»¿Hados á Italia le impelieron? Cierto:

¡Casandra en su furor le abrió la via!

Mas si hoy deja su campo, ¿el desacierto

Que en dejarle comete, es culpa mia?

¿Eslo, si da su vida á un soplo incierto,

Y el mando militar á un niño fia?

¿Que así la fe tirrena solicite,

Y quietos pueblos sedicioso agite?

XV.

»Pues si él de propio acuerdo torpe yerra,

¿Hay decir que á su mal Juno le acosa,

Y que Íris baja con mision de guerra?

¡Oh! ¡en el ítalo pueblo indigna cosa

Es llevar llamas con que á Troya encierra

Naciente; indigna en Turno (á quien la Diosa

Venilia madre fué, Pilumno abuelo)

Que en paz ocupe su nativo suelo!

XVI.

»¡Y cosa no ha de ser indigna y fea

En el Troyano, si una tierra extraña

Invadiendo feroz con negra tea

Tala y subyuga en torno la campaña!

No, si el suegro se apropia que desea

Y ajena esposa en el hogar apaña;

Ni ha de ser vergonzoso en frigias tropas

Mentir sus manos paz y armar sus popas!

XVII.

»Tú sí que á Enéas en peligros graves

Áun de las manos de los Griegos puedes

Redimirle, y al cuerpo echarle sabes

De aire y niebla sutil propicias redes;

Tú en Ninfas de la mar truecas sus naves:

¡Y á fuero haciendo estás tantas mercedes,

Y yo á tuerto he de obrar si en lado opuesto

Un corto auxilio á mis parciales presto!

XVIII.

»Ignore Enéas lo que ausente ignora,

Y tú olvídale en Páfos ó en Citera,

O en tus grutas de Idalia. No que ahora

En daño suyo, á una nacion guerrera

Provocas, y á una raza vencedora!

¿Quién de frigias reliquias acelera

El fin: yo, ó el que á los Griegos dando paso,

Causó de Troya misma el gran fracaso?

XIX.

»¿Rompiendo antigua paz con rapto insano,

Yo á Europa y Asia en militar porfía

Comprometí? ¿Yo al forzador troyano,

Cuando á Esparta asaltó, serví de guia?

¿Armas y amores ministró mi mano

Al grande incendio? ¡Entónces te cumplia

Por los tuyos mirar! ¡Al aire entregas

Injustas quejas hoy, hoy tarde llegas!»

XX.

Tal Juno declamaba. Asentimiento

Mostraban las Deidades sordo y vario

Murmurando entre sí; cual suele el viento,

Cuyos soplos el bosque centenario

Erizan en templado movimiento,

Y rondando el hojoso santüario

Crecen luégo en rumores murmurantes,

Nuncios de tempestad á navegantes.

XXI.

Habló entónces el Padre omnipotente,

El que todo lo rige y lo compasa

Con cetro universal. Profundamente

Enmudece á su voz el alta casa

De los Dioses; el éter eminente

Calla; tiembla la tierra en su ancha basa;

Encogidos los Zéfiros no alientan;

Los mares su encrespada pompa asientan.

XXII.

«Atentos escuchadme, y lo que os diga

Tened presente. Pues traer no es dado

Teucros y Ausonios á amistosa liga,

Ni tregua admite vuestro encono airado;

Ya bogue el uno en esperanza amiga,

Ya fie el otro en su presente estado,

O Rútulo adalid ó Teucro sea,

No ha de ser, no, que yo parcial los vea.

XXIII.

»Ora arribado hubiere á extraño suelo

Por suerte adversa al Ítalo, ó por vano

Error de patria y seductor señuelo,

A resistir embates el Troyano,

Ni á él redimo ni al otro. Ó gloria ó duelo

Lábrele á cada cual su propia mano:

El cetro universal yo á nadie inclino;

Por sí los hados se abrirán camino.»

XXIV.

Por las riberas del Estigio hermano,

Vorágines de negro ardiente lodo,

Juró lo dicho el Númen soberano:

La frente inclina, y al moverla, todo

Tiembla el Olimpo. A aquel debate vano

Término dando en tan solemne modo,

Se alzó del áureo solio: á los umbrales

Condúcenle entre sí los inmortales.

XXV.

El asedio estrechando á la muralla

Instan á la sazon por toda parte

Los Rútulos, cuidosos de tomalla

Con llamas vivas y sangriento Marte.

El troyano gentío entre su valla

Vese acosado, y de salir no hay arte:

¡Ay tristes de sus nobles campeones

Que las torres defienden y bastiones!

XXVI.

En ya ralo cordon cubren guerreros

El muro. Ambos Asáracos en vano

Se ofrecen, peleando en los primeros;

Timete Hicetaonio, Timbre anciano,

Y Asio, y Castor. Les fueron compañeros

De Sarpedon el uno y otro hermano,

Claro á par y Temon, á aquella guerra

Venidos desde Licia, noble tierra.

XXVII.

Veis al lirnesio Acmon, que arrastra inerte

Mole, parte de monte no pequeña,

Y, cual su hermano Menesteo, fuerte,

Y cual Clicio su padre, la despeña,

Todo el cuerpo tendiendo. De esta suerte

El agredido en arrojar se empeña

Ya volador astil, ya piedra grande;

Y hachas el agresor y dardos blande.

XXVIII.

Como perla de fúlgido destello

En rojo oro engarzada, cuyo oficio

Es dar adorno ya á la sien, ya al cuello;

Ó bien como con clásico artificio

Embutido marfil esplende bello

En terso boj ó terebinto oricio,

Tal Ascanio entre todos resplandece;

Tal descubierta la cabeza ofrece

XXIX.

El digno barragan que Vénus ama,

Y hermoso así por su cerviz de nieve

El tendido cabello se derrama,

Que á su frente hilo de oro ciñe leve.

Mnesteo allí tambien (á quien la fama,

Porque á él de Turno la expulsion se debe,

Ha engrandecido) á la defensa asoma,

Y Cápis, de quien Capua nombre toma.

XXX.

Tambien allí lidiando, los arpones

Lanzaste que homicidas enherbolas

A vista de magnánimas legiones,

Tú, que tu nombre, ¡oh Ismaro! arrebolas,

De ilustre orígen lidio con blasones,

Hijo de aquel país donde con olas

Doradas el Pactolo se desliza

Y cultivados campos fertiliza.

XXXI.

Así unos y otros, sin ganar terreno,

Recia lid pelearon todo el dia.

Y en tanto Enéas á la mar el seno,

Bogando en medio de la noche, hendia.

Pues él, dejado á Evandro, y al tirreno

Campamento venido, hablado habia

Al jefe: nombre y patria le revela;

Lo que ofrece le dice, y lo que anhela;

XXXII.

Y los recursos le describe luégo

Que ha asociado Mezencio á su venganza;

Píntale á Turno en sus enojos ciego;

Pondérale cuán poca confianza

Merece humano cálculo; y el ruego

Añade á la razon. A la alïanza

Tarcon se inclina, y, sin que instantes pierda,

Sus fuerzas une y ya la marcha acuerda.

XXXIII.

A un extranjero príncipe obediente,

Librada así del veto de los hados,

Entrégase á la mar la etrusca gente,

En los buques subiendo aderezados.

La real nave de Enéas en la frente

Muestra frigios leones sojuzgados,

En tanto que en su popa se alza el Ida,

Imágen á expatriados tan querida.

XXXIV.

Allí, en la popa, el ánimo constante

Con pensamientos bélicos fatiga

El grande Enéas. Muévele Palante,

A su izquierda sentado, á que le diga

Ya los astros que rumbo al nauta errante

En noche opaca dan con lumbre amiga,

Ya de su propia vida los azares,

Cuantos corrió por tierras y por mares.

XXXV.

¡Hora, Musas, abridme el Helicona!

¡Inspirad al cantor! Decidme, cuáles

Nobles salieron de la etrusca zona

En auxilio de Enéas; qué navales

Fuerzas ganosas de triunfal corona

Corrieron á los líquidos cristales.

Abrió Másico el rumbo: nao ferrada,

Ante todas su _Tigre_ sobrenada.

XXXVI.

Mil jóvenes reune su bandera

Que de Clusio vinieron y de Cosas,

Y con aljaba al hombro andan ligera,

Con arco audaz y flechas sanguinosas.

Lanza su nave á par de esta primera,

Con lucido escuadron de armas vistosas

Abante adusto, y un Apolo de oro

Presta á su popa tutelar decoro.

XXXVII.

Populonia, su patria, con seiscientos

Mancebos le acudió para la guerra,

No de experiencia militar exentos;

Elba, que hierro inagotable encierra,

Isla famosa, le envió trescientos.

Adivino del cielo y de la tierra

A quien tierra ni cielo nada oculta,

Tercer caudillo, Asila, al mar insulta.

XXXVIII.

Él interpreta lo que parla un ave,

Ve lo que abierta entraña significa,

Y de los astros los secretos sabe,

Y presagos relámpagos explica.

En masa hórrida y densa, tras su nave,

Arrastra mozos mil que calan pica:

Ciudad los reclutó que de Elis viene,

Nueva Pisa, y toscano asiento tiene.

XXXIX.

Sígueles de hermosura y de esplendores

Vestido Astur; Astur, que va fiado

En su potro y sus armas de colores:

Con voluntad unánime, de grado

Le acompañan trescientos guerreadores

Que su nativa Cérete han dejado,

Y á Gravisca insalubre, y la campaña

Que Pirgo ilustra y la que Minio baña.

XL.

Tambien, Cínira, á tí nombrarte cuido,

¡Oh de Ligures capitan valiente!

Ni á tí, Cupavo, dejaré en olvido,

Que llevas por insignia de tu frente

Un plumaje de cisne, envanecido

Penacho tuyo y de tu electa gente:

Amor fué vuestra culpa; vuestra gloria

Eternizar del padre la memoria.

XLI.

Pues Cisne amó á Faeton, le honró con llanto;

Y entre álamos frondosos, en su duelo,

De las hermanas á la sombra, en tanto

Que daba, dicen, al pesar consuelo

Con la música dulce de su canto,

Vistió de ancianidad el cano hielo,

Blandas plumas tomó, y alzóse en ellas,

Tendiendo en su clamor á las estrellas.

XLII.

El hijo á sus paisanos sigue ahora

Con pequeño cortejo: monta el grande

_Centauro_, y de los remos avigora

El movimiento, porque el monstruo ande:

El cual representado está en la prora;

Un asido peñon la arma es que blande,

Sobre el agua amagando lo suspende,

Y ya con larga quilla el ponto hiende.

XLIII.

Ocno tambien de su natal ribera

Una legion levó para la armada:

Del tusco rio y Manto la agorera

Hijo famoso: aquel que á tu morada

Muros y nombre (el de su madre) diera,

¡Oh ciudad en abuelos bien dotada

Que no de una, de triple estirpe vienes,

Y tribus cuatro en cada raza tienes!

XLIV.

Centro es comun á tan diversas gentes

Mantua; mas de su fuerza y poderío

En la sangre toscana están las fuentes.

Rencores granjeó Mezencio impío

Allí tambien: quinientos combatientes

Mincio conduce en vengador navío

Dende el padre Benaco al mar salado,

De verdes espadañas coronado.

XLV.

Marchando va majestuoso y lento

Auléstes: con cien árboles azota

El mar en levantado movimiento,

Y la masa de mármol hierve rota:

Es su nave un Triton, que corpulento

Con su concha los senos alborota

Del piélago cerúleo, y el semblante

Cerdoso imita de un jayan nadante.

XLVI.

Tiene el monstruo los miembros desiguales,

Busto viril y vientre de ballena;

Y, hendiendo con el pecho los cristales,

Medio hombre, medio pez, la espuma suena.

En treinta buques con caudillos tales

Así, en fin, el ejército se ordena

Que en pro de Troya por los mares vino

Con piés de bronce en líquido camino.

XLVII.

Desamparó los cielos aquel dia;

Ya en alto la alma Febe el hemisferio

En su carro noctívago impelia.

Enéas desvelado, al ministerio

De las velas atiende él mismo, y guia

Firme el timon. En esto, en coro aerio,

Ninfas, que fueron ya sus compañeras,

Mira venir festivas y ligeras.

XLVIII.

Ninfas, de húmidos reinos moradoras

Por superior mandato de Cibéles,

Que de la mar transfiguró en señoras

Tablas que fueron en la mar bajeles.

Juntas bullen, y tantas como proras

Férreas orlaron la ribera: fieles

Reconocen de léjos á su dueño,

Y le cortejan en tropel risueño.

XLIX.

Llegó jovial la que entre todas sabe

Las gracias del decir, Cimodocea;

Con la diestra la popa ase á la nave

Cuyo dorso ella misma señorea,

La izquierda boga en mudo afan süave,

Y nuevas dando á aquel que las desea,

«¿Velas,» le dice, «hijo de Dioses? Vela!

Y sús! con alas desplegadas vuela!

L.

»Troncos fuimos nosotras ya en el Ida,

Naves tuyas despues, del Oceano

Ninfas hoy. Como aleve á nuestra vida

El Rútulo atentó con fuego insano,

Nuestra divina Madre condolida

Mudónos: cables que anudó tu mano,

Mal de grado rompimos; y ella Diosas

Nos hizo de las mares espumosas.

LI.

»De tí, Enéas, venimos en demanda.

Entre muros y fosos, y en aceros

Envuelto Ascanio, arrostra con su banda

Del Latino los ímpetus guerreros.

Ya el sitio ocupan que tu voz les manda

Arcades y toscanos caballeros;

Mas no sin que abocar Turno se apreste

Entre ellos y el real su armada hueste.

LII.

»Animo, pues; y al despuntar temprano

De la próxima luz llama tu gente

Al arma; y el escudo que Vulcano,

Invicto dón de diestra ignipotente,

Te dió, con cercos de oro, embraza ufano.

Si tú confías que mi voz no miente,

De Rútulos atroz carnicería

Verá en pilas alzada el nuevo dia.»

LIII.

Dice; y como quien sabe el modo, y tasa

La fuerza, da á la popa, al irse, un tiento,

Y la despide, como astil que pasa,

Por hábil mano disparado, al viento:

Todas la imitan; la onda apénas rasa

Alígera la flota. El gran portento

Al punto Enéas vió con mente absorta;

Fausto agüero le juzga, y se conhorta.

LIV.

Y á la celeste bóveda serena

Vuelto, «¡Oh del Ida alma Deidad!» exclama;

«Madre que honras el Díndimo, y almena

Triunfal te ciñes, y al leon que brama

Trajiste á la coyunda que le enfrena!

Vén, vén propicia al pueblo que te llama!»

No dijo más. La Noche en tanto huia;

Y ya de lleno resplandece el dia.

LV.

Manda á su gente el adalid que apronte

Los aceros, que á bélicas señales

Preste el sentido, y al peligro afronte

Fuerzas cobrando á la ocasion iguales.

En pié él mismo en la popa, el horizonte

Domina, y á su vista los reales

Troyanos tiene. Con la izquierda luégo

En alto embraza su broquel de fuego.

LVI.

Lo vió el pueblo sitiado, y de los muros

Unánime clamor el aire envía;

Lanzan todas las manos dardos duros,

Creciendo la esperanza en osadía:

Tal grullas de Estrimon nublos oscuros

Cruzan con ruido en la region vacía,

De los Austros huyendo, y libres de ellos

Gritan gozosas con acordes cuellos.

LVII.

Oyó la voz que el entusiasmo exhala

Pasmado el sitiador, que tal no espera;

Hasta que, á ver tornando, mira en ala

Las popas arrimarse á la ribera

Y que en velas envuelto el mar resbala.

Ardele al héroe la gentil cimera,

Ígnea lengua en el aire es su garzota,

Y el escudo de oro incendios brota.

LVIII.

Así tal vez en noche vaga y pura

A los mortales pechos amedrenta

Fúnebre desatando allá en la altura

Cometa asolador su crin sangrienta;

Y así tambien terrífico fulgura

Fogoso Sirio en estacion sedienta,

Y de hambre y peste amenazando al suelo

Con su présaga luz contrista el cielo.

LIX.

Turno audaz áun por eso no desmaya;

A los que llegan repeler emprende

Antecogiendo la interpuesta playa,

Y así en su ardor los ánimos enciende:

«¡Mancebos! de las manos no se os vaya

La ocasion codiciada que os atiende:

En campo abierto, igual á cada parte,

Ya, ya podemos reducir á Marte.

LX.

»Recuerde cada cual lo que á su esposa

Y á su familia debe amenazadas,

Y á ejemplo tome tanta accion famosa

Que honró de sus mayores las espadas.

¡Sús! al agua corramos miéntras posa

Inciertas en la arena las pisadas

El invasor: atrevimiento pido;

Asiste la fortuna al atrevido!»

LXI.

Tal dice; y vacilante considera

Á quiénes dejará los bloqueados

Muros, con quiénes él á la ribera

Correrá. Por escalas sus soldados

Desde las altas popas echa fuera

Enéas á su vez. Cuál á los vados

A saltar se aventura, donde mira

Que el piélago desmaya y se retira;

LXII.

Cuál por los remos á bajar se afana.

Tarcon la playa explora, y do serena

Entrada observa, que ni espuma cana

Quebrantada murmura, ni el arena

Rehierve allí, mas en creciente plana

Se desliza la mar calmosa y llena,

Súbito á ese lugar proas convierte,

Y exhorta á sus guerreros de esta suerte:

LXIII.

«¡Selecta juventud! sobre esa orilla

Lanzad, lanzad con ímpetu de guerra

El robusto espolon á dividilla!

Batid el remo: en enemiga tierra

Abrase surco nuestra misma quilla!

¡Oh! si el suelo una vez mi mano aferra,

Nada me importa que en el punto mismo

Rompido mi bajel vaya al abismo.»

LXIV.

Dijo; y aquellos que con él navegan

Mueven el remo, y con acordes bríos

Por hender los latinos campos bregan

Impeliendo espumosos los navíos,

Hasta que á descansar las proras llegan,

Sin contraste de escollos ni bajíos,

En lo enjuto. No así, Tarcon, tu popa,

Que en un banco de arena áspero topa.

LXV.

Y allí en el agrio dorso, entre los vados,

Pende, y despues de vacilar instantes,

Fatigando las ondas sus costados,

Abierta enajenó los navegantes

Sobre las aguas. Remos destrozados

Les impiden, y escaños fluctuantes,

De los brazos la accion, y retrogradas

Los enredan de piés las oleadas.

LXVI.

Ni á Turno embarazó torpe tardanza;

Toda su hueste arrebatando fiero,

Sobre los Teucros retador se lanza.

Sonó el clarin. Enéas el primero

Contra la agreste muchedumbre avanza,

Y á hijos vence del Lacio (¡fausto agüero!)

A su encuentro, de todos adelante,

Vino Teon, descomunal gigante.

LXVII.

Al cual, del acerado coselete,

Y túnica con oro retesada,

Enéas las junturas rompe, y mete

Por el costado adentro honda la espada.

Con ella luégo á Lícas acomete,

Quien, ya en el claustro maternal salvada,

Infante, ¡oh Febo! te ofrendó su vida;

Fuéle piadoso el hierro, hoy homicida!

LXVIII.

Mató despues á Gias corpulento

Y al fornido Ciseo, cuyas clavas

Peones derribaban ciento á ciento;

Ni altos brazos ni hercúleas armas bravas

Les valieron, ni haberte el grande aliento

Heredado, ¡oh Melampo! á tí que andabas

Un tiempo al lado del invicto Alcídes,

Partícipe en sus suertes y en sus lides.

LXIX.

Veis á Faro, que voces da impotente;

Enéas crudo acero hunde en su boca.

Y tú, Cidon, que el blanco más reciente

Sigues de tu pasion de mozos loca

Siguiendo á Clicio, á quien la faz riente

Temprana edad de blando bello toca,

Tambien á golpes de dardania mano

Allí yacieras con tu ardor vesano;--

LXX.

Mas no; que cuando herirte se promete

Aquella mano, en ala en torno densa

Los siete hijos de Forco dardos siete

Lanzan, cada uno el suyo, en tu defensa:

En el divino escudo y el almete

Parte rebotan sin causar ofensa;

Parte van á la piel, y entrado habria

El hierro, cuando Vénus lo desvía.

LXXI.

Y al fiel Acátes vuelto dijo Enéas:

«¡Oh! dame, dame el arma que solia

Los cuerpos erizar de las aqueas

Postradas huestes en mi patria un dia,

Y á fe que contra Rútulos no veas

Golpe con ella errar la diestra mia!»

Dice, y á la venganza lisonjero,

Fornida lanza toma al escudero.

LXXII.

Voló el hierro que el héroe desembraza,

Y el escudo á Meon y la loriga

Atraviesa, y su pecho despedaza.

Acudiendo Alcanor con diestra amiga,

Al hermano al caer sostiene, abraza.

Mas su ímpetu furioso no mitiga

El asta, y sanguinosa en su carrera

Pasa el brazo á Alcanor, y áun sale afuera.

LXXIII.

Quedóle al infeliz pendiente y flaca,

Mal atada á los músculos, la mano.

Acude entónces Numitor, y saca

Del lacerado cuerpo del hermano

El venablo de Enéas, con que ataca

A Enéas mismo. Fué su arrojo en vano;

Que sólo á rasguñar un muslo alcanza

Al grande Acátes la sesgada lanza.

LXXIV.

De Cúres con los suyos Clauso vino

Presumido en su edad y lozanía.

Rígida lanza este adalid sabino

Desde léjos á Dríopes envía:

Bajo la barba abriendo hondo camino

Entra ella, y vida y voz róbale impía:

Su rostro enmudecido el suelo besa,

Y sangre de su boca mana espesa.

LXXV.

Sigue Clauso, y en modo vário atierra

Tres Tracios, de la estirpe enaltecida

De Bóreas; y otros tantos que á la guerra

Enviaron el padre de ellos, Ida,

E Ísmara su patria. Haleso cierra,

Y cierran los Auruncos en seguida,

Y Mesapo, aquel hijo de Neptuno,

En caballos insigne cual ninguno.

LXXVI.

Cada uno á su adversario al mar cercano

Lanzar intenta con ardiente brío:

Confin de Ausonia aquel humilde llano

Fué cerrado palenque al desafío,

Donde latino ejército y troyano

Disputan de la tierra el señorío:

Ya en pugna cada vez más densa y brava,

Brazo con brazo, pié con pié se traba.

LXXVII.

No de otra suerte en la region vacía

En desapoderado afan los vientos

Alzan tal vez descomunal porfía

Con fuerza igual de opuestos movimientos;

Y ni los nublos ni la mar bravía,

Ni entre sí los contrarios elementos

Ceden: larga es la lid, y en fiel persiste;

Todo, en conflicto universal, resiste.

LXXVIII.

Entre tanto los árcades soldados

Han venido á un lugar donde el terreno

Dejó un crecido arroyo de arrancados

Arboles, y rodadas piedras, lleno:

Soltando los trotones, mal hallados

En tan fragoso sitio á usar del freno,

Si supiesen, á pié combatirian;

Mas principiaron mal, y pronto cian.

LXXIX.

Palante dar les ve la espalda, y luégo

Mira al Latino que les va al alcance,

Y con voces ya amargas, ya de ruego

(Postrer recurso en tan difícil trance),

«¡Compañeros!» les dice, «¿un pavor ciego

Será que á fuga ignominiosa os lance?

Por tanto paso en que adquirísteis gloria,

Por tanta conquistada alta victoria,

LXXX.

»Por nuestro rey Evandro, y la esperanza

Que en vosotros cifró la ambicion mia,

Émula de mi padre á la alabanza,

¡Oh! ¡volved caras! Hay que abrirnos via

Entre enemigos á poder de lanza;

Y donde grupo hostil nos desafía

Más denso, por allí la Patria manda

Que atraviese Palante con su banda!

LXXXI.

»¡No hay Dioses en la lid! somos mortales,

Y es mortal el contrario que os aterra;

Brazos tenemos y ánimos iguales.

O á Troya ó á la mar: la mar nos cierra

El paso con sus moles colosales;

Troya nos llama; efugio no hay por tierra;

Amigos, elegid sin más tardanza!»

Dice, y entre el tumulto se abalanza.

LXXXII.

El primero en ponérsele delante

(A quien mala ventura su rüina

Aconseja) fué Lago: en el instante

Que un gran guijarro á desraigar se inclina.

Venablo duro voleó Palante,

E híncaselo allí donde la espina

Por medio las costillas demarcaba;

Ya adherido á los huesos, lo desclava.

LXXXIII.

Miéntras él á cobrar el arma atiende,

En venganza se arroja y en relevo

Del muerto amigo, Hisbon, y airado emprende

Sobrecoger el árcade mancebo.

Inútil fué su arrojo; le sorprende,

Mal prevenido contra golpe nuevo,

Palante, revolviendo de contado,

Y húndele el hierro en el pulmon hinchado.

LXXXIV.

Y á Estenio, y á Anquemolo, de la gente

De Reto antigua originario, embiste,

El cual de la madrastra osó impudente

Manchar el lecho, y hoy á Turno asiste.

Al filo de su acero juntamente

Caiste tú, Laride, y tú caiste,

Mísero Timbro, en los rutulios llanos:

Hijos de Dauco, idénticos hermanos.

LXXXV.

¡Cuán dulce el confundir los dos gemelos

Fué á sus padres! Con arma hora los pide

Que el suyo le ciñó, Palante; ¡y hélos,

Qué atroz desemejanza los divide!

Pues rodó tu cabeza por los suelos,

¡Oh Timbro! y dueño busca en tí, Laride,

Semiviva tu diestra cercenada,

Y áun los dedos crispando, ase la espada.

LXXXVI.

Sigue Palante, y penetrando el viento

Con un fiero lanzon que á Ilo dispara,

Clava á Reteo, que á la fuga atento

Su carro de dos potros alanzara

En medio á éste y aquél. Por un momento

Ilo así, sin pensarlo, el golpe pára;

Cayó el otro, y asurcan sus talones

El campo de las rútulas legiones.

LXXXVII.

Y fué así que Reteo en ese instante

De tí, gran Teutra, y de tu digno hermano

Tíres, dábase á huir; que de Palante

Ya entónces el ejemplo no era en vano:

No; que á su voz, á su ímpetu arrogante

El dolor y el pudor se dan la mano

A armar las de los Arcades, que anhelan

Venganza, y de él en torno densos vuelan.

LXXXVIII.

Tal, por diversos puntos, en verano

Pastor cuidoso un bosque incendia, y tales

Con el viento las haces de Vulcano

Vencen los interpuestos matorrales

Y unidas corren sobre el ancho llano:

Él, en alto sentado, los triunfales

Esfuerzos de las llamas y su ira

Con victoriosa complacencia mira.

LXXXIX.

Haleso, de otro lado, en armas fuerte,

Embebido en las suyas se adelanta,

Y á Féres, á Demódoco da muerte,

Y á Ladon. A Estrimonio, que levanta

El brazo, un tajo asesta, y cae inerte

La mano que amagaba á su garganta.

Con piedra hunde á Toante el cráneo, y huesos

Mezclados esparció de sangre y sesos.

XC.

Cuidó en las selvas ocultar temprano

Á Haleso, de desgracias agorero

Su padre; mas no bien cerró, ya anciano,

Los blancos ojos al sopor postrero,

Las Parcas, salteando al hijo arcano,

De Evandro le consagran al acero.

Contra él Palante, ántes que el dardo libre,

En sumisa oracion invoca al Tibre:

XCI.

«¡Padre Tibre!» murmura, «porque hiera

Al duro Haleso el corazon, envío

Esta arma voladora: en su carrera

Tú concede fortuna al hierro mio,

Y colgaré á una encina en tu ribera

El despojo marcial.» Oyóle el rio;

Y Haleso, á punto en que á Imaon guarnece,

El pecho al golpe arcadio inerme ofrece.

XCII.

Al gran fracaso del sin par guerrero

Temiendo que se arredre y desbarate

El ejército, avánzase ligero

Lauso, en la guerra alto poder: su embate

De frente Abante recibió el primero,

Que era el nudo y firmeza del combate;

Y sucumben tras él árcades gentes,

Y sucumben tirrenos combatientes,

XCIII.

Y áun vos, reliquias del rebato griego,

¡Oh Teucros! Ya ambas huestes férreos lazos

Con caudillos iguales, igual fuego

Traban, y abrevian de la lid los plazos:

Apremian los de atras; el tropel ciego

Menear no permite armas ni brazos;

Y á un punto acorren con vigor pujante

Contrarios entre sí Lauso y Palante.

XCIV.

En edad uno y otro floreciente,

Ambos son en belleza singulares,

Emulos en fortuna, ¡ay! que inclemente

Tornar les veda á los nativos lares;

Mas el Rey del Olimpo no consiente

Que lleguen á medir sus fuerzas pares:

A mayor enemigo reservados

Marchan los dos bajo terribles hados.

XCV.

Eneida; v. 2 de 2 · 第 9 / 15 段