A otras playas, es bien que les labremos
Veinte cascos de itálica madera,
O más que alcancen á ocupar: tenemos
Sobrado material en la ribera.
Brazos daré, espolones, jarcias, remos,
Y de las naves el equipo todo;
Fijen ellos el número y el modo.
LXIX.
»Además, á su campo cien varones
Vayan, eximios en la gente nuestra,
Que les lleven de paz proposiciones
--El sacro olivo en la inocente diestra--
Y por mí sellen pactos. Ricos dones
De oro y marfil conducirán, en muestra
De mi amistad, y silla y trábea, emblema
De esta que ejerzo autoridad suprema.
LXX.
»¡Ea! el remedio decretad que implora
La afligida nacion que en vos espera!»
Dránces entónces se alza, á quien devora
Por la gloria de Turno, torticera
Emulacion y envidia roedora.
Fuerte en recursos y en palabras era,
No en armas: en consejos, de prudente
Fama gozaba, agitador potente:
LXXI.
Bien que de padre incógnito, debia
Nobleza ilustre á la materna rama.
Alzóse entónces, pues, y así á porfía
Cargos amontonando iras inflama:
«¡Benigno Rey! propones, á fe mia,
Cuestion que, á nadie oscura, no reclama
Mi voz. La causa del comun fracaso
Todos la saben; mas la dicen paso.
LXXII.
»¡Dé libertad de hablar, y enfrene el vuelo
A su orgullo, el fatal ductor que hace
Con funestos auspicios--sí, dirélo,
Y siquiera de muerte me amenace!--
Tanto prócer caer, y sume en duelo
A la ciudad, miéntras con pié fugace
Del enemigo campo se desvía
Y al asordado cielo desafía!
LXXIII.
»¡Ojalá que esa espléndida embajada,
¡Oh el mejor de los reyes! y esos dones
Muchos y grandes que enviar te agrada,
Con uno solo y principal corones!
No del justo dictámen te disuada
Rebelde encono de émulas pasiones:
Da tu hija en digna boda á egregio yerno,
Y afirma así esta paz con lazo eterno!
LXXIV.
»Vamos á él mismo á suplicarle, empero,
Si tanto miedo embarga á los Latinos,
Que ceda, y deje al Príncipe su fuero
Natural ejercer, y los destinos
Contemple con piedad de un pueblo entero.
--Tú, sola causa á nuestros males, dínos,
¿Los tristes ciudadanos de esa suerte
Arrastrarás de nuevo á horrenda muerte?
LXXV.
»La guerra de salud no da esperanza:
Todos pedimos paz, dánosla luégo
Con la prenda inviolable que la afianza!
Soy el primero que á pedirla llego,
Yo, á quien émulo finges; ni hay tardanza
En mí--vesme á tus plantas--para el ruego:
¡Ten piedad de los tuyos, pon la ira,
Y léjos derrotado, te retira!
LXXVI.
»¡Cuánta muerte hemos visto! ¡cuánto estrago!
¿Qué tala en vastos campos no hemos hecho?...
Mas si es que ejerce irresistible halago
La fama en tí, si escondes en el pecho
Tanto valor, y de tu afan en pago
Esperas como dote regio techo
Que no has de renunciar, entónces, ¡ea!
Afronta á tu enemigo en la pelea.
LXXVII.
»Para que el regio enlace Turno ufano
Goce, ¿sólo á nosotros por ventura,
Sin lágrimas ni honores, en el llano
Nos toca sucumbir, caterva oscura?
Tú tambien, tú tambien, si no es en vano
Fama heredera de marcial bravura,
Sál luégo al campo, y con la frente erguida
Contempla al que á batalla te apellida!»
LXXVIII.
Turno, impaciente ya, lanzó un gemido,
Y voces tales de lo más profundo
Del pecho arranca, en cólera encendido:
«Tú el primero en llegar, tú el más facundo
En los consejos, Dránces, siempre has sido.
Brazos pida la patria, ardor fecundo,--
Jamás el labio vocinglero sellas.
¡Palabras! ¿y á qué el aula henchir con ellas?
LXXIX.
»Pomposas á volar las das seguro
Miéntras sangre los fosos áun no llena
Y áun pára al agresor trabado muro.
Por tanto en tu oracion, cual sueles, truena,
Trátame, oh Dránces, de guerrero oscuro,
Ya que tú de cadáveres la arena
Cubrir supiste, y por tu diestra veo
Alzado acá y allá tanto trofeo!
LXXX.
»Gala hacer de valor te es dado en guerra,
Ni habrás por enemigos de afanarte
Yendo á buscarlos en remota tierra;
Cercándonos están por toda parte.
¡A ellos, pues, á ellos! ¡cierra, cierra!
¿Qué aguardas?... ¿O los ímpetus de Marte
Tú jamás de otra suerte los conoces
Que en tu gárrula lengua y piés veloces?
LXXXI.
»¡_Yo derrotado_! ¿Quién de derrotado
Me acusará, vil monstruo, cuando vea
Que el Tibre por mi diestra acrecentado
Con la troyana sangre rojo ondea;
Que Evandro con su casa y con su estado
Sacudido de asiento bambolea,
Y que en fuga los árcades guerreros
Arrojan en el campo los aceros?
LXXXII.
»No, no tal me probaron en su dia
Pándaro y Bícias, con su gran pujanza,
Y otros mil cuyas almas á porfía
Hundió mi diestra en la tartárea estanza
Cuando ejército hostil me circuia!--
¡_La guerra de salud no da esperanza_!
Al régulo dardanio, á tus parciales
Vé, agorero, á cantar presagios tales!
LXXXIII.
»¡Alienta en tu alarmante clamoreo
A gente no una vez vencida, y pisa
Las esperanzas de la nuestra!... Veo
Que huyendo ya con azorada prisa
Los Mirmidones van, y el de Tideo
(¡Tanto alcanzas!) y Aquíles de Larisa,
Y vuelve su corriente espavorido
De las ondas adriáticas Anfido!
LXXXIV.
»Luégo, que amenazante le intimido
Simula, y es el miedo de la muerte
De que astuto se ostenta poseido,
Nueva ponzoña que en sus tiros vierte.
Jamás esta mi diestra, fementido,
--Escucha en paz; no has, no, por qué moverte--
Esa alma vil te arrancará del pecho
Donde su nido y su morada ha hecho!
LXXXV.
»A tí y á las consultas que propones,
Ahora, oh Padre, la atencion convierto.
Si nada de tus fieles campeones
Aguardas ya, si la esperanza ha muerto,
Si nunca la Fortuna á dar sus dones
Volvió, cuando en la guerra el desconcierto
Pudo una vez señorear las almas,
Tendamos luégo las inertes palmas,
LXXXVI.
»É imploremos la paz;--aunque ¡ah! si hubiera
Algun resto en nosotros todavía
De la virtud antigua!... ¡yo dijera
Entre todos egregio en bizarría,
Y en la coronacion de su carrera
Feliz, al que dejó la luz del dia
De una vez, por no ver tamaña afrenta,
Mordiendo el polvo de la lid sangrienta!
LXXXVII.
»Mas si hay recursos, si hay á lid dispuesta
Intacta juventud; si pueblo tanto,
Tanta ciudad itálica nos presta
Oportuno favor; si sangre y llanto
A los Troyanos su victoria cuesta,
Y asolacion igual, igual espanto
Allá domina, ¿ante el umbral primero
Rendiremos cobardes el acero?
LXXXVIII.
»¡Temblar de miembros, cuando áun no ha sonado
La retadora trompa! En su porfía
Vuelve las cosas á mejor estado
El tiempo, huyendo un dia y otro dia.
¿Fortuna qué de veces no ha sentado
En firme basa al que burlara impía?
Ni á extremo caso hemos llegado; sólo
El auxilio nos falta del Etolo:
LXXXIX.
»Nobles jefes diputan los vecinos:
Ved al fausto Tolumnio en los primeros,
Ved á Mesapo. Triunfos no mezquinos
Ganará, sí, la flor de los guerreros
Del Lacio y de los campos laurentinos!
Acaudilla tambien sus caballeros,
Honor, Camila, de la volsca gente,
Acorazados de metal luciente.
XC.
»Mas ya que á lid me citan decisiva
Los Teucros, si esto agrada, y tanto impido
La pública salud, no así huye esquiva
La victoria de mí, que tal partido
No abrace ante tan grata perspectiva.
Sí; con Enéas sin temor me mido:
Cual otro Aquíles venga si le place,
Y armas como hechas por Vulcano, embrace!
XCI.
»Ya lo he jurado, y con placer me inmolo
(Que á mis mayores en virtud no cedo)
Á vos y al Rey mi suegro.--_¿Á Turno solo_
_Emplaza Enéas?_ Pues admito ledo
El singular combate. ¿Permitiólo
El Cielo por castigo? No haya miedo
Que Dránces lo padezca;--¿en nuestra gloria?
Coger no espere el lauro de victoria!»
XCII.
De esta suerte en recíproca porfía
Altercan sobre el arduo tema, cuando
Ved que Enéas su ejército movia.
Corre el palacio, y va terror sembrando
Por la ciudad con alta vocería
Un mensajero: Que el troyano bando
Ha dejado la márgen tiberina;
Que la tirrena hueste al par camina;
XCIII.
Que vienen en concorde movimiento
Cubriendo las campiñas dilatadas.
Los ánimos se turban al momento:
Renuevan, con imperio estimuladas,
Las populares iras su ardimiento;
Frenéticos bramando, á las espadas
Los jóvenes se arrojan; los ancianos
Quejas murmuran entre lloros vanos.
XCIV.
La grita de la gente hiere al cielo
Creciendo acá y allá vária y confusa,
Como en los bosques al posar el vuelo
Clamar el coro de las aves usa
Entre el hojoso y apiñado velo;
O como en el pecífero Padusa
Miles de cisnes que le habitan, suenan
En roncas voces, y el canal atruenan.
XCV.
De la ocasion asiendo que los hados
Le dan, «¡Bien, ciudadanos!» Turno grita:
«Consejo celebrad, y haced sentados
Las alabanzas de la paz bendita,
Miéntras sobre nosotros descuidados
El taimado invasor se precipita!»
Puertas afuera de la régia estanza,
Sin esperar á más, raudo se lanza.
XCVI.
«Ház que el volsco escuadron se ordene ufano
De sus señas en pos, Voluso, y guía
Tú á los Rútulos,» dice;--«y en el llano
Desplegad la veloz caballería,
Oh Mesapo, y tú, Córas, con tu hermano.
Avenidas y torres á porfía
Defiendan otros; y conmigo ande
Armado el resto á do mi voz lo mande.»
XCVII.
Correr se ve la poblacion entera
A la muralla. Al mismo Rey anciano
Obliga el triste lance á que difiera
Aquel consejo, comenzado en vano,
Y sus grandes debates. Que no hubiera
Llamado en tiempo al adalid troyano
Al reino, acreditándole por yerno,
Mucho se culpa con lenguaje interno.
XCVIII.
Quiénes ante las puertas cavan fosas,
Quiénes mueven estacas, y acarrean
Piedras á empuje. A lides sanguinosas
Instrumentos horrísonos vocean.
Y ya, en vario cordon, madres y esposas,
Y niños de tropel, largo rodean
El muro. A todos en aqueste dia
Llama el último trance y agonía.
XCIX.
Hácia el templo de Pálas, entretanto,
Que entre sacros alcázares descuella,
Se encamina la Reina: haciendo llanto
Numerosas matronas van con ella
Sus dones á ofrecer al Númen santo:
Marcha á su lado la real doncella,
Que inocente causó tantos enojos,
Y no levanta los hermosos ojos.
C.
Inciensan, en subiendo á los umbrales,
El templo, y el dolor que el pecho encierra
Exhalan, de allí mismo en voces tales:
«¡Arbitra omnipotente de la guerra!
¡Mira, oh vírgen Tritonia, á nuestros males!
Al Frigio salteador derriba en tierra,
Quiebra en su mano tú la arma homicida,
Y ante esas puertas él la arena mida!»
CI.
Turno airado á su vez se arma á batalla:
Con escamas de bronce á maravilla
Cubierta, viste la rutulia malla;
De áureas grevas ornó la pantorrilla
(La sien áun no ha cuidado resguardalla);
Ciñóse espada, y todo es oro, y brilla
Rajando airoso del alcázar alto
A anticiparse al enemigo asalto;
CII.
Cual, rotos los ronzales, sin que nada
Se oponga en campo abierto á su albedrío,
Vuela el corcel al pasto y la yeguada
Huyendo del pesebre; ó hácia el rio
En que los miembros refrescar le agrada,
Erguida la cerviz, con ágil brío,
Bufando va, y en ondas sobre el cuello
Le juega, y por los brazos, el cabello.
CIII.
Acompañada de la volsca gente
Camila al paladino se atraviesa
Al paso, y ya en las puertas, reverente
A tierra salta la gentil princesa:
Dóciles á su ejemplo, incontinente
Se apean los demas con fácil priesa;
Y á hablar ella principia de esta suerte:
«Turno, si un pecho que se siente fuerte,
CIV.
»Si un ánimo resuelto confianza
Poner puede en sus fuerzas, yo de lleno
Contrastar del Troyano la pujanza
Prometo, y sola arrostraré al Tirreno.
Deja que vaya á ejecutar venganza
Mi diestra, y de peligros fausto estreno
Haga esta vez en el combate duro;
Y tú con los de á pié guarnece el muro.»
CV.
«¡Ornamento de Italia! ¡denodada
Vírgen!» Turno á su vez exclama, puesta
En la fiera doncella la mirada:
«¿Qué gracias dignas, qué cortés respuesta
Podré dar, á tu mérito adecuada?
Mas ya que á todo riesgo estás dispuesta,
Obremos de consuno. Enéas--sélo
Por espías, y es voz que toma vuelo--
CVI.
»Ese Enéas malvado, en la llanura
Gente á caballo, armada á la ligera,
Mandó á escaramuzar; mas él la altura
Solitaria del monte en tanto espera
Vencer, y á la ciudad llegar procura.
Yo en los senos del bosque una certera
Emboscada pondréle, con soldados
El sendero asediando á entrambos lados.
CVII.
»Tú al Tirreno, reuniendo tus pendones,
Vé, y el fuerte Mesapo allá te siga,
Te sigan los latinos escuadrones
Y las bandas del Tíbur: la fatiga
Partiremos del mando.» Con razones
Tales como éstas á Mesapo instiga
Tambien, y á sus aliados capitanes;
Y marcha él mismo á coronar sus planes.
CVIII.
Hay del bosque en las vueltas, y al que tienda
Celada allí, promete buen suceso,
Un valle á quien con sombra apremia horrenda
De un lado y otro matorral espeso:
Conduce al valle una delgada senda,
Angosta boca y peligroso acceso,
Y le domina incógnita y secreta
En la cima del monte una meseta.
CIX.
De alcázar sirve aquésta y de guarida
Para bélico asalto, ó darlo quieras
A derecha y á izquierda una salida
Inopinada haciendo, ó ya prefieras
Rodar guijarros de la cumbre erguida.
Turno á aquellas regiones traicioneras
Por caminos que él sabe, vuela, y presto
Metiéndose en la selva toma puesto.
CX.
En tanto con la faz bañada en lloro,
Allá en la altura la hija de Latona
A Opis veloce, ninfa de su coro,
Interesa en su afan, y así razona:
«¡Doncella! de mis armas el tesoro
Ciñe en vano Camila, y se abandona
A una guerra cruel--Camila, aquella
Que amo ante todas en mi corte bella!
CXI.
»Ni afecto es nuevo el que Dïana abriga
Y así á dulzura singular la mueve.
A su hija tierna de Priverno antiga
Sacó, huyendo el furor de airada plebe,
El tirano Metabo: amor le obliga
A que por medio del tropel la lleve
Consigo; y alterando de Casmila,
Su madre, el nombre, la llamó Camila.
CXII.
»El destronado Rey por compañera
En su destierro la llevó consigo:
Conduciéndola en brazos va doquiera;
Con ella de agrios montes sin abrigo
Las yertas cimas prófugo supera.
Le estrecha en torno armado el enemigo:
Recorriendo los Volscos la campaña
Por víctima le buscan de su saña.
CXIII.
»Hé aquí que en medio de su fuga un dia
A la márgen llegó del Amaseno:
El agua rebosaba; tanta habia
Caido en recia lluvia. El turbio seno
Quiso á nado pasar; mas, ¡ay! temia
Por su carga preciosa: de afan lleno
Todo á un tiempo lo piensa, y de repente
Osado arbitrio avasalló su mente.
CXIV.
»Iba empuñando, á la guerrera usanza,
Con nudos, y de sólida firmeza
Que el humo examinó, disforme lanza:
De silvestre alcornoque en la corteza
Metió á la niña, al medio la afianza
Del asta, y para el vuelo la adereza:
Blande en mano robusta el arma al viento,
Y esta plegaria eleva al firmamento:
CXV.
«¡Oh de los bosques, tú, frecuentadora,
»Alma vírgen Latonia! esta hija mia
»Consagro á tu servicio desde ahora:
»Ella á dudosas auras hoy se fia
»Perseguida y volando huye y te implora:
»Tuya es, lleva tus armas; tú la guía,
»Sálvala tú!» Y aquí con gran pujanza
Doblando el brazo despidió la lanza.
CXVI.
»Suenan las ondas, y la pobre infante
Pasa sobre la rápida corriente
No en vano asida al asta rechinante.
Metabo, que ya encima el tropel siente,
Arrójase á las aguas, y triunfante,
A un césped que vistió grama riente
(¡Gran merced de la Diosa, alta fortuna!)
Arranca el dardo con la intacta cuna.
CXVII.
»Vaga, y ni aldea ni ciudad le asila;
Ni sufriera favor su índole brava:
Al modo rudo que el pastor estila,
Solitario en los montes habitaba;
Y con feral sustento á su Camila
En madrigueras hórridas criaba:
Allí en sus tiernos labios, de bravía
Yegua las ubres exprimir solia.
CXVIII.
»Y áun los pasos primeros no ha ensayado
Con vacilante pié la tierna niña,
Sin que á sus palmas él dardo aguzado
Dé, y al hombro carcaj y arco le ciña;
No, sin que en vez del manto y del tocado
De oro que el lujo cortesano aliña,
Desde la coronilla le suspenda
Sobre la espalda, piel de tigre horrenda.
CXIX.
»¡Y qué era ver la bella cazadora
Venablos impeler con breve mano,
Ó en torno de las sienes zumbadora
El honda sacudir, y al cisne cano
Ó ya la grulla derribar que mora
Orillas de Estrimon! En vano, en vano
Cien tirrenas matronas para nuera
Quisieron detenerla en su carrera.
CXX.
»Contenta con el culto de Dïana,
Ni de las armas la atencion desvía,
Ni la virginidad jamás profana
A cuyo eterno amor su gloria fia.
Oh! ¡quién me diera que en contienda insana
No hubiese ella de entrar en este dia
Con los Troyanos, y, á mi pecho cara,
Con vosotras aquí me acompañara!
CXXI.
»Mas pues su acerba suerte se acelera,
¡Ea! cruzando la region vacía
Tú al latino país baja ligera,
Vé al campo donde lid se enciende impía
Bajo auspicios infaustos, y quienquiera
Sea el que ofenda de la ninfa mia
Las carnes sacras, Ítalo ó Troyano,
Pague el hecho á mis armas y á tu mano.
CXXII.
»Recíbelas al punto, y de esta aljaba
Saca la flecha vengadora. A vuelo
Yo el cuerpo de la triste en nube cava,
Antes que le despojen, volverélo
A la tierra que de hija tal se alaba,
Y tumba le daré.» Dijo; y del cielo
Opis se lanza en negro torbellino
Y estruendosa en el aire abre camino.
CXXIII.
Hé aquí á los muros el unido bando
De etruscos y troyanos caballeros
En ordenadas haces va marchando:
Huellan el campo indómitos y fieros
Sacudiendo las bridas y bufando
Los sofrenados brutos. ¡Cuál de aceros
Erizados los llanos se estremecen,
Y en puntas mil y mil arder parecen!
CXXIV.
Mesapo, en esto, enfrente á los Troyanos
Asoma con los rápidos Latinos,
Y el ala de Camila, y los hermanos
Que mandan la legion de Tiburtinos:
Van apretando en recogidas manos
Largas lanzas, y blanden dardos finos:
Acércanse, el furor que espiran crece,
Y el bramar de los potros se enardece.
CXXV.
Cuando uno y otro ejército venido
Hubo á tiro de dardo, ambos se paran:
De ambas partes en súbito alarido
Prorumpen, y al encuentro se preparan:
Cada uno á su corcel de ardor henchido
Anima con la voz; todos disparan
Arrojadizas armas á porfía
Cual densa nieve, y se oscurece el dia.
CXXVI.
Ante todos, Tirreno y el ardido
Acónteo uno para otro van derecho,
Lanza en ristre, y en hórrido estampido
Estréllanse los dos. Pecho con pecho
Este y aquel caballo en choque herido
Se despedazan. Rueda á largo trecho
Acónteo, de violenta sacudida,
Y exhala al viento la infelice vida.
CXXVII.
Tál piedra que arrojó mural tormento
Cae, así el rayo que estallando asuela.
Turbáronse las haces al momento:
Echa cada Latino su rodela
A la espalda, y, cambiando el movimiento,
El bando urbano hácia sus muros vuela:
Como caudillo principal, Asílas
En pos impele las troyanas filas.
CXXVIII.
Y ya llegaban á las puertas, cuando
Veis que á la carga los Latinos gritan,
De los brutos volviendo el cuello blando:
A su turno los otros ejercitan
La fuga, y vuelan rienda suelta dando.
Dos veces los Toscanos precipitan
Contra el muro á los rútulos guerreros,
Dos, cubriendo la espalda, huyen ligeros.
CXXIX.
Lo mismo en el vaivén de la marea
El ponto, ora se avanza á la campaña,
Altos escollos espumoso albea,
Apartadas arenas crespo baña;
Ora retrocediendo raudo ondea,
Y riscos que rodó su hirviente saña
Torna á sorber bajando, y se repliega,
Y las húmedas playas desanega.
CXXX.
Mas así que principian el tercero
Encuentro, cada cual toma adversario,
Y entra en calcada pugna el campo entero:
Entónces fué el gemir, confuso y vario,
Los que mueren; y arnes y caballero
Nadar entre el estrago sanguinario
Confundidos; y á par de los varones
Semiánimes sucumben los bridones.
CXXXI.
Arrecia el batallar duro y ardiente.
Orsíloco del miedo se aconseja
De combatir con Rémulo de frente,
Y tirando al troton, bajo la oreja
Híncale un dardo. Empínase impaciente
Con el acerbo hierro que le aqueja,
Y de uno y otro brazo el aire azota
Furioso el animal, y al dueño bota.
CXXXII.
Mata á Yólas Catilo; á Herminio mata,
Alma grande, armas graves, cuerpo ingente:
Desnudos cuello y hombros, se desata
Undoso encima el oro de su frente:
Golpes su cuerpo de esquivar no trata:
¡Tanto á la ofensa espacio da patente!
Temblando en su ancha espalda el asta hundida
Doblóle, de dolor, la larga herida.
CXXXIII.
Sangre acá y acullá negra se vierte,
Nada el acero talador perdona,
Y todos entre golpes van la muerte
Buscando, que gloriosa los corona.
En medio á tanto horror, activa y fuerte
Ufánase Camila, de Amazona,
La de aljaba gentil, la que desnudo
Presenta un pecho en el combate rudo.
CXXXIV.
Y ya esparza la vírgen animosa
Tantos astiles con que el aire llena,
Ya el hacha de dos filos poderosa
Esgrima, siempre á su hombro el arco suena,
El arco de oro y armas de la Diosa.
Ella, áun huyendo en la tendida arena,
Vuelto el arco descárgale á deshora,
Hiriendo atras con flecha voladora.
CXXXV.
Dan á la semidiosa compañía,
Flor de Italia y su corte, la doncella
Larina, y Tula, y la que en liza impía
La ferrada segur, hiriendo, amella,
Tarpeya audaz; á quienes ella habia
Para formar su comitiva bella
Elegido por damas auxiliares,
Fuese en paz, fuese en bélicos azares.
CXXXVI.
Tal se ostenta, ya bata el Termodonte
Helado, ya el peligro en la pelea
Con armas vistosísimas afronte,
La tracia hueste de Amazonas; sea
Que á Hipólita circunden, ó que monte
En su carro triunfal Pentesilea;
La tropa femenil saltando agita
Lunadas peltas, y en tumulto grita.
CXXXVII.
¿A quién, oh vírgen de marcial talante,
Primero acometiste, á quién postrero?
¿Cuántos tu diestra derribó triunfante?--
Fué Euneo, hijo de Clicio, á quien, primero,
Largo abeto en el pecho por delante
Ella hundió. Cae el mísero guerrero,
Muerde el polvo, y muriendo, en sangre propia
Revuélcase, vertida en larga copia.
CXXXVIII.
Luégo á Líris embiste y á Pagaso
Aquél, miéntras la brida asir pretende,
Con su troton cayendo; estotro, al paso
Que acude, y al caido amigo tiende
La inerme diestra, en súbito fracaso
Ruedan: sobre ambos á la par desciende
Golpe mortal. Camila con su lanza
A Amastro, hijo de Hipota, en pos alcanza.
CXXXIX.
Tendiendo todo el cuerpo, amaga, estrecha
A Harpálico en seguida y á Tereo,
Y á Cromo y Demofonte. Cuanta flecha
Ella envía, obediente á su deseo
Mata un Frigio, ya á izquierda, ya á derecha.
Allá léjos en tanto á Órnito veo
En su caballo yápigo de caza
Moverse, armado en desusada traza.
CXL.
Cubre sus anchos hombros recio cuero
De novillo: encajadas las ingentes
Fauces de un lobo, nuevo aspecto y fiero
Con las quijadas y albicantes dientes,
Dan á su rostro. Un esparon grosero
Menea. Entre los otros combatientes
Revuélvese, y á todos su cabeza
Sobra, abultada de animal fiereza.
CXLI.
Cogió ella al cazador, ni afan le cuesta
En hueste desbandada. «¡Y qué, Tirreno!
¿Piensas,» dice, «que aquí cazar te es fiesta
Monstruos, cual de las selvas en el seno?
Tiempo es que de armas de mujer respuesta
Lleven tus voces. Ni de gloria ajeno
Vas á la sombra de tu padre: díla
Que á manos sucumbiste de Camila.»
CXLII.
Habló así, mal contenta su venganza
Con traspasarle el pecho. Y luégo humilla,
Troyanos ambos de feroz pujanza,
A Orsíloco y á Bútes. Donde brilla
La tez del cuello, que á cubrir no alcanza
Pendiente á izquierda del broquel la orilla,
Entre el yelmo y loriga del jinete,
Allí á Bute, en su fuga, el hierro mete.
CXLIII.
Busca ambicioso en circular corrida
Orsíloco, á su vez, á la guerrera:
Sigue ella al mismo de quien es seguida,
En órbita menor huyendo artera;
Y descarga sobre él, volviendo erguida,
Hacha tremenda: ruegos él reitera;
Golpes ella, y las armas párte y huesos;
Cubren la hendida faz calientes sesos.
CXLIV.
A parar cerca de ella entónces vino,
Y espantado suspéndese, el guerrero
Hijo de Auno, habitante de Apenino,
Que entre Ligures ya no fué el postrero
Miéntras sus fraudes protegió el destino.
Ve que huir no le es dado el trance fiero,
Y ve tambien que de apartar no hay traza
A la Reina cruel que le amenaza.
CXLV.
Arbitrios á idear comienza astuto,
Y dice: «Quien te aplaude, ¡oh cuánto yerra!
No tú, mujer, mas tu arrogante bruto
Autor es de tu gloria. Vén; mas cierra
El camino á la fuga: á pié disputo
Con las armas el campo: ambos á tierra
Saltemos, y veamos, frente á frente,
Si esa gárrula fama triunfa ó miente!»
CXLVI.
Sintió del pundonor punzada aguda
Camila; da el caballo á una escudera,
E igualando las armas, con desnuda
Espada, y parma sin divisa, espera.
El mancebo del éxito no duda
De su artificio, y huye: de ligera
Riendas ha vuelto, y con la espuela dura
Al veloz alazan volando apura.
CXLVII.
«¡Falso ligur! en vano el triunfo cantas
De las perfidias que aprendiste! en vano
Soberbio esperas que artimañas tantas
A tu padre falaz te vuelvan sano!»
Dijo la vírgen; con aladas plantas
Pasa, cual rayo, al fugitivo, y mano,
Delante del caballo que volaba,
Al freno pone, y del jinete traba.
CXLVIII.
Y allí en la sangre de él venganza toma,
Con la facilidad con que en el cielo,
Desde alto pico abalanzado, asoma,
Ave sagrada, el gavilan, y á vuelo
Alcance da á la tímida paloma
Sobre las nubes: cae la sangre al suelo,
Miéntras él las rapantes uñas ceba,
Y las plumas que arranca, el viento lleva.
CXLIX.