sentado. Plantose a la puerta, dio en las losas dos golpecitos con
la contera de su bastón, en el que apoyó en seguida su diestra mano,
oprimió suavemente con la otra sus gafas contra el entrecejo, carraspeó
tres veces, levantó mucho sus cejas y los correspondientes párpados,
como si se maravillara de algo, y exclamó, por todo saludo, encarándose
con mi amigo, y también de ustedes probablemente, el dueño de la tienda:
--Señor D. Juan: pic... pic... pic.. pic... pic... pic... pic... (y
marcaba cada uno de estos sonidos con la mano izquierda, unidos índice
y pulgar.) Siete veces picó; y yo quieto,... quieto,... quieto,...
Picadas falsas... Tú te clavarás... En efecto: un poco después,
¡zas!... ¡zas!... (y aquí frunció el ceño el buen señor, y marcó los
golpes a puño cerrado)... Ahora muerdes, dije yo, y ¡rissch! tiro en
firme... ¡Dos libras y media pesó! ¡Una porredana como un bonito!...
Ayer tarde, a dos brazas de _la Horadada_... Esta noche tendemos el
esparavel... Ya diré a Vd. la carnicería que resulte... Adiós, Sr. D.
Juan.
Y se fue.
Así conocí yo al inofensivo, al dulce, al apacible, al venturoso
Marqués de la Mansedumbre.
UN JOVEN DISTINGUIDO,
(_visto desde sus pensamientos_.)
I.
EN UN CUARTO DE UNA FONDA.
No me digan a mí (_enfrente del espejo, y en ropas menores_) que
aquellos hombres de anchas espaldas y robusto pecho, que gastaban
gabanes de acero y pantalones de hierro colado, eran el tipo de la
belleza varonil... Serían, todo lo más, forzudos; pero elegantes...
¡bah!... Hay que desengañarse: es mucho más hermosa la juventud de
ahora... ¿Qué hay que pedir a esta pierna larga y delgada, como
un mimbre? ¿a este brazo descarnado y suelto, como si no tuviera
coyunturas? ¿y a este talle que se cimbrea? ¿y a este pescuezo de
cisne?... ¡Si no fuera por esta pícara _nuez_! Pero se me ha corregido
mucho, y a la hora menos pensada desaparece por completo. De todas
maneras, la cubriré con la barba... cuando la tenga... Y en verdad que
sentiré tenerla, porque con ella perderá el cutis su frescura: ¡cuidado
si es fresco y sonrosado mi cutis! ¡Si estuviera la cara un poco más
llena de carnes y fueran los dientes algo más blancos y menudos!...
porque con estos ojos rasgados, este bigotillo de seda y este pelo
negro echado hacia atrás... ¡Qué hermosa frente tengo!... Y eso que no
es muy ancha... Bien. Ahora el traje _amelí_ de _negligé_. ¡Qué bien
cae el pantalón sobre los pies! Me gustan estas campanas tan anchas,
porque tapan los juanetes. ¡Pícaros juanetes! ¿Por qué he de tener yo
juanetes como un hombre vulgar?... No sé si me ponga el sombrero de
paja a la marinera, o el de fieltro. Como es por la tarde... Me decido
por el de paja. No _viste_ tanto, pero _me va_ muy bien... Ahora los
guantes de piel de Suecia, el bastón de espino ruso..., y a la calle...
Vaya antes una mirada general... Intachable. ¡Cómo se nos conoce en _el
aire_ a los chicos distinguidos!... Por cierto que estos provincianos
de Santander tienen un afán de arrimarse a uno... y luego serán capaces
de quejarse si se les da un desaire... Pues no me hace gracia esta
corbata: no juega bien con el traje. La cambiaré. Afortunadamente tengo
en qué escoger. Papá se propuso sin duda que en esta primera salida mía
a provincias dejara yo el pabellón bien puesto, y nada me ha escaseado.
Corresponderé, papaíto, a tus propósitos; y la fama te dirá luego quién
es tu hijo. Así están más en armonía los colores; y hasta las puntas
sueltas _dicen_ mejor a este traje que el nudo armado... Probablemente
me estarán esperando en el Sardinero Casa-Vieja, Monteoscuro,
Pradoverde y Manolo Cascajares... y hoy me hacen suma falta, para que
me ayuden a averiguar quién es aquella hechicera y distinguida rubia
que paseaba ayer tarde con las de Potosí. Cuando quise acercarme a
ellas para saberlo, se metieron en un carruaje, y perdí la pista...
Tres veces me miró ¡tres! pero ¡con qué intención!... Lo raro es que
yo no la conocía hasta entonces... Acaso ella me haya visto antes en
alguna parte: esto es lo más probable... En lo que no cabe duda es
en que las de Potosí la habrán dicho quién es papá; por consiguiente
tengo andada la mayor parte del camino, y mis _relaciones_ con ella
son seguras... Lo siento por el desengaño que van a llevarse mis dos
conquistas del Muelle. ¡Pobres chicas! Pero ellas se lo han querido.
A la tercera vez que pasé bajo sus balcones ya me devoraban con los
ojos... Y el caso es que son muy bonitas... Si se conformaran con el
segundo puesto que les corresponde en mi corazón. ¡Corazón! Pero ¿le
tienes tú, acaso, joven voluble?... ¡Y ellas que aspiran a conquistar
el primero! Tendría que oír lo que se dijera de mí en Madrid este
invierno, si me presentara en el gran mundo con la historia de dos
conquistas provincianas por botín de mi campaña veraniega. ¡Yo que soy
uno de los chicos de moda y de más porvenir!... En fin, por de pronto
martiricémoslas un poco, y enseñemos a estos cursis montañeses algo de
lo que vale y puede un joven de la buena sociedad madrileña.
II.
EN LA CALLE.
Antes de acometer el asunto principal de mi empresa de hoy, hagamos un
poco de prólogo por el interior de la ciudad. Éntrome por la calle de
San Francisco... ¡Vulgo, vulgo todo! Modistillas, horteras, traficantes
que van y vienen, y algunas señoras cursis... Aquellos tres chicos
con humos de elegantes van a querer arrimarse a mí... Haré que no los
veo, poniéndome a mirar esta vidriera... Ya pasaron... Me carga esta
gente por lo pegajosa que es... No sé por qué se les figura que el
darle a uno billete para el Círculo, o para los bailes de campo, les
autoriza para tomarse ciertas libertades... Todos los que pasan a mi
lado me miran. Dirán para sus adentros: «¡Qué chico tan elegante y tan
distinguido; ese es de Madrid!»... porque se nos conoce a la legua...
Se me figura que por más allá de San Francisco viene algo que no es
vulgo... ¡Oh, fortuna! son las de Cascajares. Bien decía yo que ese
aire no era de por acá. Voy a saludarlas... «A los pies de ustedes...»
«Perfectamente, gracias...» «Pues por aquí matando el aburrimiento...»
«Lo comprendo sin que ustedes me lo digan...» «Ni tampoco sociedad...»
«Qué quieren ustedes, les falta _chic_...» «También yo, en cuanto
se marchen las amigas del Sardinero...» «Creo que van primero a
Ontaneda...» «Y Pilar erisipela...» «¡Qué maliciosas son ustedes!...»
«Y Manolo, ¿dónde anda?...» «Entonces le veré en el Sardinero.» «A los
pies de ustedes.»
¡Qué amables, qué discretas y qué distinguidas! Pues tampoco yo he
sido rana... ¡Aquello de la erisipela lo dije con una travesura
y un retintín!... A estos _gomosos_ provincianos quisiera yo ver
tiroteándose con las señoras del gran mundo. ¿Qué idea tendrán de él
aquí? ¡Pobre gente!
Pues señor, esta región ya está explorada. Ahora al Muelle. Allí
lanzaré un par de flechazos a mis dos montañesitas, y en seguida tomo
el tranvía para el Sardinero. De más tono sería un carruaje abierto, en
que fuera yo recostado con esa indolencia voluptuosa que tan bien me
va; pero no hay que hablar de eso en este pueblo atrasadísimo... Echo
por los atajos para llegar primero.
¡Oh, qué brisa tan oportuna corre por aquí!... ¡Cómo juguetea con
mis cabellos y con las puntas sueltas de mi corbata!... ¡Debo estar
hermosísimo en este instante!... Andaré un poco más de prisa, no se
figure algún mentecato indígena que la Ribera ni las que en ella viven
son capaces de llamar mi atención... ¡Voy de paso, sí señores, nada más
que de paso!... aunque demasiado conocerá la gente que, a estas horas,
no puede venir por aquí con otro objeto un chico distinguido de Madrid.
Me parece que aquel mirador es el de una de ellas. Justamente...
¡como que está esperándome en él!... Pero no está sola... ¡Anda! pues
es _la otra_ quien la acompaña. Serán amigas... Tanto mejor; así
despacho de un solo viaje. ¡Hermosa carambola voy a hacer con cada
mirada!... ¿qué digo carambola? la discordia es lo que van a producir
mis miradas; como la manzana del otro... ¡Suerte más provocativa!...
Vayan, ante todo, un par de golpes de puños, haciendo, de paso, como
que el sombrero me sofoca, para meter los dedos entre el pelo... A
esos dos provincianillos que vienen por la otra acera, les haré un
saludo desdeñoso; y dirán las chicas: «¡con qué desdén tan distinguido
los trata; cómo los domina!»... ¡Agur!... ¡Qué fachas van!... Las del
mirador me han visto... Pues allá va la mirada... Ya la pescaron...
Me miran de reojo y se sonríen y cuchichean. ¡Cómo disimulan la una
con la otra! Luego será ella, cuando tratéis de ver quién se le lleva.
Para vosotras estaba, inocentes... La verdad es que son monísimas...
¡Válgame Dios, qué estragos podía yo hacer en este pueblo si me lo
propusiera! No miro a una que no me corresponda... Otro golpe de brisa.
Todo me favorece hoy. ¡Es que estoy graciosísimo con estas arremetidas
del aire!... Antes de perder de vista el mirador, voy a volver la
cara... ¿No lo dije? Devorándome están con los ojos... Y para disimular
más se meten corriendo en casa, haciendo que ríen a carcajadas... ¡De
cuánto fingimiento es capaz la mujer! Pues señor, este fruto está ya
sazonado; y aunque sea para entreplato, se aprovechará.
El _Suizo_. Con la disculpa de buscar a alguien, voy a darme un par de
golpes de espejo... Perfectamente. ¡Qué hermoso estoy esta tarde!...
¡Es que nunca ha sido mi cutis más blanco, ni han tenido mis ojos más
hechicera languidez! No me extraña que las del mirador hayan quedado
fascinadas... ¡Es mucho ese Madrid para chicos distinguidos!
Ahora, a tomar el tranvía y buscar a mi gente al Sardinero... ¡Ah,
rubia! te compadezco...
Me cargan a mí estos tranvías de provincia, por la morralla que va en
ellos... Por supuesto que, como de costumbre, tendré que ir de pie en
la imperial, porque, en el interior, es un poco pesado llevar tanto
tiempo el ceño fruncido y la cara de asco... Y de otro modo no puede
ir un chico distinguido como yo. Arriba, con la disculpa de mirar al
mar, puede uno siquiera volver la espalda a todo el mundo sin violencia
y sin que choque... Debería haber departamentos especiales en estos
carruajes.
III.
EN EL SARDINERO.
Esto ya es otra cosa... aquí puedo decir que estoy en mi casa. ¡Qué
_toaletas_; qué _negligés_ tan _chic_!... ¡Cómo se destacan las
madrileñas!... y ¡cómo me destaco yo! Empecemos por buscar a los
amigos; después a la rubia. La compañía le hace a uno más osado y hasta
más elocuente... No los veo por ninguna parte... Pero en cambio veo a
las de Potosí que están aquí paseando. ¡Canastos! vienen solas... ¿Y
la rubia?... Lo más acertado será preguntar discretamente por ella...
«Señoritas...» «Muy bueno, gracias...» «Sí, la tarde está hermosa para
eso...» «Ayer estaban ustedes más acompañadas...» «Palabra de honor;
jamás había visto a esa señorita...» «Hermosa es en efecto; pero
¿y qué?...» «Ni tarde ni temprano...» «¡Que se ha marchado ya!...»
«Oh, no me admiro por lo que ustedes creen, sino por lo poco que ha
estado aquí...» «De modo que veinticuatro horas escasas...» «Pues no
vi yo a su papá...» «¡Barrizales!» «¿Luego ella es Lola Barrizales,
la que estaba en un colegio de Alemania?» «Y, ¿qué va a hacer ahora
en Madrid?...» «¡Que va a casarse en cuanto llegue!...» «Nada hay de
raro, en efecto, sino que... en fin, que sea enhorabuena.» «Y hablando
de otra cosa ¿han visto ustedes a Casa-Vieja y demás amigos por
aquí?...» «Lo siento, porque andaba buscándolos para un asunto... Veré
si en la galería... A los pies de ustedes.»
¡Horror y maldición! Conque era Lola Barrizales, y Barrizales es íntimo
de papá, y ella supo quién era yo; luego aquellas miradas eran lo que
yo me figuraba; y tal vez la sacrifican y ella quería decírmelo, y yo
pude haberlo impedido con una sola entrevista... ¡Maldito coche en que
se metieron ayer! ¡Lola Barrizales! ¡bella, rica y distinguida!...
¡Qué ocasión para mí! ¡qué ocasión perdida, dioses inmortales! Pero
¿tiene remedio ya este bárbaro contratiempo? Eso es lo que tengo que
consultar con mis amigos, y voy a buscarlos ahora mismo a la galería...
Entraré en ella muy pensativo y hasta cabizbajo, como quien lleva
herido el corazón: esta actitud me _irá_ muy bien. Entremos. ¡Cuánta
gente elegante!... No están ellos aquí tampoco... En aquel extremo
hay una silla desocupada... La ocupo... Dos chicas muy guapas se han
fijado en mí. Buena ocasión para herirlas... Apoyo el codo en la
barandilla, la cabeza sobre la palma de la mano, y me pongo muy triste
y melancólico. Siguen mirándome... Y dirán ellas: «Ese joven debe tener
una gran pesadumbre ¡qué hermoso es!» y me compadecerán... Ahora miro
al suelo, apoyando la frente en mi mano; y como si quisiera ocultar
alguna lágrima que enturbiara mis ojos, doy golpecitos en el pie con el
bastón. Pero la angustia va en aumento, el disimulo no alcanza y vuelvo
la cara hacia la Ermita. Para expresarlo mejor, muerdo el pañuelo...
Estoy así un ratito, como sollozando. ¡Qué hermoso debo estar!...
Ahora, después de sonarme y guardar el pañuelo, debo levantarme y salir
de prisa, ocultando la cara, como si mi dolor se aumentase entre la
gente. Allá voy... Siguen mirándome las dos chicas y creo que algunas
más. No importa; yo no puedo, no debo, en esta situación, fijarme en
nadie: a papá mismo negaría el saludo... ¡Magnífica salida he hecho!
¡Qué interesante he estado!... Me parece que he causado gran efecto. A
la noche indagaré si se habló algo de mí después que salí de la galería.
Aquí afuera hay demasiada gente también, y no debo permanecer entre
ella estando tan triste como estoy. Me voy del Sardinero a buscar
la soledad que me corresponde. «Estuvo aquí un instante (debe decir
la gente mañana) muy afectado, y se retiró en seguida sin saludar a
nadie...» Y habrá hasta quien crea que fui a los Pinares a levantarme
la tapa de los sesos. ¡Magnífico! Esto me pondrá de moda.
Me vuelvo a la ciudad, a pie, por la Magdalena; y me ayudarán a
conllevar las fatigas del camino mis tristezas. En marcha, pues.
IV.
OTRA VEZ EN SU CUARTO.
Resumen de mis meditaciones del camino: continuaré en Madrid la empresa
malograda aquí. El destino me la arrebató soltera; yo haré que el
diablo me la devuelva casada. (_Desnudándose enfrente del espejo._)
¡Qué interesante me han puesto la pena y el cansancio!... Un amor
contrariado con los correspondientes azares y escándalos, debe ser
la ambición de todo hombre de mundo. La suerte quiere, por lo visto,
que yo empiece por donde tantos calaveras han concluido. Cúmplase
mi destino, y ¡adelante! Pero entre tanto, yo padezco y necesito
distraerme. Me distraeré... abusando un poquito de mis ventajas... Esta
noche al teatro; mañana al baile de campo con todos los recursos de mi
hermosura, de mi distinción y de mi ropero. No me contentaré ya con la
mirada y con la sonrisa; usaré también el billete perfumado, y luego el
soborno, y después el escalamiento, y por último, hasta el rapto, y, si
es preciso, la estocada... Comencemos por vestirme de serio... ¡Juro a
Dios que no me detendrán en mi carrera ni lágrimas ni amenazas! Yo no
he traído esta contrariedad fatal; yo no me he colocado por mi gusto
en esta actitud que ha de dejar memoria eterna en Santander. No se me
pregunte luego por qué dejo víctimas detrás de mí:
«Soy el león... perseguido
que sacude la melena.»
Y pues al cielo plugo hacerme sentir el fuego de una pasión, y
arrebatarme el objeto que me la inspirara, de las cenizas que deje a mi
paso esta llama abrasadora,
«responda el cielo, no yo.»
LAS DEL AÑO PASADO.
¿Conoce el lector a _las de Doña Calixta_? En un libro que anda por
ahí con el rótulo de _Tipos y Paisajes_, se habla de ellas y de otras
muchas cosas más. Si no las conoce, compre el libro. Si las conoce, con
decirle que no se separan de ellas en todo el verano las aludidas en
el título de este croquis, debe hallarlas en su memoria a poco que la
registre.
A mayor abundamiento, le daré algunas señas particulares. Son dos,
madre e hija. La madre es achaparrada, con el pescuezo más bien
embutido que colocado entre los hombros, y la cabeza ensartada en el
pescuezo, como una calabaza en la punta de una estaca; tiene ancha y
risueña la boca, fruncido el entrecejo, grises los ojos, poca frente,
mucho pelo, mala dentadura y peor el cutis de la cara. La hija, por
uno de esos caprichos inconcebibles de la naturaleza, es todo lo
contrario de su madre; de bizarras líneas, de hermosas y correctísimas
proporciones; modelo del arte clásico, mármol griego, y como de tal
sustancia, fría e inanimada. Se llama Ofelia. Su madre no responde más
que al nombre de Carmelita, aunque otra cosa se le grite al oído.
Los que lo entienden, dicen que Ofelia podría ser irresistible por la
sola fuerza de su propia hermosura, con expresión en la fisonomía,
flexibilidad en el talle y gusto en el vestir; pues además de rígida
e inanimada, parece que es sumamente _cursi_. En cuanto a Carmelita,
basta verla en la calle una vez para que el menos autorizado en la
materia pueda decidir de plano que es un espantapájaros.
Táchase en las dos, como resabio de su mal gusto, un afán inmoderado de
hacer ver a todo el mundo que siempre llevan zapatos nuevos, de los más
relumbrantes o de los más historiados.
Cómo empezaron sus relaciones con las de D.ª Calixta, no lo sé yo:
acaso hubo entre unas y otras esa atracción misteriosa que se explica
en latín con aquello tan sabido de _similis, similem querit_; pero
es indudable que desde que por primera vez llegaron a Santander a
veranear, intimaron con la _coronela_ y sus tres hijas, como dos gotas
de agua con otras cuatro. A sus reuniones van, a sus amigas visitan;
con ellas recorren de día y de noche calles y paseos; _por_ ellas pagan
sorbetes en el café, coches al Sardinero, y lunetas en el teatro; y en
su exclusiva compañía asisten a los bailes campestres, a las serenatas,
a las procesiones y a las solemnidades públicas.
Desde la primera vez que se la vio en este pueblo, llamó la atención
la hermosura de Ofelia; pero ni los hombres la codiciaron, ni las
mujeres la temieron: sus ya enumerados defectos y el contrapeso
estrafalario que le hacía su madre constantemente, entibiaban hasta
el frío el entusiasmo de los unos, y tranquilizaban hasta el desdén a
las otras. Nadie, pues, supo su nombre, ni quiso cansarse en preguntar
por él. El primer año, si se la citaba en una conversación, se decía
únicamente: _esa que anda con las de Doña Calixta_. Desde el verano
siguiente, ya se las llamó, a ella y a su madre, _las del año pasado_;
especie de mote que revela cierto cansancio de verlas, y pocos méritos
para murmurar de ellas más de una vez.
Las de Doña Calixta están locas por Ofelia. En su presencia, la
ensalzan hasta la adulación; ausente, aburren al lucero del alba
hablando de su hermosura, de su elegancia, de su brillante posición, de
sus relaciones entonadas en Madrid, de las magníficas proporciones que
desecha, de sus deseos de llevarlas a pasar el invierno a su lado, de
las cartas que se escriben desde que se va de aquí, y de los encargos
que se hacen mutuamente,
--Pero ¿quiénes son ellas? --se ha preguntado muchas veces a las
de Doña Calixta--. ¿Qué pito tocan en Madrid; cuál es su verdadera
posición social?
A cuyas preguntas jamás han dado las interrogadas una respuesta
satisfactoria; porque, a decir verdad, no están ellas en el asunto
mucho más enteradas que los preguntantes. Y bien sabe Dios que hacen
todo lo posible por ajustar a sus amigas las cuentas al menudeo; pero
sea porque el asunto es harto sencillo y no necesita explicaciones y
está a la vista, o porque realmente hay malicia para disfrazarle, es lo
cierto que las de Madrid no acuden al interrogatorio con la claridad
que desean las de Guerrilla.
--Dichosa de ti --dicen éstas a Ofelia en sus frecuentes confidencias
con ella--, ¡dichosa de ti, que puedes vivir en la Corte con todas las
ventajas que te dan tu posición y tu figura!
--No tanto como creéis --contesta Ofelia entre desdeñosa y presumida.
--¡Ay! no me digas eso... Di que Dios da nueces... Aquí te quisiera yo
ver todo el año.
--De modo que, mejor que aquí, desde luego os confieso que se pasa allí
el tiempo; pero de esto a lo que vosotras pensáis...
--¡Madrid! con aquellos paseos, con aquellos teatros, con aquella tropa
y aquellas músicas... Todo el día estarás oyéndola, ¿verdad?
--Psé... Como no sea alguna vez que voy a la parada con mamá...
--¡A Palacio!... ¡qué hermosura!... estará la plaza llena de generales.
--Ni se _arrepara_ en ellos, chicas... La última vez que fuimos se
empeñó el coronel _entrante_ en que tomáramos asiento en el pabellón...
--Y tú, con esa sequedad condenada, no querrías.
--Claro está que no.
--Uf, ¡qué rara, hija!... ¡Me da coraje ese genio! No me extraña que te
sucedan ciertas cosas.
--¿Qué cosas?
--Por de pronto, aburrir a tus proporciones, y hacerlas creer que las
desprecias; que es lo mismo que si las tiraras por la ventana... Ya ves
cómo lo creyó aquel de quien nos hablabas ayer...
--¡Mira qué ganga!... Un simple _catredático_.
--Ya se ve, ¡como tienes otros adoradores de alto copete!
--No lo dirás por el _comendante_ que me echó la carta por debajo de la
puerta.
--Ya sabes tú que voy por más arriba.
--Por el Marqués de la esquina, ¿eh?
--¿Se llama así?
--No, pero vive a la esquina de la calle, dos puertas más abajo que
nosotros..., como vive un Duque tres puertas más arriba, y un Marqués
enfrente.
--De modo que en tu calle todos sois personajes.
--Eso sí.
--¡Qué gusto! Y lo del Marqués ¿será cosa hecha?
--Psé... Hay poco que fiar, si os he de decir la verdad; no porque
él no esté bien apasionado, sino porque como en Madrid hay tantas
proporciones, y cambia una tantas veces de parecer... Esto nació del
teatro Real... Como es muy amigo de papá, me acompañó hasta casa a la
salida. Después me ha visitado muchas veces, y siempre ha tenido alguna
cosa que decirme al oído.
--Y tú, ¿qué le has contestado?
--Que se lo diga a papá.
--¿Ve Vd.? ¿A que desprecias también esa proporción?
--Allá veremos.
--Ay, ¡qué sangre de chufas!... ¿De modo que vas muy a menudo al Real?
--Bastante.
--Estarás abonada.
--No quise que se abonara papá a turno con las _Consejeras_ del
principal: ellas bien me lo rogaron; y desde entonces, porque no lo
tomaran a desprecio, no me he abonado nunca.
--¡Buenas estarán aquellas funciones! ¡Qué concurrencia habrá allí!
--Mucho personaje... toda la Corte... y muchísimo título; pero de
confianza.
--Como que os conoceréis todos.
--La mayor parte son íntimos de papá.
--¿Por qué no tiene título tu papá?
--Porque, como él dice, está por lo positivo.
--¿Tendréis carruaje?
--¡Como hay tantísimos de alquiler!...
--Es verdad.
--Por supuesto, que te escribirás con el Marqués.
--Anda, curiosa, picarona, ¿quieres saber tanto como yo? Esas cosas no
se dicen, ¡ea!
Y con esto, o algo parecido, y cuatro palmaditas sobre el hombro de la
preguntona, corta Ofelia el interrogatorio a que todos los días se la
somete, y cambia de conversación.
Entre su madre y Doña Calixta pasa, en el ínterin, algo por el estilo.
--¿Y cómo no se anima su esposo de Vd. a acompañarlas algún verano?
--pregunta a la de Madrid la coronela.
--Porque no puede, Doña Calixta.
--¡Que no puede!... ¡un hombre de su posición!
--Pues por lo mismo. Usté no sabe, Doña Calixta, ¡qué bregas y qué
_laberientos_ trae ese hombre de Dios metidos en aquella cabeza! Ya se
lo digo yo bien a menudo: «¡Cualquiera pensará que no tienes qué comer!»
--Lo mismo me pasa a mí con el coronel, Carmelita. Ahí le tiene Vd.
metido en sus haciendas todo el año de Dios. Hoy que está levantando
la presa de una fábrica de harinas; mañana que va a los cierros con
un regimiento de cavadores; otro día, que está cercando una mies que
compró la víspera; ahora, que construye una casa de labor; después,
que entró la peste en la ganadería y ha tenido que visitarla con los
albéitares; cuándo que los colonos; cuándo que el administrador...
¡Nunca jamás tiene un día para ver a su familia!
--«Pero, hombre --le he dicho algunas veces--, sacrifica media semana
siquiera para saludar a estas señoras tan buenas y que tanto nos
quieren»... Como si callara, Carmelita...
--Pues sucediéndole a Vd. eso con su esposo ¿cómo le extraña a Vd. que
el mío no nos acompañe jamás?
--Creía yo que los negocios de ese caballero no serían de los que
amarran tanto como las aficiones de Guerrilla.