peseta, por no darle un puntapié, y se larga tan ufano, haciendo
reverencias y mirando, con preferente curiosidad, todo lo que es puerta
o pasadizo.
Estas visitas son, como si dijéramos, las generales de la ley. Pero
hace también otras, bastante más productivas, aunque no tan frecuentes.
Pinto el caso. Comienza a hablarse mucho en el pueblo de que _la va a
haber_, lo cual, como ustedes saben, sucede cada verano. De mí sé decir
que, desde que tengo barbas, no recuerdo uno en que no se haya dicho:
«¡Oh! lo que es de ésta, _se arma la gorda_, y no va a quedar títere
con cabeza. Me consta por esto y por lo de más allá.» También es otro
hecho innegable que nunca faltan almas cándidas que dan entero crédito
a estos rumores, ni hombres vehementes que se hallan dispuestos a echar
el sombrero al aire y hasta una mano al negocio, si hay quien sepa
colocársele a conveniente distancia. Excuso decir que en cada verano
aparece esta señora _Gorda_ con diferente tocado, y que nada le queda
ya en el ramo que lucir, desde el gorro frigio hasta la boina.
Pues uno de estos hombres, o una de aquellas almas, es quien recibe
la visita del ex-rentista cuando más en punto de caramelo andan los
rumores públicos; pero, aunque raído y mal trajeado el visitante, no se
compunge ni encorva en la visita: antes se presenta, si bien comedido
y muy atento, con gran desenvoltura y buen talante, como quien más ha
de ofrecer que recibir. Entonces es el hombre iniciado en los grandes
secretos de la conspiración; viene del extranjero, donde aquella se
fragua, y va de paso para uno de los puntos de más peligro el día de
la batalla. Sabe que el Emperador de allí, o el comité de acullá, o el
Grande Oriente del otro lado (según el color que tenga la _Gorda_) han
hecho a _la causa_ un anticipo de doscientos millones. Hay metidos en
el ajo quince batallones, treinta generales, ocho fragatas de guerra
y el presidente del Consejo de Ministros. El grito se dará en tal
parte al salir la gente de tal espectáculo. Toda España está hecha
un reguero de pólvora, y sólo falta para que arda, arrimar la mecha.
El triunfo, pues, es seguro y muy pronto. Él ha pasado la frontera
con grandes precauciones, y a pie, por lo cual está tan desarrapado.
No trae credenciales ni papeles de ninguna clase, por no comprometer
con ellos la alta misión que se le ha encomendado: pero sí el encargo
_especialísimo_ para el visitado, de parte del personaje bajo cuya
dirección se hace el fregado, de decirle que se cuenta con él, con su
patriotismo, con sus influencias, para animar el espíritu del partido
en esta ciudad, reunir los dispersos elementos, etc., etc. Antes de
tres días saldrá el emisario para Madrid donde ha de recibir cuarenta
mil duros para ciertas atenciones de la causa. Entre tanto, necesita
que los partidarios de Santander le proporcionen, siquiera, la miseria
de dos mil reales para el viaje y comprar a un maquinista del tren que
ha de despeñar un batallón que debe salir de aquí, por ferrocarril,
dentro de unos días, a sofocar el alzamiento que tendrá lugar en los
confines de la provincia.
Y el pobre hombre que escucha, devora hasta con los ojos, no ya con los
oídos y la boca, las palabras del mugriento, y le da una convidada, y
se echa a la calle, y revuelve a sus correligionarios, les cuenta lo
que le han dicho, les saca los cuartos, reúne los dos mil reales más
otros quinientos que él pone de su bolsillo, como en correspondencia
al alto concepto que de él ha formado S. E., y se vuelve a casa tan
convencido del inmediato triunfo del partido, que le falta muy poco
para subir a la del Gobernador y aconsejarle que deje el mando _por
buenas_, antes que se le quiten _los suyos_ a linternazos. ¿Necesito
pintar el afán con que el bolonio entrega el dinero recaudado y el
placer con que lo recibe el descamisado bribón?...
Algunos días después de estas y otras análogas, aunque no tan
productivas hazañas, se oye decir que la policía ha hecho una redada de
ladrones que intentaban robar el escritorio del señor de Tal, o la caja
del Banco.
--¿Y quiénes eran? --pregunta uno de esos curiosos que se creen en la
obligación de conocer a todo el mundo.
--Pillería de Madrid --responde el preguntado--. Pero a dos de ellos
quizá los conozca Vd. El uno es un farsantón, de gran fachada, que se
pasaba los días arrimado a las puertas de los cafés: el otro, sucio,
raído y descamisado, probablemente le habrá visitado a Vd. para pedirle
un _anticipo_ de veinticinco duros.
Los de marras, lector. Bien dije yo que estos mozos eran tal para cual.
Fáltame añadir que, a pesar de esta quiebra del oficio, que, por de
pronto, los lleva a la cárcel pública, si no en el mismo verano, al
siguiente y antes que los frutos de sus mieses lleguen a punto de
sazón, ya los tenemos acá otra vez, preparándose para recoger su
_agosto_.
¡Oh, sabias y protectoras leyes de la patria!
EL BARÓN DE LA RESCOLDERA.
Cuando llega, en julio, a Santander, viene de Burdeos, adonde fue desde
París, en cuya capital pasó la primavera después de haber repartido el
otoño y el invierno entre Madrid (su patria nativa), Berna, Florencia,
Berlín y San Petersburgo. Ni los hielos le enfrían, ni el calor le
sofoca. Es una naturaleza de roble que se endurece con los años y a la
intemperie.
Pasa ya de los cincuenta, es de elevada talla, trigueño de color, de
pelo áspero y rapado a punta de tijera; derecho como un poste; algo
protuberante de estómago y de nariz, pequeño de pies, de manos y
de boca; ancho de espaldas y de frente, y muy cerrado de barba, que
se afeita todos los días cuidadosamente, menos en la parte en que
_radican_ sus anchas y bien cuidadas patillas a la macarena.
Viste todo el año de _medio tiempo_, y es su traje intachable en
calidad y corte, así como es intachable también la blancura de su
camisa, de la que ostenta no flojas pruebas en pecho, puños y pescuezo.
Fuma sin cesar grandes habanos, y saliva mucho; e infaliblemente antes
de empezar a hablar, lo poco que habla; y en cada desahogo de estos,
larga, zumbando, una pulgada de tabaco que ha partido con los dientes.
Para saludar, no da la mano entera, sino la punta del índice...
cuando alguno le saluda; pues él no saluda a nadie en la calle, ni
tampoco se para. Si el que pasea con él se detiene para hacerle alguna
observación, él sigue andando inalterable. Si el detenido le alcanza
después, bueno, y si no, como si jamás se hubiesen visto.
En estos casos, no usa, para sostener la conversación, más que
salivazos y monosílabos: también algún carraspeo que otro. Para las
grandes ocasiones tiene disponibles unas cuantas frases y pocas más
interjecciones y palabras, tan breves como enérgicas: las frases para
preguntar, las palabras sueltas para responder, y las interjecciones
para comentarios.
Es rico y soltero; trae todo su equipaje en una maleta de cuero inglés,
y por toda familia un criado joven que ya le entiende hasta por la
mirada.
Viene a Santander acaso porque halla esta ciudad en su camino; pero es
lo cierto que viene todos los veranos, y no por pocos días.
Se hospeda en la fonda que mejor le parece, y la deja cuando le
conviene; y le conviene dejarla en cuanto observa que una falta grave
se repite hasta tres veces; siendo para él faltas graves, el pescado
que _da en la nariz_, el desaseo en su cuarto, la servilleta cambiada
en la mesa y el vino adulterado, o cualquiera de esas carnavaladas que
suelen permitirse los huéspedes a las altas horas de la noche, sin
respeto ni consideración a los que duermen y descansan.
En cuanto a baños, solamente toma dos o tres en la temporada; pero
de a hora y media cada uno. Allí se está como una boya en la mar,
restregándose la cabeza, carraspeando, escupiendo y estornudando sin
cesar y a sus anchas, y con un estrépito que excede a toda ponderación.
Cuando sale del agua, no es porque siente frío, sino porque se aburre
sin fumar en tanto tiempo.
La primera vez que vino, tuve el gusto de conocerle y de estudiarle,
porque un amigo mío con quien yo en cierta ocasión paseaba, era amigo
suyo también; saludole al cruzarse con él, diole este el dedo, y
juntos, retrocediendo nosotros dos, continuamos los tres aquella tarde;
pues por la tarde era cuando esto sucedía, y en el alto de Miranda,
cerca de la Ermita.
Según íbamos andando, iba el Barón devorando con los ojos el hermoso
panorama que se descubría desde allí. A la izquierda, la ciudad
amontonada, oprimida, agarrándose unas casas a otras, como con miedo
de caerse al agua, y cual si se hubiesen detenido un instante después
de bajar rodando desde el paseo del Alta; la bahía, mojando los
cimientos de las últimas; la bahía, con sus verdes riberas, sembradas
de pueblecillos; después sus cerros ondulantes, y detrás de todo los
abruptos puertos, con su gigantesca anatomía recién desnuda y en espera
ya de sus blancas vestiduras de invierno. A la derecha el mar, coronado
de rizos por la juguetona brisa del Nordeste..., y lo demás que sabe el
lector tan bien como yo.
--¡Hermoso es todo esto! --dijo mi amigo al Barón, cuando notó, por los
gestos de éste, que la misma idea debía andar rodando por sus mientes.
--Sí --contestó lacónicamente el Barón.
--Hasta la ciudad tiene algo de curioso así tendida...
--Derramada --corrigió enérgicamente el otro, después de lanzar de su
boca, con la fuerza de un cohete, medio cuarterón de tabaco.
Y tomó el rumbo del Sardinero, siguiéndole nosotros con trabajillos:
tan veloz era su andar.
Hay en aquel crucero, durante las tardes de verano, algo como laberinto
de gentes y carruajes, que van y vienen. El Barón surcaba impávido sus
revueltas dificultades, como si éstas fueran su elemento, o llevara en
su mano la punta del famoso hilo de Ariadna. Verdad es que yo no he
visto una fuerza de codos como la suya, ni una facilidad más asombrosa
para dejar, a su paso, figuras ladeadas y sombreros fuera de la
vertical. Nosotros nos colábamos por el surco que él iba abriendo.
Al comenzar la bajada del camino, y en terreno ya más despejado, acortó
un poco la marcha, y describió con la vista un arco desde Cabo Mayor a
Cabo Quejo; abrió los ojos desmesuradamente, y su pecho y sus narices
se dilataron, cual de noble corcel que aspira el aire de la rozagante
pradera, tras de oscuro cautiverio. Era indudable que el espectáculo le
agradaba. Después estrelló la mirada contra las tabernas y los bardales
inmediatos, frunció las cejas, escupió recio... y apretó el paso.
Así llegamos al Sardinero, y, sin momento de descanso, visitamos
la galería, y la playa, y las casas una a una (exteriormente,
se entiende,) y las fuentes, y los paseos; y como una avalancha
atravesamos el puentecillo y llegamos a la Capilla, en frente de la
cual tuvo el Barón la buena ocurrencia de hacer un alto. Diose luego
media vuelta sobre sus talones, y encarándose con cuanto habíamos visto
desde que comenzamos a bajar, como si quisiera hacer un resumen de todo
ello,
--¡Gran naturaleza! --exclamó, hasta con su poco de entusiasmo.
--¡Admirable! --dijimos nosotros, haciendo coro a su himno.
--Pero sin arte --añadió, dejándonos con las notas entre los labios,
y en la duda de si también alcanzaba su censura a la humanidad que
hormigueaba por allí.
Y sin más explicaciones, describió la otra media vuelta que le faltaba,
y emprendió la marcha hacia la Magdalena como si el camino le fuera
conocido.
Después de contemplar un instante el panorama del Puntal desde el
Polvorín, echó cambera arriba por detrás de éste. Indudablemente tiene
este hombre un instinto particular para adivinar sendas y caminos.
Hasta dar con el de Miranda, no dijo una palabra, ni tampoco su
respiración se agitó una sola vez. Lo mismo son para él las cuestas
arriba que lo llano. Es un roble que anda.
Al bajar a la ciudad, le pidieron limosna, como a todo transeúnte, los
pobres de la carretera.
Al primero le largó un bufido que heló la plañidera retahíla en su
gaznate abierto. Más abajo le tendió su arrugada diestra una anciana
que estaba sentada a la sombra de un árbol. Entonces el Barón, que
parecía no fijarse en nada, después de llevar una mano al bolsillo,
acercóse a la pobre y depositó algo en su regazo remendado. Miré hacia
ello quedándome dos pasos atrás, y vi que eran monedas de plata. ¿Fue
casual la acertada distinción que hizo entre los dos pobres, o es que
la costumbre de dar muchas limosnas le ha enseñado a distinguir los
buenos de los malos, con una sola mirada?
Ya en Santander, ofrecímosle billete para concurrir al _Círculo de
Recreo_. Aceptole, y acompañámosle por si quería ver sus salones y
encrucijadas. Preguntonos por el de lectura, llevámosle a él, y no
quiso visitar los restantes, especialmente el de juego; enterose de
la lista de los periódicos que se recibían allí, dio un vistazo a la
biblioteca, y después de decirnos que en aquel departamento había más
pasto para el cuerpo que para el alma (señalando respectivamente a la
mesa de los papeles y a los estantes de los libros) salimos hacia la
calle, sin mirar él siquiera a los que jugaban a la baraja a 40° de
calor, entre nubarrones de humo de tabaco.
Cuando le dejamos a la puerta de la fonda en que se había hospedado,
nos dio el índice, se descubrió toda la cabeza con la otra mano; y
ofreciéndonos con un ademán fino y expresivo su habitación, trepó hacia
ella..., no sin haber estrellado antes, con un resoplido, contra la
pared del portal, el medio tabaco que le quedaba entre los labios.
--¡Vaya un tipo! --dije a mi amigo, llevándome las manos a los riñones
que me dolían de correr tras él.
--Le conocí en Madrid el año pasado --me replicó mi amigo--, y puedo
asegurarte, por lo que deduje de sus hechos y lo que de él me contaron
los que le conocían mejor que yo, que es hombre que vale mucho. Tiene
gran experiencia del mundo, y un ojo sutilísimo para conocer y apreciar
a las gentes. Es bueno y generoso, hasta el punto de que sería capaz de
arrojarse al fuego por sacar de él a su mayor enemigo.
Posteriormente tuve ocasión de ver que no eran exagerados estos
informes de mi amigo.
El Barón de la Rescoldera, con todos los desabrimientos y resquemores,
externos, de su título, es realmente un hombre de positivo valer.
De él puede decirse, como en resumen, que, al revés de tanto farsante y
de tanto bribón como vive y medra, a expensas de la pública credulidad,
es _un hombre que no tiene palabra buena ni obra mala_.
EL MARQUÉS DE LA MANSEDUMBRE.
Llegó a los cincuenta años sin haber salido de Madrid y sus contornos.
El Retiro, la Virgen del Puerto, y a lo sumo, el Pardo, eran, para
él, las mayores espesuras y fragosidades de la Naturaleza. El mar
podría tener, en cuanto alcanzase la vista, diez, veinte..., hasta
cien Estanques como el _Grande_, si se quería. Estanque más o menos,
¿qué más daba? Del Manzanares al Saja, o al Deva, o al Ebro, o al
Guadalquivir, habría la diferencia de algunas cántaras de agua en
verano: en invierno, ninguna. En cuanto a praderas, no serían más
verdes ni más extensas las del Norte que las que contemplaba él
desde el cerrillo de San Blas cuando el trigo comenzaba a crecer. La
temperatura estival de la Corte no le afligía gran cosa, porque, además
de estar formado en ella, no conocía otras más agradables.
Por lo cual, y sin mujer que le pidiera veraneos, y sin hijas que
exhibir en las provincias, metódico y rutinario, amen de enemigo
irreconciliable de toda lectura que a viajes y a novelas trascendiese,
ni una sola vez sintió la tentación de meterse en alguna de las
diligencias que salían de Madrid a varias horas y por todas las puertas
de la Villa, durante el verano, entre muchedumbres de curiosos que
envidiaban la suerte de los mortales que abandonaban aquel asadero
implacable; y eso que él era uno de los curiosos. Antes al contrario,
se compadecía de aquella carne embutida entre los cuatro inseguros
tableros de la diligencia; carne cuyo destino era harto dudoso,
considerando los riesgos que afrontaba, echándose a rodar por cuestas y
desfiladeros, durante media semana, y a merced de bestias y mayorales.
¡Cuánto más higiénicos y menos arriesgados eran los paseos matinales
que él se daba por los alrededores del Estanque de las _Campanillas_; o
vespertinos, junto al pilón de la Fuente Castellana!
Antes que el sol levantase ampollas, se encerraba en su casa, lo
bastante grande, vieja y desamueblada, para ser, relativamente, fresca,
y sustituía su traje de calle con un chupetín y unos pantalones de
transparente nipis; y si esta precaución contra el calor no le bastaba,
se quedaba en calzoncillos y en mangas de camisa. De un modo o de otro,
se pasaba el día contemplando sus queridos pececillos.
Porque es de advertir que el Sr. Marqués tenía la pasión de los peces
de colores, y hasta seis redomas de cristal llenas de ellos.
Cambiarles el agua, desmigar pan sobre ella a horas determinadas,
y estudiar en un tratado especial la manera de conservarlos y
reproducirlos, eran sus únicas ocupaciones de recreo.
Posteriormente, dos viajes a Aranjuez en ferrocarril le demostraron
que podía meterse un hombre en estos rápidos vehículos, sin el riesgo
infalible de romperse las costillas o el bautismo; por lo cual, hasta
se atrevió a prometerse a sí propio que tan pronto como hubiera una
línea abierta hasta un puerto de mar, la aprovecharía para admirar los
grandes peces en su propio y natural elemento. «Porque, desengañémonos
--se decía--, no puede asegurar que conoce la merluza ni el besugo,
quien solamente ha visto sus cadáveres embanastados en la Plazuela del
Carmen.»
Y cumpliendo su promesa, tan pronto como la línea del Norte empalmó en
Alar del Rey con la nuestra, armose de valor y de dinero, y se plantó
de un tirón en el famoso puerto del mar Cántabro.
Si ha encontrado aquí lo que se prometían sus ilusiones, dígalo la
puntualidad con que, desde entonces, viene cada verano a Santander.
Cansados estarán ustedes de conocerle. Es de corta estatura, muy
derecho, enjuto de carnes, redondito de cara, risueño y corto de
vista; son rubios los pocos pelos de su cabeza, y casi blancos los
del recortado bigote. Gasta, _en público_, levita, corbata y pantalón
negros, y chaleco blanco, sombrero de copa alta y anteojos con armadura
de oro.
Tal es, repito, en público, su arreo; o mejor dicho, _en tierra_; y con
él le habrá visto el lector, no en las Alamedas, ni en el Sardinero, ni
_en la sociedad_, sino en los embarcaderos de todos los Muelles, desde
Maliaño hasta Puerto-Chico, o en camino de alguno de ellos, en los
cuales no faltan nunca pescadores de caña o de _aparejo_.
Tras ellos está siempre, estando _en tierra_, con las manos a la
espalda, el bastón entre las manos, el cuerpo inclinado hacia
adelante, y la vista inmóvil, fija en el corcho flotante o en la sereña
tendida.
--¡Quieto, quieto! --exclama a lo mejor, si nota que el corcho se mueve
y el pescador se apresura a tirar--. Esa es picada falsa... Ahora,
ahora muerde... ¡Fuera con él!
Y si el pescado sale coleando en el anzuelo, lanza un ¡bravo! y si el
pez no es _pancho_, bate además sus manezuelas; y de todos modos, sean
panchos o lobinas lo que se pesque, él lo _desengarma_, confundiéndose
entonces, en un solo ovillo, el pez, las manos, las gafas y el anzuelo.
Semejantes intrusiones y familiaridades no dejaron de costarle al
principio algún disgusto, pues no son siempre los pescadores de caña
tan pacientes como la fama supone; pero, poco a poco, fueron estos
acostumbrándose a las _cosas del señor Marqués_ (que, por otra parte,
no peca de tacaño con _los del oficio_) y hoy todos le toleran y hasta
le encuentran _devertido_ y _celébre_.
Mas no son éstas sus ocupaciones _de carácter_; quiero decir, que no
viene para sólo eso el Sr. Marqués a Santander.
Cuando llega, ya le está esperando una _barquía_ perfectamente limpia
y carenada, con los necesarios útiles de pesca, inclusa la _guadañeta_
para _maganos_. Prefiere la barquía, porque teniendo todas las
condiciones de seguridad de la lancha y todas las de ligereza del
bote, es bastante más grande que el uno y de más fácil manejo que la
otra. Dos marineros, condueños de la barquía, están, como ésta, a su
disposición; y según que el Marqués prefiera las _porredanas_ o las
_llubinas_, le conducen a la boca del puerto, o a las _puntas de arena_
de la bahía, todos los días, infaliblemente, si el tiempo no está
tempestuoso; pues por chubasco más o menos, no deja él de embarcarse
para estar en el sitio conveniente al apuntar la marea.
Ancho pajero y desaliñado y viejo vestido de lanilla lleva para el sol;
y por si llueve, amplísimo impermeable y enorme paraguas de mahón.
Por supuesto, no falta el acopio de vino y de fiambres para él y los
marineros, el día en que la marea tercia de modo que no puedan volver a
comer a casa a la hora conveniente.
Durante la pesca, transige con que los marineros le _ceben_ los
anzuelos o le reemplacen con otra nueva una _tanza_ rota, o le
_desengarmen_ el aparejo, cuando éste se le engarma entre peñas o en la
caloca; pero se guardarán muy bien de tocar el pez que él saque preso
en el hierrecillo traidor.
Un día quiso lanzarse a correr aventuras fuera del puerto, seducido por
las pinturas que sus marineros le hacían del tamaño y abundancia del
pescado en aquellas honduras; y salió, en efecto; mas apenas comenzó
la barquía a mecerse en pleno mar, y a columpiarse desde «el lomo
altivo al seno proceloso de las ondas» (como acontece allí, aun en las
ocasiones en que se dice de la mar que está _como un plato_) pensó que
la costa bailaba el fandango, _cambió la peseta_, y tuvieron los dos
marineros que llevarle a puerto seguro, antes que se les quedara entre
las manos.
Esta lección le sirvió para no intentar siquiera «el estudio del besugo
y de la merluza en su propio y natural elemento,» contentándose, hasta
mejor ocasión, con el _anfiteatro_ de la Pescadería, donde los veía tan
cadáveres como en la Plazuela del Carmen, aunque un poco más frescos.
Por lo demás, entregándose, como se entrega, con verdadera embriaguez,
al placer de la pesca menor, y poseyendo _el arte_ como cree él
poseerle, es, durante la temporada, casi completamente feliz. Y
digo casi, porque no ha podido adiestrarse mayormente en el manejo
especialísimo de la guadañeta.
--Aquí hay algún misterio que yo no penetro todavía --dice con
desconsuelo a sus remeros e instructores, cada vez que estos,
predicando con el ejemplo, van sacando maganos--. Esta pesca es _al
vuelo_, digámoslo así; hay que robar más bien que pescar; y necesito yo
estudiar, ante todo, la marcha y la estrategia de la banda.
Y estudia, en efecto; y cuando ya se le rinde la muñeca de tanto
menearla, la caridad, sin duda, medio le traba un magano que, al salir
al aire libre, le lanza a la cara toda la _tinta_, dejándosela más
negra que la del negro Domingo, sin que falte su abundante rociada
para la camisa y cuanto blanquea sobre su cuerpo. Pero como esta tinta
es la sangre de aquellas batallas, lejos de creerse afrentado con el
tizne, lúcele orgulloso al desembarco, y toma las risas de la gente por
muestras de admiración a sus proezas.
Tal es el verdadero _punto negro_ de su felicidad; y eso que,
generalmente, pesca poco, o no pesca nada, si no se le cuentan como
pesca tal cual dolor de cabeza, o romadizo, que de esto no le falta,
gracias a Dios, durante la temporada.
No hay para qué decir que es uno de sus grandes placeres obsequiar
a las personas de su mayor aprecio con el producto de sus afanes de
pescador. Que, cuando no pesca, habla de lo que ha pescado y de lo
que piensa pescar, y que miente en la mitad de lo que habla entonces,
también por sabido se calla. La afición desmedida a ese y otros
parecidos entretenimientos, lleva consigo esa pequeña debilidad. Que lo
digan los cazadores, y no se ofendan por ello.
La temporada de este tipo concluye cuando los Noroestes se hacen
crónicos, y la bahía, incitada por ellos, dice que no tolera más bromas
en sus aguas. Entonces, curtida su cara por las brisas y el sol,
apestando su equipaje a brea y a _parrocha_, gratifica generosamente a
sus dos camaradas de _campaña_, después de pagarles el alquiler de la
barquía; y sale para Madrid con el temor de que han de parecerle siglos
los meses del invierno, aunque lleno de satisfacción por haber cumplido
ampliamente el propósito que le trajo a Santander.
Un dato muy expresivo, que se me olvidaba: