libre. Estamos almorzando: carta del Ministro de Hacienda para que se
vea con él inmediatamente; nos sentamos a comer: volante del Gobernador
que tiene que hablarle _de continente_; vamos a salir al Prado, o a la
Castellana, o al teatro, o al baile de Palacio, es un suponer; pues el
diputado, o el ayudante del general, o el diablo, está ya a la puerta
para que se vea en el _azto_ con el presidente de las Cortes, o con
el Capitán general, o con el director de Beneficencia, sobre que la
contrata, o el suministro... Le digo a Vd. que él podrá ganar buenos
caudales, pero buenos sudores le cuestan al pobre. Así es que algunos
días tiene un humor que tumba de espaldas.
--¿Y por qué no tiene un hombre de su confianza en quién descansar?
--Porque, como él dice, «hacienda, tu amo te vea». Lo mismo le pasará a
su esposo de Vd.
--Es verdad; pero ya que tan bien le ha ido y le va con los negocios
¿por qué no se retira de una vez? La salud ante todo, Carmelita. Y para
una hija sola que tiene...
--Cierto es eso; pero los negocios, parece ser que están enredados unos
con otros, y que no es tan fácil como se cree echar el corte cuando se
quiere... Y si no, pregúnteselo Vd. al coronel.
--En verdad que algo de eso suele decirme a mí Guerrilla cuando le
llamo codicioso, y le aconsejo que lo deje todo y se venga al lado de
su familia.
--Pues velay, usté.
--Ya, ya; ya me hago cargo.
Y por más vueltas que dan la madre y las hijas a sus interrogatorios,
no sacan otra cosa en limpio las de D.ª Calixta, con respecto a la
verdadera posición social de sus amigas de Madrid.
Algo pudiera decirlas yo que les ahorrara más de la mitad del camino
para llegar al asunto: pero ¡vaya Vd. a ponerlo en sus bocas! Toda la
veneración que sienten por Ofelia, no alcanzaría a impedirlas que se lo
contaran, _en secreto_, al primero que les manifestara el mismo afán
que ellas tienen hoy. Y que ese _algo_ no debe publicarse después de
haber ellas mismas ensalzado tanto la prosapia de Ofelia, es indudable.
Y si no, que lo diga el imparcial lector, a quien hago juez en el
asunto. Trátase de una carta que las de Madrid se dejaron olvidada
debajo de la cama, en la casa de huéspedes que habitaron el verano
pasado: carta que llegó a mi poder, no diré cómo, y dice así:
«Mi más querida esposa Carmelita, y amadísima hija Ofelia: Sus
escribo la presente para decirvos que estoy bueno de salú, y para
que me digáis cómo anda la vuestra; pus va diquiá dos semanas que no
recibo carta de vusotras. De paso sus alvertiré que, como la lezna
no entra por onde señala, lo de la contrata de zapatos para el
Hospicio no salió esta vez como las otras; y gracias que lo cuento
en mi casa. Paece de que antier volvieron los chicos descalzos al
establecimiento, porque a resultas de la lluvia, se reblandeció el
cartón de la suela, y se descubrió el ajo. Diréis que cómo otras
veces ha pasado el engaño, y ahora no. Sus diré a eso que, en primer
lugar, esta vez, por guitonada de los oficiales, no se dio bien al
cartón el unto que sabéis y con el que aguantaba un zapato siquiera
tres posturas (no mojándose en la segunda); y después porque ya no
está allí el encargado de enantes, que además de recibir la obra
por buena, echaba a los chicos la culpa de la avería, cuando se le
quejaban de ella. Tomó cartas ahora el Administrador, y me baldó.
Por buena compostura, he consentido en perder todo el valor de lo
entregado; que, por fortuna, de cartón era ello y de badana. ¡Bien
haya los sofocos que me di cortando pares en el mostrador! ¡Y yo
que pensaba calzar a medio ejército de tropa, por lo que, como
sabéis, tenía echado un memorial en el menisterio! Me temo que lo del
Hospicio no me ha de favorecer nada para el caso. Y lo peor es que
por atender con todos mis operarios a la tarea, los parroquianos de
fino han estado mal servidos, y algunos me dejan.
»A todo esto, sus diré que el Marqués de la esquina se ha casado en
Alicante, con una viuda rica y vieja, para salir de trampas. Bien
sus decía yo que estaba más tronado que una rata, y también sus dije
que me debía los botitos de dos años; y ahora sus diré que además
me debía siete duros que me pidió una noche al pasar por la tienda,
porque no llevaba suelto. Cuando venga le pasaré la cuenta de todo;
y si paga, que no pagará, eso saldremos ganando... ¡y gracias que
no nos debe más, que bien hubiera podido ser! No hay que pensar en
estos Marqueses que soban mucho a los artistas que tenemos hijas
guapas.
»Esto me alcuerda que ya van cinco veranos que veraneáis en esa,
sin el menor apego de _indiano_, como sus figurestes. Con un par de
negocios como el del Hospicio, sacabó la tela y, como el otro que
dice, el veraneo de moda. Mucho sus quiero, pero no sé si podréis
ripitir.
»Venisius pronto, que ya me hacéis falta para el ribeteo en fino:
alcordarvos de que pierdo dinero pagando, más de mes y medio,
oficialas que hagan vuestra labor.
»Tocante a lo demás, devertisius mucho, pues bien sabéis sus ama y
sus estima vuestro esposo rendido y amante padre,
»CRISPÍN DE LA PUNTERA.»
EN CANDELERO.
--«Que va a Alicante; que prefiere a Valencia; que acaso se decida por
Barcelona.
--»Que ya no va a Barcelona, ni a Valencia, ni a Alicante; porque viene
a Santander.
--»Que ya no va a ninguna parte.
--»Que le son indispensables los baños de mar, y que tiene que tomarlos.
--»Que se decide por la playa del Sardinero.
--»Que vendrá en julio; que acaso no pueda venir hasta principios
de agosto; que lo probable es que ya no venga hasta muy cerca de
setiembre.
--»Que ya no viene ni en julio, ni en agosto ni en setiembre.
--»Que, por fin, viene, y se cree que se hospedará en una fonda del
Sardinero.
--»Que es cosa resuelta que llegará el tantos de julio, y que no se
hospedará en el Sardinero, sino en la ciudad.
--»Que no se sabe si le tendrá en su casa el Marqués de X, o el Conde
de Z, o D. Pedro, o D. Juan, o D. Diego.
--»Que resueltamente se hospedará en casa del Sr. de Tal.»
Eso, y mucho más por el estilo, cuentan, corrigen, desmienten,
rectifican y aseguran todos los días estos periódicos locales, con el
testimonio de los de Madrid y algunas correspondencias particulares,
desde mayo a fin de julio, casi en cada año, refiriéndose a alguno de
los personajes que a la sazón se hallen _en candelero_.
Un día vemos conducir a hombros por la calle, una lujosa sillería, un
espejo raro, una mesa de noche muy historiada..., algo, en fin, que no
se ve en público a todas horas; observamos que las señoras indígenas
transeúntes se quedan atónitas mirando los muebles, y hasta las oímos
exclamar: «Son para el gabinete que _le_ están poniendo. El espejo es
de Fulanita, la mesa de Mengano, y la sillería de Perengano.»
Y llega el tantos de julio; y por la tarde se ven fraques, levitas y
tal cual uniforme, camino de la Estación, y además el carruaje que
envía el Sr. de Tal, propio, si le tiene, y si no, prestado.
Poco después estallan en el aire, hacia el extremo del andén, media
docena de cohetes, y casi al mismo tiempo se oye el silbido de la
locomotora que entra en la Estación. Luego salen de ella los viajeros
vulgares, y puede verse en el fondo, enfrente de la puerta, un grupo de
personas apiñadas, confundiéndose en él el oro de los uniformes con el
negro paño de la media etiqueta; el cual grupo se cimbrea de medio a
arriba muy a menudo, dejando ver, a tiempos, en su centro, una persona
erguida e impasible, como ídolo que recibe la incensada; después el del
centro del grupo, con otros tres de la circunferencia, toman asiento
en el carruaje; parte éste al trote de sus caballos, síguenle, echando
los pulmones por la boca, dos docenas de granujas impertinentes, y una
pareja de guardias municipales que llevan los paraguas y los abrigos
de algunos de los que van en el coche, y vuelven a verse los mismos
fraques y galones de antes camino de la Dársena, pero dispersos y en
desorden.
Y andando, andando, el carruaje llega al punto de su destino.
--¿Cuál de ellos es? --pregunta algún curioso, al ver apearse a los del
coche.
--Ese que va en medio...
--Pues no tiene la mejor traza --replica el preguntante, con cierto
desaliento, en la creencia, sin duda, de que el hombre está obligado a
embellecerse a medida que asciende en la escala de los empleos.
Los que subieron la escalera de su casa acompañándole, bajan a poco
rato; y cuando anochece, comienzan a llenar de ruido la barriada la
charanga de la Caridad, y sucesivamente todas las murgas que de la
caridad pública viven.
Al día siguiente vuelven a verse por la calle las libreas de la
etiqueta. Son de los que tienen obligación de ir a ofrecer sus respetos
al recién venido, y de las comisiones de esto y de lo otro. Recibe
a cada grupo a hora distinta, y tiene para todos frases bastante
lisonjeras, ya que no muy variadas.
--Señores --suele decirles--, yo me felicito de recibir el cordial
saludo de... (Aquí lo que sean los visitantes) tan dignos y
beneméritos. Estad seguros de que si seguís prestándonos todo el apoyo
de vuestra importantísima adhesión y de vuestro celo e inteligencia en
el desempeño de vuestros respectivos cargos, el Gobierno se envanecerá
de ello; y el país, que tanto espera de nosotros, porque por nosotros
está nadando en la felicidad y en la abundancia, os lo recompensará
con largueza. Yo, fiel intérprete de sus deseos y aspiraciones, os lo
prometo en su nombre.
Se dicen luego cuatro vaguedades sobre la salud del visitado, sobre
la virtud de los baños de ola, y sobre el paisaje y el clima de la
Montaña, y a otra cosa.
Al segundo día, aún se ven algunos curiosos... y curiosas de copete,
husmeando hacia la puerta de la calle, a las horas probables en que
_él_ ha de salir.
Al tercero, nadie se acuerda ya del personaje. Solo la prensa local
se ocupa, con un celo superior a todo elogio, de decirnos si va o si
viene; si le _pintan_ los baños; si piensa darse tantos o cuántos, y
cuántos se ha dado ya; si prefiere el bonito a la merluza; con quién
comió y con quién comerá; a qué hora se acuesta; quiénes le hacen la
tertulia; de qué lado duerme y a qué hora se levanta.
Al octavo día observa la gente que por la Plaza Vieja sube un coche
lleno de señores muy espetados.
--Ahí va --dicen algunos.
--¿A dónde? --se les pregunta.
--A visitar el Instituto. Desde allí irá a la Farola. Ahora viene del
Cristo de la Catedral.
--Entonces ¿está ya para marcharse?
--¡Claro; cuando le enseñan _eso_!...
Y así es, en efecto. Al cumplirse la semana y media desde su llegada,
vuelven a verse una mañana, camino de la Estación, los fraques, los
galones, el coche, los granujas y los policías de la otra vez; y en el
andén, el mismo grupo dando sombreradas y apretones de manos al propio
personaje, que va poco a poco desapareciendo en un coche reservado y
muy majo; estalla en los aires otra media docena de cohetes, vuelve a
silbar la locomotora, y parte el tren hacia la Peña del Cuervo, dejando
detrás la consabida crencha de humo vaporoso, que ondula, se enrosca y
serpentea, y al cabo se pierde y desvanece en el espacio, como todas
las vanidades de la tierra.
Durante algunos días después, la gente _bien informada_ se las promete
muy felices para los intereses del común. Todos los proyectos que el
Municipio tiene pendientes de superior resolución serán despachados
«como se pide»; habrá subvenciones para esto y para lo otro y para lo
de más allá; el puerto va a quedar como nuevo; los barrancos que están
a expensas del Estado a las inmediaciones de Santander, volverán a
ser anchas, firmes y cómodas carreteras..., en fin, hasta se colocará
la estatua de Velarde sobre el pedestal que está esperándola; ¡doce
años hace!... Él lo ha prometido; él lo ha asegurado; él se lo ha
ofrecido en confianza a Juan, a Pedro y a Diego... Va muy satisfecho de
_nosotros_ ¡contentísimo de la acogida que se le ha hecho!
Claro es que ninguna de estas ofertas se cumple, no sé si porque, en
realidad, no se hicieron, o porque se olvidaron, como tantas otras;
pero, en cambio, un día del próximo otoño amanecen Caballeros y
Comendadores de aquende y de allende, seis docenas de ciudadanos que
se acostaron simples mortales como yo. ¡Única estela que hoy dejan, a
su paso por los pueblos, los varios españoles que gozan el eventual e
instable privilegio de ser recibidos con música y cohetes!
AL TRASLUZ.
O hay que convenir en que la mujer es susceptible de adquirir cuantos
aspectos y actitudes morales quiera darle la educación, o debemos
confesar que la Naturaleza tiene, de vez en cuando, caprichos muy
singulares.
Esto, que probablemente se habrá dicho cincuenta mil veces, a propósito
de las mujeres que se han hecho célebres en el campo de las ciencias,
en el de las artes, en el de las letras..., y hasta en el de las armas,
cuadra perfectamente al hablar de cierto tipo que, no por pasar como
un relámpago todos los años sobre la fisonomía veraniega de Santander,
deja de imprimirse en ella; y no así como quiera, sino como imprime un
pintor de fama el sello de su ingenio, su idiosincrasia artística, si
vale la palabra, sobre todas la figuras de sus cuadros.
Nacida y propagada esta verdadera originalidad del sexo débil en
regiones algo inverosímiles todavía en la tradicional y cachazuda
España, cuando aparece en una, señal es de que allí puede vivir ya;
de que en ella se encuentran los elementos que necesita su vida de
ostentación y de aventuras. Estos elementos son: los hombres de Estado,
los ricos banqueros, los famosos calaveras, los pontífices de las
letras y de las artes, y, como a manera de orla de todo el catálogo,
una muchedumbre de damas del llamado _gran mundo_, y de mozuelos
esclavos de la moda.
De que Santander reúne todo eso, y ha llegado ya, por ende, a la alta
categoría que alcanzan en el mundo elegante tantos otros puertos
extranjeros, en cuyas aguas lavan cada verano sus distinguidas
mataduras las primeras aristocracias europeas, es evidente prueba el
que nos visita todos los años, desde varios acá, algún ejemplar de
aquella fenomenal especie.
Mas antes que el lector eche a mala parte lo que le dije de los
elementos vitales de esta señora, apresúrome a indicarle en qué
concepto los necesita _hoy_.
Figúresela en un _hotel_ del Sardinero, con todo un piso a su
disposición; porque sus criados y equipajes no caben en menor espacio,
si ha de quedarle a ella el necesario para dormir, para peinarse, para
vestirse, para recibir y para comer en ancha mesa, siempre dispuesta
para una docena de convidados.
Estos han de ser de las notabilidades a que aludí; es decir, de lo
más cogolludo en letras, artes, política, banca, armas..., y aun
tauromaquia, que a la sazón resida en el Sardinero o en la ciudad.
Para comer con ellos, para hablar con ellos, necesita, busca y agasaja
a esos hombres. Ella los preside, ella dirige las conversaciones,
ella provoca y salpimenta los discreteos, y en sus labios hay siempre
agudezas y oportunidades para los discretos, y sutiles epigramas para
los necios, pues no dejan de serlo, en varios lances, muchos hombres de
talento. Que quien tal vida trae no debe mostrarse muy aficionada al
trato de las mujeres, no hay necesidad de asegurarlo; evidente es que
huyera de ellas si no las necesitara para fondo y accesorios del cuadro
en que ella entra como principal figura; o, a lo sumo, para tener en
quien cebar impunemente sus sátiras implacables; o esos pedazos más de
entretenimiento que repartir entre la voracidad murmuradora de su corte
favorita.
Hay quien atribuye esta antipatía hacia su sexo a cierta pasión _non
sancta_ que suele albergarse en los pechos que ya no laten a impulso
de un alma juvenil y retozona; cuando se huye del espejo como de las
grandes verdades que acusan faltas e imperfecciones; cuando los tristes
desengaños de las primeras arrugas hacen recordar con envidia y
desconsuelo los triunfos y los encantos de la risueña juventud; cuando
se aspira, en fin, a conquistar, a fuerza de dispendios y agudezas, lo
que antes se atrajo por el solo brillar de la hermosura.
Pero esta suposición, que bien pudiera admitirse con referencia al
molde común de las mujeres, y aun de los hombres, no está justificada
cuando se endereza a este otro tipo, cuyas pasiones, talentos y
debilidades están, y han estado quizá, muy por encima de todo lo usual
y corriente. Con esta consideración a la vista, no se afane el lector
por que le diga yo de dónde vienen esas intimidades encumbradas; de
qué procede ese varonil desparpajo que la hace, en verano, reina y
señora del Sardinero, como en invierno le da absoluto predominio en
los aristocráticos salones de Madrid, y eso que no es aristócrata
ella, ni nombre llevó jamás que a pergamino huela. Cierto es que
cuando se ha pasado la vida en roce continuo con hombres de todas las
imaginables condiciones y cataduras, a poco que se haya tomado de cada
uno de ellos puede reunirse, cerca de la vejez, gran copia de saber
y de experiencia; pero ¿cómo se llegó en la juventud a esas alturas?
--pregunto yo a mi vez--, ¿cómo lo que en unas gasta y desprestigia, en
otras acrecienta el poder y el atractivo? Aquí no hay otro remedio que
volver a la segunda parte de mi tema: la Naturaleza tiene, de vez en
cuando, caprichos muy singulares; y añado ahora que también la Fortuna
suele complacerse en mimar con sus dones más preciados a lo que es obra
de los caprichos de la Naturaleza.
Así hay que explicarse esas cataratas de doblones que siguen y preceden
a esta clase de mujeres en sus viajes, y las envuelven en los alcázares
que habitan la mayor parte del año: pues ni feudo se las conoce que
tanto produzca, ni ya son Dánaes pudibundas que creer nos hagan en las
lluvias de oro de los Joves de ogaño.
Ofrecedle dificultades al vulgar entendimiento, y veréis a la
imaginación echarse desatentada por los cerros de Úbeda. Tal sucede en
el presente caso. No se comprende bien, o no se explica, la razón de su
predominio y de sus caudales, y cada cual se forja una historia a su
capricho, fundada sobre vagos rumores; y estas historias juntas quieren
ser una pequeña parte de la historia de esa dama, a quien se adjudican
todas las anécdotas _picantes_, todas las frases equívocas, todos los
triunfos y todos los escándalos con que han inmortalizado sus nombres
en la _alta_ sociedad las demás mujeres de su talla.
No desconoce ella estos rumores; y como sabe muy bien que son los gajes
de su oficio, antes la lisonjean que la ofenden.
En las poquísimas veces que se da a luz entre su escogida corte
bigotuda, los hombres abren calle para que pase, y las mujeres temen
su mirada como el siervo la de su señor. ¿Qué mayor triunfo para su
vanidad de mujer _de historia_?
Tan pocas veces se exhibe en público, que yo mismo que trato de hacer
su monografía, no la he visto jamás, ni la conozco sino por la fama que
la han dado aquí los que nos dicen que la conocen mucho.
Pero _mito_ o realidad, ella _pasa_ por Santander cada verano, y, como
al principio dije, se imprime en la fisonomía veraniega del pueblo de
un modo indeleble, como el detalle que más resalta y hasta da carácter
e importancia a todos los demás.
Y he aquí por qué yo, que estoy haciendo el croquis de esa fisonomía,
no puedo prescindir de dibujar en ella tan expresivo pormenor.
Eso haré yo tan solo, y me guardaré muy mucho de escarbar el cutis para
ver lo que hay debajo.
Quédese esto, en buen hora, para los aduladores que la cantan, o para
los maldicientes que la despellejan.
Si el calor de unos hechizos que ya no existen derritió el áureo
pedestal sobre que la adoración de laborioso marido colocó a su propia
mujer para atraerla el culto de los demás; si la tarea olímpica de
reponer con otro nuevo cada trono derretido dejó sin fuerzas, sin
esperanzas y hasta sin vida al desventurado que tal empresa creyó
fácil; si el peso que a él le mató, abandonado al pie de la montaña
tuvo nuevos Sísifos que le empujaran, esperando llevarle triunfantes
hasta la cima, y también rodaron hasta el abismo, desalentados y rotos;
si mientras duró aquel fuego no le faltaron tronos que consumir, ni
tesoros que rodar montaña arriba, buscando su calor; si de ese montón
de escombros y cenizas ha hecho la química de la necesidad inagotable
venero que surte de esplendor a una soberanía, no destronada, antes
fortalecida con la augusta diadema de las canas; si éstas no son el
fruto natural de los años, sino la huella de las tempestades que corrió
la juventud en el mar de todos los deleites; si el corazón de la
mujer, que es casi siempre un libro abierto, sin ser por eso un libro
bueno, _aliquando_ es una caverna con ruidos y sin luz ¿a mí qué me
cuentan ustedes? ¿qué me importa en el presente caso? Cuéntenselo a
ese enjambre del _buen tono_ que tanto se paga de ciertos relumbrones;
cuéntenselo a esa sociedad que se complace en crear ídolos que después
escupe y despedaza, acaso porque le imponen y amedrentan; cuéntenselo a
esas gentes del _gran mundo_, para quienes nada es bueno ni plausible,
sino lo _distinguido_ y _elegante_. Ellas solas son las trompetas de
esas famas; ellas quienes las elevan y sahúman antes; ellas mismas
quienes las difaman después.
En cuanto a mí, dibujos hago, que no autopsias; y dibujo es este, _al
trasluz_, por más señas, sobre los perfiles que la fama trazó. Al
público sale, pues, como el público le ha forjado: yo no hice más que
copiarle en esta, por ahora, última hoja de mi cartera.
ÍNDICE.
Páginas.
Al lector. 5
Las de Cascajares. 9
Los de Becerril. 19
El Excelentísimo Señor. 27
Las interesantísimas señoras. 35
Un artista. 43
Un sabio. 57
Un aprensivo. 73
Un despreocupado. 97
Luz radiante. 109
Brumas densas. 125
El Barón de la Rescoldera. 141
El Marqués de la Mansedumbre. 153
Un joven distinguido (_visto desde sus pensamientos_). 167
Las del año pasado. 185
En candelero. 203
Al trasluz. 213