Tres de agua etérea, tres de alado viento,
Tres de fuego que fúlgido destella,
Mezclado habian; y en aquel momento
Tonante voz, terrífica centella
Añadian, y sordo aturdimiento
E incendio vengador. En otra parte
Ruedas labran prestísimas á Marte:
LXXXVII.
Ruedas labran al carro en que alborota
Al mundo el Dios que guerras siembra y llamas;
Y á Pálas más allá, broquel y cota
En que esplenden auríferas escamas,
Tersan tambien, donde el que mira nota
De hidras feroces peregrinas tramas
Y, apto á que el pecho á la deidad defienda,
Segado vulto de mirada horrenda.
LXXXVIII.
«Alzad,» dijo llegando el Dios herrero,
«Cuanto empezado habeis, Ciclopes mios;
Alzad; y atentos escuchadme: quiero
Armas para un varon de grandes bríos.
Manos pujantes y exquisito esmero
Aquí todos poned, y aquí lucíos
De magistral destreza haciendo alarde:
Sús! la obra empiece, y en salir no tarde!»
LXXXIX.
Dice; y al punto la labor partida,
A ella corren con ímpetu ligero:
Bullen torrentes de oro; se liquida
En la ancha fragua el llagador acero:
Y escudo ingente, impenetrable egida
Que contraste al latino campo entero,
Al paladino los Ciclopes trazan
Con siete discos que entre sí se abrazan.
XC.
Cuáles, en medio á la comun fagina,
Suenan los sopladores fuelles; cuáles
Zabullen en el agua allí vecina
Con estridor fogoso los metales:
Gime de heridos yunques la oficina:
Alzando con gran fuerza el brazo, iguales
Alternos golpes dan; tenaza emplean
Mordaz, y el hierro sin cesar voltean.
XCI.
En tanto que así brega el buen Vulcano
En su antro humoso, en su tranquilo lecho
La luz bendita y gorjear temprano
De las aves que triscan en el techo
A Evandro despertaban. El anciano,
La túnica vistiendo al fuerte pecho,
El nuevo dia á saludar se alza;
Las sandalias tirrenas ciñe y calza;
XCII.
Del hombro abajo acomodar no olvida
Al cinto puesta la tegea espada,
Y del izquierdo lado desprendida
Tercia una de leopardo piel manchada;
Y ya dos canes que en su guarda cuida
Y parejos anuncian su llegada,
No bien de su alto nido los umbrales
Ha traspuesto, con él saltan leales.
XCIII.
De las habidas pláticas, no en vano
Recuerda el prometido contingente
El Rey, y con su huésped mano á mano
Anhela de partir secretamente.
Pues no ménos que el Arcade, el Troyano
Madrugador anduvo y diligente:
Hace á Enéas Acátes compañía;
Evandro con Palante el paso guía.
XCIV.
Ya las diestras se estrechan; ya convida
El uno al otro á la interior morada;
Siéntanse en soledad apetecida,
Y así el Rey empezó con voz pausada:
«¡Oh ilustre capitan, que á nueva vida
Alzas contigo tu nacion postrada!
No por mi fama y por las glorias tuyas
Grande el auxilio que te ofrezco arguyas.
XCV.
»Flaco es nuestro poder; que de una parte
Jurisdiccion nos quita el tusco rio;
De otra, el Rútulo audaz con fuerza y arte
Brama en torno á los muros. Mas yo fio
Con un pueblo magnánimo asociarte,
Fuerte en recursos y apazguado mio:
Propicia la ocasion te anuncia bienes;
Al llamamiento de los hados vienes.
XCVI.
»De aquí trecho no grande Agila dista,
Ciudad fundada en secular cimiento,
Que de la Lidia gente fué conquista
Cuando en montes de Etruria hizo ella asiento,
De armas que suele el triunfo honrar, provista.
Años muchos de paz tuvo y contento,
Hasta que al rey Mezencio dar le plugo
Muestras de amo cruel y atroz verdugo.
XCVII.
»¿Quién sus maldades hay que en fiel trasunto
Describa? ¡Mal contadas al tirano
Le sean, y á sus hijos! Á un difunto
Cuerpo atar le era fiesta un cuerpo sano,
Diestra con diestra, el rostro al rostro junto,
(¡Oh de martirizar modo inhumano!)
Y en duro abrazo y entre inmunda baba
Así á un mezquino muerte lenta daba.
XCVIII.
»Alzóse un dia armado el pueblo: afronta,
Cansado de sufrir, al Rey: su casa
Sitia, hervidero de maldades: pronta
Muerte á los suyos da: ya el techo abrasa
El fuego, que enojado se remonta.
En medio del estrago huye él, y pasa
Al campo de los Rútulos: le asila
Turno, y el hierro en su defensa afila.
XCIX.
»En justa indignacion toda se enciende
Etruria, y de rebato á la cuchilla
El cuello criminal traer pretende.
Tú á esos miles de bravos acaudilla,
¡Oh Enéas! te abriré camino; atiende:
Empavesada hervia ya en la orilla
La densa escuadra, cuando oyó de un viejo
Arúspice el fatídico consejo:
C.
«¡Meonia juventud, flor y corona
»De antigua raza! Apruebo que á Mezencio
»Siga el justo furor que le destrona,»
Dice, «mas en Italia no hay, sentencio,
»Tan gran pueblo á vencer, capaz persona;
»Buscad jefe extranjero!» Hondo silencio
Al divino pronóstico sucede,
Y aterrado el Etrusco retrocede.
CI.
»Hoy la acampada hueste á mí se fia:
Cetro, diadema, insignias imperiales
Con legados aquí Tarcon me envía,
Y que vaya me pide á sus rëales
Y ejército gobierne y monarquía.
Flojas mis fuerzas son á empresas tales,
Flacos mis hombros á tan grave carga,
Fria é inerte senectud me embarga.
CII.
»Y no á Palante en mi lugar envío;
Que en lo extranjero no es cabal; sabina
Madre altera su orígen. Esto, y brío
Juvenil, tienes tú, y una divina
Voz te llama. No tardes, huésped mio;
¡A su gloria dos pueblos encamina!
Yo este buen hijo, de mi edad caduca
Gloria y solaz, te allego; tú le educa.
CIII.
»Edúcale en las armas: tú dechado,
Tú en armas le serás ejemplo y guia:
Aprenda desde mozo á ir á tu lado,
Paciencia ejercitando y valentía.
Jinetes además, lo más granado,
Te doy doscientos de la gente mia;
Y otros doscientos de ánimo arrogante
En nombre suyo aportará Palante.»
CIV.
Dijo. Enéas sin voz, sin movimiento,
Y Acátes, duda amarga, triste idea
Revuelven en el alma. En tal momento
Dales á cielo abierto Citerea
Clarísima señal. El firmamento
Con subitáneo estruendo centellea,
Y que cruje parece y se derrumba,
Y de tirrena trompa el eco zumba.
CV.
Alzan los ojos: se oye el estallido
Otra vez y otra, y por region serena
Ven en convoy de nubes conducido
Un haz de armas lumbrosas, y que suena
Sienten de léjos el metal herido.
Pásmanse todos. Mas la voz que truena
Conoce Enéas, y que cumple, entiende,
Vénus su alta promesa y le defiende.
CVI.
«No escrutes, noble valedor,» exclama,
«El prodigioso agüero; en mí confía:
Esa voz del Olimpo á mí me llama;
Es fausto anuncio que mi madre envía,
Mi madre, alta deidad. Cuando la llama
Marcial prendiese, me ofreció daria
Esa señal: su protectora mano
Armas me trae que forjó Vulcano.
CVII.
»¡Y oh qué gran mortandad miro presente
Al malhadado campo Laurentino!
Al polvo, Turno, inclinarás la frente;
¡Y tú cuánto broquel, Tibre divino,
Cuánto yelmo darás en tu corriente,
Y derribado cuerpo al mar vecino!
¡Vengan ahora á desplegar sus haces;
Vengan, y rompan las juradas paces!»
CVIII.
Dice; y del alto solio se levanta:
El muerto fuego á Alcídes consagrado
Devoto anima sobre el ara santa;
Al Lar despues, la víspera obsequiado
Y á los Penates húmiles la planta
Mueve: Evandro y los Teucros, lado á lado,
Por fuero y religion inmemoriales
inmolan escogidos recentales.
CIX.
Encamínase luégo hácia las naves
El dux troyano á revistar su gente:
Para la dura guerra y trances graves
Lo más lucido elige y más valiente:
En blando flote y vueltas van süaves
Los otros, á merced de la corriente;
Con éstos enviar al hijo quiso
De sí mismo y su empresa fausto aviso.
CX.
La marcha, al par, terrestre se acelera:
Caballos danse al héroe y su mesnada;
La alfana que á él le traen cubre entera
Piel de leon roja de uñas de oro armada.
Ya la exigua ciudad sabe y pondera
Que al Rey tirreno vuela una brigada:
Doblan votos las madres: creces toma
Al susto el riesgo; inmenso Marte asoma.
CXI.
Al hijo estrecha el Rey, su mano asida,
Y «¡Oh! hiciérame volver favor celeste
A los pasados años de mi vida,
Cuando eché á tierra la primera hueste»--
Dice en larga llorosa despedida--
«Aquí mismo, en el valle de Preneste,
Y los escudos de las rotas filas
Quemé triunfante en levantadas pilas!
CXII.
»Á Herilo allí, descomunal guerrero,
Tumbó esta diestra al Tártaro profundo:
De su madre Feronia (¡caso fiero!)
Tres formas recibió viniendo al mundo:
Rey de alma triple y desdoblado acero,
Muerto un tronco, quedábale el segundo
Y otro despues. Mas á los golpes mios
Rindió sus armas y agotó sus bríos.
CXIII.
»Fuese así, no á mis brazos te arrancaras,
Buen hijo; ni insultando la frontera
Con mengua mia, tantas vidas caras
Mezencio criminal segado hubiera;--
¡Desolada ciudad, no así lloraras!...
Vosotros, ¡oh! de superior esfera
¡Dioses! ¡gran Jove, reinador supremo!
A vuestro númen recurrir no temo.
CXIV.
»¡Oh! ¡del árcade Rey el desconsuelo
Os mueva á compasion, y de un anciano
Padre las preces escuchad! ¡Si el Cielo
Ha de volverme mi Palante sano;
Si él algun dia alegrará mi duelo;
Si firme unirle á mí no espero en vano,
El término alargad de mi partida:
Trabajos sufriré; quiero la vida!
CXV.
»Mas si un hado cruel fúnebres lazos
Á mi esperanza tiende y mi deseo,
Lícito sea fenecer los plazos
De esta mísera vida, hora que áun veo
Incierto lo futuro, y que en mis brazos
Te tengo, hijo, y en verte me recreo,
¡Tú, tan tarde gozado y tan querido!
Nunca nueva fatal hiera mi oido!»
CXVI.
Tal sus adioses últimos plañia
El Rey; y enajenado de sentido,
En brazos sus criados á porfía
Le restituyen al desierto nido.
Y sale la veloz caballería
Por las abiertas puertas con rüido:
En primer línea Enéas va y Acátes;
Otros siguen en pos teucros magnates.
CXVII.
Con rica sobreveste gallardea
Ostentando en sus armas sus blasones
Entre todos Palante: así campea
El lucero que en líquidas regiones
Se baña, cuyo fuego Citerea
Ama sobre el de cien constelaciones,
Cuando su faz divina alza en el cielo
Y rasga de la triste noche el velo.
CXVIII.
Desde el muro las madres aterradas
Ven las nubes de polvo cuál se extienden,
Y siguen con atónitas miradas
Las bandas que con tanto acero esplenden.
Por desechas de zarzas erizadas,
Abreviando camino, armados hienden,
Y en escuadron que clamoroso cierra
Galopando á compas baten la tierra.
CXIX.
Cabe el helado Ceretano rio
Hay un gran bosque; y mucho negro abeto
Que alturas forma en torno, hácele umbrío;
Le consagró tradicional respeto.
Es fama que á Silvano, númen pio,
Apropiaron aquel lugar secreto
Los antiguos Pelasgos, los primeros
Que ocuparon del Lacio los linderos:
CXX.
El sitio al Dios de campos y ganados
Le dedicaron, y un solemne dia.
No léjos de estas selvas sus soldados
Tarcon apercibidos guarecia;
Y podíase ya de los collados
Altivos, contemplar en lejanía
La legion que en los llanos acampaba,
Y dónde empieza, ver, y dónde acaba.
CXXI.
Al bosque ameno acuden, que recrea
La fatiga á caballo y caballero.
Vénus que á la sazon, radiante Dea,
En voladora nube el dón guerrero
Traia al paladin, no bien le otea
Cabe el frio raudal, solo y señero
En un repuesto valle, ante él parece,
Y la hadada armadura así le ofrece:
CXXII.
«Cata, hijo, aquí las armas inmortales
Que sola de mi esposo el arte traza:
Las prometidas armas con las cuales
Arrostrarás de Turno la amenaza
Y el soberbio furor de sus parciales!»
Dice, y al hijo Citerea abraza,
Y de una encina al pié, que estaba enfrente,
Deposita el arnes resplandeciente.
CXXIII.
Reconocido el adalid y ufano
Por la honra excelsa y recibida gracia,
El tesoro contempla soberano
Y la vista sobre él gozosa espacia:
Las piezas, ya en el brazo y ya en la mano,
Revuelve, y de mirarlas no se sacia:
La espada incontrastable, la garzota,
El yelmo aterrador que incendios brota.
CXXIV.
Ya en la enorme loriga brilladora,
Recia en el bronce, en el matiz sangrienta
Como nube cerúlea á quien colora
Fogoso el sol, los ojos apacienta;
Ya de las pulcras grevas se enamora,
De electro y oro que al más fino afrenta;
La lanza admira, y el labrado escudo,
Que humano idioma describir no pudo.
CXXV.
Los ítalos orígenes, las glorias
En él grabó de la romana gente,
No desconocedor de las historias
Venideras, el Dios ignipotente:
De Ascanio y su linaje las victorias
Dispuso de uno en otro descendiente,
Y tanta famosísima batalla,
Quien contempla el escudo, en órden halla.
CXXVI.
Allí el antro de Marte se descubre,
De una parida fiera verde alcoba:
Dos risueños rapaces, que el salubre
Sustento solicitan de la loba,
Cuélganse en torno á la materna ubre;
Y ella con mansa lengua los adoba,
Ya á éste volviendo en su comun cariño
La robusta cerviz, ya al otro niño.
CXXVII.
Viene tras esto la naciente Roma;
Y las sabinas asaltadas, tales
Aparecen allí como las toma
La ocasion de los juegos Consuales;
Y nueva guerra y súbita, que asoma
De Rómulo á la vez á los parciales,
Y á los Curites y al anciano Tacio,
Pueblo viril de corazon rehacio.
CXXVIII.
Con sus armas, y en pié, y allí cercanos,
Depuestas ya las mutuas amenazas,
Ambos reyes ostentan en las manos
De Jove ante el altar sagradas tazas;
Una cerda que inmolan cual hermanos
Acredita la union de entrambas razas;
Y de Rómulo brilla recien hecho
Tosco palacio de pajizo techo.
CXXIX.
Luégo en diversas direcciones Mecio
De rápida cuadriga por el llano
Arrebatar se mira;--así en desprecio
No tuvieses tu fe, mísero Albano!--
Arrastrar al follon (¡castigo recio!)
Manda implacable el vencedor romano;
Y entre zarzas pasando y entre abrojos
Rastro dejan de sangre los despojos.
CXXX.
Tú, Pórsena, á tu vez, por el proscrito
Tarquino instando, la ciudad bloqueas;
Y ya de libertad corren al grito
Espadas á blandir nietos de Enéas:
En el ceño el furor llevas escrito,
Y que amagas advierto, como veas
Que osó el puente hundir Cócles, y que libre
Clelia ya de prision, trasnada el Tibre.
CXXXI.
En lo alto del escudo está presente
Manlio, guardian de la Tarpeya roca,
Que en defensa del templo, el eminente
Capitolio ocupando, se coloca;
Y vese allí que de la Gala gente
Que á los umbrales en silencio toca,
Volando avisa con clamor sonoro
Argénteo ganso en pórticos de oro.
CXXXII.
Entre matas la hueste avanza artera,
Y ya de aquella deseada altura,
Ya casi entre las sombras se apodera,
Dádiva todo de la noche oscura:
Les luce de oro á par la cabellera,
De oro abunda la gaya vestidura.
Y el blanco cuello, que á la leche iguala,
Ciñe, de oro tambien, maciza gala;
CXXXIII.
Y llevando ante sí largos escudos,
Blande cada uno doble dardo alpino.
El de Salios danzantes, y desnudos
Lupercos, á este grupo está vecino:
Señálanse los ápices lanudos
Y el ancil sacro que del cielo vino;
Y matronas, que insignias venerandas
Honestas llevan en carrozas blandas.
CXXXIV.
El mundo de las penas, la alta boca
Del Tártaro tambien la arte divina
Grabó léjos de allí. Tú de una roca
Que amenazando está siempre rüina,
Apareces pendiente, y la ira loca
Temblando de las Furias, Catilina.
Más allá de los justos las mansiones,
A quien dicta Caton sábias lecciones.
CXXXV.
En medio á estas escenas, mar hinchado,
Un piélago de oro se dilata,
Que en vivo movimiento simulado
Copos de espuma albísimos desata:
En círculo nadando dilatado
Tersos delfines de luciente plata
Girando van, y con alzadas colas
Barrer parecen las hirvientes olas.
CXXXVI.
Cautiva en medio al ponto las miradas
De Accio el conflicto, el próximo remate
Incierto aún: en órden las armadas
Con férreas proas van; hierve Leucate:
Sus ítalas legiones arriscadas
Conduce Augusto César al combate;
Yérguese en popa; el Pueblo y el Senado
Tiene, y los Dioses de la Patria, al lado.
CXXXVII.
Yérguese en la alta popa: fuego alienta
Radiante cada sien; su coronilla
La estrella Julia fúlgida sustenta.
Agripa, que sus tropas acaudilla,
Enhiesto en otra parte se presenta:
Dioses y vientos le cortejan: brilla
Sobre su frente la rostral corona
Que navales hazañas galardona.
CXXXVIII.
Allí Antonio á su vez bárbara hueste
Manda, con vario militar arreo:
Triunfante la region que la celeste
Aurora ilustra y piélago Eritreo
Ha dejado, y ejércitos del Este
Trae: al Egipcio acompañarle veo,
Y al remoto Bactriano; y (¡mancha odiosa!)
Tambien le sigue forastera esposa.
CXXXIX.
Precipítanse á un tiempo las galeras
Hácia alta mar; y cúbrenla de espuma
Revolviéndola toda, las guerreras
Proras y remos con violencia suma.
Ver bogando las Cícladas creyeras
O montes que, éste á aquél, cayendo, abruma;
¡Tanto estrechan la lid! ¡con mole tanta
Un torreado buque á otro quebranta!
CXL.
Volante hierro y encendida estopa
Caen doquier: la atroz carnicería
En sangre el campo de Neptuno arropa.
Con el egipcio sistro desafía
Cleopatra; y, armados en su popa,
A Anúbis labrador, y á cuantas cria
Feas deidades su país, reserva
Contra Neptuno y Vénus y Minerva.
CXLI.
Ella mirar no ha osado todavía
Los dos zagueros áspides. En tanto
Arde Mavorte en medio á la porfía,
Tallado en hierro; y esparciendo espanto
Bajan tras él por la region vacía
Las Furias: corre con rasgado manto
Riendo la Discordia; y hiere al viento
Belona en pos con látigo sangriento.
CXLII.
Apolo Accio, que dudoso mira
El trance, desde lo alto el arco tiende;
A Indo y á Egipcio horror mortal inspira:
El Árabe, el Sabeo fuga emprende;
Todos vuelven espaldas á su ira.
Ni á más la Reina espavorida atiende:
Ya, ya jarcias afloja, da la vela,
Vientos convida, por el golfo vuela.
CXLIII.
Grabó á la triste el Dios ignipotente
Con el Yápiga huyendo, á quien invoca
Entre el estrago, pálida la frente
Al soplo de la muerte que la toca;
Y puso al caudaloso Nilo enfrente,
Que abriendo en su dolor séptupla boca,
A su seno cerúleo y honda cama
Con suelta ropa á los vencidos llama.
CXLIV.
Y luégo en triple triunfo á los romanos
Muros César avánzase opulento:
Máximos á los Dioses italianos
Santuarios fundar tres veces ciento
En Roma, ofrece, y sus alzadas manos
Expresan el eterno juramento.
Y plazas vense y calles en festivas
Danzas bullir y en jubilosos vivas.
CXLV.
Tiene aras cada templo, y centenares
Reune de matronas: sacrifica
Reses el sacerdote en los altares.
César, de Febo en la albicante y rica
Entrada, las ofrendas populares
Reconoce, á las puertas las aplica;
Y ante él desfilan las vencidas gentes
En veste, armas y lengua diferentes.
CXLVI.
Allí el Nómade, el Áfrico, á ligeros
Trajes usado; y Lélegas en fila
Vense, y Carios allí; diestros arqueros
Los Gelones; Eufrátes, más tranquila
Su corriente arrastrando; y los postreros
Morinos; y el que doble cuerno estila,
Reno undoso; y los Dahas renuentes,
Y Aráxes, no enseñado á sufrir puentes.
CXLVII.
Tales asuntos el sin par Vulcano
En el escudo figurado habia.
De su madre el obsequio soberano
Contempla el paladin, y se extasía
En sus primores; con anhelo vano
Enigma tanto descifrar porfía,
Y de futuros nietos y de Roma
Gloria y poder sobre sus hombros toma.
LIBRO NONO.
I.
Miéntras Fortuna en el etrusco suelo
En tal manera los sucesos guia,
Hácia el osado Turno desde el cielo
Juno, hija de Saturno, á Íris envía.
En el bosque de un valle que el abuelo
Pilumno consagró, Turno yacia,
Y así empiézale á hablar puesta delante,
Con róseos labios la hija de Taumante:
II.
«Lo que deidad ninguna, por corona
A humano ruego, prometer osara,
Por sus pasos el tiempo te ocasiona,
Turno, y ansa de triunfos te depara:
Sus proyectados muros abandona,
Y flota y compañeros desampara
Enéas, y de Evandro palantino
Al poder y amistad tienta camino.
III.
»Y áun más: en las etruscas poblaciones
Penetra, incita la nacion tirrena,
Levas hace de rústicos peones.
Corta demoras tú: sazon es buena
Para armar carros, para uncir trotones;
¡Vé, y su campo turbado desordena!»
Dice, y huyendo con parejas alas,
Entre nubes de su arco abre las galas.
IV.
Conocióla el mancebo, tiende iguales
Las manos á la vírgen, y en su vuelo
Léjos la sigue con palabras tales:
«¡Íris, nuncia gentil, joya del cielo!
¿Quién así de los cercos siderales
Envuelta en nubes te redujo al suelo?
¿Qué imprevista estacion? ¿qué cambio es éste?
Aléjase la bóveda celeste,
V.
»Y en el éter erráticas estrellas
Contemplo. Ya el belísono mandato
Que con agüero de esplendores sellas,
Quienquier tú fueres, obediente acato.»
Dice, á las aguas se encamina, y de ellas
Toma en las palmas, y á los Dioses grato
Sus nombres invocando muchas veces,
Hinche la esfera de devotas preces.
VI.
Ya las armadas tropas á porfía
Marchando en los abiertos campos veo,
Ufanas con veloz caballería
Y ricas de oro y de vistoso arreo:
Mesapo las primeras haces guia;
Las últimas, los hijos de Tirreo:
En medio alto adalid Turno campea,
Y á todos corpulento señorea.
VII.
Así el Gánges en plácida creciente
En siete brazos silencioso fluye;
Y el Nilo, cuando á su álveo la corriente,
Con que inunda los campos, restituye,
Así avanza tambien calmosamente.
Ya la nube de polvo que circuye
Al ejército, han visto los Troyanos
Negra formarse en los tendidos llanos.
VIII.
Y de frontero alcor así el primero
Gritó Caíco: «¿Á quién horror y grima
No pondrá, ciudadanos, ese fiero
Tenebroso turbion que se aproxima?
¡Sús! ¡dardos hay aquí! ¡venga el acero!
¡Y á los muros trepemos, que está encima
El enemigo!» Y con clamor ingente
Cierra las puertas la troyana gente.
IX.
Que Enéas, sabio capitan, el dia
Que partió, de apariencias lisonjeras
No fiarse jamás mandado habia,
Ni salidas hacer: que las trincheras
Guardasen, dijo, con tenaz porfía.
Sus puestos á ocupar corren ligeras
Las armadas legiones; y es en vano
Que ira en contra y pudor se den la mano;
X.
En vano, que encendida en ellos arda
La muchedumbre por lanzarse: cuida
De obedecer primero, y densa aguarda
Y firme en huecas torres la avenida.
Turno, en tanto, á su hueste en pasos tarda,
Adelántase audaz, suelta la brida,
Con veinte caballeros de alta cuenta,
E improviso ante el muro se presenta.
XI.
Sobre un corcel de Tracia lozanea
Que blancas manchas luce; cresta roja
Sobre el dorado morrïon ondea.
«¿Quién de vosotros, á mi ejemplo, enoja
Con fiero reto á los contrarios? ¡Ea!»
Dice, y blandiendo un dardo, alto le arroja,
Nuncio marcial, y el potro que sofrena
Con garbosa altivez lanza á la arena.
XII.
Síguenle en clamoroso movimiento...
Mas ¿quién de ellos pensara lo que mira?
El Troyano, en inerte encogimiento,
No igual lid á empeñar armado aspira,
A cobijar su campo sólo atento.
Los muros registrando Turno gira
Furioso en su corcel, y abrir espera,
Por donde entradas no hay, de entrar manera.
XIII.
Cual, llena, asedia un lobo á una majada
En alta noche; y vientos y aguaceros
Arrostra, y por la cerca tienta entrada;
Balan bajo las madres los corderos;
Él ruje, y ya en su presa, áun no tocada,
Ceba sus apetitos carniceros;
Que el hambre acumulada le atormenta
Y arde, áridas sus fauces, sed sangrienta:
XIV.
El Rútulo adalid, de igual manera,
Mirando los rëales y los muros
En ímpetu fogoso se exaspera,
Derrítele el dolor los huesos duros:
Penetrara en la plaza si pudiera;
Y piensa cómo á los que ve seguros
Encerrados Troyanos, fuéra llame
Y á igual lid en los campos los derrame.
XV.
Con surtas popas la troyana armada
En la orilla contigua á los reales,
Yacia de trincheras resguardada,
Con foso, en derredor, de aguas fluviales.
Abalánzase Turno á la estacada:
A los suyos, que llegan con triunfales
Aplausos, al incendio alienta, excita;
Él mismo un inflamado pino agita.
XVI.
De Turno en pos la juventud se arroja,
Que del jefe el ejemplo la espolea;
Los hogares intrépida despoja,
Y ármase cada cual de negra tea:
Con densas nubes sobre llama roja
Ya aquel, ya este tizon arde y humea;
Y al cielo remontándose Vulcano
Las pavesas esparce al aire vano.
XVII.
¡Musa! ¿cuál Dios de la troyana flota
Apartó, dí, la vencedora llama?
La evidencia del hecho está remota,
Mas tradicion eterna lo proclama.
Cuando leños del Ida á mar ignota
Enéas iba á confiar, es fama
Que al poderoso Júpiter, su hijo,
La alma Diosa Cibéles así dijo:
XVIII.
«Sé propicio á mi ruego y mi querella,
Ya que el cetro me debes con la vida:
Tuve yo una floresta que descuella
Entre pinares, coronando el Ida;
Muchas ofrendas recibí yo en ella,
Largos años por mí favorecida:
Huecos sagrarios, con la sombra oscuros
De pinos resinosos y arces duros.
XIX.
»Yo he cedido estos árboles de grado
Al dardanio mancebo, de bajeles
Menesteroso. Hoy roedor cuidado
Me aflige: tú le ahuyenta; tú á Cibéles--
Filial premio á sus preces reservado--
Da que sus tablas nunca hundan crueles
Viento ni mar, señuelos ni embestidas;
¡Válgales en mis montes ser nacidas!»
XX.
«¿Qué pretendes,» responde, «madre mia?»
El que mueve los cercos siderales:
«¿Á naves, obra de un mortal, cabria
El fuero de las cosas inmortales?
¿Andar seguro por incierta via
El troyano adalid? ¿Caprichos tales
Habian de alterar leyes del Hado?
¿Tal poder á cuál Dios jamás fué dado?
XXI.