A Turno su divina hermana exhorta

A que salte, y auxilio á Lauso preste;

Y él, á su voz arrebatado, corta

En carro volador la armada hueste,

Y, á los suyos mirando, dice: «Importa

Que treguas deis: yo lidiaré; sea éste

Combate singular; Palante es mio.

¡Así viese su padre el desafío!»

XCVI.

Dijo, y campo la turba le franquea

Pasmado oyendo aquel audaz mandato,

Y viendo el pronto obedecer, rodea

Palante á Turno con la vista un rato;

Por su cuerpo gigántico pasea

Los ojos: rabia muda en ceño ingrato

Muestra á distancia: al fin, sin más respeto,

Sale, y contesta del tirano el reto:

XCVII.

«Despojo opimo arrancará mi espada,

Ó, con gloria tambien, daré la vida.

A un caso y á otro apercibido, nada

Del padre ausente el ánimo intimida.

Modera tu soberbia desbocada!»

Dice, y avanza á do sus fuerzas mida:

El árcade escuadron tiembla y recela:

En los pechos la sangre el pavor hiela.

XCVIII.

De su carro á la vez Turno se apea,

De dos brutos tirado; y marcha al duelo

En silencio y á pié. Cual leon, que otea

En lontananza á un toro audaz que el suelo

Escarbando se apresta á la pelea,

Y á él de su alta guarida acude á vuelo,

Tal fué del adalid la semejanza

En el momento en que á lidiar se avanza.

XCIX.

Ya que Palante á Turno estar advierte

A tiro de asta, él desde luégo embiste,

Por si, premiando al más audaz, la suerte

Al ménos esforzado fausta asiste;

Y ántes al aire inmenso de esta suerte

Oró: «Tú, Alcídes, si de Evandro fuiste

Huésped, y amigo te sentó á su mesa,

¡Oh! dame ayuda en mi arriesgada empresa!

C.

»Haz que Turno me mire á él moribundo

Arrancarle las armas en despojos,

Sangrientas; y al cerrarlos hoy al mundo

Haz que me sufran vencedor sus ojos!»

Oyó Alcídes su voz, y en lo profundo

Del pecho comprimió tristes enojos

Haciendo inútil llanto. Jove al hijo

Estas palabras de consuelo dijo:

CI.

«A cada cual fijado está su dia;

De la vida los términos estrechos

Mortal ninguno traspasar podria;

Mas la fama extender con grandes hechos

Es dado á la virtud. ¿Hora sombría

A cuántos no abatió, gloriosos pechos

De sangre diva, al pié de la alta Troya?

Aun mi hijo Sarpedon se hundió en la hoya.

CII.

»Turno mismo á la meta señalada

Ya llega: el hado inevitable gira

Sobre su frente.» Dice, y la mirada

Del campo de los Rútulos retira.

Palante á esta sazon su lanza osada

Con grande esfuerzo á su adversario tira,

Y arranca de la vaina incontinente

La espada, que en su mano arde luciente.

CIII.

Allí el asta fué á dar donde eminente

La armadura protege al hombro, y pudo

Rasguño leve, al fin, al cuerpo ingente

De Turno hacer, despues que de su escudo

Las orlas penetró. Calmosamente

Fornido azcon que acaba en hierro agudo

Blandiendo Turno estuvo rato largo,

Y estas voces lanzaba en tono amargo:

CIV.

«Tú ahora probarás si es más certero

Mi dardo, y más que el tuyo penetrante.»

Dijo; y aunque de láminas de acero

Cubierto, y férreas planchas, de Palante

El broquel, y aforrado en recio cuero,

Por medio hendió la punta con vibrante

Empuje, y dividiendo la trabada

Loriga, el ancho pecho al triste horada.

CV.

El cual, en vano, arráncase caliente

El hierro de la llaga; sangre y vida

Huyen por una senda juntamente.

Agobiado cayó sobre la herida;

Aquel suelo enemigo con la frente

Ensangrentada hirió, y en su caida

Las armas resonaron. En voz alta

Así clamando Turno encima salta:

CVI.

«Id, Árcades; y á Evandro en nombre mio

Direis que al hijo, en la manera aciaga

Que por su culpa granjeó, le envío.

Que los honores últimos le haga

Permítole, consuelo, ¡ay de él! tardío,

Pues caro siempre el hospedaje paga

De Enéas.» Calla, y con la planta izquierda

Hace al yerto adalid que el polvo muerda.

CVII.

Del rico talabarte le despoja

Al mismo tiempo, el cual ostenta impresos

Cincuenta infaustos tálamos que moja

Sangre de esposos míseros, opresos

Por viles fembras, en mortal congoja

Vuelto el gozo nupcial: fieros sucesos

Que en chapas de oro ayer Clonio esculpiera;

Hoy de ello Turno ufano se apodera!

CVIII.

Mas ¡ay! alucinada fantasía

Del hombre, que la suerte venidera

No conoce jamás; jamás, el dia

De la dicha, sus ímpetus modera!

Tiempo será en que Turno compraria

La vida de Palante si pudiera,

Nunca manos pusiera en él, y á enojos

Este triunfo tendrá y estos despojos!

CIX.

Los Árcades, con gran gemido y llanto,

A Palante sacaron de la arena

Puesto sobre un escudo. ¡Ay triste! ¡cuánto

De gloria al genitor, cuánto de pena

Llevas! Róbate envuelto en alto espanto

El dia mismo que en la lid te estrena;

Mas no sin que ántes dejes de hombres muertos

Los campos de los Rútulos cubiertos!

CX.

En tanto á Enéas, no el susurro llega,

Sí mensajero cierto del fracaso;

Que es perdida, le dice, la refriega,

Si él no acude. A su voz se lanza, y paso

Se abre á filo de espada; en torno siega

Cabezas, ancho campo deja raso,

Y á Turno, que en su triunfo se encarniza,

Ardiente busca en la revuelta liza.

CXI.

No se apartan un punto de su mente

Palante, Evandro: aquellos fraternales

Banquetes á que huésped fué presente,

Aquellas diestras que estrechó leales.

Cuatro hijos de Sulmon, cuatro que Ufente

Nutriera, coge vivos, á los cuales

La amada sombra honrando él mismo hiera,

Y su cautiva sangre dé á la hoguera.

CXII.

De léjos lanza airada arroja luégo

A Mago, que mañoso el golpe esquiva

Y á sus rodillas con lloroso apego

(Por encima la lanza fugitiva

Pasó vibrando) exhala humilde ruego:

«Deja que á un padre yo, que á un hijo viva;

Hazlo en amor de ese hijo en quien esperas,

Por la sombra del padre á quien veneras!

CXIII.

»Rescate ofrezco: tengo una alta casa,

Y allí de plata, en sótano profundo,

Cincelados talentos, y sin tasa

De oro labrado y sin labrar abundo.

¿O piensas que á tu campo el triunfo pasa

Porque esta alma mezquina huya del mundo?

¿Qué gaje para tí, qué gloria es ésta?»

Enéas irritado le contesta:

CXIV.

«Libre herede tu prole, de oro y plata

Ese caudal que tu palacio encierra;

Turno, muerto Palante, el fuero mata

De los pactos y trueques de la guerra.

Esta es al padre, ésta es al hijo grata

Sentencia.» Dice; con la izquierda aferra

El yelmo, y hasta el puño en la doblada

Cerviz del suplicante hunde la espada.

CXV.

Ved al hijo de Hemon que se avecina,

Sacerdote de Febo y de Dïana:

Honra sus sienes la ínfula divina,

Y todo él resplandece, de galana

Ropa cubierto y de armadura fina.

Cierra Enéas con él, con furia insana

Le echa á tierra, y sobre él se regocija,

Y con sombra de muerte le cobija.

CXVI.

Recoge en hombros el soberbio arreo

Seresto: á tí, que el campo en sangre bañas,

Alzarle ha, rey Gradivo, por trofeo.

Ya en contra veo á Umbron (que las montañas

De los Marsos dejó), con él ya veo

Restablecer la lid con sus hazañas

A Céculo, hijo ardiente de Vulcano.

A ellos se lanza el adalid troyano.

CXVII.

El cual de un tajo derribado habia

A Anxur la izquierda mano y del escudo

El cerco ponderoso (Anxur, que fia

En cierta frase mágica, y desnudo

Por ella de temor, ya al cielo erguia

El pensamiento, y prometerse pudo

Edad prolija y venerables canas:

¡Todo error grande y esperanzas vanas!);

CXVIII.

Cuando, con armadura refulgente,

De Fauno que en las selvas habitaba

Y la ninfa Driope procedente,

Tarquito arrostra audaz su furia brava:

A éste la cota y el paves ingente

Con su asta misma él de traves entraba,

Y la cabeza al que, rogando, áun iba

Mil cosas á decir, hiere y derriba.

CXIX.

Y el caliente cadáver impeliendo,

Con pecho rencoroso dice encima:

«Madre aquí no vendrá, ¡jayan tremendo!

Que tu cuerpo con blanda tierra oprima,

Ni habrás patrio sepulcro. Te encomiendo

A las aves de presa, ó á la sima

Te lleven de la mar sus ondas vagas

Y peces gusten tus sangrientas llagas.»

CXX.

Luégo á Anteo y á Luca se convierte,

Avanguardia de Turno, al bravo Numa;

Y al hijo de Volcente, aquel Camerte

De faz bermeja, á quien riqueza suma

De tierras entre Ausonios cupo en suerte,

Y reinó en la callada Amicla, abruma;--

Caliente ya su acero, en la campaña

Desborda el héroe inatajable saña.

CXXI.

No de otra suerte contra el cielo un dia

Cien brazos Egeon y manos ciento

Ejercitaba en dura rebeldía,

Y de sus pechos inflamado aliento

Por las cincuenta bocas despedia,

Y de Jove á los rayos igual cuento

Contrapuso de escudos y de puntas,

Todos crujiendo, y amagando juntas.

CXXII.

Ya á los cuatro caballos se encamina,

Que briosos avanzan, de Nifeo;

Ven que los dientes con furor rechina,

Venle acercarse á paso giganteo,

Y temieron, y en fuga repentina

Dan al carro hácia atras brusco rodeo:

Quedó en tierra tirado el triste auriga,

Y vuela al mar la alígera cuadriga.

CXXIII.

Al campo en esto, rebosando en ira,

En carro llegan Líger y Lucago

Que alba pareja de caballos tira:

Las riendas rige aquél; haciendo estrago

Este la espada fulminante gira.

No sufrió Enéas el soberbio amago;

Y ya á los dos hermanos firme avanza,

Gigantesco de verse, alta la lanza,

CXXIV.

«Caballos de Diomédes frigia tierra

Aquí no ves hollar, ni aquesta brida

De Aquíles rige el carro: aquí la guerra

Acabará, y acabará tu vida!»

Esto Líger diciendo, ¡cuánto yerra!

Léjos voló su necio hablar. Ni cuida

Enéas con razones contestalle;

Con arma, sí, que de terror le acalle.

CXXV.

A aguijar los trotones se doblega

Lucago, y en sazon que echa adelante

El pié siniestro, á lid dispuesto, llega

Y la orla baja del broquel brillante,

Y la ingle izquierda luégo, el asta ciega

Taládrale. Rodando en el instante

Moribundo se arrastra el infelice;

Y en tono amargo el vencedor le dice:

CXXVI.

«No de enemiga fila espectro vano,

Ni ya de tus bridones tardo el vuelo,

Lucago, te entregó. Saltaste al llano

Sobre las ruedas por tu propio anhelo.»

Dice, y ase del tiro. El triste hermano

Del carro mismo se escurriera al suelo

Y las inermes palmas extendia,

Y esta plegaria balbuciente envía:

CXXVII.

«Por tí, y aquellos á quien es debido

Tu sér, ¡que con piedad, señor, me veas,

Y esta vida me dejes que te pido!»

Rogando sigue; y replicóle Enéas:

«No así hablabas en ántes, fementido;

Vé, y fiel hermano con tu hermano seas!»

Y con la espada el pecho vengadora,

Santuario del alma, hondo le explora.

CXXVIII.

Por el campo con ímpetu creciente

El dardanio adalid destrozos tales

Hacía, cual horrísono torrente

Ó cual negra legion de vendavales

Enfurecido. Y ved que de repente

Salen, desamparándolos rëales,

El infantil caudillo y sus soldados

Con dicha á dura extremidad llegados.

CXXIX.

«Amadísima esposa y dulce hermana!»

Así Jove entre tanto dice á Juno,

A ella vuelto de grado: «no fué vana

Tu prevision; auxilio da oportuno

Vénus sin duda á la nacion troyana:

Ni ánimo ellos viril ni ardor alguno

Tienen para la guerra (bien dijiste);

Ni fuerza ni constancia les asiste!»

CXXX.

Sumisa contestó la excelsa Diosa:

«Hermosísimo esposo de mi vida!

¿Por qué haces en esta ánima, medrosa

De tus duros mandatos, nueva herida?

Si áun dieses, cual debieras, á tu esposa

De aquel antiguo amor llena medida,

No me negaras, soberano dueño,

Sacar á Turno del sangriento empeño.

CXXXI.

»Y yo á Dauno su padre le tornara

Incólume... ¡Pues no! ¡ruede en el suelo,

Y en su sangre inocente enmienda cara

Tomen los Teucros! Por tercero abuelo

Cuente en vano á Pilumno; su preclara

Estirpe en vano se remonte al cielo,

¿Qué te importa? y de ofrendas mil en vano

Haya ornado tus pórticos su mano.»

CXXXII.

Así entónces le dió respuesta breve

El Señor del etéreo alcázar: «¿Plazo

Quieres mayor para el doncel que debe

Caer al fin bajo enemigo brazo?

Si eso te basta, no será que pruebe

Tu justo anhelo en mí duro rechazo:

Prófugo á Turno saca del combate,

Y que el golpe inminente se dilate.

CXXXIII.

»Y nada más: si á vueltas de tu ruego

Halagas encubierta confianza

De reprimir de la discordia el fuego

Y en los hados hacer total mudanza,

Hasta ese punto en mi poder no llego,

Y alimentas inútil esperanza.»

Tornó Juno, los ojos hechos fuente,

A hablar, y dijo así con voz doliente:

CXXXIV.

«¡Si lo mismo, Señor, que áun no deparas

En voz expresa, el corazon queriendo

Lo acordase, y la vida aseguraras

Que hoy á Turno perdonas! ¡No que horrendo

Fin le espera inculpable! ¿Ó á las claras

Yo, de asustada, la verdad no entiendo?

¡Ojalá que me engañe, y dé tu Alteza

Rumbo mejor á lo que á ser empieza!»

CXXXV.

Dijo, y de lo alto se lanzó del cielo

Moviendo tempestoso torbellino,

Cubierta en torno de nimboso velo:

A las haces troyanas y al latino

Campamento encamina recto el vuelo;

Luégo, á imágen de Enéas (¡oh divino

Prodigio!), de sutil vapor su mano

Un espectro fabrica hueco y vano.

CXXXVI.

Y de imitado arnes y falso escudo

Reviste á aquel fantasma; de la hadada

Cabeza del Troyano el penachudo

Morrion le finge, y la dardania espada;

Voz vana, acento de intencion desnudo

Le da, y remedo de viril pisada;

Cual soñada vision, ó aparecida,

Que se alza, dicen, al faltar la vida.

CXXXVII.

Ya el fingido guerrero sale á plaza,

Y acicalado á vista gallardea

De las primeras filas, y amenaza

Al contrario, y le llama á la pelea.

Encárasele Turno, y desembraza

Desde léjos la lanza que blandea,

Silbante: la fantástica figura

Vuelve la espalda y huye con presura.

CXXXVIII.

Cayó Turno en la red; y á la esperanza

De acabar con Enéas, aire toda,

El alma, lisonjero á la venganza,

Abrió sedienta, de placer beoda.

Y «¿A dónde, Enéas, vas?» grita, y se lanza;

«No, no abandones la ajustada boda!

Tierra que, hendiendo el mar, buscando vienes,

Te la dará mi diestra; aquí la tienes!»

CXXXIX.

Tales clamores, insensato, exhalas

Vibrando el hierro vengador, que envía

Centellas; ¡y no ves que el viento en alas

Tu deseo se lleva y tu alegría!

Echado el puente y puestas las escalas,

Pegada á un alto escollo estar se via

La nao en que de Clusio el rey Osinio

Llegara allí con militar dominio.

CXL.

A ella la sombra, tímida y ligera,

Corre á ocultarse. No se desconhorta

Turno, demoras vence, de carrera

Los altos puentes salta, al barco aporta.

Mas no bien de la proa se apodera,

Juno invisible ya la amarra corta,

Al lance atenta, y de la orilla suelto

El casco arrastra sobre el mar revuelto.

CXLI.

Ni ya el fantasma de ocultarse trata,

Mas alzándose en forma inconsistente

Oscura nube al aire se dilata.

Y miéntras busca á su rival ausente

En medio Enéas de la liza, y mata

A cuantos por do pasa le hacen frente,

Envuelto en impensado torbellino

Ya Turno de alta mar lleva camino.

CXLII.

Ingrato á un beneficio que no entiende

Tornó á mirar, y con doliente grito

Entrambas manos hácia el cielo extiende:

«¡Omnipotente padre! ¿Qué delito

Cometí, que tu saña así se enciende

Y mal tan grande sobre mí concito?

¿Qué es de mí? ¿dónde estoy? ¿Qué fuerza nueva

A dónde, en fuga, y como quién me lleva?

CXLIII.

»¿Acaso hácia Laurento rumbo sigo?

¿Ó volveré por suerte á mis reales?

¿Y qué dirán aquellos que conmigo

Vinieron á la guerra, y á los cuales

(¿Es verdad? ¡oh vergüenza!) al enemigo

Abandoné y á horrores funerales?

Ya, ya los veo que dispersos mueren;

¡Ay! ¡sus lamentos mis oidos hieren!

CXLIV.

»¡Abriese, á devorarme, una honda boca

La tierra! Ó vos, más bien, al ruego mio

Venid, ¡oh vientos! contra dura roca

Arrebatad piadosos mi navío;

Esperanzado en vos Turno os invoca!

¡Allá estrelladme en áspero bajío,

Do Rútulos no lleguen, ni importuna

Fama me siga ni memoria alguna!»

CXLV.

Dice, y en zozobrante afan no sabe

Entre intentos dudosos qué decida:

O si ya, enloquecido por tan grave

Afrenta, el pecho sin piedad divida

Con frenético acero; ó de la nave

Se arroje, y á poder de brazos pida

En su bélico ardor la orilla corva

Venciendo el ponto que lidiar le estorba.

CXLVI.

Tres veces uno y otro pensamiento

Traer á ejecucion el triste ensaya,

Y tres veces tambien su osado intento

La Diosa que le asiste puso á raya,

Condolida; y en blando movimiento

Hace que en brazos resbalando vaya

De hirviente espuma á términos seguros:

Del padre Dauno á los antiguos muros.

CXLVII.

Mezencio á esta sazon, por sugestiones

De Jove, suple del que huyó la falta,

Y con valor sereno las legiones

Teucras invade, á quien el triunfo exalta;

Embisten los tirrenos escuadrones

Al odiado adalid que al campo salta;

Contra él, todos contra él vuelven sus miras

Con densas armas y comunes iras.

CXLVIII.

Mas él, como alto escollo, inmoble, osado,

Que reina sobre el mar, y combatido

Por las ondas y vientos, sin cuidado

Oye de hondas y vientos el bramido,

Así resiste á un lado y á otro lado.

A Hebro Dolicaonio, sin sentido

Echa á tierra, y á Látago derriba,

Y á Palmo en su carrera fugitiva.

CXLIX.

No á estos dos de una suerte; que de roca

Con un pedazo enorme se adelanta

A Látago, y le aplasta rostro y boca;

Mas á Palmo una corva le quebranta,

Y déjale arrastrar, miéntras coloca

La ganada armadura, que levanta,

En los hombros á Lauso, y en la frente

El creston del rendido combatiente.

CL.

Mató luégo Mezencio al frigio Evante:

Y á Mimante, que á Páris compañía

Hizo, en edad y en gustos semejante:

Hécuba el hacha que soñado habia

Dió á luz la noche misma en que Mimante

A Amico de Teana le nacia:

Aquel reposa bajo el patrio cielo;

Cae éste oscuro en peregrino suelo.

CLI.

Cual jabalí que en años se aposenta

Allá en Vésulo, entre alto y alto pino,

O de selvosas cañas se apacienta

Oculto en el pantano Laurentino;

El cual feroz se pára, y nadie intenta

De cerca herirle, si á las redes vino

A colmilladas de uno y otro perro;

Los dientes cruje, eriza frente y cerro,

CLII.

Y á todo lado impávido amenaza;

Y á distancia dan voces y se airan

Los monteros en torno, y él rechaza

En sus lomos los chuzos que le tiran:

Contra Mezencio en semejante traza

Los que con justa indignacion le miran,

Muestran, no cuerpo á cuerpo, sus furores,

Sino á trechos, con dardos y clamores.

CLIII.

Vino ganoso de marcial trofeo

De la antigua Corito Acron, de griega

Raza, que por su fuga, su himeneo

Dejó sin consumar. En la refriega

Con ricas plumas y purpúreo arreo

Que su novia le dió, luciente llega.

Mezencio en un tropel aquella roja

Vislumbre vió, y alegre allá se arroja.

CLIV.

Tal, cuando altas majadas importuno

Ha rondado un leon con rabia hambrienta,

Si alguna cabra huyente ó ciervo alguno

Divisó de engreida cornamenta,

Salta á su presa, y, largo tiempo ayuno,

Abre ancha boca, crespa crin avienta,

Y á las entrañas con ardor se clava,

Y en negra sangre el rostro horrendo lava.

CLV.

Cayó el mísero Acron, y semivivo,

Batiendo con los piés la odiosa tierra,

Roto dardo ensangrienta. Fugitivo

Iba Oródes; pero hecho á franca guerra

Más que él, y ménos que él á plan furtivo,

No quiso herirle á salva mano, y cierra

Mezencio pecho á pecho, y le derriba,

Y con el pié y la lanza en él estriba.

CLVI.

Y dice: «¿Á Oródes el de insigne fama

Visteis, amigos, en la lid? ¡Pues hélo

Bajo mis piés!» Con él la turba clama,

Y el grito de victoria sube al cielo.

«Quienquier seas, tambien, tambien te llama,»

Repuso el moribundo, «aqueste suelo

No harás impune de mi muerte alarde,

Ni será, no, que la venganza tarde!»

CLVII.

Mezencio, con sonrisa que señales

De ira disfraza, replicó: «¡Tú muere!

El Señor de mortales é inmortales

Disponga allá de mí como quisiere.»

Pronunciando feroz palabras tales

La lanza arranca, sin que á más espere:

A eterna noche al mísero destierra

El férreo sueño que sus ojos cierra.

CLVIII.

Sacrator sin piedad á Hidaspe trata;

Triunfante á Alcato Cédico acomete;

Rapo á Partenio y á Orses, que recata

Gran fuerza, humilla; á Cronio y á Ericete,

Hijo de Licaon, Mesapo mata:

A aquél tendido en tierra, audaz jinete

Por su bridon indómito arrojado;

A éste pugnando á pié, de á pié soldado.

CLIX.

Ágis de Licia á estos combates vino,

Tambien como peon: con él Valero

Cierra, y le vence, insigne paladino

De prístinas virtudes heredero.

Salio á Tronio; Neálces, que camino

A flechas alevosas da certero,

A Salio hirió á su vez. Tal iba Marte

Mezclando el campo, igual á cada parte.

CLX.

Todo era estrago y confusion: caian

Vencidos á la par y vencedores,

Y ni los unos ni los otros cian.

De Jove en los altivos miradores

Pensar duele á los Dioses cuál porfían

Los hombres tan sin fruto en sus furores:

Vénus acá, allá Juno ven la riza;

Pálida Furia en medio se encarniza.

CLXI.

Viene Mezencio amenazante y feo

Gran lanza sacudiendo, como esguaza,

Orion á pié los golfos de Nereo

Con mole descollante, cual de caza

Tornando de los montes giganteo

Añoso fresno empuña á fuer de maza,

Corren sus piés sobre la humilde broza

Y allá entre nubes la cabeza emboza.

CLXII.

Tal va con grandes armas el tirreno;

Y Enéas, que veloz llegar quisiera,

Con los ojos le busca, de ardor lleno,

Allá á lo largo de enemiga hilera:

Firme el otro en su basa ve sereno

Al osado adversario á quien espera;

Mide el tiro á la lanza con la vista,

Y «¡Así esta diestra, que es mi Dios, me asista,

CLXIII.

»Y aqueste hierro que vibrante á Enéas,»

Dice, «en castigo á su insolencia arrojo!

¡Y á fe, Lauso, y á fe que con preseas

Que á ese bandido arrancaré en despojo,

Trofeo vivo de mi triunfo seas!»

Calla, y tira de léjos en su enojo

La silbadora lanza. Ella el escudo

Troyano hiere, mas entrar no pudo;

CLXIV.

Y á distancia en su vuelo rechazada,

Va de allí al noble Antor, y hondo camino

Le abre entre las costillas y la ijada.

Compañero de Alcídes, de Argos vino

Antor, y á Evandro unido, hizo morada

En ítala ciudad. Hoy ¡triste síno!

Cae de extraviado golpe: al cielo mira,

Y su Argos dulce recordando, espira.

CLXV.

Tocó á Enéas su vez: su lanza vuela,

Y lienzos, bronce triple y triple cuero

Traspasa á la ancha y cóncava rodela

De Mezencio; va á la ingle; pierde empero

Su fuerza allí: brota la sangre: vela

Gozoso el agresor; tira ligero

De la espada, pendiente al muslo, y salta

Sobre el herido, á quien la fuerza falta.

CLXVI.

De dolor y de amor lanzó un gemido

Y dejó por su faz correr el llanto

Lauso, en viendo á su padre mal herido.

¡Mancebo memorable! no en mi canto

Callaré tu alabanza; ni en olvido

Caerán (si á una virtud de precio tanto

Crédito ha de prestar la edad futura)

Tus nobles hechos y tu muerte dura.

CLXVII.

Perdido ya el vigor, la accion perdida,

Pasos Mezencio daba atras doliente,

Trayendo en el broquel la asta homicida.

Interpúsose entónces impaciente

El mancebo, y haciendo que divida

La atencion el troyano combatiente,

Entretiene la furia de la daga

Con que éste, alta la diestra, ávido amaga.

CLXVIII.

Así del vencedor el movimiento

Lauso embarga; y con alta gritería

Apóyanle los suyos, miéntras lento

El padre resguardado se desvía

Por la pelta del hijo. Armas sin cuento

Sobre Enéas la turba en tanto envía

De léjos; y él, ardiendo en furia nueva,

Firme y guarnido el choque sobrelleva.

CLXIX.

¿Quién vió tal vez en recio pedrisquero

Romper las nubes y azotar la tierra?

Huyen los labradores; y el viajero,

Como en alcázar natural, se encierra

En cava umbrosa ó sólido agujero

Que algun rio le ofrece ó agria sierra;

Y aguarda allí para seguir su via,

Que calme la tormenta y abra el dia:

CLXX.

Así de todas partes asaltado

Eneas se recoge y acoraza

Miéntras escampa el áspero nublado;

Y á solo Lauso increpa, á él amenaza,

Diciéndole: «¿Dó vas, dó vas, cuitado?

¿Qué audaz resolucion incauta abraza

Tu voluntad? A tanto no eres fuerte;

Tu atolondrado amor corre á la muerte!»

CLXXI.

No por eso el mancebo se modera;

¡Y cuál sube de punto y se derrama

Del Troyano el furor! Parca severa

A Lauso no perdona: de su trama

Vital recoge ya la hebra postrera.

¡Demente! él mismo el golpe adverso llama:

Vibrando Enéas el brioso acero

Por medio al infeliz lo esconde entero.

CLXXII.

Pasó el hierro la pelta (asaz ligera

Arma á tanta arrogancia) y la loriga

Que de hilos de oro tierna madre hiciera;

Llenóla en sangre; y triste se desliga

El alma, y á otro mundo huye ligera.

Ni pudo Enéas ya como á enemiga

Aquella faz mirar, faz moribunda

Que extraña palidez baña y circunda.

CLXXIII.

Tan bello ejemplo de filial ternura

Movióle á compasion, tiende la diestra

Y dice á Lauso: «¡Ay jóven sin ventura!

¿Ya el pio Enéas qué ha de darte en muestra

De homenaje á virtud tan noble y pura?

Al ménos tu ceniza él no secuestra;

¡Oh! si algo valen fúnebres honores

Al lado dormirás de tus mayores!

CLXXIV.

»Lleva esas armas, tu delicia enántes,

Y este consuelo en tu forzosa muerte,

Que caiste, no á manos infamantes,

Del grande Enéas bajo el brazo fuerte!»

Dijo, y á los parciales vacilantes

De tardos riñe, y alza á Lauso inerte.

¡Mísero Lauso! en sangre mancha aquellos

Que á la usanza aliñó pulcros cabellos.

CLXXV.

Entretanto á la márgen tiberina

Fuerzas cobrando el genitor doliente,

Con la linfa restaña cristalina

De la herida cruel la abierta fuente,

Y de un árbol al tronco el cuerpo inclina.

De un ramo más allá se ve pendiente

El yelmo duro, y el arnes pesado

Ocioso está sobre el tapiz del prado.

CLXXVI.

Flor de mozos guerreros le rodea:

Él anhelante, sin vigor que rija

Sus acciones, el cuello que flaquea

Apoya; y cubre el pecho con prolija

Rizada barba. Oir nuevas desea

De Lauso, en Lauso está su mente fija;

Y mensajeros de su afan cuitado

Envía, que le vuelvan á su lado.

CLXXVII.

Eneida; v. 2 de 2 · 第 10 / 15 段