«¡Turno! ¿y así permitirás que nada

Te sirvan tantos méritos, y lleve

Huésped dardanio en mengua de tu espada

El cetro que en justicia se te debe?

Aquel enlace y dote conquistada

Por tí con sangre, el Rey te niega aleve:

Y á un extranjero en tu lugar convida.

¡Vé, y por ingratos luégo expon tu vida!

LXXXVI.

»Vé, y los Tirrenos debelando fuerte,

La paz á los Latinos asegura!

Estos avisos mándame traerte

Entre el descanso de la noche oscura,

Saturnia poderosa. ¡Sús! despierte

Tu ardor la juventud, y la conjura

Los muros á dejar, de armas provista,

Y haz que á los Frigios animosa embista!

LXXXVII.

»Tú á ésos, que yacen junto al bello rio,

Y á sus pintadas naves fiero hostiga

Con rayo abrasador. El labio mio

Te enseña lo que el cielo á hacer te obliga.

Latino propio si en infiel desvío

Niega el pactado enlace, como amiga

Probó tu mano ya, pruébela ahora

Justiciera tambien y vengadora!»

LXXXVIII.

Burlándose el doncel de la adivina,

«No ha faltado,» contesta, «cual supones,

Nuncio que á la ribera tiberina

Me avise que llegaron galeones.

¿Mas tú á notificarme de rüina

A qué vienes con lúgubres ficciones?

No ha puesto la alta Juno todavía

En olvido mortal la causa mia.

LXXXIX.

»Ya: decrépita edad, y asombradiza

De suyo la vejez, tu mente, ¡oh buena

Mujer! con temorcillos martiriza,

Y de especies fatídicas te llena

Viendo entre reyes la empeñada liza.

Cuidar las aras tu deber te ordena;

Hazlo, y deja del reino á los magnates

Acordar treguas ó librar combates.»

XC.

En cólera creciente se inflamaba

Alecto oyendo á Turno; y Turno, yerta

Paró la vista, áun bien de hablar no acaba:

Espantosa vision le desconcierta,

Convulsivo terror sus miembros traba.

¡Así disforme á demostrarse acierta

La Furia, al propio sér vuelta de lleno!

¡Tanto silban las hidras de su seno!

XCI.

Y ya con vista que abrasando mata,

Al jóven, que algo, en la ocasion estrecha,

En balde de añadir medroso trata,

Sus ojos tuerce y la intencion desecha;

Y dos gemelos áspides desata

De la crin ruda de serpientes hecha,

Chasquéalos su mano, ira rebosa,

Y esto agrega con boca ponzoñosa:

XCII.

«¡Mira la ilusa aquí, la asombradiza,

Á quien el peso de los años, buena

Mujer, con temorcillos martiriza!

¡La que de especies vanas anda llena

Viendo entre reyes empeñada liza!

Torna, torna á mirar, si no te apena:

Furia soy de los reinos infernales;

Guerras llevo en la mano y fieros males!»

XCIII.

Así diciendo, vengativa tea

Al jóven lanza, en cuyo triste pecho

Ya con negro fulgor hundida humea.

En sudor copiosísimo deshecho,

Que brota y cala, pavorosa idea

Su letargo interrumpe; y ya en el lecho,

Ya fuera, con voz ronca y mano brusca,

Armas pide frenético, armas busca.

XCIV.

Y en sed de sangre criminal, en fiera

Rabia arde loco. Así en sonante llama

Los costados de férvida caldera

Cerca y envuelve allegadiza rama:

Siente el agua el ardor, bulle ligera,

Y enciéndese, y borbota, y se derrama

La desbordada espuma, y vuelto nube

El cálido vapor al aire sube.

XCV.

Hé aquí á sus nobles contra el rey Latino,

Rompida entre ambos pueblos la alïanza,

Turno señala militar camino,

Y armados los convoca á la venganza:

A Italia defender es su destino,

Y rechazar al invasor; que alcanza

Por sí sola, dice él, la fuerza suya,

A que el Latino ceje, el Teucro huya.

XCVI.

Hecho á los suyos Turno estas razones,

Y á los Dioses pedido fuerza y guía,

Entre sí los rutulios corazones

A la lid se estimulan á porfía:

Corren unos á armarse campeones

Ricos de juventud y lozanía;

Quiénes fieros con sangre régia, y quiénes

Con brazo ilustre y triunfadoras sienes.

XCVII.

Turno inflama á los Rútulos; y vuela

A los Teucros en tanto Alecto impía:

Con nueva traza, al márgen va do anhela

Tras las fieras Ascanio ó las espía;

Y con violento ardor hace que huela

Rastros de ciervo la sagaz jauría

Que Ascanio lleva. Rústicos furores

Aquí nacieron; y despues, horrores.

XCVIII.

Con altos cuernos y gentil figura,

Temprano hurtado al maternal sustento,

Hubo un ciervo á quien daban con ternura

De Tirreo los hijos alimento--

Tirreo, aquel que en campos de verdura

Custodiaba del Rey greyes sin cuento;--

Mas si querido á los mancebos era,

Silvia ante todos en su amor se esmera.

XCIX.

Ama él su servidumbre, ella le adora:

Plácida jóven, la enastada frente

Con süaves guirnaldas le decora,

Peina á su ciervo y lávale en la fuente:

Manso á la mesa va de su señora,

Ledo caricias de su mano siente;

Ociosas horas en la selva pasa,

Mas de noche, aunque tarde, vuelve á casa

C.

De la querencia, á la sazon, distante,

Ansioso el ciervo de apacible frio,

Sesteaba en la playa verdeante,

Nadando á tiempos á merced del rio.

Los podencos de Ascanio, allí cazante,

Fieros le avientan con ardiente brio;

Y á impulso Ascanio de ambicion inquieta,

Lanza del combo arco una saeta.

CI.

Y dió acierto fortuna á su descuido;

Que á herirle los ijares, por el viento

Volando al ciervo fué con gran rüido

La flecha aguda. El triste huye sangriento

A la usada mansion, y con gemido

Como quien llora y llama en su lamento,

Entra en su establo, y los contornos llena

Con los ecos dolientes de su pena.

CII.

Con las palmas los brazos se golpea,

Y alza Silvia tristísimos clamores;

Fué el primer llamamiento que á pelea

Convocó los fornidos labradores.

Ellos (pues ya invisible la ímpia Dea

Sembrara en la ágria selva sus ardores)

Al punto comparecen: éste saca

Tizon agudo; aquél ñudosa estaca.

CIII.

Cuanto ha tomado, en armas lo convierte

La rabia, y toma cuanto á mano mira.

Con recias cuñas, con empuje fuerte,

Tirreo á la sazon á hender aspira

Un roble colosal. Y como advierte

Amenazas venir, fuego respira

Del hacha asiendo arrebatado, y llama

Los suyos á su lado y los inflama.

CIV.

Volando en esto la terrible Diosa,

Que alta el momento de dañar espía,

Precipítase audaz, y el ala posa

En la cumbre mayor de la alquería;

Y desde allí la seña sonorosa

Que á pastores reune, al aire fia,

Y por el campo, con el corvo cuerno,

Hace sonar los ecos del Averno.

CV.

Y el campo se estremece y la arboleda,

Y atónita retumba selva anciana

En són profundo; y aunque léjos queda,

Oye el clamor el lago de Dïana,

Y el Velino, y el Nar, que blanco rueda

Pues de vertientes sulfurosas mana;

Trémulas madres, al rumor del trueno,

Apretaron los hijos contra el seno.

CVI.

Corren al són de la bocina insana

Los rústicos, tomando armas á tiento;

Corre, á auxiliar á Ascanio, la troyana

Juventud en abierto campamento.

Ordénanse las haces: no es villana

Riña ya, ni se ostenta el ardimiento

Con macizas estacas ó tizones;

No; que blanden el hierro, y son legiones.

CVII.

Oscura miés de puntas encontradas

El campo cubre, y en dudosa liza

Reflejan en las nubes las espadas

Del sol los rayos. Tal primero eriza

El piélago sus ondas, y encrespadas,

Más y más cada vez se encoleriza,

Y encumbrándose, en fin, desde su asiento,

Esforzado amenaza al firmamento.

CVIII.

Hé aquí, lidiando en avanzada hilera,

Crujiente flecha á su garganta asida

Almon cayó, que entre los hijos era

De Tirreo, el mayor. La cruda herida

Con la ferviente sangre que aglomera,

La húmida voz y la delgada vida

Extinguió del mancebo, á cuyos lados

Muchos otros sucumben derribados.

CIX.

Allí murió Galeso, que intervino

Medianero de paz, ¡infortunado!

Rico en tierras cual no otro convecino,

Él, viejo ilustre, y de virtud dechado:

Contaba en sus dehesas de contino

Rebaños cinco de mayor ganado

Y cinco greyes de lanosa cria;

Y el campo con cien yuntas revolvia.

CX.

Miéntras pugnaban con incierto marte,

Firme en cumplir lo que á su fe se fia

Habiendo Alecto por su fuerza y arte

Comprometido en bélica porfía

Y funeral destrozo á cada parte,

Arrebola con sangre su alegría,

Deja á Italia, veloz cruza la esfera,

Y á Juno en voz de triunfo dice fiera:

CXI.

«Lo que ansiaste, atroz guerra, odios insanos,

Te doy: sangre ha corrido: ahora, si puedes,

¡Vé, reconcilia á Ausonios y Troyanos!

Más allá iré, si gracia me concedes:

Azuzaré los pueblos comarcanos,

Y atraeré sus auxilios con mis redes

Al incendiado campo de la guerra:

De armas, si faltan, sembraré la tierra!»

CXII.

«Basta de ardides y traspasos; tente!»

Juno así respondió: «robusta nace

Esta guerra por sí: sangre reciente

Tiñe las armas que el furor les hace,

Y trábalos él mismo en lid patente.

Que á tan ardiente union y estrecho enlace

Venga de Vénus la famosa casta

Y el rey Latino mismo, ésto me basta.

CXIII.

»¡Y véte al punto! El que en Olimpo impera

No ya en paz que siguieses llevaria

Vagante Furia en superior esfera:

Si áun hay algo que hacer, á mí lo fia.»

Miéntras hablaba así Juno altanera,

Con áspides Alecto descogia

Las bramadoras alas, deja el cielo,

Y al Cocito veloz despeña el vuelo.

CXIV.

Hay en mitad de Italia, sojuzgado

De montes, noble sitio, por la fama

En apartadas tierras celebrado,

A quien valle Omnisanto el vulgo llama:

Selva le ciñe de uno y otro lado

Con medrosa negrura y densa rama;

Y entre rocas, en óndico tumulto,

Por el bosque un torrente suena oculto.

CXV.

Horrenda cueva allí la vista espanta,

Á Pluton y sus reinos abertura:

Roto Aqueronte, férvida garganta

Gran vorágine abre, y nube oscura

De vapores pestíferos levanta;--

Allí el odioso Númen su figura

Escondió derribándose al profundo,

Y su serenidad devuelve al mundo.

CXVI.

Entretanto á los bélicos furores

Juno cuida poner última mano.

A la ciudad los míseros pastores

Acorren, y sin vida á Almon lozano

Exponen; y esforzando los clamores,

Hendido el rostro de Galeso anciano

Enseñan; y cobrando la esperanza

A los Dioses y al Rey piden venganza.

CXVII.

En medio al alegato se presenta

Turno feroz, el cual de sangre y llama

El terror con sus voces acrecienta:

Que á reinar á los Teucros se les llama,

Que frigia raza en su lugar se asienta,

Y á él se pone á las puertas, dice, y brama;

Y hacen parte con él hijos de aquellas

Que de Amata en furor siguen las huellas.

CXVIII.

Miéntras las madres en vinosa danza

Atropellan florestas y collados,

(¡De una reina el ejemplo tanto alcanza!)

Ellos de un númen infernal tocados,

Convocan en tropel á la matanza,

Contra el querer del Cielo y de los hados,

Contra el temor de oráculos y agüeros;

Y las puertas del Rey asedian fieros.

CXIX.

Cual peñon en los mares, él resiste;

Como el peñon á quien con golpe rudo

En fragor recio el oleaje embiste,

Y él las ondas ladrantes oye mudo,

Y escollos, rocas que la espuma viste

Hirviente en derredor, los ve desnudo,

Y firme mira, en sus costados rota,

Ir y venir el alga que le azota.

CXX.

Yendo las cosas á merced de Juno,

Al fin el mal consejo halló camino;

Tál que, habiendo á los Dioses uno á uno

Y á los vientos alígeros Latino

Conjurado con votos importuno,

«En ondas,» dice, «adversas el Destino

Nos arrastra. Vosotros, homicidas,

La impiedad pagareis con vuestras vidas.

CXXI.

»Á ti está reservado acerbo filo;

Tarde á los Dioses volverás tu ruego,

¡Oh Turno desdichado! Yo al asilo

Que abre la tumba á mi esperanza, llego;

Sólo me privas de morir tranquilo!»

Habló Latino, y encerróse luégo,

Y á tristes pensamientos entregado,

Las riendas abandona del Estado.

CXXII.

Fué en el Lacio costumbre;--los albanos

Pueblos la honraron luégo; y la gran Roma,

Hoy si á los Getas lleva ó los Hircanos

Luto, ó sobre los Arabes asoma,

Ó á Oriente ó á los Indos va lejanos,

Ó enseñas propias á los Partos toma,

Roma, abriendo á sus triunfos la carrera,

En la misma costumbre persevera:--

CXXIII.

Y es así que dos puertas tiene iguales

El templo que renombran de la Guerra,

Por ritos consagrado inmemoriales,

Y por Mavorte, que sangriento aterra:

Guarnécenle cien barras, y son tales

El bronce y hierro que lo mura y cierra,

Que el tiempo destructor los muerde en vano;

Y firme los umbrales guarda Jano:

CXXIV.

Y apénas el Senado la balanza

Inclina por la guerra, ya, ceñida

Romúlea toga á la gabina usanza,

Vistoso el Cónsul presentarse cuida;

Las chilladoras puertas abre, y lanza

El grito que venganzas apellida:

Le sigue el pueblo, y la guerrera pompa

El clangor solemniza de la trompa.

CXXV.

Estas puertas de lúgubre destino,

Rebelde chusma con furor tirano,

Siguiendo la costumbre, al buen Latino

Mandaba abrir contra el poder troyano;

Mas á alargar el Padre no se avino

Al ministerio vil la régia mano,

Y en sombras ocultóse. El vacuo puesto

La Reina de los Dioses llena presto.

CXXVI.

La cual del cielo rápida desciende,

Y ella misma las puertas rechinantes

Empuja, y los ferrados postes hiende.

Italia, al punto, adormecida en ántes,

En bélico furor toda se enciende:

Quiénes á pié se ensayan; arrogantes

Quiénes, en polvo envueltos, potros doman;

Ya todos piden armas, armas toman.

CXXVII.

Y á las hachas dan filo, y pulimento

Á los lisos escudos y saetas;

Quieren banderas tremolar al viento,

Que el viento hieran voces y trompetas:

Renuevan, pues, al yunque el armamento

Cinco ciudades, á porfía inquietas:

Árdea, Atina potente, Crustumero,

Y Antena torreada y Tíbur fiero.

CXXVIII.

Aperciben las cóncavas celadas,

De cabezas reparo; adargas nuevas

De varillas de sauce conformadas,

Y corazas metálicas y grevas,

Hecho el argento láminas delgadas;

Y nadie ya ni en hoces ni en estevas

Ocupa el pensamiento; que humillado

Yace y se esconde el arte del arado.

CXXIX.

¿No ves cuál de sus padres los aceros

Reforjan en el horno? El clarin suena;

Pasa de mano en mano entre guerreros

El símbolo marcial: aquél estrena

Yelmo arrumbado en casa; aquéste fieros

Potros á desusado yugo enfrena;

Y la de triple franja, áurea loriga,

Toma, el escudo fiel, la espada amiga.

CXXX.

¡Hora, Musas, abridme el Helicona,

Mi númen sed! Qué jefes principales

Corrieron á ganar triunfal corona

Decid, qué gentes los siguieron; cuáles

Nobles varones en la hesperia zona

Ya florecian: honras desiguales

Da Fama oscura á tan insignes hombres;

Vosotras los sabeis, dictad sus nombres!

CXXXI.

Mezencio de los términos tirrenos,

De los Dioses reidor, primero vino,

Y armó los suyos de coraje llenos:

Lauso con él, mancebo peregrino,

El cual gallardo sobre todos, ménos

Turno, se ostenta, y de otro rango dino;

Hábil jinete y cazador de fieras:

¡Nunca hijo de Mezencio, ay triste, fueras!

CXXXII.

De Agilina mil hombres sacó en vano

Lauso infeliz. En pos de estas legiones

Noble Aventino en el gramoso llano

Su carro y sus indómitos bridones

Lanza, con palma triunfadora ufano:

De Hércules la hermosura y los blasones

Heredó, y á su escudo da ornamento

Hidra ceñida de culebras ciento.

CXXXIII.

Dióle á luz en las sombras del collado

Que, como él, goza el nombre de Aventino,

Rea, sacerdotisa, que al agrado

Cedió, débil mujer, de un sér divino,

Luégo que, habiendo á Gerïon postrado,

A las regiones de Laurento vino

El semidios, y en tiberinas olas

En paz lavó sus vacas españolas.

CXXXIV.

Trae el hijo de Alcídes su vestido,

Que ancho los hombros y hórrido cubriendo

Arrastra en puntas á los piés partido:

Piel que muestra, á su frente adorno horrendo,

Los albos dientes de un leon vencido

Tal á su regio alcázar va tremendo

Aventino marchando. Sus peones

Menean fieros dardos y rejones;

CXXXV.

Y la sabina pica aterradora

Blandiendo van. Tras éstos, dos hermanos

Dejan, Catilo y el fogoso Cora,

Argiva copia, jóvenes lozanos,

Los tiburtinos muros que decora

Nombre fraterno; y á lidiar insanos

Acorren, y con armas delanteras

A romper del contrario las hileras.

CXXXVI.

Hijos de nubes dos Centauros, cuando

De níveas cumbres rápidos descienden.

Así, ancho espacio abriendo, resonando,

Arbustos postran y la selva hienden.

Tambien Céculo vino con su bando,

Fundador de Preneste, el cual entienden

Todos los siglos que entre vil ganado

Nació, y fué pronto junto al fuego hallado.

CXXXVII.

De todas partes campesina hueste

Al Rey se adscribe que engendró Vulcano:

Los que tratan las cimas de Preneste,

Los que de Gabia, á Juno grata, el llano;

Los que el gélido Anio, y el agreste

Hérnico monte con arroyos cano;

Los que las tierras de la rica Anaña;

Padre Amaseno, y las que tu onda baña.

CXXXVIII.

No armados todos van de firme hoja,

Ni hacen ellos sonar carro y escudo:

Gente es que en balas pardo plomo arroja;

Algunos blanden doble dardo agudo:

De piel de lobo capellina roja

Les defiende la sien: de cuero crudo

Lleva el derecho pié cerrada abarca;

Desnudas huellas el izquierdo marca.

CXXXIX.

Gran domador de potros vino luégo

Mesapo, el hijo de Neptuno: el hado

Le protege, y ni á espada ni con fuego

Su sacra vida vulnerar es dado.

Él á su pueblo, en secular sosiego

A pacíficas artes avezado,

A la guerra de súbito apellida,

Empuñando el primero arma homicida.

CXL.

Forman la multitud que le acompaña

Los que el suelo Falisco y Fescenino,

Los que el alto Soracte, y la campaña

Flavinia, y lago y bosques de Cimino

Tratan, y de Capena la montaña.

Más que terrestre, ejército marino,

No de hombres, sino de aves le creyeras,

Movidas con estruendo á las riberas.

CXLI.

En ordenadas filas los loores

Cantando de su Rey marchaban ellos,

Cual entre húmedas nubes sus candores

Muestran los cisnes de Caistro bellos

Cuando vuelven del pasto, y triunfadores

Cantos exhalan de los largos cuellos;

Y el rio suena y los asianos vados

De la celeste música agitados.

CXLII.

Guiando Clauso va grandes legiones,

Igual él mismo á una legion potente;

Clauso, ilustre varon, de los varones

Antiguos de Sabinia procedente,

Del cual por las latinas poblaciones,

Tribu admitida al fin, la Claudia gente

Se propagó, desde que Roma dada

Fué en parte á los Sabinos por morada.

CXLIII.

Los de Amiterna, innumerable cuento.

Los de Cúres y Ereto habitadores

A Clauso unirse veo en un momento:

La olivosa Mutusca guerreadores

Da á su turno, y la villa de Nomento,

Y el campo de Velino, rico en flores;

Y van los que en Severo desabrido

Y en las Tétricas cumbres hacen nido.

CXLIV.

Y la Casperia y Forunila gente,

Y la que Himela en sus riberas cria;

La que bebe del Tibre en la corriente,

Y en las aguas de Fábaris: la fria

Nursia y Orcia tambien su contingente,

Y el latino país el suyo envía;

Tambien arma sus hijos la campaña

Que Alia (¡nombre nefasto!) cruza y baña.

CXLV.

En número á las ondas van iguales

Que ruedan en el piélago africano

Si triste se hunde en aguas invernales

Orion; ó á las que de Hermo en fértil llano

Ó en las mieses de Licia candeales

Espigas densas tuesta rayo insano;--

Y suenan los escudos, y la tierra

Treme, de piés batida, en són de guerra.

CXLVI.

Griego, Haleso odia á Troya: sus bridones

Unce al carro, y á Turno, á lid dispuestas

Arrastra mil valientes poblaciones:

Aquellos que del Másico en las cuestas

Cultivan, Baco, tus preciosos dones;

Los que enviaron de sus ágrias crestas

Los Auruncos ancianos; los vecinos

De los húmedos campos Sidicinos;

CXLVII.

Y los que á Cáles dejan y las bravas

Satículas guaridas, y el asiento

Que tú, Volturno, con tus ondas lavas;

Llegan al par los Oscos ciento á ciento:

Todos redondas y erizadas clavas

Prendidas llevan con flexible amiento:

Adarga que la izquierda cubre enseñan

Y el corvo alfanje con que en lid se empeñan.

CXLVIII.

Ni á tí en mis versos dejaré en olvido

En la ninfa Sebétide engendrado,

Ebalo, por Telon, cuando adquirido

Hubo de los Telebos el reinado,

Y en Cáprea, anciano ya, sentó su nido.

Estrecho el hijo en el paterno estado,

A los campos Sarrastes le dilata,

Y á los llanos tambien que el Sarno trata.

CXLIX.

Y de Bátulo y Rúfras las regiones

Le obedecen, y el valle de Celena,

Y la que Abela entre altos torreones

Campiña mira al pié de pomas llena.

Tercian la pica á guisa de Teutones:

Almete de alcornoque la melena

Ciñe en torno: de acero cicaladas

Brillan las peltas, brillan las espadas.

CL.

Dichoso en lides, rico en gloria, Ufente,

A tí á la guerra Nersa montuosa

Tambien te diputó. La esquiva gente

De los Ecuos te sigue, que escabrosa

Tierra ocupa, y de asaltos impaciente

En la caza de monte no reposa:

Siempre á nuevos despojos se aperciben,

Armados andan y de presas viven.

CLI.

Tambien, marruvio sacerdote, vino

Umbron á combatir; movióle á tanto

El rey Arquipo: sobre yelmo fino

Tiende sus hojas el olivo santo.

Él los monstruos del reino serpentino

Con el tacto domaba y con el canto;

Iras durmiendo de dragon furente

Manso paraba el ponzoñoso diente.

CLII.

¡Mísero sabio! no será que vede

El paso á la troyana arma homicida

Tu canto soporífero; ni puede

Hierba sanar la inevitable herida

Si en Marsos montes se buscase adrede.

El bosque te lloró que Anguicia cuida,

Y las diáfanas olas de Fucino;

Vivos lagos lloraron tu destino.

CLIII.

Luégo, prole de Hipólito, dechado

Llegó, Virbio, de garbo y lozanía:

Con la prístina gloria señalado

Materna Aricia á pelear le envía

Del fondo de la selva en que educado

Fué por Egeria, cabe la onda fria,

A par del ara ilustre de Dïana,

Rica en votos, no tinta en sangre humana.

CLIV.

Es fama que despues que sin ventura,

Por traza infame de madrastra fiera

Y de padre cruel sentencia dura,

Fué Hipólito arrastrado en la ribera

Por caballos sin freno, al aura pura

Tornóse á alzar y á la superna esfera,

Por merced de Dïana y su cuidado

Con médicas raíces reanimado.

CLV.

Miró indignado el Padre Omnipotente

Que un hombre de los reinos infernales

Volviese así con apacible frente

A la luz y á los hálitos vitales,

Y ráfaga flechó de fuego ardiente

Contra el de ciencia tanta y hierbas tales

Sabio descubridor, hijo de Apolo,

Y en las estigias aguas sepultólo.

CLVI.

Compadecida entónces la alma Diosa

A Hipólito tendió su mano pia,

Y en morada le oculta nemorosa

Y allí á la ninfa Egeria le confía:

Oscuro así y en soledad dichosa

Una vida ingloriosa viviria

Por las selvas itálicas, cual hombre

Nuevo, de _Virbio_ bajo el nuevo nombre.

CLVII.

Al templo y á los bosques de Dïana

Por eso á los cornípedos corceles

Llegar no es dado, pues la mar cercana

Huyendo, y monstruos de la mar crueles,

Tiraron mozo y carro en fuga insana.

Él no ménos audaz, ellos más fieles,

Sus potros en el campo el hijo incita,

Y su carro á la guerra precipita.

CLVIII.

Revuélvese ante todos corpulento

Y sobre todos la cabeza eleva

Armado Turno, cuyo almete al viento

Triple penacho ofrece, y alta lleva

Quimera que respira etneo aliento:

Ella su ardor al parecer renueva

Envuelta en tristes llamas, á medida

Que la lid se ensangrienta embravecida.

CLIX.

Con altos cuernos y relieves de oro

En tanto el terso escudo abulta Io,

Prole aparente de cerdoso toro

(Nobiliaria leyenda); Argos impío

Custodio allí de virginal tesoro

Osténtase tambien; tambien un rio

Figurado de líquida abundancia

De la urna cincelada Ínaco escancia.

CLX.

Con trabadas rodelas en los llanos

Una nube le sigue de peones:

Allí van los Argivos, los Sicanos

Antiguos, en cerrados batallones,

Y Rútulos, y Auruncos, y Sacranos;

Los Labicos, que pintan sus blasones;

Los que te explotan, Tibre, en bosques rico,

Y tus sagradas márgenes, Numico.

CLXI.

Y las gentes que rútulos collados

Cultivan; las que tratan la colina

Circea; las que campos sojuzgados

A Júpiter Anxur, y el que domina

Holgándose en sus verdes arbolados

Feronia; las que la húmeda Pontina

Laguna, y hondos valles por do Ufente

Helado va en el mar á hundir la frente.

CLXII.

Con gallardo escuadron la marcha cierra

Honor, Camila, de la Volsca gente:

Sus jinetes temblar hacen la tierra

Acorazados de metal luciente.

No á hilar, no á tejer mimbres, mas en guerra

A lidiar y á sufrir, manos y mente

Dió la animosa vírgen, que en su vuelo

Vence al aura y apénas toca el suelo.

CLXIII.

Sobre campos y mieses pasaria

Sin mover las aristas la doncella

En su rápido curso; cruzaria

Con planta enjuta y fugitiva huella

Hinchadas olas de la mar bravía

Como suspensa aparicion. Por vella,

Mozos, hembras, en campos y poblados,

Acuden á su paso embelesados.

CLXIV.

Y áun de léjos admiran cómo vuela

Gentil; cómo con púrpura los bellos

Hombros, terciando regio manto, vela;

Y cómo los undívagos cabellos

En auríferos hilos encairela;

Cómo con licia aljaba da destellos;

Y cuál blande con noble desenfado

El mirto pastoral de hierro armado.

LIBRO OCTAVO.

I.

Así que de la guerra el estandarte

Turno en su alcázar tremoló en Laurento,

Y con ronca trompeta á toda parte

El alarma llevó, y en movimiento

Sus potros puso y el tropel de Marte,

Los ánimos se turban al momento,

Todo el Lacio á su voz tiembla y le imita,

Toda la juventud arde y se agita.

II.

Por sumos jefes van Mesapo, Ufente,

Y aquel que de los Dioses se reia

Mezencio audaz: de agricultora gente

La campaña doquier dejan vacía,

Recursos rebatando. Incontinente

A Vénulo sagaz allá se envía

Do el gran Diomédes asentó su corte,

Que anuncios lleve y de él favor reporte.

III.

Eneida; v. 2 de 2 · 第 4 / 15 段