»¡Rútulos! si teneis piedad alguna,

Todos aquí asestad; yo la primera

Caiga; ¡matadme!... Ó tú de mi fortuna

Duélete, ¡Padre de los Dioses! Hiera,

Hiérame un rayo tuyo: esta importuna

Memoria acabe: el Tártaro me espera;

Precipítame allá, pues de otra suerte

No es dado á esta infeliz que halle la muerte!»

CIII.

Lloran todos con ella; y ya al deseo

De combatir, con el comun quebranto

Las fuerzas van faltando. Actor é Ideo

A la triste, que enciende duelo tanto,

Acuden, por mandato de Ilioneo,

Y de Yulo, que vierte largo llanto;

Sustentándola en brazos se encaminan

A su hogar, y en el lecho la reclinan.

CIV.

Óyese del clarin el són agudo;

El canoro metal de alarma llena

Los campos, y ya el aire, en ántes mudo,

Con los ecos terríficos resuena.

Formada ya la militar testudo

De Volscos el ejército se ordena,

Y á cubrir apercíbese en batalla

El ancho foso y á arrancar la valla.

CV.

Buscan unos entrada, y por escalas

Á trepar se dirigen á la parte

Do las haces parece estar más ralas

Que coronan el muro y baluarte.

Se arman los Teucros á su vez; tan malas

Armas no habrá que no utilice el arte,

En que ya los formó la patria tierra,

De guardar plaza fuerte en larga guerra.

CVI.

Picas vibran, y áun vuelcan ya pedrones

Cuyo peso del Rútulo consiga

Romper los defendidos batallones.

¿Y qué? ¿será que conllevando él siga

Tan rudos golpes sin sufrir lesiones

Bajo la densa concha que lo abriga?

No; ni el número basta. ¿Veis do ileso

Marchando viene el peloton más grueso?

CVII.

Pues ya á esa parte misma risco horrendo

Los Troyanos arriman, ruedan: postra

Anchamente á los Rútulos cayendo

Y desbarata su ferrada costra.

La muchedumbre audaz, retrocediendo,

Tal lluvia en ciego asalto más no arrostra,

Y á los sitiados á ofender aspira

Sólo con flechas que de léjos tira.

CVIII.

Ostentando á su vez Mezencio insano

Su catadura amenazante y fea,

Viene por otra parte, y en su mano

Etrusco pino tenebroso humea.

Mesapo, prole de Neptuno, ufano

Porque indómitos potros señorea,

El vallado tambien romper decide

Y escalas ya para los muros pide.

CIX.

¡Oh Calíope! ¡oh Musas celestiales!

¡Inspirad al cantor! Cuántos encierra

Estragos ese campo funerales,

Decid; á quiénes Turno echó por tierra,

Y otros á otros tambien, cuáles á cuáles;

Desenrollad el libro de la guerra,

Y mi vista contemple aquellos hombres:

¡Vosotros los sabeis, decid sus nombres!

CX.

Con arduos puentes á asombrosa altura,

En oportuno sitio al aire vano

Erguíase una torre. Se conjura

A embestirla el ejército italiano

Con extremado alarde de bravura.

En agolpados grupos el Troyano

Defiéndela con piedras, y á porfía

Por troneras abajo armas envía:

CXI.

Turno osado, primero en los primeros,

Tira una hacha encendida, que se pega

A un lado de la torre: á los maderos,

Acrecentada por el viento, llega

La llama devorante. Los guerreros

Que adentro ven el gran peligro, en ciega

Confusion á salvar corren la vida,

Buscando en vano y de tropel salida.

CXII.

Y en tanto que se agolpan, en su anhelo,

Á un punto ajeno al fuego, se derrumba

Súbito por su peso el fuerte: el cielo

Con fragoroso estrépito retumba:

Y vienen, medio exánimes, al suelo,

No sin que la alta mole en pos sucumba,

Transfijos por sus armas los soldados

Y de duras astillas lastimados.

CXIII.

Á todos el tremendo golpe acaba,

Salvo á Helénor y á Lico. En años era

Tierno aquél: en secreto, de la esclava

Licimnia al rey Meonio le naciera;

A la guerra de Troya, aunque le estaba

Vedada, ella envióle. De ligera

Armado, iba inglorioso, con desnudo

Acero, y sin divisa el limpio escudo.

CXIV.

El cual mirando acá, y allá, y doquiera,

Mil haces que le estorban la salida,

Determina morir. Como la fiera

Que de perseguidores circuida

En densa red, contra la opuesta hilera

Se embravece en furiosa arremetida,

Y de un salto sin miedo ni esperanza,

Por cima de los dardos se abalanza;

CXV.

Así Helénor se arroja, y donde advierte

Más densa la erizada tropa, fiero

Entrando por allí corre á la muerte.

Lico miéntras, más que él de piés ligero,

A una fuga veloz fia su suerte

Entre tanto enemigo hórrido acero;

Trepa al muro, cubierto de Troyanos,

Y alto asidero busca, amigas manos.

CXVI.

Á la carrera Turno y con la lanza

Habiéndole seguido, ya cercano

Le mira, ya sobre él victoria alcanza.

«¡Qué! ¿de librarte de mi fuerte mano

Concebiste, demente, la esperanza?»

Dice, y cogiendo al que trepaba en vano,

No sin parte del muro á que se aferra

A sí le trae y le derriba en tierra.

CXVII.

Con uñas corvas por el vago viento

Á blanco cisne, así, ó á liebrezuela,

La armígera de Jove al firmamento

Arrebata feroz, y encima vuela;

Y al corderillo así, que anduvo á tiento,

Por quien la baladora madre anhela,

Roba el fiero animal que sirve á Marte.

Ya clama el sitiador por toda parte;

CXVIII.

Corre y los fosos terraplena, y pega

Antorchas á los muros, con desprecio

Del peligro de muerte á que se entrega.

A las puertas terrífico Lucecio

Llamas vibrando amenazante llega.

Venir le mira, y un peñasco recio,

Como roca de monte desprendida,

Lanzó Ilioneo, y él rindió la vida.

CXIX.

Ligro en Ematio, Asila en Corineo

(Hábil uno en lanzar venablo fuerte,

Otro, falaz saeta) atroz deseo

Sacian. Ceneo á Ortigio da la muerte;

Turno derriba al vencedor Ceneo,

Y á Itis, á Dioxipo deja inerte,

Y á Prómolo, y á Clonio, y á Sagares,

Y á Ida, que guardaba altos lugares.

CXX.

A Priverno quitó Capis la vida.

Habíale primero rasguñado

Temílas con su lanza. Él, que á la herida

Fué la mano á llevar, desacordado

Tira el escudo. En alas conducida

Vino una flecha, y al izquierdo lado

Clava su mano, entra, la entraña hiere

Que aire recibe y da, y el triste muere.

CXXI.

Arcencio, el de figura señalada,

Allí, de ibera púrpura luciente,

Su rico arnes y clámide bordada

Mostraba. (Le envió su padre Arcente

De la selva á la madre consagrada,

Do le criara, á par de la corriente

Del Simeto, que ve en ofrendas rico

El altar propiciable de Palico.)

CXXII.

Así como tan bellas galas mira,

Dardos suelta Mezencio, honda estridente

Toma, y tres veces la sacude y gira

En torno á su cabeza, y al de Arcente

Encaminando la amenaza, tira

Eala, forjada ya de plomo ardiente,

Y ambas sienes le pasa, y de la almena

Le hace caer á la tendida arena.

CXXIII.

Entónces dicen que por vez primera

Arco y flechas el príncipe troyano,

Temidas ya de fugitiva fiera,

Usó en guerra homicida; y por su mano

Mató á un fuerte guerrero, de quien era

Rémulo sobrenombre al de Numano,

Y por mujer, de Turno, poco hacía,

A la hermana menor tomado habia.

CXXIV.

El cual amenazando horrenda tala

Va delantero, y del reciente enlace

Haciendo y de sus fuerzas muestra y gala;

Y clama audaz cuanto decir le place:

«¡Oh pobres Frigios, los de suerte mala!

¿Tercer asedio enrojecer no os hace?

¿Y pensais que os serán reparo fuerte

Frágiles tablas contra instante muerte?

CXXV.

»¡Y tal linaje en actitud guerrera

Nuestras esposas pide, ó nuestras vidas!

¿Qué Dios os trajo, ¡míseros! qué fiera

Demencia á Italia? Aquí no hallais Atridas

Ni enlabiador Ulíses os espera;

Antes lo habreis con gentes aguerridas

Que su prole, al nacer, al rio llevan,

Y de agua y hielo en el rigor la prueban.

CXXVI.

»Juventud es la nuestra que se emplea,

Fatigando los montes, en la caza;

Que en manejar el arco se recrea,

Que en domeñar caballos se solaza.

No hay duro empeño á que inferior se vea:

Sobria, sufrida, inquebrantable raza,

Ó con rastro tenaz doma la tierra

Ó bate muros en abierta guerra.

CXXVII.

»Hierro es en todo tiempo nuestra usanza:

Si movemos la tierra, al buey tardío

Con el cuento aguijamos de la lanza:

Ni gustos muda ni el nativo brío

Edad provecta á quebrantar alcanza;

Yelmos dan á las canas atavío:

Mozo y viejo á la par conquistas hacen,

Y en vivir de despojos se complacen.

CXXVIII.

»Vosotros, los de ropas en que arde

Con el zafran el múrice de Oriente,

Teneis por dentro un corazon cobarde:

Es vuestra ocupacion ocio indolente,

Voluptuosa danza es vuestro alarde:

Con el frigio tocado ornais la frente,

De cintas rodeándola y de lazos,

Y en blandos pliegues enredais los brazos.

CXXIX.

»¡Oh Frigias, más que Frigios! ¡Id! Guarida

Alta el Díndimo os abre: á sus parciales

La flauta berecintia allá convida

Con la usual melodía; ¿y los timbales

No ois de la Deidad que reina en Ida?

Id al báquico estruendo, y las marciales

Luchas dejad á varoniles pechos;

A llevar armas no alegueis derechos!»

CXXX.

Á vueltas de sus fieros y blasones

No en calma Ascanio á tolerar se avino

Del jayan los dicterios y baldones:

Tiende el arco y atrae el nervio equino,

Los brazos en contrarias direcciones

Esforzando; mas, ántes que camino

Dé su mano á la flecha voladora,

Los ojos alza y reverente ora.

CXXXI.

«¡Oh Jove omnipotente! así me ampares

Y premies con el éxito que imploro

Mi empeño audaz; y ofrezco á tus altares

En sacrificio un jóven y albo toro

Que ya á las astas de su madre, pares

Yerga las suyas, retocadas de oro,

Que muestre corneando su ardimiento

Y polvo con los piés esparza al viento!»

CXXXII.

Oyóle el Padre complacido, y truena

Á izquierda mano, despejado el cielo.

Descargándose al punto el arco suena,

Y disparado el homicida telo

De la cuerda tirante se enajena,

El aire rasga en estridente vuelo,

Llega, y traspasa con el hierro insano

Las sienes cavernosas á Numano.

CXXXIII.

«¡Anda, soberbio, y al valor regala

Con burlas que el castigo desafían!

Los pobres Frigios, los de suerte mala,

Esta respuesta á tu arrogancia envían.»

Conciso Ascanio así su furia exhala.

Los Teucros, que admirados le veían,

En aplauso triunfal su nombre elevan

Y al cielo la esperanza en alas llevan.

CXXXIV.

Desde un punto sereno de la esfera

En una nube, sobre el aura pura,

Apolo, el de la hermosa cabellera,

Miraba en ese instante por ventura

El fiero asalto y la defensa fiera,

Y á Yulo vencedor así conjura:

«¡Bien hayas, jóven de inmortal destino!,

¡Sigue! ¡ése es de los astros el camino!

CXXXV.

»¡Bien hayas, nieto ya, y futuro abuelo

De Dioses! Cuanta guerra el hombre enciende,

Trocarse en paz verá dichoso el suelo

Reinando tu familia. A tí no extiende

Troya su hado cruel.» Dice, y del cielo,

Rasgando el aire vibrador, desciende

A Ascanio, y de sus formas se desnuda,

Y el rostro en el del viejo Bútes muda.

CXXXVI.

El cual del noble Anquíses escudero

Y su fiel guardapuertas fuera un dia;

Tiempos despues lo dió por compañero

A Ascanio Enéas, y por útil guia.

En la blanca cabeza y ceño austero

Apolo, andando, á Bútes contrahacia,

Y en la voz y el color y la apostura,

Y en el bronco sonar de la armadura.

CXXXVII.

Y á Yulo enardecido, «¡Hijo de Enéas!

¡Basta!» dícele el Dios, «basta á tu gloria

Que así á Numano castigado veas

Bajo tu brazo. Esta primer victoria

Apolo te concede, y, que le seas

Émulo ya en el arma venatoria,

No mira, no, con voluntad aviesa.

Mas tú ya en el combate, ¡oh niño! cesa.»

CXXXVIII.

Trunco el discurso, y la mortal figura

Deponiendo, á los ojos se evapora

El Dios, raudo cruzando el aura pura.

Descubrióse en la fuga voladora:

Leve han visto los jefes su armadura,

Y áun su aljaba alejarse oyen sonora;--

Y obedécenle ya: de la pelea

Apartan al garzon, que la desea;

CXXXIX.

Y al peligro otra vez sus corazones

Presentan. Por los muros va en aumento

El bélico clamor. Fuertes varones

Tienden el arco, ó del revuelto amiento

Tiran sus jabalinas y lanzones.

Todo de armas se cubre el campamento.

Huecos yelmos doquier suenan y escudo:

Con choques leves y con golpes rudos.

CXL.

Arrecia por momentos la batalla.

Naciendo las Cabrillas, de Occidente

Así tambien azotadora estalla

La lluvia; con granizo así estridente

Fiero turbion el piélago avasalla

Cuando el Eter, con austros inminente,

Empuja acuosa tempestad, y el trueno

A las cóncavas nubes rompe el seno.

CXLI.

Pándaro y Bícias, de Alcanor de Ida

Hijos, criados por la agreste Hiera

En la selva de Jove (en tal guarida

Ni arduo abeto ni cumbre hubo altanera

Que á aquellos mozos superior se mida),

La puerta que á guardar el Rey les diera

Abren; y en su gran fuerza ambos seguros,

Retan al enemigo á entrar los muros.

CXLII.

Á un lado y á otro armados aparecen

Adentro, á fuer de torres, con cimera

En que altivos plumajes resplandecen.

Tal orillas del Po, ó á la ribera

Del Atesis ameno, iguales crecen

Dos encinas de intonsa cabellera,

Y, el pié afirmando en el bañado suelo,

Mueven la vana cresta allá en el cielo.

CXLIII.

Los Rútulos, la entrada al ver patente,

Se lanzan. Cada cual con su cohorte,

Sin más tardar avanzan ya: Quercente,

Y Aquícolo, en las armas y en el porte

Hermoso, y Tmaro, de ánimo vehemente,

Y Hemon, alumno del feroz Mavorte:

Estréllanse en su arrojo, y los primeros

Dejan en el umbral vidas y aceros.

CXLIV.

Y, siguiendo á sus jefes los soldados,

Ya espaldas vuelven los que atras venían;

Mas cobra la ira hostil mayores grados,

Y otra vez atacar tal vez porfían.

Por su parte los Teucros, agolpados

Hácia aquel punto, más y más confían;

Y salen, y alejados de la puerta,

Persiguen al contrario en liza abierta.

CXLV.

El rey Turno que, en otra parte, insano

El espanto y la muerte á muchos lleva,

Oye que encarnizándose el Troyano

A abrir sus puertas orgulloso prueba;

Del asalto emprendido alzando mano,

Con ira que sus ímpetus renueva

Acude, acorre á la patente entrada

Por gemelos gigantes custodiada.

CXLVI.

Y á Antífate ante todos, que gallardo

Ante todos tambien la planta mueve

(Del alto Sarpedon hijo bastardo

Que le nació de una mujer de Tebe),

De itálico cerezo arroja un dardo

Que en su garganta, hendiendo el aura leve,

Va á hundirse: ancha la herida brota un rio,

Y arde, hincado al pulmon, el hierro impío.

CXLVII.

A Afidno luégo, á Mérope, á Erimante

Rinde, y á Bícias, que amenazas pára

Rugiente, con mirada centellante;

Contra venablos el arnes le ampara.

Ni azagaya lanzó Turno al gigante;

Con zumbadoras cuerdas le dispara

Falárica mortal cual rayo fiero:

A su empuje el taurino doble cuero,

CXLVIII.

Y áun con dobles escamas de oro fino

La fiel loriga resistir no pudo:

Desmayado el gran cuerpo al suelo vino,

Tembló la tierra y retumbó el escudo.

Con golpe así y estruendo repentino

Yerto pilar que giganteo y mudo

En ántes dominara el mar de Bayas,

Cae tal vez en las soberbias playas,

CXLIX.

Y rueda así con ímpetu y rüina

Y en el fondo del piélago se ensena:

Toda se turba la extension marina

Al impulso, y resurte negra arena;

Y estremécese Prócida vecina

Desde su asiento, y con espanto truena;

Truena el áspero lecho de Inarime,

Donde á Tifeo Júpiter oprime.

CL.

Entónces Marte armipotente asiste

Y enérgicos estímulos añade

A los Latinos, y de ardor los viste

(A los Troyanos á la vez invade

Con Pavor tenebroso y Fuga triste);

Y ya, porque en sus almas se persuade

El Dios guerrero y á la lid los guia,

Invasores acuden á porfía.

CLI.

Como, postrado el cuerpo y la faz muerta,

Al hermano infeliz Pándaro mira

Y el mal suceso ve, cierra la puerta;

Ella al empuje vigoroso gira:

Con sus hombros anchísimos cubierta

Él la tiene por dentro, y en su ira

A muchos de su gente allende el muro

Mezclados deja en el combate duro.

CLII.

Á otros, empero, de tropel, consigo

Adentro recibió. ¡Ciego y demente!

Que no ha echado de ver cómo al abrigo

De aquella confusion, entre la gente

El jefe del ejército enemigo

Siguiendo impetüoso la corriente

Penetra, como tigre despiadado

En medio de pacífico ganado.

CLIII.

Entran, pues. Mas de súbito á sus ojos

Brilla extraña vision: altos se mecen

Sobre yelmo gentil crestones rojos;

Crujen hórridas armas que estremecen,

Y luz fiero broquel vibra á manojos...

Al punto aquel semblante que aborrecen,

Y aquel brazo feroz que temen tanto,

Los Teucros reconocen con espanto.

CLIV.

Pándaro, en el furor á que la muerte

De su mísero hermano le arrebata,

Alzase entónces corpulento y fuerte,

Y «El palacio dotal no ves de Amata,»

Exclama, «ni Árdea es ésta que á tenerte

Abre el recinto de sus muros, grata

A un hijo vencedor. ¡Turno! has entrado

En campo hostil, y ya salir no es dado!»

CLV.

Y Turno, con sonrisa de bonanza:

«Mide, pues, esa diestra con la mia,

Y á Príamo dirás que en mi pujanza

Otro Aquíles topó tu cortesía!»

Con nudos y corteza áspera lanza

Pándaro desembraza; la desvía

Juno en su vuelo: á herir el hierro acierta

Los aires sólo, y se clavó en la puerta.

CLVI.

«No será cual la tuya inobediente

Arma de esta mi diestra manejada,

Ni ella sus golpes eludir consiente,»

Dice Turno; y se empina, alta la espada.

Y en la mitad descarga de la frente

A Pándaro tan recia cuchillada,

Que no paró sin que con ancha herida

Las impubes quijadas le divida.

CLVII.

Cae el jayan; y el suelo en són profundo

Treme, no acostumbrado á golpes tales.

Con sangre y sesos el arnes inmundo

Tiende en tierra, y á par descomunales

Sus miembros, el coloso moribundo;

A hierro en partes dividida iguales

Cuélgale la cabeza á entrambos lados;

Y cuantos miran esto huyen turbados.

CLVIII.

Si al vencedor al punto se ocurriera

A sus parciales franquear la entrada

Rompiendo con su mano la barrera.

Fuera aquella ocasion postrer jornada

A la emprendida lid, y luz postrera

A la raza de Príamo cuitada;--

Mas de sangre la sed, que sangre huele,

De los que huyen en pos loco le impele.

CLIX.

Y á Fáleris, y á Gíges, un jarrete

Habiéndole en la fuga herido, alcanza:

Con picas de éstos á otros acomete;

Juno el fuego le da de su venganza.

Clavó á Fégeo en su escudo, y arremete

Tras de Hális, y hácia aquellos ya se lanza

Que están desde los muros braveando:

Prítanis, y Halio, y Noemon, y Alcrando...

CLX.

¡Tristes! no le aguardaban. Se le aboca

Linceo, empero, entre ellos avisado,

Y contra él, aunque tarde, los convoca:

Turno se le adelanta, en un vallado

Se apoya, el hierro esgrime, y le derroca

De un tajo, con el yelmo destroncado

La segada cabeza. Y luégo á Amico

Postra, en despojos de la selva rico,

CLXI.

Cazador que cual nadie el arte y dolo

De enherbolar saetas conocia.

Mató despues á Clicio, hijo de Eolo;

Y á Creteo, á quien fué la compañía

Fiel de las Musas su deleite solo,

Su ejercicio el laud, la poesía

Su amor. Carros marciales, lides bravas

Siempre, ¡vate infeliz! cantando estabas.

CLXII.

Oyen los jefes que el peligro llama:

Mnesteo y el intrépido Seresto

Allá acuden, y al ver que se derrama

Medrosa turba ante invasor enhiesto

Que aterra la ciudad, Mnesteo exclama:

«¿A dó huis, insensatos? Más repuesto

¿Qué otro sitio hallareis ni más seguro?

¿Ó qué muro buscais allende el muro?

CLXIII.

»¿Un hombre triunfará de mil Troyanos

Áun en medio de vallas y de aceros?

¿Y él solo entre vosotros, ciudadanos,

Correrá haciendo impune estragos fieros?

¿Y para el Orco segarán sus manos

La flor de nuestros jóvenes guerreros?

¡Qué! ¿Dioses, Patria, Rey nada os merecen,

Ni os inspiran piedad ni os enrojecen?»

CLXIV.

Encorajados con palabras tales

Rehácense, y en densa infantería

Avanzan ya. Con armas desiguales

Pausadamente del combate cia

Turno, y hácia la parte en que fluviales

Ondas besan el muro, se desvía,

Miéntras con nuevo ardor y altos clamores

Auméntanse sobre él los ofensores.

CLXV.

Cual leon de monteros acosado,

Que los venablos contrapuestos mira

Receloso, y á paso retrogrado

Con miradas sañudas se retira:

El valor en su raza vinculado

Huir no le permite, ni la ira;

Mas por medio de la áspera barrera

Romper no puede, aunque romper quisiera;

CLXVI.

Así Turno tambien dudoso y lento

Retrocediendo va; mas no desmaya,

Y arde en vivo furor su pensamiento.

Embestir una vez y áun otra ensaya,

Y una vez y otra su ímpetu violento

Pone á muchos en fuga, á otros á raya;

Pero al fin en su daño se congregan

Cuantos hay en el campo y juntos llegan.

CLXVII.

Ni ya la hija de Saturno osa

Confortar al ahijado en su porfía

Con nuevo aliento; que á Íris vaporosa

Júpiter mismo desde el cielo envía,

Y, encaminados á su régia esposa,

Mensajes no süaves le confía,

Que abandonar á Turno ordenan, caso

Que de los muros él no arredre el paso.

CLXVIII.

Nada el mancebo, pues, con el escudo,

Nada ya con la armada diestra puede;

¡Tanto el asalto arrecia áspero y rudo!

Hace que en torno de sus sienes ruede

Ruido asordante, el incesante, agudo

Repiquete del yelmo: ábrese, y cede

La armadura de bronce á las pedradas;

Las rojas plumas vuelan arrancadas.

CLXIX.

Contra nube de dardos enemiga

¿Qué hará la copa de un broquel? Circunda

A Turno ya la multitud; le hostiga

Mnesteo con su lanza furibunda:

Mana el sudor copioso en su fatiga;

Raudal como de pez su cuerpo inunda:

Fáltale aire vital; convulso aliento

Al moribundo pecho da tormento.

CLXX.

¡Ved! con todas sus armas de repente,

Como último arranque de su brío,

Arrójase á las aguas. Blandamente

En su rojo regazo el sacro rio

Recíbele, y sumido en su corriente,

Sangre, polvo y sudor le lava pio,

Y devuélvele en ondas sosegadas

Hermoso de su gente á las miradas.

LIBRO DÉCIMO.

I.

El palacio de Olimpo omnipotente

Se abre entretanto. El Padre de inmortales

Y Rey supremo de la humana gente

A concilio en las salas siderales

Convoca. Él desde allá ve el continente,

Y las huestes del Lacio, y los reales

Troyanos. Altos Númenes asoman,

Y en el ámplio conclave sillas toman.

II.

«¡Celícolas ilustres!» Jove empieza;

«¿Por qué mudais de acuerdo? ¿Por qué insanos

Os dais á pelear con tal crueza?

Yo vedara que Italia á los Troyanos

Resistiese; ¿en qué cóleras tropieza

Mi voluntad? ¿Por qué terrores vanos

Acá el uno, allá el otro á lid se lanza

Y va el hierro á empuñar de la venganza?

III.

»Ya la hora sonará de las batallas

(No el tiempo acelereis), cuando Cartago

Rompa el Alpe, y de Roma á las murallas

Descargue por la brecha horrendo estrago.

Podreis entónces desbordar sin vallas

Hasta rapaces triunfos vuestro amago:

Hora enfrenadle, y con semblante amigo

Benditas paces afianzad conmigo.»

IV.

Conciso Jove habló. Ménos somera

Fué la espléndida Vénus, que en su duelo

Vuelta al Padre razona en tal manera:

«¡Rey y eterno Señor de tierra y cielo,

Divina Majestad! ¿ni en quién pudiera,

Sino en tí, mi dolor hallar consuelo?

Los Rútulos me insultan: ¡mira, mira

Cómo entre ellos soberbio Turno gira!

V.

»Ya con propicio Marte hinchado llega

Al cerco; audaz le invade: mal seguros

Traban los Teucros áspera refriega

Puertas adentro y en sus propios muros;

Su misma sangre ya los fosos ciega.

Enéas, ¡ay! sus míseros apuros

Ausente ignora. ¿Y contra el duro asedio

Nunca tú, nunca ya darás remedio?

VI.

»Renace Troya, mas con ella nace

Otro ejército hostil como el aqueo;

Ni se alza en pié, sin que, saliendo audace

De Arpos etolia, el hijo de Tideo

Otra vez á sus muros amenace.

No han de cerrarse ya mis llagas, creo;

Armas que á esta hija tuya ántes hirieran,

Mortales armas, hoy tambien me esperan!

VII.

»Si á hurto ya de tí, ó á tu despecho,

Fueron á Italia los Troyanos, lleven

La justa pena del culpado fecho;

¡No tus furores, tu justicia prueben!

Mas si camino solamente han hecho

A do Dioses y Manes á ir los mueven

Una vez y otra vez, ¿quién tus mandados

Torcer intenta y reformar los hados?

VIII.

»¿Quién? ¿Ya no has visto en sicilianos mares

Nuestras naves arder?... ¿No desencierra

Éolo sus alados auxiliares?...

¿Íris no baja con mision de guerra?...

Y hoy, porque áun parte tomen los hogares

Independientes de Pluton, á tierra

Sale Alecto, de allá abortada, y cruza

A Italia, y cual bacante iras azuza!...

IX.

»Del prometido imperio nada alego;

¡Pude esperarle en hora más dichosa!...

¡Venza hoy quien quieras! Mas si en su odio ciego

Á mis Teucros negar juró tu esposa

Todo terreno hospicio, esto te ruego

Por Troya hundida y su reliquia humosa.

¡Sálvese Ascanio del feral combate;

Al nieto, ¡oh Padre! tu favor rescate!

X.

»Torne Enéas al mar, y rumbos déle

Voltaria Suerte en ondas ignoradas.

Mas este niño... verle me conduele;

Yo le quiero librar de las espadas:

Yo á Citera ó á Páfos llevaréle,

O á Idalia y sus pacíficas moradas,

Donde robado al militar rüido

Consuma el tiempo en inglorioso olvido.

XI.

»Y reinen, si te place, hijas de Tiro;

Cartago á Ausonia oprima en férreo mando;

Y de este infante y su feliz retiro

Nada teman... ¡Mas oh remate infando!

¿A los Teucros para eso en largo giro,

El hierro y fuego asolador burlando,

Que venciesen dejaste mil azares

Por tantas tierras y por tantos mares?

XII.

»¿Y hoy que á Troya restauren en el Lacio

Consientes, porque caiga en nueva guerra?

¡Valiera más que en el yermado espacio

Que de sus padres la ceniza encierra

A alzar tornasen imperial palacio!

Su Janto y Símois, su nativa tierra

Vuélveles, ¡ay! Si á muerte los destinas,

Perezcan de la patria en las rüinas!»

XIII.

Habló á su vez con ímpetu iracundo

La reina Juno: «La ocasion me obliga

Un silencio á romper largo y profundo,

Y el gran dolor á divulgar que abriga

Secreto el corazon. ¿Quién ya en el mundo,

Dí, mortal ó inmortal, es el que instiga

A Enéas á la ofensa? ¿Quién le mueve

A que al buen rey Latino guerras lleve?

XIV.

Eneida; v. 2 de 2 · 第 8 / 15 段