Mas ya sobre sus armas extendido,

Ingente él mismo y con ingente llaga,

Traen á Lauso, haciendo gran plañido,

Sus soldados. De tanto mal presaga

El alma léjos entendió el gemido;

Y sus canas manchando en polvo, halaga

Mezencio su dolor; las palmas tiende

Al cielo; el hijo entre sus brazos prende.

CLXXVIII.

«¿Tanto el halago de existir convida,»

Dice, «y tanto obró en mí, que al enemigo

Te entregué en mi lugar, prenda querida?

¡Y yo (¡padre infeliz!) viviendo sigo!

¡El hijo que engendré me da esta vida,

Yo la muerte le doy! Siento y maldigo

El peso horrendo de mi suerte ingrata;

¡Esta sí es honda herida, esto sí mata!

CLXXIX.

»¡Y tu nombre tambien con mi pecado.

Hijo del alma, yo manché, del trono

De mis padres, por odios arrojado!

¡Así de mis vasallos al encono

Con muertos mil hubiese allá pagado

Mi crímen! ¡No que en mísero abandono

Sobrevivo! ¿Y no dejo todavía

Los hombres y la odiosa luz del dia?...

CLXXX.

»¡Dejaréla!» Y diciendo se levanta

Sobre el enfermo muslo: aunque le impide

Fiero dolor mover la torpe planta,

Animo cobra, y su caballo pide

Que con bien le sacó de guerra tanta:

En él su gloria y su aficion reside,

Noble consolador, fiel compañero.

Al afligido bruto habló el guerrero:

CLXXXI.

«Hemos vivido á fe tiempo sobrado,

Rebo, yo y tú, si mucho tiempo dura

Cosa alguna mortal. Ó ensangrentado

Hoy el vulto traerás y la armadura

De Enéas, y á mi Lauso harás vengado;

O si todo camino cierra dura

La desgracia al valor, caerás! Te digo

Que has de vencer ó de morir conmigo.

CLXXXII.

»Que tú, digno bridon, nunca á villanos

Yugos el cuello inclinarás; ¿ni cómo

Habrias de admitir amos troyanos?»

Dice, y monta el corcel, que humilla el lomo

A recibirle; se llenó las manos

De agudos dardos, y asentóse á plomo:

Guarnecida de bronce centellea

Su frente; áspera crin encima ondea.

CLXXXIII.

Rápido á los contrarios se abalanza;

En el pecho le hierven á porfía

Impetus de vergüenza y de venganza,

Y del herido amor la frenesía

Y el probado valor de su pujanza.

Llama á Enéas, y á lid le desafía

Con grande voz tres veces. El Troyano

Reconocióle, pues, y exclama ufano:

CLXXXIV.

«¡De los Dioses el Padre así lo quiera!

¡Quiéralo el alto Apolo!--Ya contigo

Soy en batalla.» Hablando en tal manera

Con fatídica lanza á su enemigo

Ocurre. El cual replica: «¡Cruda fiera!

Lo acertó tu crueldad; la luz maldigo;

Mátasme un hijo y la esperanza, ¿y quieres

Despues de eso asustarme? ¡Necio eres!

CLXXXV.

»Amenaza no habrá con que me espantes:

No hay Dios á quien respete: no me inspira

Miedo el morir; vengo á morir; mas ántes

Estos dones te traigo.» Dice, y tira

Un dardo, y otro, y otros: incesantes

Lanzándolos, en vasto cerco gira

Volando en torno al campeon, que al rudo

Asalto opone firme el áureo escudo.

CLXXXVI.

Tres veces dió la vuelta el caballero

Sobre la izquierda, armas lanzando á mano;

Y tres cubierto todo en fino acero,

Movió consigo el adalid troyano

Aquel de hincadas puntas bosque entero:

Desclavar tanta flecha, empeño es vano;

Y Enéas lleva á mal que se dilate,

Urgente ya, tan desigual combate.

CLXXXVII.

Medita: al fin en presto movimiento,

A do las huecas sienes le divida,

Dispara al bruto de guerrero aliento

Su lanza. El cual, no bien sintió la herida,

Estribando en los piés azota el viento

Con las manos, y sigue en su caida

Al enredado caballero, y rueda

De bruces, y él bajo sus lomos queda.

CLXXXVIII.

Ambos campos el cielo á grito herido

Encienden. Vuela Enéas, y el acero

Desnudando sobre él, «¿A dónde es ido

Aquel Mezencio,» dice, «ántes tan fiero?

¿Qué se ha hecho ese arrojo tan temido?»

Apénas el exánime guerrero

Cobró, volviendo al cielo la mirada,

La luz perdida y la razon turbada,

CLXXXIX.

Y responde: «¡Acerbísimo enemigo!

¿A qué suspendes sobre mí la muerte?

¿Qué me increpas si á nada yo te obligo?

Libre eres de matarme; ni á moverte

Con ruegos vine aquí, ni ya contigo

Pactos hizo mi Lauso de esa suerte.

Mas si áun queda piedad para el vencido,

Una sola merced muriendo pido:

CXC.

»¡Da que sea mi cuerpo sepultado!

Vengativas escucho en torno mio

Rugir las olas de mi pueblo airado;

¡Sálvame tú de ese furor impío!

Pueda de un hijo reposar al lado!»

Esto dijo no más, y sin desvío

Entregó la garganta á la honda herida.

Y en sangre envuelta derramó la vida.

LIBRO UNDÉCIMO.

I.

En este medio alzándose la Aurora

Del Oceano las regiones deja.

Enéas, aunque el ánsia le devora,

Con que á dar sepultura se apareja

A sus aliados, y consigo llora,

Y el dolor de las pérdidas le aqueja;

Sus votos, vencedor, cumple primero,

Con el albor del matinal lucero.

II.

Cúmplelos; y en la cima de un collado

Hace hincar luégo una robusta encina,

Habiéndola de ramas desnudado;

En ella la armadura diamantina

De Mezencio pondrá: trofeo alzado

Al Dios que en guerras triunfador domina.

Ya le acomoda el yelmo, ya la cota,

Por doce partes perforada y rota.

III.

Truncos vuelve sus dardos al guerrero

En efigie, y su cresta ensangrentada,

Préndele á izquierda el gran broquel de acero,

A su hombro cuelga de marfil la espada.

Y él, entre los aliados el primero,

A hablarles se alza luégo: en apiñada

Y silenciosa turba su persona

Los jefes cercan ya; y así razona:

IV.

«Ya lo difícil acabasteis: llano,

Soldados, lo que falta os adivino.

Ved los despojos del cruel tirano;

Ricas primicias son: ¡en esto vino

Mezencio á dar por obra de mi mano!

Sabed que á la ciudad del rey Latino

Marchar nos cumple. En el marcial intento

Ocupad desde ahora el pensamiento.

V.

»Prevenidos estad, porque llegada

La hora que darán á mi ventura

Los Dioses, de mover el campo, nada

Los ánimos sorprenda, ni á pavura

Ó á dañosa demora los persuada.

A los muertos en tanto sepultura

Demos: único honor que á ellos alcanza

Del Aqueronte en la profunda estanza.

VI.

»Sí, á egregias almas que este patrio nido

Con su sangre nos dan generadora,

Que últimas honras tributeis os pido.

Palante al patrio pueblo que le llora

Sea en fúnebre pompa conducido:

Virtud no le faltó: funesta un hora

Robóle á nuestro amor, robóle al suelo,

¡Ay! para hundirle en sempiterno duelo!»

VII.

Y llora, y al umbral los pasos guia

Donde Acétes, anciano y fiel guerrero,

De Palante infeliz custodia hacía

Al tendido cadáver. Escudero

El del parrasio Evandro fuera un dia,

Y vino en esta vez por compañero

De aquel amado alumno, con auspicios,

Cual ántes no lo fueron, impropicios.

VIII.

En torno ostentan en comun su duelo

Turba troyana y mustia servidumbre,

Y damas, suelto al aire el rico pelo

En señal de dolor, cual fué costumbre.

Entró Enéas al pórtico, y al cielo

Alza inmenso clamor la muchedumbre,

En gran lamentacion hiérense el pecho,

Y suena con el llanto el regio techo.

IX.

Él, viendo de Palante sostenida

La frente, y blanco el rostro á par de muerte

Y en aquel pecho hermoso la ancha herida

Que ausonia lanza abriera, y sin que acierte

El llanto á contener, «¿Tú aquí sin vida,»

Clama, «amigo infeliz? Cuando la suerte

Más propicia á mis armas sonreia,

¡Ay! de mi lado te arrebata impía!

X.

»No quiso la cruel que el triunfo mio

Vieses, y vencedor entre marciales

Pompas volvieses al solar natío!

No hice á tu padre, no, promesas tales

Cuando, enviándome á excelso poderío.

Al darme en tierno abrazo tristes vales

Me advirtió receloso que lo habria

Con gentes bravas en tenaz porfía.

XI.

»¡Y él hora por ventura se complace

En trocar á esperanzas sus temores,

Y ofrendas en el ara y votos hace,

Miéntras damos estériles honores

Al jóven que, pues ya sin vida yace,

Nada debe á los Dioses superiores!

¡Por tí, padre infeliz, cuánto me aflijo!

¡Tú el cruel funeral verás de un hijo!

XII.

»¿Y éste es el triunfo ansiado? ¿éste el festivo

Regreso? ¿ésta mi fe tan engreida?

Mas no le viste, Evandro, fugitivo

Ni echado de la lid con torpe herida;

Ni por qué preferir tendrás, él vivo,

Acerbo trance, ¡oh padre! á infame vida.

¡Cuánto pierdes en él, Ausonia, y cuánto

Tú, hijo mio!» Así habló vertiendo llanto.

XIII.

Que el mísero cadáver se levante

Ordena; y eligiendo mil guerreros

Entre toda la hueste, de Palante

La fúnebre custodia y postrimeros

Honores les encarga: que delante

Lleguen de Evandro, y tristes mensajeros,

Consuelo den, pequeño á duelo tanto,

Mas á un padre debido en tal quebranto.

XIV.

Otros, en este medio, con presteza

De encina y de madroño acopian rama

Con que féretro blando se adereza

Hecho de zarzos en flexible trama:

Verde toldo de rústica maleza

Forman despues á la funérea cama,

Y los miembros del jóven delicado

Tienden en fin sobre el hojoso estrado,

XV.

Cual flor, por dedo virginal cogida,

De muelle viola ó de jacinto tierno,

Que áun formas guarda y esplendor de vida

Falta de jugo y del favor materno.

Dos túnicas Enéas en seguida

Saca, que en leda ostentacion de interno

Afecto dió, labradas de su mano,

La excelsa Dido al capitan troyano.

XVI.

Triste él con una y otra (de ambas era

Grana el fondo, que fino oro recama)

Cubrió el cuerpo, y la hermosa cabellera

Veló, que pronto abrasará la llama.

Cautivas armaduras aglomera

Que de Palante son conquista y fama,

Y en larga serie desfilar ordena

Cuantos ganó despojos en la arena.

XVII.

Allí arneses, caballos. Sordo al ruego

Ya las manos atras ligado habia

A los mancebos cuya sangre al fuego

Dará, en obsequio que al finado envía.

Manda á los mismos capitanes luégo

Arboles lleven que á la luz del dia

El nombre ostente del que fué vencido

Por trofeo, y sus armas por vestido.

XVIII.

Bajo la carga de la edad maltrecho

Acétes miserable en pos se lleva,

Y ora á golpes ofende el flaco pecho,

Ora uñas fieras en su rostro ceba,

Ó de la tierra sobre el duro lecho

Largo se extiende, y su dolor renueva.

El carro de Palante ya aparece

Que con rútula sangre se enrojece.

XIX.

Y Eton, su buen corcel, á su mesnada

Se avanza, del marcial jaez desnudo,

La faz en gruesas lágrimas bañada,

¡Que tanto en él el sentimiento pudo!

Otros su asta y morrion (cinto y espada

Turno se reservó) llevan, y mudo

El ejército á pié la marcha cierra,

El cuento de las lanzas vuelto á tierra.

XX.

Paróse Enéas, cuando en larga hilera

La pompa funeral pasó adelante,

Y dió en alto gemido su postrera

Despedida al cadáver ya distante:

«La misma de la guerra ley severa

A otros llantos, ¡oh máximo Palante!

Y á nuevo afan nos llama. ¡Salve, amigo,

Por siempre, y para siempre adios te digo!»

XXI.

Calló, y á sus reales se encamina

Tendiendo al alto muro. Allí, entretanto,

Llegados son de la ciudad latina

Embajadores, que de olivo santo

Con la rama adornados peregrina

Piden tregua, en la cual los que sin llanto

Honroso á fil de espada yacen muertos,

Sean de tierra por piedad cubiertos.

XXII.

Tregua piden y paz con los finados,

Y que armisticio Enéas á varones

Conceda, á quienes diera ya dictados

De huéspedes y suegros. Las razones

El Troyano aprobó de los legados,

Y añade, al otorgar tan justos dones:

«¡Latinos! ¿qué fortuna indigna os cierra

En estos lazos de forzada guerra?

XXIII.

»¿Por qué á nuestra amistad fuisteis esquivos?

Paz para aquellos me pedis que muertos

Han sido en el combate;--¡áun á los vivos

Quisiera yo otorgarla! A vuestros puertos

No vine con intentos ofensivos,

Mas sumiso al mandato de hados ciertos

Mansion perpétua á establecer. Tampoco

A guerra yo vuestra nacion provoco.

XXIV.

»De la hospitalidad faltando al fuero

El rey Latino en Turno armado fia.

Que Turno á estrago tal, solo y señero

Se expusiese, ¿más justo no sería?

Pues quiere echarnos, y á poder de acero

La guerra terminar, aquí debia

Reñir conmigo; de los dos viviera

A quien Dios ó su brazo se la diera!

XXV.

»Hora los compañeros malhadados

Id á imponer en la funérea pira.»

Dijo. Atónitos callan los legados;

Cada uno, vuelto el rostro, al otro mira.

Dránces, que lustros ya cuenta avanzados,

Que contra el jóven Turno odios respira

Y en daño suyo acusaciones vierte,

Responde, al fin, por todos de esta suerte:

XXVI.

«¡Oh tú, máximo en lid, rico en blasones!

¿Cómo sabré á los cielos ensalzarte?

¿Cuál te honra más, lo justo en las acciones,

O lo sufrido en el rigor de Marte?

Gratos, príncipe, á tí, de tus razones

A la patria ciudad daremos parte;

Y si á ello la Fortuna abre camino,

Te enlazaremos con el rey Latino.

XXVII.

»Turno otro auxilio busque entónces: juro

Que á cuestas hemos de llevar de grado

Para cimiento del troyano muro

Piedras que cumplan lo que manda el Hado!»

A estas palabras con murmullo oscuro

Asienten los demas. Quedó pactado

Que dure, de los muertos en servicio,

Seis dias y otros seis el armisticio.

XXVIII.

Viéronse en él mezclarse los soldados;

Y vagando á la par teucro y latino,

Con hachas abatir por los collados

Fresno que herido cruje ó yerto pino,

Y los cedros rajar de olor cargados,

Con cuñas, y los robles, de contino,

Y quejigos de agreste cabellera

En plaustros gemebundos sacar fuera.

XXIX.

Entretanto la Fama voladora,

Que ya á Palante vencedor mentia,

De lúgubres alarmas nuncia ahora

En torno á Evandro va, llenando impía

Muros y techos donde Evandro mora.

Los Arcades acorren á porfía

Hácia las puertas, y segun costumbre

Antorchas asen de funérea lumbre.

XXX.

Brilla de luces prolongada hilera

Despartiendo los campos que ilumina.

La frigia turba, en tanto, plañidera

A los muros sus pasos encamina.

Reúnense ambos pueblos; ya la entera

Procesion á los techos se avecina:

Las matronas la ven, y altos lamentos

Por la triste ciudad dan á los vientos

XXXI.

A moderar á Evandro no es bastante

Fuerza humana. Allá vuela, allá se arroja,

Y deteniendo el féretro, á Palante

Postrado abraza, en lágrimas le moja,

Contra el seno le estrecha sollozante.

Cuando hubo apénas la mortal congoja

Dado paso á la voz, gimiendo dice:

«¡Ay hijo de mi alma! ¡ay infelice!

XXXII.

»En vano me ofreciste cautelarte

Del peligro fatal. Yo bien sabía

Cuánto en la guerra á seducir es parte

De la gloria el sabor; con qué energía

En el primer conflicto arrastra Marte

La juvenil ardiente fantasía!

¡Tristes primicias de tu edad lozana!

¡Dura preparacion de lid cercana!

XXXIII.

»¡Ay! que mis votos y mis preces nada

Me valieron. Y tú, bendita esposa,

No á tan fieros dolores reservada,

¡Cuánto fuiste, muriendo, venturosa!

Por modo opuesto, yo de mi jornada

He vencido la senda trabajosa,

De las pruebas triunfé del hado esquivo,

Y ya ¡padre infeliz! me sobrevivo.

XXXIV.

»¡Hubiera yo seguido los reales

Troyanos, y los Rútulos me hubiesen

A dardos abrumado, y pompas tales

A mí, no á mi Palante, aquí trajesen!

Mas aquellos banquetes fraternales,

¡Oh Teucros! no temais que hora me pesen,

En que la diestra os di como alïado;--

¡Golpe era aquéste á mi vejez guardado!

XXXV.

»Que si fué tu destino en tan tempranos

Años caer, cayeras á los ménos

--Muertos ántes mil Volscos á tus manos--

Guiando al Lacio el paso de tan buenos

Compañeros! Piadoso el Rey troyano,

Nobles Frigios y en masa los Tirrenos

Te han hecho, sí, muníficos honores;

Yo mismo no te hiciera otros mayores.

XXXVI.

»Traer les miro en árboles triunfales

Armados cuerpos que humilló tu acero.

Las fuerzas de la edad fuesen iguales,

Y gran tronco llegaras tú el primero,

Turno! --Mas ¡ay de mí! ¿por qué, mis males

Llorando, os privo del laurel guerrero?

Id ya, y á vuestro Rey en nombre mio

Llevad estas palabras que le envío:

XXXVII.

»_Causa eres tú que yo viviendo siga,_

_Muerto Palante, en este odioso suelo;_

_Pues nos debes de Turno la enemiga_

_Cabeza á mí y á él. De tí en mi duelo_

_Y de Fortuna esta esperanza abriga_

_Mi pecho. Para mí ya no hay consuelo_

_Humano; mas á un hijo en su honda estanza_

_Nuevas quiero llevar de su venganza!_»

XXXVIII.

Despierta con sus rayos celestiales

El nuevo dia, que en oriente raya,

Al usado ejercicio á los mortales.

Ya el padre Enéas, ya en la corva playa

Tarcon ha alzado piras, en las cuales

Vaya el Troyano y el Tirreno vaya

A colocar los muertos de su bando,

Los patrios ritos cada cual guardando.

XXXIX.

Arde la lumbre lúgubre, y oscura

Nube envuelve del cielo las regiones.

Revestidos de espléndida armadura

Tres veces han marchado los peones

En derredor del fuego que fulgura;

Y tres los de á caballo en sus bridones

Lustran la triste funeral hoguera,

Y lanzan de dolor voz lastimera.

XL.

Plañendo de consuno, el largo lloro

Riega el suelo y al par las armas riega:

De las trompetas el clangor sonoro

Y el clamor de la gente al cielo llega.

Quién á las llamas el marcial tesoro

A los Latinos arrancado, entrega:

Finos yelmos, magníficas espadas;

Frenos y ruedas, á encenderse usadas.

XLI.

Otro tal vez á la funérea pira,

Prendas notorias de los que ella abrasa,

Los escudos y aquellas armas tira

Que ántes ciñeron con fortuna escasa.

Mucho novillo en cerco arder se mira,

Híspidos cerdos, víctimas sin tasa

Traidas de los campos: hierro fuerte

Las rinde al fuego y las consagra á Muerte.

XLII.

Caros cuerpos por toda la ribera

Vense humear; y nadie se retira

De la que guarda medio extinta hoguera,

En tanto que en silencio húmeda gira

Tachonada de luces la alta esfera.

Y allá tambien innumerable pira

(Que allá gimen tambien tristes destinos)

Han alzado en su campo los Latinos.

XLIII.

Y á sus muertos, en parte, acogimiento

Bajo la tierra con piadosas manos

Mullen; otros envían á Laurento,

Llevan otros á predios comarcanos;

Y los demas sin distincion ni cuento

Hacinados consumen. Ya los llanos

En su vasta extension lucen doquiera

Con el émulo ardor de tanta hoguera.

XLIV.

Así como ahuyentó con luz serena

Gélidas sombras el tercero dia,

Ruedan la alta ceniza, y tibia arena

A los revueltos huesos que envolvia

Encima acopian... Mas oid cuál suena,

En esta de dolor larga porfía,

La ciudad y su alcázar opulento

Con mayor alarido y movimiento.

XLV.

Madres allí, ternísimas hermanas,

Y huérfanos y viudas la homicida

Guerra maldicen en querellas vanas,

Y la boda de Turno prometida:

Que las armas él solo empuñe insanas,

Que él solo, exclaman, con las armas pida

El imperio de Italia y la corona,

Y los sumos honores que ambiciona!

XLVI.

De las hembras dolientes el dictámen

Fiero apoyando Dránces, acredita

Que á Turno emplaza á singular certámen

El Troyano, y á solo Turno cita.

Parciales hay tambien que á Turno aclaman,

Ya abogando por él, ya en ronca grita:

Con cien trofeos triunfador le nombra

Voz popular; le da la Reina sombra.

XLVII.

En medio á tan ardientes altercados,

De vuelta de Argiripa floreciente

Veis aquí se presentan los legados

Que allá marcharon; y, con triste frente,

Que tan grandes trabajos empleados

Empeño fueron, dicen, impotente:

Nada han valido con el jefe griego

Dádivas, oro, ni apremiante ruego.

XLVIII.

Ó á otra alianza, pues, tentar camino

Ó proponer las paces al Troyano

Será forzoso. El mismo rey Latino

En profunda afliccion cayó. No en vano

Las claras muestras del furor divino,

Y los alzados túmulos del llano

Que recientes se ofrecen á la vista,

Incontrastable anuncian la conquista.

XLIX.

Y así el Rey de su corte á los primeros

Varones, en sus altos penetrales

Cita á solemne junta. Ellos ligeros

Van, llenando avenidas y portales.

Venerable entre tantos consejeros

Por sus canas é insignias imperiales,

Grave en medio de todos él se asienta;

Ni es ledo aspecto el que su faz ostenta.

L.

Y luégo á los legados que, cumplido

El cargo, han vuelto del etolio estado,

Manda que de tan grave cometido

Cuenten punto por punto el resultado.

Cesa ya de las lenguas el rüido,

Y obediente del príncipe al mandado,

«Vimos, conciudadanos, á Diomédes,»

Vénulo dice, «y sus argivas sedes.

LI.

»Asperezas vencimos del camino,

Y á término llegando, aquella mano

Tan temida tocámos por quien vino

A tierra un dia el gran poder troyano.

Triunfante el Rey, con próspero destino,

En los campos del yápigo Gargano

Echaba de Argiripa el fundamento,

Ciudad que así nombró del patrio asiento.

LII.

»Así que entrado hubimos, y licencia

Se otorgó á las palabras, nuestros dones

Ofrecimos, y nombre y procedencia

Declarámos al Griego: las razones

Expusimos despues, que á su presencia

Nos llevaron; la guerra que varones

Extranjeros nos mueven. Manso oyónos,

Y habló á su turno en apacibles tonos:

LIII.

«Antigua raza, Ausonios fortunados,

»Que en paz gozais de la saturnia tierra,

»¿Qué os instiga, viviendo sosegados,

»A provocar desconocida guerra

»Y en demanda á correr de nuevos hados?

»¡Oh! quien eso pretende, ¡cuánto yerra!

»Nosotros profanámos con el hierro

»A Troya; y ved nuestro ejemplar destierro!

LIV.

»No en las pérdidas sólo que nos cuesta

»El largo sitio, mi escarmiento fundo;

»Ni sólo el frigio Símois me amonesta

»De cadáveres lleno. Andando el mundo

»¿Qué atroz suplicio por sufrir nos resta?

»Doliera al mismo Príamo. Iracundo

»El astro de Minerva, y Cafereo

»Cruel lo sabe, y el peñon Eubeo.

LV.

»A otra zona lanzados, Troya hundida,

»Llegó hasta las Columnas de Proteo

»Peregrinando Menelao Atrida;

»Llegó Ulíses al antro Ciclopeo.

»¿Recordaré de Pirro la caida,

»Derribado el altar de Idomeneo,

»Y la locrina juventud, ahora

»De las líbicas costas pobladora?

LVI.

»El mismo miceneo Rey, que un dia

»De los grandes Aquivos tuvo el mando,

»Fué, entre su mismo penetral, de impía

»Consorte muerto bajo el brazo infando;

»Venció así á quien vencido á Troya habia,

»Villano burlador. Y yo, tornando

»Al patrio hogar, la deseada esposa

»No hube de ver ni á Calidonia hermosa.

LVII.

»¡Iras del cielo! Y áun aquí sombríos

»Me siguen y fatídicos portentos:

»Mudados ya los compañeros mios

»En aves, cruzan los delgados vientos,

»Siguen el curso á los desiertos rios

»(¡Inaudita expiacion! ¡fieros tormentos!)

»Y con fúnebres ecos de gemidos

»Hinchen ¡ay! los escollos maldecidos.

LVIII.

»Temer debí tan espantosos males

»Desde que en liza desigual, insano

»Pude atentar á cuerpos celestiales,

»Y á Vénus ofendí la diestra mano

»Con sacrílega herida. Horrores tales

»Finaron ya: con el poder troyano

»Guerra no tengo; ni mi antigua gloria

»Renuevo con placer en la memoria.

LIX.

»Yo, pues, en vuestro intento no conspiro:

»Antes bien, que volvais á Enéas cabe

»Esos presentes que traer os miro

»De la patria. Ya golpe á golpe, en grave

»Conflicto ya, de léjos, tiro á tiro,

»Probé yo mismo el arte con que sabe

»Empinar el broquel; la gran pujanza

»Con que él menea la fulmínea lanza.

LX.

»Fiad por tanto en la experiencia mia.

»Si el suelo ideo producido hubiera

»Dos héroes más como él, llegado habria

»A inaquios reinos el Dardanio, y viera

»Grecia en duelo trocada su alegría.

»¿Quién, sino Héctor y Enéas, de guerrera

»Inmensa muchedumbre opuso terco

»Antemural al estrechante cerco?

LXI.

»Ambos hicieron con su fuerte diestra

»Que un año, y otro, y diez, dia tras dia,

»Retrocediese la victoria nuestra:

»Iguales en esfuerzo y bizarría,

ȃste en virtudes superior se muestra.

»¡Oh! paz haced con él, donde ella os ria;

»Y huid toda ocasion que en lid acabe

»Y con sus armas vuestras armas trabe.»

LXII.

»Esto, ¡oh máximo Rey! en la ardua empresa

Falla el Griego y responde.» Habló; y creciente

Rumor, pasada la primer sorpresa,

Corre de boca en boca entre la gente,

Como raudal, en natural represa

De rocas detenido, que impaciente

Murmullo forma, y la ribera brama

Con el agua que bulle y se derrama.

LXIII.

Cuando cesó la agitacion primera

El anciano monarca abrió su boca,

Y habló de su alto solio en tal manera,

Despues que á las Deidades pio invoca:

«Quise yo que en sazon se definiera

Esta causa, ¡oh Latinos! Hoy que toca

Armado el enemigo á nuestras puertas,

Tarde á civil consejo están abiertas.

LXIV.

»En guerra nos hallamos importuna

Con recia, diva gente, que fatiga

No recibió jamás de lucha alguna,

Ni las armas depone, aunque enemiga

Redoble adversos golpes la Fortuna.

Nadie en extraños esperando siga;

Faltónos la alïanza del Etolo:

Cada cual en sí mismo espere sólo.

LXV.

»Dicho está, ciudadanos, cuánto sea

Esta esperanza individual mezquina;

¿Mas quién hay que no palpe luégo y vea

Que amenazado de fatal rüina

El público edificio tambalea?

A nadie vuestro príncipe acrimina:

Ha hecho el valor cuanto al valor es dado;

Todas sus fuerzas concentró el Estado.

LXVI.

»Qué ocurre ahora á mi indecisa mente

Atended; breve soy; aquesto creo:

Un territorio á par de la corriente

Tusca, de antiguo, cual sabeis, poseo,

Que hasta el confin sicano hácia occidente

Se dilata. A labranza y pastoreo

Dan Rútulos y Auruncos sus collados.

Parte bravíos, parte cultivados.

LXVII.

»Cedamos por la paz á los Troyanos

Esa áspera region, cuan larga yace,

Con los montes piníferos cercanos.

Iguales leyes de concorde enlace

Les daremos, y parte como á hermanos

En el reino. Pues tanto les aplace

Aqueste suelo, de temor seguros

En él se arraiguen y establezcan muros.

LXVIII.

Eneida; v. 2 de 2 · 第 11 / 15 段