abundante todavía. Por el procedimiento de las pajaritas de papel,
hace, entre mil primores, catedrales, y navíos de tres puentes; y de
un tijeretazo solo, sobre el mismo papel convenientemente plegado,
saca una procesión de Jueves Santo, con sus pasos, curas, monaguillos,
autoridades, músicas y piquete. De sombras en la pared, no digo nada,
ni tampoco de problemas de dibujo a lápiz, a punta de cigarro y hasta
a moco de candil: así _pinta_ el día y la noche, el sol y la lluvia, de
dos o tres rasgos, y gatos y perros... y demonios colorados.
En la calle, no hay forastero a quien él no conozca de vista y de
trato. Sabe las rentas o las trampas de cada uno, y lo que antes
tuvieron y lo que esperan, o lo que temen, y la vida que hacen en
Madrid, y quién de ellos trae señora propia y quién pegadiza o
temporera; y dónde la ha adquirido, y _a cómo_; y quién se la corteja y
con qué éxito, y si el cortejo es andaluz o salamanquino...
Hablando de parecidas cosas conmigo en una ocasión, iba delante de
nosotros el aludido, sin haberle visto yo.
--En suma --me dijo--: el duque de los Frijoles es un perdido, y la
duquesa, tan perdida como el duque.
Y en esto volvió la cara el tal; y cuando yo creí que iba a romper el
bautismo al maldiciente, riose hacia él, le tendió la mano y le dijo
afectuosísimo:
--¡Ah, tuno! ¿conque venía Vd. detrás?
--¿En qué lo ha conocido Vd.? --le preguntó Galindo muy sereno.
--En la voz. Y apuesto a que estaba Vd. despellejando a alguien.
--Precisamente.
--Amigo de Vd. por supuesto.
--Cabal... Como que hablaba de Vd.
--¡Ah, mala lengua!
Dijo, y dándole al propio tiempo un golpecito en el hombro, como si
aún tuviera que agradecerle mucho, alejose el señor duque y se quedó
Galindo tan fresco.
No desconoce uno solo de los secretos _íntimos_ de la política. Él os
dirá, con pruebas, cuando menos verosímiles, por qué se sustituyó tal
ministro con cual otro; a qué móvil obedeció la evolución de aquel
periódico, o la cesantía de cierto personaje, o el encumbramiento de
esotra vulgaridad, o por qué no puede salir de apuros el Tesoro... Y
sus _causas_ jamás son las causas que conoce o que sospecha el vulgo;
siempre son particularísimas, personales y microscópicas, con relación
a sus efectos.
De cómicos y toreros, no se diga: a todos los trata y los tutea, como
si los hubiera parido, y habla con ellos de la escena o del _redondel_
con el aplomo y la autoridad de Romea o de Costillares.
En lo físico, es sano y duro como un diamante; jamás se constipa ni se
queja del estómago; y eso que no se abriga más que lo de costumbre, y
come tanto como habla, si la ocasión se le presenta.
Y digo esto de la ocasión, porque aun cuando ordinariamente es sobrio y
metodizado, come cuanto le pongan por delante, aunque haya comido ya,
si a comer se le convida, o si se acepta el convite que él proponga,
pues hace a todo.
Como no viene a bañarse, sino a veranear, y tampoco le es muy simpático
el ceremonial del Sardinero, vive en la ciudad en una fonda, o en
una de las mejores casas de huéspedes; lo cual no obsta para que
dé cuenta, si se le pide, de cuantas personas habitan en aquellos
_hoteles_, con sus correspondientes vidas y milagros.
En agosto hace una escapadita a ver las corridas de Bilbao, y en
setiembre arregla su marcha definitiva en combinación con las ferias
de Valladolid y la apertura de los teatros de la Corte, donde, por lo
visto, se pasa gran parte del invierno, no sé cómo ni con quién.
Qué familia y qué patria son las suyas, se ignora siempre; y se ignora,
porque jamás se le ha preguntado por ellas; y no se le ha preguntado,
porque se prefiere ignorarlo, y se prefiere esto, porque desde el
instante en que estos hombres tienen patria y familia, y nombre como
cualquier otro nieto de Adán, ya no son Galindos, ni Manzanos, ni
Arenales a secas, y pierden su peculiar carácter de universalidad, en
lo que estriba la mayor parte de su mérito.
LUZ RADIANTE.
Un si es no es macilento, desmayado de barba, corto de vista y
regularmente ataviado.
Tal es su facha. En cuanto a su fecha, lo mismo puede venderse por
hombre que parece un joven, que por joven que parece ya un hombre..., y
cuenta que hablo en vulgo limpio, por lo cual ha de entenderse esto de
hombre, por _hombre de cierta edad_.
Le habréis visto, con un libro en la mano, en la braña del _Cañón_,
sentado a la sombra de un bardal; o en idéntica postura e igual
ocupación, sobre escueta roca entre los dos Sardineros; o a la entrada
de los Pinares; o en un rincón de la Galería, con los pies sobre la
balaustrada y el tronco desencuadernado en una silla; o paseándose
por el arenal, absorto en la lectura, como joven alumno repasando la
lección en el patio del colegio.
Y aseguro que le habréis visto, porque aunque jamás abandona el libro,
y parece la meditación su natural elemento, siempre elige para el
estudio las horas de más ruido y busca la soledad a orillas de todo
movimiento.
Es de Madrid, vive en un _hotel_ del Sardinero, y a juzgar por lo que
se ve, priva mucho con todas las señoras circunvecinas.
Lo cual no es de extrañar, visto lo docto que es en todos esos
tiquismiquis que forman el arte de agradar en la sociedad _distinguida_.
¡Qué donaire tiene, el indino, y remilgado pespunteo de palabra para
revolver un corrillo de pizpiretas jovenzuelas! Qué mirar de ojos, qué
rasgar de boca y accionar de índice para decir, por ejemplo: «Vamos,
Conchita, ya se ha descubierto por qué esperaba Vd. el correo anoche
con tanta impaciencia.» O: «¿Saben ustedes por qué está Soledad tan
preocupada?... ¿Lo ven ustedes? Ya se sonroja.» O: «Carmela, en mi
solitario paseo de esta madrugada me han revelado las _Ondinas_ el
secreto que Vd. me ocultaba ayer. ¡Ah, picarilla!...»
¿Dicen ustedes que éstas son impertinentes y sobadas vulgaridades?...
Séanlo enhorabuena; pero atrévase un buen Juan a hacerse con ellas
solas hombre ameno y travieso, y verá como le plantan en seco. Hay que
desengañarse: para decir ciertas cosas y brillar en ciertos terrenos,
hay que ser mozo _de cierta catadura_.
La del de quien vamos hablando parece cortada para el oficio. Como ramo
de su ciencia, conserva en la memoria muchas anécdotas rechispeantes de
la última campaña del _gran mundo_, y anuncia el desenlace de más de
un suceso interesante, para la próxima. Y como todos los del corrillo
son de Madrid, dicho se está que las agudas murmuraciones y los
retorcidos discreteos, no languidecen un punto, por falta de interés.
Posee otra cualidad muy importante, para esto de veranear con éxito
en una provincia entre las personas que lo han por oficio: sabe de
corrido toda la fraseología literaria y musical de moda entre la gente
madrileña.
Y cuidado, que esto no es grano de anís. Figúrense ustedes que por allí
anda muy en boga Dante, como anduvo un invierno, porque un orador del
Parlamento dijo, a cuento de no sé qué:
_Non ragioniam di lor, ma guarda e passa,_
cosa, por lo visto, hasta entonces no oída en Madrid, según la prisa
que se dio todo el mundo, en papeles y en corrillos, a traducir la
cita, a estudiar el pasaje entero, a desentrañar el intríngulis, a
hablar de la _Divina Comedia_ y hasta a poner en perverso castellano
el inmortal poema. En tal caso ¿qué joven que se precie de _ilustrado_
ha de salir a provincias el verano siguiente, sin saber decir, por
ejemplo, cuando se le cae de la boca la punta del cigarro, o de la mano
el bastón, que se le cayeron
_...come corpo morto cade?_
o cuando quiere bromearse con alguno que no encuentra lo que busca, o
que llega tarde:
_Lasciate ogni speranza?..._
o si trata de pintar el abismo en que se han hundido sus ilusiones:
_Nel mezzo del camin di nostra vita_
_me ritrovai per una selva oscura...?_
Si el de moda es Goethe, porque se cantó en _el Real_ una ópera cuyo
argumento está tomado de su célebre poema, no hay más remedio que
llamar _Fausto_ a todo viejo galanteador y acicalado, _Margarita_ a
toda joven que suspira, y _Mefistófeles_ a todo señor que tenga la
nariz afilada, rasgada la boca, trigueña la color y zurda la mirada.
Si es Flotow el que priva, hay que saber, por lo menos, entonar a media
voz, con los ojos fruncidos, las uñas clavadas en el pecho, y mucho
arrastre de amargura, aquello de
_¡Marta Marrrrrrrrrrta!_
como nos cantaban en una ocasión todos los señoritos que venían de
Madrid, empeñándose en que había uno de llorar oyéndolos, porque en _el
Real_ lloraba toda la gente cuando lo cantaban Talini... o Cualini,
tenores de mucho _sentimiento_.
Cuando reinan estas epidemias en el pueblo, no hay más remedio que
aguantarlas como mejor se pueda, y resignarse a exclamar en cada
_caso_, siquiera por no hacerle más grave: ¡Admirable, magnífico,
arrebatador!
Pues iba diciendo yo que para evocar estas reminiscencias, citar
aquellos textos y cantar las otras ternezas, nadie como el amigo de
quien vamos hablando.
No sé si he dicho, o ustedes lo han comprendido ya, que es literato, o
que cree serlo.
Por de pronto, escribe quintillas en el arenal con la punta del bastón,
y en la tertulia de la noche lee a las señoras tal cual balada tierna,
o alusivo soneto.
Si hemos de creerle, conoce a todos los hombres de letras, y se tutea
con los más talludos.
Lo cierto es que si llega al Sardinero alguna celebridad de este
género, él es quien le presenta a las damas y se compromete a que el
presentado les lea _alguna cosa_: a cuyo compromiso corresponde éste
(después de asegurar que viene enteramente _desprevenido_) leyendo una
comedia resobada, o una oda que ya reluce de tanto manoseo, las cuales
saca de un enorme cartapacio de poesías que ya han sido leídas por
el autor trescientas veces en Ontaneda o Las Caldas, mientras tomó
aquellas aguas.
Como piensa hacer algunas investigaciones históricas, arqueológicas y
geográficas en la provincia, ha traído con su equipaje una mochila, un
grueso garrote con agudo regatón de hierro, y borceguíes ingleses de
ancha y claveteada suela. Parece ser que todas estas cosas ayudan mucho
a recoger noticias sobre aquello que se trata de conocer y describir,
especialmente en un país como éste, en el cual hay un pueblecillo a
cada cuarto de legua: una casa en qué dormir regularmente, y comer,
aunque no muy bien; buenos senderos para cabalgaduras de alquiler,
cuando no excelentes caminos para carruajes; poquísimas antigüedades,
y esas a la vista y muy estudiadas ya; nada de historias del otro
mundo, y ninguna montaña que escalar a uña y puntera, porque todas son
cómodamente accesibles por algún costado. Y la prueba de que este
atalaje debe servir de mucho al _tourista_ para sus exploraciones, es
que el nuestro, aunque le lleva a cuestas, no camina a pie, ni come de
la fiambrera, ni duerme al socaire de los torreones; antes aprovecha el
mullido _vagón de 1.ª_ hasta donde le conviene, y luego la diligencia,
y hasta los caballejos y carros del país, como hacemos los hombres
vulgares, y las fondas y las tabernas y los figones. Luego la mochila
y el báculo y los borceguíes que evidentemente no sirven para lo que
en rigor significan, tienen alguna virtud de _carácter_ que atrae,
combina y depura todo lo que va buscando en sus peregrinaciones un
erudito a la flamante usanza, cuando con ellos carga, como con el fardo
de sus pecados. Que es lo que yo quería demostrar, recelándome alguna
observación maliciosa de tal o cual lector demasiado _montañés_.
Y ahora continúo diciendo que este ilustrado mortal, en los ratos
que le dejan libres sus baños, sus abstracciones solitarias, sus
discreteos públicos, sus inscripciones poéticas en los arenales, en las
rocas duras y hasta en los troncos resinosos de los Pinares, escribe
correspondencias a un periódico de Madrid, que las agradece mucho y
quizá las paga.
La última que yo leí impresa, después de haberla leído el autor
manuscrita y recién nacida, a sus bellas contertulias, decía, entre
otras muchas cosas, _plus minusve_ lo siguiente:
· · · · · · · · · · · · · · · · · · · · ·
«¡El mar!... ¡¡La mar!!... ¡¡¡Los mares!!!... ¡¡¡¡Las mares!!!!...
¡Ah!... ¡Ohhhh!...
»Perdone Vd. señor Director. Perdonadme vosotros, mis queridos
compañeros: faltan palabras a mi pluma para expresar cuanto la
mente concibe en este horizonte sin medida, sobre este abismo sin
fondo. ¡El mar! Pero ¿por qué son verdes sus aguas? ¿por qué son
salobres? ¿qué fuerza las precipita contra la roca dura que ahora
me sirve de pedestal? ¿por qué suben? ¿por qué bajan? ¡Inescrutables
misterios de la Naturaleza!... Pero ¡qué espectáculo, gran Dios!...
Contemplándole, el corazón palpita, la mano tiembla, los ojos se
turban. El sol sin una nube que empañe sus fulgores; la brisa rizando
la inquieta superficie de las aguas sin fin; la blanca gaviota
cerniéndose voluptuosa en el espacio; bajo la gaviota, la esbelta
nave de tajante proa; allá el puerto; acá el escollo; allí la espuma;
aquí las flores; y en todo y sobre todo un torrente de luz y una
embriaguez de aromas... ¡Ah!... Mas ¿qué es esto? el trueno ruge;
cruzan la atmósfera rayos y centellas; se respira el hálito abrasador
de la tempestad; desgájase el secular peñasco; húndese en el abismo,
y se elevan hasta mí los pliegues espumantes del salobre sudario que
le envuelve... Se columbra un punto en el horizonte _¡Helás!_ Es una
nave. Distingo perfectamente al angustiado nauta que implora el
auxilio de los hombres... Muchos son los que pueblan la orilla, pero
ninguno acude. El que va a _hacer naufragio_ no implora el auxilio
para él solo..., también le necesitan sus tiernos camaradas de
_equipaje_... Yo me arrojo a la mar, y los salvo a todos, entre los
saludos y los aplausos de este querido bello sexo, regulador de todas
mis acciones, inspirador de mis más elevados pensamientos, y fin y
exclusivo objeto adonde hasta el menor de mis intentos se endereza.
»En la próxima semana emprenderé mi viaje de exploración por la
provincia. Mi primera jornada concluirá en Colindres, bellísima
capital de la Liébana, región que, como ustedes saben, se extiende
desde el Valle de Camargo al de Reocín, y está protegido, al Oriente,
por los Picos de Europa, y al Occidente por el Monte de Cabarga, _el
de las eternas nieves_. Según Estrabón y Quinto Curcio, esta parte
de la provincia fue la verdadera Cantabria, la que dio aquellos
héroes que entregaban el robusto cuello, cantando himnos guerreros,
al hacha de los esbirros de Felipe II, cuando este fanático monarca,
no pudiendo implantar aquí el bárbaro tribunal de la Inquisición,
por repugnar a los altivos pechos de estos libres montañeses, ocupó
militarmente el país. Algunos rasgos típicos de esa raza insigne se
observan todavía en sus actuales descendientes, los famosos pasiegos,
únicos pobladores de la Liébana. Pero, mejor que en el sello
fisonómico, revela su ilustre procedencia esta hermosa gente en sus
costumbres nómadas e independientes. Anidan, como las águilas, en los
picos de las rocas; jamás pisan las sendas frecuentadas, ni duermen
dos noches consecutivas bajo un mismo techo. Se alimentan de frutas
silvestres y de carne montaraz; pues su ocupación exclusiva es la
caza, pero con honda, la cual manejan con una destreza asombrosa.
»Mas de esto y otras muchas cosas tan auténticas como interesantes,
hablaré a mis bellas lectoras en las sucesivas correspondencias y en
un libro que traigo entre manos tiempo ha.»
Con lo cual se queda el corresponsal tan satisfecho, el periódico tan
hueco, los lectores que no conocen esta provincia tan enterados, y los
pocos montañeses que le leen, haciéndose cruces con los dedos.
Pero no impide, sin embargo, que la prensa local que nos anunció su
llegada en junio, nos diga un día, a mediados de setiembre:
«Hoy ha salido para Madrid el distinguido publicista D. F. de Tal,
después de haber permanecido más de dos meses _entre nosotros_. En
las varias excursiones que ha hecho por la provincia, ha recogido
gran cantidad de curiosos y fidedignos datos, los cuales piensa
utilizar para dar a la estampa un libro que tratará de la historia,
carácter y costumbres del pueblo montañés, desde los más remotos
tiempos hasta nuestros días. Nos atrevemos a rogar al insigne
literato que cuanto antes nos haga conocer su obra, que seguramente
habrá de darle tanta gloria como títulos al aprecio de todo montañés
que estime en lo que vale el buen nombre de su patria.»
Y, adelante con los faroles; que en los venturosos tiempos que corren,
_Sic itur ad astra_;
o, como dijo el otro,
Por estas asperezas se camina
de la inmortalidad al alto asiento.
BRUMAS DENSAS.
Estos son dos, y cada uno de ellos pudiera pedir un cuadro aparte; pero
es de saber que siempre que trato de sacarlos del fondo de mi cartera,
al tirar del uno hacia arriba, sale enredado el otro con él; de donde
yo deduzco que son tal para cuál, y uno en esencia, aunque dos en la
forma.
Tiro, pues, de ellos, agarrando a tientas; y ahí tienen ustedes al
primero.
Convengamos en que es mozo de gran estampa. Pedrusco en el anillo que
recoge los dos ramales de su chalina; pedruscos en los dedos; pedruscos
en el pecho y pedruscos hasta en la leontina; flamante vestido de
lanilla; leve pajero muy tirado sobre los ojos, estos de mirada firme,
pero no muy noble; largo cigarro en retorcida y caprichosa boquilla;
la siniestra mano en el correspondiente bolsillo del pantalón, y en la
diestra flexible junco.
Sin embargo, aunque sus ojos son negros, y negras las anchas
relucientes patillas, y es regular su boca y blanca su dentadura y
alta su talla, no puede decirse de él que es lo que ordinariamente se
llama _una buena figura_. Mirado más al pormenor, tiene juanetes en los
pies, ásperas y muy gruesas las manos, demasiado redonda la cara y muy
destacados los pómulos. Además, carece su persona de ese aire de que
todos hablamos, que todos conocemos a la legua, pero que nadie sabe
definir, y al que, por darle algún nombre, se llama vulgarmente _buen
aire_, o _aire distinguido_; cuya falta es, sin duda, la causa de que,
a pesar de su pedrería, que relumbra mucho, y de su boquilla, que sin
cesar ahúma, pase este mozo enteramente inadvertido, como figura vulgar
e insignificante.
Anda con parsimonia, lo poco que anda, como hombre que no lleva prisa,
ni se preocupa de cuanto le rodea mientras va andando.
Se lee más en su frontispicio cuando está parado a la puerta del café,
de una iglesia, del teatro, o de la plaza de toros, que siempre son
sus sitios de parada y para los cuales ha nacido, como la estatua
para el pedestal. Arrimado a las jambas de una puerta, flagelándose
una pernera con el junquillo, lanzando de la boca espirales de humo y
dignándose apenas fijar la vista en los que entran o en los que pasan,
es precisamente cuando su cuerpo revela más soltura y lucen en sus ojos
chispas de inteligencia. Al verle pegado a esas puertas, siempre que al
otro lado de ellas se oye el rumor y hasta se huele el tufillo de las
muchedumbres _emparedadas_, (pues es de advertir que jamás se arrima a
puerta que no encierre mucha gente) cualquiera pensaría que el ruido
le aturde, que el calor le marea y las estrecheces le sofocan; y, sin
embargo, deteniendo sobre él un poco la curiosidad, puede observarse
que siempre se le ocurre entrar cuando los demás comienzan a salir,
como si las apreturas fueran su deleite y hallara en rozarse con pechos
y solapas un atractivo irresistible.
Obsérvase también que, por lo común, es de noche más activo que de día.
Su andar es más resuelto entonces; y si a la luz del sol le gustan los
sitios más públicos y concurridos, a la del gas prefiere las calles más
solitarias y sombrías, en alguna de las cuales suele desaparecer por
largas horas.
Llega a Santander días antes de los de ferias y toros; pero ni él mismo
sabe fijar la época de su marcha, porque ésta depende, a menudo, de
los agentes de la autoridad, que pueden echarle la mano encima, en el
momento en que él pone la suya sobre el reloj de su prójimo, o está
en un garito tirando el _pego_ a dos docenas de incautos a quienes va
desvalijando con el auxilio de otros camaradas de oficio; o tanteando
los intestinos de la ciudad para buscar una salida por los fondos de la
caja del Banco...
Y aquí asoma ahora, lector, el otro tipo, enlazado, por estas
profundidades, a la figura de la cual voy tirando para mostrártela en
todas sus principales actitudes. Hablemos de él, pues que se empeña,
como si fuera un miembro del otro cuerpo, o una cereza del mismo
ramillete.
Viene a _veranear_ mucho antes que el otro, y con un pelaje bien
diferente. Su tipo es el de _un caballero que ha venido a menos_. Negra
la raída levita, negra la deshilada corbata, negros los relucientes
pantalones, negras las puntas que se ven de su chaleco, negra la
descuidada barba, negros los ásperos mechones de su pelo y negras las
puntas afiladas de sus luengas uñas. En esta figura no hay nada que
blanquee; ni siquiera la camisa. Los únicos puntos menos oscuros de
este veraniego nubarrón, son dos puntos pardos, ni siquiera grises: los
zapatos y el sombrero.
No busquéis esta figura entre los recodos de apartada callejuela,
huyendo avergonzada de los resplandores de la luz, o temiendo manchar
con su contacto la brillante librea de los capitalistas; ni tampoco en
oscuro taller, encorvado sobre la tosca herramienta para ganar, con un
trabajo, extraño quizá a sus hábitos y procedencia, un miserable pedazo
de pan; ni en la estrechez de una buhardilla repartiendo ese mendrugo
entre una esposa y unos niños estenuados por el hambre y envejecidos
por la miseria y por las lágrimas. Si de ese grupo fuera esta figura,
yo no profanara su augusta miseria presentándola en esta breve galería
de debilidades risibles y aun de cosas abominables. Buscadla, pues,
entre la engalanada concurrencia de calles y paseos, haciendo de su
mugriento equipaje una desvergonzada protesta, y lanzando punzantes
miradas sobre los que pasan, como si le debieran la camisa limpia, las
botas nuevas o el gabán sin manchas.
Si con esta luz no columbráis aún el tipo, os apuntaré otro dato que
necesariamente ha de iluminar vuestra memoria. Durante lo más recio
de un chubasco estival, de esos cuyas gotas pesan, cada una, medio
cuarterón, y después de saltar de rebote hasta los balcones, convierten
las calles en torrentes; cuando las losas relucen, y el tránsito
cesa, y comienzan las ratas a asomar por los sumideros huyendo de
la inundación, y los chicos las apedrean, y la gente, pegada a las
fachadas, porque ya están llenos de ella los portales y las tiendas,
silba y aplaude y ríe a carcajadas celebrando las corridas, y asoman
cabezas por los entresuelos, y hierven, hasta levantar la tapadera,
las alcantarillas del Correo, y se inunda la calle de San Francisco;
cuando todo esto y mucho más sucede, un solo mortal atraviesa impávido
la Plaza Vieja, o marcha Muelle adelante por la acera del mar, sin
paraguas, en chancletas, con las manos en los bolsillos, y, por toda
precaución, la cabeza muy hundida entre los hombros. Pues ese es.
Probablemente habréis recibido alguna vez su visita. Es hombre que hace
muchas, recién llegado.
Un día os anuncia la inexperta fámula que ha llamado a la puerta un
_caballero_ que desea hablaros. Con tal anuncio, la decís que le
introduzca en lo más sagrado de la casa; y cuando acudís a recibirle,
os le halláis, como la estatua del desconsuelo, con las manos cruzadas
sobre el cóncavo vientre, el sombrero entre las manos, y la mirada
tangente a las fruncidas cejas y fija en vuestra mirada.
--Cabayero --os dice con voz trémula y un poquillo de olor a
aguardiente--, un desgraciado, con su señora enferma y siete
criaturas..., sin hogar, sin un pedazo de pan que yevar a sus inocentes
labios, implora el auxilio de su generoso corazón.
--¿Quién es ese desgraciado? --le preguntáis, por preguntarle algo,
antes de plantarle en la escalera.
--Un servidor de Vd., que no hace mucho ocupó una briyante posición
social. Pero los acontecimientos políticos...
--¿Era Vd. de los del Presupuesto?
--¡Jamás, cabayero!... Me estimaba demasiado para eso. Yo era rentista.
--¡Hola!
--Sí, señor; tenía todo mi capital en los fondos públicos.
--Lo creo.
--Y con estas bajas tan atroces, a consecuencia de la intranquilidad
en que tienen al país estos gobiernos...
--Y a mí, ¿qué me cuenta Vd?
--¡Ah, cabayero!: yo quisiera una ocupación honrosa para ganarme el
sustento.
--Pues tómela Vd., si hay quien se la ofrezca.
--Tras eso ando, cabayero; y mientras la hayo en alguna parte, quisiera
merecer de Vd. la atención de veinticinco pesos que necesito para que
tome los baños mi señora, y para que no me arroje el tigre del casero
desde la miserable buhardiya en que ahora vivo, hasta la ignominia de
un hospital. Crea Vd., cabayero, que la fortuna da muchas vueltas,
espero volver a lo que fui, y no perderá Vd. un cuarto de su préstamo.