que ansiosos ruegan.
Nacieron del terror ciegos furores:
Estos, armas en mano, el paso niegan;
Con las suyas abrirlo aquéllos quieren,
Y en choque horrendo asaz matan y mueren.
CLXXXII.
Los exclusos, que en vano buscan senda
(Espectáculo fiero á los llorosos
Padres), ó urgidos de presion tremenda
Caen despeñados en los hondos fosos,
O contra la muralla á toda rienda
Arrójanse á estrellarse impetüosos,
Y los ferrados postes acomete
La ciega masa con furor de ariete.
CLXXXIII.
Desde el muro matronas y doncellas
Negras púas y recios leños tiran,
Si aceros faltan, y á seguir las huellas
De la Amazona intrépidas aspiran.
Puro amor de la Patria tanto en ellas
Hace, que sólo á defenderla miran
Tendiendo el cuerpo, y cada cual espera
Morir en el empeño la primera.
CLXXXIV.
En este medio allá en los escondidos
Senos del bosque á Turno desconcierta
Nueva cruel que lleva á sus oidos
Acca en gran turbacion:--Camila, muerta:
Los Volscos, destrozados, destruidos:
Del enemigo la victoria, cierta;
Suyo el abandonado campamento:
El terror á las puertas de Laurento.
CLXXXV.
El mancebo al instante ardiendo en ira
(No sin que á ello en su daño le persuada
La voluntad de Jove) se retira
Del agrio bosque y pérfida celada.
A tiempo que él de nuevo á sus piés mira
Dilatarse los llanos, la evacuada
Montaña Enéas penetró, la altura
Supera, y sale de la selva oscura.
CLXXXVI.
Raudo uno y otro á la ciudad camina;
No muchos pasos entre sí distantes
Y en órden van. La hueste laurentina
Y de polvo los campos humeantes
Delante Enéas ve: que él se avecina
Turno advierte á su vez; de los infantes
Ha sentido el concorde movimiento
Y de los potros el fogoso aliento.
CLXXXVII.
Y al combate principio allí se diera,
Si, á par que el hemisferio desampara,
No ya el rosado Febo en la onda ibera
Sus cansados cabellos recreara.
Abriendo de la noche la carrera
Fallece el dia, y sin su lumbre clara
Deja á entrambos ejércitos, los cuales
Cercando el muro asientan sus rëales.
LIBRO DUODÉCIMO.
I.
Turno, como á las haces de Laurento
Bajo impropicio Marte debeladas
Perder contemple el primitivo aliento,
Y que en torno solícitas miradas
De su palabra audaz al cumplimiento
Le empeñan, mudamente en él clavadas.
Implacable de suyo se enardece
Y con sus iras su arrogancia crece.
II.
Como leon que en la africana arena,
Si le han herido cazadores, arde
En rabia, que su roto pecho llena
Por grados; y ya, en fin, con fiero alarde
Armas mueve; sacude la melena
Sobre el fornido cuello, y el cobarde
Dardo rompiendo que llevó prendido,
Da con labio sangriento un gran rugido:
III.
No de otra suerte el fuego de venganza
En el alma de Turno se acrecienta.
Va luégo á hablar al Rey, sin que templanza
Sufra en el tono su pasion violenta:
«¡Señor!» dícele, «en Turno no hay tardanza,
Ni hay por qué de lo dicho se arrepienta
El vil Dardanio ó lo pactado altere;
Soy con él en batalla, si esto quiere.
IV.
»Tú en la forma ritual el desafío
Propon con esta ley, augusto anciano:
O ha de lanzar al Tártaro sombrío
A ese prófugo de Asia aquesta mano,
Y sentado contemple el campo mio
Que por la honra comun mi ardor no es vano;
Ó él á todos en mí vencidos vea,
Suya Lavinia con el triunfo sea.»
V.
Latino respondió palabras tales
Con grave y reposado continente:
«Lo mismo que entre todos sobresales,
Mancebo audaz de corazon valiente,
Por tus feroces ímpetus marciales,
Más que todos me cumple ser prudente,
Y es bien que todo yo lo pese y mida,
Consejos oiga y en sazon decida.
VI.
»Villas ganadas por tu esfuerzo tienes,
Y tienes de tu padre el real palacio;
Latino, como Dauno, abunda en bienes
Y en liberal afecto. Hay en el Lacio
Otras beldades de virgíneas sienes,
Nobles tambien. Perdona si me espacio
En ideas amargas: lo que siento
Te diré sin disfraz; estáme atento:
VII.
»A antiguos pretendientes la hija mia
No he debido otorgar; á tal partido
Hombres y Dioses oponerse vía.
Vencido de mi amor á tí, vencido
Fuí del deudo, y del llanto y frenesía
De la régia consorte: al recibido
Yerno quito su bien, todos los lazos
Rompo, y de impía guerra échome en brazos!
VIII.
»De entónces cuántas bélicas faenas
Me envuelven, sabes, Turno; ¿y qué no hallas,
Tú mismo, tú el que más, de ímprobas penas?
Perdimos en el campo dos batallas;
Las esperanzas de la Patria apénas
Guarecemos ahora entre murallas:
Aun cálido con sangre el Tibre ondea,
Aun de osamentas la llanura albea.
IX.
»¡Ay! ¿á qué instable acuerdos tomo y mudo?
¿Qué demencia me impele y me desvía?
¿Por qué la guerra á suspender no acudo
De una vez, vivo tú, si, muerto, habria
De atar con ellos amistoso nudo?
¡Ser no puede mi suerte tan impía
Que, porque mi hija y sociedad me pides,
A exponerte me fuerce á horrendas lides!
X.
»Los consanguíneos Rútulos ¿qué hubieran
De decir? ¿qué la Italia toda?... ¡Mira
Los altibajos que al que lidia esperan!...
¿Piedad tu viejo padre no te inspira
Si pesares su término aceleran?
¡En Ardea, ausente tú, por ti suspira!»
Habló. Turno á razones no se inclina;
Es estímulo al mal la medicina.
XI.
Insiste en sus propósitos; y luégo
Que pudo desatar la voz, turbado
De aquel furor inexorable y ciego,
«¡Monarca venerable! ese cuidado
Que tomas,» dice, «por mi bien, te ruego
Te dignes por mi bien echarle á un lado;
¡Permite que áun á costa de mi vida
Conquiste yo la gloria apetecida!
XII.
»Sí, que no es tan inválido mi acero,
Ni golpes da mi diestra tan en vago:
¡Tambien hienden mis armas cuando hiero,
Y allí brota la sangre donde llago!
No acudirá esta vez tan de ligero
Diva madre á librarle del amago;
Seránle contra mí defensa flaca
Femíneos velos entre nube opaca!»
XIII.
La Reina, en tanto, á quien temblar hacía
Aquel nuevo combate, á Turno ardiente,
Su electo yerno, detener porfía;
Y ya entre sí mortal despecho siente:
«¡Óyeme!» dice, «¡tú, esperanza mia,
Consuelo solo á mi vejez doliente!
Columna del Estado glorïosa;
Mi casa entera en tu favor reposa.
XIV.
»¡Oh Turno! por mi bien y mi decoro,
Si algun respeto y atencion me debes,
Te ruego, y por las lágrimas que lloro,
Que con los Teucros tu valor no pruebes;
¡Es la única merced de tí que imploro!
Mio será cualquiera fin que lleves;
Pues yerno á Enéas no veré cautiva:
¡No pienses ¡ah! que yo te sobreviva!»
XV.
Oye á su madre, y lágrimas derrama
Lavinia, y harto dice su mejilla;
Vivo rubor la baña de la llama
Que en los huesos empieza á consumilla:
Marfil semeja el rostro de la dama
Que en múrice sangriento tinto brilla,
Ó albo lirio á quien da profusa rosa,
Con él mezclada, su color fogosa.
XVI.
Turbado, en la beldad que le enamora
Ha fijado los ojos el guerrero,
Y arde más por lidiar. «¿Y á qué, señora,»
Conciso dice á Amata, «el triste agüero
Me ofreces de tus lágrimas, ahora
Que de Marte me arrojo al lance fiero?
¡Cesa, te ruego! A Turno, madre pia,
Parar no es dado de su muerte el dia.
XVII.
»Y tú al frigio tirano, Idmon, vé y lleva,
Mal que le suene, este mensaje: «Luégo
Que haya asomado al mundo Aurora nueva
Sobre sus ruedas de matiz de fuego,
Contra el mio su ejército él no mueva,
Guarden Teucros y Rútulos sosiego:
Sea con nuestra sangre disputada
Lavinia, en ese campo, espada á espada!»
XVIII.
Dice, y va á su mansion. ¡Con qué alegría,
Pidiendo sus caballos, ve que atentos
Bufan ante él con noble bizarría!
Blancos cual nieve, rápidos cual vientos
A Pilumno ofrendólos Oritía.
Aurigas les cortejan: los contentos
Pechos la palma en hueco són golpea,
Y el crin les peina que revuelto ondea.
XIX.
Ensáyase á los hombros la coraza,
Toda de oro erizada y de blanquizo
Oricalco; el escudo fino embraza;
Prende la espada y el creston rojizo:
Espada aquella de divina traza
Que el Dios del fuego por sus manos hizo,
Candente la templó en la estigia ola,
Y al padre Dauno él mismo reservóla.
XX.
En medio al edificio puesto habia
La recta lanza contra gran coluna:
Arrebátala airado--arma que un dia
Ganó al aurunco Actor su alta fortuna--
Y en furibunda voz: «¡Vén, lanza mia,
Nunca sorda á mis votos! Oportuna
Ocasion es llegada: Actor el grande
Ya te supo blandir; Turno hoy te blande!
XXI.
»¡Ven! (dice, y fulminante la menea)
«¡Oh! dáme que á ese Frigio afeminado
Bajo tus botes confundido vea;
Que la tersa loriga, mal su grado,
Rota, arrancada, destrozada sea,
Y el cabello gentil todo empolvado
Que unge, en mirra y con hierro ardiente riza!»
Turno así delirando se encarniza.
XXII.
Y ya al rostro el incendio que le agita
Brota, y siniestro en su mirar chispea.
Así tambien sus armas ejercita
El toro que se ensaya á la pelea;
Terríficos mugidos da, se irrita
Contra el tronco de un árbol, y en idea,
Hiriendo al aire, á su contrario llama,
Y el escarbado polvo desparrama.
XXIII.
No ménos fiero Enéas por su lado
Anímase á la lid, la lid anhela,
De las maternas armas rodeado.
Admite el reto, apláudele. Revela
A sus amigos el querer del hado,
Y al afligido Ascanio así consuela.
Nobles envía que á Latino lleven
Leal respuesta y el concierto aprueben.
XXIV.
Apénas con el rayo rubicundo
Las crestas de los montes se teñian
(A la hora en que, del piélago profundo
Los caballos del Sol saliendo, envían
Por las altas narices luz al mundo),
Y Rútulos y Teucros ya acudian
Campo á medir, ante la gran muralla,
Donde se dé la singular batalla.
XXV.
Unos, de grama, en medio del arena,
A los Dioses comunes ponen aras;
Otro, el limo vestido, y de verbena
Orlado, fuego trae y linfas claras.
El ejército ausonio á puerta plena
Sale, con picas uniforme; y raras
Y varias armas á su vez mostrando,
Viene el troyano y el tirreno bando.
XXVI.
¿Quién lid recia y de muertos altas pilas
No augurara de aquel marcial arreo?
Pasar volando en medio de las filas
A los insignes capitanes veo
Radiantes de oro y grana: el fuerte Asílas,
Nieto ilustre de Asáraco Mnesteo,
Y Mesapo, aquel hijo de Neptuno,
Domador de caballos cual ninguno.
XXVII.
Cada cual á su sitio vuelve, y mudos,
A una seña obedientes, en el suelo
Hincan lanzas y arriman los escudos.
Las madres ya, con zozobrante anhelo,
Y los ancianos, de vigor desnudos,
Y plebe inerme, á presenciar el duelo
Agólpanse á los techos y á las yertas
Torres, ú ocupan las altivas puertas.
XXVIII.
Juno en tanto, de vivo afan llevada,
Se ha posado en la cima del Albano--
Monte sin nombre á la sazon, pues nada
Al sitio daba gloria;--y sobre el llano
Solícita dirige la mirada,
Registra el horizonte, y el troyano
Ejército á la vez y el laurentino
Contempla, y la ciudad del rey Latino.
XXIX.
Tornóse á hablar la Diosa de repente
A la hermana de Turno: semidea
Que, puesta de aguas dulces á la frente
Tal vez en limpio estanque se recrea,
Tal en sonora despeñada fuente:
El alto Rey que el éter señorea
Su virginal honor robado habia,
Y premióla con esta primacía.
XXX.
«¡Ninfa, honor de las ondas cristalinas,
Carísima ante todas á mi pecho!»
(Juno la dice) «á tí entre las Latinas
Que Júpiter infiel subió á mi lecho
Sola amé y elegí, y en las divinas
Mansiones á ocupar te dí derecho
Glorioso asiento. Oye tu mal ahora,
Yuturna, en el afan que me devora.
XXXI.
»¡Oh! ¡no me inculpes! Por do ví camino
De la Suerte y las Parcas mal cerrado
A la esperanza del poder latino,
Por allí á Turno y tu ciudad de grado
Siempre auxilié. Con inferior destino
Hoy al caro adalid miro abocado
A horrendo lance, y acercarse siento
¡Ay! de las Parcas el fatal momento!
XXXII.
»No sufren, no, mis ojos esa lucha
Ni esa paz. Tú el favor que darse pueda
(Caso es urgente, y pide audacia mucha)
Corre á dársele á Turno: acaso ceda
La adversa suerte.» Atónita la escucha
Yuturna, y llanto por su rostro rueda;
Tres, cuatro veces en herir se agrada
El seno hermoso con la diestra airada.
XXXIII.
«No es tiempo» (insiste la saturnia Diosa)
«De llorar. A tu hermano vé y liberta,
Si hay medio, de la muerte que le acosa;--
Ó provoca un conflicto, y desconcierta
El pacto celebrado: ¡elige y osa!
Te doy mi autoridad.» Fuése, é incierta
Ha dejado á la Ninfa y confundida,
Con aquella en el alma triste herida.
XXXIV.
Salen los Reyes ya. Con mole ingente
Viene Latino de su campo; tiran
Cuatro brutos su carro, y de su frente
Doce áureos rayos en redor se miran,
Del Sol su abuelo emblema refulgente.
Turno va en ruedas que arrastradas giran
De dos caballos blancos, y su diestra
Dos dardos de ancha hoja en alto muestra.
XXXV.
De acá, orígen de Roma, el Rey troyano
Marcha, y con armas célicas fulgura
Y con sidéreo escudo. Al par galano
Avanza Ascanio, en quien feliz se augura
Otra esperanza del poder romano.
El sacerdote en alba vestidura
Un lechon y una intonsa corderilla
Conduce al ara donde el fuego brilla.
XXXVI.
Vuelven los ojos hácia el sol naciente:
La mola esparcen, con el hierro siegan
En la testa á la víctima presente
Breves mechones que á la llama entregan,
Y las tazas alzando juntamente
Con el sacro licor las aras riegan.
Empuña Enéas el desnudo acero,
Y así sus preces pronunció el primero:
XXXVII.
«¡Sol! ¡de mi juramento sé testigo!
¡Y tú, á do el hado al fin me da que aporte
Despues de afanes tantos, suelo amigo!
¡Y oh Rey omnipotente y real consorte,
Alma hija de Saturno, ya conmigo
Ménos severa, oidme! ¡Y tú, Mavorte,
Que sobre el haz de la anchurosa tierra
Haces rodar el carro de la guerra!
XXXVIII.
»¡Tambien las sacras fuentes y los rios,
Y cuanto númen sobre el aire impere
Y en la cerúlea mar, me escuchen pios!
Marcharán, si de Turno el triunfo fuere,
De Evandro á la ciudad Yulo y los mios;
El vencedor del campo se apodere,
Ni tema que á este reino los Troyanos
Vuelvan infieles con armadas manos.
XXXIX.
»Mas si á mí el triunfo Marte da--lo espero,
Y ¡oh! confirmen los Dioses mi esperanza!--
No haré que humille, mísero pechero,
El ítalo al Troyano su pujanza,
Ni optaré el cetro soberano. Quiero
Que, invictos ambos pueblos, de alïanza
Nudos estrechen que perpetuos duren,
E iguales leyes como hermanos juren.
XL.
»Yo los ritos daré, daré el divino
Culto; su alto poder conserve entero
Y el derecho de guerra el rey Latino;
Muro á mí los Troyanos duradero,
Que por Lavinia se dirá Lavino,
Alzarán.» Así Enéas el primero
Habló; luégo Latino, la mirada
Vuelta al cielo, y la diestra levantada:
XLI.
«Tambien, ¡oh Enéas! por el Éter puro,
Y por la Tierra y líquido Oceano,
Y por los hijos de Latona juro;
A ambos invoco, y al bifronte Jano:
Por las Deidades del Averno oscuro
Y el santuario de Pluton tirano;
Y oiga mi voz el Padre omnipotente
Que pactos sella con su rayo ardiente!
XLII.
»Toco el ara, y el almo fuego alzado
En medio de los dos, testigo sea:
¡Oh! cualquiera que fuere nuestro estado,
No llegue dia en que romper se vea
Esta paz en Italia, este tratado!
Que anegue el orbe fuerza gigantea
Y al Tártaro derribe el firmamento;--
¡No hará volver atras mi juramento!
XLIII.