No distante de allí la costa yace

Do Circe, hija del Sol, potente mora;

Y ya de dia con sus cantos hace

Sonar sus altos bosques; ya á deshora

Su alcázar regio iluminar le place

Con el cedro oloroso que atesora,

Y ella misma tejiendo se desvela

Con el peine sonoro rica tela.

IV.

Allí rugen leones, que furiosos

En la noche reluchan en cadena:

Allí erizados jabalíes, y osos,

En jaula que sus ímpetus enfrena,

Se embravecen: aullidos dolorosos

Horribles lobos dan; el bosque suena:

¡Ay! ¡hombres fueron ya, monstruos ahora!

Con hierbas los mudó la encantadora.

V.

Neptuno que tan duro mal probasen

Los piadosos Troyanos no querria,

No, que á esas playas pérfidas tocasen;

Un viento largo á la sazon envía,

Y así concede que volando pasen

Tras el hórrido golfo. Nuevo dia

En su carro gentil la rubia Aurora

Anuncia en tanto, y horizontes dora.

VI.

Calláronse las auras de repente,

Muda y sólida calma sobrevino;

Clavados en el mármol resistente

Bregan los remos por abrir camino.

Vido Enéas en esto un bosque ingente,

Y al Tibre, que por él al mar vecino,

Bullente en ondas, rojo con la arena,

Trae sus aguas en corriente amena.

VII.

Por cima allí y á par de las orillas

Cantan con dulce pico alborozadas

Y al bosque vuelan miles de avecillas

Que en la sombra recatan sus moradas.

Holgóse Enéas, y mandó las quillas

Inclinar á las playas deseadas;

Y alegre de ocuparlas, al umbrío

Hospicio acude ya del bello rio.

VIII.

De los reyes del Lacio tú la lista

Muéstrame, Erato: lo que el Lacio era,

Tiempo es ya que presentes á mi vista,

Aun ántes que á sus playas extranjera

Nave arribase. Tú de la conquista

El orígen descubre, y yo esa éra,

Yo esa historia marcial diré en mi canto,

¡Musa! si ya á mi voz concedes tanto.

IX.

Guerras, hórridas guerras y legiones

He de cantar: de furia el pecho lleno,

Convertidos los reyes en leones:

Congregado el ejército tirreno:

Volando de la Hesperia los varones

A las armas: de Hesperia rojo el seno.

Nuevo cuadro á mi ojos resplandece;

Crece el asunto y la osadía crece.

X.

Campos, ciudades florecer veia

Anciano, en paz antigua, el rey Latino:

Él de Fauno y Marica procedia,

Ninfa aquélla de orígen laurentino;

Pico de Fauno padre sido habia,

Y de Pico el orígen fué divino;

Tú, Saturno, su padre: por primero

Autor te aclaman del linaje entero.

XI.

No fué el monarca, si felice, abuelo

Ni padre de varones: muerte fiera

Quitóle en flor por voluntad del cielo

El único varon que le naciera.

Daba á Latino en su vejez consuelo,

De sus reinos opimos heredera,

Sola una hija en su estancia poderosa,

Ya en sazon llena para ser esposa.

XII.

Del Lacio y toda Ausonia, á la doncella

Muchos pretenden. A su afecto tierno

Aspira, y bizarrísimo descuella

Turno entre todos, del blason paterno

Opulento heredero. Para ella

Le quiere esposo, y ya elegido yerno

Le ve la Reina; mas proyectos tales

Tropiezan con visiones funerales.

XIII.

Al raso, en medio del palacio, habia

Rico en sacro follaje un lauro anciano,

Que en años veneró la gente pia.

Es fama que Latino por su mano

En dedicarle á Febo holgóse un dia

No bien le halló, cuando en el campo llano

Echaba á sus alcázares cimiento;

Y de ahí á la ciudad nombró _Laurento_.

XIV.

Hé aquí, de este árbol á ocupar la cima,

Mil abejas bajaron de repente,

Y, por los piés trabadas, se arracima

El ruidoso tropel, y así pendiente

Quedó de un ramo. «Á nuestra costa arrima

Varon extraño con armada gente»,

Cantó un augur: «de do el enjambre vino,

Vendrá la muerte del poder latino.»

XV.

Yendo otra vez, y el genitor con ella,

En el ara á encender con mano pura

Místicas luces la rëal doncella,

Vióse súbita chispa que fulgura

Sobre el suelto cabello, y baja y huella,

No sin ruido, la blanca vestidura,

Y el velo regio y la diadema ardia

Opulenta del oro y pedrería.

XVI.

En humo envuelta y rojos resplandores

Esparce ella despues lampos de llama

Por muros, techos. Fúnebres temores

El suceso en los ánimos derrama;

Que si aquellos prodigios superiores

A ella prometen dizque gloria y fama,

Guerra amenazan á la Patria. En eso

Cava Latino, de terror opreso.

XVII.

Fauno ocurre á su mente: el Rey la planta

Mueve al gran bosque en cuyas sombras cela

Su armonioso raudal la Albúnea santa;

Mefítico vapor en torno vuela:

Que allí del tiempo venidero canta

El vatídico padre, y lo revela;

Italia, Enotria toda, allí sus pasos

Guian en tristes dudas y arduos casos.

XVIII.

De noche el sacerdote que sus dones

Allí á ofrecer acude reverente,

Si al descanso, tendiéndose en vellones

De inmoladas ovejas, da la mente,

Ve en sueños revolarle apariciones

Peregrinas; delgadas voces siente;

Habla con Dioses, y su mudo acento

Penetra de Aqueronte el hondo asiento.

XIX.

Fué allí sus dudas á calmar Latino;

Y habiendo, segun rito, degollado,

En obsequio al oráculo divino,

Cien lanudas ovejas, acostado

En sus pieles dormia; cuando vino

Súbita y misteriosa voz del lado

Más secreto del bosque: «¡Prole mia!

De ajustados enlaces desconfía.

XX.

»Tú de una hija la mano á descendiente

Itálico no des. Foráneo yerno,

Su linaje empalmando con tu gente,

Hará nuestro renombre sempiterno.

Él nacion fundará grande y potente;

Tal, que el espacio que en dominio alterno

Sobre un mar y otro mar el sol rodea,

Todo á sus piés se humille y suyo sea.»

XXI.

Latino mismo estos avisos, dados

En la callada noche, no recata;

Y de Ausonia por campos y poblados

Ya la alígera Fama los dilata:

Ella daba la vuelta á los Estados

Del Rey, en los momentos en que ata

La juventud troyana el hueco leño

Al promontorio aquél verde y risueño.

XXII.

Enéas, los caudillos principales

Y Ascanio yacen en la sombra amiga

Con que, sus ramos prolongando iguales,

Árbol excelso la campaña abriga.

Tortas de flor extienden, cereales

Manteles (Jove mismo les instiga)

Que con frutas silvestres luégo acrecen,

Para encima poner viandas que cuecen.

XXIII.

Mas no al hambre la cena satisface;

Ojos se van y manos tras la monda

Delgada Céres que tendida yace:

Voraz diente á los panes la redonda

Márgen y abiertos cuartos roe y pace,

Que significacion entrañan honda;

Y «¡Aun las mesas se come el hambre aguda!»

Yulo clamó, sin que al misterio aluda.

XXIV.

Fué esta voz primer nuncio que declara

Á los Teucros ventura. El padre al hijo

La palabra quitóle; mas se pára

Con asombro, un instante, y regocijo,

Y recobrado, «¡Salve, Tierra cara!»

Y «¡oh Penates de Troya, gracias!» dijo:

«Cumplióse el voto: el lance aquí me muestra

La anunciada heredad, la patria nuestra!

XXV.

»Ya de estos milagrosos accidentes

Mi amado genitor me dió la clave:

«Cuando el hambre aguzando edaces dientes

»(Pegada á playa incógnita tu nave)

»Haga que tras las viandas te apacientes

»De las mesas, tu voz al Cielo alabe,

»Que patria hallaste; y con alegre pecho

»Pon allí muro propio y dulce techo.»

XXVI.

»Hé aquí el hambre temida: de cuidados

Término justo y de cruel destino.

Animo, pues: del sueño recreados,

Con el albor primero matutino

De aquí saldremos por diversos lados

El país á explorar circunvecino:

Quiénes son de estos términos los amos;

Qué campos pueblan, qué ciudad, sepamos.

XXVII.

»Hora en honor de Júpiter clemente

Bebed; á Anquíses invocad; más vino!»

Hablaba Enéas, y la noble frente

Ceñida ostenta en ramo peregrino.

Primero á la alma Tierra, y del presente

Lugar invoca al Protector divino;

Las Ninfas á que el bosque da guaridas;

Rios sin nombre y fuentes escondidas.

XXVIII.

Á la Noche despues y sus fanales,

Á Cibéles y á Júpiter de Ida;

Y á sus padres, que moran inmortales

Cielo y Erebo, en órden apellida.

Jove tres veces, en momentos tales,

Desde lo alto del cielo truena, y cuida

Mostrar en medio del fragor sonoro

Nubes de fuego y ráfagas de oro.

XXIX.

Al Dios el pueblo atónito veia

Blandir él propio el nimbo rutilante.

Rumor que de fundar llegó ya el dia

La anhelada ciudad, en un instante

Circula y crece. Todos á porfía,

Orgullosos de agüero tan brillante,

Renuevan las gozosas libaciones

Y con flores de Baco ornan los dones.

XXX.

Con el primer albor del nuevo dia

Van, costa y lindes á explorar: los vados

Estos son de Numicio; ésta es la ria

Del Tibre: campos éstos son poblados

Por los fuertes Latinos. Cauto envía

Cerca del Rey augusto cien legados

Enéas, que en sus tercios selecciona;

Y ya el árbol de Pálas les corona.

XXXI.

Cargados de presentes, mensajeros

De paz, que da á sus sienes verde gala,

A la vecina capital ligeros

Marchan. Enéas mismo allí se instala;

Y ya con zanja humilde los linderos

De la futura poblacion señala,

Y cual ciñendo un campamento, ordena

Tender la empalizada, alzar la almena.

XXXII.

Ya los nuncios, al fin de su jornada,

Ven las casas y torres presumidas,

Y ascienden á los muros. A la entrada

Y en torno á la ciudad, corre en partidas

Alegre juventud: regir le agrada

Potros y carros con mañosas bridas;

Y con rígidos arcos y ligeras

Flechas, tiros ensayan y carreras.

XXXIII.

Tomó uno de á caballo á su cuidado

Trasmitir nuevas tales al oido

Del viejo Rey: acorre; haber llegado

Unos hombres, anuncia, con vestido

Peregrino, de cuerpo agigantado.

Que á su presencia vengan, comedido

Latino manda. «Al punto,» dice, «oirélos;»

Y va el trono á ocupar de sus abuelos.

XXXIV.

Fábrica en cien columnas sustentada,

Grande, augusta, soberbia, en una altura

De la ciudad descuella; consagrada

Por religion antigua y selva oscura.

De Pico Laurentino real morada

Fué antaño. Por presagio de ventura

Allí los nuevos reyes recogian

El cetro y fasces que al poder se fian.

XXXV.

Templo era y tribunal: en sus altares

Corderos inmolando, los señores

De la corte á gustar sacros manjares

Sentábanse en contínuos cenadores.

Cada príncipe vió las tutelares

Imágenes allí de sus mayores

El vestíbulo ornar, nobles y enhiestas,

Obras de antiguo cedro, en órden puestas.

XXXVI.

Ítalo allí; y aquel que al italiano

Suelo trajo la vid, el buen Sabino,

A quien, áun hora, figurado anciano,

La corva hoz le asoma, autor del vino:

El gran Saturno y el bifronte Jano

Muestran, callando, su poder divino:

Otros reyes les siguen, con heridas

Marciales, por la patria recibidas.

XXXVII.

De antiguos triunfos testimonios mudos,

Hay en los sacros postes mil despojos:

Armaduras suspensas, penachudos

Yelmos, corvas segures ven los ojos:

Ven sin número allí dardos y escudos,

Ven de puertas grandísimos cerrojos;

Cautivos carros, y espolones graves

Quitados por valientes á las naves.

XXXVIII.

Pico, de potros domador ufano,

Con trábea corta, allí tambien se muestra,

Báculo quirinal tiene en la mano,

Sentado, y sacra adarga en la siniestra:

Pico, á quien ya, de ardor tocada insano,

Hirió con vara de oro maga diestra,

Circe, amante cruel; con hierbas malas

Mudóle en ave y le pintó las alas.

XXXIX.

En este, pues, de Dioses templo digno,

De sus abuelos en el rico trono,

El Rey audiencia concedió benigno.

Entraron los legados, y él con tono

Manso y afable, de clemencia signo,

«Hablad, Dardanios; vuestro ruego abono,»

Les dice: «ántes que vistos anunciados,

Yo vuestro oriente sé, sé vuestros hados.

XL.

»Mas ¿cuál deliberada causa, ó ciega

Necesidad á nuestra costa impele

Y á puerto ausonio vuestra escuadra apega?

¿Fué que el rumbo perdisteis? ¿Ó, cual suele

Avenir al que en alta mar navega,

Tras rodear tan largo, al leño imbele

Embistió ronca tempestad? Propicio,

Siempre, tendreis en nuestra casa hospicio.

XLI.

»Á los Latinos apreciad: lejanos

De pacto escrito y de penal violencia,

En dulce paz cultivan como hermanos

Antiguos usos, de Saturno herencia.

Y ya entre los Auruncos hallé ancianos

Que, si bien entre sombras (influencia

Envidiosa del tiempo), en la memoria

Aun guardasen de Dárdano la historia.

XLII.

»Fué de ésta, dicen, suya, á patria ajena;

Fué á las frigias ciudades, cabe el Ida,

Y de la tracia Sámos el arena

Honró, que hoy Samotracia se apellida:

Dejó á Corito y su mansion tirrena;

Y en el celeste alcázar ya le anida

Aureo solio que esmaltan luminares,

Y goza él, nuevo Dios, culto y altares.»

XLIII.

«Sangre ilustre de Fauno, gran Latino!»

Palabras tales respondió Ilioneo:

«No aquí impelida nuestra flota vino

Por rudo soplo en agitado ondeo;

Estrella no torció nuestro camino,

Ribera no engañó nuestro deseo:

Trajo nuestros bajeles á esta rada

Concorde voluntad nunca arredrada.

XLIV.

»De la nacion mayor que peregrino

Viniendo de los límites de Oriente

El sol miraba, nos lanzó el destino.

Tiene en Jove principio nuestra gente;

La juventud dardania del divino

Abolengo se precia. A aquella fuente

El que á tí nos envía está cercano,

Hijo de Diosa, Enéas, Rey troyano.

XLV.

»Cuántas nubes de muerte de Micénas

Á asolar fueron la ciudad troyana;

Cuál lucharon al pié de sus almenas

Asia y Europa con crueza insana,

Lo sabe el que las últimas arenas

Pisa do va á quebrarse espuma cana;

Lo sabe á quien la zona ancha intermedia

Aisla, y sol abrasador asedia.

XLVI.

»Despues de aquel diluvio y largo viaje,

Sobrio asilo en tus costas, lo que asombre

Nuestros Dioses, pedimos, y hospedaje:

El aire y agua, propiedad del hombre.

No será al reino nuestro ingreso ultraje;

Crecerá nuestro amor y tu renombre:

¡Si á Troya, Ausonios, vuestro seno abriga,

No la vereis ingrata ni enemiga!

XLVII.

»Y esto lo juro por lo que es Enéas;

Por su diestra, no ménos ya probada

En sellar pactos que en vencer peleas.

Muchos pueblos--tenernos en nonada

Excusa, ¡oh Rey!, aunque extender nos veas

En las manos la oliva; aunque embajada

De súplicas traigamos--gentes muchas

Ligas nos propusieron y no luchas.

XLVIII.

»Mas por divina voluntad guiados

A los bordes venimos de tu imperio:

A la cuna de Dárdano los hados

Traen los nietos de Dárdano. Con serio

Ordenamiento, á los tirrenos prados

Que honra el Tibre, y, envueltas en misterio,

Nos mueve á las vertientes de Numico,

El sabio Apolo, de promesas rico.

XLIX.

»Que en prenda de concordia aceptes fia

Los breves restos de la Patria cara,

Memorias de otra edad, quien los envía:

Vé en qué oro libó Anquíses en el ara;

Mira cuáles, si al pueblo reunia,

En su alto tribunal cetro y tïara

Príamo usaba, y el bordado arreo

Por damas de Ilïon.» Habló Ilioneo.

L.

Suspenso el Rey le escucha; mas no tanto,

Miéntras, bajos los ojos, con prolija

Pausa los vuelve, en el purpúreo manto,

Ni en el cetro rëal la atencion fija:

Ideas tales no le ocupan, cuanto

El proyectado enlace de la hija;

Y la voz del oráculo elocuente

Revuelve pensativo allá en su mente.

LI.

«Que éste es,» se dice, «el anunciado yerno

Con quien mi cetro he de partir, medito;

El que hará de su raza el nombre, eterno,

Y de su imperio el ámbito, infinito.»

«Vos el augurio que feliz discierno,»

Exclama luégo con gozoso grito,

«Dioses, sellad, y coronad mi idea!

Troyano, en lo que á tí, cual pides sea.

LII.

»Ni menosprecio el dón. Miéntras Latino

Impere, no de fértiles terrenos

Opimos frutos, de Ilïon divino

Magnificencias no echareis de ménos.

Y ¡oh! si unir con el nuestro su destino,

Si hospedaje leal, dias serenos

Anhela vuestro Rey, ¿por qué me niega

De verle el gozo, y ante mí no llega?

LIII.

»Ojos amigos le verán; y en muestra

De la alïanza que firmar decido,

Estrecharé su diestra con mi diestra.

Id, y en mi nombre referidle, os pido,

Que una hija tengo que en la patria nuestra

Hallar no puede para sí marido;

Con profética voz glorioso abuelo,

Con visiones de horror lo impide el Cielo.

LIV.

»Vendrá yerno extranjero á mi palacio;

Me le anuncia infalible profecía:

En él sus esperanzas finca el Lacio;

Y él, su raza empalmando con la mia,

De nuestro nombre llenará el espacio:

Por tal el hado á vuestro Rey me envía;

Créolo, y si es verdad lo que adivino,

Lo anhela el corazon.» Habló Latino.

LV.

Y manda que, uno á uno, á los Troyanos

Lleven sendos caballos: de trescientos

Que en reales cuadras hay, los más lozanos.

Con púrpura y bordados paramentos

Y colleras riquísimas ufanos

Van los ágiles brutos, opulentos

Con el profuso aurífero tesoro,

Y el bocado volviendo, muerden oro.

LVI.

Hermoso carro para el Rey ausente,

Y dos potros con él, despacha luégo,

Que, renuevos de eléctrica simiente,

Por la abierta nariz despiden fuego:

Los bridones del Sol secretamente

Sagaz con yegua oculta á fértil juego

Circe movió: fruto éstos de esa traza,

Bastardos brotes son de etérea raza.

LVII.

Así, en régios corceles caballeros

Y de régias mercedes abrumados,

Portadores de paz, ya mensajeros,

Tornaban á su campo los legados.

Partiendo, á la sazon, de los linderos

Argivos, con los céfiros alados

Volando va de Júpiter la esposa

En su carro gentil soberbia Diosa.

LVIII.

Y léjos, desde el sículo Paquino,

Ve ledo á Enéas; ve á su gente, dada,

En la tierra á quien fia su destino,

Bases á echar de sólida morada,

Las naves olvidando. En su camino

Paróse adolorida y asombrada

La Diosa, y meneando la cabeza,

Sola consigo á razonar empieza:

LIX.

«¡Oh raza aborrecida! ¡Oh frigios hados,

Por siempre opuestos á los hados mios!

¡Qué! ¿Cautivos quedar, y no estorbados?

¿Eso logran? ¿Sin fuerza, y no sin bríos?

¿Ilesos de sus muros abrasados

Salir, y de las hondas de sus rios?

¿Y entre aceros y llamas, ruina y muerte,

Hallar camino y restaurar la suerte?

LX.

»¡Á bien que de venganzas satisfecha

Yo, ó cansada de odiar, desistiria!

Luégo que el hado de Ilïon los echa,

Prófugos restos, á la mar bravía,

Mi cólera en las olas los estrecha,

Les cierro á toda empresa toda via,

Y armada, último golpe, les afronto

Con las iras del cielo y las del ponto!

LXI.

»¿Qué me sirvió Caríbdis vasta, ó Scila,

Ni qué las Sirtes? La nacion troyana

Libre del mar, respecto á mí tranquila,

Ya el Tibre deseado ocupa ufana.

¡Y á los Lápitas fieros aniquila

Marte! ¡y en manos pone de Dïana

Jove á los Calidonios por perdellos!

¿Cuál el gran crímen fué de éstos ó aquéllos?;

LXII.

»¡Y yo, esposa de Júpiter, que empleo

Cuanto recurso da el furor; que ensayo

Cuanto plan dicta el odio, ¿qué granjeo?

¡Ser de Enéas vencida!... ¡Aun no desmayo!

Ajena mano, si en la lid flaqueo,

Irá á encender de mi venganza el rayo;

Y si el Cielo á mover mi voz no alcanza,

Empeñaré al Averno en mi venganza!

LXIII.

»No ya el imperio del país latino,

Ni de Lavinia la ofrecida mano

(Si así inflexible lo ordenó el destino),

Quitar pretendo al príncipe troyano.

Mas yo estorbos sin cuento en su camino,

Yo pondré entre ambas razas odio insano;

A ambos reyes tan caro así les cueste

Ser yerno éste de aquél, suegro aquél de éste!

LXIV.

»La sangre de dos pueblos es tu dote,

Y madrina á tu union Belona asiste,

Vírgen!... Hacha nupcial que incendios brote,

Hécuba, no tú sola concebiste;

Que tambien de dos pueblos para azote,

De Páris ominoso copia triste,

Nació el hijo de Vénus. Boda nueva

Ya á Troya renaciente estragos lleva.»

LXV.

Dijo, y el carro la soberbia Diosa

Con rápido descenso inclina á tierra;

Y de aquella region que tenebrosa

Las hermanas frenéticas encierra,

Evoca á la ímpia Alecto, que rebosa

En fraudes, iras y rencor de guerra;

Que todo crímen é intencion dañada

Tiene en ella su nido y su morada.

LXVI.

Horrible es entre monstruos infernales;

Pluton mismo su padre, y las hermanas

Tartáreas la detestan; ¡visos tales

Y tantas apariencias inhumanas

Toma y muda, afligiendo á los mortales!

¡En serpientes tan ásperas é insanas

El crin le abunda que su cuello eriza!

Juno á hablarle empezó, y así la atiza:

LXVII.

«Tú sola, hija de la Noche, puedes

Conseguir lo que imploro; ¡oh vírgen! fio

Que en tan estrecha coyuntura, vedes

Que sucumba mi honor y el poder mio:

No dejes tú que, entre nupciales redes

de Latino envolviendo el albedrío,

A mansalva el troyano aventurero

Los ítalos confines tome artero.

LXVIII.

»Tu ardiente azote altera y tu veneno

Públicos y domésticos enlaces;

Por tí hermanos unánimes, terreno

Sangriento van á disputar: falaces

Tienes mil nombres, artes mil. Tú el seno

Astuto anima, pues: juradas paces

Rompe; discordias siembra: audaz asome

La juventud; pida armas, armas tome!»

LXIX.

Al punto, el corazon y las miradas

Infectas de ponzoña medusina,

Del Rey á detenerse en las moradas,

Alecto vuela á la region latina:

Mueve en silencio á Amata sus pisadas:

Amata á la llegada repentina

De los Troyanos, y á la ansiada boda

De Turno, su atencion dedica toda.

LXX.

En congojas y lloros femeniles

Se abrasaba la Reina, cuando vino

La Furia á su mansion con pasos viles:

Tírale del cabello serpentino

Uno de sus cerúlëos reptiles,

Y se lo hunde en el seno, porque el tino

Pierda, y corra el palacio, y á él trasmita

Todo el furor del monstruo que la agita.

LXXI.

Y ya el áspid sutil por entre el bello

Seno y las ropas de la Reina gira;

Ya, sin que la infeliz se cure de ello,

Víbora, alma de víbora le inspira:

Crece, y dorada alhaja orna su cuello;

Crece, y cinta elegante atar se mira

Sus cabellos y sienes; crece, y blanda

Hincha sus venas, por sus miembros anda.

LXXII.

Miéntra el vírus primero que destila

De la ponzoña húmida, resbala

Por los sentidos tímido, y vacila

El fuego oculto que los huesos cala;

Miéntras no oprime al ánima intranquila

Toda la fuerza del incendio, exhala

La dolorida Reina quejas tales

A estilo y en acentos maternales:

LXXIII.

«¿Tú nuestra única hija» (y largo lloro

Por la hija y frigias bodas derramaba,

Así hablándole al Rey), «nuestro tesoro

Darás á advenedizos? ¿Ni hallas traba

En su suerte, en mi amor, en tu decoro?

Haya viento propicio, ¡y por esclava

Llevarásela á bordo, y dejaráme

En duelo eterno el robador infame!

LXXIV.

»Ejemplo toma del pastor troyano

Que de Esparta á Ilïon llevóse á Elena.

¿Qué? ¿y tus santas promesas son en vano,

Tu patriótico zelo? ¿Harás ajena

Esa que veces mil paterna mano

Tendiste á Turno ya de afecto llena?

Oigo me arguyes que forzoso agüero

Subyuga el Lacio á príncipe extranjero.

LXXV.

»Si Fauno así sobre tu mente impera,

No se rinde por eso mi deseo;

Region independiente es forastera,

Que á esto los Dioses aludieron creo:

El orígen de Turno considera:

Ínaco, Acrisio, entre los nombres leo

Que, honrando patria extraña, honran su gente;

Y la clara Micénas fué su oriente.»

LXXVI.

En balde hablaba así la Reina: mira

Que en Latino sus voces no hacen mella;

Y ya, quemando sus entrañas, gira

El veneno furial por toda ella:

Movida, en fin, de ponzoñosa ira,

Fantasmas ve, respetos atropella,

Y por la ancha ciudad el paso ciego

Abrevia con febril desasosiego.

LXXVII.

Cual peonza que en plaza despejada

De juguetones mozos circuida,

Va, del torcido látigo azotada,

Que hace que, vueltas dando, espacios mida;

A ver el boj tornátil de pasada

Necia, curiosa ociosidad convida

Absorta turba; y ni el herir se aplaca,

Ni él ménos bríos de los golpes saca:

LXXVIII.

Por medio á la ciudad, y entre sus gentes

Indómitas, el paso precipita

La Reina así con ímpetus ardientes.

Nuevas furias concibe ya, medita

Escándalo mayor: en accidentes

Convulsivos, semeja que la agita

Interno Baco: á selva hojosa, inculta,

Lleva á la hija consigo; allí la oculta.

LXXIX.

Tál eludir ó deshacer aquella

Boda intenta que teme y que desama:

Y gritando ¡Evohé! de la doncella

Unico digno á tí, Baco, proclama;

Que por tí, dice, en tiernas hojas ella

Viene á vestir tu predilecta rama;

Por tí, ofrecida á tí, danzando en coro,

Suelta de sus cabellos el tesoro.

LXXX.

Corre la nueva; y del furor tocadas

Ya todas las matronas, desparcidas

Las melenas al viento, sus moradas

Dejan, buscando insólitas guaridas:

Astas vibran de pámpanos ornadas,

Y de rústicas pieles van vestidas;

Otras dan voces de dolor. Blandea

Amata en medio improvisada tea.

LXXXI.

Y anuncia á voces, con mirar de llama,

De Lavinia y de Turno el himeneo;

Y «¡Oid!» en brozno acento, «Oid,» exclama,

«Oh matronas del Lacio, mi deseo:

Si áun á la triste Reina amais que os ama,

Si honrais fueros maternos, el arreo

De las sienes al punto desatando

Que órgias conmigo celebreis os mando.»

LXXII.

Así en los bosques, en feral desierto,

Con estímulos báquicos incita

Alecto á Amata; y como mira cierto

Prender la llama que atizó maldita,

Y en conflicto por ende y desconcierto

Ve la real casa, y lo que el Rey medita,

Hácia el rútulo audaz la Diosa triste

Va en negras alas que su cuerpo viste.

LXXXIII.

Tiende ella el vuelo á la ciudad que él ama,--

La cual Dánae, traida á la ribera

Al ímpetu del Noto, fundó, es fama,

Con acrisios colonos. Ardea era

Floreciente el lugar, Ardea hoy se llama:

Cambió la suerte, el nombre persevera.

Allí, mediada ya la noche umbría,

En su excelsa mansion Turno dormia.

LXXXIV.

Deja Alecto su cuerpo horrible, deja

Su apariencia furial; la toma humana;

Ara con rugas mustia faz de vieja;

Con venda ciñe la melena cana

Y con rama de oliva; y ya semeja

A Cálibe, al andar, ministra anciana

De Juno y de su templo. De esta suerte

Muéstrase á Turno, y voces tales vierte:

LXXXV.

Eneida; v. 2 de 2 · 第 3 / 15 段