Que al fin--cuando por líquidos caminos
Hayan á las itálicas arenas
Llegado, y en los campos laurentinos
Puesto á su capitan, de mal ajenas--
Su sér mortal las naves de tus pinos
Pierdan, y cada cual se trueque en Dea,
Cual Doto de Nereo ó Galatea,
XXII.
»Y esotras que, del mar húmedas Diosas,
Cortan con pecho de marfil liviano
Del piélago las capas espumosas.»
Por las riberas del Estigio hermano
Con torrentes de pez vortiginosas
Juró lo dicho el Númen soberano;
La frente inclina, y del Olimpo dueño,
El Olimpo estremece con su ceño.
XXIII.
Cumplido el plazo por las Parcas fuera,
Llegaba, en fin, el prometido dia:
De la flota á apartar la llama fiera
Turno á la Diosa en su feroz porfía
Constriñe. En esto iluminó la esfera
Nueva luz; nube inmensa Oriente envía,
Cruzar la ven el ámbito sereno
Y que coros del Ida hinchen su seno.
XXIV.
Y una voz resonó tremenda y clara
Que á Rútulos envuelve y á Troyanos:
«¡Teucros! á defender mi flota cara
Alados no acudais ni armeis las manos;
Cual si los mares á incendiar probara,
Saldrán de Turno los intentos vanos.
¡Huid, diosas del mar! ¡Cada una horra--
Vuestra madre os lo manda--el ponto corra!»
XXV.
Y suéltase cada una en tal momento
Del cable que la tuvo prisionera;
Y de proa zabullen, y el asiento
Solicitan del piélago, á manera
De nadantes delfines; y ¡oh portento!
¡Oh pasmo! cuantas vido la ribera
De bronce en su recinto ancladas proras,
Tantas vírgenes surgen bullidoras.
XXVI.
Los Rútulos temblaron: del espanto
Mesapo mismo poseer se deja
Que á sus caballos alborota; en tanto
Que, formando sus ondas ronca queja,
No á impelerlas se anima el Tibre santo,
Medroso, y de la mar la planta aleja.
Mas del audace Turno nada alcanza
A abatir la soberbia confianza.
XXVII.
Ántes enciende, y entusiasmo inspira
Con su elocuencia: «Este prodigio,» exclama,
«A los Troyanos solamente mira
Infausto. Si es que Júpiter los ama,
Hoy su auxilio á las claras les retira;
Ya sobra nuestro acero y nuestra llama,
¿En el mar qué les queda ni en la tierra?
Sendas de salvacion el mar les cierra:
XXVIII.
»Nada esperan allá, y en nuestras manos
Acá la tierra ven; que mil legiones
Itálicas la cubren. Hoy, hoy vanos
Esos presagios son y predicciones.
Que orgullosos ostentan los Troyanos;
¡Qué! ¿de Ausonia en las fértiles regiones
Ya no surgieron? Con lo cual sobrado
A Vénus dióse y á la ley del Hado.
XXIX.
»Yo tambien tengo mi inmutable síno:
A una gente de esposas robadora
Destruir por la espalda es mi destino!
De los Atridas el dolor, yo ahora
Lo pruebo: ni á Micénas sola avino
Ser de justa venganza ejecutora!...
¿Qué capital castigo una vez basta?...
¿Mas si la ruina la maldad no gasta?
XXX.
»Esos golpes mortales de la Suerte
Leccion han sido que enseñar podia
Contra toda mujer odios de muerte!
¡Demente obstinacion! Ved cómo fia
En valla y foso, contra golpe fuerte
Breve retardo, la nacion que un dia,
Aunque obra de Neptuno mal seguros
Vió en llamas perecer sus altos muros!
XXXI.
»¿Quién ahora, elegidos compañeros,
De vosotros, vendrá á meter conmigo
El hacha en esos frágiles maderos?
¿Quién á invadir ese tremente abrigo?
No; ni armas de Vulcano, ni guerreros
Buques mil, contra mísero enemigo
He menester; y porque más se aneguen,
Que todos los Etruscos se les lleguen!
XXXII.
»Ni teman de nosotros, cual del Griego
Que robó el Paladion, cobarde, oscuro,
Cruel asalto, ni que al vientre ciego
De un caballo trepemos; no: les juro
Que en pleno sol y cara á cara, el fuego
En torno llevaremos de su muro;
¡Y así, que con los Dánaos no pelean
Que Héctor diez años entretuvo, vean!
XXXIII.
»Mas la parte mejor pasó del dia;
Y porque bien habeis entrado, el resto
Justo es dar al descanso y la alegría,
Y esperad nueva lid con nuevo arresto.»
Así habló Turno; y á Mesapo fia
El dar, enfrente á las salidas, puesto
A vigilantes tropas delanteras,
Y las murallas rodear de hogueras.
XXXIV.
Toca á catorce jefes escogidos
El cerco de la plaza; cien soldados
Atentos á cada uno dan oidos:
Y ya con roja pluma empenachados
Rondan, en oro espléndido ceñidos:
Remúdanse: en la hierba recostados
Encomiéndanse á Baco, y se solaza
Vaciando cada cual su henchida taza.
XXXV.
Hacen guardia, al fulgor de las hogueras,
Y jugando entretienen el desvelo.
Desde lo alto, á la vez, de sus trincheras
Mirando están el ocupado suelo
Los Troyanos; y puertas y barreras
Requieren, no sin tímido recelo;
Y las torres con puentes relacionan,
Y las ceñidas armas no abandonan.
XXXVI.
Mnesteo y el intrépido Seresto
Dirigen la defensa. Para cuando
Sobreviniese temporal funesto,
Enéas, al partir, á ambos el mando
Encomendó de aquella gente. Puesto
Cada cual, los peligros sorteando,
Con solícito afan á ocupar vuela,
Y hacen todos por turno centinela.
XXXVII.
Niso una puerta á la sazon guardaba,
Niso, el hijo de Hírtaco, guerrero
Terrible, á quien el Ida, cuna brava,
Selvática mansion, por compañero
A Enéas envió, con llena aljaba
Y firme dardo cazador ligero:
Euríalo con él, gallardo mozo
A quien apénas apuntaba el bozo.
XXXVIII.
Más que Euríalo hermoso, armas troyanas
Mancebo no vistió; verle enamora:
Fueron en paz y en guerra almas hermanas
Los dos; comun deber los junta ahora.
«¡Euríalo! ¿algun Dios á las humanas
Mentes dará este afan que me devora?»
Niso dice: «¿ó su propio terco anhelo
Cada uno juzgará ser voz del Cielo?
XXXIX.
»A la lid, ó á algo grande, arduo, me instiga
Implacable hace rato el pensamiento.
¿Cuál confianza el Rútulo no abriga?
¿Ves? rara luz alumbra el campamento:
Los vence el vino, y ya el sopor los liga;
Ningun rumor se siente ó movimiento
En la vasta extension. Mi interna lucha
Contempla ahora, y lo que pienso escucha:
XL.
»Quieren todos, el Pueblo y el Senado,
Llamar á Enéas, y enviarle quienes
Hagan fiel relacion de nuestro estado.
Si me prometen lo que pida, y vienes
Tú en llevarlo (yo quedo asaz pagado
Si glorioso suceso honra mis sienes),
Iré; que al pié de aquel collado, creo,
Hay senda cierta al monte Palanteo.»
XLI.
Quedó atónito Euríalo con esta
Revelacion; y ya con sed de fama
El ánimo encendido, así contesta
Al noble amigo que en su ardor le inflama:
«Niso, tu ingenio á conquistar se arresta
Tanta gloria, ¿y contigo al que te ama
No has de llevar? ¿Y yo sin compañía
Tanto riesgo arrostrar te dejaria?
XLII.
»¡No! á más nobles acciones fuí criado
Cuando, naciendo entre el marcial rüido
Y las desgracias de mi Patria, alzado
Me hubo en brazos Oféltes, aguerrido
Varon, mi padre; y luégo acá, á tu lado,
A más altos objetos he venido,
Miéntras siga por áspero sendero
Al buen Rey mio hasta el confin postrero.
XLIII.
»Hay aquí un alma que la vida en nada
Aprecia ante la gloria. Con mi vida
Yo tu gloria daré por bien comprada.»
Niso á esto replicó: «Jamás temida
Fué por mi en pecho heroico accion menguada;
¡No! así Jove, así el Dios que en mi partida
Haya de ser de mi intencion testigo,
A los brazos me vuelva del amigo!
XLIV.
»Mas atiende: si ya fortuna loca,
Desdichada ocasion, deidad esquiva
(Que á casos tantos mi ambicion se aboca,
Cual ves), en este lance me derriba;
De ambos, á tí sobrevivir te toca,
Que no á mí, por tus años: sobreviva
Quien mi cuerpo, del campo del combate
Traido, ó recobrado por rescate,
XLV.
»Mande á la tierra;--ú honras, y, vacía,
Me dedique una tumba, si es que fiera
Niega aquello la suerte... ¿Y yo sería
Quien, causando fracaso igual, hiriera
El tierno pecho de una madre pia
Que, excepcion entre ancianas, va doquiera
Siguiéndote, garzon, en nuestras huestes,
Y el regio hospicio despreció de Acéstes?»
XLVI.
«Vanas razones en tejer porfías,»
Interrumpe el intrépido mancebo:
«Abreviemos el paso; no en mis dias
Me apartarás de la intencion que llevo.»
Y diciendo, despierta á los vigías,
Que por órden acuden al relevo.
Sigue Euríalo á Niso; á andar empiezan,
Y al príncipe los pasos enderezan.
XLVII.
Por los campos los otros animales
Ya anegaban en sueño sus cuidados
Y la ingrata memoria de sus males.
Trataban á ese tiempo, congregados,
De la ardua situacion los principales
Caudillos y la flor de los soldados:
¿Qué haremos, dicen, en angustia tanta?
¿Quién hácia Enéas moverá la planta?
XLVIII.
En pié están, en mitad del campamento,
Apoyado cada uno en luenga lanza,
Puesto al brazo el escudo. En tal momento
Llegaron, y agitados de esperanza,
Los dos piden audiencia: un pensamiento
Anuncian, que con creces la tardanza
Resarcirá que causen. Acogida
Les da Ascanio, y á Niso á hablar convida.
XLIX.
El cual les dice: «Sin injusto ceño,
Nobles jefes, oid nuestras razones;
Ni por la edad juzgueis de nuestro empeño.
Yacen los enemigos escuadrones
Entorpecidos del licor y el sueño:
Campo á nuestras astutas intenciones
Propicio allí se ofrece, do la puerta
Que mira al mar, dos sendas abre incierta.
L.
»Negro vapor al cielo enviando, humea
Á largos trechos moribundo fuego.
Si permitiereis que ensayado sea
Por nuestras manos de fortuna el juego,
Y á la ciudad vayamos Palantea
A buscar nuestro jefe, luégo, luégo
Terrible con la sangre y los despojos
Le gozarán presente vuestros ojos.
LI.
»Y no temais que entre el silencio mudo
Andando de la noche, un extravío
Avenga: en estos sitios á menudo
Hemos cazado, y desde valle umbrío
Descubrir la ciudad la vista pudo,
Y explorado tenemos todo el rio.»
Calló Niso; y Alétes, noble viejo,
Sabio varon de magistral consejo,
LII.
«Númenes, cuyo brazo patrocina
A Troya!» exclama: «á fe que á los Troyanos
No preparais una total rüina
Cuando así en años suscitais tempranos
Ímpetus tales de virtud divina!»
Y á ambos ciñe los hombros, y las manos
Estréchales, y en llanto de alegría
El rostro humedeciendo, proseguia:
LIII.
«Premios á vuestros méritos iguales,
Mancebos, ¿dó hallaré que os galardonen?
Lo primero, los Dioses inmortales
Y las propias conciencias os coronen!
Apreciadores de servicios tales,
Segunda recompensa á fe que os donen,
Enéas hoy, y cuando llegue el dia
Ascanio, que olvidaros mal podria.»
LIV.
«Más digo,» Ascanio interrumpiendo exclama;
«Por los Lares de Asáraco, y el fuego
De Vesta inextinguible, y cuantos ama
Grandes Dioses mi casa, Niso, os ruego
Volvais el padre al hijo que lo llama,
Que se cuenta sin él perdido y ciego:
Mis esperanzas y el destino mio
Yo en vuestros pechos sin reserva fio.
LV.
»Venga él, y en gozos trocará lamentos,
Y el hado amansará que nos maltrata.
Dos vasos de abultados ornamentos,
Que él ya ganó en Arisba, obra de plata,
Dos trípodes tambien, y dos talentos
Grandes de oro, os dará mi mano grata;
Ni añadir una antigua taza olvido
Que recibí de la sidonia Dido.
LVI.
»Que si el hado me otorga que conquiste
El itálico suelo, y se sortea
Espléndido botin, óyeme: ¿viste
El caballo en que Turno gallardea
Y las doradas armas que se viste?
Tuyo el caballo con las armas sea,
Exentos, Niso, del comun despojo;
Tuyo el escudo y el penacho rojo.
LVII.
»Que añadirá mi padre á dones tales
Doce hermosas esclavas, adivino;
Luégo, doce cautivos, con marciales
Arreos cada cual; y de Latino,
En fin, los predios rústicos reales.
En cuanto á tí, mancebo peregrino,
A quien mi edad sigue el alcance, lazos
Anudando de amor te doy mis brazos;
LVIII.
»Mi corazon te doy, y te recibo
Desde aquí por perpetuo compañero:
De hoy más, sin tí gozosas no concibo
Glorias, que dividir contigo quiero.
Ya el laurel me corone ó ya el olivo,
En todas ocasiones tú el primero
Amigo, á quien el alma nada esconde,
Mio serás!» Euríalo responde:
LIX.
«Nunca, nunca será que yo desdiga
De este animoso arranque; así la suerte
Amiga se presente... ¡ó enemiga!
Mas que ante todo premio pido, advierte:
Tengo una madre, de la estirpe antiga
De Príamo, á quien no razon tan fuerte,
Ni patrio sol, ni regio hospicio, nada
Hubo que de seguirme la disuada.
LX.
»Yo parto sin hablarla; ella, ¡ay! no sabe
Cuántos riesgos el hijo desafía!
Por la noche y tu diestra, que no cabe
En mí á su llanto resistencia impía;
Venciérame. Consuelo tú süave
Sé, y arrimo, á la pobre madre mia!
Si en tí fincar esta esperanza puedo,
Iré al peligro con mayor denuedo.»
LXI.
Con lágrimas responden de ternura
Los Troyanos presentes. Renovado
El recuerdo del padre, Ascanio apura
Su afecto en él; y el rostro hermoseado
Con llanto, dice: «En esta ardua aventura,
Euríalo, no temas resultado
Que á tan glorioso acometer no cuadre;
Sí, tu madre tambien será mi madre.
LXII.
»Llamárase Creusa, y madre fuera
Mia del todo: en cambio es madre tuya,
No pequeño renombre. Comoquiera
Que esta empresa magnánima concluya.
(Júrolo por mi vida, á la manera
Que ántes mi padre), ó ya te restituya,
Ó no, próspera suerte, honra no escasa
Siempre daré á tu madre y á tu casa.»
LXIII.
Dice Ascanio llorando, y desanuda
Del hombro al punto una dorada espada,
No de su vaina de marfil desnuda,
De Licaon cretense obra extremada:
Una, de leon despojos, piel velluda
Mnesteo á Niso da: con él celada
Permuta Alétes. De metal cubiertos
Marchan los dos, con hados ¡ay! inciertos.
LXIV.
Los siguen los caudillos principales
Hasta las puertas, jóvenes y ancianos
Con votos y plegarias. Bríos tales
Ascanio ostenta y pensamientos canos
No ya cual de su edad; y mil filiales
Mensajes encomienda: ¡intentos vanos!
Las fugaces palabras recogían
Vientos que á sordas nubes las confían.
LXV.
Salen, pues, y los fosos ya salvados,
Envueltos en la sombra, la carrera
Encaminan á campos malhadados
En que á muchos la muerte ántes espera:
Ven rendidos á trechos los soldados
Y los carros en alto en la ribera;
Entre armas, ruedas, bridas, vino y todo
Mudo yace el ejército beodo.
LXVI.
Habló el hijo de Hírtaco primero:
«¡Euríalo! osar mucho importa ahora;
Propicia es la ocasion, y éste el sendero.
Tú, no se alce tal vez mano traidora
A hacernos por la espalda un desafuero,
Ten alerta la vista indagadora;
Que yo dando la tala en torno mio
Por ancha brecha conducirte fio.»
LXVII.
Dice, y hace silencio, y á Ramnete
Que en su alta tienda y cama entapizada
Daba roncos bufidos, arremete
Con brazo firme y con desnuda espada.
Rey á un tiempo y augur, á quien somete
El rey Turno sus dudas, fué; mas nada
Valieron artes al dormido mago
Contra el poder de un invisible amago.
LXVIII.
Á tres pajes que entre armas, mezcla ciega,
Yacen, y al escudero y al auriga
De Remo, al pié de sus caballos, llega
Y las flojas cabezas les desliga
A hierro; al amo, en pos, el cuello siega,
Y el tronco deja que abortando siga
Raudales: de cadáveres sembrada
En cálido cruor la tierra náda.
LXIX.
Y á Lamo oprime, á Lámiro, á Serrano,
Mozo éste de gentil fisonomía
Que hasta tarde despierto estuvo, en vano,
Con el mucho jugar; ya en fin dormia
Puesto en brazos de un sueño asaz temprano,
Con el mucho beber. ¡Feliz si al dia
Aguardase! si, hurtándose al sosiego,
Igualara la noche con el juego!
LXX.
Como leon que, en el furor agudo
De hambre voraz, entre el rebaño vaga
Tierno de carnes y en su espanto mudo,
Que hinche el aprisco, y ya le aferra y traga;
Brama su boca ensangrentada: crudo
Así Niso se ceba: irle á la zaga
Euríalo no quiere, y muertes hace
En la ignorada grey que en torno yace.
LXXI.
Él á Ábaris y á Fado asalto fiero
Y á Herbeso y Reto dió: Reto, que en vela
Todo viéndolo está; medroso empero
Tras una jarra enorme el bulto cela:
En su pecho, al erguirse, entra el acero
Que, sacado, mortal caso revela:
Vierte el triste la vida, y sangre y vino;
Y el nocturno agresor se abre camino.
LXXII.
Ya al cuartel de Mesapo va, do espira
Sin pábulo la lumbre: allí la hierba
Paciendo atados los bridones mira.
Niso en breves palabras (pues observa
Cuán léjos va llevándolos la ira
Que matando se enciende y exacerba)
Dijo: «La odiosa luz próxima advierto:
No más sangre; ancha senda hemos abierto.»
LXXIII.
Mucha arma allí, mucha maciza plata,
Mucho vaso y riquísimo tapete
Abandonan. Euríalo arrebata
Para sí de Mesapo el justo almete,
Que al viento plumas de color desata;
Despues que los galones de Ramnete
Y el cinto, que áureos clavos ornamentan,
Alzó: en vano sus hombros los sustentan!
LXXIV.
(De Cédico opulento éstas un dia
Galas fueron; el cual al tiburtino
Rémulo como prenda las envía
De alma hospitalidad y afecto fino:
En legado, al morir, éste las fia
Al nieto, y con su muerte, en guerra, vino
A manos de los Rútulos la rica
Herencia, y al más fuerte se adjudica).
LXXV.
Salen ambos del campo, y ya por via
Segura echan á andar. En tal momento
Respuestas para Turno conducia
Parte de una legion: tres veces ciento
Jinetes son;--atras la infantería
A marchar se apercibe:--de Laurento
Salieron adelante, y á su frente
Va, con broquel cual los demas, Volcente.
LXXVI.
Llegan ya al campo y muro, cuando aquellos
Bultos miran que á izquierda mano tienden.
El yelmo de Mesapo da destellos
Que entre el nocturno clarear ofenden
La vista á quien observe: huyes, mas ellos,
Desmemoriado Euríalo, te venden!
«No equívoca vision mi mente inflama,»
De en medio del tropel Volcente clama.
LXXVII.
Y «¡Alto!» intima: «¿quién sois? decid; ¿de dónde
Ó á dónde os dirigís? ¿Á qué bandera
Adscritos militais?» Nadie responde:
Uno y otro á los bosques acelera
El paso, y á la noche, que le esconde,
Fiado huyendo va. Sin más espera
Cierran al bosque entradas y retretes
En alas desplegados los jinetes.
LXXVIII.
Selva de encinas negras y jarales
Tendíase ancha allí, de agrios abrojos
Ceñida, y de espesísimos breñales:
Rara trillada senda ven los ojos
En medio de sus calles naturales.
Euríalo, á quien pesan sus despojos,
Y los ramos asombran del recinto,
Piérdese en el confuso laberinto.
LXXIX.
Niso huye, huye impróvido, y ya fuera
Va del alcance de enemiga mano,
El campo atras dejando en su carrera
Que por Alba despues nombróse _Albano_:
(Campo del rey Latino entónces era,
Y en él grandes majadas). ¡Ay! en vano,
Cuando hubo de parar, buscó al ausente
Amigo, y dijo al fin con voz doliente:
LXXX.
«¡Euríalo infeliz! ¡yo te he dejado!
¿Por dónde, ¡ay triste! he de seguirte ahora?
¿Dónde hallarte?» Y con rumbo retrogrado
Otra vez de la selva engañadora
Intríncase en el seno enmarañado;
Sus propias huellas afligido explora,
Y entre las matas ásperas camina
En que silencio funeral domina.
LXXXI.
Caballos siente, oye el tropel, escucha
De horda perseguidora el alto aullido;
Ni de tiempo medió distancia mucha
Cuando nuevo clamor hiere su oido,
Y á Euríalo distingue, que relucha
En vano, de contrarios sorprendido:
Turbóle senda ambigua y sombra ingrata;
Y fuerza superior ya le arrebata.
LXXXII.
¿Cómo será que al mísero liberte?
¿Con qué armas defender podrá al amigo?
¿Entre heridas buscando honrosa muerte,
Arrojaráse en medio al enemigo?
¿Qué hará? Blande un astil con brazo fuerte,
Y á la Luna tomando por testigo,
Que alto su carro á la sazon regía,
En voz sumisa esta plegaria envía:
LXXXIII.
«¡Honor de los celestes luminares,
Custodia de los bosques, sacra Luna!
Si á Hírtaco, mi padre, en tus altares
Poner viste en mi nombre ofrenda alguna;
Si, cazador en selvas seculares,
Tu gloria acrecenté con mi fortuna
Tus bóvedas colgando de despojos,
Compasiva á mi afan vuelve los ojos!
LXXXIV.
»¡Oh! dame que ese grupo desordene,
Y á este dardo en el aire abre sendero!»
Orando así, con cuantas fuerzas tiene
Arroja el arma. En ímpetu ligero
El asta parte despedida, y viene,
Hendiendo sombras, á Sulmon frontero,
Y rómpese en su espalda, y la madera
Hecha astillas las vísceras lacera.
LXXXV.
Agobiado Sulmon rueda al instante,
Y con hondo estertor, trémulo, frio,
Las entrañas fatiga, agonizante,
Y de encendida sangre vierte un rio.
No hay quien no torne á ver, quien no se espante
Niso, entretanto, renovando el brío,
Puesto el brazo á la altura de la oreja,
A asestar otro tiro se apareja.
LXXXVI.
Temblando están del invisible amago
Todos, cuando otra vez dardo estridente
Llega, que ambas las sienes pasa á Tago
Y en su hendido cerebro híncase ardiente.
El causador no indaga del estrago
Llevado de la cólera Volcente,
Ni en quién le cumpla desfogarse mira;
Ciego salta, y bramando estalla en ira:
LXXXVII.
«Tu sangre ha de correr, quienquier que él sea;
Y en tí de entrambos tomaré venganza!»
Así diciendo, el hierro ya menea
Desnudo, y sobre Euríalo se lanza.
Lleno, á par, de terror, Niso vocea;
Fuera, tambien, de sí, Niso se avanza:
Más tiempo oculto estar no lo tolera
El duro trance, ni él callar pudiera.
LXXXVIII.
«¡Acá, acá, revolved! ¡yo soy!» les dice;
«¡Contra mi pecho encaminad la espada!
¡Oh Rútulos! mirad que ese infelice
Nada osó hacer, ni hacer pudiera nada.
Todo yo lo tracé, todo lo hice.
Por los astros lo juro y la morada
Celeste. Fué su culpa, demasiado
Á un sin ventura amigo haber amado.»
LXXXIX.
Miéntras en vano así Niso clamaba,
Ya la amenazadora punta llega,
Y al costado de Euríalo se clava
Y el tierno pecho le destroza ciega.
Cae el triste, y la vida se le acaba:
Roja sangre sus blancos miembros riega,
Y, doblándose lánguida, reposa
Sobre los hombros la cerviz hermosa.
XC.
Tál flor purpúrea á quien tronchó el arado
Desfallece á morir; tál la amapola
Sobre su débil vástago doblado
Inclina mustia la gentil corola
Que la lluvia agobió. Desesperado
Niso penetra el escuadron, y á sola
La persona, entre todos, de Volcente
Solicita su cólera impaciente.
XCI.
Acá y allá, ya aquel, ya este guerrero,
Le resisten y estorban: él no cia,
Antes á todos lados el acero
Fulmíneo revolviendo ábrese via;
Hasta que al fin al Rútulo, que fiero
Gritando á la sazon la boca abria,
Por ella adentro le escondió la lanza:
Próximo así á morir tomó venganza;
XCII.
Y encima se desploma herido, inerme,
Del muerto amigo á quien unió su historia,
Y en paz allí su último sueño duerme.
¡Oh, felices los dos! si alguna gloria
Puedo yo de mis versos prometerme,
Siglos no eclipsarán vuestra memoria
Miéntras sustente inmoble el Capitolio
El prez de Enéas y de Jove el solio!
XCIII.
Vencedores los Rútulos en tanto
Recogido el botin, al campamento
Exánime á Volcente van con llanto
Conduciendo. Menor no es el lamento
Que en los reales cunde, y el espanto,
Cuando á Ramnete ven sin movimiento,
Y tanto noble jefe á quien abruma
Comun calamidad: Serrano, Numa...
XCIV.
Cerca á los que ó difuntos ó mortales
Están, acude multitud ingente:
Ven de espumosa sangre los raudales
Y tibio aún de mortandad reciente
El campo. Reconocen los marciales
Despojos: de Mesapo allí el luciente
Casco; allí el cinto, recobrado á un muerto,
El rico cinto, de sudor cubierto.
XCV.
El áureo lecho de Titon la Aurora
Tímida deja, entre celajes raya,
Y ya su lumbre que horizontes dora
Secretos descubriendo, el sol explaya
Por el mundo. Con voz animadora
Turno, no sin que él mismo armado vaya,
Cual suele, de los piés á la cabeza,
Al arma á todos á llamar empieza.
XCVI.
Á su voz cada jefe sus legiones
Ferradas, en batalla ordena: ceban
La rabia vomitando maldiciones;
¿Qué más? en astas que en el aire elevan,
De los dos degollados campeones
Los rostros clavan, y, á doquier los muevan,
¡Oh espectáculo! ¡oh bárbaro trofeo!
Síguelos de la plebe el clamoreo.
XCVII.
De sus muros, en tanto, á la siniestra
Los sufridos Troyanos aparecen;
Protegidos del rio, á mano diestra,
Sus anchas fosas á la par guarnecen.
¡Ah! de sus altas torres pasan muestra
Al campo, ¡y cuán de véras se entristecen
Viendo (ni cabe engaño) aquellos vultos
Horribles con la sangre y blanco á insultos!
XCVIII.
Alada en la ciudad la fama rueda,
Y á la madre de Euríalo al oido
Tristes cosas murmura. Ella se queda
Pálida, sin calor y sin sentido:
Va la aguja á los piés, se desenreda
Cayendo de las manos el tejido.
Mesando luégo la melena blanca
Altos gemidos de su pecho arranca;
XCIX.
Y al muro, á la falange delantera
Frenética ella corre, ella no cuida
Que entre armas y varones acelera
El paso, ni el peligro la intimida;
Y de quejas despues hinche la esfera:
«¡Que así te miro, ay hijo de mi vida!
Tú, arrimo á mi vejez mísera y triste,
¡Cruel! ¿dejarme en soledad pudiste?
C.
»Pues riesgos ibas á correr tan graves,
¿Cómo no me avisaste la ardua empresa,
Ni oí palabras de tu amor süaves?
¡No que hora en tierra ignota yaces, presa
A los latinos perros y á las aves!
Ni honrar me es dado, Euríalo, tu huesa;
Que recoger no pude tus despojos,
Tus heridas lavar, cerrar tus ojos.
CI.
»Ni la ropa vestirte que de dia
Yo y de noche labraba, mis pesares
Consolando en la edad caduca mia.
¡Ay! ¿á dónde seguirte? ¿en qué lugares
Tu destrozado cuerpo quedaria?
¿Y para esto por tierras y por mares
Anduve acompañándote? ¿y es esta
Vision cruel cuanto de tí me resta?
CII.